La globalización y la fragmentación social

Guillermo E. Gigliani (*)

La economía mundial marcha al ritmo de la globalización. En los últimos veinte años se asiste a una creciente internacionalización de las relaciones económicas y este curso se ha visto reforzado recientemente por la caída de la URSS y de los regímenes del Este europeo y por la extensión de las reformas de mercado a China.

La tendencia del capital a expandirse fuera de las fronteras nacionales constituye una característica del sistema desde sus mismos inicios. No obstante, a pesar de que la mayor competencia mundial modifica efectivamente las condiciones de la rentabilidad y de la acumulación, la presión por aumentar la flexibilización, reducir los gastos sociales y disminuir los costos salariales representan estrategias deliberadas en beneficio del capital. Para decirlo con Joachim Hirsch, la globalización no expresa una lógica "objetiva" sino que constituye un proceso reñido e impuesto políticamente.

A la hora de hacer un balance, la euforia de los propagandistas del mercado libre no se compadece con los resultados que están a la vista. En la década del noventa la economía mundial registra tasas de crecimiento del producto muy bajas, por debajo de las verificadas en los ochenta. La tasa de ganancia que es el determinante fundamental de la inversión continúa exhibiendo, como se verá, una considerable debilidad. La persistencia de altos índices de desempleo, el retroceso de los salarios y la exclusión social son rasgos dominantes en los países avanzados y aparecen con mucha mayor intensidad en los periféricos. Pero aún las naciones llamadas emergentes que muestran un alto ritmo de expansión, como las del Sudeste asiático y China en particular, se encuentran igualmente alcanzadas por los efectos desestructuradores del nuevo curso.

El fin de la "edad de oro" del capitalismo

Como señala Alberto Bonnet, tanto el inicio de la globalización como su desarrollo posterior no están asociados con una fase de prosperidad de la economía capitalista, sino con la inestabilidad y la crisis. En efecto, los comienzos de los setenta marcan el fin de un período largo de expansión de la economía mundial -conocido como la "edad de oro"- que había arrancado en la segunda posguerra en Europa, en EE.UU. y en otros países avanzados.

El aumento del producto verificado durante ese período fue notable. Según datos de Agnus Madison, entre 1950 y 1973, el PBI de los principales países industriales se incrementó a una tasa anual tres veces y medio superior a la experimentada en los 130 años precedentes. Al mismo tiempo, el sistema estuvo en condiciones de ofrecer salarios que crecían al mismo ritmo que la productividad, altos índices de empleo y una gama de prestaciones sociales a cargo del Estado del bienestar.

La tasa de ganancia exhibió valores muy altos en consonancia con la marcha del proceso productivo. Precisamente, su deterioro bajo la doble presión de la disminución de la masa de beneficios empresarios (el llamado estrangulamiento de las ganancias o profit squeeze) y de un alza del costo del capital por unidad de producto fue el factor que provocó el comienzo de la crisis, en un contexto signado por la inconvertibilidad del dólar (1971) y el alza del precio del petróleo (1973). Como consecuencia de ello se entró en una fuerte recesión, creció el desempleo y sobrevino una época de gran inestabilidad en los sistemas fiscal y financiero.

A partir de entonces, el capital puso en marcha una ofensiva contra el nivel de vida de los trabajadores para recuperar su rentabilidad. La globalización con sus medidas de ajuste apareció como una decisiva estrategia para intentar solucionar la crisis del sistema que, hasta entonces, se había expandido en gran medida sobre la base del consumo masivo y los salarios en alza. La liberalización de la circulación de mercancías, servicios, dinero y capital debía crear condiciones para una racionalización sistemática del proceso de producción capitalista y del trabajo. En la periferia, la nueva ofensiva tuvo un impacto gravísimo sobre los países endeudados de América Latina que se vieron sometidos a una exacción imperialista sin precedentes a partir de la crisis de México de 1982 y a lo largo de lo que se dio en llamar la década perdida.

Una recomposición de la tasa de ganancia limitada y dispar

Las políticas neoconservadoras aplicadas a lo largo de los ochenta consiguieron reducir la inflación y el déficit fiscal a costa del aumento del desempleo, el retroceso del salario real y de los gastos sociales. Por su lado, el producto de los países de la OECD, luego de experimentar una tasa anual promedio del 3.5% en 1982-90 vuelve a verificar un crecimiento sensiblemente inferior en la primera mitad de la década actual. Pero, la cuestión decisiva es analizar qué efecto han tenido las políticas de ajuste sobre la tasa de ganancia que es la variable clave para explicar las bajas y alzas que se dan en la economía.

En su reciente trabajo, Andrew Glyn aporta datos sumamente valiosos para entender el curso actual y las perspectivas de la acumulación en los países industriales. Según este autor, hacia mediados de la década del noventa la rentabilidad industrial en los principales países capitalistas muestra señales de recuperación (en relación a los valores muy deprimidos de los años setenta). Así, la tasa de ganancia del sector industrial -medida como la masa de ganancias en relación al stock del capital invertido- exhibe un aumento a lo largo de los últimos diez o quince años.

Sin embargo, esta evolución se presenta como muy despareja y los niveles de la tasa de beneficio actuales son significativamente inferiores a los de la "edad de oro". Algunos países, como Italia, Francia y los escandinavos muestran una tasa de ganancia similar a la que gozaban durante aquel período (ver cuadro anexo). En cambio, en EE.UU. y en Gran Bretaña la suba ha sido mucho más limitada y la tasa se mantiene en alrededor de la mitad de la vigente en los años de auge. Así, en los EE.UU. ese indicador registraba un valor anual del 15.6% en 1989-93 frente al 28.0% de 1960-64 y al 32.7% de 1964-68. Finalmente, en países como Alemania y Japón la tasa de ganancia muestra signos de recomposición muy débiles y su valor en 1994 es muy inferior a la de los años sesenta. El promedio ponderado de las tasas de ganancia industrial de los países de la OECD calculado por Glyn confirma la mejora operada en la actualidad pero muestra que estos niveles no son mucho mayores que la mitad de los que estaban vigentes durante la edad de oro.

La recuperación de la rentabilidad industrial obtenida en países como los EE.UU. obedece fundamentalmente a la mayor masa de beneficios conseguida por los capitalistas a costa de un débil crecimiento de las remuneraciones reales y de la fragmentación y la mayor explotación de los asalariados. Al mismo tiempo, se ve adversamente afectada por el mayor costo del capital por unidad de producto. Este mismo factor deprime la tasa de ganancia en Japón (aunque no así en Alemania). Sin embargo, un elemento positivo es que la tendencia al alza de la relación capital-producto ha disminuido sensiblemente a partir de la década del ochenta.

Estos datos reflejan por lo tanto que la recuperación de las tasas de beneficio tiene un alcance limitado y que esta reconstitución se apoya decisivamente sobre la elevada desocupación y el retroceso de la capacidad de negociación de los trabajadores. Asimismo, la circunstancia de que en algunos países importantes como Japón y Alemania la rentabilidad no revierta su caída limitan las perspectivas para el crecimiento de la demanda mundial.

Al lado de la rentabilidad, otros elementos como las altas tasas de interés real, la acumulación de grandes masas de capital ficticio en los sistemas financieros y la tendencia de las inversiones a radicarse mayoritariamente en el sector servicios (menos expuesto que el industrial a la competencia internacional y más sometido a los boom de consumo) conforman el marco en que actualmente se desarrolla la reproducción en los países capitalistas centrales.

La globalización y la marcha de las economías emergentes

El cuadro general de las economías avanzadas no indica que las políticas de apertura y ajuste hayan echado las bases para una recuperación duradera. Pero, «cuál es la situación de aquellos países emergentes que exhiben tasas de expansión muy elevadas y cuyo patrón de crecimiento es exhibido hoy como modelo por los partidarios de la globalización?.

China es el ejemplo más apropiado para analizar en qué condiciones un país emergente con alto crecimiento está entrando al siglo XXI. Desde el punto de vista de la economía mundial, se espera que el Sudeste asiático, y sobre todo el país más poblado del globo, se conviertan en el motor de la expansión del comercio. China marca el compás de las reformas capitalistas y los economistas, los propagandistas de las fuerzas del mercado, del consumismo y del individualismo no se cansan de derrochar elogios sobre el funcionamiento de su economía.

En un importante estudio, Richard Smith sostiene que desde las reformas de mercado introducidas por Deng Xiaoping, China se ha convertido en el país de mayor crecimiento del mundo. Desde 1978, la tasa de incremento del PBI registra un promedio del 9% anual. Como ocurrió con sus predecesores del Sudeste asiático, esta expansión ha sido impulsada por las exportaciones que -en una proporción creciente- se componen de manufacturas de una considerable complejidad. Es también, después de EE.UU., el receptor más grande de inversión directa extranjera del mundo, con un monto superior a los 35.000 millones de dólares en 1995. En este mismo año, el superávit de su balanza comercial alcanzó los 17.000 millones de dólares. Esta dinámica de expansión permite anticipar que en los comienzos del siglo XXI el PBI de China supere al de EE.UU. y se convierta en la primer economía del globo.

Naturalmente, este ciclo de expansión ha permitido un incremento notable de los niveles de vida y en los ingresos. Así, el ingreso anual per capita de los campesinos se triplicó holgadamente entre 1978 y 1995 y el de los trabajadores urbanos del sector estatal se duplicó.

Entonces, «qué puede haber de malo con el desarrollo tan pujante de este mercado capitalista o, de acuerdo a la versión de los dirigentes del Partido Comunista de ese país, de este mercado "socialista"?. Conviene empezar por los excluidos de este proceso. Las mismas fuerzas del mercado que generan el milagro económico han creado la masa de desocupados más grande la historia de la humanidad. De una fuerza laboral de 440 millones de campesinos, unos 120 millones están desocupados y podrían llegar a los 200 millones en los próximos años. Muchos de estos conforman una masa de población flotante que deambula por todo el país en búsqueda de algún trabajo. Asimismo, se estima que entre el 20% y el 50% de los 160 millones de asalariados urbanos son redundantes y que la reconversión en curso puede arrojarlos a la calle. En suma, China habrá de llegar al fin del siglo actual con una masa de 250 millones de desocupados, equivalente a la población entera de Estados Unidos. Demás está decir que estos millones de personas no representan ningún potencial de consumo para el mercado interno ni para el internacional.

Pero, más aún, el milagro chino espanta no sólo a los excluidos sino también a los que tienen un trabajo. Mientras que los entusiastas del mercado saludan la eficiencia, la competitividad y el dinamismo de este país asiático, las condiciones laborales en las llamadas zonas plenamente capitalistas tienen características propias del siglo XIX. En estas áreas donde se localizan los joint-venture con empresas multinacionales, las jornadas laborales alcanzan hasta catorce horas diarias, se imponen ritmos intensísimos, registrándose una profusión de accidentes industriales evitables y altos índices de trabajo infantil. El 80% de la fuerza laboral está compuesta por mujeres, en su mayoría entre los 16 y 25 años. A esta última edad normalmente la empresa les niega continuar en su puesto y son retornadas a sus provincias de origen.

La globalización dista de estar asociada a una situación de pujanza y la creencia en la formación de una sociedad mundial pacífica y humana es desmentida por todas las experiencias prácticas, incluso por aquéllas que son presentadas como un modelo a ser imitado por todas las naciones.

Globalización, el Estado y la subordinación del trabajo

El capitalismo globalizado está lejos de imponer una nueva y estable edad de oro. Ello no significa, sin embargo, negar a priori la posibilidad de una fase de crecimiento más o menos perdurable. Sin embargo, la historia de las dos últimas décadas muestra que el agotamiento de cada fase de expansión ve profundizar cada vez más las contradicciones del sistema, incrementándose la exclusión social, el desempleo y la enorme brecha que separa a los países ricos de los pobres. El sistema capitalista aparece, como expresa Michel Husson, cada vez más estructuralmente incapacitado para resolver aunque sea en forma parcial el problema de la ocupación.

Esta dimensión política nos remite a la cuestión del Estado. Sobre este tema, la mistificación ideológica tejida por el pensamiento neoconservador postula la existencia de una relación inversa entre la internacionalización de la economía y el poder estatal. Ello sería así porque la expansión del capitalismo por encima de las fronteras, que exige derribar las trabas al movimiento de las mercancías y de los capitales, implicaría por esta misma razón el repliegue del aparato estatal.

Pero ello no es cierto. La globalización, afirma Ellen Meiksins Wood, presupone al Estado y éste puede haber visto cercenada algunas de sus funciones pero pasa a ocupar otras. Así, los mismos Estados que en determinado momento actúan como agentes de la integración económica (como ocurre en la Unión Europea) son también los principales agentes de la competencia nacional entre esos países. Por su lado, en las naciones semiindustrializadas, como Argentina, Brasil o México, el Estado también actúa como agente de transmisión de decisiones de otros países capitalistas más poderosos o de los organismos financieros internacionales (Banco Mundial o FMI).

Finalmente, un rol decisivo del poder estatal en la era de la globalización es mantener inmovilizada la fuerza de trabajo cuya regulación continúa estando sujeta a la regulación de cada país al tiempo que los capitales y las mercancías circulan libremente entre las fronteras nacionales. La circunstancia de que los salarios, los beneficios sociales y las condiciones laborales sigan vinculadas a las relaciones y a las negociaciones internas demuestra la naturaleza de la globalización como política del capital para obtener ritmos cada vez más intensivos de explotación del trabajo y con ello continuar buscando mejores condiciones para la rentabilidad de sus inversiones.

Notas:

* Profesor de la Escuela de Economía Política de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

2) Joachim Hirsch, Qué es la globalización, Cuadernos del Sur N› 24, mayo de 1997, págs. 9-20.

3) Alberto R. Bonnet, La guerra moderna que asesina y olvida (notas acerca de la globalización), Dialektica. Revista de Filosofía y Teoría Social, N› 8, octubre 1996, págs. 51-64.

4) Anwar Shaikh, La crisis de las economías capitalistas, Realidad Económica N› 140, 16 de mayo al 30 de junio de 1996, pág. 18.

5) Andrew Glyn, Does aggregate profitability really matter?, Cambridge Journal of Economics, Volume 21, Number 5, Setiembre de 1997, págs. 593-619.

6) La relación capital/producto mide aproximadamente la evolución de la composición orgánica del capital. Para un tratamiento teórico del tema, ver Luis Briones Rouco, Teorías acerca de la tendencia (decreciente) de la tasa de ganancia, Herramienta, N› 3, Otoño 1997, págs. 93-127.

7) Richard Smith, Creative Destruction: Capitalist Development and China's Environment, New Left Review 222, Marzo-Abril de 1997, especialmente págs. 3-14.

8) Michel Husson, Capital fin de siglo, Cuadernos del Sur No. 24, mayo de 1997, pág. 39.

9) Ellen Meiksins Wood, Labor, the State, and Class Struggle, Monthly Review, Vol. 49, No.3, Julio-Agosto de 1997, pág. 13.

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