Vega Cantor, Renán; El caos planetario.
Ensayos marxistas sobre la miseria de la mundialización capitalista;
Bs. As., Editorial Antídoto, 1999.
El libro del que nos ocupamos en este comentario es fruto de un tenaz
esfuerzo orientado a elaborar una crítica sólida y profunda
de las tendencias actuales del capitalismo mundial, de sus contradicciones
y de sus aspectos más catastróficos y regresivos. Es también
un intento de consolidar y ampliar el potencial crítico del método
marxista de análisis de la realidad, sobre la base de fortalecer
el diálogo con las otras expresiones del pensamiento crítico
y las identidades que se forman a partir de ellas (teología de la
liberación), con grupos que luchan contra distintas formas de opresión
(feministas, indígenas) y contra las tendencias más regresivas
y destructivas del capitalismo finisecular (flexibilización toyotista,
xenofobia, destrucción del medio ambiente, etcétera).
Vega Cantor plantea la posibilidad de este diálogo intelectual
y político a partir de la fundamentación de una crítica
marxista a la idea de progreso. El punto de partida de esta tarea es la
revisión de algunos de los esfuerzos más tenaces para despojar
al marxismo de sus vestigios racionalistas y sus tendencias a una visión
unilineal y eurocentrista de la historia de las sociedades humanas (W.
Benjamin, W. Morris, T. Adorno, H. Marcuse, J. Mariátegui). En base
a la elaboración crítica de estos aportes y experiencias,
el autor de El Caos... intenta aportar algunos elementos para una visión
marxista del mundo contemporáneo que no sea tributaria de la idea
de progreso. Vega Cantor trabaja alrededor de los siguientes ejes: a) la
denuncia de la falsa neutralidad del progreso científico y tecnológico;
b) las consecuencias destructivas del progreso industrial sobre la naturaleza
y las condiciones de vida; c) el rescate de distintos movimientos sociales
opuestos al progreso capitalista; d) la diferenciación entre progreso
moral y progreso económico y tecnológico. Sobre la base de
estos elementos el historiador colombiano propone colocar en el centro
de las propuestas de un nuevo movimiento socialista, la idea de la
revolución no como el relevo de la burguesía por el proletariado
en la carrera de postas hacia el progreso lineal sino como la lucha del
conjunto de los explotados para detener las tendencias destructivas del
capitalismo.
A la hora de enjuiciar a la apología del progreso como un discurso
encubridor de las prácticas más asociales y deshumanizadas
del capitalismo contemporáneo, Vega Cantor nos entrega algunos de
los análisis más agudos de su libro. En su mirada sobre la
mercantilización de la naturaleza y el cuerpo humano (saqueo de
recursos, tráfico de órganos, biopiratería)
traza un interesante paralelo con el rol que jugó la violencia a
escala mundial en el proceso de acumulación del capital en los siglos
de la formación de la economía-mundo. Los laboratorios de
los países imperialistas y sus empresas depredadoras son los nuevos
piratas y corsarios del mundo globalizado. Tanto hoy como hace quinientos
años, los fenómenos que el pensamiento dominante intenta
mostrar como procesos naturales, están vehiculizados por medio de
la violencia (física o económica) que es el motor de la transferencias
de recursos y la expoliación de unos pueblos por otros.
En lo concerniente al diálogo entre las corrientes clásicas
de la izquierda y los movimientos y corrientes no marxistas, El Caos...
propone transitar el camino de la relación madura que descarta el
echar por la borda toda la tradición revolucionaria y la recepción
acrítica de todo lo proveniente de los espacios que se reclaman
contestatarios. Luego de señalar la convivencia de corrientes anticapitalistas
junto a corrientes nihilistas y reaccionarias en el seno del movimiento
ecologista y el feminismo, se ocupa de estudiar una corriente ideológica
y política alrededor de la que se tejieron un montón de expectativas
y malentendidos en las últimas tres décadas de la historia
de las luchas revolucionarias en América latina. Vega Cantor analiza
los puntos de sutura y las líneas de fuga entre el marxismo y la
teología de la liberación en una revisión bastante
completa del pensamiento de los cristianos revolucionarios y sus intentos
de construir espacios críticos en el seno de las iglesias latinoamericanas
(comunidades de base) y su lucha contra el clero aliado a las oligarquías
reaccionarias y proimperialistas. De la misma manera Vega Cantor pasa revista
a la visión de la religión en el pensamiento de izquierda
a partir de la obra de Marx y Engels, haciendo hincapié en algunos
elementos poco desarrollados de un problema cuyo análisis en el
corpus marxista tiene un sabor a debate trunco del que aun quedan páginas
por escribir.
En nuestra opinión el abordaje de las relaciones entre marxismo
y teología de la liberación, entre militancia de izquierda
y cristianos de base es un aporte particularmente interesante para los
lectores que, como el caso del autor de estas líneas, provenimos
de una tradición intelectual y revolucionaria fuertemente identificada
con el agnosticismo radical. Lejos de la apología ingenua de cualquier
sector religioso que se reclame progresista y de la demagogia procristiana
de algunas corrientes de izquierda populistas y oportunistas (de las cuales
la Argentina de los años 80 y 90 conoció varios ejemplos),
Vega Cantor nos propone un camino distinto. Un diálogo maduro que
rescate, aún desde la divergencia, las muestras más genuinas
de la participación de los cristianos, en distintos movimientos
sociales en Latinoamérica (MST en Brasil, revolución sandinista,
el gobierno de Aristide en Haití y la participación de sacerdotes
de base en el movimiento zapatista en Chiapas) y las diferencias del supuesto
progresismo de ciertos obispos de nuestros países que hacen valer
su influencia para frenar conflictos y constituir un puente de negociación
entre gobiernos neo-liberales en retirada y centro-izquierdistas siempre
listos para suplantarlos. Un diálogo que nos aporte a las corrientes
de fuerte tradición obrerista elementos para la mejor comprensión
del universo mental de nuestras poblaciones rurales con su cúmulo
de identidades étnicas y el conjunto de horizontes culturales de
que son testimonio viviente. Un diálogo que, más allá
de toda demagogia, nos permita a los militantes y organizaciones que abrevamos
en una tradición agnóstica, y que pensamos seguir haciéndolo,
reclamar el respeto a nuestra identidad en el marco de la construcción
de grandes redes de comunicación basadas en la pluralidad de identidades
y experiencias que conviven en el seno de los explotados del mundo.
A la hora de ensayar una síntesis de los trabajos que integran
El Caos... Vega Cantor intenta trazar un boceto de ese socialismo libertario
y autogestionario que debe nacer de la superación revolucionaria
del capitalismo inhumano. Ese nuevo sistema que debe basarse en la crítica
por los hechos del progreso capitalista, encarnada en el surgimiento de
espacios autónomos en donde los productores directos empiecen a
ensayar la gestión directa del conjunto de procesos que afectan
a sus condiciones de vida y de esa manera constituir embriones de nuevas
relaciones sociales de un sistema de democracia directa. Tal vez es en
este punto donde le haríamos un pequeño reproche al profesor
Vega Cantor, en el sentido de que nos hubiera gustado que profundizara
un poco más el trabajo de síntesis en la elaboración
de propuestas y esquemas tentativos para plasmar en el terreno de la praxis
política y el movimiento de masas las formas del diálogo
abierto entre las distintas corrientes y movimientos que luchan contra
la opresión en todas sus formas. Sin embargo, analizando El Caos...
en el marco de la tarea intelectual que viene desarrollando desde hace
años este historiador colombiano para remozar y fortalecer el pensamiento
marxista para el milenio que comienza, estamos seguros de que con los próximos
frutos de su producción nos seguirá aportando nuevos elementos
para la reflexión y el debate en el seno de las fuerzas revolucionarias.
Daniel Omar de Lucía
“La recuperación del marxismo como una filosofía de
la praxis”
(A propósito de: Néstor Kohan, Marx en su (Tercer)
Mundo. Hacia un socialismo no colonizado, Buenos Aires, Biblos, 1998,
270 páginas).
Un libro que indague en el pensamiento filosófico de Marx y procure
recuperarlo como herramienta revolucionaria, siempre es útil. Cuando
ese texto, además, no apela a las complacencias fáciles y
se lanza, valientemente, a un balance descarnado de las vicisitudes que
ha soportado la tradición ideológico-política encarnada
en el autor del Manifiesto Comunista, el provecho es aún mayor.
Finalmente, si todo este proyecto es realizado con un alto nivel de erudición
y calidad, pero sin recurrir a una retórica hueca y academicista,
sino desplegando un discurso encendido y militante, nos encontramos con
un escrito verdaderamente valioso. Este es el caso de la obra de Néstor
Kohan, joven docente e investigador en Filosofía de la UBA, que
tenemos el agrado de comentar.
El objetivo de este libro puede comprenderse mejor a la luz de su caracterización
de la realidad en la que estamos inmersos. Esta es descripta por el autor
en forma brutal, como si se quisiera desbaratar todo optimismo vano: vivimos,
nos dice, una etapa de derrota social, política e ideológica
del movimiento popular y revolucionario. Según Kohan, lo que hoy
estamos padeciendo no es una victoria burguesa más, pues lo que
el capitalismo pretende aniquilar son los valores y la memoria misma de
la lucha socialista, en una ofensiva que quiere coronarse con la total
expropiación de la teoría revolucionaria. El desprecio por
el trabajo teórico, la subestimación de la necesidad de una
batalla cultural de resistencia y la cristalización dogmática,
que inficionaron al movimiento socialista, colaboraron en este coyuntural
triunfo burgués. Frente a este panorama, Kohan propone redoblar
el combate pero superando éstas y otras viejas limitaciones. Su
camino es el de emprender, desde las nuevas condiciones imperantes en el
Tercer Mundo, un replanteamiento global del pensamiento marxista que pulverice
los obstáculos representados por viejos esquemas, visiones colonizadas
y creencias coaguladas. Para abordar esta tarea, el autor nos propone un
revisionismo, despojado del contenido que este término asumió
la mayor parte de las veces en la tradición marxista; es que hoy
se trataría de revisar “no para adaptarnos al régimen del
capital y de sus portavoces sino para volvernos más radicales que
nunca”.
El texto aparece estructurado en una serie de ensayos que están
concatenados pero que, a la vez, pueden ser leídos con cierta autonomía.
Nos resulta imposible detenernos en cada uno de ellos; señalemos,
al menos, los dos hilos conductores que los recorren: por un lado, realizar
una revisión crítica del pensamiento inaugurado por Marx
y de la hermenéutica marxista “oficial” que hicieron los que se
ubicaron como sus sucesores; y por el otro, proponer una recuperación
del marxismo entendiéndolo (tal como lo hiciera Gramsci) como una
filosofía de la praxis.
Por una parte, Kohan se propone demostrar como durante casi un siglo
se han ido superponiendo sucesivos intentos por “sistematizar” el pensamiento
marxista, construyendo una única, aunque multiforme, “interpretación
oficial” del mismo. Según ésta, el marxismo quedó
definido como una filosofía metafísica de la materia y como
un dogma universal y necesario. Uno de los mayores aciertos de este libro
es su reconstrucción, a través de una genealogía histórica,
de las formas como se intentó convertir al marxismo en un cuerpo
de doctrina cerrada y reglamentada. Kohan, en su recorrido de la “penosa
marcha” del DIAMAT y del HISMAT -tal como los soviéticos denominaban
al materialismo dialéctico y al materialismo histórico, respectivamente-
va situando los jalones de esa codificación. Y lo hace sin ningún
prejuicio, poniendo en evidencia como en el Engels del Anti-Dühring,
en las visiones de ciertos referentes de la IIª Internacional (Plejánov
o Kautsky), en el Lenin de Materialismo y empiriocriticismo (de 1908),
es posible encontrar antecedentes o elementos de los que luego se sirvió
Stalin para consagrar su canonización. Pero Kohan también
alerta que existió una autocrítica filosófica en Lenin
(un viraje siempre ignorado por la vulgata), el que emprendiera en sus
apuntes de 1914-16 (publicados en su Cuadernos filosóficos) de redescubrimiento
de Hegel, en donde supera el objetivismo naturalista de Plejánov
y rompe con la visión del realismo ingenuo que prioriza la “realidad
del mundo exterior” al margen de la voluntad y de la praxis humanas, así
como de la cultura y de la historia.
Realizada esta empresa de esterilización del pensamiento de
Marx, el autor encuentra que, finalmente, la positividad aplastó
a la negatividad, la legitimación a la crítica, el sistema
al método, la lógica a la historia y la cita a la reflexión.
Los manuales divulgadores del DIAMAT aparecieron como el emblema de este
empeño fosilizador. Es muy interesante el esfuerzo realizado por
Kohan en examinar los intentos que se hicieron en ese sentido por parte
de numerosos soviéticos, Politzer, Garaudy y otros. En ese contexto,
el autor destaca la atípica producción de H.Lefebvre. Kohan
introduce una caracterización polémica, al plantear la continuidad
que habría expresado la obra filosófica de Trotsky (a pesar
de su concepción no lineal de la historia basada en la ley del desarrollo
desigual y combinado) y la mayor parte de sus seguidores (como Novack en
el ámbito de la filosofía) con respecto a esta concepción
“oficial” del DIAMAT. Nos parece que es un mérito del autor introducir
el problema, pero creemos que no alcanza a demostrar acabadamente esta
hipótesis, especialmente cuando plantea una división entre
los trotskistas que habrían “roto definitivamente con la ortodoxia”
(E.Mandel) y los que no (Nahuel Moreno). El autor comete el desacierto
de evaluar a este último a partir de un supuesto libro que en verdad
éste nunca concibió, y no a partir de su principal obra en
estas temáticas, Lógica marxista y ciencias modernas; por
otra parte, sería útil recordar que Moreno fue, junto a Milcíades
Peña, uno de los primeros propagandizadores de Lefebvre en la Argentina.
Nuestras dudas se acrecientan cuando el autor coloca a M.Harnecker como
ejemplo de un claro intento de divulgación alternativa al DIAMAT.
Por otra parte, el autor nos describe los efectos letales que la aplicación
de esta “pedagógica” filosofía universal de la historia,
en versión “marxista”, tuvo en el Tercer Mundo (y, específicamente,
en América latina). En primer lugar, porque habría derivado
en un desprecio teórico hacia los problemas de estas regiones. En
segundo lugar, por su carácter prescriptivo-normativo, basado en
el “modelo clásico” europeo, que adquirió un rasgo metafísico
(pretendidamente válido para todo tiempo y lugar) y fatalista (ya
que partía de concebir una historia organizada como una serie invariante
de fases que, a modo de escalera, se sucederían necesariamente unas
a otras). Kohan rescata el esfuerzo de algunos latinoamericanos que se
resistieron a aplicar este modelo e intentaron crear una original perspectiva
teórica socialista. En ese recorrido de nombres que nos propone
el autor, uno de los que justificadamente emerge como predominante es el
de Mariátegui.
Es desde su impugnación al marxismo momificado como “materialismo
dialéctico” que Kohan propone avanzar hacia la reconstrucción
de un marxismo entendido como filosofía de la praxis, activista,
humanista y libertaria. Para ello se lanza a un rescate de la centralidad
que debería reocupar la categoría de praxis, es decir, la
actividad práctica humana de transformación del mundo objetual.
Esto lo conduce a la definición del marxismo como “humanismo absoluto”,
tal como lo entendiera Gramsci. Pero también como “historicismo
absoluto”. Aquí la inmanencia no se remite a un “hombre en general”,
concebido como esencia ahistórica, sino que se articula con relación
a la praxis inexorablemente histórica de la humanidad. Con este
enfoque, Kohan ataca a las modas intelectuales útimamente imperantes,
como el estructuralismo, el posestructuralismo y el posmodernismo, para
las cuales, según su lógica de determinismos económicos,
ideológicos o discursivos, el sujeto humano es un mero soporte,
portador o mensajero de estructuras, superestructuras, discursos o poder.
Para él, el marxismo debe postularse como una filosofía de
combate que, reconociendo la necesidad de los enfrentamientos parciales,
no renuncie a los proyectos globales. Es que el autor duda de la creencia
hoy tan extendida de que sólo exista margen para las luchas fragmentarias
y circunscriptas a los micromundos de cada movimiento social, sin poder
articular los múltiples sujetos en una totalidad rica pero integradora.
Para Kohan, esta recuperación filosófica del marxismo que
propone sólo es concebible ejerciendo una crítica de sus
presupuestos epistemológicos, lógicos, sociológicos,
históricos, antropológicos y económicos. Esto permitiría
rediscutir los problemas y categorías clásicas: trabajo,
fetichismo, historia, progreso, libertad, poder, modernidad, a los cuales
el autor dedica varios ensayos de la obra.
Para finalizar, si es elogiable la forma como el autor extrae las conclusiones
del momento de desconcierto y desasosiego que existe en el movimiento y
en la teoría marxista, nos resulta objetable, en cambio, que la
caída del Muro de Berlín sea señalada como una “derrota”,
y que sea vista como profundización de otra, la del exterminio de
la generación revolucionaria de los años ’70. Creemos, en
cambio, que si hoy es posible ponerse de acuerdo en la necesidad de demoler
los dogmas erigidos por el stalinismo, es, precisamente, porque ese muro
(símbolo de opresión política, explotación
burocrática y barbarie teórica) ha sido demolido por sus
propias víctimas, sentando la posibilidad para la reconstitución
de una conciencia verdaderamente socialista. Por ello, no podemos dejar
resquicio alguno que despierte nostalgia por aquella pared. Viendo en su
caída sólo una “derrota”, estaríamos embelleciendo
involuntariamente su existencia. Lo que debemos lamentar, más bien,
es la tardanza con la que se produjo ese derrumbe.
Esta acotación crítica, no obstante, no nos lleva a empañar
la enorme valoración que hacemos de este texto. Es mucho lo que
podemos elogiar de él: sus inteligentes hipótesis, su completa
documentación, el estilo depurado (aunque desacartonado) con el
que ha sido escrito. Sin embargo, elegimos cerrar este comentario destacando
el lugar que el autor de este libro se propone ocupar: el del cuestionamiento
radical del régimen capitalista. Es por ello que no duda en definir
a su obra como escrita a contracorriente de las tendencias ideológicas
dominantes y del poder, sin interés por subirse al carro sangriento
de los vencedores y de sus industrias culturales. Que hoy un intelectual
se sitúe de esta manera en el paisaje lúgubre que nos obsequia
este bárbaro capitalismo globalizado, no es un mérito menor.
(Hernán Camarero)
China. La Larga Marcha. De la revolución
a la restauración, por Virginia Marconi.
Editorial Antídoto, Colección Herramienta, Buenos
Aires, 1999.
“Larga noche en nuestros cielos tan lentos en alumbrarse.
Un siglo de demonios tan ligeros en bailar;
Quinientos millones de hombres carentes de unidad”.
Poema de Mao Tse Tung, 1961
Virginia Marconi ha realizado una investigación sobre la naturaleza,
historia y desarrollo de la Revolución China –en realidad de las
diversas revoluciones chinas de este siglo-, tratando de comprender, tras
una paciente búsqueda documental de varios años, el significado
del maoísmo y del comunismo en esa nación-continente asiática.
No ha sido fácil la faena pero la autora ha resuelto muchos
de los problemas en cuanto a fuentes e información de manera conveniente.
No se trata de un libro de erudición estéril sino de una
interpretación a la luz del marxismo de uno de los acontecimientos
político-sociales más significativos del siglo XX: el surgimiento
del gigante asiático y el triunfo del Partido Comunista Chino en
1949.
De la pasión maoísta que gran parte de la izquierda mundial
enarboló junto al Libro Rojo de Mao en los años sesenta,
poco ha quedado. La actual coyuntura mundial, la reconversión capitalista
e imperialista, la caída de la Unión Soviética y la
crisis de los denominados socialismos reales junto con la de la socialdemocracia
occidental y del populismo de signo nacionalista revolucionario, permiten
nuevos y renovados balances.
En el libro desfilan los hechos, avalados por reconstrucciones
de época, sucesos y concepciones político-culturales y, fundamentalmente,
socioeconómicas. La autora ha sido objetiva en esas recostrucciones
e inserta diversas interpretaciones y opiniones sujetas al debate que es,
me parece, la mayor pretensión de este libro.
De eso se trata. Debatir sobre la naturaleza de la Revolución
China, sin dogmas ni apologías, para tratar de extraer algunas lecciones
de la historia. Para ello la autora aborda inteligentemente temas
como El Movimiento del Cuatro de Mayo (1919), el Kuomintang del doctor
Sun Yat Sen y el derechista de Chiang Kai Shek, la compleja formación
del PCCh, la masacre de Shanghai (1927), el soviet de Cantón, el
Ejército Rojo, la actividad de la Comintern, el estalinismo, el
Gran Salto Adelante (1958-1960), el fracaso de la colectivización
forzosa, la tragedia de la Revolución Cultural (1966-1976),
la personalidad paradigmática de Mao Tse Tung, la masacre de Tiananmen,
la sociedad china, la década de Deng Xiao Ping y la
restauración capitalista actual en tanto y en cuanto haya sido comunista
el modo de producción y la sociedad que se desarrolló entre
1949-1977.
Partido obrero y revolución campesina
Hay un tema central que plantea la autora y que trasciende, incluso,
al tema del libro. El problema de la democracia socialista. Mientras la
socialdemocracia occidental siempre se amoldó al sistema capitalista,
el comunismo en Rusia, China y en otras regiones, planteó la cuestión
del poder político y lo tomó efectivamente aunque nunca pudo
resolver la cuestión de la democracia, talón de Aquiles que
terminó con muchas experiencias en estos finales del siglo XX. El
comunismo, el maoísmo, el trotskismo y otras expresiones concretas
o doctrinarias, fueron insuficientes a la hora de la construcción
de una nueva democracia sobre los restos de la sociedad burguesa o semifeudal
anteriores.
Pero hay algo más en este libro que nos plantea interrogantes
y dudas sobre la tesis de la autora. Si el triunfo comunista chino en 1949,
fue el de una revolución antiimperialista y antiburguesa y no una
revolución obrera y socialista. Si fue o no una revolución
proletaria, si existía la posibilidad de una supuesta revolución
obrera industrial en una nación eminentemente campesina y si la
tesis maoísta del repliegue al campo contribuyó o no
a construcción de un partido revolucionario marxista-leninista o,
como cree la autora, ese repliegue producido después de grandes
derrotas y masacres reaccionarias lo que generó fue la formación
de un partido-ejército que “finalmente tomó el poder a la
cabeza de las masas campesinas”.
Virginia Marconi expone la teoría clásica de León
Trotsky, o mejor dicho, de algunas corrientes del trotskismo, sobre el
partido obrero anticapitalista y se basa en la posición que sostuvo
el mártir de Coyoacán que aconsejó, luego de los fracasos
estratégicos y tácticos de la Comintern, que indicaba replegarse
con la clase obrera en las ciudades y no elegir la vía campesina.
En nuestra opinión fue imposible ese repliegue en las ciudades
porque las fuerzas militares represivas del Kuomintang y de los intereses
imperialistas, tanto occidentales como luego japoneses, habían aniquilado
la resistencia obrero-sindical comunista y doblegado a la incipiente como
heroica labor de la militancia revolucionaria. En un informe de 1931, Hon
Sin, que se difundió en Buenos Aires, explicaba las dificultades
tremendas del desarrollo de las fuerzas proletarias comunistas en las ciudades
bajo el implacable terror blanco (VII.- El movimiento obrero, en ¡Por
China Soviética! El movimiento soviético en China y las tareas
del Partido Comunista chino, publicación del Bureau Sudamericano
de la Internacional Comunista, en Archivo de la Fundación Juan B.
Justo).
Pero hay algo más. ¿Era posible un partido obrero puro
en una nación campesina que conservaba, mucho más que la
Rusia de 1917, formas semifeudales de producción en diversas regiones
del país? No era posible, no fue posible. Entonces ¿la Revolución
China desde la Larga Marcha fue una caricatura de revolución comunista,
tuvo solo aspectos antiimperialistas y una utópica visión
antiburguesa? La cuestión está en debate y en nuestra opinión
la autora parece simplificar aspectos del inmenso movimiento de la revolución
comunista asiática, que con sus luces y con sus sombras, con sus
triunfos y sus derrotas condujo la revolución comunista triunfante.
Desde luego que también está en debate si las experiencias
comunistas revolucionarias y las socialdemócratas han sido, como
decía la italiana Rossana Rosanda, formas presocialistas, pero lo
cierto es que todas esas prácticas sociales, realizaciones y experiencias,
constituyen una base para la construcción del socialismo y del comunismo
en el nuevo siglo. Habrá que aprender de los errores y de los aciertos,
pero el legado existe. No se comienza de la nada como en 1905 y 1917.
Hay que agregar que el triunfo chino de 1949 no fue solo a partir del
cerco de las ciudades por el campo. La revolución eminentemente
campesina no hubiera podido imponerse y consolidarse ante las fuerzas de
Chian Kai Shek, sin la rebelión en las ciudades y esa insurrección
fue protagonizada por el proletariado urbano industrial, los empleados
y la población general.
Con m ás de mil millones de habitantes que pueblan hoy
los nueve millones y medio de kilómetros cuadrados de su territorio,
la República Popular China se ha transformado en una potencia mundial
de insoslayable importancia de cara al siglo XXI. Desde luego que la reconversión
capitalista de los últimos veinte años se explica,
entre otras razones, por el modelo anterior de capitalismo de estado y
las formas deficientes de colectivización: Porque hubo intentos
de colectivización, especialmente en el campo y en algunas industrias,
aunque, es cierto, la autogestión, el control popular y la democracia
estuvieron ausentes.
Liu Shao Chi y Mao Tse Tung
La autora no ha analizado totalmente, es probable que lo realice en
una nueva edición aumentada, el enfrentamiento entre los dos líderes
fundadores del PCCh, Liu Shao Chi y Mao Tse Tung. No fue solo una pugna
personal, lo que Carl Smith denominaría “en la trastiendad del poder”.
Hubo un enfrentamiento político-ideológico y considero que
Liu constituyó, en el período que presidió la república
popular, una alternativa de comunismo democratizador ante la concepción
de Mao, quien parece que nunca pudo superar totalmente sus ideas anarquistas
juveniles en torno al voluntarismo y al espontaneísmo, particularmente
en el período de la Revolución Cultural. Lo de Liu se parece
mucho a lo que pasó en Rusia con la NEP (Nueva Política Económica)
de Lenin y Nicolás Bujarin frente al estalinismo.
El encuentro entre Asia y el marxismo fue tan conflictivo como
el que se produjo en América latina. El clasismo abstracto fue el
que se utilizó en 1929, durante la Primera Conferencia de Partidos
Comunistas de América latina, realizada en Buenos Aires, en donde
se condenó nada menos que al eminente marxista peruano José
Carlos Mariátegui. El eurocentrismo chocó con las realidades
de las regiones periféricas. En China no llegó a establecerse
una socialdemocracia de corte occidental como la que fundó en Rusia
Jorge Plejanov. Fracasaron varios pequeños partidos socialistas
y socialdemócratas a fines de siglo y principios del actual, especialmente
el Partido Socialista-Nacional de Zhang Jia-sen y Zhang Dong-sun (nacido
en 1886) y lo mismo ocurrió con el Partido Demócrata-Socialista
de 1946 diluído después en el frentismo que hegemonizó
el PCCh. Fueron experiencias urbanas de base clasista que ignoraron al
campesinado y su decisivo implante en la estructura socioeconómica.
También había fracasado la alterativa populista de un
“Kuomintagn de izquierda”, inspirado por el propio doctor Sun Yat Sen (un
socialismo no marxista). Muerto el fundador del nacionalismo, en el Kuomintang
derechista de Chian Kai Shek el único “socialismo” que prosperó
fueron intentos corporativistas a la manera fascista o del hitlerismo en
boga en esos años. La aristocracia obrera fue muy reducida en aquellos
años, y la única alternativa socialista a la sociedad capitalista
fue la ideología, organización y lucha del PCCh.
Pero si la clase obrera era débil respecto de las grandes masas
campesinas explotadas hubo, sin embargo, movimientos proletarios importantes,
como la huelga antibritánica en Hong Kong (1925). En 1927, Shanghai
antes de la gran represión y masacre, una insurrección obrera
había dominado la ciudad a lo que se sumó Wuhan y las zonas
campesinas, especialmente en Cantón y en Hunan. Hubo otras insurrecciones
obreras, algunas autónomas, otras inspiradas por la política
obrerista de la Comintern (“clase contra clase”, “tercer período”)
que condujeron a los cuadros militantes obreros y a las masas a masacres
tremendas.
Fue en ese período que surgió la teoría maoísta
de repliegue al campo. Pero no significó que se rechazara la organización
obrera urbana. Liu Shao Chi fue el encargado desde 1922 en organizar los
sindicatos proletarios comunistas y esa tarea, desde la clandestinidad,
se extendió hasta 1932 en que pasó a la base revolucionaria
de Kiangsi donde tomó a su cargo el movimiento obrero de las Zonas
Rojas.
El maoísmo no fue la única vía china
Años después, en 1959, cuando el fracaso de la colectivización
forzosa en el campo (el Gran Salto Adelante) se hizo evidente, Liu pasó
a ocupar la presidencia de la República Popular sosteniendo
que era necesario abandonar la centralización de las comunas agrarias
reemplazándolas por formas cooperativistas donde los campesinos
no se sintieran ajenos a la tierra. También impulsó la política
nuclear y la necesidad de una reforma económica que permitiera acceder
a las nuevas tecnologías para poder equiparar a los Estados Unidos
y la Unión Soviética en una confrontación que se evidenciaba
cada día más. Liu fue defenestrado del poder, encarcelado
y confinado, falleciendo en medio de grandes sufrimientos ya que se le
negó toda asistencia médica para enfrentar un cáncer
que lo devoró.
En julio de 1939, había sostenido durante los cursos a trabajadores
y campesinos comunistas que dictó en el Instituto de Marxismo-Leninismo
de Yenan: “El Partido Comunista es el partido político que representa
al proletariado. Fuera de los intereses de la emancipación del proletariado,
el partido no tiene otros intereses ni aspiraciones propias. Sin embargo,
la emancipación del proletariado, al final, debe ser necesariamente,
la emancipación total de la humanidad, puesto que el proletariado
no puede liberarse a sí mismo si al mismo tiempo no libera a la
humanidad en su conjunto. De ahí que el proletariado debe ayudar
y guiar lealmente a toda la clase trabajadora y a todas las naciones y
pueblos oprimidos, en la lucha por su emancipación por la elevación
de su standard de vida y su nivel cultural y político. Por lo tanto,
los intereses de la emancipación de toda la humanidad y de todas
las naciones oprimidas. En consecuencia los intereses del Partido Comunista
son idénticos a los intereses de la emancipación del proletariado
y de la humanidad en su conjunto”.
(Emilio J. Corbière)