Actualizar la noción de imperialismo para comprender la crisis en curso.

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Autor(es): Chesnais, François

Los Estados-rentistas dominantes en un sistema capitalista mundial tendencialmente en contracción.

  Publicamos la intervención hecha por Francois Chesnais en el congreso “Marx Internacional”, realizado del 1 al 3 de octubre de 1998, en la Universidad de Nanterre, bajo la conducción de la revista Actuel Marx. Esta versión fue corregida tras una serie de observaciones hechas al autor. La discusión sobre la caracterización del capitalismo imperialista en nuestros días, que también se ha desarrollado a lo largo de diversos números de Herramienta,representa un nuevo y significativo aporte a la misma, y es una prueba más de que es posible llevar adelante una reflexión colectiva, con desacuerdos normales y aún necesarios, en tanto, como dicen los compañeros de Carré rouge, “sean pertinentes a los problemas actuales y se expresen en términos compatibles con un debate democrático fundado en el mutuo respeto”.

 La teoría del imperialismo desarrollada a comienzos del siglo es la piedra angular de la teoría de la mundialización del capital. Ella fundamenta el análisis de la mundialización en términos de totalidad sistémica mundial, diferenciada y fuertemente jerarquizada al mismo tiempo, combinando relaciones económicas y relaciones políticas, relaciones entre Estados y también entre clases. En la base de esta totalidad se encuentra lo que Marx llamaba el “mercado mundial”, Bujarin “la economía mundial como sistema de relaciones de producción y de cambio abrazando al conjunto del mundo” y Trotsky, aún más claramente, consideraba la manifestación “no de la simple adición de sus unidades nacionales, sino de la potente realidad independiente creada por la división del trabajo y por el mercado mundial que domina todos los mercados nacionales”. Cuando estudiamos la “mundialización del capital”, estudiamos pues una configuración específica del imperialismo, caracterizada por un régimen de acumulación particular: el que surge de la liberalización y la desregulación financiera de los años 1979-82, así como de la reconstitución del capital financiero a una escala desconocida desde el fin de la Segunda Guerra mundial imperialista, que adopta formas que, si no son completamente nuevas, estuvieron al menos poco desarrolladas en los años 20 y 30. Hoy el imperialismo está dominado por una configuración muy particular del “capital financiero”. Económica y políticamente está organizado alrededor de los tres polos de la Tríada, obviamente, pero con los Estados Unidos como pivote central del sistema.

 
Estados Unidos: un lugar y estatus únicos
 
Las relaciones económicas y políticas que definen al imperialismo en tanto totalidad sistémica deben ser descifradas principalmente en dos niveles. El primero se refiere al abismo que separa los países que pertenecen a los polos de la “Tríada” (América del Norte, Europa, Japón) o están asociados a ellos, de los que sufren la dominación del capital financiero sin estar asociados a los circuitos de valorización internacionales, y también de los Estados o regiones que ya no interesan más al capital. El segundo nivel es el de las relaciones económicas y políticas del imperialismo en tanto relaciones internas a las clases dirigentes de los mismos países capitalistas avanzados. En este plano, la situación ya no es la que analizara Lenin en su célebre trabajo, cuando el capital alemán y británico ocupaban todavía el primer plano. En este punto, los cambios esenciales se produjeron en dos momentos sucesivos; el primero y decisivo, es el que va de la crisis de los años treinta a la finalización de la Segunda Guerra mundial imperialista; el otro, contemporáneo, es la prolongación del primero y le da a las relaciones interimperialistas actuales su fisonomía precisa.
El 5 de marzo de 1932, el New York Times publicó una entrevista con León Trotsky en Prinkipo. A la pregunta “¿Cómo ve la posición de los Estados Unidos en la actual situación mundial?”, respondía: “Uno de los resultados de la crisis actual será el predominio cada vez más pronunciado del capitalismo norteamericano sobre el capitalismo europeo (...) Sin embargo este crecimiento inevitable de la hegemonía mundial de los Estados Unidos desarrollará ulteriormente profundas contradicciones en la economía y la política de la gran república norteamericana. Al imponer la dictadura del dólar al mundo entero, la clase dominante norteamericana introducirá las contradicciones del mundo entero en su propia dominación”. El valor metodológico de esta observación es mayor que nunca. Desde Estados Unidos parten los impulsos más importantes hacia las otras partes del sistema imperialista. Alrededor del capital y del Estado norteamericano se han organizado las dos configuraciones y los dos regímenes de acumulación que se sucedieron desde el fin de la Segunda Guerra mundial. De manera al mismo tiempo complementaria y contradictoria, convergen en cambio hacia Estados Unidos las principales contradicciones y los más importantes factores de fragilidad que se desarrollan en el seno de la economía capitalista mundial. Esto era cierto en 1971, cuando los Estados Unidos con Nixon pusieron fin unilateralmente al sistema de Bretton Woods, y sigue siendo verdad hoy, en condiciones infinitamente más difíciles de manejar que entonces. En el dominio financiero, mucho más que en cualquier otro, existe esta posición jerárquica que, como contrapartida, atrae las contradicciones. El que la producción para la ganancia esté signada por una profunda anarquía inherente a la misma, es una de las piedras angulares de cualquier análisis inspirado en el marxismo. Esta anarquía se reafirma espectacular y brutalmente desde que el capital recupera su total libertad de acción, como ocurre a partir de 1980. La anarquía de la producción capitalista pone límites estrechos a las veleidades del “superimperialismo”, tanto de los grandes grupos monopólicos como de los Estados. Pero no impide reconocer que existen asimetrías en la capacidad de ciertos Estados para influir sobre la conducta interior de otros, en el terreno económico. Esto no es exclusivo de la fase actual. La extensión del capitalismo como sistema mundial, y cada una de sus fases de funcionamiento, conllevaron la proyección internacional asimétrica de reglas, instituciones y normas de política económica dictadas por los países más poderosos, a las que los Estados “receptores” no pudieron sustraerse sino aprovechando circunstancias que en algún momento redujeran el peso político de los países dominantes. Junto con Gran Bretaña, Francia tuvo un rol de este tipo en el siglo XIX.
La potencia imperialista dominante sólo puede obtener la aquiescencia de los otros países a su iniciativa porque estos son incapaces de imponer la suya, al carecer de capacidad y voluntad política, y del menor proyecto autónomo. Así, los Estados unidos lograron convertir las rondas de negociación sobre el comercio internacional (GATT) en la Organización Mundial del Comercio (OMC), vale decir en un órgano que está más allá de los mecanismos de control de la democracia parlamentaria de la que se vanaglorian los países occidentales: una institución que, ante una queja, puede declarar “contrarias a la libertad de comercio” a las legislaciones internas en materia de derecho del trabajo, de medio ambiente y de salud pública, y reclamar su suspensión o derogación. En Singapur, en la primavera de 1997, lograron un acuerdo sobre la apertura del mercado de las telecomunicaciones cuyo objetivo es poner al sistema mundializado bajo el paraguas de una media docena de grandes operadores de redes, cuyo único criterio será la rentabilidad de tal o cual tipo de demanda solvente. Luego, intentaron arrancar la firma de un Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) destinado a terminar de una vez por todas con los pocos “granos de arena” que molestan a la libertad de acción total de las empresas multinacionales. Las disposiciones de este tratado, si fuera firmado y ratificado, predominarían sobre el derecho interno de los Estados.
En el curso de la década que finaliza, Estados Unidos pudo reafirmar su peso e influencia únicos, tanto más fácilmente cuanto que la URSS se desmoronó dejándolo en una posición militar incomparable que no pueden ni quieren abandonar, tanto por razones económicas como por la voluntad de ejercer, si es preciso solos, las particulares formas de soberanía que confiere la potencia militar. Pero Estados Unidos ha reafirmado su peso y su influencia únicos, sobre todo, debido a una posición en el plano financiero que es muy superior a la que tienen en el plano industrial. En este terreno -que se hizo más decisivo aún aprovechando la derogación del sistema de Bretton Woods y la liberalización y la desreglamentación financiera encaradas a partir de 1979-, su posición central y su predominio condujeron al lugar especial que más nunca tiene el dólar, pero también a la dimensión y a la sofisticación únicas de sus mercados financieros. En los años 90, la rivalidad, tan celebrada por algunos, entre los modos de organización del capitalismo (capitalismo “renano”, “nipón” y “anglosajón”) se desarrolló dentro de límites cada vez más estrechos, hasta llegar a la actual situación económica y política japonesa. Como traté de mostrar en otro artículo,[1] el comienzo de la crisis mundial en Asia acentuó esto notablemente.
Es imposible abstraer el “milagro” del crecimiento del PBI y el empleo en los Estados Unidos desde 1992, de su lugar especial en la configuración de las relaciones entre las potencias imperialistas, que lo convierte en el “país-rentista” dominante. Estados Unidos pudo ejercer los privilegios derivados de su lugar único en el sistema mundial para conducir una política monetaria de liquidez del sistema bancario a tasas de interés muy bajas, de un tipo prohibido para los países colocados bajo la vigilancia estrecha y desconfiada de los “mercados”. El particular rol del dólar en el sistema financiero y comercial mundial lo libera de la necesidad de pensar continuamente en la “credibilidad” de su moneda. Entre 1991 y 1994, la Fed [2] pudo conducir cotidianamente su política monetaria a intereses muy bajos dejando estirarse a las tasas de cambio. El saneamiento del sistema bancario puso fin a la penuria de liquidez para las operaciones industriales e incluso las bursátiles, y la recuperación económica continuó.
Sin embargo, incluso en el caso de la economía norteamericana la recuperación no fue más allá de una ondulación positiva alrededor de una tendencia media de crecimiento que no altera las tendencias a la contracción, que son actualmente uno de los rasgos característicos del imperialismo y que son inseparables del régimen de acumulación instalado con el viraje producido a fines de los ‘70 y comienzo de los ochenta.
 
Un estadio con un siglo de duración exige un análisis que distinga diversos períodos
 
Vivimos más que nunca en el estadio definido como del imperialismo. No se produjo la destrucción revolucionaria del imperialismo, porque “el absceso oportunista” fue infinitamente más importantes y - sobre todo con el estalinismo- tomó formas completamente impensables en 1916, cuando escribía Lenin. Y tampoco vivimos ninguna “superación” del mismo hacia un “estadio superior”. Sin embargo, puesto que este estadio se ha prolongado ya más de un siglo, estamos obligados a afrontar un análisis de lo que es común a las sucesivas fases por las que pasó durante un período tan largo, así como también a lo que distingue estas fases.
Actualizar la teoría del imperialismo supone integrar nuevos elementos fruto, tanto de la historia económica, tecnológica y política del capitalismo, como de la lucha de clases. Pero exige también que volvamos a Marx, como tratamos de hacer con Claude Serfatí, para retomar ciertos elementos teóricos indispensables. Nos oponemos así a quienes, bajo a la presión de operaciones del tipo del “Libro negro” [3] pretenden trabajar sobre la mundialización silenciando o enterrando las contribuciones de Lenin y la III Internacional. Pero también nos separamos de los que creen que para tener un análisis del imperialismo contemporáneo basta con repetir la definición de Lenin, agregándole en el mejor de los casos “complementos” (como hiciera Eugene Varga en los años 30). Para limitarnos al ejemplo más simple, al releer el primero de los cinco “caracteres fundamentales” propuestos por Lenin (“concentración del capital tan elevada que crea los monopolios”) -tan celebrada por algunos-, en momentos en que estamos asistiendo a una concentración del capital a niveles infinitamente más elevados que los conocidos antes del 1914, es difícil pensar que podríamos seguir haciendo simples agregados. Es preciso, pues, seguir utilizando el análisis de Lenin, así como los de Rosa Luxemburgo, de Trotsky y también de Bujarin y Hilferding, pero utilizándolos como trabajos que suministran instrumentos para aprehender la realidad contemporánea y no como textos que deberíamos continuar deletreando, repitiéndolos de manera escolástica.
 
Una historia jalonada por distintas fases de la lucha de clases
 
Lo que, seguramente de manera imperfecta, he denominado régimen de acumulación con predominio financiero y rentista, representa a mi juicio una determinada fase del funcionamiento mundial del estadio imperialista. Pero esta noes la expresión de ningún tipo de movimiento necesario del capitalismo en el estadio imperialista. Dicho con otras palabras, el imperialismo no “atraviesa” fases sucesivas; por el contrario, tiene una historiacon segmentos marcados o separados por distintas fases de la lucha de clases y los correspondientes cambios en las relaciones políticas entre las clases (a veces llamados de manera sintética e impropia “relaciones de fuerza”), así como también por cambios en los mecanismos endógenos de la acumulación. Es lo que ocurre con la fase actual, cuyo inicio puede datarse en el viraje crucial de 1978-82.
La libertad que reencuentra el capital industrial y financiero para desplegarse mundialmente como no podía hacerlo desde 1914, se asienta por supuesto en la fuerza que recuperó con el hecho mismo de la larga fase de acumulación ininterrumpida de los “treinta gloriosos” (una de las más largas, sino la mayor de toda la historia del capitalismo). Pero también traduce los cambios importantes producidos en las relaciones políticas entre las clases a fines de la década de los ‘70. El capital no habría podido alcanzar sus fines sin el éxito de la “revolución conservadora”, abierta por la parálisis política que la burocracia estalinista brejneviana y la socialdemocracia le impusieron a la clase obrera (cada cual por su lado, pero con efectos acumulativos).
El triunfo del “mercado” no hubiera podido lograrse sin reiteradas intervenciones de las instancias políticas de los más poderosos Estados capitalistas, transmitidas por las más importantes organizaciones capitalistas internacionales, con el FMI y el GATT/OMC a la cabeza. Las características del período que vivimos, y que posiblemente empieza a terminar, no datan de 1989 ó 1991 (más aún, la caída del estalinismo contiene elementos para su superación progresiva). Su génesis está diez años antes, en el viraje de los años 70-80. Fue el momento en que las fuerzas políticas más antiobreras de los países de la OCDE se lanzaron al proceso de liberalización, desreglamentación y privatización. El movimiento obrero británico sufrió el primer asalto y Margaret Thatcher abrió una brecha que sirvió al capitalismo mundial como tal. Pero el camino había sido largamente preparado. Las políticas antiobreras no habrían podido lograr sus objetivos si la contrarrevolución brejneviana previamente no hubiera aplastado la Primavera de Praga y al movimiento del proletariado polaco en ese mismo período; si las direcciones de los partidos comunistas, de Francia e Italia especialmente, no hubieran intervenido entre 1968 y 1978 conteniendo y haciendo retroceder el potencial auténticamente democrático y de hecho anticapitalista de los grandes movimientos sociales (obreros y estudiantiles) que jalonaron la década 1968-78 en Europa, así como en Estados Unidos y América Latina.
 
Los rasgos del segmento actual: “corte de cupones” y tendencia neta al estancamiento
 
Como una fase del estadio imperialista, el régimen de acumulación con predominio financiero y rentista está caracterizado desde mi punto de vista por dos rasgos .[4] El primero, es aquel al que Lenin se refiere varios veces en su trabajo sobre el imperialismo, sobre todo en el último capítulo, cuando habla de la tendencia del imperialismo a “la formación de ‘Estados rentistas’, de Estados usureros, cuya burguesía vive cada día más a costa de la exportación de capitales y del ‘recorte de cupones’”. [5] Esto volvió a ser cada vez más verdadero a partir del fin de los años 70, hasta dominar la situación económica mundial en los años 1990. Se trata de un rasgo que ha recuperado total actualidad, tras una fase en que lo había sido mucho menos. Antes de seguir adelante, puede ser útil un paréntesis. Se ha objetado[6] que interesarse por el movimiento propio del “capital-dinero”[7] o del “capital portador de interés”[8] es minimizar el rol crítico de la producción de plusvalía. Esto es desconocer lo que hay de específico en el análisis del parasitismo, que enfoca los proyectores en esta figura precisa del capital para mostrar los efectos que su dominación tiene sobre la producción de plusvalía pero también sobre su apropiación y su repartición, a partir del movimiento de la acumulación tomado como un todo. 
Durante la fase signada por el régimen de acumulación llamado “fordista”[9] -siguiendo a los teóricos de la regulación y en aras de la simplicidad- la producción parecía predominar sobre la apropiación, la industria sobre las finanzas, la ganancia (ampliamente reinvertida) sobre la renta financiera. Durante dos décadas (1950-1970) el capital industrial[10] pareció dominar nuevamentelas economías capitalistas avanzadas. La “sector rentista, esto es, de los individuos que viven de ‘recortar de cupones’, que no participan para nada en empresa alguna, y cuya profesión es la ociosidad”[11]parecía haber desaparecido, no tener más que una existencia teórica. Los planteos de Lenin sobre el parasitismo y la descomposición del capitalismo, en gran medida centrados en la figura del rentista, estaban entre los que podían ser pasados por alto, cosa que sobre todo los teóricos del P.C.F. no dejaron de hacer.
Hoy las cosas ya no son así. El finalizar el siglo XX, la sociedad mundial está de nuevo colocada bajo la férula de un capitalismo dominado por capas y rasgos rentistas, un capitalismo cuya avidez y ferocidad para la explotación son tanto más fuertes cuanto más parasitario. Lo es tanto en el sentido de Hilferding (al que en este punto sigue Lenin), es decir: organizado alrededor de instituciones (los fondos de inversión de diferentes tipos y los mercados financieros) y de Estados (en primer lugar Estados Unidos y Gran Bretaña) cuya única caracterización posible es la de rentistas, como en el sentido de Marx, vale decir, marcado por formas de acumulación orientadas más a la apropiación que a la creación de plusvalía.
Vayamos a un segundo rasgo contemporáneo del imperialismo que el régimen de acumulación con predominio financiero lleva muy lejos. Según la hipótesis que defiendo, el sistema imperialista mundial tiene consecuencias tanto más peligrosas para la humanidad cuanto que ha entrado en una fase en de contracción tendencial. Aquí, el análisis, si bien no se separa del de Lenin, modifica al menos sensiblemente la valoración que éste aún tenía cuando escribía su obra. Porque en su último capítulo decía: “Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición descarta el rápido crecimiento del capitalismo. No; ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países manifiestan en la época del imperialismo, con mayor o menor intensidad, ya una, ya otra de estas tendencias. En su conjunto, el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes;pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que la desigualdad se manifiesta, asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países de capital más fuerte (Inglaterra)”.[12]
Dejemos para más adelante la reflexión sobre la última parte de la frase. Lenin la aplica aquí a Inglaterra, pero en otras partes del libro también se señala a Francia como parte del grupo de países alcanzados por la descomposición específica del parasitismo rentista. Como comenzó a demostrar en su intervención Malcolm Sylver, posiblemente ahora se podría hacer una valoración semejando referida a Estados Unidos. A esta altura del artículo, quisiera simplemente decir que la afirmación hecha por Lenin en 1916 indicando que “de conjunto el capitalismo se desarrolla infinitamente más rápido que nunca” no se corresponde con la dinámica del régimen de acumulación con predominio financiero de fines del siglo XX. Las transformaciones ocasionadas por la liberalización y la desregulación, así como por la conversión del mercado en la instancia a la que los Estados le transfirieron las funciones de regulación que habían hecho del régimen de acumulación “fordista” una fase relativamente estable,[13] le dieron a las dos últimas décadas una apariencia de gran dinamismo, reforzada también por transformaciones tecnológicas radicales. Pero detrás de esta brillante fachada, las cifras muestran una historia diferente y señalan un sistema en contracción relativa. Sobre esto volveremos más adelante.
 
Capital financiero: recuperar el análisis de Marx
 
La noción de capital financiero utilizada por Lenin, remite a veces a Marx y otras a Hilferding. Las referencias a Hilferding son numerosas y precisas, con menciones explícitas a su libro. La referencia al libro III de El Capital queda implícita: la caracterización del imperialismo como “una inmensa acumulación de capital-dinero en un pequeño número de países” no está precedida por la reflexión sobre el estatus de la noción de “capital-dinero” como “capital portador de interés”, cuya propiedad precisamente es vivir del “corte de cupones”.
Es verdad que con la formación del capital financiero se asistió a la progresiva confusión de la distinción entre el capital industrial y el capital-dinero hasta su casi desaparición actual. Pero no es posible comprender los caracteres del capital financiero, ni comprender las raíces de las tendencias a la contracción y a la descomposición sin retornar al análisis original y fundacional de Marx.Por eso, es imprescindible explicitar este análisis.
Cuando Marx utiliza el término “capitalista financiero” se refiere a los banqueros de negocios y otros “caballeros de las finanzas” que viven de operaciones que tienen como escenario la esfera financiera, en donde opera el “ciclo corto” de valorización del capital. El “ciclo corto” es aquel en que “nos encontramos con D-D’, dinero que engendra más dinero, valor que se valoriza a sí mismo, sin el proceso intermedio entre ambos extremos”[14] . La especificidad de las operaciones propias de la esfera financiera es la de engendrar capas de la burguesía con carácter esencialmente rentista en el preciso sentido económico de que los ingresos de que disfrutan resultan de transferencias a partir de la esfera de la producción y el cambio.     
En efecto, los ingresos rentistas deben ser colocados en la categoría de los ingresos “secundarios”, en el sentido de que provienen de punciones, o que se deducen de las categorías centrales de ingreso, vale decir la ganancia, los salarios y los ingresos de las capas aún “independientes” creadoras de valor (pequeños agricultores, artesanos). Comencemos por los títulos de la deuda pública, verdadera “piedra angular” de los mercados financieros contemporáneos, y recordemos con Marx que: “La acumulación de capital en la forma de la Deuda pública no significa, como hemos visto, otra cosa que la acumulación de una clase de acreedores del Estado autorizados a percibir ciertas sumas sobre la masa de los impuestos públicos”.[15] Pero también hay que colocar dentro de la categoría de ingresos rentistas los intereses resultantes de los préstamos a los capitalistas industriales, que se deducen de la ganancia. Cuando la dimensión de los mercados de obligaciones privados y los créditos bancarios a los capitalistas industriales sobrepasan cierto umbral, se produce un cambio cualitativo: “En tanto que el interés no es más que una parte de la ganancia, es decir de la plusvalía que el capitalista activo extrae al obrero, ahora el interés se presenta (...) como el fruto propiamente dicho del capital, como la cosa primera; en cambio la ganancia, que toma entonces la forma de ganancia de empresa, aparece como un simple accesorio adicional que se agrega al curso del proceso de reproducción. Acá, la forma fetichizada del capital y la representación del fetiche capitalista alcanzan su culminación”.[16] Finalmente, aunque las acciones constituyan títulos de propiedad que como dice Marx “establecen derechos sobre una fracción de la plusvalía”de la que el dueño se apropia como dividendos, la existencia de amplios mercados de títulos industriales (las Bolsas de valores) que permiten deshacerse de los títulos en cualquier momento, y tenerlos en función de su rendimiento (lo que Keynes llama motivo especulativo) llevó a Marx a ser el primero en develar la oposición, que luego pasó a ser clásica, entre el “empresario” y el “financiero”. Así, Marx habla de “división cualitativa entre las dos partes de la ganancia bruta”.[17] Presenta “la ganancia de la empresa, que es exclusivamente resultado de las funciones que él [el capitalista industrial] realiza con el capital”, es decir la organización en la fábrica de la fuerza de trabajo cuyo uso fue comprado para maximizar su rendimiento, la compara de equipos y materias primas, pero también la realización en el mercado del valor y la plusvalía, en oposición “con la no-actividad, la no-participación del capitalista financiero en el proceso de producción”.
Los títulos de acciones y obligaciones, hoy llamados activos financieros, son lo que Marx llama “capital ficticio”. Tienen vida propia en los mercados secundarios de títulos, donde experimentan alzas de valor que valen solamente mientras duran las evaluaciones o convenciones relativas al mismo entre los operadores financieros. Su valor bursátil puede pues hundirse hasta no valer más que “papeles mojados”. Como mostró la experiencia de los años 30, y como sin duda confirmarán los acontecimientos futuros, las acreencias sobre la actividad futura pueden perder todo valor de un día para el otro. En cuanto la valorización del capital es interrumpida por crisis graves que sacuden al mismo tiempo la producción, el comercio y los mercados financieros, o por grandes acontecimientos políticos que desembocan en moratorias o en el repudio de las deudas estatales, el carácter ficticio del capital acumulado como títulos se revela claramente. El mismo capital de inversión prepara este momento exigiendo, en aras de una remuneración “normal”, un flujo de recursos originados en punciones “reales” tan elevado que progresivamente asfixia la acumulación en su sentido crítico de reproducción ampliada y de extensión de las relaciones de producción capitalistas como relaciones creadoras de valor y de plusvalía y no mecanismo de punción de valores ya creados.
 
Actualizar el análisis de las formas organizativas del capital financiero
 
La oposición entre el “empresario” y el “financista” que, repitámoslo, Marx fue el primero en hacer, comenzó a ser extensamente reconocida, hasta el punto de hacerse machacona y provocar reacciones completamente comprensibles contra la “financiarización”.[18] Esta vulgarización se produce cuando la oposición pierde pertinencia, puesto que los dos tipos de capital se presentan profundamente interpenetrados en mucho mayor grado que a comienzos de siglo. Acá es preciso volverse hacia el análisis del capital financiero en el sentido de Hilferding. Este utiliza el término “Capital financiero” en un sentido significativamente diferente al de Marx, borrando toda la problemática del carácter fetichista del ciclo D-D’. El designa la forma de capital constituido desde la última década del siglo XIX como resultado de la estrecha interconexión (habla incluso de “fusión”) entre los grandes bancos y la gran industria. Agreguemos que Hilferding presenta la forma específicamente alemana de esta “fusión”, algo común a todas las grandes economías capitalistas. A nivel político, esta estrecha interconexión tiene efectos importantes en la concentración del poder nacional e internacionalmente. En la esfera económica, sus consecuencias se miden en términos de incremento del poder monopólico que surge de procesos de concentración y de centralización industriales en cuanto tales. Se pueden pues tender puentes con los trabajos no marxistas sobre el poder de los trust o sobre la influencia del capital financiero en la política interior y exterior. También esto contribuye a explicar que la teoría del capital financiero de Hilferding sea más conocida que la de Marx sobre el “ciclo corto” del capital-dinero y sobre el capital ficticio. Estas nociones siguen planteando a muchos economistas que se reivindican marxistas problemas casi “existenciales”. Caracterizar al imperialismo de nuestros días exige imperativamente que previamente se reinyecte en la teoría del capital financiero el contenido “marxiano” original. Y continuar el trabajo sobre el capital financiero en el sentido de Hilferding, también implica una actualización, orientada a establecer las principales formas actuales de interconexión entre las finanzas concentradas y la gran industria. La primera actualización concierne al gran grupo industrial en cuanto tal. Desde el paso del capitalismo de libre competencia al capitalismo monopólico, hace ya un siglo, el grupo industrial es sin excepción “un grupo financiero con predominio industrial”. El caso típico alemán que sirvió como ejemplo a Hilferding y a Lenin, en el cual el capital bancario establece su dominación sobre el capital industrial, no fue nunca la única forma de interpenetración. En Estados Unidos, los Carnegie y los Rockfeller fueron los pioneros de formas organizativas en las que el “industrial” para conservar su autonomía ante el “banquero”, se constituyó en grupo (la “corporación”) haciéndose tanto financista como industrial. El gran grupo mundializado del tipo americano (que es también el de otros muchos países imperialistas), cuando tiene los medios, busca crear la banca propia del grupo y, en todo caso, organiza un mercado de capitales interno al grupo, mercado que es transnacional. Este grupo es un operador activo en los mercados financieros, donde acompaña la apropiación de plusvalía según la fórmula completa de valorización del capital, con operaciones que siguen el “ciclo corto” D-D’.
El resurgimiento del capital-dinero concentrado con formas de predominio financiero puro, y su acceso al manejo de las palancas de control del sistema capitalista mundial, acentuaron el proceso que se denomina “financiarización creciente de los grupos industriales”. Me hago cargo de las críticas que el término ha merecido. Pero se trata simplemente de una forma cómoda para expresar que, en el marco de la mundialización financiera, el grupo industrial acentuó considerablemente sus rasgos de grupo financiero, y ha sido progresivamente sometido tanto al imperativo como a las oportunidades de realizar colocaciones financieras “puras”, más que inversiones creativas capaces de crear nuevo plusvalor. Siempre que pueden, los grupos industriales luchan por decidir por sí mismos el empleo estrictamente financiero y, frecuentemente, abiertamente especulativo de una fracción de “ganancia no invertida”. En un contexto de crecimiento lento y de sobreacumulación industrial, serán llevados a privilegiar las operaciones de colocación a corto plazo. Así, es sabido que la recuperación de la “rentabilidad” en Renault tuvo dos pilares: los despidos masivos, la flexibilidad y la “disciplina salarial”, y las importantes ganancias financieras debidas a “la buena salud de los mercados”. El otro gran mecanismo de interpenetración contemporáneo, es la entrada de los representantes de los fondos de colocación financiera en el capital y en la dirección de los grupos, aportando criterios de rentabilidad puramente financieros, que agravan más aún la explotación de los asalariados, pero que afectan también las inversiones a largo plazo.
 
Los Fondos de pensión: “corporate governance” y asalariados jubilados como rehenes
 
La segunda gran forma contemporánea, y completamente original, de la interconexión entre las finanzas concentradas y la gran industria es la entrada en el capital de los grupos de los grandes fondos de pensión anglosajones y japoneses, de los fondos comunes de inversión y de gestión de las carteras de títulos (los Mutual Funds), y de las Compañías de Seguros orientadas hacia seguros de vida y ahorros complementarios de los sistemas de jubilación para cuadros gerenciales y asalariados acomodados. El ingreso de los Fondos en el capital de los grupos provoca cambios importantes, aún en curso, en las relaciones y las modalidades de entrelazamiento de las finanzas y la gran industria. La forma alemana de interconexión entre bancos e industrias, a la que Hilferding convirtió en arquetipo del capital financiero, hoy pasa a ser nuevamente el prototipo de la mejor forma de organizar las relaciones entre el capital-dinero concentrado y la industria. Estas instituciones financieras no bancarias manejan masas financieras tan grandes que comparativamente las de la mayor parte de los grandes bancos resultan pequeñas. Estos operadores financieros de tipo cualitativamente nuevo fueron ampliamente los principales beneficiarios de la “globalización financiera”. Sin embargo, no se desinteresan de la industria. Una parte significativa de sus gigantescos recursos financieros son poseídos como paquetes accionarios. Pueden ser más o menos importantes, pero en cualquier caso bastan para dictar la política económica y las estrategias de inversión de estos grupos industriales. Es lo que se llama la corporate governance. Al inicio se la consideraba exclusivamente desde el ángulo de la inestabilidad en la que estarían ahora sometidas capas capitalistas o tecnocráticas antes bien protegidas. Pero hoy se reconoce que están en juego cuestiones mucho más decisivas para la valoración del curso del capitalismo, como la orientación de las decisiones de inversión y sobre todo las formas de explotación de los asalariados. Los preceptos de la reingeniería industrial de los que el corporate governance es instrumento, juegan un rol central en la transformación cualitativa de la relación salarial y el empleo masivo de formas de maximización de la plusvalía mediante la  intensificación del trabajo sin incremento o incluso con reducción del tiempo de trabajo.
La potencia económica y social sin precedentes adquirida por el capital-dinero de renta es indisociable del lugar ocupado por los sistemas de jubilación (o “pensión”) privados cuya significación política y social es preciso establecer. En los países centrales del imperialismo, y más potentes financieramente, estos sistemas captan un importante ahorro salarial en beneficio de los mercados financieros que fortalece las operaciones del capital definido por Marx (y más tarde también por Keynes) como de renta. Pero las consecuencias no se detienen acá. Desde ya, el pago de las jubilaciones de decenas de millones de personas, que corresponde a fracciones muy significativas del PBI, se opera por medio de punciones regulares sobre la riqueza creada, por intermedio de los mercados financieros.
La existencia material de estos jubilados depende de la salud de los “mercados”. Desde hace ya 15 años el pago de las jubilaciones descansa, en particular, sobre el régimen de tasas de interés reales positivas. Pero éstas están directamente en el origen del crecimiento de la deuda pública como una bola de nieve que es punta de lanza de la destrucción de los sistemas de protección social pública, y del dislocamiento de la capacidad de intervención económica de los Estados. El segundo elemento constitutivo de los recursos de los fondos de pensión e inversión, son los dividendos deducidos por punción de las ganancias. Tomados como rehenes por el capital financiero, los antiguos asalariados han pasado pues a ser también una capa social que por ahora está “objetivamente interesada” en que la tasa de explotación de los asalariados que trabajan sea lo más elevada posible. Lenin diría que el capital-dinero de renta ha tratado de, y posiblemente conseguido en parte, poner de su lado a una parte de la aristocracia obrera. En algunos países, los representantes de los asalariados en los consejos de supervisión de los sistemas de jubilación de los grandes grupos o de las corporaciones han comenzado a preocuparse porque su ahorro sirva como fuerza de choque económica, política y social para el máximo beneficio de los mercados financieros. Pero la preocupación rara vez va más allá de las fronteras de su propio país. No se los suele ver cuestionar la función de los mercados llamados “emergentes”, es decir de los países o territorios políticos que poseen una plaza financiera donde los capitales extranjeros puedan sentar bases para los flujos de recursos hacia las metrópolis imperialistas.
Las propensiones ecuménicas de la “izquierda plural”, en todos sus componentes, está en trance de hacer nacer cierta mansedumbre frente a los sistemas de jubilación por capitalización, incluso en el seno de las direcciones sindicales. ¿Acaso no se trata del sistema de algunos de los “vecinos y partenaires de Francia”, lo que exigiría por tanto nuestro respeto? Esta mansedumbre no es gratuita. Los Fondos de colocación del ahorro salarial están asociados con mecanismos de transferencia de la riqueza profundamente dañinos. Son parte del conjunto de procesos que conducen a un bajo nivel de inversión, a la acelerada degradación de las condiciones del mercado de trabajo y las relaciones salariales, así como a la consolidación a nivel mundial de relaciones de subordinación de tipo rentista entre Estados, cuyo instrumento son las colocaciones, vale decir las exportaciones de capitales.
 
El capital-dinero recupera el predominio en las exportaciones de capital
 
Durante la fase caracterizada por el régimen de acumulación “fordista”, las exportaciones de capitales estuvieron dominadas por las inversiones directas en el extranjero y la penetración de las multinacionales. Bajo la égida de los grupos industriales (las firmas transnacionales) la dominación imperialista sobre los países hasta poco antes coloniales o neocoloniales (luego denominados “nuevos países en vías de industrialización” ) parecía pesar especialmente por sus implicaciones políticas (por ej. la dictadura brasileña durante la época de la industrialización rápida mediante la “sustitución de importaciones”). Pero parecía compensada por la extensión de las relaciones de producción capitalistas posibilitada por las IDE, así como por la formación de una clase obrera en los países donde se realizaba la inversión directa. Alrededor de 1965 no parecía que se pudiese definir al imperialismo de la forma lapidaria en que lo hacía Lenin como “una inmensa acumulación de capital-dinero en un pequeño número de países”, vale decir los países identificables como “estados rentistas”.
Hoy ya no es así. Las exportaciones de capitales en forma de “inversiones de cartera”, es decir colocaciones en obligaciones y en acciones en los mercados financieros, han pasado a predominar sobre las IDE , y no solamente a nivel cuantitativo sino también desde un punto de visa cualitativo. Tras la liberalización y la desregulación financiera, los puntos de ingreso privilegiados por el capital internacional son las plazas financieras, entre las cuales están los “mercados (financieros) emergentes”, término muy significativo que vino a reemplazar al de “nuevo país industrial”. Es por este medio, no ya sólo manipulando operaciones que exigían inversiones directas, que debe efectuarse el “bombeo” del valor y plusvalía producidos en estos países.
El predominio de las exportaciones de capital engendra una economía internacional donde los flujos financieros resultantes de la valorización del capital-dinero bajo la forma de colocaciones en obligaciones y en acciones, o bajo la forma de préstamos internacionales a los gobiernos (en Asia, a Bancos empresas), están orientados hacia la transferencia de riquezas de algunas clases o capas sociales y de algunos países hacia otros. El que la institución básica de esta economía internacional de valorización del capital-dinero sea el mercado secundario de títulos, liberalizado y desregulado le da, incluso por fuera de períodos de crisis abierta (como ahora), una alta volatilidad e inestabilidad. Esto no constituye de ninguna manera una “economía de casino”.[19] Tras las decisiones de colocar o de liquidar las tenencias en tal o cual plaza financiera, bajo tal o cual forma de activos (divisas, obligaciones públicas o privadas, acciones), están las valoraciones de los inversores-rentistas sobre la previsibilidad de los flujos de recursos y los niveles de rendimientos que pueden lograr. Existe una indiscutible dimensión especulativa de las decisiones de colocación o retiro, que está dictada, en lo inmediato, por las perspectivas de la evolución del precio de los activos en los mercados secundarios de títulos. Pero, por detrás, se encuentra la valoración de los inversores financieros sobre la capacidad de las firmas y de los Estados para poder cumplir con los créditos representados por esos activos y seguir garantizando el compromiso de transferencia de recursos reales que se ocultan tras las emisiones de títulos.
 
La suerte de los países sometidos a la dominación imperialista
 
Las fracciones del capital financiero con la forma de capital-dinero se interesan sobre todo en aquéllos países que poseen una plaza financiera suficientemente desarrollada para aspirar al estatus de “mercado financiero emergente”, que permita el funcionamiento de los mecanismos de bombeo de los recursos de esos países o de toda una región continental hacia los países centrales. Es una lista limitada (una docena de plazas en Asia y en América Latina, a más de Johannesburgo) y hacia estos países se dirige la aplastante mayoría de las colocaciones.
Por su parte, los grupos industriales de los países imperialistas se interesan, de manera muy selectiva, en los países extranjeros. Anualmente el 80% de las IDE fuera de la OCDE se concentra, como máximo, en 10 países, y, en una década, la lista no incluye más de 15 países. Los grupos industriales aprovecharon la liberalización de las inversiones y el comercio para hacer pesar sobre sus asalariados la amenaza de proceder a la deslocalización de la producción hacia países donde la mano de obra es barata y los asalariados están poco o nada protegidos. Utilizan la liberalización comercial tanto para asegurarse redes de aprovisionamiento y de subtratamiento donde los costos sean más bajos, como para desatar una competencia desigual con empresas de menor productividad en países a los que se impuso la apertura de los mercados. La liberalización de los intercambios favoreció exclusivamente a los grupos industriales más poderosos. Uno de sus efectos más perversos ha sido poner en competencia directa economías con niveles de productividad muy diferentes, a veces totalmente distintas, es decir, dejar jugar libremente y sin trabas la ley del valor a nivel internacional, con la destrucción de las capacidades productivas de los países más débiles. Es lo que ocurrió con la industria y la agricultura mexicana luego de la liberalización exigida por la conformación del NAFTA. Este modelo tan celebrado por la OMC, hundió a Méjico en una espiral de retroceso de la producción, de desgarramiento del tejido productivo y del tejido social, y de aumento vertiginoso de la desocupación y de la pobreza.
Los grupos industriales de los países imperialistas sólo se interesan en los países exteriores por tres razones. La primera, muy tratada por Lenin, es como fuente de materias primas. Esto sigue siendo verdadero, y explica las rivalidades interimperialistas con todas sus consecuencias en el Zaire y algunos otros países. Pero por fuera del petróleo, de los minerales estratégicos como el uranio y algunas plantaciones tropicales, en primer lugar las maderas, los países centrales se han tornado mucho menos dependientes de las fuentes de materias primas situadas en los países periféricos, utilizando la ciencia y la tecnología para reemplazarlos por productos intermedios de creación tecnológica e industrial.
Los grupos se interesan en los países exteriores a la OCDE como mercados, en condiciones que hacen de las exportaciones de los grandes grupos industriales a través de sus filiales de comercialización la opción preferida, mientras que la inversión directa en un sentido estricto sólo es una solución secundaria utilizada en circunstancias específicas. Se crean filiales de producción cuando esta presencia directa en el mercado se impone a causa de su dimensión y de la importancia estratégica regional del país (China y Brasil); a causa de la presencia previa de rivales mundiales cuyas estrategias hay que enfrentar localmente; o por la existencia de oportunidades locales que no puedan ser explotadas sin inversión directa. Pero en cualquier otro caso, los niveles de productividad y las reservas de capacidad industrial de los países capitalistas centrales impulsan a que los grupos prefieran la exportación como medio para lograr una parte de un mercado.
La tercera función es servir a las industrias mano de obra intensivas como base de operaciones de subtratamiento deslocalizadas que requieran de una mano de obra industrial que sea a la vez calificada (o incluso muy calificada), muy disciplinada y muy barata. Pero también aquí el número de países que satisfacen estas condiciones es tanto más reducido cuanto que las necesidades del capital están limitadas por la debilidad general de la acumulación.
En este contexto de marginalización, cuando no de exclusión, de muchos países del sistema mundial de cambios en la anterior configuración imperialista debe ubicarse el aumento del hambre, de las pandemias y de las guerras interiores en numerosas partes del mundo. En esta situación está el Africa negra, pues el sistema rechaza gran parte de las materias primas agrícolas producidas por la economía de plantación (que precedentemente fuera impuesta en reemplazo de los cultivos alimenticios) y la mano de obra no reúne todas las “cualidades” de los países del Sudeste asiático. Esto, que ocurre desde hace 15 años, no surge por azar. Es el resultado directo de la marginación de la mayoría de los países del continente de los intercambios mundiales, mediada por la corrupción política característica de los Estados neocoloniales. Lo “contingente” traduce la “necesidad” del capitalismo en descomposición. La ONU acaba de reconocer que el genocidio rwandés es el tercero del siglo, siguiendo al de los Armenios y el Holocausto. Si el primero todavía puede ser analizado sin utilizar la teoría del imperialismo, el holocausto no, y bajo otra forma, lo mismo vale para el genocidio rwandés. Al fin de un minucioso trabajo sobre Africa, Claude Meillassoux concluye que el capitalismo reactiva la ley de la población de Malthus: “el control de la población de los pueblos explotados por medios demográficos (control de la natalidad, esterilización, etc. ) fracasó. Una forma de control más eficaz y más cruel, mediante el hambre, la enfermedad y la muerte, se establece bajo pretexto de la ‘racionalidad económica’ y el ‘ajuste estructural’: la lección de Malthus fue comprendida”.[20]
 
Los rasgos monopólicos en el núcleo de la contracción tendencial
 
En base a criterios políticos y económicos Lenin caracterizaba al imperialismo en 1916 como “la reacción en toda la línea”. Constataba las tendencias al estancamiento engendradas por el carácter monopólico del capital. Pero como muestra la cita que anteriormente recordamos, en ese momento no sacaba aún la conclusión de que predominaran tendencias claramente orientadas hacia la contracción del sistema capitalista. Trotsky fue el primero en identificar la existencia de estas tendencias detrás de la crisis de los años 30, colocándolas en el centro de su caracterización del imperialismo. Y a él, más que a Lenin (al que todavía no se tocaba), se le opuso la teoría del “neocapitalismo” elaborada, sobre todo, en el laboratorio del Partido Comunista Italiano. Las bases teóricas de la teoría del neocapitalismo eran endebles, pero los hechos parecían darle la razón: en el curso de la larga expansión de 1950-1974 el capitalismo pareció haber retomado la reproducción ampliada. Esto terminó con la recesión de 1974-75, que dio paso al comienzo de lo que se ha denominado “la crisis”, expresión imprecisa pero que, como muestran los indicadores económicos de los gráficos 1 y 2, marca perfectamente una clara ruptura en la acumulación.
A partir de 1989 vivimos un período contradictorio. Por un lado el capitalismo parecía haber triunfado. En el marco de la mundialización, terminaba de subordinar las regiones y actividades que se le escapaban. Pero lo hizo, en realidad, en el contexto de una sostenida pérdida de velocidad –a largo plazo- de la inversión y del crecimiento; en el marco de una situación marcada por la presencia de indicadores que traducían la contracción tendencial de la acumulación más que la ampliación de la misma. Transponiendo la clásica distinción del Capítulo inédito de El Capital [21] puede decirse que la subordinación que el imperialismo impone bajo la égida del capital-dinero buscando valorizarse con la menor implicación posible en el proceso productivo, tiene que ver con mecanismos relacionados con la sumisión formal más que con la sumisión real. Los mecanismos de “bombeo” del valor y de la apropiación de plusvalía predominan sobre su creación, lo que dice con toda precisión que los “rasgos monopólicos” deducidos por Lenin ahora han pasado completamente al primer plano.
En el ya citado capítulo del libro II, Marx escribió algo cuyo alcance pasó durante mucho tiempo prácticamente inadvertido, pero que contribuye mucho a la comprensión de la situación contemporánea: “Precisamente porque la forma-dinero del valor es la forma independiente y tangible en que se manifiesta, la forma de circulación D ... D’, cuyo punto de partida y cuyo punto de llegada es el dinero efectivo, el hacer dinero expresa del modo más tangible el motivo propulsor de la producción capitalista. El proceso de producción capitalista no es más que el eslabón inevitable, el mal necesario para hacer dinero. Por eso todas las naciones en que impera el sistema capitalista de producción capitalista se ven afectadas periódicamente por la quimera de querer hacer dinero sin utilizar como medio el proceso de producción”.[22] Hoy, los grandes Estados capitalistas no sólo cedieron a esa quimera. Colocando a los “mercados” en el puesto de mando, han colocado a la economía mundial, tanto a las de sus propios países como a la del conjunto del globo, en manos de gente cuya visión del mundo está fundada en el corte de cupones.
Subrayemos nuevamente los rasgos característicos de los capitales cuyo modo de existencia es la colocación financiera. El primero es que los impregna la convicción de que las liquideces que colocan como acciones negociables en los mercados financieros, tienen la “propiedad natural” de “producir ingresos”. Marx dijo que para los poseedores del capital portador de interés los activos deben producir ingresos (en primer lugar dividendos e intereses) “con la misma regularidad con que el peral produce peras”.[23] Este capital es portador pues de lo que se llama en la jerga actual un “aproche patrimonial”. Desarrolla en todos los poseedores de activos financieros la propensión a mantener un stock de riquezas, mucho más que a asumir riesgos para incrementarlo. Independientemente de las operaciones “especulativas” a las que puede librarse, lo característico de este capital es situarse en lugares y tener horizontes de valorización distintos y muy distantes de allí donde se desarrollan las actividades de inversión, de producción y de comercialización (que aseguran el indispensable cierre del ciclo de valorización del capital productivo). La distancia no es sólo física, es ideal. Con toda razón Lenin habla a propósito de la capa de rentistas “que no participan para nada en empresa alguna”.[24] La caracterización sigue siendo justa incluso cuando los representantes del capital-dinero de renta –en el seno de los grupos financieros con predominio industrial- se sienten en los “comités de auditoría” desde donde ejercen su “conducción de la empresa”. Las instituciones que operan en los mercados financieros tienen su propia idea del mundo, comenzando por la economía. Requieren flujos de ingresos regulares de sus colocaciones, rendimientos seguros al menor costo. Los plazos de maduración de la gran mayoría de las inversiones productivas están totalmente fuera de su horizonte.
Los rasgos monopólicos del capital todavía comprometido en la industria se han acentuado a lo largo de los últimos veinte años. Las operaciones de fusión-adquisición cuya escala aumenta continuamente, son la respuesta característica de un capital ya concentrado, y por tanto monopólico, ante una coyuntura con tintes de estancamiento; y al mismo tiempo son un factor de agravamiento. No apuntan a extender la producción mediante la creación de nuevas capacidades, sino únicamente a la reestructuración con reducción de personal, y a la transferencia, en provecho del grupo comprador, de parte de los mercados de los grupos o firmas fusionados (lo que constituye uno de los principales objetivos de estas operaciones). Se asiste así a un incremento de la rentabilidad del capital, a veces notable, en el contexto de economías que ostentan sin embargo crecimiento débil o muy débil. Pero los efectos no se detienen acá. Debido a la creciente concentración y centralización del capital que resulta de las fusiones, se ha visto un alza general y casi continua del “grado de monopolio”. En el curso de las dos últimas décadas, este aumento se produjo bajo dos formas principalmente. La primera, a nivel de los grupos individuales, asume la forma de un considerable incremento del factor consistente en la apropiación de fracciones de valor producidas por las firmas más pequeñas o con menor capacidad negociadora en los “resultados brutos de empresa” de los grupos. La emergencia de lo que se llama “firmas-redes” vino aparejada con una profunda “confusión” de las fronteras entre la “ganancia” y la “renta” en la formación de la ganancia de explotación de los grupos, así como por el peso creciente de operaciones relacionadas con la apropiación de valores ya creados mediante punción de la actividad productiva y el producto excedente de otras empresas. El “paradojal” crecimiento de las ganancias y las capacidades de autofinanciamiento de los grupos industriales en medio del casi estancamiento de las economías, reposa también sobre estos mecanismos de captación del valor nacidos del poder de monopsonio, que se suman a los que tienen que ver con la agravación de la explotación del trabajo, en cada uno de los grupos industriales por sí mismos. La segunda forma, es la que ejercen colectivamente los grupos monopolistas mediante mecanismos de “recíproco reconocimiento” y competencia controlada, característicos del oligopolio. Es la que, en el marco de contracción tendencial permitió a los grupos manejar al menos parcialmente, hasta el comienzo de la crisis mundial en Asia, las tendencias crónicas a la superacumulación y a la superproducción.
 
Algunas expresiones estadísticas de las tendencias a la contracción
 
La selección de indicadores para valorar una tendencia no es, evidentemente, neutra. Depende de postulados teóricos y políticos. Si se toma como índice el crecimiento del producto mundial por habitante, que es un indicador serio de la situación de la producción de riqueza, sin hacer intervenir las condiciones de su distribución, se constata que mientras esta tasa de crecimiento anual se aproximaba al 4% entre 1960 y 1973, y caía a 2,4% entre 1973 y 1980, no pasa del 1,2% entre 1980 y 1993. La tendencia de la tasa de crecimiento del producto interior de los países industriales en treinta años se muestra en el Gráfico 1.[25] Otro indicador crucial es el del nivel de inversiones privadas. En los países de la OCDE, vale decir los más ricos, la curva de la inversión así como la de ahorro, están claramente inclinadas hacia abajo, de modo que se está en el límite de una situación de reproducción ampliada. Es lo que muestra el Gráfico 2.[26] En 1994 la O.M.C. publicó una larga serie de estadísticas que más allá de fluctuaciones cíclicas muestra una caída regular de la tasa media anual de crecimiento mundial. En el curso del período 1984-1994, esta tasa cayó al 2%. Fue un poco más alta entre 1995 y el verano de 1997, pero desde que comenzó la crisis en Asia, volvió a caer al nivel precedente y será menor aún, posiblemente negativa, en el cambio de milenio.
Para comprender lo que significan estas cifras, remitámonos a Marx. La masa total de valor creado no descansa sólo sobre la tasa de plusvalía, sino que depende tanto o más del volumen de capital puesto en movimiento en la producción de valor y plusvalía. Ahora bien, este volumen desciende tendencialmente. La rampante superproducción permanente –que se transforma en superproducción abierta ante cada crisis, como ocurre desde noviembre de 1997 con el contagio a Corea y Japón –, no es más que una de las manifestaciones visibles de un régimen de acumulación muy lento, en el que el sistema capitalista como un todo no produce suficiente valor y por tanto tampoco plusvalía, a pesar de que haya recomenzado la explotación de niños a gran escala y en todas partes se intensifique constantemente el grado de explotación de los trabajadores.
 
“El verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital”
 
Las crisis financieras que sacuden la economía mundial desde el hundimiento de Tailandia e Indonesia, y que se acercan al corazón del sistema, anuncian que se prepara una nueva manifestación a gran escala de la crisis de superproducción generalizada clásica, cuyos fundamentos al nivel de las relaciones de producción -que son también relaciones de distribución-, Marx expuso mejor que nadie. Lo inédito, es que esta reaparición de la crisis en lo que más de irreductible tiene, se produce en condiciones explosivas. En primer lugar, las de una mundialización del capital fundado en la liberalización y la desregulación, es decir el desmantelamiento, en gran parte de los países, de los mecanismos gubernamentales que anteriormente podían servir para conducir campañas anticíclicas. Además, la ceguera y falta de preparación de las clases dominantes capitalistas, emborrachadas por la “victoria sobre el comunismo” y ganadas por la utopía neoliberal del carácter autoregulador y omnisciente de los mecanismos de mercado.
La crisis se traduce en la imposibilidad de asegurar a una cantidad suficiente de capital las condiciones de cierre del ciclo de valorización, de producción y de comercialización, de creación y de realización de valor y plusvalía, pese a estar en el marco de una situación que es de penuria de plusvalía y de una acumulación no excesiva sino insuficiente. Marx trabajó bien la paradoja de la superproducción, subrayando su carácter relativo y diciendo que, lejos de manifestar un excedente de riquezas, era la marca de un sistema cuyos fundamentos ponían límites a la acumulación, por un conjunto de causas que hunden sus raíces en las relaciones de propiedad. “El verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital” ¿Porqué? Porque “son el capital y su propia valorización lo que constituye el punto de partida y la meta, el motivo y el fin de la producción (...) la producción sólo es producción para el capital y no a la inversa”, de manera que en el sistema capitalista los medios de producción no son lo que podrían ser en otras relaciones de producción, vale decir “simples medios para ampliar cada vez más la estructura del proceso de vida de la sociedad de los productores”.[27]
Lejos de ver algo siquiera ligeramente semejante a tal ampliación del “proceso de vida”, durante veinte años hemos tenido, en los países que más sufren la dominación imperialista, la reaparición de los peores flagelos de la desnutrición o el hambre, las enfermedades, generalmente las pandemias, y en los de la OCDE, el aumento de los desocupados, de los precarizados, los sin techo, los sin derechos. Estos no son flagelos “naturales”. Golpean a poblaciones marginadas y excluidas del círculo de satisfacción de las necesidades elementales, y, por ende, de las bases de la civilización, a causa de su incapacidad para transformar esas necesidades apremiantes en demanda solvente, en demanda monetaria, en demanda que interese al capital.
Esta es pues una exclusión de naturaleza económica. En algunos casos es reciente, y en todas partes se agravó mucho con respecto a la situación de los años 70. Es el producto directo del régimen de acumulación nacido de la desregulación, de la liberalización y de la destrucción no solamente de empleos, sino de sistemas sociales de producción enteros, posibilitada por la sumisión del progreso técnico a las estrechas indicaciones de la ganancia, por la total libertad de movimientos devuelta al capital y por la implantación de la competencia entre formas de producción social con distinta finalidad: por un lado maximizar la ganancia, por el otro asegurar, condiciones para la reproducción social de comunidades de campesinos, pescadores o artesanos.
Entre los ideólogos de la “feliz mundialización” fue y sigue siendo de buen tono celebrar “la victoria del consumidor sobre el productor”, así como la “revancha de los prestamistas”. Se pretende olvidar que los “productores”, es decir los asalariados, son también consumidores y que a fuerza de despedir obreros en los países capitalistas avanzados y de privar mediante la liberalización a los campesinos de sus medios de vida en los países bajo dominación imperialista directa, el círculo de consumidores se estrecha. El consumo de capas rentistas, aquellas que viven total o parcialmente de ingresos financieros (intereses sobre las obligaciones o dividendos sobre las acciones) puede sostener la demanda y la actividad en Estados Unidos y en algunos otros “países-rentistas”, países-fuente de capitales de colocación masivos, que fueron analizados por los teóricos del imperialismo en términos que en muchos casos recuperaron una total actualidad. Pero en el plano de la macroeconomía del sistema mundial, ningún consumo rentista logrará jamás compensar los mercados destruidos por la imposición de la desocupación masiva o la pauperización absoluta a comunidades que anteriormente podían asegurar su reproducción y expresar alguna demanda solvente.
La economía capitalista mundial está frente al brutal regreso del principio de realidad: antes de poder apropiarse del valor y de la plusvalía, es necesario crearlos en una escala suficiente. Lo que supone que el ciclo del capital haya podido cerrarse, la producción comercializada. Los gerentes de los grandes fondos de colocaciones financieras -fondos de colocación colectivos o fondos de pensión privados anglosajones- así como los otros grandes operadores de los mercados financieros, han impuesto normas de rendimiento de sus colocaciones y han tomado todas las medidas para imponerlas a las empresas así como a los mercados financieros subordinados del sistema que son las correas de transmisión en este proceso mundial de centralización de las riquezas hacia los países-rentistas. A sus ojos, estas normas, estas presiones constantes, son la condición para que exista un drenaje de los ingresos hacia los mercados financieros al ritmo y a la escala necesarios para la satisfacción de esta economía rentista internacional. Aparentemente la cosa funciona. Pero de hecho, esto marcha solamente en tanto la valorización del capital creador de valor y de plusvalía, que es el fundamento de la distribución y de la transferencia de riquezas hacia los poseedores de acreencias sobre la producción, haya podido, en primer lugar, realizarse en una escala y lo haya hecho sin sobresaltos, sin interrupciones en el flujo de riquezas. Porque los mercados financieros surgidos de la liberalización, desregulación y mundialización financiera tienen también sus propios tiempos, que no son los de la creación de valor, y menos aún los de la creación con demoras o peor aún interrupciones en el proceso de valorización, y cuyos operadores no tienen ninguna memoria de las crisis del pasado, no saben ni siquiera a través de vagos recuerdos librescos lo que ocurrió en 1929 y en los años 30, están totalmente desarmados. Su conducta estará caracterizada por comportamientos desesperados o de pánico, que servirán como acelerador de la crisis en momentos claves, reforzando las dimensiones subjetivas de los mecanismos de propagación e impulsándolos todavía más rápida y firmemente. El otro acelerador de la crisis es el que está referido a la fragilidad financiera sistémica y las cadenas de créditos y deudas entre las instituciones financieras, en el centro de las cuales están los compromisos de los bancos, que hoy han pasado a ser frecuentemente cada ves más irrecuperables.
En su progresión, la crisis mundial tomó y tomará los caminos que le abre la extrema vulnerabilidad de un sistema financiero hipertrofiado, que estableció desde hace veinte años la dominación de un capital-dinero con carácter rentista sobre los mecanismos de creación de valor y de plusvalía; que progresivamente asfixió los resortes de la acumulación en el verdadero sentido de reproducción ampliada de las capacidades de producción; que contribuyó poderosamente a liberar nuevamente, y a una escala gigantesca, lo que Marx llamó a justo título la “anarquía de la producción capitalista”. Los arquitectos de la “revolución conservadora”, que alumbró un nuevo período de dominación salvaje, están en la situación del aprendiza de hechicero, enfrentados con un monstruoso genio maléfico sobre el cual perdieron casi completamente el control.
 
A modo de conclusión
 
Diez años después de “la caída del Muro”, todo un período se encamina hacia el fin. Aquel en que los celadores del capital podían proclamar “el fin de la historia”. La crisis mundial que se aproxima no puede más que reabrir el debate político y teórico sobre las condiciones de superación del capitalismo y la naturaleza de la sociedad que lo reemplazará. Nos llevará muchos años llegar a responder a los tremendos problemas planteados por la quiebra del “socialismo real”, y por la dimensión de las ruinas que dejaron tras de sí cerca de setenta años de completa dominación estaliniana sobre el país en que tuvo lugar la revolución de Octubre. Pero el renacimiento del pensamiento de Marx como una teoría de la revolución, tal como dijera Engels en su entierro, supone también esclarecer la actual configuración del capitalismo en descomposición. En el curso de esta década, poca gente llegó a contradecir a los apologistas del “nuevo orden mundial” bajo dominación norteamericana luego de haber declarado, tras el hundimiento de la URSS, que la “victoria de la democracia y el mercado” señalaba “el horizonte insuperable” de la propiedad privada de los medios de producción.
La crisis capitalista, tanto como la lucha de clases, indiscutiblemente ya han comenzado a dar un desmentido formal en numerosos países, pero este desmentido de la “praxis” no será sin embargo completo hasta que avance conjuntamente con un adecuado trabajo teórico. Este trabajo exige ser alimentado con análisis que no ignoren la descomposición del capitalismo y expliquen que una época llegó a su fin: aquella en que el capitalismo tenía algo para ofrecer a la humanidad. Por todo esto debemos trabajar para dar a la teoría del imperialismo toda su actualidad.
 
* Artículo publicado en Carré rouge Nº 9, octubre-diciembre de 1998. Traducción Aldo Andrés Romero.
[1] En Carré rouge Nº 7: “Una conmoción en los parámetros económicos mundiales y en las confrontaciones económicas y sociales”, reproducido en Herramienta Nº 6, Otoño de 1998.
[2] Reserva Federal de los EE.UU.
[3] El libro negro del comunismo (crímenes, terror, represión), AA.VV.
[4] Ver también el artículo “Notas sobre la progresión de la crisis mundial”, de Claude Serfati, en Carré rouge Nº 9, octubre de 1998.
[5] Vladimir I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Obras Completas, tomo XXII, pág. 315. Editorial. Cartago, Buenos Aires, 1960.
[6] Es uno de los argumentos del boletín Combattre pour le Socialisme.
[7] Como escribiera Carlos Marx en el libro II de El Capital.
[8] Denominación mucho más precisa utilizada por el mismo Marx en el libro III.
[9] El “fordismo” designa la fase en que, sobre la base de la destrucción de medios de producción de la Segunda Guerra mundial y de la prolongada subinversión debida a la crisis de 1929, así como de las normas de distribución surgidas de las relaciones políticas entre las clases luego de 1945, el capital encontró terreno para una acumulación industrial amplia, conllevando métodos de producción en masa (de ahí la referencia al fordismo) pero también la demanda solvente para que la misma tuviera salida.
[10] Marx precisa en El Capital, libro II, capítulo I. “El capital industrial es la únicaforma de existencia del capital [lo que implica que existen otros modos] en que es función de éste no sólo la apropiación de la plusvalía o del producto excedente, sino también su creación” (las bastardillas son mías, F. C.).
[11] V.I. Lenin, Ob. cit., capítulo VIII, pág. 292.
[12] V.I. Lenin, Ibid., pág. 315.
[13] Y en gran medida orientada hacia la reconstrucción y modernización de las bases industriales obsoletas tras la crisis de los años 30 o destruidas durante la Segunda Guerra mundial imperialista
[14] El Capital, libro III, capítulo XXIV (tomo 3, pág. 373, F.C.E.).
[15] Ibid, libro III, capítulo XXX (tomo 3, pág. 448, F.C.E.).
[16] Ibid.
[17] Ibid, libro III, capítulo XXIII.
[18] Ver la discusión entre el autor y Michel Husson en Crítique Communiste Nº 149 (verano 1997) y Nº 151 (invierno-primavera 1998). También la discusión desarrollada a lo largo de los anteriores números de Herramienta.
[19] S. Strange, Casino Capitalism, Blackwell, Oxford, 1986.
[20] C. Meillassoux, L’économie de la vie, Cahiers Libres, Editions Page 2, Lausanne, 1997
[21] Carlos Marx, El Capital. Libro I Capítulo VI (Inédito). Resultados del proceso inmediato de producción, Siglo XXI Editores, México, 1990.
[22] C. Marx, Ibid, libro II, capítulo I, pág. 52.
[23] C. Marx, Ibíd, libro III, capítulo XXIV, pág. 374.
[24] V.I. Lenin, Ob. cit. capítulo VII, pág. 292.
[25] Suministrado por William Cline de la Brookings Institution, 1994.
[26] Elaborado por B. Bosworth, otro economista del mismo centro, y publicado por la OCDE en 1996.
[27] C. Marx, Ibid. libro III, capítulo XV, pág. 248, F.C.E.).