Revista Herramienta N° 59

Primavera de 2016

Revista Herramienta Nº 59. Indice

 
 
Revista Herramienta Nº 59
 
Primavera de 2016 – Año XX
ISSN 1852-4710
 
 
Dossier: Los intelectuales hoy: balances y perspectivas
 
 
 
 
 
Carlos Nelson Coutinho
 
Russell Jacoby
 
José Guadalupe Gandarilla Salgado
 
Entrevista a Paulo Arantes
 
Omar Acha
 
Miguel Vedda
 
Argentina
 
Edgardo Logiudice
 
Alberto Bonnet
 
Latinoamérica
 
Renan Vega Cantor
 
Alberto Wiñazky
 
Política y derechos humanos
 
Julieta Bandirali
 
Entrevista a Elizabeth Gómez Alcorta, por Manuel Martínez
 
Tu cuerpo es un campo de batalla
 
Mabel Bellucci
 
Comentarios de libros
 
Richard Gunn
 
Facundo Martín
 
Miguel Mazzeo
 

Presentación

 
Objeto recurrente de reflexiones y debates a lo largo de su historia, los intelectuales han recibido, en el curso de los últimos decenios, una atención intensa y variada. Los artículos que integran este dossier abordan la cuestión desde múltiples puntos de vista. El del prestigioso y entrañablemente recordado Carlos Nelson Coutinho (1943-2012) parte de una caracterización del concepto gramsciano de sociedad civil y de las ideas de filósofo sardo sobre la organización de la cultura con vistas a destacar la importancia específica de la “batalla de las ideas” en el marco de la lucha general en contra del capitalismo y a favor de una verdadera democracia socialista. A partir de estas consideraciones teóricas, el pensador brasileño realiza una ejemplar reseña histórica del papel desempeñado por los intelectuales en la historia del Brasil moderno, desde la colonia hasta el contexto posterior a la última dictadura militar, concluida en 1985. Concluye que la conquista de la democracia –“de un sistema de organizaciones abierto y pluralista, apoyado en una sociedad civil autónoma y dinámica” (pág. 25)– es base para el florecimiento de una auténtica cultura; a la vez, la “elaboración y difusión de tal cultura, contribuyendo a la hegemonía de los trabajadores” es “un momento imposible de eliminar en la conquista, consolidación y profundización de la democracia, de una democracia de masas que sea parte integrante de la lucha y de la construcción de una sociedad socialista” (ibíd.). La contribución del crítico norteamericano Russell Jacoby procede del primer capítulo de un libro ya clásico sobre el tema –e intensamente provocador–, orientado a examinar las condiciones de vida degradadas de los intelectuales en una era culturalmente dominada por la academia. Jacoby muestra, en forma precisa y persuasiva, de qué manera la migración de los intelectuales a las universidades, producida masivamente a escala mundial a partir de la segunda mitad de los años sesenta, produjo una exhaustiva (y nociva) mutación de todos los hábitos de pensamiento y escritura. Al abandonar los ámbitos públicos de difusión y discusión de ideas y recluirse en el mundo relativamente autosuficiente de los campus, las nuevas generaciones de intelectuales pasaron a emplear, por un lado, estilos de pensamiento formalistas y burocráticos; por otro, un lenguaje corrompido y confuso: un pesado galimatías desprovisto de cualquier atención al estilo, incomprensible para la gran masa del público lector e incapaz de dar cuenta de los problemas teóricos y críticos fundamentales de la vida social. Afincados sedentariamente en la rutina académica, los intelectuales norteamericanos más recientes –y cabe resaltar que el modelo ha sido replicado en el plano internacional– prefirieron renunciar al riesgo que implicaba el compromiso con los intereses, demandas y preocupaciones de la cultura global. El pensador mexicano José Guadalupe Gandarilla Salgado se apoya en consideraciones de Pablo González Casanova y Noam Chomsky para realizar una lúcida crítica de la hegemonía mundial de los EE.UU. y para definir la función de los intelectuales en “el momento más crítico en la historia de la humanidad”, en que a las arduas circunstancias impuestas por el capitalismo mundial contemporáneo se suma un considerable retraso en las luchas, e incluso la perspectiva de una “mayor derechización y hasta de protofascismo” (pág. 49). En esta situación se torna imprescindible más que nunca la participación activa del intelectual insomne; a quién si no a este “le corresponde clarificar en algo tan complejo panorama”, para que “en el cuerpo social no prevalezca la tendencia al suicidio colectivo o a escenarios en que prive el desencanto” (ibíd.).
En la entrevista a Paulo Arantes que incluimos en el dossier, el célebre filósofo brasileño sostiene la necesidad de que los intelectuales latinoamericanos combinen la más profunda reflexión sobre la realidad contemporánea con el compromiso concreto con la transformación de esta. Adorniano convicto y confeso, Arantes cree que la figura del intelectual sin ataduras ni intereses sociales y políticos resulta en Latinoamérica una aberración grotesca; al mismo tiempo, arremete contra una clase característica de intelectual de clase media a la que denomina (siguiendo a António Cândido) “radical de ocasión”, y que se caracteriza por ser un personaje “oscilante y, con todo, acosado por alguna circunstancia escandalosa, por el descalabro o la injusticia atroces” y que funciona “como precursor de una transformación social de la cual no tiene la menor idea y que tal vez sea incapaz de reconocer si, por acaso, se topa un día con tal maremoto” (pág. 55). Este tipo de intelectual “nunca sabe si tiene o no a la Historia a su favor, ni tampoco se cuida de eso; de ahí la multiplicidad de sus circunstanciales fidelidades”; este radical de ocasión se explica “por el colosal conservadurismo de la sociedad brasileña, una muralla de dominación prácticamente sin brechas” (pág. 56). Particularmente riesgoso sería, asimismo, “volver una vez más a esa aberración, a un original marxismo occidental de clase dominante, algo así como el ornamento crítico de una sociedad post catástrofe” (ibíd.). Omar Acha analiza agudamente la trayectoria intelectual y política de Oscar Terán, desde sus orígenes hasta llegar a la amplia crítica de la intelectualidad revolucionaria presente en escritos contemporáneos y posteriores a la última dictadura argentina. Verdadera crítica y autocrítica de toda una generación de intelectuales de izquierda argentinos, el “postmarxismo por pluralización” elaborado por Terán entre 1977 y 1986 es “una de las varias tareas imprescindibles” a la hora de “reconstruir un proyecto intelectual revolucionario” (pág. 68); es necesario “abrir el tiempo histórico que Terán y su fracción generacional creyeron clausurado, pensarlo como un mosaico de posibilidades abiertas, no coaguladas de antemano” (ibíd.). Sería productivo estudiar al joven Terán y su generación intelectual “liberándolo de la decepción con que el propio Terán, ya derrotado, lo recluyó en la cárcel de la historia” (ibíd.). El artículo de Miguel Vedda, finalmente, se ocupa en primer término de analizar las condiciones históricas de nacimiento del intelectual crítico moderno en el período de la Restauración, cuando una generación de intelectuales alemanes exiliados en Francia encarnó vívidamente el desgarramiento entre el imperativo de cultivar con el mayor rigor intelectual o estético posibles las exigencias de su propio métier y la exigencia de comprometerse radicalmente con la realidad política contemporánea. Rasgo definitorio de esta generación de primeros intelectuales fue la crítica de los sistemas doctrinarios heredados, como también la convicción de que una crítica teórica y prácticamente revolucionaria debería basarse en una exploración desprejuiciada y autónoma, capaz de trazar sus propias rutas de pensamiento y acción. En segundo lugar, estudia algunos puntos de inflexión fundamentales en el desarrollo de la intelectualidad crítica a lo largo del siglo XX para concluir con una caracterización de un presente marcado por la academización de la cultura. Por último, traza a grandes rasgos la silueta de Carlos Nelson Coutinho, como un intelectual que ha sabido interpretar en forma original y productiva las posibilidades específicas de nuestro tiempo, engendrando un corpus crítico ejemplar que elude los riesgos del “fordismo intelectual académico” contemporáneo, pero también los de un seudoensayismo que, fundado en “apelaciones no reconocidas a la doxa y en un lenguaje permeado de imágenes extraídas del sentimentalismo bien pensante y de las expresiones más insustanciales del periodismo”, es “más un producto de la industria de la cultura que una alternativa válida frente a ella” (págs 79 y s.). Esperamos que estas contribuciones ofrezcan, ante todo, la ocasión para continuar un debate cardinal y palpitante.

Los intelectuales y la organización de la cultura

 
 
1
Me gustaría comenzar por una cuestión terminológica. El título que me fue sugerido para esta exposicion, “Los intelectuales y la organización de la cultura”, es –como se sabe– el título de una compilación de escritos de la cárcel de Antonio Gramsci, que reúne precisamente los textos relativos a la cuestión de los intelectuales y de la relación de estos con los mecanismos de reproducción cultural de la realidad (sistema educativo, periodismo, etcétera). Pero ese título no es del propio Gramsci.
Los famosos Cuadernos de la cárcel fueron publicados a partir de 1948, bajo la dirección editorial de Felice Platone y Palmiro Togliatti; no en el orden en que habían sido escritos, sino agrupados según grandes temas, divididos en seis volúmenes cuyos títulos fueron escogidos por los propios editores.1 Ahora bien: en el caso que nos interesa aquí, no solo no pertenece a Gramsci el título, sino que no es muy frecuente en sus notas la expresión “organización de la cultura”. 

¿Intelectuales ausentes?

 
 
 
 
I
Entrar a un cuarto familiar e identificar espontáneamente un nuevo objeto –una lámpara, un cuadro, un reloj– es una experiencia común. Entrar a un cuarto familiar y designar instantáneamente un objeto quitado recientemente es algo raro. Mientras nuestros ojos y oídos registran sin esfuerzos las adiciones, las “sustracciones” –los objetos que han sido eliminados– a menudo pasan desapercibidas. Semanas, meses o años pueden pasar sin que reconozcamos su ausencia. Un día, quizás, al entrar al cuarto, sentimos que surge un vago malestar: algo ha desaparecido. ¿Qué?
Este libro trata acerca de una ausencia en la cultura, la ausencia de voces jóvenes, quizás la ausencia de una generación. Los pocos –extremadamente pocos– intelectuales norteamericanos significativos de menos de treinta y cinco, incluso cuarenta y cinco, rara vez han suscitado comentarios. Es fácil echarlos de menos, ya que su ausencia es de larga data. No se desvaneció súbitamente una generación intelectual; simplemente, nunca apareció. Y es ya demasiado tarde –la generación es demasiado vieja– para que aparezca.

Atajar la distopía. El “intelectual insomne” y la voz de alerta


“El intelectual cuestiona el poder,
objeta el discurso dominante, provoca la discordia,
introduce un punto de vista crítico”
Enzo Traverso
 
Los días de cierre de la primera semana del mes de febrero de 2016, entre notas coyunturales que indicaban las dificultades para formar gobierno en España luego de las elecciones del diciembre anterior (dificultades que persisten al día de hoy, aunque se haya disputado otra contienda electoral en junio pasado) y el nada promisorio despegue electoral que el candidato republicano al gobierno de Estados Unidos estaba experimentando con el inicio de su campaña (ascenso que ha pasado a fase crucero de un vuelo que, ya no es nada descabellado pensarlo, pudiera hacerlo aterrizar en la Casa Blanca, que hoy todavía ocupa Barak Obama), pudieron haber pasado desapercibidas dos sendas colaboraciones periodísticas (de Pablo González Casanova y Noam Chomsky, respectivamente) que es necesario traer a cuento nuevamente.

Un intelectual destructivo

 

Durante toda su trayectoria, su actuación siempre se mantuvo discreta, ocupando el espacio esperado de un académico brasileño. En su caso, de un intelectual marxista. Hoy, su papel está próximo a lo que podríamos llamar activismo, haciendo de la filosofía un deporte de combate, para parafrasear a Pierre Bourdieu, que, en los últimos años, da un salto desde el trabajo exclusivamente académico al compromiso “de tiempo completo”. Es decir, fuera de la esfera partidaria, institucional. ¿De qué manera, en su caso, es posible explicar ese pasaje desde el intelectual “ajustado” hasta el desajuste; un pasaje que deriva en la exposición pública y la ruptura con colegas y miembros de su generación?
 

Esplendores y miserias de los intelectuales críticos

Autor(es)

 

 

Orígenes y fisonomía del intelectual crítico

 

Se señaló muchas veces que, en el curso de las últimas décadas, la crítica abandonó sus ámbitos tradicionales de circulación para refugiarse en las universidades. Con razón escribió Terry Eagleton (1984: 7) que “la crítica carece hoy de toda función social sustantiva. Es parte de la rama de relaciones públicas de la industria literaria o una cuestión totalmente interna a las academias”.1 Cabe añadir que la academización de la crítica a la que aquí se alude es correlativa del desvanecimiento de un modelo: el del intelectual crítico. Imposible discutir aquí en profundidad todo el complejo de cuestiones; estas notas aspiran solo a presentar algunas reflexiones en torno al problema.

La autocrítica de la intelectualidad revolucionaria: Oscar Terán y la historia de las ideas argentinas

Autor(es)

 
¿Por qué Oscar Terán?
 
Entre los años 1960 y 1970 aconteció algo en la Argentina que selló profundamente el derrotero de su vida intelectual durante los siguientes treinta años: se produjo la efusión y declive abrupto de la vocación revolucionaria entre las jóvenes hornadas intelectuales. A pesar de que involucró una mutación heterogénea (pues algunos sectores perduraron en un proyecto de activismo intelectual radical), sus huellas fueron duraderas.
Durante el tramo final de la última dictadura arraigaron las bases de una metamorfosis ideológica entre la intelectualidad de izquierda según la cual los viejos sueños emancipatorios –imaginados y militados a través de una praxis revolucionaria– fueron sustituidos por ideales progresivos y reformistas, y por una teoría social relativista y contextualista. Las variantes ideológicas dentro de ese fondo post-revolucionario fueron múltiples: socialismos moderados, peronismos renovadores, liberalismos progresistas, con diversas dosis de iluminismo, nacionalismo o republicanismo formal. Lo crucial fue que, para muchos, la impugnación del capitalismo y de la democracia liberal-representativa devino impensable. La revolución fue suprimida del terreno de la política para ser degradada como una utopía propia de grupúsculos autoconsagrados.

El ceomacrismo, las Alianzas Público-Privadas y cambios estratégicos del capitalismo

 
El poder político privado
 
El ceomacrismo pretende la legalización de la privatización del poder político.
No se trata ya solamente de la privatización de los bienes y servicios públicos como ocurriera en la época de Menem, conforme a las políticas Thatcher-Reagan de los ochenta y noventa. Parece tratarse ahora, y no sólo en nuestro país, de la transformación legal del Estado en una empresa privada de modo tal que los gobiernos se integren directamente por los directivos del gran capital, los ceo-representantes. Algo más de lo que algunos llaman ceocracia: es el poder político privado. Un Estado como investidura legal del capital. Quizá los griegos llamaran a eso plutocracia.

La cuestión de la ceocracia y la naturaleza del gobierno macrista

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Muchos análisis políticos de los nombramientos del nuevo gobierno de Macri en los medios masivos de comunicación giraron alrededor de la idea de una ceocracia, a raíz de la cantidad de gerentes de grandes empresas (Chief Executive Officers o CEOs) designados como funcionarios, y esta idea habilitó las más osadas hipótesis acerca del carácter de las políticas que adoptaría dicho gobierno.1 El debate generado por tales designaciones se vio enrarecido, en aquella coyuntura de fines de 2015, por el eco de las polémicas suscitadas en el marco del ballotage realizado días antes. En efecto, el eje de la campaña kirchnerista ante la segunda vuelta había sido –recordemos- que sólo el voto por Scioli podía evitar que regresara al gobierno la derecha menemista de la mano de Macri. Los ribetes grotescos de este vulgar chantaje ya habían sido puestos en evidencia mucho antes. “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, dijo alguna vez Antonio Machado. Y la verdad en éste caso ni siquiera había salido de la boca de un porquero, sino del hocico de un simple puerco: Zulemita Menem ya había aclarado meses antes que tanto Macri como Scioli eran “personas que nacieron de la mano de mi padre”.2 Las designaciones de Macri apenas sirvieron en aquellos días para que los alicaídos kirchneristas creyeran corroborados sus oscuros pronósticos. Sin embargo, la caracterización del gobierno de Macri a partir de esa idea de una ceocracia planteó y sigue planteando, a casi un año de distancia de aquella coyuntura, ciertas cuestiones que nos parecen interesantes.

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