19/01/2022

La ecología de Marx a la luz de la MEGA2 (I), de Alain Bihr

I

Desde hace unos treinta años, se multiplicaron los estudios evaluando la importancia de la obra de Marx (y la de Engels, estrechamente ligada ella) con respecto al tema y la problemática ecológicos. Aguijoneados por una creciente conciencia de la dimensión de la catástrofe ecológica que enfrentamos y de lo urgente que es enfrentarla, buscan establecer si, y en qué medida, esa obra podía esclarecer alcances y consecuencias de la catástrofe y ayudar a formular respuestas capaces de ayudar a encontrar una salida.   

Rápidamente se diferenciaron dos tendencias. Para unos, la obra de Marx no solo no podría enseñar nada al respecto, sino que cualquier pensamiento que quisiera tomar esta temática y problemática con fuerza y decisión debería dejarla de lado, porque habría quedado definitivamente prisionera de una prometeica e irreflexiva exaltación del crecimiento de las fuerzas productivas, convertido en condición sine qua non del socialismo. De ese modo, habría dado paso a la ceguera que habría evidenciado el movimiento socialista (tanto en su versión socialdemócrata como como en la que declinó el llamado “socialismo real”) ante la dinámica generadora de la catástrofe ecológica, cargando pues con una específica responsabilidad en la misma.[1] Para otros, por el contrario, la obra de Marx correctamente evaluada o reevaluada no solamente daría pruebas de una marcada sensibilidad ecológica, sino que suministraría perspectivas originales, tanto para la comprensión teórica de las raíces de la catástrofe ecológica, como para la formulación de respuestas políticas que le hagan frente.[2]

Kohei Saïto sigue evidentemente esta segunda vía, hoy bien balizada.[3] Pero es original, en primer lugar, por las fuentes que utiliza. En efecto, no se limita a recorrer de nuevo los textos canónicos de Marx. Apoyándose en el conjunto ya publicado de los volúmenes de MEGA2,[4] amplía considerablemente el corpus de referencias a muchos textos de Marx hasta ahora inéditos, tanto al conjunto de manuscritos que prepararon o acompañaron la elaboración de su crítica de la economía políticas, siguiendo el plan de El capital, como a la cantidad más importante aún de cuadernos de lectura y de anotaciones asentadas por Marx en los márgenes de los libros de su biblioteca que se conservaron. Estas nuevas piezas incorporadas al dossier permiten seguir mejor el pensamiento de Marx en lo referente a la ecología. Aclaran también el modo en que Marx las trabaja y explica finalmente por qué, lejos de habernos dejado como herencia un monumento teórico, lo que nos legó es una verdadera cantera, en todos los sentidos del término. Cabe a nosotros continuarla y trabajarla.

 

Tempranas intuiciones fundacionales

Establecido en París desde el otoño de 1843, para profundizar la crítica de la sociedad civil burguesa a la que fue llevado tanto por la actividad de periodista en la Rheinische Zeitung como por la relectura de la filosofía del derecho de Hegel, Marx se lanzó a la lectura de los principales economistas clásicos (comenzando por Adam Smith y David Ricardo), comenzando una investigación que lo ocupará durante todo el resto de su vida. Prueba de ello son los cuadernos de anotaciones y reflexiones que entonces escribió, conocidas con el nombre de Manuscritos de 1844 o Manuscritos económico-filosóficos.

Son manuscritos muy densos teóricamente. Marx multiplica brillantes formulaciones, algunas no muy claras, marcadas todavía por la herencia hegeliana vista con el prisma de los jóvenes hegelianos, sobre todo de Ludwig Feuerbach. Se advierte desde el comienzo una original concepción de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, destinada a iluminar todas sus posteriores elaboraciones al respecto. La naturaleza es definida, en efecto, como cuerpo no orgánico de la humanidad.

La universalidad del hombre aparece, en la práctica, precisamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo inorgánico, tanto en la medida en que esta (1) es un medio de vida inmediato, como en la medida en que (2) es la materia, el objeto y la herramienta de su actividad vital. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano.[5]

Pero, desde el principio, Marx señala la especificidad de la unidad de la humanidad y de la naturaleza que es el trabajo. Porque es a través de la mediación del trabajo, y de la transformación de la naturaleza que este opera, como la humanidad puede obtener la sustancia de su existencia. En estos Manuscritos, aún bajo influencia del hegelianismo, Marx remite esta especificidad en primer lugar al carácter consciente, o sea voluntario, reflexivo, con una finalidad del trabajo, mientras que, por el contrario, la eventual actividad transformadora de la naturaleza que practica el animal sigue presa del instinto y, en consecuencia del circulo estrecho de sus necesidades. Lo que introduce una segunda diferencia esencial: mientras que el trabajo animal se limita a ello y a su ecoesfera particular, el del hombre tiende a devenir universal (amplía constantemente su campo a medida que engendra nuevas necesidades):

La actividad vital consciente diferencia inmediatamente al hombre de la actividad vital animal. [...] El animal forma solo de acuerdo con la medida y la necesidad de la especie a la que pertenece, mientras que el hombre sabe producir según la medida de toda especie, y. sabe aplicar en todos los casos la medida inherente al objeto; el hombre forma, por ende, de acuerdo a las leyes de la belleza.[6] 

Sobre esta base, Marx reprocha fundamentalmente al capitalismo haber roto esta unidad básica, constitutiva entre la humanidad y su cuerpo inorgánico, haciendo en consecuencia a la primera extraña de la segunda y, recíprocamente, introduciendo una dimensión de alienación en sus relaciones. En definitiva, esta hunde su raíz en la expropiación de los productores, separados de hecho y de derecho de los medios de producción, y con ellos de las condiciones objetivas de producción de los medios de consumo, así como de las condiciones materiales de subsistencia, la principal de las cuales es precisamente la tierra.  

Esta tesis emerge cuando Marx pretende explicitar en sus cuadernos la diferencia entre la propiedad de la tierra feudal y la propiedad de la tierra capitalista. Saïto (pp. 33-34) llama la atención sobre este pasaje[7] y señala que el mismo pasa desapercibido para muchos comentadores del texto.

En el marco de la propiedad feudal, campesinos y campesinas pasan a ser siervos, reducidos al estatus de siervos. Pero la servidumbre se define por un doble lazo: el que liga al siervo con el dominio del que es parte integrante (a título de lo cual puede ser vendido con el dominio): “El siervo es el accidente de la tierra” (es adscriptus glebae, asignado a la tierra según el derecho feudal); y el del siervo con el señor del dominio, al que el hombre está ligado con una relación de obediencia, de dependencia personal; lo que otorga a la dominación y explotación feudal un aspecto gemütlich dice Marx,[8] más allá de su carácter de relación de fuerza brutal. El punto que aquí importa es que el productor directo (el siervo) sigue ligado a la tierra como medio de producción; en la servidumbre, la tierra continúa siendo “el cuerpo no orgánico” del productor, tal como lo es además para el propietario mismo, el señor, el amo, que no deja también de pertenecer aún al dominio como sus siervos: es lo que significa fundamentalmente su particularidad, es barón, conde, marqués, duque, príncipe de…, cuando no es denominado directamente con el nombre del dominio: como los Valois, los Guisa, los Borbón, los Habsburgo, los Lancaster, los York, etcétera.

Esto es precisamente lo está por completo ausente en el trabajador asalariado, agrícola o no. Es, por definición, un “trabajador libre”. Incluso doblemente “libre”: liberado de todo lazo de dependencia personal y comunitaria y liberado de todo medio de producción propio. No le queda más que su misma persona como única propiedad; las facultades personales que constituyen su fuerza (capacidad) de trabajo, de la que puede disponer como le plazca: como tal, es un sujeto de derecho privado. Pero, en consecuencia, para procurar los medios de subsistencia, no tiene otra posibilidad que poner en venta su fuerza de trabajo, esperando que alguien la compre (a cambio de un salario), al servicio del cual o de la cual deberá ponerse, generalmente con el fin de valorizar un capital, formando más valor que el valor de su propia fuerza de trabajo. O sea que, a diferencia del siervo, sus condiciones de existencia no están de ninguna manera aseguradas por las relaciones de producción cuyo marco opera, que pueden perfectamente contarlo y tratarlo como supernumerario “inútil para el mundo”.

Bajo el régimen capitalista, en consecuencia, el productor no tiene relación directa con la tierra como medio de producción y reproducción de su propia existencia, como “cuerpo no orgánico”, aun tratándose de un asalariado agrícola. En este caso, solo accidental y marginalmente produce sus medios de subsistencia: la tierra no es más que el medio de valorizar un capital invertido en la agricultura. Inversamente, en tanto el medio de producción que es la tierra ha sido separado de quien la trabaja, también aquella se separa de este y puede así devenir plenamente en mercancía, ser comprada y vendida para cualquier propósito, como medio de producción o como medio de consumo (objeto de disfrute para su propietario o poseedor).  

El conjunto de estos temas y tesis constituyen un fondo teórico que continuará alimentando el pensamiento de Marx, mucho más allá de los Manuscritos de 1844. Se lo encuentra incluso las obras de madurez que desarrollarán la crítica de la economía política. Por ejemplo, en este pasaje de los famosos Grundrisse (1857-1858) que parece repetir palabra por palabra las anteriores:

Lo que necesita explicación, o es resultado de un proceso histórico, no es la unidad del hombre viviente y actuante, con las condiciones inorgánicas, naturales de su metabolismo [intercambio de sustancia, dice la traducción utilizada por Bihr, NdT] con la naturaleza, y, por lo tanto, su apropiación de la naturaleza, sino la separación entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta existencia activa, una separación que por primera vez es puesta plenamente en existencia en la relación entre trabajo asalariado y capital. En la relación de esclavitud y servidumbre esta separación no tiene lugar, sino que una parte de la sociedad es tratada por la otra precisamente como mera condición inorgánica y natural de la reproducción de esta otra parte.[9] 

También aquí, la ruptura de la unidad constituyente entre la humanidad y la naturaleza, o sea la separación entre el ser humano, naturaleza subjetivada, y su cuerpo inorgánico, condición objetiva de su existencia y de su actividad laboral, es dada por Marx como la característica principal del universo capitalista y la condición misma de la formación de capital que le sirve de base y marco.

 

Marx frente a Liebig

Sin embargo, Marx no se limitará a repetir ad nauseam esas formulaciones. Por el contrario, buscará verificarlas y confrontarlas con las ciencias positivas de su tiempo. Lo que le permitirá enriquecerlas con nuevas determinaciones, pero también contradecirlas, matizarlas y rectificarlas parcialmente. Este trabajo marxiano es meticulosamente escrutado y expuesto por Saïto.

Así, el pasaje antes citado de los Grundrisse emplea una nueva noción, desconocida por el Marx de los Manuscritos de 1844, la de intercambio de sustancia entre el hombre y la naturaleza, traducción literal del alemán Stoffwechsel. Otros traductores, como Billy [y Scaron, NdT] optan por el termino metabolismo, que es sin duda mucho más fiel a los orígenes del término.

El concepto de metabolismo está tomado de la biología, y más precisamente de la fisiología. En esta designa, por un lado, el sistema de intercambio de sustancias diversas entre las partes de un organismo vivo (vegetal, animal o humano), intercambios mediante los cuales se regenera permanentemente, manteniendo su propio orden interno (es el metabolismo interno); por otro lado, los intercambios que todo organismo vivo debe realizar con su medio de vida (su biotopos), mediante los que obtiene las sustancias que requiere el funcionamiento como organismo vivo y eyecta diversos desechos resultantes de tal funcionamiento (es el metabolismo interno). Metabolismo externo y metabolismo interno están pues íntimamente ligados: el primero suministra al segundo las sustancias que, directamente o luego de transformadas, son asimiladas por el organismo para mantenerse vivo, encargándose de la eliminación de los subproductos (desechos).

El concepto parece haber sido introducido en fisiología en los años 1800-1810, antes de que pasara a ser de uso corriente en la década de 1840, sobre todo luego de la publicación por el químico alemán Justus von Liebig (1830-1873) de dos obras importantes, Die Chemie in ihrer Anwendung an Agriculturchemie und Physiologie (La química en su aplicación a la química agraria y la fisiología) (1840) y Die Chemie in ihrer Anwendung auf Physiologie und Pathologie (La química aplicada a fisiología y a la patología) (1842), que sentaron las bases de la química orgánica y de la bioquímica. Apoyándose en los cuadernos de anotaciones y lecturas de Marx al comienzo de su período londinense, Saïto (págs. 71-80) establece que es la lectura a principios de 1851 del manuscrito Mikrocosmos. Essai d’anthropologie physiologique [Microcosmos. Ensayo de antropología fisiológica) que le hiciera llegar a título de información crítica Rolan Daniels, médico de Colonia y miembro como él de la Liga de los Comunistas, induce a Marx a utilizar el concepto de metabolismo. Esta lectura lo lleva a interesarse en los trabajos y publicaciones de Liebig en los meses siguientes, durante los cuales leerá y anotará la cuarta edición de Die Chemie in ihrer Anwendung an Agriculturchemie und Physiologie (1842). A partir de lo cual pasará a ser parte de su propia conceptualización, como testimonian los Grundrisse, donde Marx utiliza el término una veintena de veces para designar tanto los intercambios materiales internos en la sociedad (metabolismo social) como los intercambios materiales internos en la naturaleza (metabolismo natural) (Saïto 80-85). Y este último es el metabolismo que el capital viene a perturbar, rompiendo la unidad inmediata de la humanidad y su cuerpo inorgánico.

Sin embargo, Liebig no es citado, lo que hace pensar que, aunque hubiera recogido parcialmente el aporte, Marx no le concedía todavía la importancia que posteriormente asumirá. Diversos indicios prueban en efecto que Marx retomó la lectura de Liebig, más exactamente de Die Chemie… publicado en 1862 (Saïto 176-177 y 181-184) entre mediados 1863 y mediados 1865, mientras redactaba la versión primitiva del conjunto del El capital, sin duda en relación con la teoría de renta de la tierra.[10] Y que, ahora sí, la relectura tuvo una incidencia decisiva. Intentemos determinar lo que Marx retuvo. 

Liebig sentó las bases de la bioquímica del crecimiento vegetal mostrando que está condicionado no solamente por elementos o compuestos orgánicos (por ejemplo el azote, el gas carbónico) sino también por compuestos inorgánicos (por ejemplo, sales minerales), los primeros podrían ser suministrados por la atmósfera (el aire y la lluvia), en tanto que los segundos solo pueden resultar de la descomposición química del suelo. En las primeras ediciones del libro anterior, estableció dos leyes fundamentales reguladoras del crecimiento. La llamada ley del minimun: el suelo debe contener una cantidad mínima de todos esos nutrientes, orgánicos e inorgánicos, para ser fértiles. Y la llamada ley de restitución: es preciso necesariamente, de una u otra manera, devolver al suelo los nutrientes, que el crecimiento de los vegetales tiende a quitarles, para que siga siendo fértil y los rendimientos, duraderos; sin lo cual, la explotación pasa a ser predatoria, y el suelo está condenado a deteriorarse. (Saito: 176-188).

Sobre esta base, en la cuarta edición de su obra maestra (1842), sobre la que trabajó Marx a comienzos de los años 1850, Liebig dejó entender claramente que una agricultura racional, respetando algunos principios –la práctica del barbecho y la rotación de cultivos, con la introducción sobre todo de plantas forrajeras y uso de abonos naturales (semillas, huesos, excrementos animales) con el fin de restituir al suelo sus nutrientes inorgánicos a la espera de eventuales abonos artificiales capaces de reemplazarlos, etcétera– estaría en condiciones de mantener intacta la fertilidad de los suelos, e incluso e incrementarla. Y si él menciona ya el fenómeno de la disminución de los rendimientos agrícolas en Europa, es para imputar la responsabilidad de ello al olvido de los principios precedentes (Saito: 219 -221).

En estas condiciones, la inversión que Liebig introduce en la séptima edición de Die Chemie…, de la que Marx toma conocimiento entre 1863 y 1865, es más que sorprendente. El viraje lo lleva a formular una especie de tercera ley, que podría denominarse ley del maximun en oposición a la ley del minimun, que vuelve radicalmente la espalda a la línea que preconizaba pocos años antes. Explica ahora que no se puede hacer crecer indefinidamente el rendimiento (la productividad) de un suelo en proporción a los aportes suplementarios de trabajo (drenaje, arreglo de los suelos, irrigación, etcétera), de agua, de sol, de calor, de abonos, etcétera, que se pueda suministrar, y que existe un límite al crecimiento, simplemente porque los nutrientes necesarios que es posible suministrar al suelo (en un determinado volumen) existen en cantidades limitadas, debido por ejemplo a límites impuestos por su descomposición química y, sobre todo, porque las plantas no son capaces de absorber, con sus hojas y sus raíces, más que una cantidad limitada de esos nutrientes en un determinado tiempo (una estación, por ejemplo). Más allá de ese límite, cualquier aporte suplementario solo puede tener, en el mejor de los casos, resultados positivos temporarios, que luego se pagarán con el agotamiento del suelo, a causa de no respetarse en definitiva la ley de restitución (Saito: 230-239).

Marx utilizará ampliamente las diferentes leyes establecidas por Liebig, al menos en un primer tiempo. Las dos primeras le van a permitir precisar y profundizar la noción de perturbaciones metabólicas que, desde los Manuscritos de 1844, es una característica propia de la producción capitalista a sus ojos. En la última sección del Capítulo XIII del Libro I del Capital, denuncia los efectos sociales pero también ecológicos de la introducción del capital en la agricultura. Comenzando por el hecho de que al arruinar a los pequeños agricultores pero también disminuyendo la cantidad (relativa) de obreros agrícolas, la agricultura capitalista despuebla los campos y engrosa las ciudades. De tal modo, viene a perturbar el metabolismo ancestral entre la humanidad y la naturaleza que en definitiva permitía que la primera devolviera a la segunda, como basura (detritus de sus actividades) y deyecciones (sus propios excrementos y los de los animales de cría y de tiro), consideradas sustancias nutritivas para la práctica agrícola:

Con la preponderancia incesantemente creciente de la población urbana, acumulada en grandes centros por la producción capitalista, ésta por una parte acumula la fuerza motriz histórica de la sociedad, y por otra perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que habían sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo.[11]

En consecuencia, denuncia la manera en que esta agricultura, si bien aumenta en un primer tiempo la productividad del trabajo agrícola, termina por agotar el suelo y comprometer su fertilidad; es decir, anula esa misma productividad:

Y todo progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de este durante un lapso dado, un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad. Éste proceso de destrucción es tanto más rápido, cuanto más tome un país -es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo -a la gran industria como punto de partida y fundamento de su desarrollo.[12]

Es, pues, la misma lógica depredadora la que preside tanto la explotación de la fuerza de trabajo humana como la explotación del suelo; más en general, la de los recursos naturales, las dos fuentes de toda riqueza social, los dos factores fundamentales del metabolismo entre humanidad y naturaleza:

La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador.[13]

Marx denuncia, pues, la aplicación por el capital en su relación con la tierra de la misma lógica mortífera que había fustigado, en el capítulo VIII del mismo libro, en la relación del capital con la fuerza de trabajo:

La producción capitalista, que en esencia de producción de plusvalor, absorción de plustrabajo, produce por tanto con la prolongación de la jornada laboral, no solo la atrofia de la fuerza de trabajo humana, a la que despoja –en lo moral y en lo físico– de sus condiciones normales de desarrollo y actividad. Produce el agotamiento y muerte prematuras de la fuerza de trabajo mismo. Prolonga, durante un lapso dado, el tiempo de producción del obrero, reduciéndole la duración de su vida.[14]

En cuanto a la tercera ley de Liebig, ella a convencerá a Marx haciendo que él se adhiera a la tesis de rendimientos agrícolas decrecientes. Esta había sido formulada a partir de la segunda mitad del siglo XVIII por diversos autores sobre la base de las observaciones de la evolución de la agricultura inglesa y retomada, en especial, por David Ricardo en el marco de su teoría de la renta del suelo, desarrollada en los Principios de la economía política y los impuestos (1815). Según Ricardo, los rendimientos agrícolas no podían más que disminuir; en consecuencia, los precios de mercado de los productos agrícolas aumentarían y, con ello, la renta agrícola, por dos razones. Por una parte, y en la misma medida que el desarrollo de la agricultura, para hacer frente al aumento de la demanda (ligado al de la población), los productores agrícolas están obligados a recurrir a tierras cada vez menos fértiles; por otra parte, el rendimiento de un mismo suelo no aumenta nunca en proporción directa al incremento del capital (posición definitiva de trabajo muerto y vivo) invertido para mejorar su productividad.

Hasta los Manuscritos de 1861-1863, Marx se había mostrado reticente, si no francamente hostil a la adopción del segundo aspecto de esta tesis (Saito: 165-176). Carente de fundamento científico, no era a sus ojos más que una hipótesis, tanto menos aceptable por cuanto le hacía el juego a la teoría Ricardiana de la renta del suelo y, sobre todo, a la de su declarado enemigo Thomas Malthus y su ley de la población. Esto es lo que deja claramente entender en una carta a Engels el 14 agosto 1851:

Mientras más avanzo en este desgraciado tema, más me convenzo que la reforma de la agricultura, y por lo tanto también de esta porquería de propiedad en que se basa, será el alfa y omega de todo el lío que se viene. Sin esto, es el cura Malthus el que habrá ganado (cit. en Saito: 219).

Al oponerse a la tesis de rendimientos decrecientes, Marx expresaba entonces claramente la convicción de que una agricultura racional, basada en la propiedad colectiva del suelo y la aplicación metódica de los resultados de la ciencia agronómica (que recomendaba el drenaje, el aireamiento y cuidado del suelo, la irrigación, la rotación de cultivos, el uso de abonos naturales o artificiales, etcétera), podía hacer esperar una mejoría constante de los rendimientos agrícolas, o incluso un crecimiento indefinido de la productividad del trabajo agrícola semejante a la del trabajo manufacturero. Y había buscado y encontrado con qué alimentar su convicción en diferentes autores que había leído, entre los cuales se encontraba el propio Liebig (Saito: 209-224).

Fue la lectura de la séptima edición de la obra maestra de Liebig lo que lo hizo cambiar de posición, y le hizo extraer de algún modo las conclusiones de la propuesta del mismo Liebig. A partir de ahora, Marx pudo adoptar la tesis de los rendimientos decrecientes, puesto que podía fundarse científicamente en las leyes fisiológicas del reino vegetal, que ni la mecánica ni la química estaban en condiciones de abolir y sobrepasar. Y a partir de entonces Marx pudo integrarla en su propia teoría de la renta del suelo agrícola, convirtiéndola en base de la renda diferencial.

 

II

De manera más general y más radical, la tercera Ley de Liebig convencerá a Marx de que existen límites absolutos a la modificación antropológica (técnica y científica) de la naturaleza que los hombres no pueden traspasar. Lo que implica romper con todo prometeísmo ingenuo: toda voluntad irreflexiva de dominación de la naturaleza, todo culto al crecimiento ciego de las fuerzas productivas sociales, etcétera. Es preciso, entonces, renunciar al proyecto de una dominación total y absoluta de la naturaleza, que no puede ser más que un fantasma, para reducirlo a lo que se compatible con las leyes naturales y los límites que ellas imponen a la humanidad.

Es lo que Marx expresa claramente en un pasaje de los Manuscritos de 1863-1865, utilizados por Engels para editar su versión del libro III del El capital. Ahí afirma resueltamente la necesidad de una relación racional de sociedad y naturaleza a partir de la dialéctica de necesidad y libertad, que no podrá realizarse sino en el marco de una sociedad emancipada de las relaciones capitalistas de producción:

Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego; que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero esta actividad constituirá siempre el reino de la necesidad. Es más allá donde comienza el desarrollo de las fuerzas humanas que en sí mismo es un fin, el verdadero reino de la libertad que no puede florecer si no es basándose en el otro reino, en la otra base, la de la necesidad. La condición esencial de tal florecimiento es la reducción de la jornada de trabajo.[15]   

Mientras que en el régimen capitalista el metabolismo entre la humanidad y la naturaleza escapa al control de los productores (tanto capitalistas como asalariados) que son dominados como por una potencia extranjera, alienante y alienada simultáneamente, puesto que provienen pese a todo de sus propias actividades productivas, la tarea de los productores asociados que constituye una sociedad comunista es la de regular conscientemente y racionalmente su metabolismo con la naturaleza, lo que implica sobre todo controlar su dominación de la naturaleza para hacerla compatible con los límites que le imponen la Tierra y su insuperable dependencia de ésta. En lo que concierne a las relaciones con la naturaleza, la única libertad que pueden conquistar los hombres reside en este control racional, así como en la reducción del tiempo de trabajo, que habrá pasado a ser el fin prioritario. (Continúa).

 

Artículo publicado originalmente en A l’encontre el 23 noviembre 2021 http://alencontre.org/laune/lecologie-de-marx-a-la-lumiere-de-la-mega-2-i.html Enviado por el autor para su publicación en Herramienta Web 35. Trad. del francés de Aldo Casas.

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[1] Ver por ejemplo Alfred Schmidt, Le concepto de nature chez Marx, PUF, 1994; Hans Immler, “Vergiss Marx, entdecke Schelling” en Hans Immler y Wolfdietrich Schmied-Kowarzig (eds.), Marx und die Naturfrage, Kassel University Press, Kassel, 2011; Serge Audier, La société écologuique et ses ennemis: pour une histoire alternative de l’emancipation, París, La Découverte, 2017.

[2] En esta orientación se sitúan en especial Pal Burkett, Marx and Nature: A Red and Green Perspective, 2ª edición, Haymarket Books, Chicago 2014; John Bellamy Foster, Marx’s Ecology. Materialism and Nature, Monthly Review Press. Nueva York, 2001; Henri Pena-Ruiz, Karl Marx; penseur de l’écologie, París, Editions du Seuil, 2018.

[3] Kohei Saito, La nature contre le capital, L’écologie de Marx dans sa critique inachevée du capital, traducido del alemán por Gerard Billy, Syllepse-Page 2-M Éditeur, París, Lausana, Montreaal, 2021. A continuación, la obra será mencionada según el texto de Saito.

[4] MEGA: acrónimo de Marx-Engels-Gesamtausgabe, Edición completa de las obras de Marx y Engels. Una primer tentativa de edición, la MEGA 1, fue iniciada en 1927 por David Riazanov, director del Instituto Marx-Engels de Moscú, que, como el mismo Riazanov, sería víctima de la dictadura stalinista y se interrumpió al final de los años 1930. El proyecto de una MEGA2 se lanzó a fin de los años 1960 por iniciativa de los Institutos de marxismo-leninismo ante el comité central del Partido comunista de la Unión Soviética y el comité central del Partido socialista unificado de Alemania, por entonces en el poder en la República democrática alemana (habitualmente llamada Alemania del Este). Interrumpida un tiempo por la “caída del muro de Berlín” y el hundimiento de la URSS, el proyecto fue retomado y continuado a partir de 1990 por la Internationale Marx-Engels Stiftung (IMES: Fundación Internacional Marx-Engels con sede en Ámsterdam. La publicación está subdividida en cuatro secciones. La Sección I comprende la totalidad de los escritos conservados de Marx y Engels, hayan sido publicados mientras vivían o no, excepto el conjunto de manuscritos y publicaciones que prepararon y acompañaron la edición del Capital. Todos estos constituyen la Sección II. La Sección III está ocupada por la correspondencia de Marx y Engels, entre ellos o con terceros. La IV Sección reúne la totalidad de los cuadernos y notas de lectura de Marx y Engels así como las notas asentadas en los márgenes de los libros que ellos leyeron y llegaron a nosotros. El conjunto ocupará unos 115 tomos, algunos subdivididos en varios volúmenes. Es de señalar que también en Francia está en curso una Gran Edición Marx-Engels (GEME): https://geme.Hypotheses.org)  

[5] Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, traducción y notas de Fernanda Aren, Silvina Rotemberg y Miguel Vedda. Buenos Aires, Colihue, 2004, pp. 111-112.

[6] Ibíd., pp. 112-113.

[7] En las paginas 98-99 de la edición de Colihue.

[8] Término de difícil traducción en todos sus matices. Bottigelli lo tradujo al francés como sentimental; Billy como apacible, distendido, familiar (Saito: pp. 33, 37, 40). En función del contexto podría incluso traducirse como paternalista.

[9] Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, vol. 1, traducción Pedro Scaron, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, p. 449

[10] A mi entender, Saïto comete un pequeño error al situar la redacción de esos manuscritos en 1865-1866 (pág. 172). En efecto, en carta a Engels fechada 31 de julio, Marx confiesa: “…En cuanto a mi trabajo, te diré sin ambages la verdad. Todavía me falta escribir tres capítulos para completar la parte teórica (los primeros tres libros). Luego queda por escribir el cuarto libro, el histórico-literario que es la parte relativamente más fácil para mí, ya que todos los problemas han sido resueltos en los primeros tres libros y este último es por consiguiente más bien una repetición en forma histórica” (Karl Marx-Friedrich Engels, Correspondencia. Buenos Aires, Editorial Cartago, 1987, p. 173). Se trata entonces más bien de una versión primitiva del conjunto de El capital en cuatro libros, tal como entonces la concebía Marx. Y el 13 de febrero 1866, envía una nueva carta a Engels para anunciarle la culminación de la redacción: “En cuanto a este maldito libro, la situación es la siguiente: estaba listo a fines de diciembre. De acuerdo con la disposición actual, la sola discusión de la renta del suelo, el penúltimo capítulo, toma casi un libro” (Ibíd., p. 173). Durante las siguientes semanas, debió pasar a la reacción de la primer edición alemana del Libro I del Capital que aparecerá en otoño 1867).

[11] El capital, Tomo I/ Vol. 2. Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, p. 611.

[12] Ibíd., pág. 612.

[13] Ibíd. págs. 612-613.

[14] El capital, Tomo I / Vol. 1, pág. 320.

[15] El capital, Tomo III/Libro tercero, pág. 1044. La frase en bastardilla ha sido retraducida por A. Bihr a partir del original alemán.

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