Alan Rush *
I
Sin duda, la ciencia moderna está entre los logros de la civilización burguesa que pueden considerarse conquistaron una significación histórica universal. La ciencia moderna constituyó una revolución epistemológica sólo porque encarnó al mismo tiempo una revolución social en el saber. No sólo cambió su forma de metafísico-religiosa a racional y empírica sino que expropió al clero y la nobleza el monopolio de la teoría. Unió la teoría, formalizada matemáticamente, a la práctica de los artesanos y técnicos creando una nueva ciencia a la vez teórica y experimental, activa y no contemplativa, que socialmente incorpora a nuevos sectores profesionales y burgueses antes excluídos del saber. En términos de Ilya Prigogine, la ciencia moderna estableció una nueva alianza cognoscitiva entre el hombre y la naturaleza, sólo sobre la base de una nueva alianza entre teoría y práctica, entre saber y sociedad.
Pero el capitalismo que dio a luz la nueva ciencia y le imprimió
un ritmo más y más acelerado de desarrollo y especialización,
no podía dejar de transformarla en sus principios mismos a medida
que mutaba las propias estructuras socioeconómicas, políticas
y culturales. Esta ponencia se refiere a algunas transformaciones muy generales
de la naturaleza social y epistemológica de la ciencia en este siglo
que termina, especialmente desde la segunda posguerra hasta nuestros días,
vinculadas al cambio sociocultural que pensadores recientes llaman "sociedad
post-industrial", "cultura post-moderna", etc. Aunque rechazo las teorías
posindustrialistas y posmodernas, creo que merecen nuestra atención
como síntomas que a la vez expresan y distorsionan -y legitiman
ideológicamente- cambios históricos reales. Ilusiones ideológicas
como estas sólo adquirieron arraigo masivo porque en alguna medida
traducen las condiciones de vida de millones de seres humanos. Una ideología
dominante digna de ese nombre tiene una carga de verdad que haríamos
mal en ignorar.
El prodigioso desarrollo de las ciencias naturales, y el nacimiento
de las modernas ciencias sociales, especialmente en los siglos XIX y XX,
suponen como su condición de posibilidad el cada vez más
estrecho entrelazamiento entre las empresas y los estados capitalistas,
por un lado, y la investigación y la enseñanza universitaria
de la ciencia, por otro. La primera guerra mundial ata con más fuerza
este nudo, pero el gran salto en esta tendencia se da durante la segunda
carnicería mundial y en la posterior guerra fría. A su vez,
como se mostrará enseguida, la década del 70 marcaría
una nueva mutación del saber, que unos celebran como la emergencia
de la ciencia posmoderna, y otros condenan como un posible comienzo de
una decadencia alarmante del conocimiento, de consecuencias quizá
irreversibles.
II
En su libro sobre la sociedad post-industrial (1973), Daniel Bell reúne valiosos materiales históricos y sociológicos relativos al desplazamiento de la ciencia al centro del orden capitalista a partir de los requerimientos productivos y -especialmente- bélicos de las naciones burguesas durante y después de la segunda guerra mundial. El tratamiento que Bell da a la ciencia y su transformación post-industrial participa del mismo progresismo optimista que impregna aún a su pensamiento socio-político en esta etapa de su evolución, y que hoy -a un cuarto de siglo de la publicación de su influyente escrito- se nos aparece como ingenuo.
Según Bell si la ciencia de la era industrial era ante todo experimental o empírica, la ciencia post-industrial es marcadamente teórica y abstracta, y ello como resultado tanto del propio progreso científico como de las necesidades de la nueva tecnología que la ciencia ha dado a luz. Hasta Bessemer, Graham Bell y Edison en la segunda mitad del siglo XIX, los inventores solían ser relativamente desinformados teóricamente. Esto ya no vale para las aplicaciones industriales de la química a comienzos del siglo XX, ni para el nuevo matrimonio de ciencia y armamento que inaugura la Primera Guerra Mundial. Pero el salto en la mutua fecundación de ciencia, industria y gobierno capitalista, acontece con la electrónica, la informática -que a su vez posibilitaron la gestión gubernamental científico-social, estadística y computarizada-, y con el hijo más monstruoso de las bodas de ciencia y capitalismo al fin de la Segunda Guerra: la bomba atómica.
El esencial optimismo epistemológico de Bell tiene sus raíces
en la convicción de que el capitalismo industrial se transforma
en dirección a una "sociedad del conocimiento", post-industrial
y en algunos aspectos post-capitalista. Las necesidades socioeconómicas
y políticas del orden post-industrial naciente y su comunidad científica,
confía Bell, intensificarán su entrelazamiento, lo que haría
florecer una ciencia sana, centrada en la libre investigación teórica
y la transferencia del saber a ámbitos sociales cada vez más
participativos e igualitarios: producción, educación, gobierno.
Pero el mismo Bell alerta sobre contra-tendencias que brotan de la propia
sociedad contemporánea:
Bell reproduce la definición que de desarrollo, investigación
aplicada y básica hace la National Science Foundation de EE.UU.:
La epistemología de Bell no es enteramente clásica y modernista,
pero sí lo es en tanto conserva la clásica distinción
entre ciencia básica y aplicada, reivindica la codificación
del ethos científico por Merton, y alerta preocupado contra la posibilidad
de que tal ethos devenga la mera máscara ideológica de la
investigación subordinada al poder político y económico
(pág 386). En su libro de 1973, Bell sostiene aún que la
comunidad científica podría y debería reaccionar de
modo de resguardar al menos parcialmente su valioso ethos frente a las
consecuencias de la irreversible burocratización del saber (pág.
408).
Como se sabe, más de un epistemólogo importante de este
siglo ha advertido con preocupación el peligro de degradación
que acecha a la ciencia. Por poner sólo dos ejemplos, Poppercomparó
el efecto oscurantista del instrumentalismo de Bohr en la física
cuántica de las primeras décadas de este siglo, con el que
produjo el instrumentalismo y convencionalismo de la Iglesia católica
-en las figuras del cardenal Bellarmino y Osiander- en su rechazo de una
interpretación realista de la teoría heliocéntrica
de Copérnico (2). Por su parte la "tolerancia
epistemológica" de "programas de investigación" alternativos,
incluso polémicamente enfrentados, que Lakatos propone como una
política metodológica sana, conducente al progreso y la integración
dialéctica del conocimiento, supondría una ciencia a la vez
rica en recursos económicos y democrática en
su organización institucional. Lakatos es consciente de que el capitalismo
avanzado socava
ambas condiciones (3).
III
Parece que puede afirmarse que antes de la década del 70 el estrecho entrelazamiento entre ciencia, empresas y estados capitalistas, aunque generaba más y más las tendencias preocupantes de decadencia epistémica señaladas, aún contrarrestaba estas tendencias con muy vigorosos avances del conocimiento especializado, disciplinario, así como de la fecundación interdisciplinaria. Hay razones para pensar que en la década del 70 la relación entre estas dos tendencias opuestas comenzaría a invertirse determinando un cuadro de enfermedad epistémica generalizada de la ciencia. Ya en su libro de 1973 Bell consigna un viraje adverso a su optimista "sociedad del conocimiento" iniciado precisamente en 1970: la caída en el financiamiento, la baja en la anterior expansión democrática de la matrícula y la menor productividad de las universidades de EE.UU. bajo la administración de Nixon (ob. cit., págs. 235, 403). El fin del boom económico de la posguerra -antecedido por las rebeliones estudiantiles y obreras del 68-, y la derrota de EE.UU. en Vietnam inician décadas de recesión del capitalismo central y salto en el endeudamiento periférico, así como una crisis de legitimación del capitalismo que coincide con un salto en la crisis económica y política de la URSS y sus satélites. El escepticismo cultural de este período que aún parece envolvernos, se expresó filosóficamente ante todo en el posmodernismo, con su tesis de la muerte de los "grandes relatos" modernos tanto socialistas como burgueses.
A partir de 1970 comienzan a operar tendencias que hoy se aprecian claramente
en todo el orden capitalista, especialmente en su centro pero también
en la periferia:
1.
1.1. Disminución del presupuesto estatal para educación, ciencia y técnica (C&T), y aumento relativo del financiamiento privado.
1.2. Creciente injerencia del gran capital en la fijación de las políticas C&T y educativas, especialmente en la prioridad creciente que se da a la investigación aplicada y tecnológica, en desmedro de la investigación básica en ciencias naturales, y con mayor razón en ciencias sociales, humanidades y artes.
1.3. Si hasta 1970 la gestión capitalista de la ciencia no alcanzaba
a alterar la división de roles según la cual la universidad
clásica era la encargada principal de la investigación básica
y las empresas y el gobierno las responsables principales de la ciencia
aplicada y la tecnología, desde 1970 aparece una fuerte tendencia
a abolir esta frontera, a mutar la esencia de la universidad: a transformar
las academias en empresas en que la ciencia básica quede atada casi
sin mediaciones a la ciencia aplicada y la tecnología, a la productividad
económica o política capitalista.
2.
2.1. Fomento por parte del capital de las tendencias sociales, económicas y epistemológicas diferenciadoras o disgregadoras dentro de la comunidad científica, en desmedro de las tendencias integradoras. La universidad como lugar del desarrollo de saberes diferenciados, pero reunidos en el intercambio crítico e interdisciplinario tras el fin común del conocimiento objetivo, tiende a transformarse en una dispersión de proyectos o empresas de investigación que persiguen eficacia y rentabilidad.
2.2. Creciente privatización e incluso carácter secreto de los resultados de la investigación, en desmedro de su carácter público y planetario (el "comunismo epistémico" de la ciencia moderna clásica, según Merton). Esto es, tendencia a la incomunicación de los investigadores, la disgregación y desaparición de la "comunidad" científica internacional como tal.
2.3. Competencia individualista exacerbada para procurarse empleo y financiamiento, en un contexto de creciente desempleo también en los sistemas C&T y educativo.
2.4. Diferenciación vertical, jerárquica entre administradores científicos ligados al capital y científicos rasos, y dentro del sector de estos, entre los científicos más productivos y rentables en cada caso para la empresa que financia, y un "proletariado científico" y docente mal pagado. Obviamente todo ello ataca la unidad sindical en el sistema C&T, como acaba de ocurrir en nuestro país tras la implantación de los "incentivos" por investigación.
2.5. Disgregación horizontal entre especialistas de diferentes disciplinas. El capital fomenta la eficiencia en cada especialidad, ligada si es posible a la rentabilidad inmediata o futura, y censura la vinculación interdisciplinaria en sentido teórico, impulsando en cambio la Multidisciplinariedad aplicada a problemas tecnológicos y de control social, y en menor medida a problemas ecológicos, de desarrollo, urbanización, etc.
2.6. El sistema C&T propagandiza nuevas filosofías y epistemologías
que combaten las tendencias realistas, materialistas y dialécticas
que venían floreciendo antes de 1970 aún bajo la administración
burguesa de la ciencia. El poder científico y académico difunde
filosofías o ideologías idealistas convencionalistas, pragmatistas,
relativistas, deconstruccionistas, posmodernistas, etc. Así por
ejemplo, Lyotard celebra la tecnociencia pragmática al servicio
del capital como un nuevo tipo histórico de "ciencia posmoderna"
orientada por el anarquismo metodológico de Feyerabend y su slogan
"todo vale". (4)
3.
3.1. Como sabemos, todas estas formas de gestión y control capitalista tardío de la ciencia llevan a algunos sociólogos de la ciencia como Bell a alertar sobre la posible degradación epistémica de la ciencia, y a otros como Ravetz a señalarla como un hecho, cuanto menos en el sentido de que la buena ciencia está cada vez más rodeada por y mezclada con producciones de menor calidad para cumplir con quien financia la investigación. Se multiplican los fraudes, los plagios, las repeticiones, etc., además de las ya conocidas aplicaciones destructivas, inhumanas de la ciencia por el capital. (5)
3.2. Más aún, epistemólogos como Bunge y otros
advierten con preocupación que por la combinación de todos
los factores anteriores, la ciencia básica toda, como
conocimiento relativamente objetivo y progresivo del mundo está
en peligro de desaparecer: en su subordinación a la ciencia
aplicada (al servicio del capital), tiende a ser o ha sido ya, degradada
en un conjunto inconexo, disperso de tecno-ciencias sin pretensión
de objetividad, sólo eficaces técnicamente y persuasivas
comercial o políticamente (una aclaración obvia pero importante
es que cualquier generalización sociológica y epistemológica
sobre tendencias regresivas en la ciencia como la presente no niega avances
importantes, incluso revoluciones del conocimiento en esta o aquella disciplina
o interdisciplina, por parte de este aquel equipo o individuo talentoso
o genial que escape a la tendencia social general, estadísticamente
formulada. Más aún, puede argumentarse que esta creatividad
sigue siendo una necesidad funcional para el capitalismo en cualquiera
de sus fases históricas).
Mario Bunge -quien no puede ser sospechado de marxista- expresa elocuentemente
lo que en su opinión es la naturaleza de la degradación epistémica
de la ciencia, y sus causas económicas, políticas y culturales:
Nuestra fe ciega en el progreso automático de la ciencia sufrió un duro golpe en Occidente, particularmente en Norteamérica, como consecuencia de dos acontecimientos. Uno fue la adopción de una nueva política científica que desplazó el grueso del apoyo público, de la ciencia básica a la aplicada y a la técnica ...
El segundo acontecimiento que sacudió nuestra fe en el futuro de la ciencia fue la rebelión contra la razón que se propagó en la juventud norteamericana, y en parte también en la europea, como parte del movimiento ... generado por la intervención de los EE.UU. en Vietnam. La desconfianza e incluso el odio por la ciencia, y la popularidad concomitante de la pseudociencia y del ocultismo, no tienen paralelo en la historia cultural moderna de Occidente.
Paradójicamente, pues, tanto el establishment
como sus críticos rechazaban la ciencia básica, el primero
por considerarla inútil y los segundos por creer que se había
hecho cómplice del primero. (6)
Temas de primera importancia (que una sociología
de la ciencia liberada del actual subjetivismo debería estudiar,
son) ... 1) La deliberada escasez de los fondos dedicados a las investigaciones
en materia de ciencias sociales por los gobiernos conservadores de Estados
Unidos, y a la investigación científica en general por el
gobierno conservador de Gran Bretaña; 2) La actual decadencia del
comunismo epistémico, que se concreta en la aversión cada
vez mayor, por parte de los hombres de ciencia experimentales, a intercambiar
datos, ideas y materiales, a causa de la competencia exacerbada y de las
presiones comerciales ... ; 3) La creciente frecuencia de reivindicaciones
exageradas y el descaro de la publicidad, así como el número
cada vez mayor de casos de fraude y plagio, particularmente en las
ciencias biomédicas, como resultado de la implacable competencia
para conseguir subsidios y empleos; 4) La declinación del número
de hombres de ciencia y de estudiantes de ciencias nativos en Estados Unidos
y en Gran Bretaña, a raíz del filisteísmo fomentado
por la suma de todos los factores antedichos, más el predominio
de un ambiente antiintelectual; y 5) La prosperidad de las doctrinas y
movimientos anti- y seudocientíficos y el concomitante resurgimiento
de filosofías irracionalistas en todos los países industrializados,
tanto del Oeste como del Este. (7)
El adherente del ... partido (que rechaza la ciencia)
sostiene que la verdad es una ilusión o convención social
... El interés del asunto que nos ocupa va más allá
de la sociología y la filosofía de la ciencia. También
atañe al estudio de los profundos cambios culturales que vienen
ocurriendo en el curso de las tres últimas décadas. Algunos
acogen estos cambios con entusiasmo, porque juzgan que nos libran de las
cadenas de la razón y de la contrastación empírica.
(Este es el 'pensamiento débil' elogiado por los apóstoles
del llamado posmodernismo). Otros deploramos estos cambios porque creemos
que sólo la racionalidad y la contrastación empírica
pueden ayudarnos a comprender mejor el mundo y a diseñar un mundo
vivible. Como se ve, la elección entre ambos partidos no es un problema
técnico sino parte de la elección entre dos concepciones
del mundo. (8)
Es verdad que, poco después de terminada la (2ª) Guerra Mundial, comenzó la Guerra Fría, y ... lo urgente desplazó a lo importante. Pero al mismo tiempo las fuerzas creadoras que habían sido maniatadas durante la guerra ... fueron puestas en libertad, gracias a lo cual pudimos presenciar avances espectaculares en materia de descolonización, libertades cívicas, ciencia y tecnología. ... No fue sino hacia 1970 que el paso del progreso científico y tecnológico empezó a aflojar.
Hay varios indicadores alarmantes de decadencia científica y tecnológica. ... Uno es la disminución relativa de los subsidios a la investigación básica, especialmente en ciencias sociales; ella se debe en algunos casos al aumento en gastos de armamento, y en otros a la crisis económica. Otro indicador es la pérdida de fe, por parte de la juventud, en la ciencia básica; ella se debe en algunos casos a que se responsabiliza a la ciencia de la crisis nuclear y ecológica, y en otros casos a que se la considera como 'la ideología del capitalismo'.
No sabemos si esta crisis es coyuntural y por tanto temporaria, o estructural y por consiguiente duradera. Sólo sabemos que, de continuar, será irreversible. Si siguen disminuyendo las oportunidades de empleo en la investigación básica, o si ésta sigue siendo vista como maléfica, nuestros descendientes perderán interés por ella. El día que esto ocurra comenzará una Nueva Edad Media. ...
La decadencia científico-tecnológica, si
en efecto ha comenzado, puede ser temporaria o terminal. Depende de nosotros
que sea la una o la otra. (9)
En el posfacio a la segunda edición alemana de El Capital,
Marx trazó la parábola del progreso, el apogeo y la decadencia
de la ciencia social burguesa. Nacida como expresión del
desarrollo histórico de la burguesía desde el estadio de
clase inmadura y crítico-utópica, al de clase madura, con
un proyecto científico y revolucionario alternativo al del antiguo
orden feudal, la teoría social y política burguesa demostró
la potencia de la racionalidad del mercado y la democracia burguesa contra
los privilegios feudales, y llegó hasta a develar algunos secretos
de la producción capitalista misma en la economía política
clásica, especialmente con David Ricardo. Pero a medida que la burguesía
se consolidaba como clase dominante, desarrollaba la producción
capitalista y con ella a su antagonista, la clase obrera crecientemente
sindicalizada y crítica del orden burgués, los "representantes
teóricos" del capital empiezan a perder terreno epistémico
frente a la nueva crítica científica anticapitalista de los
representantes teóricos del proletariado en ascenso.
A quien objete que este cambio no necesita caracterizarse trágicamente como la muerte de la ciencia sino que admite ser pensado en tono neutral y "light" como el surgimiento de un nuevo, diferente tipo histórico de cientificidad, puede respondérsele que con la misma legitimidad podría decirse que la muerte de alguien por efecto de un cáncer puede describirse de modo alternativo y neutro como su transformación en un sistema material regido por leyes simplemente diferentes, no inferiores en algún sentido.
Pero esta afirmación sólo lograría sostenerse si fuéramos capaces de rechazar tanto a la ciencia burguesa en crisis y sus portavoces posmodernos, etc., como a la ciencia burguesa clásica, desde una perspectiva alternativa de la ciencia que muestre que la decadencia y eventual muerte de la ciencia moderna en su forma burguesa no implican el fin de la ciencia moderna misma. En mi caso, esta tesis presupone como su condición de posibilidad, la posibilidad y deseabilidad de un socialismo planetario que renueve y actualice el proyecto de Marx. Obviamente no puedo desarrollar este argumento acá. Sólo diré que no presupongo la inevitabilidad del socialismo: sólo supongo su necesidad para escapar a lo que parece ser la creciente barbarie que envuelve y amenaza devorar lo que de civilización aún produce el capitalismo. En esta ponencia sólo he intentado mostrar que hay razones para pensar que lo bárbaro de la colonización de la vida social por la forma mercancía parece haberse apoderado ya bastante plenamente de la ciencia, degradándola y amenazándola incluso de muerte.
En otra parte (11) he argumentado que la reconstrucción del movimiento político-cultural hacia el socialismo planetario incluiría el desarrollo de un nuevo tipo histórico de cientificidad, algunos de cuyos rasgos muy generales pueden conjeturarse. Desde luego, una nueva ciencia de un socialismo auténtico y renovado, sería tan opuesta a su degradación estalinista, la "ciencia proletaria", como opuestas son sus respectivas concepciones de la sociedad. El estalinismo se ilusionó con construir el "socialismo en un solo país" -para colmo en una región atrasada- para lo cual no sólo aplastó totalitariamente a sus pueblos y ciudadanos sino que explotó económicamente a sus trabajadores asalariados, al mismo tiempo que esclavizaba al arte y la ciencia a los decretos del partido único. Esto es todo lo opuesto al proyecto auténticamente marxista de una sociedad planetaria de "individuos libremente asociados" que han alcanzado un altísimo nivel de desarrollo tecnológico y cultural, reduciendo a un mínimo la jornada laboral para desarrollar una vida superlativamente humana. Así como hizo una caricatura siniestra de la teoría y el proyecto socialista, el estalinismo degradó grotescamente la ciencia moderna, decretando como biología oficial, proletaria, la charlatanería de Lysenko, censurando y demorando la recepción en la URSS de la nueva física, de la informática y la cibernética, etc.
Una nueva ciencia de individuos libremente asociados no subordinaría el conocimiento del mundo ni a las ganancias del capital ni a los dictados de una burocracia totalitaria e ignorante. Continuaría la ciencia moderna pero evitaría sus tendencias degenerativas capitalistas, superando la forma histórica burguesa de cientificidad. No reproduciría la separación burguesa clásica de ciencia básica y aplicada, pero aún menos el extremo opuesto al que esta separación condujo: el colapsamiento pragmático posmoderno de la primera a la segunda. No sería una ciencia angélica ni desinteresada: por el contrario una "nueva alianza" más ecológicamente orientada de los hombres con la naturaleza y una nueva alianza no-explotadora de los individuos entre sí, produciría un nuevo entrelazamiento entre una más extensa variedad de prácticas sociales y una más amplia y flexible racionalidad científica. Los individuos libremente asociados, modelarían democráticamente una nueva constelación de conocimiento e interés, nuevos intereses cuya universalidad históricamente situada podría expandirse sin impedimentos externos violentos de naturaleza clasista (12).
* Docente e investigador en la Universidad Nacional
de Tucumán, Argentina, y miembro del Movimiento al Socialismo. Ha
publicado recientemente Latinoamérica y el síntoma posmoderno.
Estudios políticos y epistemológicos, editado por la citada
Universidad. Este breve trabajo, que se leyó en las VII Jornadas
de Filosofía del NOA realizadas en Tucumán, en junio de este
año, presenta esquemáticamente algunas de las ideas de los
capítulos 2 y 3 de ese libro.
Notas:
(1): Daniel Bell: The Coming of the Postindustrial Society.
A Venture in Social Forecasting (1973); Harmondsworth: Penguin, 1976.
Todas las citas corresponden a esta edición. La traducción
es mía.
(2): Karl Popper: “Tres concepciones del conocimiento
humano” (1956), en El desarrollo del conocimiento científico (1963);
Buenos Aires: Paidós, varias reimpresiones.
(3): Imre Lakatos: “Falsificationism and the Methodology
of Scientific Research Programmes” (1969), en Imre Lakatos & Alan Musgrave
(compils.): Criticism and the Growth of Knowledge (1970); Londres: Cambridge
University Press, 1979, pp. 145, 176 nota 1.
(4): Jean-François Lyotard: La condición
postmoderna. Informe sobre el saber (1979); Buenos Aires: REI, 1989. Paul
Feyerabend: Contra el método. Esquema de una teoría anarquista
del conocimiento (1970); Barcelona: Ariel, 1981.
(5): Jerome Ravetz: Scientific Knowledge and its Social
Problems (1971); Harmondsworth: Penguin, 1973.
(6): M. Bunge: Ciencia y desarrollo (1980); Buenos
Aires: Siglo Veinte, 1980, pp. 143-4, mis cursivas.
(7): M. Bunge: Sociología de la ciencia (1993);
Buenos Aires: Siglo Veinte, 1993, pp. 109-10, mi paréntesis.
(8): M. Bunge: Ibid., pp. 14-5, paréntesis en
el original.
(9): M. Bunge: Seudociencia e ideología (1985);
Madrid: Alianza, 1985, p. 187. Véase también A. F.
Chalmers: ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? (1982); México,
etc.: Siglo XXI, 1995, pp. 184, 230. La preocupación de Bunge, Lakatos,
Chalmers y otros respecto de las tendencias a la degradación -y,
en el límite, la posible destrucción- de la ciencia moderna
en tanto conocimiento objetivo del mundo contrastan con la convicción
-a mi juicio ingenuamente optimista acá- de Gregorio Klimovsky,
otro destacado epistemólogo argentino. Leemos en un pasaje de su
reciente e importante libro:
“Admitimos por tanto sin tapujos que, frente a la opinión escéptica de ciertos pensadores ‘innovadores’ ... preferimos sostener la tesis ‘reaccionaria’ de quienes piensan que en la historia de la ciencia se advierte una marcha zigzagueante pero progresiva hacia resultados cognoscitivos y prácticos cada vez más confiables, de importancia crucial para la comprensión de la realidad natural, humana y social, y a la vez para el diseño de estrategias destinadas a actuar sobre ellas en beneficio de nuestra especie.” (Las desventuras del conocimiento científico, Buenos Aires: A-Z, 1994, p. 399)
(10): C. Marx: “posfacio a la Segunda Edición
Alemana”, en El Capital; México: Fondo de Cultura Económica,
1973, vol. I, p. XIX.
(11): Alan Rush: Latinoamérica y el síntoma
posmoderno. Estudios políticos y epistemológicos; Tucumán:
IIELA, UNT, 1998, cap. 2: “Ciencia y sociedad en el fin del milenio: Jean-François
Lyotard e Ilya Prigogine” y cap. 3: “¿Ha muerto la interdisciplinariedad?
A propósito de los escritos de Roberto A. Follari”
(12): Obviamente, me inscribo acá en la orientación
programática que Habermas impulsara en su famoso libro del mismo
título, sin adherir en todo a la particular versión que del
programa adelanta ese escrito.