MAS ALLÁ DEL CAPITAL

LA REPRODUCCIÓN DEL METABOLISMO SOCIAL DEL ORDEN DEL CAPITAL (segunda parte)

István Mészáros*

Nota de la Redacción. Para introducir la segunda y última parte del capítulo 2 de Mas allá del capital debemos recordar que este libro constituye una monumental crítica al capital y al capitalismo (importante distinción de Mészáros). El autor penetra y expone la lógica que preside "el sistema de metabolismo social del orden del capital" para demostrar con fuerza la actualidad de la alternativa socialista, explicando de paso el fracaso de las experiencias no capitalistas del siglo XX por su negativa a ir más allá del capital.

En la primer parte del capítulo (publicado en Herramienta Nº 5), se comenzó poniendo de relieve las fallas estructurales en el control del sistema del capital y la revalorización del trabajo como única alternativa a las mismas. Esta convicción aparece abonada por la exposición de las características de el capital como forma de control del metabolismo social, incontrolable porque es totalizante y totalitaria. Toda la sociedad queda supeditada a los límites estructurales de este modo de control de un sistema basado en el antagonismo de clases y la radical separación entre la producción y el control de las decisiones, al que se superpone como fuerza unificadora el "control abarcativo del Estado".

Se marca la ruptura radical que existe entre todas las formas sociales anteriores y la nueva forma de control caracterizada por la tendencia irrefrenable a romper todas las barreras, pues el capital se realiza y amplía mediante la circulación, complejizando la relación producción/consumo e instaurando el crecimiento de la plusvalía como medida absoluta de eficiencia... hasta que se llegue al choque con sus límites absolutos.

El capital logra un incremento incomparable de la productividad, acompañado por la también creciente pérdida del control sobre la reproducción social, ocultada por un continuo desplazamiento de las contradicciones. En la raíz de esto se encuentran tres "defectos estructurales": la separación entre producción/control de las decisiones, entre producción/consumo y entre microcosmos productivo del capital/circulación global, son otros tantos antagonismos estructurales. De allí la obligación de introducir la acción correctiva del Estado moderno, hipertrofiado para actuar como "estructura de comando político totalizador" de el capital, y de allí también la coincidencia entre el agravamiento de la crisis estructural y la crisis de la política (y el Estado).

Analizando estas "fallas estructurales", se pone en evidencia que ante el antagonismo producción (por los trabajadores)/control (ejercido por la burguesía o los funcionarios burocráticos) el Estado debe intervenir como garante de la relación de fuerzas establecida y regulador de los conflictos, pasando así a ser prerrequisito para la supervivencia del sistema. En cuanto a la compleja relación producción/consumo, se pone de relieve que el imperativo de la expansión de la producción, lleva también a la expansión independiente del poder de consumo, generando apetitos imaginarios y artificiales. Se proclama la "soberanía del consumidor" como mecanismo que oculta desigualdades estructurales, al mismo tiempo que se reconoce y manipula el consumo obrero... También a este nivel es necesaria la acción correctiva del Estado, aunque esta relación implique inevitables desperdicios y tienda a convertirse en una carga material insoportable para el propio sistema.

Producción/circulación: el rol del Estado

Con respecto al tercer aspecto principal que nos interesa -la necesidad de crear la circulación como empresa global a partir de las estructuras internamente fracturadas del sistema del capital o, por decirlo de otra manera, en la búsqueda de algún tipo de unidad entre la producción y la circulación- el papel activo del Estado moderno es igualmente grande, si no mayor. Al concentrar la atención en él, en conjunción con las diversas funciones que el Estado está llamado a cumplir en el terreno del consumo, principalmente dentro de sus propias fronteras nacionales, resulta que estas relaciones no sólo están "infectadas de contingencia", como dijo Hegel alguna vez, sino también de contradicciones insolubles.

Una de las contradicciones más rebeldes y en definitiva insolubles es que históricamente la estructura política de mando y el marco correctivo global del sistema del capital está articulado bajo la forma de Estados nacionales, aunque como modo de control metabólico social y de reproducción (con su necesidad imperiosa de circulación global) es inconcebible que el sistema se vea encerrado en tales límites. Lo que cabe destacar en el presente contexto es que la única manera en que el Estado puede tratar de resolver esta contradicción es mediante un sistema de "doble contabilidad": un nivel de vida bastante más alto para los trabajadores -junto con una democracia liberal- en casa (es decir, en los países "metropolitanos" o "centrales") del sistema capitalista global, y la explotación al máximo con un sistema de gobierno implacablemente autoritario (incluso dictatorial donde sea necesario), ejercido de manera directa o por intermediarios, en la "periferia subdesarrollada".

Así, el verdadero significado de la tan idealizada "globalización" (una tendencia emanada de la naturaleza del capitalismo desde sus comienzos) es: el despliegue inevitable de un sistema internacional de dominación y subordinación. En el plano de la política totalizadora, corresponde a la instauración de una jerarquía de Estados nacionales (más o menos poderosos) que disfrutan -o padecen- la posición que les ha asignado la relación de fuerzas prevaleciente (a veces violentamente cuestionada) en el orden global del capitalismo, donde impera la ley del más fuerte. Cabe destacar que la operación relativamente sencilla de la "contabilidad por partida doble" de ninguna manera está destinada a convertirse en un rasgo permanente del orden capitalista global. En verdad, su duración está limitada a las condiciones del predominio histórico del sistema, cuando la expansión y acumulación sin perturbaciones crean el margen de ganancia para operar una tasa de explotación del trabajo relativamente favorable en los países "metropolitanos" en comparación con las condiciones de vida del sector obrero en el resto del mundo.

En este sentido son sumamente significativas dos tendencias complementarias de desarrollo. En primer lugar, durante las últimas décadas hemos presenciado una cierta nivelación de las diferencias en la tasa de explotación bajo la forma de una espiral descendente que afecta el nivel de vida de los trabajadores en los países capitalistas más avanzados. En el futuro previsible, esta tendencia seguramente se afirmará los países "centrales". En segundo lugar, juntamente con esta tendencia niveladora de las diferentes tasas de explotación, también advertimos la aparición de su inevitable corolario político bajo la forma de un autoritarismo creciente en los Estados "metropolitanos" hasta ahora liberales, y de un comprensible desencanto con la "política democrática" que cumplió un papel de primer orden en el giro autoritario del control político en los países capitalistas desarrollados.

El Estado como agencia totalizadora, para crear la circulación global a partir de las unidades socioeconómicas internamente fracturadas del capital debe seguir en sus acciones internacionales una conducta distinta a la que aplica en el terreno de la política interior. En este último debe velar -en la medida que ello es compatible con la cambiante dinámica de la acumulación del capital- para que la tendencia inexorable a la concentración y centralización del capital no destruya prematuramente muchas unidades de producción viables (aunque menos eficientes que sus hermanas mayores), ya que actuar de otro modo en esas circunstancias afectaría negativamente la fuerza combinada del capital nacional total. Para eso es necesario tomar algunas medidas legales auténticamente antimonopólicas, si las condiciones internas lo requieren y las condiciones generales lo permiten. No obstante, las mismas medidas son derogadas sin más trámite cuando los intereses cambiantes del capital nacional así lo decretan, con lo cual creer que el Estado -la estructura política de mando del sistema capitalista- puede ser el guardián de la "sana competencia" contra los monopolios en general es no sólo ingenua sino totalmente contradictoria.

En contraste, en el plano internacional el Estado nacional del sistema capitalista no tiene el menor interés en limitar el impulso monopólico de sus unidades económicas dominantes. Al contrario. En el terreno de la competencia internacional, cuanto menos limitadas y más fortalecida es la empresa económica con apoyo político (y militar, si es necesario), mayores serán sus probabilidades de triunfar contra sus rivales presentes o potenciales. Por eso, la relación entre el Estado y las empresas económicas correspondientes se caracteriza por el hecho de que aquél asume desembozadamente el papel de colaborador de la expansión externa lo más monopolista posible. Desde luego que los medios y arbitrios para realizar este papel se modifican al cambiar las relaciones de fuerzas internas y externas por obra de las diversas circunstancias históricas. Pero los principios orientadores monopolistas de todos los Estados que ocupan una posición dominante en la jerarquía global del capitalismo permanecen invariables a pesar de las ideas de "libre comercio", "competencia justa", etcétera, en las que la gente como Adam Smith creía al principio, antes de que se las transformara en camuflaje cínico o jarabe de pico. El Estado del sistema capitalista debe afirmar por todos los medios los intereses monopólicos de su capitalismo nacional -por la fuerza, en caso de necesidad- frente a los Estados rivales en la competencia por los mercados necesarios para realizar la expansión y acumulación del capital. Así sucede con las más variadas prácticas políticas, desde el colonialismo moderno inicial (con las funciones que se le atribuyeron a las empresas comerciales monopolistas) hasta el imperialismo con todas las de la ley, seguido por el proceso poscolonial de "desguace de los imperios" e imposición de formas de dominación neocoloniales y ahora con las agresivas aspiraciones y prácticas neoimperialistas de Estados Unidos y sus aliados obsecuentes en el flamante "Nuevo Orden Mundial".

Sin embargo, aunque los intereses de los capitalismos nacionales se puedan distinguir de otros e incluso, en el caso de los Estados dominantes, se puedan proteger en gran medida de sus incursiones, dicha protección no puede eliminar los antagonismos del capital social total, es decir, la determinación estructural interna del capital como fuerza de control global. Esto se debe a que en el sistema capitalista la "armonización" sólo puede tomar la forma de un equilibrio puramente temporario, no de la resolución de un conflicto. Por eso, no es en absoluto casual encontrar en la teoría social y política burguesa la exaltación del "equilibrio de poderes" como ideal insuperable, cuando en realidad sólo puede ser una manifestación en un momento dado de la imposición/aceptación de la relación de fuerzas imperante, que a la vez permite visualizar su trastrocamiento cuando las circunstancias lo permitan. El axioma de bellum omnium contra omnes es el modus operandi inexorable del sistema capitalista. Como sistema de control metabólico social está estructurado antagónicamente desde las unidades socioeconómicas y políticas más pequeñas hasta las más globales. Además, el sistema capitalista -y en realidad todas las formas concebibles de control social metabólico global, incluyendo el socialismo- está sometido a la ley absoluta del desarrollo desigual que bajo la dominación del capital se impone en una forma en última instancia destructiva debido a su principio estructural interior destructivo. Así, para visualizar una auténtica resolución viable de los antagonismos del sistema capitalista a nivel global, sería necesario creer en el cuento de hadas de la eliminación de la ley del desarrollo desigual que rige los asuntos humano. Por eso el "Nuevo Orden Mundial" es una fantasía absurda o un camuflaje cínico destinado a proyectar los intereses hegemónicos de las potencias capitalistas predominantes como aspiración moral digna de elogios y universalmente benéfica de la humanidad. Nada se resolvería con la instauración de un "gobierno mundial" y el sistema estatal correspondiente, aunque fuera factible. Porque un sistema global cuya estructura es antagónica hasta la médula. sólo puede ser explosivo y en última instancia autodestructivo. Dicho de otra manera, un sistema global de control social metabólico constituido por microcosmos desgarrados por antagonismos internos debido a los conflictos de intereses irreconciliables centrados en la separación y enajenación del control de los productores sólo puede ser inestable y, en última instancia, explosivo. Porque la contradicción absolutamente insoluble entre la producción y el control se impondrá inexorablemente en todas las esferas y niveles de intercambio social reproductivo, incluso en sus metamorfosis en las contradicciones entre producción y consumo, así como entre producción y circulación.

Las probabilidades de éxito de la alternativa socialista están determinadas por su capacidad (o incapacidad) para afrontar las tres contradicciones -entre producción y control, producción y consumo, producción y circulación- constituyendo un microcosmos de reproducción social interiormente armónico. Las mayores figuras de la filosofía burguesa, que visualizaban el mundo desde el punto de vista del capitalismo en ascenso (o, como diría Marx, "desde el punto de vista de la economía política"), no podían concebirlo, ya que debían dar por sentado el microcosmos internamente fracturado del sistema capitalista. En cambio, ofrecían remedios que soslayaban los problemas en juego presentando al poder de la Razón como solución genérica y a priori a todas las dificultades y contradicciones concebibles o elaborando esquemas especiales muy idealizados mediante los cuales se debían encontrar respuestas adecuadas a las perturbadoras contingencias históricas. Aquí nos referiremos solamente a Adam Smith, Kant, Fichte y Hegel.

El concepto de Smith de "la mano oculta" sigue siendo influyente aún hoy como remedio deseado a los conflictos y las contradicciones reconocidos, en el plano ideal de un "deber ser". Kant tomó la idea de Adam Smith del "espíritu mercantil" y sobre esta base visualizó la solución permanente de todos los conflictos destructivos y las conflagraciones internacionales mediante un sistema estatal universalista que instauraría -como sin duda podría hacerlo, ya que en la filosofía kantiana "deber implica poder"- la "política moral" de la inminente "paz perpetua". Fichte, en cambio, abogaba por el igualmente utópico "Estado comercial cerrado" (der geschlossene Handelstaat, dependiente de estrictos principios de autarquía) como solución ideal a las restricciones y contradicciones explosivas del orden imperante. Fue Hegel quien presentó el análisis más realista de estos asuntos al reconocer que la contingencia predomina en las relaciones internacionales de los Estados nacionales y descartar de plano la solución ideal de Kant al afirmar que la "corrupción en las naciones sería el producto de una paz prolongada, ni que hablar de ‘perpetua’". Pero la explicación de Hegel también está llena de instancias de "deber ser", aparte de que la coronación de su sistema ideal es el "Estado germánico" (que, como se dijo anteriormente, no se identifica con el Estado nacional alemán como sostienen sus críticos pues incorpora el "espíritu mercantilista" del colonialismo inglés) como afirmación de "la verdadera reconciliación" que se personifica en el Estado como imagen y presencia de la razón. Así, en todas las hipóstasis del Estado como remedio de los defectos y las contradicciones reconocidos -sea el postulado ideal de Kant como agente de la "paz perpetua", el "Estado comercial cerrado" autárquico de Fichte o incluso la concepción hegeliana de la "verdadera reconciliación" como el Estado que encarna la "imagen y presencia de la razón"- las soluciones presentadas no hacen más que abogar por un ideal irrealizable. No podría ser de otra manera, ya que jamás se pone en tela de juicio el microcosmos antagónicamente estructurado del sistema capitalista, con su inextirpable bellum omnium contra omnes expresado en la triple contradicción señalada. Se las subsume en la concepción ideal del Estado y se declara que ya no representan peligro de trastorno o explosión ya que se ha alcanzado tal o cual forma de la "verdadera reconciliación" ideal.

En realidad, los antagonismos explosivos del sistema en su conjunto persisten mientras no se alteren drásticamente sus microcosmos interiormente desgarrados. Porque en el sistema capitalista antagónicamente fracturado los conflictos y contradicciones tienden a ascender de niveles de conflicto más bajos a los más altos paralelamente a la creciente integración del orden social metabólico del capital en un sistema global desarrollado. La lógica inexorable de este desarrollo de los conflictos en grados crecientes de intensidad es la "guerra ilimitada si fracasan los métodos ‘normales’ de sometimiento y dominación", como lo demuestran con dolorosa claridad las dos guerras mundiales del siglo XX. Así, la institución hipostática de la "paz perpetua" sobre la base material del microcosmos internamente fracturado del capitalismo no puede ser otra cosa que una pura expresión de deseos.

No obstante, en nuestra época el sistema del capital global debe enfrentar una nueva contradicción estructural superpuesta a todas sus partes constituyentes, por los sucesos históricos de la posguerra y por el cambio fundamental en la tecnología bélica. Esta implica la necesidad imperiosa de la paz, que no excluye guerras parciales (que por fuerza deben existir en el seno conflictivo del capitalismo) pero sí una nueva guerra total en vista de la inexorable aniquilación de la humanidad que implicaría. En consecuencia, los antagonismos explosivos del sistema en su conjunto, lejos de ser eliminados conforme con el sueño kantiano, se agravan constantemente. Porque el sistema capitalista debe aceptar el hecho desagradable de que las obligaciones de la paz lo han despojado del recurso definitivo (antes disponible) de imponerse por la violencia sobre un adversario de otro modo incontrolable. Para manejar sus asuntos de manera viable sin ese recurso extremo el sistema del capital debería ser cualitativamente distinto de lo que es y puede ser en su constitución estructural más íntima. Así, cuando el capital alcanza su mayor nivel de globalización mediante la consumación de su ascenso histórico, el microcosmos socioeconómico que lo compone revela el espantoso secreto de ser responsable último de su carácter destructivo, en nítido contraste con las idealizaciones desde Adam Smith y Kant hasta los diversos "Hayeks" y "socialistas de mercado" del siglo XX. Así se vuelve inevitable confrontar la verdad perturbadora de que es necesario indagar profundamente en el microcosmos constitutivos para superar la destructividad incorregible del orden metabólico social del capital. Este es el desafío que surge de la contradicción entre producción y circulación llevada a su máxima expresión al consumarse el dominio global del capitalismo.

El Estado, estructura política de mando e integrante de la "base material" del sistema

Como se advierte en relación con los tres aspectos principales del control estructuralmente defectuoso del capitalismo, el Estado moderno como único marco correctivo viable no surge después de la articulación de las formas socioeconómicas fundamentales ni más o menos directamente determinado por éstas. No se trata de la determinación unidireccional del Estado moderno por una base material independiente. Porque la base socioeconómica del capital y sus formaciones estatales son totalmente inconcebibles por separado. Por eso es correcto y justo hablar de "correspondencia" y "homología" sólo en relación con las estructuras básicas del capital tal como están históricamente constituidas (lo cual implica un límite de tiempo), pero no de las funciones metabólicas particulares de una estructura correspondiente a las determinaciones y los requisitos estructurales directos de otra. Dichas funciones pueden contradecirse recíprocamente en la medida que sus estructuras subyacentes se extienden en el curso de la expansión necesaria y la transformación adaptativa del sistema del capital. La "homología de estructuras" surge paradójicamente en primer término de una diversidad estructural de funciones realizadas por los distintos órganos metabólicos (incluyendo el Estado) en el desarrollo histórico de la división social jerárquica del trabajo. Esta diversidad de funciones estructural produce la división problemática entre la "sociedad civil" y el Estado político sobre la base común del sistema del capital en su conjunto, del cual las estructuras fundamentales (u órganos metabólicos) son partes constituyentes. Pero a pesar del terreno común de su interdependencia constitutiva, la relación estructural de los órganos metabólicos del capital está plagada de contradicciones. Si no fuera así, la empresa emancipadora socialista estaría condenada a la futilidad. Porque al imponerse la homología de las estructuras y funciones fundamentales correspondiente plenamente a los imperativos materiales de control metabólico social del orden del capital, se crearía una verdadera "jaula de hierro" para todas las épocas -incluyendo la fase global del desarrollo del capital, con sus graves antagonismos nacionales e internacionales- de la cual sería imposible escapar, de acuerdo con las proyecciones de gente como Max Weber, Hayek y Talcott Parsons.

Debemos volver sobre algunos de estos problemas en el contexto de la crítica socialista de la formación del Estado -es decir, no sólo del Estado capitalista- en la segunda y tercera parte. Aquí haremos algunas observaciones sobre la base material y los límites globales dentro de los que se deben aplicar las funciones correctivas de la formación estatal históricamente desarrollada bajo el sistema del capital.

Como se dijo anteriormente, el capital es una forma singular de control metabólico social y como tal, lógicamente, es incapaz de funcionar sin una estructura de mando adecuada. En consecuencia, en este sentido importantísimo, el capital contiene un tipo histórico concreto de articulación y estructura de mando. Además, la relación entre las unidades socioeconómicas reproductoras -es decir, el metabolismo social del microcosmos del capital- y la dimensión política del sistema no puede ser dominante unilateralmente desde cualquier dirección, como lo era, por ejemplo, el sistema feudal. Bajo el feudalismo, el factor político podía asumir una posición dominante -hasta el punto de conferir al señor feudal el poder de ejecutar a sus siervos si lo deseaba (y si era tan necio como para hacerlo, ya que su propia existencia material dependía del tributo que pudiera extraerles en forma continua)- precisamente porque (y mientras) el principio de la "supremacía política" del señor fuera viable en sus propios términos. El poder feudal arbitrario formalmente ilimitado se podía mantener porque el modo imperante de control político se veía sustancialmente limitado por la manera en que estaba constituido. Esas restricciones -en dos sentidos- correspondían a la propia naturaleza del sistema feudal.

Así, el poder político era supervisor y externo en lugar de reproductor e interno. Podía sostenerse sólo mientras las propias unidades metabólicas fundamentales del sistema feudal conservaran la cohesión interna y las restricciones en los dos aspectos mencionados, lo cual reducía en un sentido muy real el ejercicio mismo del poder supervisor feudal. Paradójicamente, fueron la extensión del poder político feudal desde el encierro local hacia el absolutismo sustancial (mediante el desarrollo de la monarquía absoluta francesa, por ejemplo) juntamente con la irrupción de elementos capitalistas disruptivos en las estructuras reproductoras hasta entonces en gran medida autosuficientes los que ayudaron a destruir este sistema metabólico social en la cumbre de su poder político.

En cambio, el sistema del capital evolucionó históricamente a partir de componentes desenfrenados y de ninguna manera autosuficientes. Los defectos estructurales de control mencionados anteriormente requerían la instauración de estructuras concretas de control capaces de complementar -en el nivel apropiado- los constituyentes reproductores materiales de acuerdo con la necesidad totalizadora y la cambiante dinámica expansionista del sistema del capital. Así surgió el Estado moderno como estructura política de mando global del capital, constituido y transformado como parte integrante de la "base material" del sistema en la misma medida que las unidades reproductoras socioeconómicas.

Con respecto a la cuestión de temporalidad, la interrelación dinámica entre las estructuras reproductoras materiales directas y el Estado se caracteriza por la categoría de simultaneidad, no por las de "antes" y "después". Estas sólo pueden convertirse en momentos subordinados de la dialéctica de la simultaneidad a medida que las partes constituyentes del modo de control metabólico social del capital evolucionan en el curso del desarrollo global, siguiendo su lógica interna de expansión y acumulación. Asimismo, en relación con el problema de las "determinaciones", sólo se puede hablar de codeterminaciones. Dicho de otra manera, la dinámica del desarrollo no se debe caracterizar bajo la categoría de "como resultado de" sino en términos de "juntamente con", cuando queremos desentrañar los cambios en el control metabólico social del capital que surgen de la reciprocidad dialéctica entre sus estructuras de mando socioeconómicas y políticas.

Así, sería engañoso describir al Estado mismo como una superestructura. Puesto que el Estado constituye la estructura política de mando totalizadora del capital -que es absolutamente vital para la sustentabilidad material del sistema en su conjunto- no se lo puede reducir al grado de superestructura. Antes bien, el Estado como estructura global de mando tiene su propia superestructura -que Marx llama correctamente la "superestructura jurídica y política-, así como las estructuras reproductoras materiales también poseen dimensiones superestructurales. (Por ejemplo, las teorías y prácticas de las "relaciones públicas" y las "relaciones industriales" o las de la llamada "gestión científica", originadas en la empresa capitalista de Frederic Winslow Taylor). Asimismo, es inútil perder el tiempo tratando de desentrañar la especificidad del Estado en términos de la categoría de "autonomía" (sobre todo cuando se la extiende para significar "independencia") o de su negación. El Estado como estructura de mando política global del capital no puede ser en sentido alguno autónomo del sistema capitalista, ya que uno y otro son inextricablemente el mismo. Al mismo tiempo, el Estado dista de ser reducible a las determinaciones derivadas directamente de las funciones económicas del capital. Porque el Estado históricamente dado contribuye de manera crucial a la determinación -en el sentido antes señalado de codeterminación- de las funciones económicas directas al circunscribir o extender la factibilidad de unas contra otras. Por otra parte, tampoco se puede desentrañar la "superestructura ideológica" -que no se ha de confundir con la "superestructura jurídica y política", ni qué decir tiene con el Estado mismo- si no se comprende que es irreductible a las determinaciones materiales/económicas directas, aunque también en este caso cabe rechazar con firmeza el intento de atribuirle una autonomía ficticia (en el sentido idealista amplio de independencia). Además, el problema de la "autonomía" en el real sentido del término no sólo interesa para la evaluación de la relación entre la ideología y la economía, la ideología y el Estado, la "base y la superestructura", etcétera. También es esencial para comprender la relación compleja entre las diversas secciones del capital que participan directamente en el proceso de reproducción económica a medida que adquieren prominencia -en distintas épocas y con distinto peso relativo- en el curso del desenvolvimiento histórico.

El problema de la "superestructura jurídica y política" de la que habla Marx sólo puede ser inteligible en términos de la materialidad maciza y la necesaria articulación del Estado moderno como estructura fundamental de mando sui generis. El terreno común de la determinación de todas las prácticas vitales en el marco del sistema capitalista, desde las funciones reproductoras económicas directas hasta las funciones reguladoras estatales más mediadas, es el imperativo estructural orientado hacia la expansión del sistema al cual deben adecuarse las diversas agencias que actúan bajo la dominación del capital. Caso contrario este sistema singular de control metabólico no podría sobrevivir ni menos aún consolidar la dominación global alcanzada en el cur