Las causas de la Gran Depresión de la década del '30 y lecciones para hoy
En vista del creciente estancamiento –colapso, en algunos lugares– de la economía mundial, resulta importante considerar la última ocasión en la que el planeta sufrió condiciones semejantes, esto es, la década del '30. A partir del conocimiento histórico de dicho proceso es posible extraer lecciones para la actualidad.
El pasado
El colapso posterior a 1929 tanto en el próspero Estados Unidos
como en el crecimiento inestable de Alemania, anunció la Gran Depresión
a escala mundial de 1930, que llevó a la bancarrota a los productores
de materias primas, provocó el estallido de guerras comerciales
y la desintegración del sistema bancario. Esta serie de acontecimientos
sacudió la confianza popular en la capacidad del capitalismo para
garantizar el suministro de bienes y por ello los historiadores de la economía
han destinado mucho tiempo a su comprensión. En esta investigación
el énfasis fue puesto tanto sobre el colapso de la economía
norteamericana (Romer, 1993) como en la inestabilidad de la economía
mundial (Temin, 1989).
El punto de vista neoclásico dominante acerca de las causas
del colapso de 1929-1933 privilegia la importancia de los accidentes –shocks
externos– por que se asume que el sistema era esencialmente estable. Aunque
algunos como Peter Temin (1976) y Christina Romer (1990) destacan la enorme
y aún inexplicada caída del consumo o la crisis de la Bolsa
durante 1929 como "shocks", reciben mayor atención los errores en
las políticas. Milton Friedman y Anna Schwartz (1965) por ejemplo,
culpan a la Reserva Federal por el gran achicamiento del suministro de
moneda en EE.UU. Otros (incluyendo a Romer) destacan los esfuerzos del
gobierno federal para equilibrar el presupuesto fomentando el recorte en
la demanda agregada durante una recesión. Aún los "keynesianos
internacionales" que acentúan la inestabilidad estructural de la
economía mundial a fines de los ´20, señalan la mala
conducción política; mientras Charles Kindleberg (1986) sostiene
que Estados Unidos debió actuar conforme con su responsabilidad
como líder del capitalismo mundial estabilizando el sistema, Temin
(1989) acusa a las tendencias deflacionarias inherentes a las políticas
dominantes del régimen durante esos tiempos (incluyendo al patrón
oro).
Los economista de izquierda –incluidos los marxistas– puesto que consideran
a las economías de Estados Unidos y mundial como básicamente
inestables hacia fines de la década del '20, prestaron poca atención
tanto a los accidentes como a las malas políticas. Hubo, por supuesto,
debates en la izquierda centrados en las tres principales teorías
sobre la crisis económica. Dado que existe poca evidencia en su
favor, ha sido difícil que algunos enfatizaran en la caída
de la tasa de ganancia o de la ganancia extraída a causa del pleno
empleo. Paul Baran y Paul Sweezy (1966) ven a la depresión y a la
caída de consumo inducida como el estado normal del capitalismo
monopólico. Sólo a causa de la Primera Guerra Mundial y a
la onda expansiva que la siguió gracias a los gastos de Estados
Unidos en automóviles y otros rubros asociados durante los '20 se
habría retrasado el estancamiento. Por otra parte, la escuela regulacionista
francesa (cf. Michel Aglietta, 1979) ve una brecha estructural entre la
importancia creciente de la producción masiva y los límites
del consumo masivo. La depresión era inevitable dada la ausencia
de un "mecanismo de regulación monopólico", conocido como
"fordismo". Un gran problema de las teorías sobre el subconsumo
consumo es que chocan con el acento puesto por Marx en el expansionismo
característico del capitalismo, que lleva a los capitalistas a acumular
riqueza a cualquier precio. En mi investigación (1983, 1984) desarrollé
otra solución: estoy de acuerdo con la visión de Marx sobre
la acumulación capitalista, de que la competencia y al antagonismo
entre clases conducen al sistema a expandirse más allá de
sus posibilidades, a acumular en demasía ayudado e instigado por
el sistema crediticio. En ciertas circunstancias, como por ejemplo, "el
exceso de trabajo" que prevaleció hacia fines de 1920, esta sobre
acumulación pudo revelarse como "exceso de inversión en relación
al consumo". Pero debe señalarse que existen otras formas de sobreacumulación
con diferentes contextos institucionales. Por ejemplo, la penuria de trabajo
que prevaleció hacia fines de 1960 en Estados Unidos: la sobreacumulación
pudo implicar quitas salariales sobre las ganancias y subidas inflacionarias.
Aquí consideramos sólo los '20.
La sobreacumulación en relación al consumo opera
del siguiente modo: el aumento de la productividad del trabajo combinado
con el estancamiento salarial produce una baja en el consumo de los trabajadores
y, al mismo tiempo, un aumento en las tasas de ganancia (en tanto la demanda
agregada siga siendo suficiente) como se vio en los sectores corporativos
a fines de los '20. La demanda agregada sigue siendo suficiente mientras
que las ganancias altas sigan estimulando la inversión (crecimiento
orientado hacia la ganancia). Las tasas altas de ganancia son difíciles
de sostener, por los bajos ingresos de los trabajadores, aunque tanto la
inversión como a gastos suntuarios de los capitalistas (las otras
fuentes internas de demanda) resultan aún más inestables
que el consumo de los trabajadores. En estas condiciones, el gasto de los
trabajadores va más allá de los límites impuestos
por sus salarios porque se apoya en el crédito. Sumado a esto, las
inversiones fijas crean nuevas capacidades que implican la necesidad a
futuro de crecimiento de las inversiones, del consumo suntuario de los
capitalistas y del consumo de los trabajadores basado en el crédito.
Puesto que esos ítems son inestables, la economía norteamericana
se tornó cada vez más frágil (tendiente al colapso)
a medida que avanzaban los años 20. Esto significó que la
prosperidad fue más vulnerable a sacudidas como el colapso de la
Bolsa, que puede ser explicado por la política económica
de fines de esa década.
Fue después de producido el colapso que la capacidad ociosa,
la deuda excesiva y los pronósticos pesimistas (basados en una economía
deprimida) bloquearon la acumulación posterior. Entonces, la competencia
entre capitalistas llevó a la caída salarial la cual, a su
vez, produjo la caída del consumo y, posteriormente, la recesión.
Esta "trampa de la caída del consumo" ayudó a la prolongación
del estancamiento porque favoreció la persistencia de los factores
que frenaban la acumulación. Sumado a esto, la caída de los
precios acrecentó el valor real de las deudas produciendo una ola
de bancarrotas y la depresión posterior (cf. Fisher, 1933).
La economía norteamericana, por supuesto, no constituye la economía
mundial. En mi artículo de 1994, argumenté que la aparentemente
excesiva atención prestada a la economía de los Estados Unidos
en los años 20, se justifica por el estancamiento relativo de la
mayoría del mundo industrializado y de casi todos los productores
de materias primas (incluyendo a EE.UU.) luego de la Primera Guerra Mundial.
Gran parte de la prosperidad que se vio en lugares como Alemania durante
la década de 1920 era dependiente del crecimiento de la economía
norteamericana. El lento ritmo de crecimiento de la economía mundial
hizo difícil a EE.UU. mantener el aumento de las tasas de ganancia
con un crecimiento de las exportaciones netas. En definitiva, significó
que la crisis financiera fuera de Norteamérica pudo infectar la
prosperidad de ese país y así fue que, cuando Estados Unidos
colapsó, lo mismo ocurrió en el mercado mundial.
El estancamiento mundial en sí mismo puede ser explicado por
la etapa del capitalismo predominante en el período entre las dos
guerras mundiales, que involucró una competencia intensa entre los
estados-naciones. La rivalidad interimperialista incentivada por la Primera
Guerra Mundial también estimuló el fuerte proteccionismo
de los años 20 que devino en guerras comerciales durante los '30,
en parte como resultado de la decisión de Estado Unidos de incrementar
el proteccionismo en 1930 con la tarifa Hawley-Smoot.
Por lo tanto, observo a las descomunales fallas políticas del
período entre guerras no sólo como resultado de la ignorancia
en materia económica sino más bien como el resultado de la
política económica mundial. Dado que EE.UU. no había
alcanzado aún el status de superpotencia y que durante los años
20 todavía era en ese país muy grande el sector productor
primario, no pudo asumir la responsabilidad (que Kindleberger le asigna)
de estabilizar al mundo hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
La política deflacionaria consensuada que Temin describe puede ser
explicada como parte de la ofensiva capitalista de la primera posguerra
que se propuso reducir las ganancias de los trabajadores, frenar la incontrolable
inflación y restaurar las tasas de ganancia en baja. Teniendo presente
la influencia de este movimiento no resulta sorprendente que la élite
política no se interesara en revertir el colapso de 1929-1933 hasta
que fue demasiado tarde, tal como lo explican Epstein y Ferguson (1984).
El futuro
¿Hasta qué punto podemos utilizar este episodio histórico
para entender la situación en 1999? Aunque muchas partes del mundo
como Indonesia ya se encuentran en situaciones de depresión profunda
y países como Brasil están dañados gravemente, no
debemos asumir que la historia se repite de manera exacta. Sin embargo,
puesto que existen suficientes similitudes, una profunda depresión
a escala mundial que incluye a EE.UU., parece plausible.
Comenzando por la economía internacional, las diferencias entre
1920 y 1990 parecen a primera vista enormes. A diferencia de la competencia
agresiva entre las naciones capitalistas líderes del período
de la primera posguerra, Estados Unidos ha sido la potencia hegemónica
durante más de 50 años. La Unión Europea forma parte
de una OTAN dominada por Norteamérica, mientras que Japón
está fuertemente maniatado por una red de convenios internacionales.
Además, las tendencias de las barreras tarifarias han descendido
durante varias décadas. Pero la competencia internacional está
sufriendo en la actualidad un impacto tan diferente como igualmente desastroso.
En lugar de la competencia proteccionista, vemos lo que podría
denominarse una austeridad competitiva y la promoción del comercio.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos comenzó el proceso
de unificación mundial bajo el Acuerdo General sobre Comercio y
Tarifas (GATT), actualmente llamado Organización Mundial del Comercio.
El viejo sistema de industrialización a través de la sustitución
de importaciones que prevaleció en gran parte de América
latina, en Filipinas y en otras partes, en gran medida ha venido siendo
minado o destruido por el GATT, especialmente porque fue impuesto bajo
presión de Estados Unidos, el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional. Mucho más importante que el comercio ha sido la movilidad
del capital a nivel internacional en busca de bajos salarios, una fuerza
trabajadora obediente, exenciones impositivas y un tratamiento permisivo
para con la contaminación ambiental. Las naciones del mundo, en
particular el estrato que está por encima de los países
africanos más pobres y los países subdesarrollados de Europa,
se han visto involucrados en una creciente competencia para atraer las
inversiones tratando de bajar sus estándares. Cada vez más,
mayores porciones la clase obrera mundial se encuentran envueltas en la
competencia internacional por favorecer al capital con un tipo de trabajo
abundante a escala mundial.
El nuevo consenso deflacionario se basa más que en la debilidad
global del capitalismo en la fortaleza de Estados Unidos, el Banco Mundial
y el FMI. El poder de esa tríada se intensificó con las crisis
de las deudas en los años 80 y con el colapso de la Unión
Soviética (su principal competidor) en los '90. Preocupándose
sobre todo por promover la competitividad de los bancos y los negocios
y la ideología neoliberal, ninguna de las élites políticas
de estas instituciones fue consciente del potencial deflacionario de la
generalización de la austeridad competitiva y de la promoción
de las exportaciones. Es imposible que todos los países reduzcan
la demanda y tengan un balanza comercial con superávit, sin que
provoquen una depresión mundial.
El resultado se hizo evidente en 1997, cuando el "milagro económico"
del Sudeste Asiático colapsó financiera y económicamente.
Las devaluaciones competitivas que evocaban a las de comienzos de los '30
no ayudaron a la recuperación de esas economías, en tanto
que se incrementaron los costos –con respecto a sus monedas– de la deuda
externa, de los servicios de la deuda y del precio de importaciones cruciales.
Esta crisis financiera se difundió hacia Rusia en 1998 y hacia Brasil
en 1999. Al mismo tiempo, Japón se encontraba en recesión
y la Unión Europea estancada. Cabe esperar que esta última
se mantenga estable puesto que el Banco Central Europeo demostró
la solidez del nuevo Euro manteniendo altos los intereses.
En este contexto, los Estados Unidos son uno de los pocos focos de
luz en la oscuridad de la economía mundial, ayudando a prevenir
los colapsos mediante un déficit comercial récord (véase
Evelyn Iritani, 1998). Aunque ha venido reduciendo los salarios reales
o restringiendo y/o eliminando los programas gubernamentales y aunque es
parte de la austeridad competitiva mundial, Norteamérica no toma
aún parte en los esfuerzos internacionales tendientes a la reducción
de las importaciones y la expansión de las exportaciones. Pero no
está claro hasta cuándo los Estados Unidos podrán
seguir acumulando deuda externa, especialmente cuando la creación
del Euro amenaza su facultad de imprimir dólares para cancelar las
deudas externas.
En mi artículo de 1994 ponía en duda la posibilidad de
la repetición de un proceso de aumento de la ganancias como el de
1920 y la posibilidad de un colapso catastrófico. Sin embargo, desde
que escribí ese artículo las tasas de ganancia, las inversiones
y, quizá, la productividad laboral han aumentado vertiginosamente.
Por lo tanto, he cambiado de opinión. El poder y la capacidad del
capitalismo norteamericano para aumentar las tasas de ganancia está
yendo muy lejos, igual que en los años 20. E igual que en aquel
período, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado por más
de una década, las tasas de ganancia han aumentado abruptamente
y las acciones pasan por una etapa de prosperidad. Igual que en 1920 la
atmósfera se encuentra teñida por la arrogante y pretenciosa
retórica económica del laissez-faire y de la "Nueva Era",
llamada también "La Economía Nueva". Estados Unidos se ha
beneficiado con la reciente caída en el precio del petróleo
y otras importaciones. Pero, de la misma manera que en 1920, la caída
de los precios es un síntoma del estancamiento global que está
golpeando a los productores de materias primas de ese país. Y como
en los '20 las inversiones norteamericanas parecen estar pasándose
de la raya (véase Charles Clough, 1998).
Vemos, igual que en 1920, que la demanda a nivel de consumo –incluida
la construcción de viviendas– se ha mantenido (incluso incrementado).
Pero se basa crecientemente en la acumulación de deuda, en la reducción
de los ahorros y en la fe de que la Bolsa permanecerá en alza para
siempre. A medida que esta situación se torne inviable, este tipo
de demanda vacilará. No está claro por cuánto tiempo
los consumidores norteamericanos podrán acumular deuda y cuánto
podrá retrasarse el inicio de la caída de la Bolsa. Por lo
tanto, es posible que la prosperidad se termine en Estados Unidos. Esto
favorecerá la caída en una profunda recesión del resto
del mundo, de manera tal que se alcance la peor pesadilla económica.
Pero ¿qué política económica podría
prevenir este futuro?
El gobierno federal norteamericano, alejado del keynesianismo, no se
interesa en la estabilización de la economía. El énfasis
está puesto en el equilibrio del presupuesto lo que le impedirá
salvar a la economía cuando y si comienza la caída. (El entusiasmo
actual del presidente Clinton en gastar los excedentes presupuestarios
se evaporará con esos mismos excedentes). De hecho, dado el estado
de ánimo imperante especialmente en los gobiernos estatales, la
recesión podría favorecer un aumento de los impuestos o recortes
en programas que profundizarían esa recesión. Debido a las
reformas en el asistencialismo y los cambios en el sistema tributario,
los gobiernos no pueden incrementar sus gastos automáticamente,
como solían hacer cuando la recesión golpeaba, y por lo tanto
la intervención para moderar los efectos recesivos es más
débil de lo que era décadas atrás.
En definitiva todo depende de la Reserva Federal. En 1998, Alan Greenspan
redujo las tasas de interés como modo de prevenir el desastre financiero
y la recesión. Los principales bancos europeos también bajaron
los intereses alarmados por la situación. Como resultado de esto,
el mercado financiero se mantuvo más o menos bien. En teoría,
la disponibilidad de moneda podría prevenir la recesión:
las tasas bajas de interés favorecen el gasto especialmente en viviendas.
Hasta el momento los bancos han tenido éxito en la contención
de la marea, junto con algunos observadores que se muestran menos temerosos
frente al futuro. El problema es que, si la Reserva Federal tiene éxito
no sólo en el incremento de la inversión en bienes raíces
sino también en la inversión en equipamiento e infraestructura,
esto crearía una capacidad que necesitaría de una expansión
de la demanda que podría volverse rápidamente insostenible.
En el mismo sentido, cuando las deudas de los consumidores se incrementen
se volverá cada vez más difícil vender la creciente
construcción de viviendas. Debe señalarse que cualquiera
sea el éxito que obtenga la Reserva Federal, éste no podrá
ser a expensas de la acumulación de deuda por parte de individuos
y corporaciones. Dado que tanto la capacidad industrial como la deuda pueden
representar barreras para el crecimiento en el futuro, cuanto más
se prolongue la capacidad de la Reserva Federal para retrasar la recesión,
se acumularán más desequilibrios que podrán sabotear
la expansión y luego bloquear la recuperación.
Dicho de otra manera, para evitar la recesión, las tasas de
interés deberán ser disminuidas constantemente hasta que
se devalúe el dólar y haga que los rentistas protesten. A
la larga se alcanzarán los límites y el boom norteamericano
tambaleará. Luego, los principales bancos rescatarán a los
especuladores financieros, alentándolos para que nuevamente pequen
causando booms y sacudidas financieras que interrumpirán el frágil
proceso de crecimiento. Dada la lenta recuperación del Sudeste Asiático
(incluido Japón), Rusia y algunos otros países y, estando
previsto un desaceleramiento de la economía en Europa Occidental,
no parece plausible que el resto del mundo pueda recuperarse antes de que
el crecimiento en los Estados Unidos colapse. Por lo tanto, podría
confirmarse la predicción de una depresión.
El autor de este artículo, escrito en enero de 1999, es Profesor de Economía en la Marymount Loyola University, L.A., USA. Fue traducido por Paula Muriel Belmes.
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