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La revolución de Saint-Domingue es la primera del continente americano que combinó una revolución económico-social que transformó la estructura de clase de la sociedad, la revolución de los esclavos contra las formas no libres de trabajo, y una revolución política de independencia o anticolonial. Esta revolución en dos etapas tomó la forma de revolución republicana en 1794 y de guerra de independencia 1804. Su culminación es el establecimiento de Haití como nación independiente. Dentro del espacio americano la única que puede contrastarse en esta dualidad de sentidos es la revolución norteamericana pero, como afirma Barrington Moore, ésta no puede concebirse consumada sino mediante dos actos separados por un largo período de noventa años. Primero la independencia de la dominación colonial en 1776, que el autor clasifica como una revolución política o anticolonial; luego la guerra civil en la cual se termina con esa “institución particular”, la esclavitud de los afroamericanos, en 1865[1]. No sólo por la separación de casi un siglo sino por la inversión de los acontecimientos, revolución social y revolución de independencia en la primera, por contraposición a revolución de independencia y culminación de una revolución económica social dirigida desde el Estado de la segunda, muestra la complejidad de la recepción de la revolución burguesa en el espacio americano.
¿Desde dónde y cuándo viene la denominación de “indio e indígena”? ¿En qué contexto histórico y político apareció? ¿Qué prácticas y qué intereses políticos, económicos, culturales e ideológicos estuvieron detrás de este calificativo? ¿Qué significado político y social tuvo en la colonia?
Por ello, no podemos asumir aquel equívoco histórico del “descubrimiento” como un simple hecho de fe; al contrario debemos recontextualizarlo y reexaminarlo como un hecho histórico colonial, con un claro protagonismo de las élites políticas y religiosas de la corona española y del Vaticano que construyeron una estrategia en conjunto, para emprender un proceso de dominación del mundo andino.
1. Introducción
Aunque restrictas en número y en capacidad de movilización, es posible identificar formulaciones teóricas de los problemas ambientales que se inspiran en análisis radicalmente críticos de la sociedad (i.e., en Marx y en el marxismo). Autores como Foster (2002) y Burkett (1999) ya establecieron, a nuestro juicio con éxito, el vínculo entre la dinámica propia de la formación socio-económica vigente y los innumerables fenómenos de degradación ambiental. Incluso así, continúa prevaleciendo en el debate sobre el tema lo que llamaremos ecologismo acrítico (o presentista): el ecologismo (estudio científico de la relación entre la vida social y el ambiente natural) que se distingue por la pretensión de superar los problemas ambientales en el interior de la formación social en que vivimos, la sociedad regida por el capital.
He hallado muy esclarecedora, para mí, la aproximación entre la problemática de la metaestructura y la de la “ideología orgánica” de Gramsci. Lo que tienen en común es la consideración del elemento ideológico en positivo[1]. Muy esclarecedora también la noción de “naturalización localizada” en el “constitucionalismo social”, que estableció un régimen de “como si”: como si hubiese un árbitro común.
Se puede pensar que quedaría un problema, porque no todos serían iguales frente a esa gratuidad. No todos tienen la misma posibilidad de usarla (como ya en Francia la escuela gratuita…). Pero ese problema no es sin duda de tal naturaleza que nos haga desviar de la orientación hacia la gratuidad.