Revista Herramienta Nº 44

Junio de 2010

Trabajo y trabajadores. Los lugares sociales desde los cuales el trabajo resiste al capital

La vivificante trayectoria de los movimientos sociales en América Latina y Argentina sacó de su letargo las interpretaciones sobre las fuerzas sociales que motorizan el cambio social y abrió una de las discusiones más atrayentes acerca de los sujetos emergentes y en disputa en nuestra región. Mujeres, campesinos, poblaciones originarias y rurales, desocupados entre otros, por su relevancia en el espacio público parecieron postularse como referencia clara y a la vez unívoca, de las resistencias múltiples que se asocian a la complejidad de lo social y que enfrentan, a su modo, la deriva del capital. A la vez, conveniente y convincentemente, los trabajadores amansados por la desocupación, la precarización, la puesta en práctica de novedosos dispositivos y mecanismos disciplinarios, cuando no por las mismas organizaciones sindicales que los aglutinan, fueron relegados del campo de reflexión sobre lo que está en movimiento y cuestiona el orden social. O, alternativamente, fueron revitalizados en aquello que saben hacer, esto es combatir por la continuidad y defensa de las condiciones laborales perdidas, puntal que legitima un estado de integración por vía del empleo asegurado. 

Quino y Marx: trabajo, dignidad y rabia

 
 
 
 
 
 
 
Salvador Lavado, más conocido como Quino, ocho años antes de crear su personaje Mafalda, publicó en la revista Dibujantes núm. 15, de julio/agosto de 1955 la tira de dibujos de asombrosa actualidad con la que abrimos este artículo.
En el primer cuadro nuestro hombre tiene traje de presidiario, está encadenado a un enorme grillo, hay un policía armado con fusil que lo controla y la piedra que martilla es enorme. En el último, se ha transformado en un obrero corriente, con el mameluco azul de aquellos años, está libre, ya no tiene puesto ni el grillo ni aparece el agente penitenciario, la piedra es ahora más reducida, su rostro de tristeza y enojo es el mismo que tenía en prisión, y el autor le ha agregado sordos insultos. La expresión de esplendorosa alegría que lo hacía ingenuamente feliz al dejar la cárcel y regresar a la libertad ya no existe, tampoco la actitud decidida del tercer cuadro cuando se dirige a las instituciones del empleo. Trabajando ha vuelto a sentir sufrimiento, dolor, y angustia. Está nuevamente dominado, ahora sin cadenas de hierro y sin guardia armado. 

‘Movimientos Esperanza’. Cavilaciones sobre trabajo, autonomía, Bloch y lo realmente posible

 

“Hay mucho todavía no concluso en el mundo”.[1]
 
I
 
Las prácticas autónomas colectivas, de larga y rica historia en la región latinoamericana, han cobrado nueva vida de la mano de los movimientos rurales y urbanos. Invocando variados significados, la autonomía describe diversos procesos de auto-determinación, auto-organización y/o autogobierno, independientemente de las instituciones, el estado y/o el mercado. En sus versiones más radicalizadas, las prácticas autónomas son presentadas como generadoras de relaciones sociales alternativas a las capitalistas.

Trabajo decente versus trabajo digno: acerca de una nueva concepción del trabajo

Hablar hoy de trabajo no implica necesariamente preguntarnos acerca de su existencia y continuidad. Atrás parecen haber quedado las tesis acerca del fin del trabajo. En el nuevo rumbo del debate se habla de cómo debería ser hoy el trabajo. En ese marco, en 1999 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) resurgió de sus propias cenizas trayendo una nueva noción: el trabajo decente. La labor de la OIT se unificó detrás de cuatro objetivos estratégicos: derechos en el trabajo, empleo, protección social, perseguido todo por medio del diálogo social. Estos dieron el contenido sustantivo al Programa de Trabajo Decente a partir de 2008.

 
Por otra parte, desde otras latitudes pero también en los años noventa (del siglo pasado), surgió otra noción de trabajo: el trabajo digno. Impulsado desde algunos movimientos sociales latinoamericanos, este concepto se centra en una comprensión de la actividad laborativa humana como no-mercantil y no-individual, sino basada en el bienestar de la comunidad. La noción de dignidad aparece aquí como disruptiva y anticapitalista. El empleo (igual a salario) no es lo relevante, sino la forma de organización que se da el colectivo, orientada hacia el interés general.

Un recorrido observando trabajos

Este artículo no es más que un camino de observación por distintas realidades de trabajo. Son tres momentos, separados o no en el tiempo, no importa demasiado, donde me detuve a mirar a la gente trabajar. Sin interferir en su cotidianeidad, sin preguntar más allá de una posible interacción circunstancial con quienes estaban trabajando, sin mi máscara de investigador prejuicioso, mi mirada trató de desgajar tareas, analizar actitudes, relevar interacciones, recorrer espacios y tiempos de otros y, en definitiva, desacralizar la teoría como marco previo a cualquier estudio que hagamos sobre el trabajo. Si, la teoría luego se cuela en algunos aspectos del artículo es solamente con posterioridad a la mirada y únicamente para reafirmar el hecho, no para fundarlo previamente. Iba a ser difícil percibir muchos aspectos que solamente preguntando podían ser detectados, pero esta era mi metodología (solo observar) y debía atenerme a ella, un simple voyeur de la vida cotidiana.

El artículo es entonces eso, la transcripción de mi observación desde afuera de tres casos diferentes: un comercio de venta de ropa femenina, un bar tradicional de Buenos Aires y una obra en construcción. Es sólo una parte de múltiples observaciones, encaradas hace unos años, sobre distintos trabajos, y la selección actual sólo obedece a un capricho intelectual: tratar de mostrar las diferencias y similitudes entre trabajos, espacios, tiempos, trabajadores, en tres actividades cotidianas por las que pasamos todos los días, con las que a veces interactuamos y que constituyen también parte de nuestras necesidades y consumos. 

Contra el trabajo

Por el modo casi omnipresente de instalarse en la vida cotidiana, en los proyectos, las preocupaciones y hasta en los sueños de buena parte de la sociedad, el trabajo, en sus distintos y variados aspectos, se ha convertido, notoriamente, en uno de los temas de mayor interés entre nosotros. Se habla pródigamente de la carencia de trabajo, de la necesidad de trabajo, del exceso de trabajo, del precio del trabajo, de la relación entre el capital y el trabajo, e incluso del vínculo entre el trabajo y la seguridad. Es escaso, en cambio, el tratamiento de la valoración del trabajo.

Hacia los años tempranos del siglo XIX, en la obra de Hegel, y luego a mediados de ese mismo siglo en la de Marx, encontramos la defensa de una vieja tesis según la cual en el trabajo está encerrada la esencia del hombre. Esa tesis, potentemente arraigada en la cultura de la civilización, conduce a suponer que el hombre que no trabaja apenas merecería ser considerado un hombre. Podría decirse, siguiendo ese pensamiento, que un hombre que carece de trabajo es un hombre en sentido biológico, pero no un hombre en un sentido estricto, es decir, en el sentido antropológico. Si la tesis es correcta, habría que admitir que la excensión del trabajo comporta una mutilación, una especie de minusvalía, un defecto. Y dadas las condiciones actuales de la existencia del hombre, en virtud de las cuales el fenómeno de carencia del trabajo es ostensiblemente comprobable, se debería concluir que una importante porción de la humanidad actual padece tal mutilación. Así es como la sociedad considera, explícitamente o de forma encubierta, a aquellos que, por una u otra razón, han dejado de trabajar o no trabajan, ni trabajaron, ni trabajarán: los desocupados, los ancianos, los vagabundos, los discapacitados, los locos; pareciera que ellos son algo así como pseudohumanos. 

Desbordando la categoría trabajo desde los movimientos sociales

Para nosotros el tema del trabajo siempre fue un punto más de discusión, y siempre fue esta intención que lleva a decir: no queremos volver al sistema […]. No puede haber trabajo digno habiendo esa explotación; en todo caso es trabajo que te sirve para cubrir algunas necesidades básicas, y no la realización como ser humano. […] para nosotros es un ensayo, un espacio de experimentación de un nuevo tipo de relación, un espacio donde las relaciones de dominante y dominado se van poniendo en cuestión. […] lo común es que la gente entre sin estar acostumbrada a tomar iniciativas, a actuar sin órdenes, y ahora de repente hay que opinar y tomar la iniciativa. Ésta es otra de las conclusiones que sacamos: la terrible mutilación al ser humano que hace el trabajo capitalista al quitarnos la capacidad de iniciativa. Nos mutila en un aspecto central de nuestra organización que es la creación a través del hacer.

Alberto Spagnuolo[1] 

Fragmento y constelación en la literatura revolucionaria de Mario Payeras

El gran secreto era cruzar despacio, pero sin detenerse.
Eran trances que ni siquiera imaginábamos la noche
lejana, cinco años atrás, cuando navegábamos por la
corriente mansa del Lacantún, bajo las estrellas de enero,
la fecha en que iniciamos los días de la selva.

 Mario Payeras, Los días de la selva

 
Nota introductoria
 
Esta ponencia es en realidad la construcción de un texto pequeño con fragmentos de otro más extenso. Me refiero a mi libro Imagen y dialéctica. Mario Payeras y los interiores de una constelación revolucionaria,[1] donde se intenta traducir las imágenes de Mario Payeras a imágenes dialécticas (Benjamín). El material del libro está centrado en dos obras fundamentales de dicho autor: Los días de la selva y El trueno en la ciudad.[2] Por razones de espacio hemos reducido el material citado a algunos fragmentos del primer texto, de tal suerte que nos diera lugar para presentar las reflexiones que siguen a la cita puntual. 

La dialéctica como lógica filosófica en Gramsci. Reportaje al filósofo italiano Giuseppe Prestipino

 

Prestipino acaba de cumplir 88 años el 1º de mayo. Este filósofo hace honor a la “Tesis 11”. Titular de la cátedra de Filosofía de la Historia de la Universidad de Siena por muchos años, hoy la vida lo encuentra peleando activamente contra la discriminación de los inmigrantes, como lo encontró a los 25 años la expulsión de Libia por su actividad en la Unión Sindical y, de vuelta a su Sicilia, participando en el movimiento campesino por la tierra.
Asume deliberadamente la impronta de Gramsci. Su vasta obra constituye una resignificación de su dialéctica y sus categorías.
En la página web de Herramienta se halla una exhaustiva reseña de su pensamiento y su obra.  
 
Dada tu larga trayectoria en la tradición marxista, como militante político y como pensador (si es que ambos aspectos se pueden distinguir)¿puedes hacernos un sintético “balance” de la misma?
 
En estos últimos tiempos mi trabajo teórico-político es fragmentario y conjuga intereses heterogéneos. “Dejadme entonces poner juntas cada cosa como vienen. El orden se hará después” (...) “la cosecha debe al menos ser segada, para recogerla en gavillas no dejarán de llegar días propicios” (así escribía Goethe, en su Viaje a Italia). A mí me faltarán los “días propicios”, ya es demasiado tarde. ¿Es posible “poner juntas” dos cosas en apariencia incompatibles: una teoría trascendental “supra-histórica” del pasado humano y la contingencia de una “sub-crónica” de nuestro presente cultural-político y económico-social? En mis últimos escritos se encuentra esa tentativa, acentuando ora el lado teórico, ora el debate interesado por el presente político. En otros trabajos precedentes he interpretado, libremente, la filosofía de Gramsci con una particular atención dirigida a la versión gramsciana de la dialéctica, versión en la cual la derivación hegeliana del método-sistema dialéctico y su “inversión” en el pensamiento de Marx arriban a desarrollos originales, porque un módulo que se presentaba como unívoco y, en su univocidad, recurrente, deviene en cambio poliédrico y variable en función de los tiempos históricos, de las relaciones entre opuestos o entre distintos y de los cotejos entre los diversos caracteres nacionales. Pero la dialéctica como lógica filosófica en Gramsci tiene el objetivo de comprender, sobre todo, el presente (y de descubrir las estrategias idóneas para su posible transformación). Estudiar el pasado es, para él, interrogarse sobre el presente. En mis trabajos busco definir también los tiempos pasados en sus itinerarios conclusos y dar un nombre a las “grandes épocas” en las que pensaba Marx en algunas de sus anotaciones al margen del El Capital. Pensar filosóficamente los tiempos históricos con la ayuda de Gramsci para mí significa, ahora, llamar “dominio” al primado de la economía en la época primitiva y al de la cultura en la época moderna; llamar “hegemonía” al primado de lo económico social pre-moderno o al primado “intelectual y moral” en el futuro trans-moderno. Y significa dialectizar la relación histórica entre cuatro “città” que, haciendo eco libremente a las sucesiones históricas propuestas por Sorel (un autor que influyó sobre el joven Gramsci) podría denominar la cité économique, la cité sociale, la cité savante y la cité morale

La deuda odiosa de Grecia

En la caracterización de la deuda griega y las consignas referidas a la misma, las asociaciones y partidos de los movimientos anticapitalista y altermundialista se muestran demasiado prudentes, lindando con la timidez. Trataré de explicar por qué considero que la consigna que hoy se impone es la denuncia de la deuda por parte de Grecia.[1] Y que el apoyo más eficaz a la juventud y a los trabajadores griegos por parte de los asalariados de los restantes países de Europa sería advertir que harán lo mismo. La denuncia vale para todas las deudas públicas. Es la única manera de terminar con la “dictadura de los mercados” o, mejor dicho, con la “sumisión voluntaria” de los gobiernos, dada su flagrante y completa capitulación ante los bancos y los fondos de inversión financiera, aceptando convertirse en engranajes y ejecutores de las medidas requeridas por ellos. 

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