Estado nacional, nacionalismo y conflicto de clases
I. Consideraciones previas
A menudo suele aludirse a la existencia de una sociedad civil mundial,
una comunidad de estados o hasta una aldea global. Parece ser una realidad
que las naciones y los estados nacionales pierden importancia en el curso
de la llamada globalización. Consorcios multinacionales devinieron
en actores económicos decisivos, una industria global de la cultura
penetra hasta los últimos rincones del mundo, las redes de comunicación
son más densas, personas muy alejadas entre sí se convierten
en vecinos virtuales, organizaciones internacionales adquieren mayor importancia.
Sin olvidar a las masas humanas que constantemente escapan de la miseria
o su amenaza. Estos desarrollos parecieran relativizar en gran medida la
trascendencia de la nación y el estado nacional.
Y no obstante se incrementan las erupciones nacionalistas y racistas
en muchos lugares del mundo. Nación, raza, pertenencia étnica
aparentemente son más importantes como referentes de identidad.
Baste recordar las matanzas, los pogromos y las limpiezas étnicas
en Africa, los Balcanes y últimamente también en el Sudeste
Asiático. Los movimientos de extrema derecha, nacionalistas y racistas,
adquieren dimensiones peligrosas, no sólo en la periferia sino también
en las metrópolis.
El nuevo estallido del nacionalismo tal vez sorprenda. Luego de dos
guerras mundiales desvastadoras parecía haber perdido gran parte
de su importancia. La clara hegemonía de los Estados Unidos y la
Unión Soviética, manteniendo a sus respectivas zonas del
mundo bajo estricto control, dejaba poco margen a movimientos nacionalistas.
En el occidente capitalista, el orden económico mundial garantizado
por los EEUU, parecía asegurar una era dorada de crecimiento generalizado
y bienestar ascendente, que atenuaba los conflictos al interior de las
sociedades tanto como entre los estados. Los movimientos de liberación
nacional, que se desplegaron en la periferia capitalista, lucharon contra
la opresión y explotación de las metrópolis, pero
tenían generalmente objetivos más bien sociales que nacionalistas.
Esta fase finalizó con la irrupción de la gran crisis
económica mundial de los años setenta. A partir de ahí
vivimos en la era de la globalización —un concepto tan general como
ambiguo. No puedo profundizar aquí trasfondos y dimensiones de ese
proceso, me limito a señalar lo esencial: designa una estrategia
económico-política, que elimina las limitaciones nacionales
del tráfico de mercancías, dinero y capital, que apuesta
al desencadenamiento desenfrenado de las fuerzas del mercado y con lo cual
pretende crear nuevas posibilidades de expansión, revalorización
y ganancia para el capital. Esto conduce a un aumento significativo del
entrelazamiento económico internacional y, al mismo tiempo a una
seria limitación de los márgenes de acción política
de los estados nacionales. La globalización así provocó
también una crisis y transformación del sistema de los estados
nacionales. Se debe partir del supuesto, que esa evolución es una
causa decisiva de la nueva coyuntura del nacionalismo. Estamos entonces
ante la aparente paradoja, de que la crisis del estado nacional al mismo
tiempo impulsa direccionalidades y movimientos nacionalistas.
Antes de abordar esta interrelación, quisiera referirme brevemente
a qué entendemos realmente como nación y nacionalismo y,
cuáles son sus fundamentos.
II. ¿Qué es el nacionalismo?
El nacionalismo no existe desde siempre, como tampoco las naciones.
Ambos son fenómenos modernos. Su surgimiento está estrechamente
vinculado a la imposición del capitalismo y la consiguiente conformación
de estados burocráticos centralizados a partir del siglo XVII. En
este proceso se transformaron profundamente las relaciones sociales y las
estructuras de dominación: hombres y mujeres fueron sacados de sus
tradicionales pertenencias y ambientes de vida, convirtiéndolos
en propietarios privados y sujetos individualizados del mercado. En base
a estas transformaciones económico-sociales pudieron desarrollarse
las ideas modernas de libertad e igualdad de todas las personas. Se disolvieron
las dependencias feudales y, hombres y mujeres fueron sometidos, como ciudadanos
formalmente iguales y libres, a un poder estatal centralizado, que abarca
a todos aquéllos, que habitan dentro de las fronteras estatales.
Los conceptos nación y pueblo como denominación de personas
iguales que viven entre determinadas fronteras, adquieren sentido recién
a partir de la industrialización capitalista.
Pero precisamente ese contexto histórico original otorga al
concepto nación también un significado sumamente contradictorio:
En primer lugar simboliza la unión y autodeterminación
política del pueblo, integrado por ciudadanos libres e iguales,
frente a las tradicionales fuerzas oligárquicas y feudales. En ese
sentido, el concepto nación tiene un contenido fundamentalmente
democrático, que se evidenció especialmente en las revoluciones
burguesas. Nación designa entonces al pueblo que se autodetermina
en base a valores y convicciones comunes.
Sin embargo, dado que el concepto de nación siempre está
ligado a la lucha por el poder y a la exclusión de y delimitación
frente a otros —o sea, los extranjeros, los que no pertenecen— opera al
mismo tiempo como instrumento ideológico de dominación. Así
es, especialmente cuando los seres humanos en realidad no son iguales y
la sociedad está impregnada de intereses contrapuestos y antagonismos
sociales. La proclamación de una nación permite a quienes
detentan el poder estatal sugerir una unidad ficticia de pueblo, más
allá de todas esas diferencias, integrado por sujetos individualizados
y, por este medio, legitimando simultáneamente su dominación.
En una sociedad individualizada y atravesada por divisiones sociales, la
ficción de una nación común se convierte en un justificativo
de las condiciones sociales y políticas imperantes. Visto en perspectiva
histórica, las naciones mayoritariamente no surgieron de un proceso
de autodeterminación, sino que fueron construídas mediante
el poder estatal e impuestas por la fuerza.
El concepto nación entraña con eso una contradicción
fundamental: se vincula por una parte a libertad, igualdad y autodeterminación,
por otra parte con la exclusión de todo lo foráneo y el sometimiento
al poder del estado centralizado. Es importante destacar que las naciones
no son hechos cuasi naturales e incuestionables. Son más bien construidas
ideológicamente siempre en base a determinadas estructuras económicas
y políticas. Aunque una nación se autodefina por valores
y tradiciones culturales, un idioma y origen común, éstos
a menudo recién fueron creados en el proceso de su conformación.
El concepto de nación comprende siempre y necesariamente la opresión
de minorías y disidentes. Nación y nacionalismo están
por lo tanto siempre vinculados a dominación y exclusión,
a la homogeneización coercitiva y la opresión.
Debido a que el concepto de nación por principio está
ligado a la exclusión y delimitación frente a todo lo foráneo,
tanto dentro como fuera de las fronteras, incluye siempre también
al racismo por lo menos como tendencia o sea, la discriminación
y desvalorización de las personas rotuladas como diferentes o foráneos.
En la evolución histórica nación y nacionalismo
adoptan por cierto significados bien diferentes. Las contradicciones inherentes
al concepto se expresan de manera diversa. En las revoluciones burguesas
del siglo XIX el concepto de nación estaba todavía estrechamente
vinculado a los postulados democráticos, de libertad y autodeterminación.
Pero ya en la Revolución Francesa la consigna era libertad, igualdad,
fraternidad — ó muerte! Cuando la clase burguesa finalmente conquistó
y consolidó el poder político, fue pasando a primer plano
y con mayor claridad el carácter de dominación del concepto
nación. Más alla de los profundos antagonismos de una sociedad
de clases, cada vez más adquirió la función de sugerir
una unidad ficticia de pueblo y con lo cual legitimaba el dominio existente
de clase. Simultáneamente el nacionalismo se convirtió en
un justificativo tan importante como efectivo para intenciones expansionistas
y guerras imperialistas.
En esto es de suma importancia la interrelación contradictoria
entre clase y nación. Fue en el marco del estado nacional con sus
instituciones políticas, dentro del cual la clase obrera pudo conquistar,
en algunas partes del mundo, derechos democráticos y sociales. Esto
ocurrió por cierto muchas veces a costa de otros países y
quedó básicamente limitado al estado nacional respectivo.
Pero el concepto de nación permitió, al mismo tiempo también,
diseñar trascendiendo las clases, una comunidad de interesesentre
la burguesía nacional y la clase obrera. Para la sociedad capitalista
de clases, el concepto de nación tiene entonces una importancia
central en cuanto a la técnica de dominación. La movilización
de ideas nacionalistas abre la posibilidad de dividir la clase obrera acorde
al trazado de fronteras nacionales y, utilizar una parte de ella contra
la otra. Desde sus comienzos fue el capitalismo un sistema global. Con
lo cual el hecho de que esté políticamente subdividido en
una multiplicidad de estados nacionales se evidencia como condición
esencial para la regulación, en el sentido de la dominación,
del conflicto de clases y la integración ideológica de las
clases oprimidas. De ahí se entiende por qué el movimiento
obrero revolucionario se definió, por lo menos en sus comienzos,
como anti-nacional e internacionalista.
III. ¿Qué efectos tiene la globalización?
Luego de esta disgresión un poco teórica retomemos la
situación actual. Abordar cada una de las causas y dimensiones de
la reestructuración neoliberal de la economía mundial excedería
el marco de esta conferencia. Cabe señalar que la globalización
económica no conduce a una unificación del mundo ni cumple
sus promesas de bienestar y democracia. Más importancia tienen los
siguientes procesos:
(1) A escala internacional se incrementan las desigualdades económicas
y sociales. Las diferencias entre el primer y el tercer mundo no han desaparecido,
sino que se han multiplicado y profundizado. Algunos estados ex-socialistas
se encuentran ante el colapso económico. Sobre vastas regiones del
mundo pende la amenaza de quedar excluídas de todo desarrollo económico
y ser marginadas. Esto a su vez es causa de crecientes movimientos migratorios
y éxodos, cuyos efectos se reflejan en muchas sociedades, las cuales
van adquiriendo un carácter multicultural y multinacional.
(2) Después del derrumbe de la Unión Soviética
es absoluto el poder económico y político de la tríada
capitalista EEUU, Europa, Japón. Esta controla económica
y políticamente el mundo. El nuevo orden mundial es jerárquico
en extremo y para muchos países y regiones ha intensificado su dependencia
de las metrópolis centrales.
(3) La globalización económica ha modificado sustancialmente
al estado nacional y al sistema de estados. Crecientes desigualdades económicas
y la desintegración de los grandes imperios condujeron al derrumbe
y la división de muchos de ellos. Simultáneamente se han
reducido sensiblemente los márgenes de acción política
de los estados nacionales en lo económico y social. Más que
nunca la política estatal se ve forzada a competir con otros estados,
en la oferta de condiciones óptimas para la revalorización
del capital internacional altamente móvil. Los estados nacionales
se han convertido en estados nacionales competitivos. Bajo el dictado del
mercado mundial cada vez menos están en condiciones de asegurar
materialmente, es decir con políticas sociales, la cohesión
de la sociedad. Las consecuencias de ese proceso son:
– procesos democráticos se estrellan cada vez más
contra los dictados del mercado mundial y las coacciones del flujo internacional
del capital. Las instituciones de la democracia liberal son socavadas inclusive
donde están medianamente desarrolladas y consolidadas.
– Crecen las desigualdades sociales y, los procesos de fragmentación
se incrementan no sólo a escala internacional, sino también
al interior de las sociedades nacionales.
– Finalmente la globalización significa una movilidad
internacional casi ilimitada del capital, mientras que los trabajadores
siguen siendo confinados al interior de las fronteras nacionales. En consecuencia,
las sociedades pueden ser presionadas sistemáticamente a una competencia
agudizada y, los segmentos nacionales de los asalariados pueden ser utilizados
con mayor facilidad, para enfrentarlos entre sí.
IV. El resurgimiento del nacionalismo
La nueva coyuntura del nacionalismo está íntimamente vinculada
a la crisis y la transformación del estado nacional, originadas
por el proceso de la globalización:
(1) La creciente inseguridad social y fragmentación de
la sociedad, también en las metrópolis, son un caldo de cultivo
para movimientos de extrema derecha, nacionalistas y racistas. Está
surgiendo un nuevo nacionalismo del tipo chauvinismo de bienestar. Este
legitima repeler, en última instancia mediante la fuerza militar,
a los flujos de refugiados, justificando intervenciones militares en todas
partes del mundo a fin de asegurar intereses económicos y militares.
(2) La marginación económica y la segregación
social hacen a la desintegración de sociedades y estados. El efecto
son conflictos nacionalistas y étnicos agudizados. Luchas por privilegios
relativos, alimentadas desde el nacionalismo, proliferan en todas partes
del mundo. En esto desempeñan un importante papel la auto-nacionalización
y auto-etnicización, o sea, la proyección ideológica
de naciones y pueblos. Sobre todo en la periferia la lucha por la liberación
nacional de antaño ha retrocedido para dar lugar al esfuerzo de
conseguir por lo menos una anexión dependiente a las metrópolis
de la tríada. La guerra en los Balcanes es un ejemplo destacado
de esto: Del derrumbe económico de Yugoslavia surgieron estados,
cuyo interés fundamental consiste en pasar a otros los efectos materiales
de este fracaso, separándose de regiones atrasadas y creando así
las condiciones para una anexión dependiente a la Unión Europea.
Esto sobre todo ha atizado la erupción devastadora del nacionalismo
y racismo étnico.
(3) Finalmente se puede comprender también al llamado
fundamentalismo islámico como una forma del nacionalismo, orlado
con la religión. Sólo es comprensible en el contexto de un
orden mundial, determinado por la supremacía absoluta de las metrópolis
de la tríada, que a grandes partes de la periferia niega sistemáticamente
un desarrollo económico autónomo como así también
la autodeterminación política y social.
El resurgimiento actual del nacionalismo no es entonces casual sino producto de las reestructuraciones del mundo en el curso de la globalización capitalista. Es principalmente la política neoliberal imperante la que fomenta más y más el nacionalismo agresivo. Es decisivo que este nuevo nacionalismo se haya despojado de contenidos democráticos y emancipadores. En cambio, va quedando en evidencia cada vez más que está al servicio de legitimar intereses de poder y movilizar intereses colectivos sociales en la lucha por privilegios económicos relativos. Pareciera que hoy se hubiese roto definitivamente la conexión entre nación y democracia.
V. ¿Es posible una política democrática nacional?
Primero cabe afirmar que el problema del nacionalismo persistirá
mientras existan estados. Y éstos no desaparecen de ninguna manera
en el proceso de la globalización, sino que adoptan un nuevo rostro
y nuevas funciones.
Una política que apunte a la liberación y emancipación
de hombres y mujeres se encuentra por lo tanto, ahora como antes, frente
al problema de la nación y del nacionalismo, lo cual significa también
que sigue enfrentándose a las contradicciones ya señaladas.
Por una parte, hay que partir de que condiciones esencialmente democráticas,
por lo pronto sólo pueden desarrollarse en el marco nacional-estatal.
Una condición necesaria para esto es un cierto consenso de convicciones
respecto a valores, perspectivas de desarrollo de la sociedad y objetivos.
En este sentido la nación sigue siendo indispensable como unidad
política. Y es tanto más importante en cuanto que un fortalecimiento
de la democracia a nivel nacional es una condición decisiva y un
anclaje importante para enfrentar los efectos destructivos del proceso
globalizador. La meta de la estrategia de la globalización consiste
en debilitar los estados nacionales y privarlos de su capacidad de moldear
la realidad social. Sólo una política de democratización,
por lo pronto a nivel nacional, puede contrarrestarlos.
Por otra parte, toda política nacional queda necesariamente
prisionera de sus propias contradicciones. Tendencialmente se orienta a
la exclusión y opresión y lleva implícito un racismo
estructural. Tiende a encubrir contradicciones sociales, relaciones de
explotación y opresión con la ficción de la nación
única y común, legitimando así el statu quo social
y la dominación existente. Consolida además las divisiones
político-sociales y rivalidades a nivel internacional, que en última
instancia siempre perjudican a los desprotegidos.
En síntesis: toda política democrática y emancipadora
se encuentra, en lo referente a la nación y el estado nacional,
ante un dilema fundamental. No es fácil resolverlo. Se trata más
bien de desarrollar una política democrática en el plano
nacional-estatal y, trascender al mismo tiempo ese marco. Esto significa
que una política democrática a nivel nacional debe ser a
la vez internacionalista. Movimientos sociales y organizaciones políticas
requieren de una base nacional. Pero son verdaderamente democráticos
sólo cuando logran desarrollar conexiones internacionales de cooperación,
que contrarresten los mecanismos nacional-estatales de dominación
y opresión, es decir, creando estructuras políticas que a
la vez sean democráticas y realmente transnacionales. Para esto
poco sirven los aparatos nacional-estatales de dominación que compiten
entre sí, sino formas organizativas y movimientos políticos
independientes.
Como sabemos, el movimiento obrero histórico ha fracasado no
en última instancia ante el problema del nacionalismo. Dos guerras
mundiales y el fascismo fueron los resultados. El problema no está
resuelto hasta hoy. La persistencia de las divisiones de la clase, basadas
en los estados nacionales, es una condición decisiva para el éxito
de la estrategia neoliberal de la globalización. Ante sus efectos
destructivos y ante las crecientes desigualdades y dependencias internacionales,
se plantea una renacionalización de la política precisamente
en los movimientos y las fuerzas de la izquierda. Responder políticamente
a la trasnacionalización del capital con la retirada a la nación
y el estado nacional, parece a primera vista comprensible. Este camino
sin embargo sería altamente peligroso, como espero haberlo demostrado.
Conlleva el riesgo de sacrificar nuevamente objetivos democráticos
y sociales, subordinándolos a una ideología de la dominación.
Septiembre de 1998
Economista y profesor de la Facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de Francfort del Meno, Joachim Hirsch se ubica
en la tradición de un marxismo no-dogmático. Su mayor preocupación
es la recuperación de una teoría crítica de la sociedad
capitalista, el estado burgués y, sus interrelaciones, aportando
desde un análisis científico de los cambios estructurales
contemporáneos elementos significativos para una estrategia revolucionaria.
"Cuadernos del Sur" ha publicado algunos artículos de este reconocido
teórico.
La traducción del trabajo presentado corresponde a D. de la
Vega y E. Dietrich.