Comentarios de libros



Vega Cantor, Renán;  El caos planetario. Ensayos marxistas sobre la miseria de la mundialización capitalista; Bs. As., Editorial Antídoto, 1999.
 

El libro del que nos ocupamos en este comentario es fruto de un tenaz esfuerzo orientado a elaborar una crítica sólida y profunda de las tendencias actuales del capitalismo  mundial, de sus contradicciones y de sus aspectos más catastróficos y regresivos. Es también un intento de consolidar y ampliar el potencial crítico del método marxista de análisis de la realidad,  sobre la base de fortalecer el diálogo con las otras expresiones del pensamiento crítico y las identidades que se forman a partir de ellas (teología de la liberación), con grupos que luchan contra distintas formas de opresión (feministas, indígenas) y contra las tendencias más regresivas y destructivas del capitalismo finisecular (flexibilización toyotista, xenofobia, destrucción del  medio ambiente, etcétera).
Vega Cantor plantea la posibilidad de este diálogo intelectual y político a partir de la fundamentación de una crítica marxista a la idea de progreso. El punto de partida de esta tarea es la revisión de algunos de los esfuerzos más tenaces para despojar al marxismo de sus vestigios racionalistas y sus tendencias a una visión unilineal y eurocentrista de la historia de las sociedades humanas (W. Benjamin, W. Morris, T. Adorno, H. Marcuse, J. Mariátegui). En base a la elaboración crítica de estos aportes y experiencias, el autor de El Caos... intenta aportar algunos elementos para una visión marxista del mundo contemporáneo que no sea tributaria de la idea de progreso. Vega Cantor trabaja alrededor de los siguientes ejes: a) la denuncia de la falsa neutralidad del progreso científico y tecnológico; b) las consecuencias destructivas del progreso industrial sobre la naturaleza y las condiciones de vida; c) el rescate de distintos movimientos sociales opuestos al progreso capitalista; d) la diferenciación entre progreso moral y progreso económico y tecnológico. Sobre la base de estos elementos el historiador colombiano propone colocar en el centro de las propuestas de un nuevo movimiento socialista,  la idea de la revolución no como el relevo de la burguesía por el proletariado en la carrera de postas hacia el progreso lineal sino como la lucha del conjunto de los explotados para detener las tendencias destructivas del capitalismo.
A la hora de enjuiciar a la apología del progreso como un discurso encubridor de las prácticas más asociales y deshumanizadas del capitalismo contemporáneo, Vega Cantor nos entrega algunos de los análisis más agudos de su libro. En su mirada sobre la mercantilización de la naturaleza y el cuerpo humano (saqueo de recursos, tráfico de órganos,  biopiratería) traza un interesante paralelo con el rol que jugó la violencia a escala mundial en el proceso de acumulación del capital en los siglos de la formación de la economía-mundo. Los laboratorios de los países imperialistas y sus empresas depredadoras son los nuevos piratas y corsarios del mundo globalizado. Tanto hoy como hace quinientos años, los fenómenos que el pensamiento dominante intenta mostrar como procesos naturales, están vehiculizados por medio de la violencia (física o económica) que es el motor de la transferencias de recursos y la expoliación de unos pueblos por otros.
En lo concerniente al diálogo entre las corrientes clásicas de la izquierda y los movimientos y corrientes no marxistas, El Caos... propone transitar el camino de la relación madura que descarta el echar por la borda toda la tradición revolucionaria y la recepción acrítica de todo lo proveniente de los espacios que se reclaman contestatarios. Luego de señalar la convivencia de corrientes anticapitalistas junto a corrientes nihilistas y reaccionarias en el seno del movimiento ecologista y el feminismo, se ocupa de estudiar una corriente ideológica y política alrededor de la que se tejieron un montón de expectativas y malentendidos en las últimas tres décadas de la historia de las luchas revolucionarias en América latina. Vega Cantor analiza los puntos de sutura y las líneas de fuga entre el marxismo y la teología de la liberación en una revisión bastante completa del pensamiento de los cristianos revolucionarios y sus intentos de construir espacios críticos en el seno de las iglesias latinoamericanas (comunidades de base) y su lucha contra el clero aliado a las oligarquías reaccionarias y proimperialistas. De la misma manera Vega Cantor pasa revista a la visión de la religión en el pensamiento de izquierda a partir de la obra de Marx y Engels, haciendo hincapié en algunos elementos poco desarrollados de un problema cuyo análisis en el corpus marxista tiene un sabor a debate trunco del que aun quedan páginas por escribir.
En nuestra opinión el abordaje de las relaciones entre marxismo y teología de la liberación, entre militancia de izquierda y cristianos de base es un aporte particularmente interesante para los lectores que, como el caso del autor de estas líneas, provenimos de una tradición intelectual y revolucionaria fuertemente identificada con el agnosticismo radical. Lejos de la apología ingenua de cualquier sector religioso que se reclame progresista y de la demagogia procristiana de algunas corrientes de izquierda populistas y oportunistas (de las cuales la Argentina de los años 80 y 90 conoció varios ejemplos), Vega Cantor nos propone un camino distinto. Un diálogo maduro que rescate, aún desde la divergencia, las muestras más genuinas de la participación de los cristianos, en distintos movimientos sociales en Latinoamérica (MST en Brasil, revolución sandinista, el gobierno de Aristide en Haití y la participación de sacerdotes de base en el movimiento zapatista en Chiapas) y las diferencias del supuesto progresismo de ciertos obispos de nuestros países que hacen valer su influencia para frenar conflictos y constituir un puente de negociación entre gobiernos neo-liberales en retirada y centro-izquierdistas siempre listos para suplantarlos. Un diálogo que nos aporte a las corrientes de fuerte tradición obrerista elementos para la mejor comprensión del universo mental de nuestras poblaciones rurales con su cúmulo de identidades étnicas y el conjunto de horizontes culturales de que son testimonio viviente. Un diálogo que, más allá de toda demagogia, nos permita a los militantes y organizaciones que abrevamos en una tradición agnóstica, y que pensamos seguir haciéndolo, reclamar el respeto a nuestra identidad en el marco de la construcción de grandes redes de comunicación basadas en la pluralidad de identidades y experiencias que conviven en el seno de los explotados del mundo.
A la hora de ensayar una síntesis de los trabajos que integran El Caos... Vega Cantor intenta trazar un boceto de ese socialismo libertario y autogestionario que debe nacer de la superación revolucionaria del capitalismo inhumano. Ese nuevo sistema que debe basarse en la crítica por los hechos del progreso capitalista, encarnada en el surgimiento de espacios autónomos en donde los productores directos empiecen a ensayar la gestión directa del conjunto de procesos que afectan a sus condiciones de vida y de esa manera constituir embriones de nuevas relaciones sociales de un sistema de democracia directa. Tal vez es en este punto donde le haríamos un pequeño reproche al profesor Vega Cantor, en el sentido de que nos hubiera gustado que profundizara un poco más el trabajo de síntesis en la elaboración de propuestas y esquemas tentativos para plasmar en el terreno de la praxis política y el movimiento de masas las formas del diálogo abierto entre las distintas corrientes y movimientos que luchan contra la opresión en todas sus formas. Sin embargo, analizando El Caos... en el marco de la tarea intelectual que viene desarrollando desde hace años este historiador colombiano para remozar y fortalecer el pensamiento marxista para el milenio que comienza, estamos seguros de que con los próximos frutos de su producción nos seguirá aportando nuevos elementos para la reflexión y el debate en el seno de las fuerzas revolucionarias.


Daniel Omar de Lucía
“La recuperación del marxismo como una filosofía de la praxis”

(A propósito de: Néstor Kohan,  Marx en su (Tercer) Mundo. Hacia un socialismo no colonizado, Buenos Aires, Biblos, 1998, 270 páginas).
 

Un libro que indague en el pensamiento filosófico de Marx y procure recuperarlo como herramienta revolucionaria, siempre es útil. Cuando ese texto, además, no apela a las complacencias fáciles y se lanza, valientemente, a un balance descarnado de las vicisitudes que ha soportado la tradición ideológico-política encarnada en el autor del Manifiesto Comunista, el provecho es aún mayor. Finalmente, si todo este proyecto es realizado con un alto nivel de erudición y calidad, pero sin recurrir a una retórica hueca y academicista, sino desplegando un discurso encendido y militante, nos encontramos con un escrito verdaderamente valioso. Este es el caso de la obra de Néstor Kohan, joven docente e investigador en Filosofía de la UBA, que tenemos el agrado de comentar.
El objetivo de este libro puede comprenderse mejor a la luz de su caracterización de la realidad en la que estamos inmersos. Esta es descripta por el autor en forma brutal, como si se quisiera desbaratar todo optimismo vano: vivimos, nos dice, una etapa de derrota social, política e ideológica del movimiento popular y revolucionario. Según Kohan, lo que hoy estamos padeciendo no es una victoria burguesa más, pues lo que el capitalismo pretende aniquilar son los valores y la memoria misma de la lucha socialista, en una ofensiva que quiere coronarse con la total expropiación de la teoría revolucionaria. El desprecio por el trabajo teórico, la subestimación de la necesidad de una batalla cultural de resistencia y la cristalización dogmática, que inficionaron al movimiento socialista, colaboraron en este coyuntural triunfo burgués. Frente a este panorama, Kohan propone redoblar el combate pero superando éstas y otras viejas limitaciones. Su camino es el de emprender, desde las nuevas condiciones imperantes en el Tercer Mundo, un replanteamiento global del pensamiento marxista que pulverice los obstáculos representados por viejos esquemas, visiones colonizadas y creencias coaguladas. Para abordar esta tarea, el autor nos propone un revisionismo, despojado del contenido que este término asumió la mayor parte de las veces en la tradición marxista; es que hoy se trataría de revisar “no para adaptarnos al régimen del capital y de sus portavoces sino para volvernos más radicales que nunca”.
El texto aparece estructurado en una serie de ensayos que están concatenados pero que, a la vez, pueden ser leídos con cierta autonomía. Nos resulta imposible detenernos en cada uno de ellos; señalemos, al menos, los dos hilos conductores que los recorren: por un lado, realizar una revisión crítica del pensamiento inaugurado por Marx y de la hermenéutica marxista “oficial” que hicieron los que se ubicaron como sus sucesores; y por el otro, proponer una recuperación del marxismo entendiéndolo (tal como lo hiciera Gramsci) como una filosofía de la praxis.
Por una parte, Kohan se propone demostrar como durante casi un siglo se han ido superponiendo sucesivos intentos por “sistematizar” el pensamiento marxista, construyendo una única, aunque multiforme, “interpretación oficial” del mismo. Según ésta, el marxismo quedó definido como una filosofía metafísica de la materia y como un dogma universal y necesario. Uno de los mayores aciertos de este libro es su reconstrucción, a través de una genealogía histórica, de las formas como se intentó convertir al marxismo en un cuerpo de doctrina cerrada y reglamentada. Kohan, en su recorrido de la “penosa marcha” del DIAMAT y del HISMAT -tal como los soviéticos denominaban al materialismo dialéctico y al materialismo histórico, respectivamente- va situando los jalones de esa codificación. Y lo hace sin ningún prejuicio, poniendo en evidencia como en el Engels del Anti-Dühring, en las visiones de ciertos referentes de la IIª Internacional (Plejánov o Kautsky), en el Lenin de Materialismo y empiriocriticismo (de 1908), es posible encontrar antecedentes o elementos de los que luego se sirvió Stalin para consagrar su canonización. Pero Kohan también alerta que existió una autocrítica filosófica en Lenin (un viraje siempre ignorado por la vulgata), el que emprendiera en sus apuntes de 1914-16 (publicados en su Cuadernos filosóficos) de redescubrimiento de Hegel, en donde supera el objetivismo naturalista de Plejánov y rompe con la visión del realismo ingenuo que prioriza la “realidad del mundo exterior” al margen de la voluntad y de la praxis humanas, así como de la cultura y de la historia.
Realizada esta empresa de esterilización del pensamiento de Marx, el autor encuentra que, finalmente, la positividad aplastó a la negatividad, la legitimación a la crítica, el sistema al método, la lógica a la historia y la cita a la reflexión. Los manuales divulgadores del DIAMAT aparecieron como el emblema de este empeño fosilizador. Es muy interesante el esfuerzo realizado por Kohan en examinar los intentos que se hicieron en ese sentido por parte de numerosos soviéticos, Politzer, Garaudy y otros. En ese contexto, el autor destaca la atípica producción de H.Lefebvre. Kohan introduce una caracterización polémica, al plantear la continuidad que habría expresado la obra filosófica de Trotsky (a pesar de su concepción no lineal de la historia basada en la ley del desarrollo desigual y combinado) y la mayor parte de sus seguidores (como Novack en el ámbito de la filosofía) con respecto a esta concepción “oficial” del DIAMAT. Nos parece que es un mérito del autor introducir el problema, pero creemos que no alcanza a demostrar acabadamente esta hipótesis, especialmente cuando plantea una división entre los trotskistas que habrían “roto definitivamente con la ortodoxia” (E.Mandel) y los que no (Nahuel Moreno). El autor comete el desacierto de evaluar a este último a partir de un supuesto libro que en verdad éste nunca concibió, y no a partir de su principal obra en estas temáticas, Lógica marxista y ciencias modernas; por otra parte, sería útil recordar que Moreno fue, junto a Milcíades Peña, uno de los primeros propagandizadores de Lefebvre en la Argentina. Nuestras dudas se acrecientan cuando el autor coloca a M.Harnecker como ejemplo de un claro intento de divulgación alternativa al DIAMAT.
Por otra parte, el autor nos describe los efectos letales que la aplicación de esta “pedagógica” filosofía universal de la historia, en versión “marxista”, tuvo en el Tercer Mundo (y, específicamente, en América latina). En primer lugar, porque habría derivado en un desprecio teórico hacia los problemas de estas regiones. En segundo lugar, por su carácter prescriptivo-normativo, basado en el “modelo clásico” europeo, que adquirió un rasgo metafísico (pretendidamente válido para todo tiempo y lugar) y fatalista (ya que partía de concebir una historia organizada como una serie invariante de fases que, a modo de escalera, se sucederían necesariamente unas a otras). Kohan rescata el esfuerzo de algunos latinoamericanos que se resistieron a aplicar este modelo e intentaron crear una original perspectiva teórica socialista. En ese recorrido de nombres que nos propone el autor, uno de los que justificadamente emerge como predominante es el de Mariátegui.
Es desde su impugnación al marxismo momificado como “materialismo dialéctico” que Kohan propone avanzar hacia la reconstrucción de un marxismo entendido como filosofía de la praxis, activista, humanista y libertaria. Para ello se lanza a un rescate de la centralidad que debería reocupar la categoría de praxis, es decir, la actividad práctica humana de transformación del mundo objetual. Esto lo conduce a la definición del marxismo como “humanismo absoluto”, tal como lo entendiera Gramsci. Pero también como “historicismo absoluto”. Aquí la inmanencia no se remite a un “hombre en general”, concebido como esencia ahistórica, sino que se articula con relación a la praxis inexorablemente histórica de la humanidad. Con este enfoque, Kohan ataca a las modas intelectuales útimamente imperantes, como el estructuralismo, el posestructuralismo y el posmodernismo, para las cuales, según su lógica de determinismos económicos, ideológicos o discursivos, el sujeto humano es un mero soporte, portador o mensajero de estructuras, superestructuras, discursos o poder. Para él, el marxismo debe postularse como una filosofía de combate que, reconociendo la necesidad de los enfrentamientos parciales, no renuncie a los proyectos globales. Es que el autor duda de la creencia hoy tan extendida de que sólo exista margen para las luchas fragmentarias y circunscriptas a los micromundos de cada movimiento social, sin poder articular los múltiples sujetos en una totalidad rica pero integradora. Para Kohan, esta recuperación filosófica del marxismo que propone sólo es concebible ejerciendo una crítica de sus presupuestos epistemológicos, lógicos, sociológicos, históricos, antropológicos y económicos. Esto permitiría rediscutir los problemas y categorías clásicas: trabajo, fetichismo, historia, progreso, libertad, poder, modernidad, a los cuales el autor dedica varios ensayos de la obra.
Para finalizar, si es elogiable la forma como el autor extrae las conclusiones del momento de desconcierto y desasosiego que existe en el movimiento y en la teoría marxista, nos resulta objetable, en cambio, que la caída del Muro de Berlín sea señalada como una “derrota”, y que sea vista como profundización de otra, la del exterminio de la generación revolucionaria de los años ’70. Creemos, en cambio, que si hoy es posible ponerse de acuerdo en la necesidad de demoler los dogmas erigidos por el stalinismo, es, precisamente, porque ese muro (símbolo de opresión política, explotación burocrática y barbarie teórica) ha sido demolido por sus propias víctimas, sentando la posibilidad para la reconstitución de una conciencia verdaderamente socialista. Por ello, no podemos dejar resquicio alguno que despierte nostalgia por aquella pared. Viendo en su caída sólo una “derrota”, estaríamos embelleciendo involuntariamente su existencia. Lo que debemos lamentar, más bien, es la tardanza con la que se produjo ese derrumbe.
Esta acotación crítica, no obstante, no nos lleva a empañar la enorme valoración que hacemos de este texto. Es mucho lo que podemos elogiar de él: sus inteligentes hipótesis, su completa documentación, el estilo depurado (aunque desacartonado) con el que ha sido escrito. Sin embargo, elegimos cerrar este comentario destacando el lugar que el autor de este libro se propone ocupar: el del cuestionamiento radical del régimen capitalista. Es por ello que no duda en definir a su obra como escrita a contracorriente de las tendencias ideológicas dominantes y del poder, sin interés por subirse al carro sangriento de los vencedores y de sus industrias culturales. Que hoy un intelectual se sitúe de esta manera en el paisaje lúgubre que nos obsequia este bárbaro capitalismo globalizado, no es un mérito menor.

(Hernán Camarero)


El enigma del comunismo chino

China. La Larga Marcha. De la revolución
a la restauración, por Virginia Marconi.
Editorial Antídoto, Colección Herramienta, Buenos Aires, 1999.

                      “Larga noche en nuestros cielos tan lentos en alumbrarse.
                       Un siglo de demonios tan ligeros en bailar;
                       Quinientos millones de hombres carentes de unidad”.
                                                  Poema de Mao Tse Tung, 1961
 

Virginia Marconi ha realizado una investigación sobre la naturaleza, historia y desarrollo de la Revolución China –en realidad de las diversas revoluciones chinas de este siglo-, tratando de comprender, tras una paciente búsqueda documental de varios años, el significado del maoísmo y del comunismo en esa nación-continente asiática.
No ha sido fácil la faena pero la autora ha resuelto muchos de los problemas en cuanto a fuentes e información de manera conveniente. No se trata de un libro de erudición estéril sino de una interpretación a la luz del marxismo de uno de los acontecimientos político-sociales más significativos del siglo XX: el surgimiento del gigante asiático y el triunfo del Partido Comunista Chino en 1949.
De la pasión maoísta que gran parte de la izquierda mundial enarboló junto al Libro Rojo de Mao en los años sesenta, poco ha quedado. La actual coyuntura mundial, la reconversión capitalista e imperialista, la caída de la Unión Soviética y la crisis de los denominados socialismos reales junto con la de la socialdemocracia occidental y del populismo de signo nacionalista revolucionario, permiten nuevos y renovados balances.
En el libro desfilan los hechos, avalados por  reconstrucciones de época, sucesos y concepciones político-culturales y, fundamentalmente, socioeconómicas. La autora ha sido objetiva en esas recostrucciones e inserta diversas interpretaciones y opiniones sujetas al debate que es, me parece, la mayor pretensión de este libro.
De eso se trata. Debatir sobre la naturaleza de la Revolución China, sin dogmas ni apologías, para tratar de extraer algunas lecciones de la historia. Para ello la autora  aborda inteligentemente temas  como El Movimiento del Cuatro de Mayo (1919), el Kuomintang del doctor Sun Yat Sen y el derechista de Chiang Kai Shek, la compleja formación del PCCh, la masacre de Shanghai (1927), el soviet de Cantón, el Ejército Rojo, la actividad de la Comintern, el estalinismo, el Gran Salto Adelante (1958-1960), el fracaso de la colectivización forzosa,  la tragedia de la Revolución Cultural (1966-1976), la personalidad paradigmática de Mao Tse Tung, la masacre de Tiananmen, la sociedad china, la década de  Deng Xiao Ping y la  restauración capitalista actual en tanto y en cuanto haya sido comunista el modo de producción y la sociedad que se desarrolló entre 1949-1977.

Partido obrero y revolución campesina

Hay un tema central que plantea la autora y que trasciende, incluso, al tema del libro. El problema de la democracia socialista. Mientras la socialdemocracia occidental siempre se amoldó al sistema capitalista, el comunismo en Rusia, China y en otras regiones, planteó la cuestión del poder político y lo tomó efectivamente aunque nunca pudo resolver la cuestión de la democracia, talón de Aquiles que terminó con muchas experiencias en estos finales del siglo XX. El comunismo, el maoísmo, el trotskismo y otras expresiones concretas o doctrinarias, fueron insuficientes a la hora de la construcción de una nueva democracia sobre los restos de la sociedad burguesa o semifeudal anteriores.
Pero hay algo más en este libro que nos plantea interrogantes y dudas sobre la tesis de la autora. Si el triunfo comunista chino en 1949, fue el de una revolución antiimperialista y antiburguesa y no una revolución obrera y socialista. Si fue o no una revolución proletaria, si existía la posibilidad de una supuesta revolución obrera industrial en una nación eminentemente campesina y si la tesis maoísta del repliegue  al campo contribuyó o no a construcción de un partido revolucionario marxista-leninista o, como cree la autora, ese repliegue producido después de grandes derrotas y masacres reaccionarias lo que generó fue la formación de un partido-ejército que “finalmente tomó el poder a la cabeza de las masas campesinas”.
Virginia Marconi expone la teoría clásica de León Trotsky, o mejor dicho, de algunas corrientes del trotskismo, sobre el partido obrero anticapitalista y se basa en la posición que sostuvo el mártir de Coyoacán que aconsejó, luego de los fracasos estratégicos y tácticos de la Comintern, que indicaba replegarse con la clase obrera en las ciudades y no elegir la vía campesina.
En nuestra opinión fue imposible ese repliegue en las ciudades porque las fuerzas militares represivas del Kuomintang y de los intereses imperialistas, tanto occidentales como luego japoneses, habían aniquilado la resistencia obrero-sindical comunista y doblegado a la incipiente como heroica labor de la militancia revolucionaria. En un informe de 1931, Hon Sin, que se difundió en Buenos Aires, explicaba las dificultades tremendas del desarrollo de las fuerzas proletarias comunistas en las ciudades bajo el implacable terror blanco (VII.- El movimiento obrero, en ¡Por China Soviética! El movimiento soviético en China y las tareas del Partido Comunista chino, publicación del Bureau Sudamericano de la Internacional Comunista, en Archivo de la Fundación Juan B. Justo).
Pero hay algo más. ¿Era posible un partido obrero puro en una nación campesina que conservaba, mucho más que la Rusia de 1917, formas semifeudales de producción en diversas regiones del país? No era posible, no fue posible. Entonces ¿la Revolución China desde la Larga Marcha fue una caricatura de revolución comunista, tuvo solo aspectos antiimperialistas y una utópica visión antiburguesa? La cuestión está en debate y en nuestra opinión la autora parece simplificar aspectos del inmenso movimiento de la revolución comunista asiática, que con sus luces y con sus sombras, con sus triunfos y sus derrotas condujo la revolución comunista triunfante.
Desde luego que también está en debate si las experiencias comunistas revolucionarias y las socialdemócratas han sido, como decía la italiana Rossana Rosanda, formas presocialistas, pero lo cierto es que todas esas prácticas sociales, realizaciones y experiencias, constituyen una base para la construcción del socialismo y del comunismo en el nuevo siglo. Habrá que aprender de los errores y de los aciertos, pero el legado existe. No se comienza de la nada como en 1905 y 1917.
Hay que agregar que el triunfo chino de 1949 no fue solo a partir del cerco de las ciudades por el campo. La revolución eminentemente campesina no hubiera podido imponerse y consolidarse ante las fuerzas de Chian Kai Shek, sin la rebelión en las ciudades y esa insurrección fue protagonizada por el proletariado urbano industrial, los empleados y la población general.
Con m ás de mil millones de habitantes que pueblan hoy los nueve millones y medio de kilómetros cuadrados de su territorio, la República Popular China se ha transformado en una potencia mundial de insoslayable importancia de cara al siglo XXI. Desde luego que la reconversión capitalista de los últimos veinte años se  explica, entre otras razones, por el modelo anterior de capitalismo de estado y las formas deficientes de colectivización: Porque hubo intentos de colectivización, especialmente en el campo y en algunas industrias, aunque, es cierto, la autogestión, el control popular y la democracia estuvieron ausentes.

Liu Shao Chi y Mao Tse Tung

La autora no ha analizado totalmente, es probable que lo realice en una nueva edición aumentada, el enfrentamiento entre los dos líderes fundadores del PCCh, Liu Shao Chi y Mao Tse Tung. No fue solo una pugna personal, lo que Carl Smith denominaría “en la trastiendad del poder”. Hubo un enfrentamiento político-ideológico y considero que Liu constituyó, en el período que presidió la república popular,  una alternativa de comunismo democratizador ante la concepción de Mao, quien parece que nunca pudo superar totalmente sus ideas anarquistas juveniles en torno al voluntarismo y al espontaneísmo, particularmente en el período de la Revolución Cultural. Lo de Liu se parece mucho a lo que pasó en Rusia con la NEP (Nueva Política Económica) de Lenin y Nicolás Bujarin frente al estalinismo.
 El encuentro entre Asia y el marxismo fue tan conflictivo como el que se produjo en América latina. El clasismo abstracto fue el que se utilizó en 1929, durante la Primera Conferencia de Partidos Comunistas de América latina, realizada en Buenos Aires, en donde se condenó nada menos que al eminente marxista peruano José Carlos Mariátegui. El eurocentrismo chocó con las realidades de las regiones periféricas.  En China no llegó a establecerse una socialdemocracia de corte occidental como la que fundó en Rusia Jorge Plejanov. Fracasaron varios pequeños partidos socialistas y socialdemócratas a fines de siglo y principios del actual, especialmente  el Partido Socialista-Nacional de Zhang Jia-sen y Zhang Dong-sun (nacido en 1886) y lo mismo ocurrió con el Partido Demócrata-Socialista de 1946 diluído después en el frentismo que hegemonizó el PCCh. Fueron experiencias urbanas de base clasista que ignoraron al campesinado y su decisivo implante en la estructura socioeconómica.
También había fracasado la alterativa populista de un “Kuomintagn de izquierda”, inspirado por el propio doctor Sun Yat Sen (un socialismo no marxista). Muerto el fundador del nacionalismo, en el Kuomintang derechista de Chian Kai Shek el único “socialismo” que prosperó fueron intentos corporativistas a la manera fascista o del hitlerismo en boga en esos años. La aristocracia obrera fue muy reducida en aquellos años, y la única alternativa socialista a la sociedad capitalista fue la ideología, organización y lucha del PCCh.
Pero si la clase obrera era débil respecto de las grandes masas campesinas explotadas hubo, sin embargo, movimientos proletarios importantes, como la huelga antibritánica en Hong Kong (1925). En 1927, Shanghai antes de la gran represión y masacre, una insurrección obrera había dominado la ciudad a lo que se sumó Wuhan y las zonas campesinas, especialmente en Cantón y en Hunan. Hubo otras insurrecciones obreras, algunas autónomas, otras inspiradas por la política obrerista de la Comintern (“clase contra clase”, “tercer período”) que condujeron a los cuadros militantes obreros y a las masas a masacres tremendas.
Fue en ese período que surgió la teoría maoísta de repliegue al campo. Pero no significó que se rechazara la organización obrera urbana. Liu Shao Chi fue el encargado desde 1922 en organizar los sindicatos proletarios comunistas y esa tarea, desde la clandestinidad, se extendió hasta 1932 en que pasó a la base revolucionaria de Kiangsi donde tomó a su cargo el movimiento obrero de las Zonas Rojas.

El maoísmo no fue la única vía china

Años después, en 1959, cuando el fracaso de la colectivización forzosa en el campo (el Gran Salto Adelante) se hizo evidente, Liu pasó a ocupar la presidencia de la República Popular  sosteniendo que era necesario abandonar la centralización de las comunas agrarias reemplazándolas por formas cooperativistas donde los campesinos no se sintieran ajenos a la tierra. También impulsó la política nuclear y la necesidad de una reforma económica que permitiera acceder a las nuevas tecnologías para poder equiparar a los Estados Unidos y la Unión Soviética en una confrontación que se evidenciaba cada día más. Liu fue defenestrado del poder, encarcelado y confinado, falleciendo en medio de grandes sufrimientos ya que se le negó toda asistencia médica para enfrentar un cáncer que lo devoró.
En julio de 1939, había sostenido durante los cursos a trabajadores y campesinos comunistas que dictó en el Instituto de Marxismo-Leninismo de Yenan: “El Partido Comunista es el partido político que representa al proletariado. Fuera de los intereses de la emancipación del proletariado, el partido no tiene otros intereses ni aspiraciones propias. Sin embargo, la emancipación del proletariado, al final, debe ser necesariamente, la emancipación total de la humanidad, puesto que el proletariado no puede liberarse a sí mismo si al mismo tiempo no libera a la humanidad en su conjunto. De ahí que el proletariado debe ayudar y guiar lealmente a toda la clase trabajadora y a todas las naciones y pueblos oprimidos, en la lucha por su emancipación por la elevación de su standard de vida y su nivel cultural y político. Por lo tanto, los intereses de la emancipación de toda la humanidad y de todas las naciones oprimidas. En consecuencia los intereses del Partido Comunista son idénticos a los intereses de la emancipación del proletariado y de la humanidad en su conjunto”.

(Emilio J. Corbière)