23/04/2024

Luis Franco: Poesía y revolución permanentes

Por Revista Herramienta

Nacido en Belén, Catamarca, a finales del XIX, vivió la infancia y la adolescencia en la capital de la provincia, fue curioso de todo y buen estudiante, y comenzó a escribir muy precozmente, tanto que antes de los veinte años ganó un premio de honor con su “Oda Primaveral” en los Juegos Florales, con un Jurado presidido por Jaimes Freyre, figura importante del Modernismo hispanoamericano. Debió viajar en mula hasta Tucumán para recibir la distinción, hecho que no pasó por alto la prensa del país y la revista Caras y Caretas que lo comentaron como un evento singular.

Se radicó en Buenos Aires, donde trabajó en la Biblioteca Nacional del Maestro, después de haber sido labriego en Belén, conocido las tareas de la tierra, la lucha por el agua y el riego, la vida campesina. Aunque volvía con frecuencia al pueblo, donde recuperaba su trabajo con la tierra, las reivindicaciones por los derechos de sus iguales, sus hábitos campesinos que no abandonó nunca. Tempranamente simpatizó con las ideas de León Trotsky (escribió un poema-homenaje a Trotsky en 1940, a los pocos días de su asesinato), y participó luego en revistas y grupos de la izquierda.

¿Practicó por ello una “literatura proletaria”? En su particular concepción, a contramano de la línea estética realista socialista dominante en el progresismo de entonces, “No (responde él en una entrevista): (esa es) literatura para coadyuvar a la desproletarización del proletariado. /…/ El arte verdadero es una respuesta autónoma al misterio, otra intuición del mundo./…/ En el arte, como en la guerra o en la vida, todo lo que no ayuda, estorba. Naturalmente Termidor preferirá siempre la ortodoxia podrida de los frentes populares a la heterodoxia revolucionaria”.

Cada vez que vuelvo sobre Luis Franco recuerdo la inteligente confesión de José María Arguedas inscripta en aquel célebre trabajo “No soy un aculturado”: “¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico”.

De ahí sus pequeñas joyas: “El misterio con tapa de cristal, /…/ la pura libertad en desaliño /…/ y un renaciente gozo manantial. /…/ El genio humano, puro, está en el niño. /…/ Creación, más que la otra, matinal. /…/ Todo el turbión vital bajo su armiño. /…/ Un futuro dios, cierto, está en el niño. /…/ Como ignora la muerte es inmortal” (El misterio de cristal”). O esta otra: “Silencio de diamante. En el campo ni un eco. /…/ De pronto la calandria que halla en la luz su alpiste /…/ desciende melodiosa sobre un gajito seco /…/ como buena noticia sobre un corazón triste” (“La calandria”). Pero también los poemas más caudalosos donde no se niega a la reivindicación social y política porque, como escribe en algún prólogo, “cree que el arte nuevo no saldrá de las retortas ni de los alambiques sino de una nueva relación del hombre con la naturaleza, con la sociedad y con su propio espíritu: con su salto de la prehistoria a la verdadera historia el hombre inaugurará de suyo la nueva epopeya y el nuevo idilio”.

Primordialmente, su poesía central es reflexiva, dilatada, existencial, casi panteísta; pone en juego su relación como humano con el mundo, con las cosas, con los seres: “Ya el hombre ha vivido millones de años en alguna parte. / Ya anduvo entre las nebulosas; / estuvo en el corazón de las rocas primeras; / ha sido alga o pez en el mar; / dudó entre las formas anfibias y prefirió la tierra; / se elevó con los árboles para otear el mundo, / y las tormentas dejaron barro de creación en su alma. / Todavía ahora / pájaros y mamíferos transmigran por su cuerpo” (“Suma, 3”). Y también: “Dirigimos el mundo como los peces el río. / Vamos a caballo sobre lo incomprensible. / En la cantidad e intensidad del alma, ¡oh nocturna! / nuestra jornada consciente lleva el signo menos”. Y, con acento algo whitmaniano, como lo tiene casi toda su poesía: “Me detengo de pronto a mirarme a mí mismo, / como a través de una cerradura, ávidamente curioso, / como a un recién venido largamente esperado. / Y hallo, en efecto, un hombre que veo por primera vez, / un ser de evasivas maneras, / de miradas por entero impenetrables: / el otro hombre sin alcance que soy yo, / remando con sus remos: el sueño y la vigilia; / el dueño de innumerables secretos / que apenas distingue sin poder transmitir casi ninguno, / que apenas es más dueño de sus actos que el tigre o la yedra” (“Suma, 5”).

Publicó una veintena de libros de poemas y más de treinta en prosa, cuentos, cuentos breves, fábulas, cuentos populares, así como ensayos biográficos, históricos, políticos, sosteniendo siempre sus ideas sarmientinas, martianas, revolucionarias. Y sus posturas éticas y estéticas: “La vida blanca y roja (no un negocio sino una aventura mágica, la vida) es mi mayor tentación, pero la palabra y aun el pensamiento, tienen la privanza de mis horas tiradas en buscar un arte de tempestad y melodía.
Soy hombre, y nada del cuerpo y del alma de la mujer puede serme indiferente.
Creo que alguno me sospechó griego ―acaso por la risa, aunque tengo sonrisa muy actual―, otro no más que turco. ¿Acaso porque soy polígamo de ideas y creo mejor el gozar de todas que entregarme ciegamente a ninguna? ¿Religión? Soy un impío capaz de escuchar devotamente por horas una cigarra, pitonisa del sol. Soy un ateo calado hasta el hueso de supersticiones de lo divino. (¿Para qué decir que la ignorancia cerrada de la teología figura entre mis grandes erudiciones y que malicio más ciencia de Dios en una calandria que en la Summa?)”

Tal vez quien mejor lo vio crecer fue Roberto Arlt. En 1941 escribió: “Un silencio fervoroso ha saludado la aparición de la monstruosa obra de este poeta –Summa- que, como Walt Whitman, podría decir de sí mismo: “Yo no soy sólo un hombre. Soy una batalla”. / Escribo estas líneas después de haber hojeado archivos, después de haber sopesado el enorme libro, de haberme sumergido en él con el cauto terror que al comienzo nos producen el océano o la selva. /…/ Describe la batalla del océano contra la tierra… los tiempos del ángel y la bestia en la edad de piedra. Semejante a Heracles furioso sortea cumbres, va en busca de negros dioses, se detiene junto a los cimientos del mundo, regresa a las cordilleras, cruza las pampas. La enormidad de su inspiración es tan evidente, que toda palabra se hace lánguida para expresar su altura”.

* Mario Golobof es escritor, docente universitario.

Publicado en la contratapa de Página 12 el 4/02/2021

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