La actualidad del Manifiesto Comunista

Tres tesis sobre la mundialización del capital, trabajo y lucha de clases

Renán Vega Cantor*

Al confrontar las múltiples facetas del pensamiento de Marx y Engels tal y como aparece en el Manifiesto Comunista se deben evitar dos extremos frecuentes: por una parte, considerar que la mayoría de sus análisis son letra muerta y no tendrían nada que aportar al mundo de hoy; por otra parte, dar por sentado en forma ingenua que nada ha cambiado en la última parte del siglo y que las cosas siguen siendo idénticas -concepción que es profundamente ahistórica- a como lo eran en tiempos de Marx y Lenin, y que por consiguiente debemos contentarnos a repetir en forma dogmática y canónica las afirmaciones de los clásicos del marxismo, sin preocuparnos por indagar cuál es su correspondencia con la realidad contemporánea.

Porque una cosa es que, evidentemente, las transformaciones objetivas del capitalismo mundial en el último cuarto de siglo, han supuesto modificaciones significativas de las clases sociales, del trabajo, de las clase obrera, de los Estados, etc., que sólo mentes muy obtusas y sectarias se negarían a reconocer. Pero otra bien distinta, es que en aras de la novedad se enmascare el capitalismo, cambiándole de nombre por una parte y por otra se diga que las contradicciones básicas de la "nueva" sociedad -y ya es bastante si se llegase a reconocer que está atravesada por contradicciones- ya no tienen nada que ver con la lógica del capital. De esa forma, entonces, se entrarían a privilegiar las "contradicciones" simbólicas, los imaginarios, los medios de comunicación, las identidades parciales, los consensos, el pluralismo etc., presentando todo eso como la expresión de las nuevas relaciones sociales -que de nuevas no tienen nada- y sin ningún tipo de nexo con el "viejo orden" capitalista. Eso, por supuesto, no quiere decir que todas esas cuestiones no sean importantes y no deban ser estudiadas, lo que resulta muy discutible es que se intenten separar del capitalismo, más aún cuando la relación social capitalista abraza a todo el mundo.

Al hablar del legado del Manifiesto Comunista, es pertinente recuperar un tipo de análisis y un lenguaje que hoy, es necesario repetirlo, a pesar de las transformaciones del capitalismo, permite acercarse de una forma mucho más coherente y seria a la comprensión de los mecanismos básicos del mundo actual, que lo que nos prometen y anuncian la diversidad de "nuevos" paradigmas -o mejor paradogmas-.

Primera tesis: tal como lo vislumbró el Manifiesto Comunista hace un siglo y medio, en la actualidad asistimos a la plena mundialización del capital, lo que ha significado la planetarización de las contradicciones propias de la realización social capitalista

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía el explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita… Las viejas industrias naciones se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas partes del mundo… Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. (El Manifiesto Comunista, I, p.76).

Cuando se leen el Manifiesto Comunista y El Capital -libros a los que hoy prácticamente todo el mundo considera obsoletos y pasados de moda- es sorprendente la frescura del cuadro social y económico que allí se analiza. Es como si Marx y Engels fueran autores contemporáneos y nos estuvieran describiendo los que está aconteciendo hoy en uno y otro rincón del planeta. Justamente, en términos generales, al margen de detalles secundarios que obviamente han cambiado, este es el aspecto más fuerte y perenne de la obra de Marx. La idea central, planteada en una forma simplificada, es que el capital es una relación social que tiene unas características históricas propias.

Entre tales características sobresale la universalización de las relaciones mercantiles, entre las cuales hasta los seres humanos y/o su fuerza de trabajo se han convertido en una mercancía; la extracción de plusvalía como fuente de valorización del capital, plusvalía que se convierte en el origen de la ganancia y en la razón de ser de la sociedad capitalista, mediante la imposición de relaciones despóticas en los lugares de trabajo; la extracción de plusvalía origina una polarización social, que se manifiesta en la lucha entre distintas clases sociales o fracciones de clase: el capitalismo utiliza distintos procedimientos -entre ellos la ciencia y la tecnología- para aumentar la extracción de plusvalía y valorizar el capital; la relación capitalista se despliega a nivel internacional rompiendo las barreras y los frenos que intentaban obstaculizarla.

Cuando se trata de examinar la situación actual del mundo, lo que se debe verificar es si las características esenciales del capitalismo, señaladas por Marx en la segunda mitad del siglo XIX, se han modificado o no. Con respecto al espectro más epidérmico, la generalización de la mercancía, con el cual se inicia el análisis del primer tomo de El Capital, es evidente que la mercancía se ha extendido en una forma tal que hasta de pronto ni el mismo Marx lo había imaginado. El capitalismo ha mercantilizado no sólo todas las relaciones sociales, los productos de la naturaleza, los sentimientos , sino incluso los propios órganos humanos y hasta el material genético. ¿Acaso no existe el más repugnante y criminal comercio de sangre humana, de órganos, de ojos y corneas, de niños y mujeres? ¿Acaso hoy no se puede hablar de un capital genético que supone la conversión en mercancía de la biodiversidad planetaria, de los ríos, de las plantas? Hoy son mercancías todas las cosas, desde las más microscópicas -como los genes- hasta las más descomunales -como los satélites artificiales-. Si la mercantilización se ha generalizado de tal manera, es posible decir que, por lo menos en el reino de las apariencias, el sistema que domina el mundo es el capitalismo.

Si abandonamos la esfera de lo aparente -de lo cual la mercancía es su manifestación palpable- para incursionar un poco más allá y tratar de escudriñar en la relación social que se mueve tras bambalinas, nos encontraremos con que esa relación de capital y trabajo está más extendida que en cualquier otro momento de la historia. Incluso esta relación no sólo se ha diversificado hasta llegar a los confines del mundo, sino que ha recobrado las viejas formas que se creían extinguidas desde fines del siglo XIX -por lo menos en los países capitalistas altamente industrializados- tal como se observa hoy en Estados Unidos, Inglaterra y en otros países de Europa Occidental.

Aunque, desde luego, las formas de trabajo prefordistas se combinan con las formas más sofisticadas en las que se emplea la computadora y las nuevas tecnologías, a nivel mundial todavía predominan los métodos más salvajes de explotación del trabajo, y no sólo en el Sur del mundo sino ya en regiones enteras del Norte. Estas condiciones de trabajo que nos reenvían a épocas aparentemente olvidadas en la historia del capital, son empleadas como chantaje por parte del capital internacional para destruir a los últimos sindicatos que sobreviven en los países del Norte. Así vemos que se generaliza el traslado de unidades productivas, la transferencia de capital de un territorio a otro, la búsqueda incesante de trabajo cada vez más barato, hasta el punto que el autor alemán Horst Afheldt ha podido decir, en su libro Bienestar para nadie. La economía de mercado deja en la calle a sus hijos, que hoy por hoy el trabajo humano es más barato que las basuras. ¿Si todo esto no es capitalismo, entonces qué es? Si todos estos elementos no tienen una extraordinaria semejanza con los análisis del Manifiesto Comunista y del tomo I de El Capital, sobre las formas de extracción de plusvalía, las características de la jornada de trabajo, la subsunción real del trabajo al capital, etc., entonces hay que trastearnos a Marte para conseguir una relación distinta que no sea capitalista.

Desde luego, que el proceso no puede ser completamente idéntico al bosquejado por Marx -aunque las líneas esenciales de su razonamiento permitan captar lo que hoy sucede en el mundo- en la medida en que la expansión del capital produce una serie de procesos que no alcanzaron a ser analizados por Marx, pero que sí fueron analizados por otros marxistas, tal como la polarización mundial que produce al tiempo riqueza en un lado y miseria en el otro. Esa mundialización del capital está entonces atravesada por dos contradicciones mayores: de un lado la que opone capital y trabajo, y de otro lado, la que opone el centro y la periferia, o para ser más precisos Norte contra Sur.

Esta polarización mundial, a pesar de todos los discursos apologéticos sobre la integración económica y los acuerdos económicos, se incrementa a diario y aumenta las diferencias entre la opulencia y el despilfarro a todos los niveles de las clases dominantes del Norte y sus congéneres en el Sur y la miseria y el desamparo de más del 80 por ciento de la población del orbe, lo que hace no mucho se llamaba Tercer Mundo. A este nivel, los conflictos se agravan y los factores de enfrentamiento aumentan día a día. Es una lucha por los recursos minerales y naturales, por la fuerza de trabajo, por sobrevivir y en un tiempo no muy lejano será por el control de las aguas del mundo. Tarde o temprano el capitalismo mundial tendrá que enfrentar esta realidad, la que a mediano y a largo plazo ya no podrá ser resuelta con sólo medidas represivas y de control demográfico. Hoy como ayer, los "bárbaros" del Sur, de todos los colores, se apresan a invadir a los "civilizados" del Norte.

Marx mismo había analizado otros elementos, que durante el tiempo de los "Treinta gloriosos" se consideraron obsoletos, pero que hoy vuelven a cobrar vigencia. Por ejemplo, el relativo a la pauperización de la clase obrera y de importantes sectores de la población. Hasta hace unos quince años, tanto en Europa y en Estados Unidos, cuando todavía no habían aparecido los nefastos resultados de las políticas neoliberales, agenciadas en Inglaterra por M Tatcher y en Estados Unidos por R. Reagan y en Francia y España por los regímenes socialistas, pocos creían en el retorno de la pobreza y de la miseria al Norte próspero. Hoy, después de esos "exitosos" experimentos neoliberales y tras el desmonte del Estado de Bienestar, ha reaparecido la pauperización relativa y en algunos casos absoluta de grupos crecientes de población. No es casual que en Inglaterra y Estados Unidos haya reaparecido el siniestro nombre de Underclass y en Francia los sociólogos hayan inventado la apelación SDF (Sans Domicile Fixe) para denominar a esas franjas de población.

Marx también había visualizado la posibilidad que el capital-dinero se independizara del capital productivo y asumiera la forma de un capital especulativo que se valoriza en actividades puramente dinerarias. Y tal es la característica del capital financiero en la actualidad que asume la forma de un capital desligado de cualquier actividad productiva, para convertirse en un capital puramente parasitario que aparentemente se autovaloriza a sí mismo. Esta particularidad del capital financiero, es la fuente de imprevisibles crisis del capitalismo actual, como lo han demostrado los casos de México en 1995 y de los mercados financieros en Asia en estos mismos instantes.

Con estos elementos, solamente hemos querido mostrar cómo la mundialización del capital es, justamente, la universalización de la relación social capitalista y no la consolidación de una sociedad postindustrial, postcapitalista, de servicios, informática o comunicacional -nombres todos que hoy se emplean para encubrir la realidad esencial, explotadora e inhumana, del modo de producción capitalista y embellecerlo ante el mundo entero. Esas denominaciones, abierta o soterradamente, preten