El fantasma Socialista y los mitos hegemónicos. Gramsci y Benjamín en América Latina
Autores: Hugo Calello y Susana Neuhaus.- de Editorial Herramienta .-
Jueves 6 de Octubre
Hora 19 h .-
CHARLA - DEBATE
Hugo Calello (Dr. en Filosofía)
Susana Neuhaus (Psicoanalista y Magister en Filosofía)
* La recuperación de fábricas: espacios de autoformación y formación política de los trabajadores. * Un análisis del legado gramsciano y la tradicción consejista y sus desafios actuales * Nuevas formas de acción política desde el trabajo asociado.
PARQUE TECNOLOGICO CANARIO.-
Elias Regules y Ruta 67.- Las Piedras - Canelones
Invita Cooperativa de trabajadores -Emprendimiento Popular Alimentario
Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá, Colombia
Crisis civilizatoria y lucha política y social en América Latina
Encuentro con Renán Vega Cantor realizado el Sabado 16 de abril de 2011 en Espacio Cultural Memoria del Fuego, organizado por Socialismo Libertario y Revista Herramienta.
Blanco empezó a militar en Palabra Obrera. Durante su vida emprendió 14 huelgas de hambre y fue deportado de varios países. (JUAN ULRICH)
Hugo Blanco, líder campesino peruano, formado en el trotskismo argentino, es un referente de esa corriente política. De paso por Buenos Aires, analiza el poder indígena, el peronismo y el conflicto con el campo.
Un puñado de brasileños deambula por el lobby del hotel. Bullicio, ansiedad, cámaras de fotos y el chasquido de una lata de cerveza que se abre componen una pequeña escena del hiperconsumo occidental. Revolotean en su mundo hasta que algo los sorprende y los congela un instante. Un señor mayor cautiva su atención. Lo observan curiosos. Es un abuelo que lleva un sombrero de paja, un abrigo de lana, sandalias, un morral cruzando su pecho y manos arrugadas como pergaminos milenarios. Es Hugo Blanco Galdós. Los turistas vuelven a su rutina viajera. El grabador se enciende y el abuelo abre fuego: “En las comunidades indígenas está el doble poder que los trotskistas siempre alentamos. Hace 500 años que el poder de las comunidades indígenas y campesinas se enfrenta con el poder del consumismo. Esa lucha, esa contradicción es una de las llaves para derrotar a la locura capitalista”, arremete Blanco, el dirigente que encabezó en Perú, a fines de los ’50, una de las mayores reformas agrarias que haya conocido la Historia, y que hoy es considerado un mito viviente por centenares de luchadores sociales en el mundo.
Blanco está en Buenos Aires para presentar su último libro, Nosotros los indios, recientemente publicado por Editorial Herramienta. “Hablo de indios porque así nos llaman peyorativamente. Es un látigo con el que nos azotan la cara. Como digo en el libro, recojo ese mismo látigo ya que detesto las palabras suaves”, subraya mientras levanta sus canosas cejas.
La obra recopila varios textos suyos que revelan el devenir de un personaje poseedor de una valentía tal que lo ha llevado a emprender 14 huelgas de hambre, dirigir levantamientos armados, ser deportado varias veces, ser electo como diputado y senador y estar preso tantos años que ya ni recuerda cuántos han sido. La historia cuenta que uno de los penales en los que pasó más tiempo es el de la Isla del Frontón, un presidio alejado de las costas peruanas y al que se llega luego de superar fuertes corrientes marinas. En esa cárcel, cada vez que sube la marea el agua entra a las celdas y llega hasta el cuello de los reclusos. “Sí, sí, de eso sí me acuerdo”, apunta risueño.
Blanco es un militante de toda la vida que se formó políticamente en nuestro país en la década del ’50 cuando llegó de su Cuzco natal para estudiar Agronomía. En la universidad ingresó a Palabra Obrera, la agrupación trotskista que conducía Nahuel Moreno, un dirigente histórico de esa corriente ideológica en la Argentina. Pero la facultad no le gustaba ya que, según relata, “era un lugar demasiado antiperonista” y se proletarizó entrando a trabajar en un frigorífico de Berisso, cerca de La Plata.
“En junio de 1955, cuando se produce el primer intento de derrocamiento de Perón, nos subimos a un camión para defender al gobierno del General. Cuando pasamos por una escuela le pedí a la directora que me prestara la bandera argentina que estaba izada en el patio para llevarla a la Plaza de Mayo. Me la dio con la promesa de que la devolviera a la vuelta. Por supuesto que así lo hice. Esa experiencia y ese recuerdo es lo que me permite valorar muchas cosas del pueblo peronista. Creo que tenía, no sé si ahora será igual, una fortaleza tremenda digna de admiración”, rememora sobre aquellos años platenses.