La organización del trabajo, el sujeto social y el Programa de Transición.

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Autor(es): López Collazo, Néstor

López Collazo, NéstorLópez Collazo, Néstor.


 

Los cambios en la organización del trabajo afectan y modifican constantemente las relaciones de producción y son cruciales para comprender las distintas formas en que se manifiesta la lucha de clases en la sociedad. Marx, en El Manifiesto Comunista resalta que: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar constantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales”[1]. Al analizar el impacto de los cambios en la clase trabajadora, o en la clase-que-vive-de-su-trabajo[2] (Ricardo Antunes 1995) es central tener en cuenta estos cambios en los instrumentos de producción y fundamentalmente en las relaciones de producción y en consecuencia en las relaciones sociales. Sin desconocer la importancia de los procesos superestructurales, este trabajo intenta destacar ese enfoque básico de Marx.

 

 

Las nuevas formas de organización de la producción, flexibilización laboral, polivalencia, equipos de calidad, etc., modifican las relaciones de producción gestadas en el período fordista y apuntan a la destrucción del poder de los trabajadores de masas fordistas que, centralmente, emanaba de la unidad gestada en las grandes fábricas. Si los cambios en todas las relaciones sociales que hoy presenciamos, individualismo, falta de solidaridad, exclusión social, trabajo de mujeres y niños en condiciones de semiesclavitud, desocupación, etc., tienen directa relación con los cambios de las relaciones de producción, debemos preguntarnos cuál fue el proceso de derrota (estructural y superestructural) del movimiento obrero que los posibilita. Este trabajo intenta centrarse en destacar los cambios en las relaciones de producción, porque ellos apuntan a disolver el poder del trabajo. Poder y relaciones sociales que se plasmaron en formas institucionales: cooperativas, movimientos sociales, sindicatos, partidos políticos, etc. y en la conciencia de clase, ideología y los programas sindicales y políticos. Los cambios tecnológicos y en la organización científica de la producción, son consecuencia y causa de la profunda crisis que afecta a los trabajadores, a las organizaciones revolucionarias y producen cambios en la subjetividad y en el sujeto social. La globalización, apunta a destruir el poder del trabajo y con esto pone a la humanidad en la época de la barbarie social en medio de un desarrollo de tecnología sin precedentes.
 
Tres períodos
 
En lo que va del siglo se pueden señalar tres períodos claramente diferenciados en la organización de la producción capitalista. El primero se sustentaba en el maquinismo y la gran industria, núcleo de la constitución del movimiento obrero tradicional. El segundo llamado “fordismo-keynesianismo”, surge en la década del 30, tras la crisis del 29, su hegemonía se manifiesta claramente en la posguerra y se extiende hasta la crisis de los años setenta. El tercero, conocido como “toyotismo-globalización”, es la respuesta burguesa a la crisis de los setenta y constituye el nuevo patrón de dominación a “la rebelión del trabajo”.[3] Se manifiesta con toda virulencia en nuestros días, caracterizándose centralmente por la destrucción de la relativa autonomía colectiva de “los trabajadores de masa” (fordistas) y el avanzado intento de una vuelta a la autonomía individual. De las relaciones de producción colectivas de masa y relaciones sociales colectivas basadas en poderosas instituciones (partido obreros, sindicatos, “estados obreros”, conquistas sociales, leyes obreras, etc.) del período fordista-keynesiano,a relaciones sociales que tienden a la “individualización” del trabajador (autonomía individual) con la destrucción de las superestructuras de la clase trabajadora: sindicatos, cooperativas, partidos obreros, etc. y también pérdida de institucionalidad burguesa: parlamentos, cámaras patronales, etc. para emerger el poder del capital financiero internacional.
 
La crisis de los veinte y treinta
 
Los años veinte en los países centrales estuvieron signados por el peso de un movimiento obrero, socialista, marxista y anarquista, que se fue gestando desde el nacimiento mismo del capitalismo. Bien puede considerarse a la Comuna de París y a las Revoluciones Rusas de 1905 y 1917 como el bautismo de fuego de este movimiento que se proponía el cambio total de la sociedad mediante la revolución social. La paradoja de que la revolución triunfante de Octubre no se hubiera llevado a cabo en los países más avanzados, como esperaba el marxismo, llevó a que los dirigentes bolcheviques la consideraran sólo como el preludio de la Revolución Mundial. Sin embargo nació otra paradoja: lo que sólo era el prólogo, se transformó en varios trágicos capítulos con el surgimiento del estalinismo, una dirigencia traidora y burocrática basada en teorías reaccionarias como la del “socialismo en un solo país”. Esta persistencia en el tiempo de una revolución deformada, desfigurada, burocratizada, fue acompañada por el esfuerzo y la lucha de millones de revolucionarios en todo el mundo que se inmolaron en infructuosos intentos revolucionarios bajo la dirección nefasta de Stalin, y en apariencia, para los trabajadores de todo el mundo, la Revolución Rusa continuaba su marcha hacia “el socialismo” y obtenía avances económicos en medio de una crisis generalizada del capitalismo. Por eso a comienzos de los años treinta la Unión Soviética se vislumbraba como una alternativa posible a imitar en el resto del mundo.
Frente a la ideología reinante en las filas de la burguesía, que preconizaba las “leyes naturales” del mercado como único medio para lograr el “justo equilibrio” de oferta y demanda de bienes y trabajo, aparecía la cruda realidad de una desocupación creciente, seguida de rebeliones y revoluciones estallando por doquier. Fue el peso de esta realidad el que dio lugar a que en el seno de la burguesía comenzaran a surgir diferentes alternativas posibles para enfrentar la crisis. Por un lado los liberales, defensores de los lineamientos de la economía clásica, sostenían que la superación de la crisis y su reflejo la desocupación sería alcanzable sólo liberalizando el mercado laboral, es decir, bajando de hecho los salarios (obsérvese que los neoliberales de hoy adoptan la misma receta). Esta teoría en plena vigencia a pesar de la creciente desocupación de los años veinte, terminó por desplomarse estrepitosamente con el crac de Wall Street en 1929.
Los años veinte-treinta enfrentarían al mundo capitalista con un gran problema, la desocupación masiva como la cara más aguda de la crisis estructural capitalista. Y, en alternativa al “socialismo”, dos posibles “soluciones” burguesas: el nazi-fascismo o el New Deal de Roosevelt. De una parte, el nazi-fascismo se construyó como la fusión del Estado y las corporaciones capitalistas y, después de destruir los sindicatos socialistas y comunistas, regimentó el mundo del trabajo al estilo de una moderna esclavitud totalitaria, en una clara política de destrucción de las relaciones sociales construidas por el movimiento obrero durante décadas de luchas. No en vano implantó más de tres mil campos de concentración vecinos a las fábricas.[4] De otra parte, el New Deal en Estados Unidos empezó como una respuesta a la crisis de superproducción y (empíricamente) al desempleo, pero luego daría lugar a toda una teoría y práctica económica: el fordismo-keynesianismo.
Ambas alternativas fueron motorizadas por el temor de que, ante el fracaso liberal, el poder del trabajo montado sobre un movimiento social obrero cuya dirección era centralmente socialista, diera lugar a nuevas revoluciones al estilo de Octubre en los países capitalistas centrales. O, dicho con palabras de Hobsbawn “la razón por la que se dio la máxima prioridad a ese sistema de estímulo a la demanda –el gobierno británico asumió ese objetivo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundialfue la consideración de que el desempleo generalizado era social y políticamente explosivo, tal como había quedado demostrado durante la Depresión”[5] (cursivas mías).
En Alemania e Italia el movimiento obrero socialista y revolucionario fue aplastado por la fuerza del nazismo, pero en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc. la solución fue más sutil y a la postre más duradera: apuntaba no a destruir, sino a transformar al movimiento obrero de revolucionario en reformista[6]. Con este objetivo, el keynesianismo impulsó dos procesos que se desarrollaron de manera sincrónica. Uno fue estructural, instrumentando cambios en el proceso de organización del trabajo (“taylorismo-fordismo”), y el otro fue superestructural, sintetizado en el llamado “Estado de Bienestar”, lo que dio origen a una nueva clase obrera y a nuevas instituciones del proletariado. Pero el marco general que posibilitaría su aplicación generalizada fue la destrucción de capital y aún más de vidas humanas, trabajadores, que resultó de la Segunda Guerra Mundial.
 
EE.UU. como centro del cambio
 
Para enfrentar la crisis de los años treinta, Franklin Delano Roosevelt, comenzó implantando durante su presidencia de1933-1936 una serie de medidas novedosas y en apariencia opuestas a las soluciones de la economía clásica. Estas constituyeron una intervención estatal directa tendiente a reactivar la economía y solucionar el problema de la desocupación, que amenazaba la estabilidad de todo el sistema social. En primer lugar implantó subsidios a los desocupados e impuso una política de obras públicas financiadas por la Public Work Administration, donde el Estado tomaba a su cargo la administración de fábricas y diques (Valle de Tennessee, 1933). Al mismo tiempo apuntó a la recuperación industrial mediante la Ley Nacional de Reconversión Industrial (1933) obligando a las ramas de la industria a concertar convenios colectivos tripartitos: trabajadores, empleadores y Estado Federal. Estas medidas constituían un hecho sin precedente en la economía liberal de la época, debido a que desde el Estado se establecían regulaciones, planificaciones, inmensas obras públicas, precios mínimos, semana laboral de 33 a 40 horas y salarios garantizados. Como contrapartida, implicaban un intento de involucrar al movimiento sindical dentro del sistema, haciéndolo “socio” en la distribución de la plusvalía y funcional al sistema.
Similares medidas se pusieron en práctica en Francia durante el gobierno del Frente Popular (1936-1938): se dispuso un aumento general de salarios del 7 al 15%, un programa de obras públicas, la aceptación de un fuerte déficit estatal y se implantó la reducción de la semana laboral de 48 a 40 horas sin disminución de salarios. Al mismo tiempo, se otorgaban más de dos semanas de vacaciones anuales (Ley del 21 de junio de 1936). Esta política continuó aún después del Frente Popular, con el gobierno Daladier (abril de 1938) el cual si bien dio marcha atrás con prohibición de aumentar a más de 48 las horas laborables semanales, estableció un plan de obras públicas por 11 mil millones de francos.
En Inglaterra fue ¿paradójicamente? un gobierno conservador, basándose en el informe de la situación social de Sir William Beveridge, quien impulsó estas políticas y reformas sociales congruentes con el keynesianismo. Así lo reconoce Hobsbawn: “Winston Churchill, inmerso en una guerra desesperada, adoptó las medidas necesarias para conseguir pleno empleo y poner en marcha el Estado de Bienestar”. El mismo autor agrega: “en cuanto a los trabajadores, una vez terminada la guerra, el ‘pleno empleo’, es decir, la eliminación del desempleo generalizado, pasó a ser el objetivo básico de la política económica en los países donde se instauró el capitalismo democrático reformado, cuyo más célebre profeta y pionero fue el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946)” [7]
Pero fue en Estados Unidos donde este proceso más se desarrolló y profundizó, y a partir de ahí de expandió incluso a países semicoloniales como Argentina, donde el movimiento obrero dirigido por anarquistas y socialistas tenía un peso específico importante. A partir de la finalización de la Segunda Guerra la aplicación del fordismo-keynesianismo le permitió a la burguesía disfrutar de treinta años de crecimiento sostenido, sin graves problemas de desocupación. Parecía que la economía capitalista, con la teoría de la demanda agregada que Keynes desarrolló en The General Theory of Employment, Interest and Money (1936), finalmente había encontrado la fórmula del círculo virtuoso de crecimiento económico con desarrollo social.
Fueron la inflación y la crisis de los setenta las que rompieron la ilusión de ese círculo virtuoso y mostraron que el verdadero rostro del capitalismo es basar su propio desarrollo en la miseria y hambre creciente de los trabajadores, y que los treinta dorados años de posguerra fueron solo un interregno. A partir de la crisis de los 70 comenzó el desarme del llamado Estado de Bienestar y de las regulaciones y relevancia de las instituciones o aparatos sociales. Pero, ¿qué había en el trasfondo de la política burguesa keynesiana? Ni más ni menos que el objetivo de la destrucción del movimiento social obrero, socialista y revolucionario que luchaba por la revolución social, forjado desde el siglo pasado y su sustitución por otro, despojado de esta conciencia de clase.
 
Taylor y Ford
 
El keynesianismo fue tan enemigo del movimiento obrero como lo fuera el viejo liberalismo o el nazi-fascismo. Si en los orígenes del capitalismo, la apropiación de los medios de producción por parte de la burguesía fue el acta de nacimiento del capitalismo, la estrategia del keynesianismo, cambiando el peso específico del garrote por el de la zanahoria, significó una vuelta de tuerca más al generalizar un cambio sustancial en la organización de la producción, cambio que finalmente logró destruir cualitativamente la fuente de poder propia del saber hacer (know how) del trabajador de oficio. Lo hizo sustituyendo al trabajador de oficio por los nuevos trabajadores industriales, cambiando los métodos de organización científica de la producción mediante la introducción masiva del taylorismo-fordismo, especialmente una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
En realidad, F. W. Taylor (1856-1915) logra un salto cualitativo en el disciplinamiento de la fuerza de trabajo, objetivo central de la burguesía desde siempre. En efecto, mediante el estudio sistemático de los “tiempos y movimientos del trabajo” permitió a la burguesía acceder al control de la técnica de fabricación, desposeyendo al trabajador de oficio —heredero del antiguo artesano— de su saber hacer. Para Taylor “quien domina y dicta los modos operatorios se hace también dueño de los tiempos de fabricación”.
También Marx había reparado en el inmenso poder del patrón al disponer de “la habilidad detallista del obrero mecánico individual” en el proceso de producción, y así lo pone de presente en El capital: “La habilidad detallista del obrero mecánico individual, privado de contenido, desaparece como cosa accesoria e insignificante ante la ciencia, ante las descomunales fuerzas naturales y el trabajo masivo social que están corporizados en el sistema fundado en la máquina y que forma con ésteel poder del patrón[8](cursivas mías).
Lo novedoso del método de Taylor es que éste descompone el trabajo calificado del obrero de oficio en gestos simples, mensurables en su tiempo de ejecución, con el fin de apoderarse de “la habilidad detallista del obrero mecánico individual”. Una vez reducido a gestos simples, procede a reproducirlos en varios trabajadores no calificados, donde cada gesto, cada tarea tiene estipulados un tiempo y forma determinados de ejecución. De esta forma, al dictar los modos operarios y determinar los tiempos de producción, logra vencer el poder del obrero de oficio. Quien poseyera el “saber hacer” podía controlar la organización del trabajo y regular el tiempo de producción. El método taylor despojaba al obrero de oficio de la fuente de su poder y lograba disciplinar la fuerza de trabajo, además de que, adicionalmente, se eliminaban sistemáticamente los tiempos muertos de la producción, se reducía el tiempo de fabricación del producto y se lo abarataba.
Con el dominio del saber hacer el capitalista estaría en condiciones de imponer nuevas máquinas y herramientas sin grandes resistencias, las que a su vez le otorgan más armas para dominar y disciplinar al trabajador y, por ende, incrementar la extracción de plusvalía.
 
El obrero de fábrica contra el de oficio
 
Las primeras organizaciones obreras fueron centralmente impulsadas por los obreros de oficio, quienes organizándose potenciaban el poder de su saber hacer. En los primeros sindicatos, incluso en países periféricos como Argentina, esto se manifestaba en que uno de sus objetivos centrales era la defensa del oficio, no solamente contra el patrón y sus máquinas-herramientas, sino también contra “sus competidores”: los trabajadores sin oficio, a quienes el método de Taylor posibilitaba el ingreso masivo a la producción industrial, y migraban en forma masiva escapando de las tareas rurales y la crisis agraria. Ser aceptado como miembro del sindicato estaba condicionado al hecho de poseer o no el oficio y aceptar sus estatutos y programas, en donde generalmente estaba el concepto de luchar por el “comunismo anárquico” mediante la “revolución social”. Una de las exigencias a la patronal era que debía tomar trabajadores de las bolsas de trabajo que poseían los sindicatos.
Dentro de estas organizaciones de trabajadores, en general ligadas estrechamente a organizaciones políticas anarquistas, marxistas e incluso socialdemócratas, había también una polémica que tiñó todas las discusiones hasta la primera guerra mundial y fue el debate entre reformistas y revolucionarios. De suyo, este debate no era entre construir el socialismo o aceptar el orden capitalista. Se daba por supuesto que la única alternativa válida al orden capitalista era el socialismo; el problema residía en cuál o cuales eran los caminos para acceder al socialismo.
Así retrata este panorama G. D. Cole, un historiador marxista: “Esto era, por supuesto una disputa sobre palabras; porque nadie negaba que el Estado tendría que variar su carácter para convertirse en instrumento de una clase distinta. Pero la concepción marxista suponía que ese cambio debía tener lugar súbitamente, reemplazando de pronto el nuevo Estado al viejo, mientras que los reformistas pensaban en una transición gradual de las funciones del Estado, en la que sería imposible señalar el momento en que el Estado dejara de ser una cosa para convertirse en otra. La cuestión oscilaba pues entre el gradualismo y la concepción “catastrófica”, más que en definiciones distintas de Estado.” [9]
 
La cadena de montaje
 
La guerra desatada por la patronal por extraerle al obrero su habilidad, su saber hacer, da un salto cualitativo con la “cadena de montaje” que impone Ford en 1913 en su fábrica de automóviles y cuyas consecuencias alienantes parodiará Carlos Chaplin en la película Tiempos Modernos. Esta modificaba, entre otras cosas, el hecho de que el obrero girara alrededor del automóvil para construirlo, como lo hacía en el taller. Ahora no debía moverse de su puesto de trabajo, mientras ensamblaba las partes en un chasis que va desplazándose sobre una línea de montaje movida por una cadena. Ello implicaba que el obrero debía adaptarseal ritmo de la cadena, y ésta se movíaa la máxima velocidad posible, ya que el perfeccionamiento del sistema consistía precisamente en aumentar la velocidad de la cadena. La incorporación de la cadena no es posible sin la aplicación simultánea del taylorismo y en el marco de la aparición de nuevos productos industriales como el automóvil. Ford toma la idea de la cadena de los frigoríficos, donde las vacas subían por sus propios medios a una rampa y, sujetas a una noria, descendían ya muertas y por efecto de su propio peso, al tiempo que se efectuaba el desposte. A esta “cadena” Ford le puso electricidad y la hizo horizontal.
Aplicando el método de Taylor, Ford logró ahorrar tiempos muertos en forma sorprendente. Así lo muestran registros de la época: “Operaciones realizadas por un solo obrero se ‘desmontan’ para ser distribuidas entre 29 hombres: en 1913 para una determinada operación de montaje se necesitaban 25 minutos, mientras que en 1914 distribuyendo el trabajo entre 29 obreros, se empleaban sólo 7 minutos (...) Un equipo de 28 obreros lograba realizar en una jornada de 9 horas, 175 acoplamientos, unos años después, 7 personas realizaban en el mismo tiempo 2.700 operaciones de igual valor”.[10] Con esto, se ponía a los “privilegios” del obrero de oficio.
Ford preparaba la mano de obra en tiempos récord. En 1926 el tiempo de adiestramiento de sus obreros era el siguiente: “El 43% se formaba en menos de un día; el 36% se formaba de 1 día a una semana; el 6% se formaba de 1 mes a un año y el 1% se formaba
de 1 año a 6 años”[11].
Es evidente que el taylorismo-fordismo había ganado la batalla por apoderarse del saber hacer y podía adiestrar al 79% de los obreros en menos de una semana, lo que le permitió incorporar masivamente mano de obra no calificada y disciplinarla a su antojo para lograr extraer un máximo de plusvalía.
Una vez dueña del saber hacer, la Oficina Técnica de la fábrica cobró una enorme dimensión. Esta pensaba, proyectaba, planificaba, medía la calidad final, cronometraba, establecía códigos, normas y “la mejor y única vía de cómo se debía proceder” para fabricar el producto. La parte obrera debía obedecer disciplinadamente, como un ejército. La división del trabajo ya no se operaba solamente entre trabajo intelectual y manual, sino que el manual fue parcializado a escalas antes no pensadas. Las categorías estaban determinadas en función de la habilidad para el manejo de las máquinas. Los capataces, supervisores, controladores de calidad y jefes tenían un peso importante en la fábrica. Por ejemplo, la Ford llegó a tener el 14% de su personal desempeñando funciones de capataz.
Mientras en las fábricas los reglamentos y convenios “regulaban” la producción, fuera de la fábrica el llamado Estado Benefactor crecería y se desarrollaría en los treinta y especialmente después de la Segunda Guerra, a través de una enorme red de instituciones, leyes laborales y políticas activas de empleo, crédito y consumo para aumentar la demanda y mantener el círculo “virtuoso” de más producción y más consumo.
Ford había logrado aumentar la producción a niveles sorprendentes y transformarse en el capacitador de su personal. Necesitaba ahora ampliar el mercado para que sus productos pudieran ser comprados, incluso por sus propios trabajadores. Ford decía que su mejor idea no había sido la cadena de montaje, sino aumentar los salarios a “five dollars day”, y que incluso tenía otra mejor: elevarlos a “six dollars day”. Esta iniciativa tenía fundamentalmente el objetivo de evitar la deserción de los trabajadores que huían de los brutales ritmos de producción, y sólo era otorgada después de un prolongado período de prueba (6 meses o un año) y además perseguía una lógica distinta a la clásica, según la cual cada empresario deseaba que los otros empresarios pagasen mejores salarios para que los trabajadores le compren sus productos, mientras él pagara a los suyos lo menos posible, para ganar más. Ford “obligaba” a sus competidores a elevar salarios para hacer de los trabajadores consumidores y en ello precedía a Keynes.
La producción en masa fordista obtuvo otro logro: completó el proceso de monetizar la fuerza de trabajo, es decir, hacer al obrero totalmente dependiente de su salario para subsistir. La producción industrial había separado al trabajador de las tareas rurales o del cultivo individual de su parcela, de su quinta. Había logrado un obrero que dependía totalmente del consumo de productos industriales para su subsistencia, y el fordismo-keynesianismo completó esta tarea con la incorporación masiva al mercado del conjunto de los habitantes en los principales países, donde la casi totalidad de la producción se hacía bajo forma capitalista. Los subsidios a los desocupados, la jubilación, el salario familiar, constituyeron indudablemente conquistas para los trabajadores, pero también eran vistos por los capitalistas keynesianos como una forma de aumento de la demanda agregada.
 
La incorporación masiva de mano de obra y la producción en escala
 
La incorporación masiva de trabajadores sin oficio fue una característica muy importante del fordismo. En el caso de EE.UU. éstos provenían de la inmigración y en sus países de origen habían desempeñado labores agrícolas[12]. La misma tecnificación del campo desalojaba millones de campesinos que no tenían más que oficios rudimentarios y que la fábrica absorbía por millares. Este mismo fenómeno inmigratorio de fines de siglo y principios del actual involucró a países como Argentina, Uruguay, Canadá y Australia, pero con dispar resultado en cuanto a absorción de mano de obra por parte de la industria.
Hacia 1927 habían salido de los talleres de la Ford 15 millones de autos Ford T (la letra T viene de Tourist, y representa la idea de un automóvil de paseo al alcance de todos, opuesta a la dominante hasta ese momento de autos súper lujosos. Es esta misma producción y mercado masivos lo que le permite a Ford bajar los precios en menos de la mitad en poco más de diez años. La siguiente tabla es muy ilustrativa del tipo de producción fordista.
Automóvil Ford Modelo T [13]
Año
Precio en dólares
Autos fabricados
 
1909
950
18.664
1910
780
34.528
1911
690
78.400
1912
600
168.220
1913
550
248.317
1914
490
308.213
1915
440
533.921
1916
360
785.432
1917
450
706.584
1918
525
533.706
1919
575 y luego 440
996.660
Ford tenía frases ingeniosas. Una vez le plantearon que había clientes que querían coches de otros colores. Y respondió que “no tenía inconveniente en hacerlos de cualquier color, siempre y cuando fuera el negro”. Una expresión de soberbia aparente, pero que escondía otra realidad de la producción en masa fordista: la producción a escala. Para que la inversión de montar una fábrica resultara redituable se necesitaba el menor tiempo posible de amortización. El concepto era que en ese tiempo había que producir una cantidad determinada de la misma pieza. La gran escala permitía hacer redituable la inversión.
 
La integración y la diversificación del proceso productivo
 
La tendencia de las empresas fordistas fue la de absorber a sus proveedores, integrando todo el proceso productivo dentro de la empresa. Así, van incorporando distintas actividades, desde la extracción de materias primas y la producción de sus insumos hasta la manufactura y venta del producto final, lo que las transforma en verdaderos monopolios. La fábrica fordista, así como había tenido éxito en apoderarse del saber hacer obrero, aspiraba a poder extenderlo a otras actividades diferentes a la suya específica y así ampliarse ilimitadamente. Con esta finalidad Ford compró tierras en Brasil para producir caucho que usaría en las cubiertas de los coches, trenes para transportar los automóviles, carpinterías, puertos, etc. De esta manera, las empresas fordistas de producción extensiva crecían y se diversificaban más y más, pero este mismo gigantismo terminaría a la postre por imposibilitarles la suficiente movilidad y adaptación a los cambios.
 
La rigidez: el talón de Aquiles de la producción fordista
 
Taylor-Ford culminan un largo camino de la burguesía que desde sus orígenes se propuso apoderarse del saber hacer. Al lograr esto en primer lugar, y al incorporar la línea de montaje y la producción en serie después, dejaron sin base de sustentación objetiva al sindicato por oficio. No hubiera habido triunfo del fordismo sin la derrota del sindicato de oficio y el programa que lo sustentaba, porque las relaciones de producción que establece el fordismo no son funcionales con las relaciones sociales que sustentaban al sindicato de oficio, este se quedó completamente superestructuralizado.
El nuevo paradigma de organización de la producción desplazó la lucha en la producción del plano del saber hacer al plano del puro y descarnado tiempo de producción. De la cualidad a la cantidad de trabajo. El tiempo de trabajo pasó a ser el eje de la confrontación diaria en la fábrica fordista y, en especial, la lucha contra el aumento de la velocidad de la cadena fue permanente.
Hay que poner de relieve que el movimiento obrero fordista fue diferente al de la manufactura y la gran industria. La cadena, las máquinas, el saber hacer en manos de la patronal dan un nuevo oficial, el oficial que sabe manejar la máquina que produce una pieza, una parte del producto final. Se trata de un oficio que está ligado a la máquina y que cambia con el cambio de la máquina, pero que desconoce cómo producir la totalidad del producto.
Por otro lado, la cadena, el desglose de piezas y su maquinado achica las diferencias entre los diversos sectores de la fábrica y tiende a emparejar las categorías de trabajadores. De esta forma, la cadena ata a todos los obreros a su ritmo, pero también los une, los masifica y los disciplina.
Estas características del trabajo diario se proyectarán en la pelea por el tiempo de producción. Las características de la producción darán las bases objetivas para una nueva organización unitaria, diferente a la del sindicato de oficio, al tiempo que la derrota política que implica la no extensión de la Revolución Socialista completará el marco general. Así, de las entrañas de la fábrica fordista nace una nueva organización que hereda el nombre de sindicato, pero que es cualitativamente diferente a su antecesor.
Holloway destaca este fenómeno de la siguiente manera: “Un nuevo sindicalismo industrial brotó de las nuevas relaciones de trabajo. La difusión del fordismo implicó la difusión de un nuevo tipo de “obrero de masa”, trabajadores no capacitados laborando en grandes fábricas. El trato fordista, el intercambio entre el tedio y el pago, había hecho del salario un punto de lucha más claro que nunca”[14].
La nueva organización obrera sufre un cambio en la fuente de su poder. Mientras que los sindicatos de oficio lo basaban en el saber hacer, el nuevo sindicato lo sustentará en su unidad, su masividad. El nuevo sindicato lucha y pacta, acuerda una forma de producir y de salario y nace el convenio colectivo de trabajo como eje central para establecer las normas de producción. Se trata de un convenio que también aceptaba la patronal, ya que en él se estipulaban rígidamente las tareas de cada sector, de cada categoría. Asimismo, esta rigidez, estipulada en el convenio colectivo de trabajo, era necesaria para poner en marcha una compleja cadena de producción organizada férreamente, al estilo militar, desde la Oficina Técnica, la que dictaba exactamente cómo producir y en qué tiempos.
La cadena es el punto fuerte en el sometimiento a los trabajadores, pero paradójicamente también su punto débil, ya que toda la producción puede quedar parada por la ruptura de un eslabón. Una sección dominada por activistas o sin un rígido control podía comprometer todo el proceso productivo. Esto daba base a una contradicción: por un lado, se necesitaba un acuerdo general, un convenio rígido de todo el proceso para establecer las pautas de la producción y esto daba pie a la existencia de fuertes organizaciones sindicales (en Argentina, la Unión Obrera Metalúrgica fue un caso típico de este fenómeno), pero por otro, en el ámbito de la sección, el delegado o la asamblea de sector tenían la posibilidad de desencadenar un conflicto que podía hacía peligrar toda la producción.
Esta fue una situación dual muy típica de la forma de organización sindical argentina. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los sindicatos y la propia CGT conformaban enormes aparatos con un formidable poder de movilización. Como sostiene Godio “la tasa de afiliación global en Argentina, superior al 50% de los asalariados, resulta sumamente elevada en términos comparativos con otros países de América Latina e incluso con los de Europa o los EE.UU.”[15]. Pero este aparato estaba controlado férreamente por una dirigencia sindical que adoptó de manera sistemática una ideología funcional al sistema capitalista y de total dependencia política de la burguesía, encarnada en Perón y el peronismo.El otro polo de esta situación dual radicaba en el ámbito de las fábricas, donde se construían organismos más democráticos, como los cuerpos de delegados, las comisiones internas y, fundamentalmente, los delegados de sección, que sufrían y generalmente expresaban de forma directa las presiones de las bases obreras, que muchas veces son disparadoras de luchas.
El triunfo del fordismo-keynesianismo a lo largo de las tres décadas doradas del capitalismo significó haber logrado imponer la cadena de montaje como foco ordenador de la actividad productiva y al ritmo necesario para un sostenido crecimiento capitalista. Por un lado, logró reducir a su mínima expresión los brotes de rebelión del nuevo trabajador masivo y, por otro, relegó al olvido el oficio y sus sindicatos.
 
El keynesianismo como reconocimiento e institucionalización del poder del trabajo
 
La burguesía preveía –paradójicamente al igual que Trotsky y Lenin–, que la Revolución Rusa no se podía sostener sin una revolución social mundial, que podría comenzar en Alemania para luego extenderse a los principales países desarrollados. Sin embargo, la revolución alemana fracasó en el 19 y luego en el 23, y fracasó la china, la austríaca, etc. Por otro lado, casi sin afectar a Rusia, la crisis del 29 hizo temblar a todo el occidente capitalista: desocupación del 25% en EE.UU., hiperinflación en Alemania, huelgas y movimientos en todo el orbe. Por una vía imprevista la Revolución Rusa, aunque ya burocratizada, sobrevivía y servía de esperanza a millones de trabajadores en todo el mundo.
La preocupación de la burguesía se centraba en cómo salir de la crisis a que había sido empujada por la economía liberal, montada sobre la creencia de que el mercado capitalista con su mano invisible lograría el equilibrio social, entendido como equilibrio de factores de mercado (como ahora sostienen los neoliberales).
El caso de Ford es elocuente al respecto. Hasta los años treinta había perseguido a los activistas, denunciado a los “comunistas” y prohibido la formación del sindicato, pero a partir de entonces cambia de actitud y empieza a combinar la represión con el reconocimiento y la negociación a los nuevos sindicatos. Cannon describe así la intervención estatal en los movimientos huelguísticos en Estados Unidos:“El año 1933, el cuarto año de la gran crisis norteamericana, marcó el comienzo del levantamiento más grande de los obreros norteamericanos y su movimiento hacia la organización sindical a escala nunca vista antes en la historia del país (...) Este gran movimiento se desarrolló a oleadas. El primer año de la administración Roosevelt vio la primera oleada de huelgas de considerable magnitud, pero de resultados insuficientes, en la vía de la organizaciónporque carecían de suficiente empuje y adecuada dirección. En la mayoría de los casos, el esfuerzo de los trabajadores era frustrado por una “mediación” gubernamental por un lado y una brutal represión por el otro”. Cannon también señala el cambio del rol del Estado: “El antiguo movimiento sindical, que acostumbraba a negociar con la patronal sin interferencia gubernamental pertenece al pasado”. Y refiriéndose a la huelga de los camioneros de Minessotta, señala que: “No ponían ninguna confianza en el Ministerio de Trabajo de Roosevelt; no eran engañados por ninguna idea de Roosevelt, el presidente liberal “amigo de los trabajadores...”[16]. Esta cita, que demuestra una actitud clasista principista de los huelguistas dirigidos por el SWP [17], destaca la política de Roosevelt de aparecer como el “amigo de los trabajadores”.
Este crecimiento impetuoso del sindicalismo norteamericano que señala Cannon, se da montado sobre el proceso productivo que ponía en práctica los métodos de Taylor-Ford. Esta nueva organización del trabajo se generalizaba en la industria y le brindaba a la burguesía la posibilidad de aumentar enormemente la tasa de plusvalía.
Pero se necesitaba un pacto con el movimiento obrero, que disciplinara la fuerza de trabajo. Los sindicatos dirigidos por marxistas o trotskistas como Cannon no claudicaban en su lucha, considerada como un paso hacia la revolución social, al tiempo que los sindicatos de oficio habían perdido sentido y, por consiguiente, poder. Los nuevos “obreros masa” necesitaban para la lucha una nueva organización que brotando de las nuevas relaciones de producción les permitiera enfrentar a la patronal; la burguesía también “necesitaba” otros nuevos sindicatos que le permitieran controlar los conflictos que se originaban por el nuevo proceso productivo haciéndolos funcionales al sistema capitalista. De la combinación de todos estos factores surge un nuevo sindicato y una nueva burocracia sindical y política de corte keynesiano, que se apodera de y transforma a los viejos sindicatos, como en Argentina ocurriera con los nuevos sindicatos peronistas-fordistas que desde la Secretaría de Trabajo impulsara Perón a principios de los cuarenta.
Desde el poder se favorece esta verdadera reorganización del movimiento obrero basada en los cambios objetivos en el proceso productivo. Se persigue a los obreros socialistas revolucionarios, se reprimen brutalmente las huelgas clasistas y nacen los nuevos sindicatos, diferentes cualitativamente a los anteriores, porque aceptan el pacto social, económico y político keynesiano. Nace un nuevo sindicalismo que renuncia a la conciencia revolucionaria a cambio de pactar aumentos del salario y una tajada de poder, nace lo que Eduardo Martedí llama la clase obrera mendicante.[18] ¿Se soluciona solamente con este pacto la crisis capitalista desatada en el 30? Evidentemente no. Necesitará la Segunda Guerra con la destrucción masiva de capital y fundamentalmente con millones de muertos, de población civil (lo nuevo de las guerras de este siglo según Hobsbawn) para que luego deviniera la corta “etapa de oro del capitalismo” que terminó en la crisis de los 70. El keynesianismo significó un nuevo patrón de dominación, como señala Holloway.
¿Fue el keynesianismo la única respuesta al poder del movimiento obrero? No. Estuvo también el nazismo, como ya quedó establecido inicialmente. Lo sagaz de la respuesta keynesiana fue que tenía una formal cara democrática. Reconocía e institucionalizaba el poder sindical, el poder del trabajo, pero a la vez, simultáneamente, lo castraba, lo desviaba de la lucha contra el sistema de producción capitalista hacia la discusión por la distribución de ingresos. Mientras el nazismo pretendió destruirlo, reducirlo al esclavismo, el keynesianismo pactó, legalizó a los nuevos y cualitativamente diferentes sindicatos, les dio el descuento de las cuotas por planilla, el control del seguro social, las obras sociales, las colonias de vacaciones, etc. En la Alemania de posguerra los trabajadores de algunas grandes fábricas se sentaban en los directorios de las empresas, y en muchos países, incluso en Argentina, participaron como ministros de gobiernos burgueses. Y no se trató sólo de gobiernos de Frentes Populares, sino también conservadores, como el de Churchill, quien nombró ministro de trabajo a uno de los dirigentes sindicales más importantes de Inglaterra, Ernest Bevin. Obviamente se trataba de una integración que dejaba intacto e incluso fortaleció el modo de producción capitalista.
Estos cambios no obedecían a una supuesta humanización del capitalismo, sino a una estrategia de involucramiento del movimiento obrero en el sistema con el fin de destruirlo como tal, es decir, desnaturalizar su lucha por la redención del género humano mediante el único camino: la revolución socialy naturalizar la ilusión de que el sistema capitalista funciona mediante la lógica progreso económico significa progreso social.
Es cierto también que estos nuevos sindicatos debían en determinadas oportunidades recurrir a la lucha y de que ésta penetraba en una dinámica que podría poner en cuestionamiento todo el andamiaje de organismos funcionales al sistema, pero las huelgas generales insurreccionales no estuvieron normalmente a la orden del día. De hecho en esta etapa hubo grandes luchas, pero centradas en la distribución de la plusvalía, lo que implica aceptar el modo de producción. La existencia de estas instituciones del Estado de Bienestar no podían suprimir la contradicción fundamental entre capital y trabajo, fuente de constante conflicto por la apropiación de la plusvalía. No obstante, cumplían la función de mantener esta contradicción bajo control, para que no desbordara los marcos del sistema, haciendo a las luchas funcionales al capitalismo. Esto mismo ya lo había denunciado Lenin al referirse al sindicalismo. De ahí la importancia de la nueva legislación laboral, los “derechos del trabajador” y el convenio colectivo de trabajo. Todo esto representaba un pacto de doble cara para los trabajadores: Eran un avance, pero también una trampa destinada a embretar al movimiento de los nuevos “obreros de masas” en la lucha por la productividad y a quienes se premiaba con la zanahoria de… un aumento salarial o mejores condiciones de trabajo, pero al mismo tiempo se los desviaba de la lucha por poder del Estado para hacer la revolución social. La gran excepción que sólo confirma la regla es la Revolución Española del 1936 al 39, pero aún así no es casual que España haya sido un país atrasado y de allí el peso del anarquismo. Entonces, bien mirado, el pacto fordista-keynesiano fue tan reaccionario como la respuesta fascista, a pesar de divergir en los métodos e instrumentos de que se valió. Nazi-fascismo y keynesianismo, ambos fueron enemigos del movimiento obrero. Y es necesario observar que el estalinismo resultó totalmente funcional a este último, toda vez que políticamente actuó de control de las luchas obreras para mantenerlas en los términos que planteaba la nueva burguesía progresista keynesiana. Desde el punto de vista económico-social estableció un régimen semiesclavista, donde el modo imperante de la producción fue el fordismo stajanovista.
El reflejo local de esta política fue Perón, aunque este fenómeno es diferente por dos razones centrales: primero por ser Argentina un país semicolonial, aunque con una clase obrera muy importante, y segundo por la debilidad de la burguesía nacional frente al peso de la oligarquía agroexportadora. Perón, con toda sagacidad, centra los cañones sobre la oligarquía declinante, la cara más odiada del sistema, lo que le gana la adhesión de los trabajadores, pero en esencia su política no escapa del keynesiano ya que favorece el desarrollo de una burguesía políticamente adicta. Establece un pacto social entre trabajadores nucleados en los “nuevos” sindicatos y la burguesía, modifica y controla los sindicatos, reprime a los anarquistas y contras (Cipriano Reyes), instrumenta el aumento de la demanda agregada, reemplaza las “obras de caridad” que hacía la oligarquía, por los “derechos del trabajador” y por la Fundación Evita, etc. Todo favorecido por una situación económica excepcional en una coyuntura de debilitamiento del imperialismo tradicional de gran peso en Argentina, el inglés, y una política progresiva de resistencia hasta el 50, al imperialismo emergente de la segunda guerra, el norteamericano.
 
La derrota de la cultura obrera
 
El fordismo-keynesianismo no fue solamente un cambio de estrategia del capitalismo para salir del atolladero en que lo sumió el crac de 1929 mediante el montaje de un Estado benefactor e intervencionista. Tampoco fue solamente un cambio en la estructura y organización de la producción. El fordismo-keynesianismo asestó un duro golpe a las fibras más íntimas de la estructura social, porque destruyó la “cultura obrera”. Esta había sido producto de los movimientos obreros de fines de siglo y se nutrió de las fuentes del socialismo y el anarquismo. La esencia de esa cultura era la crítica radical al sistema capitalista y la posibilidad tangible de una alternativa real en el socialismo, al que se llegaría por medio de la lucha social de los trabajadores. Pues bien, con el fordismo surge un nuevo obrero con otra conciencia política; toma forma un nuevo movimiento obrero a partir de las nuevas condiciones de producción. Los sindicatos en su gran mayoría se alinearon con el reformismo.
Delfaud lo describe así:“No sorprende, pues, constatar que más tarde los sindicatos de inspiración reformista y en forma más generalizada la socialdemocracia luego de romper con el marxismo, se adhirieran a las ideas keynesianas para combatir toda política de deflación y rechazar el dilema en el cuál la economía política clásica parecía encerrarlos; mantenimiento de un nivel elevado de desocupación o aceptación de una disminución de las remuneraciones salariales”.[19]
Muy lejos quedaron las posiciones de principio de siglo. En el texto del Acta de Fundación (junio de 1901) de la primera central obrera argentina, la FOA (Federación Obrera Argentina), puede leerse: “La FOA... saluda al proletariado universal que lucha por su emancipación, se solidariza con sus esfuerzos y hace votos por la redención del género humano por medio de la revolución social[20] (cursivas mías.). ¡Qué contraste con la ideología dominante hoy en los sindicatos! Pero esta declaración, que condensa la pujanza con que se vivía la identidad y la cultura obrera a principios de siglo y que impregnaba todas las actividades de la vida social, era impensable ya en la época del fordismo. Más atrás aún, en 1845, Federico Engels escribía en La situación de la clase obrera en Inglaterra: “Las diversas secciones de obreros a menudo unidas, a menudo divididas –miembros de uniones cartistas y socialistas– han fundado por propia iniciativa gran número de escuelas y salas de lectura, para elevar la instrucción intelectual. Toda institución socialista y casi toda institución cartista tienen tales institutos y tiene también uniones de cada oficio (...) El proletariado ha formado sobre estas bases una literatura propia –que consiste en su mayor parte, en diarios y opúsculos– muy superior como contenido a toda la literatura burguesa.
Pues bien, si hay una característica central del fordismo-keynesianismo es la de haber combinado la producción en masa con el llamada Estado de bienestar como una respuesta al potencial peligro de la emulación de la Revolución Rusa  desarmando el poder del movimiento obrero internacional integrando a las nuevas instituciones, sindicatos al sistema.
 
El uso de los medios de masas
 
Para imponer y consolidar el pacto keynesiano la burguesía necesitaba derrotar al movimiento obrero en todos los planos, y fundamentalmente derrotar la cultura obreraque permitiera desarrollar la conciencia revolucionaria. El lema burgués keynesiano fue: ¡Basta de dos culturas, una burguesa y otra obrera y socialista! ¡Una sola, controlada por nosotros! ¿Cómo completar este cambio? Uno de los medios centrales hasta la aparición de la TV, fue la radio.
En plena crisis de los treinta Roosevelt hablaba por radio todas las semanas; se metía en las casas obreras. El abaratamiento de los aparatos de radio los llevó a estar en todas las casas y “convencer” al movimiento obrero, no sólo mediante discursos, sino también con la música, los conceptos morales, la formación de las representaciones, etc. Eric Hobsbawn, en Historia del Siglo XX, lo describe de esta manera: “De los 9 millones y medio de aparatos de radio existentes en Gran Bretaña en 1939, la mitad los habían comprado personas que ganaban entre 2,5 y 4 libras esterlinas a la semana –un salario modesto–, y otros dos millones, personas con salarios aun menores. Puesto que la radio transformaba la vida de los pobres, y sobre todo la de las amas de casas pobres, como no lo había hecho hasta entonces ningún ingenio. ... al concluir la primera guerra mundial hubiera (la radio) conquistado ya diez millones de hogares en los Estados Unidos el año de la quiebra de la Bolsa, más de 27 millones en 1939 y más de 40 millones en 1950... Pero su capacidad de llegar simultáneamente a millones de personas, cada una de las cuales se sentía interpretada como individuo, la convirtió en un instrumento de información de masas increíblemente poderoso y, como advirtieron inmediatamente los gobernantes y los vendedores, en un valioso medio de propaganda y publicidad.” (cursivas mías).TambiénKeynes usaba la radio para transformar a los trabajadores en consumidores. En 1931, y al mejor estilo de un vendedor, se dirigía por ese medio a las amas de casa: “A Uds. pues me dirijo, amas de casa llenas de patriotismo: láncense mañana a las calles desde primera hora y dense citas en esas magnificas liquidaciones que la publicidad nos pondera por todas partes. Harán buenos negocios, pues jamás las cosas han estado tan baratas,... provéanse de todo un surtido de ropa blanca, sábanas y frazadas para satisfacer vuestras necesidades mínimas. Y regalen por añadidura, la alegría de dar más trabajo a vuestros compatriotas...”[21] En Argentina Perón hizo lo mismo: utilizó la radio a fondo, hablando “en cadena”. Así, con cambios fordistas en la organización de la producción y la consolidación de la política keynesiana y con el formidable impulso de los nuevos medios de comunicación en sus manos, la burguesía suplantó la cultura del movimiento obrero —los órganos de crecimiento y de formación de la conciencia, a los que se refiere Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra— por una única cultura monopolizada por ella. Hoy esa cultura burguesa llega al paroxismo con la televisión y el auge de las telecomunicaciones, que construyen las representaciones propias del imaginario social capitalista con la pretensión de ser el “único” posible, fuera del cual nada existe o resulta viable.
Incluso, aunque sea poco tomado en cuenta, el crecimiento de las grandes ciudades destruyó el barrio y la centralidad que tenía éste en la formación de la cultura obrera. El desarrollo de la escuela pública también fue objeto de esa transformación de doble cara: Por un lado significó un avance para el conjunto de los trabajadores, pero por otro fue “tomada” por el Estado y controlada como órgano de reproducción de la ideología capitalista. La destrucción de la familia obrera, la tradición familiar, del rol de los abuelos como transmisores de tradiciones y experiencias de lucha, fue desplazado un conjunto de elementos y políticas que fueron parte de la destrucción de la cultura obrera y socialista. El desarrollo de los medios de comunicación de masa fue determinante en este proceso, y a su vez devinieron en formadores de la nueva conciencia del “obrero de masa”, funcional al sistema del capital.
Cabe preguntarse entonces si sobre este nuevo sujeto social, surgido al calor del keynesianismo, podían aplicarse las mismas teorías de la revolución, los mismos modelos de partidos y de programas que se desprendían de la experiencia de la Revolución Rusa y que habían sido elaborados sobre la base de otro sujeto social.
 
La dimensión social de la globalización
 
La “época de oro” del capitalismo duró apenas tres décadas. En los años setenta se originó una nueva crisis económica mundial, cuyo detonante y cara visible fue el problema del petróleo pero que en realidad era la crisis del keynesianismo-fordismo. El gigantismo de las empresas fordistas y su organización taylorista del trabajo, se mostraron incapaces de sostener el proceso de acumulación y crecimiento capitalistas, que terminó estancándose bajo los efectos de la espiral inflacionista y los altos costos de producción, al mismo tiempo que por otro lado el poder basado en la unidad del obrero de masas amenazaba desbordar los marcos de luchas funcionales al sistema capitalista. Tal fue por ejemplo la oleada de luchas en países centrales como Francia e Italia de esos años. El esquema “Taylor, Ford, Keynes” con su Estado benefactor, intervencionista y regulador, que había sido la base decisiva para la maximización de ganancias y el crecimiento, ahora se mostraba impotente para sostenerlo, transformándose por el contrario en inhibidor del proceso. La inflación y la caída de la productividad llevaron a la recesión mundial. La forma de regulación del Estado de Bienestar, que hasta entonces había desempeñado el rol de redistribuidor del ingreso y apaciguador de confrontaciones, cayó en el conflicto de intereses por la baja en las ganancias del capital. Sin embargo, lo que aparecía como crisis del Estado de Bienestar era, en realidad, el epifenómeno del estancamiento productivo. Se desvanecían así las bases para la conciliación de clases y con ello la ilusoria compatibilidad entre ganancias del capital y bienestar colectivo. La breve “era dorada” del capitalismo había finalizado. El capitalismo ingresaba en una nueva fase que, paradójicamente, lo devolvía a su estado natural de salvaje explotación.
Surgieron entonces nuevas formas de explotación y organización de la producción. Durante los cincuenta que siguieron al fracaso de la Huelga General del movimiento obrero japonés de enero del 47 contra la intervención del ejército norteamericano, pasando por las huelgas derrotadas de la fábrica Toyoda (luego Toyota), hace irrupción en Japón un nuevo método científico de organizar la producción que, parafraseando a Lenin, aumenta la explotación a niveles asombrosos: el toyotismo.
La esencia del toyotismo consiste en trasladar a los trabajadores la competencia interempresa[22]. Heterogeniza a los trabajadores y destruye la hegemonía del movimiento social basado en la unidad de “los obreros de masa”. Hoy, a caballo de una enorme derrota obrera mundial, la burguesía esta imponiendo el sentido de estos métodos en todo el mundo y en todas las empresas. La organización científica de la producción basada en el just in time, que no se opone al taylorismo-fordismo sino que lo integra, apunta a destruir la fuente de poder de los trabajadores y por esa vía implantar la superexplotación.
Los métodos de calidad total se pudieron extender desde el Japón al resto del mundo debido a que la crisis de los setenta no fue resuelta por la revolución social (acá hay que preguntarse si ello fue sólo producto de la falta de una dirección o combinada con la parálisis que imprimió al sujeto social el keynesianismo-fordismo), y la salida fue nuevamente encausada por el capital, esta vez bajo el resucitado neoliberalismo económico.
Los métodos toyotistas, ensamblados con el reflejo político de la derrota plasmado en el neoliberalismo de Reagan y Thatcher, permitieron el proceso mundial de desregulación y de desmantelamiento del Estado Benefactor y, como afirma Holloway en La Rosa Roja de Nissan, impusieron un nuevo patrón de dominación. Este nuevo patrón, cuyas raíces están en el cambio del proceso productivo, desarmó el poder de la unidad del trabajo, los sindicatos y los partidos obreros perdieron objetivamente poder; estableció nuevas relaciones sociales y posibilitó el desarrollo de las nuevas tecnologías. Aparecen así “nuevos” trabajadores: los de servicios, los precarios, los parcializados, los trabajos de las mujeres y jóvenes, los trabajadores a domicilio, etc. y, como remanente, un gran sector social de desocupados crónicos: los excluidos del sistema. Todo esto configura un nuevo panorama, donde los desocupados, semiocupados y los excluidos han pasado a ser parte permanente del movimiento social, en donde priman las relaciones individuales y la falta de instituciones que los represente y los configure como fuerza social organizada.
 
Lenin y el taylorismo
 
Aunque es discutible asimilar socialismo a mayor productividad, Lenin destacó la importancia del taylorismo ya en sus inicios, poniendo de relieve su doble faz. Por un lado, el enorme salto cualitativo y cuantitativo que representaba para la producción industrial masiva y, por otro, la superexplotación que implicaba para el trabajador bajo el sistema capitalista. Veamos algunos párrafos que muestran su forma de ver el problema:
“El gran capitalismo ha creado sistemas de organización del trabajo que, bajo la explotación de la población, eran la forma más cruel utilizada por una minoría de las clases poseedoras para esclavizar y extraer una cantidad adicional de trabajo, las fuerzas, la sangre y los nervios de los trabajadores, pero que a la vez constituye la última palabra de la organización científica de la producción, que deben ser adoptados por la República Soviética Socialista y reformados por ella con vistas a realizar nuestra contabilidad y nuestro control de la producción, por un lado, para después elevar la productividad del trabajo, por el otro. Por ejemplo el famoso sistema Taylor, muy difundido en Norteamérica es famoso precisamente porque constituye la última palabra de la más desaprensiva explotación capitalista” (...) “Pero al mismo tiempo no se debe olvidar un solo instante que el sistema Taylor implica un progreso enorme de la ciencia, que analiza sistemáticamente el proceso de la producción y abre la vía para un gran aumento de la productividad del trabajo humano” (...) Lo negativo del sistema Taylor consistía en que se aplicaba bajo la esclavitud capitalista y servía de medio para extraer de los obreros una cantidad doble o triple de trabajo, con la misma remuneración (…) La República Soviética Socialista enfrenta una tarea que sucintamente puede formularse así; debemos implantar en Rusia el sistema Taylor y la elevación científica norteamericana de la productividad del trabajo, conjugando este sistema con la reducción del tiempo de trabajo, con el empleo de nuevos métodos de producción y de organización del trabajo, sin perjudicar en absoluto la fuerza de trabajo.”[23] (cursivas mías).
Si bien este análisis hecho al principio de la aplicación del taylorismo (1918) y del fordismo (Ford inaugura la “cadena de montaje” en 1913) no agota el problema de sus consecuencias en las relaciones sociales, muestra la preocupación de Lenin por los cambios estructurales en el proceso productivo. Desgraciadamente, esta preocupación fue perdiendo relevancia en los análisis de la izquierda revolucionaria, inclinada a priorizar los acontecimientos superestructurales (Yalta, caída del Muro de Berlín, etc.) para periodizar las etapas del movimiento obrero, sin ver los cambios sociales estructurales que posibilitaron su advenimiento.
Hay que destacar, además, que en la URSS, la burocracia estalinista usó estos comentarios de Lenin como pretexto para aplicar a fondo el taylorismo-fordismo-stajanovismo, pero sin rebajar las horas de trabajo ni preocuparse por aplicarlo “sin perjudicar en absoluto la fuerza de trabajo”. Creyó o hizo creer que su aplicación bajo el sistema socialista automáticamente lo liberaba de sus efectos nocivos. Lamentablemente, no se resaltaron los efectos sociales que devendrían de esta nueva relación de producción y de las consecuencias de la modificación de las relaciones sociales.
 
El Programa de Transición y el keynesianismo
 
El Programa de Transición apareció en 1938, cuando el fordismo-keynesianismo llevaba algunos años de desarrollo. Fue elaborado para responder a la crisis reinante y ante el hecho trágico de que la burocracia estalinista conducía la Revolución de Octubre a la restauración capitalista. Pero su elaboración se basó sobre un sujeto social, el movimiento obrero socialista y revolucionario, que ya había perdido peso y sin tomar en cuenta el cambio que ya se estaba operando en la estructura productiva y en las relaciones sociales. Se elaboró con el pronóstico certero de que la crisis capitalista daría lugar a una Segunda Guerra Mundial, pero aplicando mecánicamente lo ocurrido a partir de la Primera, que había desembocado en la Revolución Rusa, se situaba en las puertas de nuevas revoluciones triunfantes. Por eso, la IV Internacional, construida con base en ese Programa, creía poder transformarse en una internacional socialista de masas al finalizar la Segunda Guerra. No intuyó que el fordismo-keynesianismo emergería triunfante, primero frente al fascismo y posteriormente frente al estalinismo, inaugurando treinta años de “nacionalismo del trabajador masa”, funcional al mercado nacional, encerrándolo dentro de fronteras nacionales y alejado de la revolución social.
 
Los ejes del análisis del Programa de Transición
 
Veamos los tres ejes que nos aclaran su enfoque. En primer lugar Trotsky no captó la importancia estratégica que las nuevas políticas keynesianas representaban para el capitalismo. Afirmaba: “El ‘New Deal’, no representa más que una forma de perplejidad política, sólo posible en un país donde la burguesía ha conseguido acumular una riqueza incalculable. La crisis actual que está lejos todavía de haber recorrido todo su camino, ha logrado ya poner en evidencia que la política del ‘New Deal’, así como la política del Frente Popular en Francia, no abre ninguna vía de escape al callejón sin salida de la economía.”[24]Tampoco supo ver la enorme dinámica que imprimió el fordismo-keynesianismo a la producción capitalista. Por el contrario, afirmaba: “Las fuerzas productivas de la humanidad se estancan (han cesado de crecer) Los nuevos inventos y mejoras técnicas ya no consiguen elevar el nivel de la riqueza material”. Y en tercer lugar, generalizando inadecuadamente la experiencia de la Revolución Rusa, afirmaba: “Todo depende ahora del proletariado, es decir, principalmente de su vanguardia revolucionaria (es decir del partido revolucionario). La crisis histórica de la humanidad se reduce a una crisis de dirección del proletariado”.Pero no fue así; la burguesía y el Estado capitalista supieron encontrar una vía de salida (aunque coyuntural) a la crisis que terminó domesticando al movimiento obrero y al nuevo sindicalismo burocrático, al tiempo que atomizó y neutralizó las vanguardias sindicales y políticas revolucionarias.
La política del “New Deal” dio al Estado un rol central en la instrumentación de políticas sociales en más de “un solo país”.La burguesía logró así superar la “perplejidad”, contradiciendo las predicciones del Programa de Transición. La Segunda Guerra Mundial “ocupó” (y mató) a millones de trabajadores en los ejércitos y en la población civil, lo que resultó “funcional” a los intereses de la burguesía frente a la crisis de los veinte y treinta. El dinamismo que las fuerzas productivas lograron hasta los setenta fue sorprendente, y esto se dio con “pleno empleo”, es decir, con tasas de desocupación del 5% contra el 20 y 25 % de los años veinte y treinta. Esta política no solamente significaba nuevas medidas económicas, políticas y sociales, sino que implicaban completar un cambio en la estructura del sujeto social, una modificación cualitativa del movimiento obrero.
Nuestra critica al enfoque del Programa de Transición no pretende ocultar al lector la distinción política de la Oposición de Izquierda (de Trotsky) y su continuación, la corriente trotskista mundial, frente al estalinismo. Mientras el trotskismo pretendía llevar adelante una política clasista y revolucionaria, el estalinismo, con sus teorías del “socialismo en un solo país”; “Frentes Populares con las burguesías progresistas” o, más aún, de “coexistencia pacífica con el imperialismo” no hizo sino hacer causa común con el keynesianismo y la socialdemocracia contribuyendo a encajonar el movimiento obrero en la vía reformista fordista-keynesiana y sirvieron de base a la de liquidación al movimiento revolucionario que engendró la Revolución de Octubre. Pero más allá de las sanas intenciones, el análisis del Programa de Transición y su persistencia obstinada, durante décadas, no sólo impidió el desarrollo del trotskismo como partidos de masas sino que, al carecer de un movimiento social revolucionario sobre el que asentarse, fue casi imposible evitar el transformarse en sectas. Trotsky no vio o no quiso ver los cambios sociales en el mundo del trabajo. Víctor Serge en sus Memorias se lamentaba así: “Si en su exilio (Trotsky) se hubiera convertido en un ideólogo del socialismo renovado, critico en las perspectivas y menos temeroso de la diversidad que del dogmatismo, quizás habría alcanzado una nueva grandeza. Pero fue prisionero de su propia ortodoxia, tanto más cuando sus caídas en la no ortodoxia eran denunciadas como traición. Vio su papel como el de alguien que continuaba por el mundo un movimiento que no sólo era ruso, sino que estaba extinguido en Rusia misma, dos veces muerto por las balas de sus ejecutores y por los cambios de mentalidad”[25](cursivas mías).
Si de por si esta ceguera ante el cambio social constituyó un enorme error de apreciación, ello se tornaría en tragedia más tarde, cuando el trotskismo pretendió continuar reivindicando esos análisis y aplicar el Programa de Transición al nuevo sujeto social, el “obrero masa” fordista-keynesiano de posguerra. Ni que decir que esta tragedia se repite en nuestros días nuevamente como farsa, porque ya estamos frente a la desaparición del segundo sujeto social del siglo y en el despunte de nuevas formaciones que no podemos precisar si conformarán un tercer sujeto social hegemónico o primará diferentes sujetos producto de las relaciones de producción de la calidad total y de la llamada Globalización.
Un nuevo sujeto social del trabajo hace irrupción, mucho más complejo e inasible. Falta precisarlo y fundamentalmente reflexionar sobre qué herramientas, teóricas por un lado, y qué programas y políticas por otro, son válidos para abordarlo con miras a lograr la transformación del sistema por medio de la revolución social. Entre otras cosas, habrá que preguntarse cuáles son las nuevas fuentes de poder de los que viven-de-su-trabajo en esta nueva etapa donde el poder del saber hacer hoy prácticamente ha quedado en manos de pequeños sectores privilegiados como por ejemplo el de los ingenieros de tecnología de punta del Silicon Valley[26] y donde los trabajadores que en el fordismo tenían su fuente de poder en la unidad de las inmensas fábricas de miles y miles de obreros, hoy han perdido centralidad.
Los métodos, programas y políticas sólo cobran sentido si enfrentan esta realidad. Un desafío que, de no asumirlo, posiblemente continuará hundiendo en el sectarismo y en el atraso a muchos buenos intencionados. El estado de secta en que han caído la mayoría de los partidos que otrora se reclamaban revolucionarios los incapacita para asumir este desafío y resulta un importante muro que habrá que derribar. En la medida en que la puesta en juego es el porvenir de la humanidad, este desafío debe ser asumido por todos aquellos que, desde su campo de actividad y desde su particularidad, contribuyan a la construcción de las distintas alternativas, apelando no solo a la movilización y a la unidad internacional de los explotados sino también apelando al libre pensamiento, al debate, y al desarrollo del pensamiento científico para derrotar al sistema del capital con su perversa lógica de destrucción social.
 
Nota final
 
Este ensayo debería incorporar a su “bibliografía” innumerables experiencias de muchos compañeros militantes y mías personales. Me mueve señalar a Susana, obrera de la alimentación y a Carlitos, del gremio del transporte, con quienes analizamos las transformaciones en el proceso productivo y la dificultad para enfrentarlas; a Zoilo Achával que con su critica despiadada me ayudó a comenzar a pensar; a Aguilar, un inteligente y brillante técnico del vidrio que vivió en carne propia los nuevos métodos; al Cabezón, un viejo lobo de la clase obrera que observó cómo la ideología del cambio tecnológico penetraba en su propia familia; al Turco y a Pancho, dos luchadores de Córdoba que me alentaron a escribir (aún sin coincidir) y a innumerables activistas obreros y de gremios de cuello duro, independientes, militantes y ex militantes del MAS, que luchan contra el “involucramiento” toyotista y nos reclaman, sin mucho éxito, armas sólidas que sólo brinda el saber y la ciencia unida a la acción práctica. Todos ellos están presentes y han volcado acá, sin saberlo, sus experiencias de vida.
 

 
[1] Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo 1, Ediciones El Progreso, pag. 114.
[2] Ricardo Antunes, ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre la metamorfosis y la centralidad del mundo del trabajo, UNICAMP, Cortez Editora, 1995, Brasil.
[3] John Holloway, La Rosa Roja de Nissan, Cuadernos del Sur.
[4] En la película La lista de Schindler, de Steven Spielberg se puede apreciar el papel instrumental que representaban para las fábricas alemanas bajo el régimen nazi estos campos de concentración de judíos y demás “razas inferiores” así como de opositores.
[5] Eric Hobsbawn, Historia del Siglo XX, Crítica-Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1997. 
[6] J. Holloway, ob. cit.
[7] Eric Hobsbawn, ob. cit., pag. 167.
[8] Carlos Marx, El capital, Tomo I, “Maquinismo y gran industria”, Edición Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1993.
[9] G.D. Cole, Historia del Pensamiento Socialista. Tomo IV, “La Segunda Internacional 1889-1914”, Fondo de Cultura Económica, México, 1975, pag. 397.
[10] Ruggiero Romano, Colección Los Hombres Nº 38, CEAL, Buenos Aires, 1973.
[11] Benjamín Coriat, El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Siglo XXI, España, 1993.
 [12] En 1860 sobre 5 millones de inmigrantes en EE.UU. 2 millones eran irlandeses, la mayoría sin oficio, ya que Irlanda era un país fundamentalmente agrícola. De 1880 a 1915 ingresaron 15 millones de inmigrantes, la inmensa mayoría proveniente de los países de Europa del Este (polacos, húngaros, moravos, checos, rumanos, lituanos, alemanes) y del sur (italianos, griegos, armenios) y 300 mil chinos, que se concentra fundamentalmente en las ciudades.
[13] Julio César Neffa, El proceso de trabajo y la economía de tiempo. Contribución al análisis crítico de K. Marx, F.W. Taylor y H. Ford, Editorial Humanitas 1990.
[14] J. Holloway, Marxismo, Estado y Capital. Surgimiento y caída del Keynesianismo, Fichas temáticas de Cuadernos del Sur, 1994.
[15] Julio Godio, Hector Palomino y Achim Wachendorfer, El Movimiento Sindical Argentino (1880-1987), Editorial Puntosur, Buenos Aires, 1988.
[16] Jamos P. Cannon, Historia del trotskismo norteamericano, Ediciones Rebelión, Buenos Aires, 1997.
[17] Socialist Workers Party, partido norteamericano fundado por James P. Cannon, que trabajó íntimamente ligado a León Trotsky en sus años de exilio mexicano. En la década del 80 abandonó el trotskismo.
[18] Eduardo Martedí, “Un sujeto para una historia sin sujeto”, en revista Debates 1, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1998.
[19] Daniel Delfaud, Keynes y el keynesianismo. Editorial Huemul, Buenos Aires, 1978.
[20] Sebastián Marotta, El movimiento sindical argentino, su génesis y desarrollo 1857-1914, Editorial Líbera, Buenos Aires 1975.
[21] Delfaud, ob. cit., pag. 74.
[22] Muto Ichiyo, Lucha de clases e innovación tecnológica en Japón, Editorial Antídoto, Buenos Aires 1996.
[23] Vladimir I. Lenin, Obras Completas, Tomo 36, pag. 145, Editorial Progreso, Moscú 1994.
[24] León Trotsky, El Programa de Transición, Editorial Crux, La Paz, Bolivia, 1974, pag. 30.
[25] Revista El Rodaballo 2.
[26] Manuel Castells y Peter Hall, Las tecnópolis del mundo,la formación de los complejos industriales del siglo XXI, Alianza Editorial, 1994.