
A 20 años de la caída del muro de Berlín.
Supongo que no deberíamos tomar a mal el otorgamiento a Barack Obama de su Premio Nobel de la Paz, a pesar de que representa una ruptura radical con la tradición, porque el hombre apenas ha tenido nueve meses para cumplir con sus deberes imperiales –más concretamente, con la utilización de explosivos de gran potencia en Hindu Kush—, mientras que otros premiados como Henry Kissinger estuvieron masacrando gente por doquiera y con superlativa diligencia años y años.

A las 13.52 del miércoles 16 de septiembre una formación se detuvo en los andenes de la Estación Federico Lacroze de la Línea B del subterráneo. Un delegado, megáfono en mano, anuncia a los usuarios que esa es la última formación que sale antes de que comience el paro. Mira a la conductora y le dice que a las dos en punto, en la estación en la que se encuentre, corte el servicio. La chica le devuelve la mirada como diciendo “¿Con quien te pensás que estas hablando?”. Arroja una sonrisa, toca bocina y parte. Hace ya media hora que las puertas están liberadas para que los pasajeros puedan viajar sin pagar. Minutos más tarde, otra formación se detiene justo delante del cartel rojo que en letras blancas advierte: “Este tren se detiene aquí”. El reloj marca las 14 horas, horario estipulado para el inicio del paro que durará tres horas. Un grupo de muchachos grandotes, vestidos con trajes, intentan impedir en vano que los delegados tomen posición adentro de la formación. “Este tren continua su viaje”, dicen. “Dale, subí a manejarlo”, responde desafiante uno de los delegados. Sobre el andén, unos 25 trabajadores aplauden y comienzan a cantar: “Unidad, de los trabajadores, y al que no le guste, se jode, se jode”. Una situación similar se repite en el andén de enfrente. Episodios parecidos, a esa altura, deben estar sucediéndose en las estaciones Medrano y Carlos Pellegrini, también de la B, y en varias estaciones más de las otras cinco líneas y el Premetro, totalmente paralizadas.
“Un país tan pequeño como Honduras, no puede permitirse el lujo de tener dignidad”
José Azcona Hoyos, presidente entre 1985-1989.
Una postal sorprendió a no pocos observadores políticos: junto a Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega, una figura un tanto exótica, luciendo sombrero texano, ofrecía una nota inesperada. José Manuel Zelaya ocupaba un lugar entre quienes conforman “el eje del mal”, en versión latinoamericana. El presidente de Honduras rompía, dos años atrás, la tradición de sus predecesores, sempiternos acólitos y sumisos cómplices de cuanta aventura se propuso la CIA en la región.