Cómo cae un régimen y se construye uno nuevo:
Hungría, octubre de 1989
Antonio Infranca
Han pasado diez años desde aquel octubre de
1989, annus mirabilis, el año de la caída del comunismo en
algunos países de Europa Oriental. En esos días, me encontraba
en Budapest, donde ya había permanecido dos años entre 1984
y 1986, época en que me tocó asistir a las convulsiones,
también tan dolorosas, de un parto que prometía dar a luz
algo bello, en lugar de lo cual surgió un aborto. En aquellos dos
años anteriores, transcurridos en un país del llamado “socialismo
real”, me había hecho la ilusión de que el sistema comunista
fuera reformable; en cambio, el octubre de 1989 me demostró que
esta era sólo una ilusión mía.
Advierto que para mí, proveniente de la Sicilia de la primera
mitad de la década del ’80, y más Párticularmente
de Palermo, donde la mafia causaba un muerto por día, Budapest me
parecía un paraíso: una ciudad limpia, ordenada, tranquila,
eficiente, con gente bien educada, serena y con deseos de divertirse. Y
por lo tanto, paradojalmente, una sociedad libre. En efecto, yo había
experimentado ya en Palermo qué significaba ser “marxista”, por
lo demás no militante del Pártido Comunista, y por lo tanto
no garantizado. Estaba desocupado desde hacía cuatro años,
después de una brillante graduación en Filosofía con
el máximo de votos y una especialización igualmente brillante
en la Universidad de Pavia. Las puertas de la carrera académica
estaban sólidamente cerradas ante mí, porque era un “marxista”
en medio de una cantidad de católicos que me querían apoyar,
pero no que podían exigir a otros católicos, más poderosos
que ellos, que me ofrecieran doctorados o becas de estudio. Entretanto,
no debía publicar en revistas excesivamente comprometidas ideológicamente,
como Crítica marxista, la revista del PCI, y mi investigación
sobre Lukács debía tener un carácter “académico”
y no “político” o “ideológico”. Esto, a pesar de que cualquier
revista refutaba mis ensayos “académicos”, sólo porque estaba
presente el nombre de Lukács. Publicar un libro sobre Lukács
era pura locura, pues los fondos de la universidad eran usados para autores
más “científicos”. En resumen, yo estaba rodeado de simpatía
humana y de nada más. Naturalmente, si me hubiera graduado en Roma
o en Milán, es decir en el “Norte”, hubiera gozado de la hegemonía
cultural de la izquierda, pero había tenido la desgracia de nacer
en Sicilia.
En Budapest, encontré una situación paradojal: en el
archivo Lukács, adonde me condujeron mis investigaciones, me negaban
los materiales inéditos, que sin embargo obtuve gracias a mi presencia
constante y petulante, mientras tenía la libertad de publicar cualquier
ensayo en las revistas filosóficas y políticas. Aproveché
inmediatamente para publicar un ensayo sobre Gentile, el filósofo
italiano que adhirió al fascismo. No dejaba de ser un provocador.
El artículo fue traducido y publicado sin sacar ni una sola coma.
Así me ilusioné de haber encontrado un país donde
la investigación científica era verdaderamente libre. En
general, sin embargo, Hungría se jactaba de mayores espacios de
libertad en relación con el resto de Europa Oriental. Aporté
mi pequeña contribución a la libertad de los húngaros,
firmando decenas de cartas de invitación a mis amigos magiares,
que así obtuvieron sin demoras el pasaporte para viajar a Occidente.
Tenía –y tengo- un amigo fraternal, Andràs Nagy, un brillante
escritor, que se declaraba “disidente”, pero que había vivido con
becas de estudio del Estado húngaro en Italia y Francia, viajaba
todos los años a Occidente, había publicado cuatro libros
exitosos y trabajaba en una editorial del Estado un solo día a la
semana, ganando un salario relativamente bajo que el permitía llevar
una vida mínimamente digna. Se lamentaba –y tenía razón-
de no poder hacer una carrera académica y esto era lo único
que teníamos en común. Yo no podía declararme “disidente”
porque no había disidentes en Occidente. Y así yo era tan
solo un joven desocupado y podía elegir una beca de estudios en
Hungría, en lugar de un puesto de enseñanza en una escuela
media en Italia, solamente porque mi padre era un burgués medio
y no moriría de hambre si me agregaba (como lo hacía) unos
cientos de dólares al mes a mi magra beca. De cualquier manera,
me sentía un privilegiado, pues podía finalmente estudiar
lo que me gustaba, recibir un pequeño estipendio por mi trabajo,
vivir en una ciudad maravillosa, aprender una nueva lengua y conocer algunas
de las personas más amables y simpáticas que nunca había
conocido.
A fines de setiembre de 1989, ahora con mi compañera brasileña,
Tania Tonezzer, llegamos a Hungría, yo para terminar mi doctorado
en Filosofía en la Academia Húngara de Ciencias (el primer
italiano), y ella con una beca de estudios de dos meses, primera brasileña
en obtenerla. Habíamos estado cinco días en Praga antes de
llegar a Budapest, y allí pudimos ver los primeros signos de cierta
decadencia del régimen: los alemanes orientales, sobre todo los
jóvenes, que trataban de entrar a la embajada alemana occidental
para huir del bloque comunista. Después llegó la noticia
de que Hungría no detenía a los fugitivos. Entonces hubo
una fuga masiva de alemanes orientales y polacos hacia Hungría,
desde donde se podía pasar a Austria; los alemanes orientales hacia
Alemania Oriental, y los polacos hacia Italia, seguros de la hospitalidad
vaticana. En la frontera entre Austria y Checoslovaquia la fila de autos
alemanes y polacos medía algunos kilómetros. Pero todos los
fugitivos dejaron pasar a nuestro auto italiano; nosotros no estábamos
escapando y por lo tanto podíamos pasar fácilmente. La policía
checoslovaca se mostró muy interesada en el motor de mi Renault
5. Para ellos era un formidable auto occidental que no muchos habrían
podido adquirir; para mí era un pequeño auto, útil
pero no prestigioso. Cada cosa se juzga desde la propia perspectiva.
Pasamos el límite y nos dirigimos inmediatamente hacia la frontera
húngara. Budapest estaba cambiada. La gente estaba muy nerviosa
y descortés, como yo nunca había visto a los húngaros,
tradicionalmente uno de los pueblos más hospitalarios y educados
de Europa. Se notaba claramente hasta qué punto un cambio político
de aquellas dimensiones puede afectar a la vida cotidiana, las costumbres,
hasta la esfera emotiva de la gente común. Y después, se
notaban las largas filas en los supermercados: casi todos comenzaban a
comprar bienes de primera necesidad, como azúcar, detergente, ropa;
bienes de primera necesidad que en años lejanos habían sido
los primeros bienes de lujo. Naturalmente, no faltaban botellas de aguardiente,
cerveza y vino, porque los húngaros no gustan de perder la oportunidad
para festejar o para consolarse de lo que sea. La gente común esperaba
grandes cambios. En mi ingenua esperanza de ver mejorar al comunismo, pensé
que era una fase de transformación de éste y puse una gran
confianza en Gorbachov.
Los primeros contactos con los amigos me confirmaron este clima de
cambio. Mi amiga Ibolya Fekete, directora de cine, había decidido
hacer un filme sobre aquellos acontecimientos, una suerte de filme-documento.
Algunos meses antes, había logrado filmar una manifestación
de los verdes húngaros –que allí se llaman Kek (Azul)—no
autorizada, como no lo eran todas las manifestaciones ajenas al Pártido
Comunista. Me mostró escenas de tensión entre la policía
y los manifestantes. Tensión que consistía en la revisación
de documentos de algunos manifestantes por Párte de la policía
y en el requerimiento en términos civilizados de retirar cualquier
manifiesto. Los manifestantes habían cumplido el requerimiento y
eso fue todo. Muy poco, comparado con las cargas de la policía que
estaba acostumbrado a ver en los estadios italianos con garrotazos y persecuciones,
de uno y de otro lado.
En aquel momento, Ibolya se concentraba en los prófugos alemanes
orientales y me entrevistó para su filme sobre todo lo que había
visto en la frontera. Durante la cena, grababa la televisión austríaca
–en todas las casas de Budapest se podía recibir la televisión
austríaca--, que mostraba los puestos fronterizos atravesados por
columnas de refugiados. Fue la primera en sostener que el derrumbe del
comunismo era inminente, que el Pacto de Varsovia se rompería como
un collar de perlas y que en las manos de la Unión Soviética
quedaría alguna perla, como mucho.
Mi amigo Andràs Nagy no hacía previsiones, pero me informaba
de lo que estaba ocurriendo. Sobre todo, me informaba de la formación
de Pártidos; ya no grupos de disidentes o de opinión, como
los Kek, sino verdaderos Pártidos, que se formaban alrededor de
algunos intelectuales, como el SZDSZ (Comité Democrático
Social), una especie de Pártido socialdemócrata, o como el
Demokrata Ifjuság Párt (Pártido de los Jóvenes
Democráticos). Aún no se hablaba de los viejos Pártidos
anteriores al comunismo, como el Kis Gazdagok Párt (Pártido
de los Pequeños Propietarios), o del Demockrata Forum (Foro Democrático),
la democracia cristiana húngara. Pero, probablemente, Andràs
no estaba informado de la existencia de estos Pártidos, porque eran
muy lejanos de su formación intelectual y de sus relaciones y, por
lo tanto, no tenía contacto con ningún miembro de esos Pártidos.
Comenzaba el juego de preguntar: “¿por quién votarás?”
Al mismo tiempo que con los amigos, comenzamos los primeros contactos
con las instituciones culturales con las que trabajaríamos mi compañera
brasileña y yo. Incluso en el Archivo Lukács, notamos repentinas
y visibles señales de cambio. La brasileña fue recibida como
una aparición y alguno trató de hacerle comprender que ahora
Lukács no le interesaba a nadie, ni siquiera en Brasil, como si
hasta entonces alguien del Archivo Lukács se hubiera ocupado mínimamente
de las relaciones con América Latina. Cuando mi compañera
brasileña comenzó a pedir las cartas entre Lukács
y los filósofos brasileños Konder y Coutinho, descubrió
una correspondencia de enorme interés, que después publicó
en italiano. Nadie del Archivo se había interesado en la correspondencia.
Cuando Tania solicitó publicarla, para mi gran sorpresa, el director
del Archivo Lukács László Sziklai no opuso ningún
inconveniente y concedió de inmediato las fotocopias y la autorización
de publicación.
En el pasado, normalmente yo esperaba días y días, a
veces semanas, hasta ser recibido por el director; y después semanas
y meses antes de recibir el material inédito a estudiar. Así
podía hacer la experiencia directa de qué significa una situación
kafkiana. Con el tiempo, hice prevalecer mi naturaleza mediterránea
y levantina, hcie amistad con la secretaria del Archivo y con el bibliotecario.
Así, cualquier cosa, sobre todo viejos libros y revistas,
logré tenerlos, pero sin autorización, para hacer fotocopias
y poder estudiarlos de noche en mi casa o, mejor aún, en Italia.
Ahora, una brasileña recién llegada de América Latina
obtenía inmediatamente el permiso con el primer pedido, hecho además
sin comunicación lingüística directa, porque no hablababa
alemán ni ruso, y mucho menos húngaro, y el director no hablaba
ni inglés ni italiano ni, mucho menos, portugués o español.
Era la primera señal de que, más allá de la fascinación
por el carnaval o por el fútbol brasileños, las cosas estaban
cambiando en Hungría, y profundamente.
También esta muy cambiada la atmósfera en el Instituto
de Filosofía de la Academia Húngara de Ciencias. El director
del Archivo Lukács László Sziklai era también
director del Instituto de Filosofía de la Academia y precisamente
en esos días dejaba el cargo a Tamás Gaspar, el discípulo
predilecto de Agnés Heller. En general, se estaba produciendo una
revisión de los cargos y de las carreras, así como una evaluación
de los programas, así que alguno demasiado empeñado en estudiar
a Lenin o al materialismo dialéctico se encontró desocupado
de improviso.
Apenas llegué al Instituto de Filosofía me presentaron
a Mihály Vajda, el único alumno de Lukács de la famosa
“Escuela de Budapest” que permaneció en Hungría durante todos
los años del kadarismo, a Pártir de su expulsión de
la Academia en 1977. No perdí la oportunidad de solicitarle una
entrevista, que me concedió en seguida: tenía muchos deseos
de hablar, y sobre todo de hablar de sí mismo. Combinamos que yo
lo entrevistaría en su casa algunos días después.
Mis amigos me dijeron que él había perdido a su compañera
hacía pocos días por una grave enfermedad; y ésta
fue la única nota humana en un personaje decididamente agresivo
y antipático.
Con mi compañera brasileña, fuimos a visitar a Vajda
para la entrevista. Su casa, en la periferia, era un poco más amplia
de las muchas residencias de intelectuales ligados al régimen que
yo había visitado. La constante en las residencias de los “disidentes”
era su relativo lujo (relativo según la situación húngara),
que permitía casas decididamente bellas y bien ubicadas respecto
de la maravillosa ciudad que es Budapest, en la que la belleza artística
y natural se conjugan en una síntesis única e irrepetible.
Las casas de los intelectuales del régimen eran, en cambio, anónimas,
habitualmente dePártamentos en mansiones de estilo estalinista,
llenos de libros y de esperanza. Las casas de los “disidentes” mostraban
cierta relación, incluso económica, con la imagen occidental,
lo que, a decir verdad, les permitía aprovechar algún lujo.
Vajda había sido expulsado de la Academia en 1977, junto con
Heller, Férenc Fehér y György Markus. Los cuatro formaban
la llamada “Escuela de Budapest”. Se lo veía hasta 1989 traduciendo
libros del alemán al húngaro y gozando de becas de estudio
en Alemania Occidental; pero siempre permaneció, exceptuados los
períodos de estudio, en Hungría. En aquellos días,
disfrutaba su merecido retorno de una existencia forzadamente aPártada
a la cultura oficial y a la carrera académica, junto a la celebridad
de haber traducido Ser y Tiempo de Heidegger, que había publicado
justamente en esa época.
Lo había visto, unas noches antes, destrozar literalmente en
la televisión al pobre István Fehér, que era el autor
de la introducción al libro de Heidegger. Con poco sentido de las
formas y poco sentido de la oportunidad, Fehér en su introducción
se había dedicado a subrayar sus divergencias con la traducción
de Vajda. Naturalmente, la discusión recayó en la política
y Vajda acusó, no sin alguna razón, a Fehér de haber
sido un siervo del régimen. La defensa de Fehér consistió
en sostener que durante la dictadura había estudiado, aprendido
cinco lenguas y que no se había interesado en la política.
No se podía más que estar de acuerdo con Vajda, pero su tono
y su cerrada argumentación me hicieron comprender qué debía
haber ocurrido en Hungría en 1948, cuando los comunistas tomaron
el poder, pues de hecho estaba asistiendo a una escena análoga,
pero con los papeles cambiados: ahora el “disidente” no mostraba la mínima
piedad ante el intelectual del régimen, quien por otra Párte
era muy poco hábil (porque no estaba acostumbrado a hacerlo) para
defenderse o encontrar algún argumento a favor de su propia ideología.
Vajda nos recibió en una suerte de saloncito, que hacía
suponer que la casa tenía por lo menos dos habitaciones, pero con
una rápida mirada me di cuenta de que tenía también
un pequeño escritorio: un verdadero lujo. La foto de su compañera
nos recordaba su reciente tragedia. Se puso un poco mal cuando le dije
que la entrevista estaría dedicada a Lukács; se veía
que quería hablar de sí mismo, de sus proyectos políticos,
de su revancha. Buscamos una lengua que pudiéramos usar en la entrevista,
de modo que Tania pudiera seguir nuestra conversación. Vajda entendía
un poco de italiano, pero no lo hablaba con fluidez, aunque sobre la mesa
tenía los Quaderni del carcere de Gramsci, en la edición
crítica de Valentino Gerratana. Incluso con el francés no
se sentía cómodo; el español y el portugués
no lo hablábamos. Mi alemán valía tanto como su italiano.
Finalmente, nos pusimos de acuerdo en el inglés y comenzamos. Al
principio, habló con un tono oficial, casi de declaración
más que de entrevista. Pero pronto le salió el intelectual,
comenzó a acalorarse y a criticar ferozmente a Lukács, esgrimiendo
el argumento más cómodo en ese momento: él y los otros
miembros de la “Escuela de Budapest” habían tenido razón
al sostener contra Lukács que el sistema comunista no era reformable.
No me gustaron ni su modo de hablar ni, mucho menos, el tono de su voz:
no admitía réplicas ni críticas. Al hombre no le faltaba,
sin embargo, un toque de buena educación, tan típica por
lo demás de los húngaros. Era muy informal y sencillo y,
considerando el conjunto, frente a los insoportables intelectuales italianos
a los que yo estaba acostumbrado, era un hombre simple y casi podía
resultar hasta simpático.
La entrevista duró más de lo debido y se mostró
disponible para otro encuentro. La segunda vez se presentó más
preparado: me dio un artículo suyo en alemán, que había
sido publicado en la Frankfurter Allgemeine Zeitung sobre Lukács
y Heidegger, en el que atacaba ferozmente a su antiguo maestro a favor
de Heidegger. Noté que me daba una fotocopia de una redacción
ahora llena de correcciones a mano y tachaduras. Su arrogancia podía
igualarse con la de sus colegas italianos. Retomamos la entrevista y, en
esta oportunidad con más decisión que en la primera, hacía
recaer la conversación sobre su trabajo intelectual del momento,
en un cuidado tono de charla social. Le pregunté si consideraba
importante el papel de Lukács en el mantenimiento de alguna forma
de debate filosófico en Hungría más que en cualquier
otro país comunista, precisamente porque Lukács había
preferido permanecer en Hungría durante la dictadura, y no huir
al Occidente como, por ejemplo, Ernst Bloch. Respondió de manera
tajante que Lukács no había jugado ningún papel y
que Hungría no era Alemania Oriental. Es verdad, repliqué,
pero justamente por que Lukács se había quedado. Respondió
agriamente que en Hungría no había cultura durante la permanencia
de Lukács. Repliqué a mi vez (aunque ya dispuesto a no atacar
más por respeto a los deberes de la hospitalidad y a lo que
en el fondo era buena disposición de su Párte) que algunos
filósofos húngaros, incluso de la llamada cultura del régimen,
no podían ser considerados como iguales a cero. Liquidó todo
con una andanada contra sus actuales colegas, que habían sido quienes
me lo habían presentado muy amablemente. Agregó después
que comprendía mi adhesión a Lukács provenía
del hecho de ser un comunista italiano y, por lo tanto, lejano a esa realidad
que él había experimentado en carne propia. Había
decidido no contestarle y no lo hice, aunque recordaba que si hubiera estado
en Palermo, alguno de mis profesores católicos, afiliados al Opus
Dei, hubieran dicho lo mismo: los comunistas no pueden comprender lo que
es efectivamente la realidad. Pero Vajda sólo sabía del Opus
Dei el nombre, y de la mafia sólo conocía su legendaria existencia
cinematográfica. Las decenas de sindicalistas, socialistas y comunistas
asesinados no contaban para él, frente a los miles de muertos de
la insurrección húngara de 1956. Con mucho trabajo, contuve
a Tania, que se lanzaba al ataque, y nos fuimos. Prometí que le
haría leer el texto de la entrevista antes de publicarla. Vajda
dijo que no era necesario, pero yo insistí; no quería desmentidas
a la distancia.
No podía aceptar de Vajda la falta de reconocimiento al
papel de Lukács en su formación personal. Es cierto que los
discípulos siempre terminan por criticar al maestro, y alguna señal
de desdén se la podía dejar pasar. En definitiva, había
sido discípulo de Lukács y éste tuvo que tener alguna
importancia en su vida. Pero Vajda era la demostración de la justeza
de la teoría de la tabula rasa de Descartes: Hungría estaba
recomenzando desde cero y no se quería tener tradiciones que respetar
o méritos que reconocer.
En casa recibí el llamado telefónico de Tibor Szabó,
un querido amigo profesor en Szeged y traductor de Gramsci al húngaro,
que me invitó a una reunión sobre Lukács en su universidad,
que se realizaría el 16 y 17 de noviembre. Me venía bien,
porque el 15 defendería mi tesis de doctorado y, por lo tanto, estaría
libre para asistir a la reunión. Le dije que conmigo estaba una
investigadora brasileña y Tibor se mostró poco entusiasta
por presentar a la reunión a una brasileña investigadora
de Lukács –en húngaro, como en alemán e inglés,
el orden del sustantivo y del adjetivo no se pueden cambiar, primero el
adjetivo y luego el sustantivo, pero Tibor hablaba demasiado bien el italiano
para no saber que en las lenguas latinas el cambio de orden era significativo.
Párticiparían en la reunión serían Vajda y
otros discípulos de Lukács, pero pertenecientes a la cultura
oficial, como Zolkai y Tökei. La reunión prometía
ser interesante. Por otra Párte, Zoltai era mi guía científico,
un gran experto en estética musical y uno de los pocos discípulos
que Lukács reconoce como tal en una de sus obras (en su autobiografía
Pensamiento vivido).
Entretanto, se acercaba el 6 de octubre, el momento más significativo
de la caída del comunismo en Hungría. Para aquel día
estaba fijado el cierre del congreso del Magyar Szocialista Munka Párt
(Partido Obrero Socialista Húngaro) y se conocerían grandes
novedades. En la misma noche del 6 de octubre, que era sábado, mi
amigo Giovanni Cataluccio, que trabajaba en el Instituto Italiano de Cultura,
nos invitó a cenar. Él vivía justo enfrente del Novohotel,
donde se realizaba el congreso del partido. Giovanni encendió la
televisión, que transmitía en directo las sesiones del congreso,
e hizo de intérprete para Tania de lo que estaba ocurriendo. Era
increíble ver a los congresistas ocupar la tribuna para hacer una
autocrítica pública de toda la política de 41 años
de comunismo y pedir la disolución del partido. Entre ellos, vi
al director del Archivo Lukács, Sziklai, que muy apabullado hizo
una de las más violentas autocríticas, pidiendo él
también la disolución del partido. En ese momento recordé
irritado las semanas y los meses que aquel defensor de la ortodoxia me
había hecho esperar, antes de permitirme leer las cartas inéditas
de Lukács; ahora, el mismo hombre explicaba avergonzado a millones
de húngaros que hubo una serie de errores durante 41 años
y que él personalmente se había equivocado desde hacía
por lo menos 30 años.
Giovanni y Andrea, su mujer, estaban asombrados de todo lo que estaba
sucediendo. Tania y yo estábamos asombrados de todo lo que no estaba
sucediendo. Creíamos que por lo menos alguno de los congresistas
se alzara, fuese hasta el micrófono y recordase a los presentes
que el comunismo había sido trabajo para todos, mejora de la posibilidad
de vida respecto a la de su nacimiento para millones de ciudadanos, un
proyecto de vida que se había ofrecido a los hijos de los obreros
y campesinos. Zoltai siempre me había dicho que él, hijo
de campesinos, nunca hubiera llegado a ser vicedirector del Instituto de
Filosofía de la Academia de Ciencias y profesor de Estética
de la Universidad de Budapest sin el comunismo. Pero Zoltai no era miembro
del partido, tal vez precisamente porque todavía creía en
el comunismo. Ninguno de los congresistas hizo eso, ni recordó que
en Hungría el comunismo había sido diferente del de la Unión
Soviética, Alemania Oriental o Rumania. El congreso del partido
parecía la reunión de una banda de ladrones que se estuvieran
repartiendo el botín, para después arrepentirse del robo
y retener una parte de su producto.
Así fue decidida la disolución del partido, que significaba
prácticamente el fin del régimen comunista y que abría
un enorme vacío constitucional, puesto que el partido era el eje,
no sólo de la sociedad húngara, sino también del sistema
político y legal del país. En la práctica no solamente
era necesario convocar a una Asamblea Constituyente, porque desde ese momento
ya no existía ningún partido. Era una auténtica revolución;
y todo eso venía desde el otro lado de la calle. Nos precipitamos
afuera para ver lo que ocurría con nuestros propios ojos, y no ya
a través de la televisión. ¡No ocurría absolutamente
nada! Los congresistas salían en auto y volvían a sus casas,
como lo habían hecho en los congresos anteriores: había ocurrido
todo y, para ellos, no había ocurrido nada. Pero yo estaba estupefacto
de que no hubiera gente que los recibiera con gritos de protesta o de venganza.
Nada similar a lo que había visto en 1992 en Roma, durante el período
de “Mani pulite”, cuando la multitud enfurecida atacó a Craxi y
sus cómplices arrojándoles monedas e insultos. En Hungría
el comunismo terminó como una simple reunión de copropietarios
de un edificio.
Al día siguiente, los periódicos destacaron la noticia,
y en los días sucesivos el Parlamento, que había quedado
como único centro de poder de decisión, comenzó a
preparar las necesarias elecciones a través de la legalización
de los partidos no comunistas. Con esta legalización, volvió
la vida política, por primera vez en 41 años, a su lugar
natural: es decir, las calles, los cafés, las reuniones, las asambleas,
allí donde se reuniesen seres humanos que quisieran encontrarse
para cambiar ideas, discutir y proyectar el futuro. Esta era la verdadera
revolución. Y todo se desarrollaba con una calma, una civilización
y una madurez impresionantes, como si los húngaros hubieran estado
acostumbrados desde hacía 40 años a la vida política
democrática. Ninguno exigía venganza, disfrazándola
de justicia, pues todos estaban empeñados en proteger la transición.
Se debatía mucho, pero con poca pasión, más bien surgían
algunas preocupaciones sobre qué hacer. Se mostraba a primera vista
que los más sorprendidos eran los mismos ciudadanos, todas cuyas
previsiones, incluso las más optimistas, eran superadas por los
acontecimientos internos e internacionales.
Mi actividad en el Archivo Lukács cambió a partir del
8 de octubre, el lunes siguiente al desmoronamiento del partido. Comencé
a pedir y a obtener todo aquello que en los años anteriores me había
sido negado o que se me había dificultado ver; y sobre todo pude
fotocopiarlo. El clima entonces fue el de un centro de investigación
normal, donde los investigadores llegan cualquier día de visita,
con tiempo a su disposición para ver algo, analizarlo por algunas
horas, fotocopiarlo e irse. Sólo que ahora yo tenía un mes
y medio de beca de estudio, cuando podía estudiar mucho más
de lo que había podido hacerlo en los dos años anteriores.
Los investigadores y el director me trataban como a un pobre idiota, que
perdía su tiempo estudiando a un filósofo ya definitivamente
sepultado. Por mi parte, me sorprendía de la banalidad del material
que habían conservado por años, cartas y entrevistas de Lukács
en las cuales a menudo el filósofo repetía lo que ya había
publicado. No era todo aquel material excepcional que yo había imaginado
en los años anteriores, sino que, como sucede normalmente con todos
los grandes intelectuales, el material inédito confirmaba lo que
ya era conocido y en todo caso permitía comprender la génesis
de ciertos conceptos o de algunas tomas de posición y podía,
a lo más, revelar algún juicio secundario.
Mientras tanto, también los otros países comunistas comenzaban
a sacudirse bajo la presión interna y ante el ejemplo de Polonia
y Hungría y, sobre todo, ante la inmovilidad soviética. Así,
entre mediados y fines de octubre también Checoslovaquia y Bulgaria
comenzaron a mostrar signos de un cambio radical. Las noticias de estos
acontecimientos eran ampliamente ofrecidas por la televisión húngara
y sin diferencias sustanciales con lo que escribían los periódicos
italianos, que a veces estaban claramente menos informados. El mundo se
volvía cada vez más igual.
El 20 de octubre tuvo lugar otra cita con la historia en Hungría.
Ese día, el Parlamento decidió que la denominación
del país cambiaba de “República Popular Húngara” a
“República Húngara”, lo que significaba que el comunismo
desaparecía, incluso en la definición de la forma del Estado.
Ahora, Hungría era una simple república, como un centenar
en el mundo. La sesión fue transmitida por radio y la escuché
en el Archivo Lukács. Los investigadores del Archivo escuchaban
la transmisión con entusiasmo y pretendían que yo también
fuese tan entusiasta como ellos. Me decían que era una jornada histórica
y querían que festejara con ellos, lo que hice sin demora. Recordaba
que unos años antes, esas mismas personas que ahora cantaban a la
democracia y a la libertad respondían con el silencio o la negación
a mis pedidos de ayuda para que me dieran los libros de Lukács,
que tal vez estaban en una sala contigua a la que ellos ocupaban. Ahora
éramos pares: ellos eran ciudadanos libres de la “República
Húngara” como yo lo era de mi democrática “República
Italiana”; ellos tenían un trabajo y yo era un desocupado, pero
por fin libre de leer lo que quisiera. Compartí la alegría
sólo con Bela Bacsó, che en los años del régimen
había sido expulsado de la Academia Húngara de Ciencias porque
era un disidente, y que un año antes había sido reintegrado
a su trabajo de investigador en el Archivo Lukács. El había
merecido ese día.
Cuatro días después, el 24 de octubre, se cumplía
el 33º aniversario del comienzo de la Revolución de 1956. No
se acostumbre festejar el 33º aniversario, generalmente se festejan
los aniversarios con cifra redonda, pero aquel era un aniversario especial,
porque era el primero que se podía conmemorar públicamente.
Yo estaba en Hungría para el 30º aniversario y ya entonces
se había intentado no criminalizar al sector vencido, es decir a
los disidentes anticomunistas. Ahora esperaba que ocurriese lo mismo, cuando
los papeles se habian cambiado, y así fue.
Todo comenzó, también esta vez, en el Archivo Lukács
en las primeras horas de la tarde. Se sabía que por la tarde habría
una gran manifestación en la plaza del Parlamento y yo llevaba mi
cámara fotográfica. Mientras estaba junto a la fotocopiadora
y me dejaba arrullar por su sonido cansino, la secretaria del Archivo me
avisó que la policía estaba rescatando un cadáver
del Danubio, que corre bajo las ventanas del Archivo Lukács. Pensé
que había ocurrido lo peor: choques con la policía y ya los
primeros muertos; en resumen, una verdadera revolución. Con la ayuda
del zoom de la cámara me convenció de que debía tratarse
del suicida de costumbre; Hungría tenía entonces el mayor
número de suicidios de Europa y uno de los más altos del
mundo. La policía estaba rescatando el cuerpo sin apuro y con calma.
En ese mismo momento, por la orilla opuesta del Danubio pasaba una
manifestación con cantidad de banderas. Era la primera manifestación
abierta y autorizada en 33 años. Con Tania dejé el Archivo
y corrí para asistir a aquel acontecimiento histórico. Al
comienzo eran unos pocos centenares, pero a medida que la manifestación
se acercaba a la plaza del Parlamento se iba engrosando. La gente salía
de las casas y se unía festivamente al cortejo, encabezado por una
bellísima y altísima muchacha rubia que llevaba de lado su
bicicleta, signo evidente de que ella también había sido
arrastrada a la calle por el entusiasmo de la novedad. Los niños
seguían al cortejo como si se dirigiera al zoológico o a
un juego. Padres y abuelos los seguían con dificultad. La televisión
italiana hacía su transmisión cerca de la columna. El reportero
relataba los acontecimientos desde su óptica y no comprendía
el significado de las inscripciones en húngaro, por lo que hacía
predominar su reconstrucción sobre los hechos. A causa de su hermético
idioma, Hungría es vista por los occidentales según lo que
quieren ver. Respecto de mis experiencias italianas, la manifestación
parecía más procesión lugareña que una marcha
política, sobre todo porque no se veía ni la sombra de un
policía.
En cambio, en la plaza del Parlamento estaba la policía. Había
rodeado toda la plaza, pero dejaba que los manifestantes entraran en ella
a través de sus filas y volvieran a reunirse en gran número
en el centro del paseo. Todos tenían banderas húngaras, pero
las banderas mostraban un agujero en el medio de la franja central blanca:
habían recortado la estrella de cinco puntas del comunismo. Alguno
ya había llenado el espacio vacío con la corona de San Esteban,
el antiguo símbolo de la monarquía húngara, como en
la bandera actual. Tomé centenares de fotografías. Recuerdo
a un gigante, haciendo flamear en su mano una bandera igualmente gigantesca,
a quien después mi amigo András reconoció como uno
de los refundadores del Partido de los Pequeños Propietarios en
el pueblito donde vivía. Y después recuerdo a un niño
de apenas un par de años, sobre los hombros de su padre, con su
minúscula banderita con el agujero en el centro. Y tanta gente feliz
y decenas de niños. Sus padres los habían llevado a la plaza,
dejando de lado la espartana educación familiar húngara,
para hacerlos participar en un comienzo que era histórico y festivo
al mismo tiempo. A decir verdad, el entusiasmo de la gente era conmovedor.
Finalmente, se podía ver cuan preciosa es la libertad para quien
nunca la ha conocido ni practicado.
Todos miraban hacia arriba, a la cúpula del Parlamento, como
esperando el discurso de alguien. Por lo tanto, pregunté a quién
esperaban y me respondieron sonriendo “A Imre Nagy”. Perplejo, pregunté
de nuevo y de nuevo me respondieron irónicamente “A Imre Nagy”.
Pedí más explicaciones y siempre muy divertidos me contestaron
que, de ahí a poco, se retransmitiría el discurso pronunciado
por Imre Nagy, el jefe del gobierno revolucionario de 1956. Y así
fue. Todos hicieron silencio y se quitaron los sombreros, pese al frío
viento de la noche. Las palabras de Nagy cayeron sobre las cabezas descubiertas
como lluvia. El discurso hablaba de momentos difíciles y de esperanzas,
igual que ahora, pero ahora seguramente no sucedería ninguna tragedia.
Cuando terminó el discurso, se elevó un largo, fuerte y sentido
aplauso. Hungría había dado vuelta a otra página de
su historia milenaria.
Desde aquel día y durante todo el mes que permanecí en
Hungría las conversaciones con mis amigos se refirieron al futuro.
La campaña electoral involucraba a todos, en la medida en que representaba
una selección entre los proyectos de desarrollo del país.
Nadie se imaginaba que la integración de la economía húngara
en la mundial se haría fácilmente. Es verdad que Hungría
ya desde hacía una veintena se hallaba empeñada en una lenta
y constante operación de apertura a la economía occidental,
pero ahora debía iniciarse un proceso de acumulación del
capital y se presentaban dos posibilidades: o una suerte de comunismo reformado
que, manteniendo la propiedad pública de las grandes fábricas,
aumentase la presencia de la pequeña propiedad privada, o la capitalización
por parte del capital extranjero. In casi todos los amigos, que eran en
gran parte intelectuales (filósofos, historiadores, economistas,
sociólogos y politólogos), se presentaba una preocupación:
ir rápido, lo más rápido posible. Daban la impresión
de querer recuperar en pocos meses los 40 años perdidos hasta ese
momento. No temían una reacción de la Unión Soviética,
que parecía cada vez más improbable a medida que caían
también los otros países comunistas –recuérdese que
el 6 de noviembre se derrumbó el Muro de Berlín– y manifestaban
el deseo de llebar primeros en esta absurda carrera a la capitalización
del país. No discutían más sobre derechos humanos
o derechos políticos ni qué tipo de Estado deberían
darse, sino qué industria vender y el porcentaje máximo a
vender de las acciones de una gran fábrica.
Mientras los intelectuales discutían si vender el 49por ciento
o el 51por ciento de las acciones de las grandes fábricas del Estado,
el capital extranjero comenzaba a presionar sobre la economía nacional.
Especialmente el capital europeo comenzaba a empujar las puertas de la
desfalleciente economía húngara. De hecho, la posibilidad
de mantener la gran industria en las manos del Estado se reveló
impracticable, porque la maquinaria industrial húngara, casi toda
de fabricación soviética, se revelaría pronto incapaz
de cumplir con los encargos occidentales y con los ritmos de trabajo impuestos
por esos encargos. Detrás de la maquinaria estaba el trabajo humano
y, por lo tanto, también la clase obrera húngara se encontró
frente al dilema de adecuarse a la modernización o cambiar de trabajo.
Las fábricas fueron vendidas, primero al 49por ciento, luego al
51por ciento y finalmente al 100por ciento, al capital extranjero, que
cambió equipos y producciones. En consecuencia, comenzaron los despidos.
El gran manipulador de esta oculta política de desmembramiento
de la economía estatal y de su cesión al capital extranjero
era George Soros, el multimillonario estadounidense de origen húngaro,
a quien yo había conocido una noche de 1986 en el Hilton de Budapest.
Esa noche yo estaba en compañía de un amigo mío, el
vicedirector del Instituto de Filosofía de la Academia Húngara
de Ciencias y director del Instituto de Filosofía de la Universidad
de Budapest, János Kelemen. János o Jimmy, como prefería
hacerse llamar, quería beber un buen whisky y el único lugar
de Budapest donde podía beberse un buen whisky escocés era
el Hilton. El hecho de que yo fuese italiano permitía entrar
al Hilton, donde un húngaro no podía entrar solo, mientras
que un occidental podía invitar a todos los húngaros que
quisiera. Fuimos al Hilton y nos acomodamos en el bar. Jimmy disfrutaba
de su whisky y yo de mi palinka húngara. Un señor, en la
mesa vecina a la nuestra, escuchaba con atención nuestra conversación
en italiano, hasta que se decidió a intervenir en un buen italiano,
preguntando a Jimmy si era el profesor Kelemen. Al recibir respuesta positiva,
se presentó como George Soros. Jimmy quedó sorprendido y
los dos comenzaron a hablar en húngaro sobre la fundación
cultural que interesaba a Soros en aquel momento y que era un caso único
en los países comunistas: una fundación privada que financiaba
las actividades culturales de las instituciones estatales húngaras.
Así nacieron diversos proyectos de encuentros internacionales de
filosofía y varios discípulos de Jimmy obtuvieron becas de
estudio en Europa Occidental y los Estados Unidos. Naturalmente Soros,
gracias a la cultura, comenzó a presentarse como un interlocutor
privilegiado ante el gobierno y el partido comunista húngaros, hasta
llegar a ser, en el momento oportuno, el gran manipulador de la reconversión
de la industria húngara, de estatal a privada. El nombre de Soros
era una garantía para los comunistas húngaros y para los
capitalistas occidentales, pero no era difícil imaginar a qué
parte se dirigían las simpatías de Soros.
Junto a Soros, ya en los primeros días de noviembre, comenzaron
a precipitarse sobre Budapest delegaciones y grupos de empresarios occidentales,
sobre todo austríacos, alemanes e italianos. Estos últimos
llegaban por pequeños negocios, para comprar fábricas del
tamaño de un taller, atraídos por el bajo costo de la mano
de obra húngara y la facilidad de entablar relaciones femeninas,
con las cuales pasar las aburridas y frías noches junto al Danubio.
Ingleses y franceses se concentraron sobre todo en la adquisición
de grandes complejos industriales. Las piezas más preciadas eran
la acería de la Ganz Magav en Budapest o la fábrica de camiones
de Raba Eto y Györ. Las Philips holandesa compró la Tungsram,
una excelente fábrica de lámparas eléctricas, y l
industrial italiano Dreher se lanzó detrás de la fábrica
de cerveza de Köbanya Kispest, que le había sido confiscada
en 1948.
Todo lo que ocurría comenzaba a darme la impresión de
que la economía húngara se estaba transformando, más
que en un capitalismo de Estado avanzado y moderno, en la de un país
latinoamericano. El bajo costo del trabajo, la presencia masiva de capital
extranjero, que tarde o temprano buscaría volver a su lugar de origen,
y la legislación decididamente desventajosa para los sindicatos
y los obreros, me reforzaban esa impresión. Por otra parte, veía
deshacerse el tejido social, como si el pegamento que mantenía unida
a la sociedad y a las relaciones humanas se hubiera debilitado de improviso
y se iniciase un proceso de dispersión centrífuga. Con el
paso de los días, mis amigos intelectuales, que al principio tenían
mucha confianza en la posibilidad de edificar una sociedad húngara
finalmente democrática y con una amplia justicia social, comenzaron
a perder esa convicción. Estaban soñando con Suecia y, en
cambio, se estaba construyendo el Brasil. Hablábamos con ellos sobre
esto pero, más allá de que lo que estaba ocurriendo no les
gustaba, no comprendía qué era una sociedad latinoamericana
y, por ello, se les escapaba el sentido de la comparación. Había
unanimidad entre ellos: ninguno hacía ni el mínimo balance
positivo del comunismo, ninguno encontraba positivo la nivelación
social de aquellos 40 años de comunismo, a pesar del hecho de que
la miseria y la pobreza de la vieja Hungría precomunista eran conocidos.
Era muy extraño, si lo comparaba con lo que me contaban mis padres
sobre el fascismo italiano, del cual recordaban algún elemento positivo.
Parecía que, para mis amigos intelectuales, por otra parte personas
bien informadas, el comunismo hubiera sido sólo un largo error,
una especie de agujero negro que había que olvidar rápidamente.
Su confianza disminuía en la misma medida en que aumentaba el
volumen de un debate político cada vez más alejado de las
cuestiones concretas de la vida cotidiana. Se comenzaba a procurar la restitución
de las viejas propiedades confiscadas por el Estado 40 años antes
y, naturalmente, se buscaban jugosos resarcimientos. Los partidos del centro
cabalgaban sobre estos reclamos, mientras los neonatos partidos de derecha
comenzaban a lanzar reivindicaciones territoriales: en primer lugar, la
Transilvania rumana, donde vive una numerosa minoría húngara;
después las aldeas húngaras en Eslovaquia, las regiones más
orientales de Moldavia, donde hay una escasa presencia húngara,
y la Voivodina yugoslava, también ésta habitada por húngaros.
Pero ninguno hablaba de las pocas aldeas húngaras en Austria. La
irracionalización de la vida política, en apenas un mes,
llegó pronto a niveles tangibles también en la vida cotidiana.
Está claro que los dos fenómenos estaban vinculados: cuanto
más irracional se volvía la vida política, tanto más
se distraía la atención pública del destino de la
estructura industrial del país, la cual era cedida ahora por el
viejo partido comunista en el poder al capital extranjero.
El viejo Partido Obrero Socialista Húngaro no existía
más desde el 6 de octubre, pero sus hombres seguían estando
en el poder y recibían a las delegaciones capitalistas extranjeras,
a las que venían porciones de la economía estatal. Los congresistas,
a los que había visto autocriticarse en la televisión, se
transformaron velozmente en gerentes de las industrias vendidas al capital
extranjero o en propietarios de pequeñas industrias. Renacieron
dos partidos de izquierda: el Partido Socialista, que era el mayor, y el
Partido Comunista, que se inspiraba en la ya entonces difunta experiencia
del eurocomunismo. Se repartieron sin mayores litigios la enorme herencia
del viejo POSH, convirtiéndose así en dos grandes propietarios
privados de Hungría. Todo esto sucedía sin el mínimo
control de parte de los ciudadanos, que eran distraídos con las
novedades occidentales.
La presencia de mercaderías occidentales en los negocios, en
apenas un mes, se volvió aún más evidente y masiva
de lo que era en los últimos años del régimen de Kádár,
el viejo líder comunista que había gobernado en Hungría
desde 1956 a 1986, el año anterior a su muerte. Y la presencia de
la liberalización estaba en cada esquina de las calles: nacían
como hongos pequeñas editoriales que publicaban de todo, desde pornografía
hasta memorias de los sobrevivientes de 1956, desde literatura hasta filosofía,
e historia completamente reescrita en una versión diferente, la
posmoderna. Estos libros eran vendidos en todas las esquinas por pobres
discapacitados, como era costumbre incluso en los años del régimen.
Así podían comprarse obras que en otro tiempo eran inhallables,
como no fuera en samizdat. Este era otro signo del cambio de los tiempos:
ahora la historia de Hungría podía ser leída también
por los húngaros.
En esos días volví a encontrarme con Vajda. Quería
mostrarle el texto de la entrevista. El había dicho que podía
leer en italiano y efectivamente, cuando nos encontramos, ya había
leído el texto que previamente le había hecho llegar, y había
corregido algunas respuestas pero, junto con éstas, también
alguna pregunta. Le hice notar que la pregunta era mía y que no
podía tachar mis palabras. Respondió alzándose de
hombros y prácticamente tachó de un trazo casi toda la respuesta,
dejando sólo un seco “No”. La pregunta era si aún se consideraba
un marxista. En esta ocasión le comuniqué que había
encontrado dónde publicar la entrevista: en la edición italiana
de Lettera internazionale (la entrevista apareció en el número
23 de 1990), que dedicaba un dossier a Lukács. La ubicación
de la entrevista le pareció adecuada y digna de su rango. Antes
de separarnos, intentó hablar directamente con Tania, pero su italiano
no era suficiente para el esfuerzo de comunicarse con una conciudadana
de Pelé. Con mi ayuda como intérprete se informó sobre
el tema de las investigación de Tania en el Archivo Lukács
y, ante los nombres de Coutinho y Konder, se alzó de hombros, comentando
que en aquel tiempo Lukács era muy famoso y mantenía correspondencia
con muchos lugares del planeta. Y, además, entre los discípulos
de Lukács el encargado de leer las cartas en lenguas latinas era
Ferénc Fehér, el cual comprendía un poco de italiano,
pero nada de portugués o español. Allí terminó
su interés humano.
El 15 de noviembre defendí mi tesis doctoral y al día
siguiente, en la mañana temprano, partimos hacia Szeged, donde se
iniciaba el encuentro internacional sobre Lukács, financiado por
la Fundación Soros. En Szeged nos alojamos en el pensionado de la
Universidad, nos fue asignada una joven estudiante de italiano como intérprete
y nos dirigimos al encuentro. Por la mañana hablaron Tökei
y Zokai, los discípulos de Lukács que habían permanecido
dentro de las instituciones estatales, y por la tarde Vajda. Tania y yo
debíamos hablar a la mañana siguiente. Tökei y Zoltai
no fueron muy incisivos y se limitaron a dos ponencias científicamente
válidas, pero demasiado académicos. No hubo ningún
debate serio y después todos al almuerzo, durante el cual los húngaros
confirmaron tener alguna raíz mediterránea, porque, como
es su costumbre, hicieron agradable el encuentro y el propio Vajda, ante
la cálida humanidad de Zoltai, comenzó a bromear, aceptó
incluso alguna broma mía y, junto con Tökei y con la ayuda
de una hija de éste último, que hablaba un perfecto italiano,
hizo a Tania preguntas sobre Brasil y América Latina. Nos demoramos
en la mesa y al volver al encuentro la sala, que a la mañana estaba
casi desierta, se había llenado hasta lo inverosímil. Había
gente de pie, todos jóvenes estudiantes. Se percibía que
habían esperado para escuchar por fin, después de tantos
años, a un disidente que, además, se proponía como
el nuevo líder de la cultura académica húngara.
Vajda estuvo a la altura de la situación, leyendo una ponencia
que era prácticamente el mismo texto que se publicaría unos
días más tarde en la Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el
que demolía a Lukács en favor de Heidegger. Puesto que yo
conocía ya ese texto en alemán, sabía donde estaban
sus puntos débiles. Al terminar, fue cubierto de aplausos y mientras
se prolongaban, en espera de iniciar el debate, tuve tiempo de cambiar
un par de palabras con Zoltai sobre la conferencia de Vajda. Zoltai me
dijo que no tenía intención de intervenir. En aquel punto,
tomé la iniciativa y apenas se consultó si había preguntas,
fui el primero en hablar.
Comencé reconociendo a Vajda todos los méritos que merecía
por su oposición al régimen comunista, permaneciendo en Hungría
a pesar de estar aislado de la cultura académica, pero dada la nueva
situación política y mi carácter de visitante extranjero,
me sentí autorizado a dirigirle algunas críticas. La sala
se congeló y me atraje de inmediato la hostilidad de casi todos
los presentes. Le rebatí que considerar positiva la demolición
de la ontología por parte de Heidegger, como él acababa de
hacer, significaba ir contra una tradición de la filosofía
que estaba, desde su comienzo, dirigida a la bús queda y la definición
de conceptos y valores fuertes, como la libertad. Le recordé que
el propio Aristóteles, en la Metafísica, había definido
a la metafísica como la ciencia libre por excelencia, porque no
puede ser subordinada a ningún objetivo. Y, como italiano, me sentía
en el deber de recordar que un gran conciudadano mío como Campanella
había escrito en la cárcel un libro en seis volúmenes,
con el título Metafísica, para defender el valor de la libertad
de pensamiento contra la intolerancia religiosa. Sostuve también
que considerar a la metafísica una forma de pensamiento totalitario
significaba, por lo tanto, desconocer esta tradición de la filosofía
clásica y abandonar la filosofía a la vacuidad de un pensamiento
“débil”, como se estaba haciendo en aquel tiempo en Italia, o peor,
a la aniquilación de los valores, como lo había hecho Heidegger.
Terminé recordandole que su maestro Lukács, al fin de su
producción filosófica, escribiendo la Ontología del
ser social había querido indicar que la dictadura comunista se combatía
con una democratización de la vida cotidiana, argumento que yo trataría
más ampliamente al día siguiente. Cuando me senté,
tenía la sensación de haber hecho estallar un incidente diplomático
o una revuelta contra mí, pero hacía dos meses que quería
decirle lo que pensaba.
Pasaron algunos minutos en espera de otras preguntas y, entonces, pedí
a Vajda que respondiera. El presidente de la sesión, disimulando
su incomodidad y su ira, me dijo que esperara. Finalmente, algunos de los
más alineados con Vajda, entre los cuales noté a un investigador
del Archivo Lukács, Mezei, intervinieron para plantear preguntas
técnicas sobre Ser y tiempo y el debate se deslizó hacia
temas académicos. Vajda respondió a todos más o menos
agresivamente, pero al final no había contestado a mi pregunta.
Concluyó con una sola frase, diciendo que como italiano yo no podía
comprender bien lo que Lukács intentaba decir en la Ontología
del ser social, sin hacer mención de Aristóteles o Campanella.
Otra vez, ser italiano significaba un handicap intelectual. Después
de Vajda, habló un profesor de la Universidad de Szeged, la institución
organizadora, valiente sostenedor de Lukács, pero Vajda, con un
sentido completamente personal de la hospitalidad, se levantó y
se fue, no sin antes lanzarme una mirada terrible. Con él se fueron
todos los jóvenes estudiantes y en total el 90 por ciento de los
presentes. Y así terminó el debate.
Al día siguiente, un poco por mi intervención contra
Vajda de la víspera y otro poco por la presencia de la brasileña,
la sala estaba llena a medias. Hice mi intervención en húngaro,
al lado de Mezei y después se inició el debate, que Mezei
pronto sepultó bajo sus academicismos. En un momento, un señor
de edad mediana planteó una pregunta a propósito de la intervención
del día anterior y me ofreció la oportunidad de retomar algunos
argumentos. No dejé escapar la oportunidad y dije que para mí
el socialismo era una posibilidad concreta, a la manera de Lukács,
de transformar para mejor la sociedad en la que había nacido, es
decir Sicilia, de liberarla del cáncer de la mafia y de ofrecer
a todos la posibilidad de desarrollar un proyecto de vida personal y autónomo.
Dije que me daba cuenta de que en algunas situaciones, como en Hungría,
el socialismo se había transformado en una jaula, tal vez dorada,
pero aún así una jaula; lo que demostraba la validez de algunas
observaciones de Marx sobre el desarrollo desigual: las ideas políticas
o las estructuras económicas, aunque sean progresistas, se llegan
a realizarse en situaciones de retroceso terminan por producir un efectivo
empeoramiento de la situación. Haber realizado el socialismo en
la Hungría de 1948, cuando el país había apenas salido
de la guerra y aún tenía una estructura campesina, con una
concentración industrial sólo alrededor de Budapest, había
sido un grave error, agravado todavía más por el modo en
que los comunistas habían tomado el poder, es decir con un golpe
de estado. Un régimen antidemocrático y enemigo de las libertades
había impedido también la posibilidad de una revolución
comunista contra el comunismo, como la de 1956. En aquella ocasión,
se abatió sobre Hungría la represión soviética
en connivencia con el interés occidental de impedir el nacimiento
de una experiencia de comunismo con rostro humano. También en este
caso, nadie intentó debatir conmigo y sólo aquel señor
de mediana edad se manifestó de acuerdo.
El encuentro concluyó con la ponencia de Tania sobre “Lukács
en Brasil”, en la que volvieron los temas fuertes del crecimiento de una
cultura de izquierda, del empleo de algunas ideas lukacsianas en el análisis
de la sociedad brasileña y en el intento de desarrollar una posibilidad
concreta de construir una sociedad más libre y más justa.
Después Tania, con ayuda de la intérprete, leyó una
carta de Coutinho a Lukács sobre la represión militar que
siguió al golpe en Brasil en 1964. En esa carta, el entonces joven
intelectual brasileño contaba al viejo filósofo húngaro
que los militares habían quemado los libros del peligroso revolucionario
Dostoievsky, que decenas de sus amigos habían sido detenidos y torturados,
que todo el país en general y la cultura en particular habían
retrocedido décadas. El mismo señor intervino en ese momento
y comentó solamente que el comunismo en Hungría no había
llegado hasta ese punto. Después, mientras Tania se convertía
en la estrella del encuentro, con entrevistas radiales y periodísticas,
ese señor se me acercó y se presentó: era el nuevo
secretario del partido comunista húngaro en la ciudad. Me agradeció
por haber expuesto correctamente lo que era la opinión del nuevo
partido sobre los hechos de Hungría y sobre el significado del socialismo.
Le respondí que tal vez hubiera sido mejor que dialogara más
conmigo, en lugar de dejarme solo. Se justificó mascullando una
frase y se fue. Así me encontré solo, librando una batalla
perdida y que, para colmo, ni siquiera era mi batalla.
Es propiamente el sentido de inutilidad la impresión más
fuerte que aún conservo de esa experiencia. Nadie, ni entre los
intelectuales más inteligentes, ni entre los beneficiarios del régimen,
que pronto volverían a formar parte de los “condenados de la Tierra”
(es decir los obreros, campesinos, trabajadores, jóvenes, mujeres),
intervino para defender aunque más no fuera las conquistas sociales
del régimen comunista, que indudablemente habían existido.
Ninguno defendió lo que el viejo Lukács seguía diciendo
con insistencia: que el socialismo debe ser la defensa de la democratización
de la vida cotidiana. Se había cumplido el trabajo demoledor de
sus combates, tanto contra la cultura oficial como contra sus propios discípulos:
ninguno usó al intelectual más representativo de la cultura
húngara de todos los tiempos, ya sea para señalar un posible
desarrollo o para defender aquello con, con todos los sufrimientos, las
dificultades y las contradicciones, se había conquistado en 40 años.
Así, hasta los sufrimientos se habían vuelto inútiles.