Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen,
su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch,
por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno de
los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también
para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de
pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos
asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual europeo,
cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica
a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la forma en
que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y cualidades
que sólo son producto de condiciones sociales.
No puedo dejar de pensar, cuando se me honra de semejante manera y
se me eleva al nivel de gran defensor de la idea utópica –en estos
días tan desacreditada, desechada y ridiculizada, en nombre del
realismo económico–, que estoy siendo autorizado o más precisamente
urgido a intentar definir cual tiene que ser y debe ser el papel del intelectual,
en relación a la utopía en general y la utopía europea
en particular.
Revolución conservadora
Debemos reconocer que estamos actualmente en un período de restauración
neo-conservadora. Pero esta revolución conservadora asume una forma
sin precedentes: no hay, como en tiempos anteriores, ningún intento
de invocar un pasado idealizado mediante la exaltación de la tierra,
la sangre, y los temas de las antiguas mitologías rurales. Es un
nuevo tipo de revolución conservadora que, para justificar su restauración
reclama una relación con el progreso, la razón y la ciencia
–la economía, en verdad–, y a partir de esto intenta relegar el
pensamiento y la acción progresiva a un estatus arcaico. Se erige
como patrón de normas para todas las prácticas, y por tanto
como norma ideal, el orden del mundo económico librado a su propia
lógica: la ley del mercado, la ley del más fuerte. Ratifica
y jerarquiza la norma de los llamados mercados financieros, el retorno
a un tipo de capitalismo radical que no responde a ninguna ley más
que a la máxima ganancia; un capitalismo sin tapujos, desenfrenado,
que ha sido llevado hasta el límite de su eficiencia económica
por medio de las formas modernas de conducción Management y las
técnicas manipuladoras como la investigación de mercado y
las propagandas de venta y comercialización.
El aspecto engañoso de esta revolución conservadora es
que, atrapada por todos los signos de la modernidad, aparentemente no conserva
nada de la oscura pastoral de la Selva Negra, tan amada por los revolucionarios
de los años 30... Después de todo, viene de Chicago ¿no
es así?... Galileo dijo que el mundo natural está escrito
en lenguaje matemático. Actualmente, tratan de inventar que el mundo
social está escrito en lenguaje económico. Mediante el arma
de las matemáticas –y también del poder de los medios– el
neoliberalismo se ha transformado en la forma suprema de contraataque conservador,
apareciendo durante los últimos treinta años bajo la denominación
de "el fin de la ideología" o, mas recientemente, "el fin de la
historia".
Fatalismo economicista
Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por el
pensamiento –el fin de las utopías criticas– no es nada más
que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos
empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1)
dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse
en el marxismo.
La fechitización de las fuerzas productivas y el fatalismo resultante,
se encuentra hoy paradójicamente en los profetas del neoliberalismo
y en los sacerdotes del Deutschmark y la estabilidad monetaria. El neoliberalismo
es una poderosa teoría económica cuya estricta fuerza simbólica,
combinada con el efecto de la teoría, redobla la fuerza de las realidades
económicas que supuestamente expresa. Sostiene la filosofía
espontanea de los administradores de las grandes multinacionales y de los
agentes de la gran finanza, en especial los agentes de Fondos de pensión.
Seguida en todo el mundo por políticos nacionales e internacionales,
funcionarios oficiales y especialmente por el mundillo de los periodistas
tradicionales –todos mas o menos igualmente ignorantes de la teología
matemática subyacente– se esta transformando en una creencia universal,
en un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o más bien
la vulgarización gradual que se ha hecho a nombre del liberalismo
en todos los lugares, está confeccionada con una colección
de palabras mal definidas –"globalización", "flexibilidad", "desrregulación"
y otras– que, a través de sus connotaciones liberales e incluso
libertarias pueden ayudar a dar la apariencia de un mensaje de libertad
y liberación a una ideología que se piensa a si misma como
opuesta a toda ideología.
De hecho, esta filosofía tiene y reconoce como su único
objetivo la permanente creación de riqueza y, más secretamente,
su concentración en manos de una minoría privilegiada, y
por lo tanto conduce un combate por cualquier medio, incluso la destrucción
del medio ambiente y el sacrificio humano, contra cualquier obstáculo
a la maximización de las ganancias. Seguidores del laisser-faire,
como Thatcher, Reagan y sus sucesores ponen cuidado en la práctica
no del laisser-faire sino, al contrario, en dar mano libre a la lógica
de los mercados financieros para llevar adelante una guerra total contra
los sindicatos, contra las adquisiciones sociales de los últimos
siglos, en una palabra, contra todas las formas de civilización
asociadas con el estado social.
Juzgar por los resultados
La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus resultados,
que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para probar por medio
de trucos estadísticos y trampas groseras que Estados Unidos y Gran
Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay desempleo masivo. Los
trabajos que hay son precarios, la permanente inseguridad resultante afecta
una creciente proporción de la población, aun en las clases
medias. Hay una profunda desmoralización ligada al colapso de la
solidaridad elemental, especialmente en la familia y todas las consecuencias
de este estado de anomia: delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo,
la reaparición en Francia y en otros lugares de movimientos políticos
de corte fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones
sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como conservadurismo
pasado de moda. A esto podemos sumar ahora la destrucción de las
bases económicas y sociales de las más notables conquistas
culturales de la humanidad. La autonomía de la cual gozaban los
universos de la producción cultural en relación al mercado,
que había crecido continuamente por medio de las luchas de los escritores,
artistas y científicos, está cada vez más amenazada.
La dominación del "comercio" y de "lo comercial" sobre la literatura
aumenta día a día, especialmente por medio de la concentración
de la industria de publicidad que está cada vez más sujeta
a las restricciones de la ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos
preguntarnos qué quedará del cine artístico experimental
europeo en diez años, a no ser que se haga todo lo posible para
proporcionar a los productores de vanguardia los medios de producción
y más importante aún, de distribución. Todo esto,
sin mencionar los servicios sociales, condenados o a las órdenes
directamente interesadas de las burocracias estatales o empresariales o
a ser estrangulados económicamente.
Se me preguntará ¿cual fue el papel de los intelectuales
en todo esto ? No intentaré hacer un listado –sería
muy largo y muy cruel– de todas las formas omisión o, peor aun,
de colaboración. No necesito mencionar los argumentos de los así
llamados filósofos modernistas y posmodernistas que, no satisfechos
con enterrarse a sí mismos en juegos escolásticos, se reducen
a la defensa verbal de la razón y el diálogo racional, o
peor aun, sugieren una versión supuestamente posmoderna pero realmente
radical-chic de la ideología del fin de las ideologías, con
toda su condena de las grandes narrativas y una denuncia nihilista de la
ciencia.
Utopismo razonado
¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno
más o menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida
y la fortaleza social al "utopismo razonado" del que habla Ernst Bloch
refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar
¿cómo debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole
un riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre "sociologismo"
(la pura y simple sumisión a las leyes sociales) y "utopismo" (
el desafío audaz de estas leyes), Ernst Bloch describe al "utópico
razonable" como quien actúa en virtud de "el pleno conocimiento
conciente del curso objetivo", la posibilidad objetiva y real de su "época";
a quien, en otras palabras, "anticipa psicológicamente una posible
realidad". El utopismo racional se define como opuesto tanto al "pensamiento
ilusorio que siempre ha traído descrédito a la utopía"
como a "las trivialidades filisteas preocupadas esencialmente por los hechos".
Se opone al "derrotismo ultimatista" –la herejía de un automatismo
objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo
serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo
en el cual se dan– y, al mismo tiempo, al "activismo por sí mismo"
, puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3)
Así que contra este "fatalismo de banquero" que pretende hacernos
creer que el mundo no puede ser diferente a lo que es –en otras palabras,
totalmente sometido a los intereses y deseos de ellos–, los intelectuales
y todos aquellos preocupados por el bienestar de la humanidad tendrán
que restablecer un pensamiento utópico con respaldo científico,
tanto en sus metas, que deben ser compatibles con las tendencias objetivas,
como en sus medios, que también deben ser científicamente
examinados. Necesitan trabajar colectivamente en estudios que puedan impulsar
proyectos y acciones adecuados a los procesos objetivos que se intenta
transformar.
El utopismo razonado, como lo he definido, es indiscutiblemente lo
más ausente en la Europa actual. La forma de resistir a esta Europa
–la que el pensamiento de los banqueros intenta hacernos aceptar a toda
costa– no es el rechazo a Europa en sí misma desde una posición
nacionalista, como lo hacen algunos, sino levantar un rechazo progresivo
a la Europa neoliberal definida por bancos y banqueros. Sirve a sus intereses
suponer que cualquier rechazo a la Europa que quieren equivale a un rechazo
a cualquier Europa. Pero rechazando a una Europa definida y dominada por
los bancos, rechazamos el pensamiento de los banqueros y el proceso que
–bajo la cobertura neoliberal– termina haciendo del dinero la medida de
todas las cosas, incluido el valor de los hombres y mujeres en el mercado
laboral y así en todos los terrenos, en todas las dimensiones de
la existencia; un proceso que al establecer la ganancia como criterio único
para evaluar la educación, la cultura, el arte, la literatura, nos
condena a una prosaica civilización desabrida de "fast food", novelas
de aeropuertos y guisos televisivos.
Resistencia europea
La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible restauración
conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente puede ser europea
en el sentido de liberarse de intereses, presunciones, prejuicios y hábitos
de pensamiento que son nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo
realmente una acción de todos los europeos, en otras palabras, una
combinación concertada de intelectuales de todos los países
europeos, sindicatos de todos los países europeos, de las más
diversas asociaciones de todos los países europeos. Es por esto
que la tarea más urgente del momento no es elaborar programas europeos
comunes, sino la creación de instituciones –parlamentos, federaciones
internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello: camioneros, editores,
maestros y demás, pero también defensores de árboles,
peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás– en el seno
de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados programas
europeos. La gente podrá decir que todo esto ya existe, pero yo
estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más que mirar
la actual situación de la federación europea de sindicatos;
la única corporación internacional europea que se está
construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los tecnócratas,
contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería el primero
en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas, nacionalistas
o –peor aún– populistas que se ciernen sobre ella.
Finalmente, para no dar una respuesta general y abstracta a la pregunta
por la cual comencé –sobre el papel de los intelectuales en la construcción
de la utopía europea– quisiera decir que contribución espero
hacer personalmente a esta inmensa y urgente tarea. Convencido como estoy
de que los mayores vacíos de la construcción europea pueden
ubicarse en cuatro áreas principales –el estado social y sus funciones;
la unificación de los sindicatos; la armonía y modernización
de el sistema educativo; y la articulación entre la política
económica y la política social– estoy trabajando actualmente,
en colaboración con investigadores de diversos países europeos,
sobre la concepción y construcción de las estructuras organizativas
esenciales para llevar a cabo la investigación comparativa y complementaria
necesaria para aportar al utopismo en estas cuestiones su carácter
razonado, especialmente, por ejemplo, esclareciendo los obstáculos
sociales hacia una europeización real de instituciones tales como
estado, sistema educativo y sindicatos.
Un proyecto especialmente querido por mí, se refiere a la articulación
entre la política económica y lo que llamamos política
social, más precisamente, los efectos sociales y los costos de la
política económica. Incluye el intento de encontrar las causas
primarias de las diversas formas de la miseria social que aflige a hombres
y mujeres de las sociedades europeas, lo que casi siempre nos remite a
decisiones económicas. Es una oportunidad para que el sociólogo,
a quien corrientemente no se consulta excepto para remendar la vajilla
que rompen los economistas, aproveche para recordarnos que la sociología
puede y debe jugar un papel inicial en las decisiones políticas
que son dejadas cada vez más en manos de los economistas o dictadas
de acuerdo a consideraciones económicas muy limitadas. A través
de una descripción detallada del sufrimiento causado por las políticas
neoliberales –en el mismo sentido que en La Misere du monde (4)–
y por medio de sistemáticas referencias cruzadas entre, por un lado,
los índices económicos concernientes a la política
social de las empresas (ajustes, métodos administrativos, salarios
y demás) y, por otro lado, los índices de tipo más
evidentemente social (accidentes industriales, enfermedades ocupacionales,
alcoholismo, utilización de drogas, suicidio, delincuencia, crimen,
violaciones, y demás). Me gustaría plantear la pregunta acerca
de los costos sociales de la violencia económica y por lo tanto
intentar diseñar las bases para una economía del bienestar
que tenga en cuenta todas las cosas que, la gente que dirige la economía
y los economistas, excluyen de los cálculos más o menos imaginarios
en cuyo nombre pretenden gobernarnos.
Por lo tanto, para concluir, sólo quiero formular la pregunta
que debe estar en el centro de cualquier utopía razonada concerniente
a Europa: cómo creamos una Europa realmente europea, una que esté
libre de toda dependencia de cualquiera de los imperialismos –comenzando
por el imperialismo que afecta la producción y la distribución
cultural en particular, vía las restricciones comerciales. Liberada
también de todos los residuos nacionales y nacionalistas que aun
impiden que Europa acumule, aumente y distribuya todo lo que es más
universal en la tradición de todas naciones que la componen.
Para terminar con un lugar totalmente concreto del "utopismo" razonado,
permítaseme sugerir que esta cuestión, para mí crucial,
sea incluida en el programa del Centro Ernst Bloch y el de la organización
internacional de "utópicos reflexivos" que en él podría
constituirse.
* Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo.
Pierre Bourdieu es uno de los principales sociólogos y antropólogos contemporáneos, autor entre otros muchos de libros como El oficio del sociólogo (en colaboración con J.C Chamboredon y J:C Passeron), La distinción, El sentido práctico, La reproducción. Elementos para una teoría de la enseñanza, etc. Director de la revista Actes de la recherche en sciences sociales y de numerosos trabajos colectivos de investigación, como el publicado bajo el título La misère du monde, así como de incisivas denuncias contra las manipulaciones mediáticas, se destaca también por su militante solidaridad con las luchas de los trabajadores y, más recientemente, ante la guerra en los Balkanes, por una clara postura de condena tanto a la agresión de la NATO como la “limpieza étnica” lanzada contra los kosovares por el régimen de Milosevic.
Notas:
(1) Ernst Bloch, L’ésprit de l’útopie, [1923], París, 1977,vol.1, p. 290.