La clase imprevista: La burocracia soviética vista por León Trotsky.

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Autor(es): Gouseev, Alexei

Gouseev, Alexei. Joven investigador ruso, de la Universidad de Moscú. Viene trabajando temas relacionados con la historia de la Oposición de Izquierda del Partido Comunista de la Unión Soviética, liderada por León Trotsky en los años 20. Sus fuentes son invalorables, ya que ha tenido acceso a los archivos que permanecieron cerrados durante la prolongada noche negra del estalinismo. Uno de sus artículos: La crisis de la revolución rusa (1923), fue publicado en Buenos Aires en dos partes por la revista Debate Marxista, Nº 9 y Nº 10.


 

¿Cuál era el sistema que existió en nuestro país bajo el período “soviético”? Ciertamente es una de las principales preguntas de la historia y en cierta medida de las otras ciencias sociales. Y no es solamente una pregunta académica: está muy ligada a la época contemporánea, porque es imposible comprender las realidades de hoy sin entender las de ayer.

Esta pregunta puede sintetizarse como sigue: ¿En el sistema “soviético”, qué era el sujeto central que impuso determinada vía de desarrollo del país, vale decir, la burocracia dirigente? ¿Cuáles eran sus relaciones con los otros grupos sociales? ¿Qué motivos y necesidades determinaban su actividad?

Es imposible estudiar seriamente estos problemas sin conocer las obras de León Trotsky, uno de los primeros autores que trató de comprender y analizar la naturaleza del sistema “soviético” y su capa dirigente. Trotsky consagró muchas obras a este problema, pero sus puntos de vista más generales y densos sobre la burocracia se exponen en su libro La Revolución traicionada, publicado hace 60 años.
 
 
La burocracia: Características principales
 
Recordemos las características principales de la burocracia, dadas por Trotsky en su libro:
1) El nivel superior de la pirámide social en la URSS está ocupado por “la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras”, capa que “no hace directamente un trabajo productivo, sino dirige, ordena, manda, hace favores y castiga”. Según Trotsky, cuenta entre 5 a 6 millones de personas.[1]
2) Esta capa que dirige todo está fuera de cualquier control por parte de las masas que producen los bienes sociales. La burocracia domina, las masas trabajadoras “obedecen y guardan silencio”.[2]
3) Esta capa mantiene relaciones de desigualdad material en la sociedad. “Las limusinas para ‘los activistas’, los buenos perfumes para ‘nuestras mujeres’, la margarina para los obreros, las tiendas de lujo para ‘la nobleza’, la plebe solamente mira los manjares delicados detrás de las vitrinas”.[3] En general, las condiciones de vida de la clase dirigente son análogas a las de la burguesía: “Comprende todas las gradaciones: de la pequeña burguesía provincial a la gran burguesía de las capitales”.[4]
4) Esta capa es dirigente no sólo objetivamente; subjetivamente se considera el amo único de la sociedad. Según Trotsky, tiene “una conciencia específica de clase dirigente”.[5]
5) La dominación de esta capa se mantiene por medio de la represión. Su prosperidad se basa en “la apropiación enmascarada de los productos del trabajo ajeno”. “La minoría privilegiada, apunta Trotsky, vive a la sombra de la mayoría desposeída”.[6]
6) Hay una lucha social latente entre esta clase dirigente y la mayoría oprimida de los trabajadores.[7]
Trotsky describe este cuadro: existe una capa social bastante numerosa que controla la producción y por consiguiente su producto de manera monopólica, que se apropia de gran parte de este producto (es decir, ejerce una función de explotación), que está unida por la comprensión de sus intereses materiales y está enfrentada a la clase de los productores.
¿Cómo llaman los marxistas a la capa que tiene todas estas características? Sólo hay una respuesta: es la clase social dirigente en el pleno sentido de la palabra.
Trotsky acerca a los lectores a sacar tal conclusión, pero no lo hace, aunque observe que en la URSS la burocracia “es algo más que burocracia”.[8] “Algo más”, ¿pero qué? Trotsky no lo dice. Además, destina un capítulo a refutar una esencia de clase de la burocracia. Después de haber dicho “a”, después de haber descrito el cuadro de la clase dirigente explotadora, a último momento Trotsky retrocede y rehusa a decir “b”.
 
El estalinismo y el capitalismo
 
Trotsky tiene las mismas reticencias cuando trata otra cuestión, cuando compara el sistema burocrático estalinista con el sistema capitalista.
Mutatis mutandis, el gobierno soviético ha ocupado con respecto a la economía el mismo lugar que el capitalista en la empresa”, dice Trotsky en el capítulo II de La Revolución traicionada.[9]
En el capítulo IX dice:
 
El traspaso de las empresas al Estado cambia la condición del obrero sólo jurídicamente (subrayado por mí, A.G.); de hecho, está obligado a vivir en la miseria, trabajando durante algún tiempo determinado por un salario fijo... Los obreros han perdido toda influencia en la administración de sus fábricas. En la condición del trabajo por piezas, en medio de su penosa situación material, de la ausencia de libertad de desplazamiento, del régimen policial terrible que penetra en la vida cotidiana de cada fábrica, el obrero difícilmente se siente ‘un trabajador libre’. Ve al jefe en el funcionario y al patrón en el Estado.[10]
 
En el mismo capítulo Trotsky apunta que la nacionalización de la propiedad no liquida una diferencia social entre las capas dirigentes y las capas sometidas: unas gozan de todos los bienes posibles, mientras las otras viven en la miseria como antaño y venden su mano de obra. En el capítulo IV dice lo mismo: “La propiedad estatal de los medios de producción no transforma el estiércol en oro y no convierte en santo al sweating-system (sistema del sudor)”.[11]
Estas tesis parecen muy claramente constatar fenómenos elementales desde el punto de vista marxista. Porque Marx subrayó siempre que la característica principal de todo sistema social no es la legislación y “las formas de la propiedad”, cuyo análisis como cosa en sí
 misma conduce a una metafísica inútil.[12] El factor decisivo está constituido por las relaciones sociales reales y sobre todo la actitud de los grupos sociales hacia el producto excedente de la sociedad.
Un modo de producción puede fundarse sobre diferentes formas de propiedad. El ejemplo del feudalismo lo muestra bien. La Edad Media se fundó sobre la propiedad feudal privada de las tierras en los países occidentales y sobre la propiedad feudal de Estado en los países orientales. Sin embargo, en los dos casos las relaciones sociales fueron feudales, lo que los campesinos productores sufrían era la explotación feudal.
En el volumen III de El Capital Marx dice que un rasgo principal de toda sociedad es “la forma económica específica bajo la cual se extrae directamente el trabajo gratuito de los productores mismos”. En consecuencia, se trata del rol decisivo de las relaciones entre aquellos que controlan el proceso y los resultados de la producción y quienes lo ejecutan. “La actitud de los propietarios de las condiciones de la producción para con los productores mismos (...) Es aquí donde descubrimos el misterio más profundo, la base oculta de toda la sociedad.”[13]
Hemos dado ya el cuadro descripto por Trotsky de las relaciones entre la capa dirigente y los productores. Por un lado, “los propietarios de las condiciones de la producción” reales corporizados en Estado (es decir, la burocracia organizada) y del otro los propietarios “de jure”, en realidad los trabajadores despojados de derechos, los asalariados a quienes “se extrae el trabajo gratuito”. Sólo es posible sacar de esto una conclusión lógica: entre el sistema burocrático estalinista y el del capitalismo “clásico” no hay ninguna diferencia de principios, desde el punto de vista de su naturaleza.
También aquí, después de haber dicho “a”, después de haber demostrado una identidad de principios entre estos dos sistemas, Trotsky no dice “b”. Al contrario, se pronuncia sin vueltas contra la identificación de la sociedad estalinista como capitalismo de Estado y propone la tesis de la existencia en la URSS de una forma específica de “Estado obrero”, en la que el proletariado sigue siendo la clase dirigente desde el punto de vista económico y no sufre explotación aunque esté “políticamente expropiado”.
Para respaldar esta tesis, Trotsky invoca la nacionalización de las tierras, de los medios de producción de transporte y de cambio, así como el monopolio del comercio exterior, es decir, sostiene el mismo argumento “jurídico” que antes había refutado de manera convincente (véanse las citas antes mencionadas). En la página 82 de La Revolución traicionada niega que la propiedad estatal pueda “transformar el estiércol en oro”, pero en la página 218, al contrario, declara que el solo hecho de la nacionalización es suficiente para que los trabajadores oprimidos se conviertan en clase dirigente.
 
 

Un esquema que borra la realidad

 
¿Cómo podemos explicar esto? ¿Por qué Trotsky, el publicista, el crítico despiadado del estalinismo que presenta los hechos que muestran a la burocracia como una clase dirigente y un explotador colectivo, está contradicho por Trotsky, el teórico, que trata de analizar los hechos expuestos?
Evidentemente se pueden señalar dos causas principales que le impidieron superar esta contradicción: una de tipo teórica y la otra política.
En La Revolución traicionada procura refutar teóricamente la tesis de una esencia de clase de burocracia levantando argumentos bastante débiles como que “no posee acciones ni títulos”[14]. Pero ¿por qué sería obligatorio que la clase dirigente debiera poseerlas? Es muy claro que la posesión de “acciones y títulos” en sí misma no tiene importancia alguna: lo que importa es si tal o cual grupo social se apropia del producto excedente del trabajo de los productores directos. Si es así, la función de explotación existe, independientemente de que la distribución del producto apropiado se haga como resultado de la propiedad de acciones o como remuneración y privilegios de función. El autor de La Revolución traicionada también es poco convincente cuando dice que los representantes de la capa dirigente no pueden dejar su status privilegiado en herencia.[15] Es improbable que Trotsky haya creído seriamente que los hijos de la elite se convertirían en obreros y campesinos.
En nuestra opinión no es necesario buscar en explicaciones superficiales de este tipo la negativa de Trotsky a considerar a la burocracia como la clase social dirigente. Es necesario buscarla en su firme convicción de que la burocracia no puede convertirse en elemento central de un sistema estable, y sólo es capaz de “traducir” los intereses de otras clases, aunque fuese desvirtuándolos.
Ya en los años 20 esta convicción se convirtió para Trotsky en la base de un esquema de análisis en que los antagonismos sociales en la sociedad “soviética” eran reducidos a una estricta dicotomía: proletariado-capital privado. En este esquema no quedaba lugar para ninguna “tercera fuerza”. La elevación de la burocracia fue considerada el resultado de la presión de la pequeño burguesía rural y urbana sobre el Partido y el Estado. La burocracia fue considerada como un grupo que se balanceaba entre los intereses de los obreros y de “los nuevos propietarios”, incapaz de servir bien a unos y a otros. Seguramente, tras el primer golpe serio contra la estabilidad, el régimen de dominación de semejante grupo inestable “intermedio entre las clases” debería caer y el grupo se escindiría. Esto fue lo que Trotsky predijo a fines de los años 20.[16]
Sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron de otra manera. Después del durísimo conflicto con el campesinado y la pequeña burguesía, la burocracia no cayó ni se escindió. Tras lograr fácilmente la capitulación de los poco numerosos “derechistas” en su seno, comenzó a liquidar la NEP, “los kulaks como clase” y desplegó la colectivización e industrialización forzada. ¡Todo eso resultó completamente inesperado para Trotsky y sus partidarios, porque habían estado seguros de que los “apparatchiks” centristas no serían capaces por su misma naturaleza!. No es sorprendente que el fracaso de los cálculos políticos de la oposición trotskista haya aparejado su decadencia catastrófica.[17]
Procurando en vano encontrar una salida, Trotsky envió desde su exilio cartas y artículos donde afirmaba que sólo se trataba de un giro del aparato que debería “fracasar inevitablemente mucho antes de obtener cualquier resultado serio”.[18] Incluso cuando el líder de la oposición vio la inconsistencia práctica de su visión del rol “dependiente” de la burocracia “centrista”, continuó aferrándose obstinadamente a un esquema fracasado. Sus reflexiones teóricas de la época del “gran viraje” impresionan por su alejamiento de la realidad. Por ejemplo, a fines de 1928 escribió:
 
El centrismo es la línea oficial del aparato. El portador de ese centrismo es un funcionario del partido (...) Los funcionarios no constituyen una clase. ¿Qué línea de clase representa el centrismo?
 
Debido a que Trotsky negaba la posibilidad misma de una línea propia de la burocracia, sacaba la siguiente conclusión:
 
Los propietarios en ascenso encuentran su expresión, aunque cobarde, en la fracción de derecha. La línea proletaria está representada por la oposición. ¿Qué le queda al centrismo? Después de restar los antes mencionados queda... el campesinado medio.[19]
 
¡Y escribía todo esto al mismo tiempo que el aparato estalinista conducía la violenta campaña contra el campesinado medio y preparaba la liquidación de su formación económica!
Y posteriormente Trotsky continuó esperando una próxima desintegración de la burocracia en elementos proletarios, burgueses y “los que se harán al lado”. Predijo la caída del poder de los “centristas”, primero después del fracaso de la colectivización completa, y después como resultado de la crisis económica a fines del primer Plan quinquenal. En su Proyecto de la plataforma de la oposición de la izquierda internacional sobre la cuestión rusa, redactada en 1931, incluso escribió sobre la posibilidad de una guerra civil cuando los elementos del aparato del Estado y el Partido se dividieran “en barricadas opuestas”.[20]
A pesar de todas sus predicciones, el régimen estalinista se mantuvo, la burocracia no solamente reunificó sino incluso reforzó su poder totalitario. No obstante, Trotsky continuó considerando el sistema burocrático en la URSS como extremadamente precario. Y en los años 30 creyó que el poder de la burocracia podía caer en cualquier momento. Por ello decía que no había que considerarla como una clase. Trotsky expresó este pensamiento más claramente en su artículo “La URSS en guerra” (septiembre 1939): “¿No nos equivocaríamos si damos el nombre de nueva clase dirigente a la oligarquía bonapartista algunos años o incluso algunos meses antes de su caída vergonzosa?”[21]
Entonces, los pronósticos referidos al destino de la burocracia “soviética” dirigente hechos por Trotsky fueron refutados uno tras otro por los acontecimientos. Sin embargo, a pesar de todo esto, no quiso cambiar sus opiniones. Para él la adhesión a un esquema teórico valía más que todo el resto; pero esa no es la única causa, porque Trotsky era más hombre político que teórico y prefería generalmente una aproximación “política concreta” a los problemas antes que un enfoque “sociológico abstracto”. Y aquí veremos otra causa importante de su negativa obstinada a llamar las cosas por su nombre.
 
La terminología y la política
 
Si examinamos la historia de la oposición trotskista desde los años 20 hasta principios de los 30 veremos que la base de toda su estrategia política contaba con la desintegración del aparato gobernante en la URSS. Para Trotsky, la alianza de una “tendencia de izquierda” hipotética con la oposición sería la causa necesaria para una reforma del partido y del Estado: “el bloque con los centristas (la parte estalinista del aparato: A.G.) es admisible y posible en principio -escribe a fines de 1928- y más aún, solamente este reagrupamiento en el partido puede salvar la revolución”.[22] Contando con semejante bloque, los líderes de la oposición procuraban no rechazar a los burócratas “progresivos”. En particular, esta táctica explica una actitud más que equivoca de los líderes de la oposición ante la lucha de clases de los trabajadores contra el Estado, su negativa a crear su propio partido, etc.
Incluso después de su exilio de la URSS Trotsky continuaba esperanzado en el acercamiento con los “centristas”. Su aspiración a apoyarse en una parte de la burocracia dirigente era tan grande que estuvo dispuesto a transigir (bajo ciertas condiciones) con el Secretario General del Comité Central del PC. La historia de la consigna “¡Hacer renunciar a Stalin!” es un ejemplo contundente. En marzo de 1932 Trotsky publicó una carta abierta al Comité Ejecutivo Central de la URSS, donde llamaba: “Es necesario realizar, al fin, el último consejo apremiante de Lenin: hacer renunciar a Stalin”.[23]
Pero en pocos meses, en el otoño de ese mismo año retrocedía explicándolo de la siguiente manera: “No se trata de una persona, de Stalin, sino de su fracción (...) La consigna ‘¡Abajo Stalin!’ puede ser comprendida (y sería inevitablemente comprendida) como el llamado a un derrocamiento de la fracción que está hoy en el poder y, en sentido más amplio, del aparato. Nosotros no queremos derrocar el sistema, sino reformarlo”[24]... Y en su artículo-entrevista de diciembre de 1932 Trotsky puso los puntos sobre las íes sobre la cuestión de la actitud para con los estalinistas: “Nosotros estamos dispuestos hoy, como en los años anteriores, para cooperar enteramente con la fracción actualmente en el poder. (Pregunta:) ¿Ustedes están por consiguiente de acuerdo, si yo les comprendo bien, en colaborar con Stalin? (Respuesta:) Sin ninguna duda”.[25]
En este período Trotsky vinculaba el posible viraje de una parte de la burocracia estalinista hacia “la cooperación multiforme” con la oposición con una próxima catástrofe del régimen, considerada inevitable como hemos dicho ya, en razón de la “precariedad” de la posición social de la burocracia.[26] Ante esa situación de inminente catástrofe, los líderes de la oposición consideraban la alianza con Stalin como el medio de salvar el partido, la propiedad nacionalizada y la economía planificada frente a la contrarrevolución burguesa.
Sin embargo, la catástrofe no se produjo: la burocracia estaba mucho más consolidada y fuerte de lo que pensaba Trotsky. El Buró Político no respondió a sus llamados para asegurar “una cooperación honesta de las fracciones históricas” en el P.C.[27]
Finalmente, en el otoño de 1933, después de muchas dudas, Trotsky rechaza enérgicamente la perspectiva utópica de reformar el sistema burocrático con la participación de los estalinistas y llama a hacer “una revolución política” en la Unión Soviética.
Pero este cambio de la consigna principal de los trotskistas no significó la revisión radical de sus puntos de vista sobre la naturaleza de la burocracia-partido y del Estado, ni un rechazo definitivo de las esperanzas en una alianza con su tendencia “progresiva”. Cuando Trotsky escribía La Revolución traicionada y aún después, consideraba en teoría a la burocracia como una formación precaria devorada por sus antagonismos crecientes. En El Programa de Transición de la IV Internacional (1938), declaró que el aparato gobernante en la URSS comprendía todas las tendencias políticas, entre las cuales una era “verdaderamente bolchevique”. Trotsky imaginaba a esta última como minoritaria en la burocracia, pero una minoría bastante importante: no habla de algunos apparatchiks, sino de la fracción de una capa que cuenta con 5 a 6 millones de personas. Según Trotsky, esta fracción “verdaderamente bolchevique” constituía una reserva potencial para la oposición de izquierda. Además, el líder de la IV Internacional creía admisible la formación de un “frente unido” con una parte estalinista del aparato en caso de una tentativa de contrarrevolución capitalista que debía esperarse “en lo inmediato”, como pensaba en 1938.[28]
Es esta orientación política (desde fines de los años 20 a comienzos de los 30) hacia la cooperación y hacia el bloque con los “centristas”, es decir, con la mayoría de la burocracia “soviética” dirigente, y luego (desde 1933) hacia la alianza con su minoría “verdaderamente bolchevique” y hacia un “frente unido” con la fracción estalinista dirigente, lo que hay que tener en cuenta en primer lugar al examinar las ideas de Trotsky sobre la naturaleza de la oligarquía burocrática y de las relaciones sociales en la URSS, que tienen su expresión más completa en La Revolución traicionada.
Suponiendo que Trotsky hubiera reconocido a la burocracia “soviética” totalitaria como clase dirigente explotadora, enemiga encarnizada del proletariado: ¿Cuáles hubieran sido las consecuencias políticas? En primer lugar, hubiera sido necesario rechazar la idea de unirse con una parte de esta clase –la misma tesis de la existencia de una tal “fracción verdaderamente bolchevique” en el seno de la clase burocrática explotadora parece tan absurda como por ejemplo suponer su existencia en el seno de la burguesía-. En segundo lugar, en tal caso la supuesta alianza con los estalinistas para luchar contra “la contrarrevolución capitalista” sería un “frente popular”, noción desaprobada categóricamente por los trotskistas por tratarse de un bloque de clases enemigas, en lugar del “frente unido” en el marco de una clase, idea muy aceptable en la tradición bolchevique-leninista. En pocas palabras, constatar la esencia de clase de la burocracia hubiera asestado un duro golpe a las bases de la estrategia política de Trotsky. Naturalmente, no lo quiso.
Así, el problema de determinar la naturaleza de la burocracia que a primera vista puede parecer un problema terminológico o teórico, era mucho más importante.
 
El destino de la burocracia
 
Es preciso hacer justicia a Trotsky: al final de su vida, comenzó a revisar su visión de la burocracia estalinista. Lo vemos en su libro Stalin, la más madura de sus obras, aunque inconclusa. Examinando los acontecimientos decisivos a fines de los años 20-30, cuando la burocracia monopolizó completamente el poder y la propiedad, Trotsky considera ya al aparato del Estado y del Partido como una de las fuerzas sociales principales que luchaban por disponer del “producto excedente de la nación”. Era la aspiración de controlar absolutamente este producto adicional y no la “presión” del proletariado o el empuje de la oposición (como Trotsky había pretendido en otro tiempo), lo que obligó a los apparatchicks a declarar la guerra a ultranza a los “elementos pequeño-burgueses”.[29] En consecuencia, la burocracia no “expresaba” intereses ajenos, ni oscilaba entre dos polos, sino que se manifestaba como grupo social consciente según sus propios intereses. Ella se impuso en la lucha por el poder y los beneficios después de haber abatido a todos sus opositores. Monopolizó la disposición del producto excedente, es decir, cumplió con la función de propietaria real de los medios de producción. Y después de haberlo reconocido, Trotsky ya no pudo ignorar el problema de la esencia de clase de la burocracia. En efecto, cuando habla de los años 20, dice: “La esencia del termidor (soviético)... estuvo en la cristalización de nuevas capas privilegiadas, en el nacimiento de un nuevo substrato para la clase dirigente en sentido económico (subrayado por mí: A.G.). Hubo dos aspirantes a interpretar ese rol: la pequeña burguesía y la burocracia misma”.[30] Sí el substrato había alimentado dos aspirantes a interpretar el rol de clase dirigente, no quedaba más que saber quién vencería: fue la burocracia quien venció. La conclusión entonces es muy clara: era la burocracia quien se había convertido en esa clase social dirigente. A decir verdad, después de haber preparado esta conclusión, Trotsky no la sacó, prefiriendo no concluir políticamente sus reflexiones, pero había dado un gran paso adelante.
En su artículo “La URSS en guerra” publicado en 1939, dio también un paso en esta dirección. Creyó posible, en teoría, que “el régimen estalinista fuese la primera etapa de una nueva sociedad de explotación”, aunque también recalcó, como siempre, que tenía otro punto de vista sobre esto: el sistema “soviético” y la burocracia que gobernaba era solamente una “recaída episódica” en el proceso de transformación de una sociedad burguesa en una sociedad socialista. No obstante, se declaró dispuesto a revisar sus opiniones en ciertas circunstancias, en caso de que el gobierno burocrático de la URSS superara la guerra mundial ya comenzada y se propagara a otros países.[31]
Sabemos que todo ha pasado así. La burocracia que, según Trotsky, estaba privada de cualquier misión histórica, “intermediaria entre las clases”, no autónoma y precaria, “una recaída episódica”, logró ni más ni menos que cambiar radicalmente la estructura social de la URSS mediante la proletarización de millones de campesinos y pequeños burgueses, realizar una industrialización fundada en la superexplotación de los trabajadores, transformar el país en gran potencia militar, soportar la guerra más penosa y exportar las formas de su dominación a Europa Central y del Este y al Sudeste de Asia.
Después de todo eso ¿habría cambiado Trotsky su visión de la burocracia? Es difícil decirlo: no sobrevivió a la Segunda Guerra mundial ni a la formación de un “campo socialista”. Pero durante las décadas de posguerra, la mayoría de sus adeptos políticos continuaron repitiendo literalmente los dogmas teóricos extraídos de La Revolución traicionada.
Evidentemente, la marcha de la historia ha refutado los puntos principales del análisis trotskista del sistema social en la URSS. Para constatarlo basta un hecho: ninguna de las “realizaciones” de la burocracia antes citadas se ajusta al esquema teórico de Trotsky. Sin embargo, inclusive hoy ciertos eruditos (sin hablar de los representantes del movimiento trotskista) continúan pretendiendo que la concepción del autor de La Revolución traicionada y sus pronósticos sobre el destino de la “casta” dirigente han sido probados por el fracaso del régimen del PCUS y los acontecimientos que han tenido lugar en la URSS y en los países del “bloque soviético”. Se trata de la predicción de Trotsky según la cual el poder de la burocracia debía inevitablemente caer por tierra, sea como resultado de una “revolución política” de las masas de los trabajadores, o después de un golpe de estado social burgués contrarrevolucionario.[32] Por ejemplo, el autor de la serie de los libros apologéticos sobre Trotsky y sobre la oposición trotskista V. Z. Rogovin, escribe que la variante “contrarrevolucionaria” de los pronósticos de Trotsky tuvo lugar con un retraso de 50 años, pero era “extremadamente precisa”.[33]
¿Dónde está la precisión, y sobre todo, “extrema”?
La esencia de la variante “contrarrevolucionaria” de los pronósticos de Trotsky estuvo ante todo en sus predicciones de la caída de la burocracia en tanto capa dirigente. “La burocracia está inseparablemente ligada con la clase dirigente en el sentido económico (se refiere al proletariado: A.G.), nutrida de sus raíces sociales, se mantiene y cae con ella (remarcado por mí: A.G.)”[34]. Pero suponiendo que en los países de la ex-Unión Soviética tuvo lugar una contrarrevolución social y la clase obrera perdió su poder económico y social, según Trotsky la burocracia dirigente debía caer con ella.
¿Pero realmente cayó, acaso cedió su lugar a la burguesía venida de alguna parte? Según el Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia, más del 75% de la “elite política” rusa y más del 61% de la “elite del business” tienen origen en la Nomenklatura del período “soviético”.[35] En consecuencia, las mismas manos retienen las mismas posiciones sociales, económicas y políticas dirigentes en la sociedad. El origen de otra parte de la elite se explica de forma simple. El sociólogo O. Krychtanovskaya escribió: “Además de la privatización directa (...) cuyo personaje principal era la parte tecnocrática de la nomenklatura (economistas, banqueros, profesionales, etc.), se produjo la creación de estructuras comerciales cuasi espontáneas, que parecen no tener ninguna relación con la nomenklatura. Al frente de estas estructuras han estado jóvenes cuyas biografías no revelan relaciones con ese sector. Pero sus grandes éxitos financieros explican solamente una cosa: aunque no fueran parte de la Nomenklatura, fueron sus personas de confianza, sus “agentes de trust”, dicho de otro modo, sus plenipotenciarios (remarcado por el autor, A.G.)”.[36] Todo esto muestra muy claramente que no fue algún “partido burgués” (¿cómo hubiera podido aparecer, en las condiciones de ausencia de la burguesía bajo el régimen totalitario?) el que tomó el poder y logró utilizar algunos elementos provenientes de la “casta” antes gobernante como sus servidores. La burocracia misma es la que ha transformado de manera organizada las formas económicas y políticas de su dominación, manteniéndose como dueña del sistema.
Así que, a pesar de Trotsky, la burocracia no ha caído.
Ahora bien, ¿se ha realizado el otro aspecto de sus pronósticos, la predicción de la escisión inminente de una “capa” social dirigente en elementos proletarios y burgueses y la formación de una fracción “verdaderamente bolchevique”? De hecho los líderes de los partidos “comunistas” que son diversas variantes de los restos del PCUS pretenden actualmente jugar un rol de verdaderos bolcheviques, de defensores de los intereses de la clase obrera. Pero es poco probable que Trotsky hubiera reconocido “los elementos proletarios” en Ziuganov y en Ampilov porque la meta de toda su lucha “anticapitalista” es sólo una restauración del viejo régimen burocrático en su forma estalinista clásica o “estatista patriótica”.
Por último, Trotsky veía la variante “contrarrevolucionaria” de la caída del poder de la burocracia con colores casi apocalípticos: “El capitalismo sólo podría ser restaurado en Rusia (lo que es dudoso), en caso de un cruel golpe de Estado contrarrevolucionario, que produciría diez veces más víctimas que la Revolución de Octubre y la guerra civil. En el caso de la caída de los soviets, su lugar sería solamente ocupado por el fascismo ruso, en comparación con cuyas crueldades los regímenes de Mussolini y Hitler parecerían instituciones filantrópicas”.[37] No es necesario considerar esta predicción como una exageración fortuita, porque es una consecuencia inevitable de todas las visiones teóricas de Trotsky sobre la naturaleza de la URSS, ante todo de su firme convicción de que el sistema burocrático “soviético” servía, a su manera, a las masas de los trabajadores y aseguraba sus “conquistas sociales”. Esta visión admitía naturalmente que la transición contrarrevolucionaria del estalinismo al capitalismo debía ser acompañada por el levantamiento de las masas proletarias para defender el Estado “obrero” y “su” propiedad nacionalizada. Y solamente un régimen feroz de tipo fascista podría vencer y aplastar la resistencia poderosa de los obreros contra “la restauración capitalista”.
Por supuesto, Trotsky no hubiera podido suponer que en 1989-1991 la clase obrera no defendería la nacionalización de la propiedad y el aparato de Estado “comunista”, ni menos que contribuiría, además, activamente a su abolición. Porque los trabajadores no vieron en el viejo sistema ninguna cosa que justificara su defensa, la transición a la economía de mercado y la desnacionalización de la propiedad no condujeron a ninguna lucha sangrienta de las clases y a ningún régimen fascista o semi-fascista. No fue necesario. Así que no cabe hablar de la realización de los pronósticos de Trotsky.
Si la burocracia “soviética” no era clase dirigente y, según Trotsky, era sólo “gendarme” del proceso de la distribución, la restauración del capitalismo en la URSS demandaría una acumulación originaria del capital. En efecto, los publicistas rusos contemporáneos utilizan a menudo esta expresión de “la acumulación originaria del capital”. Estos autores la comprenden en general como el enriquecimiento de tales o cuáles personas, la acumulación del dinero, de los medios de producción y de otros bienes en las manos de los “nuevos Rusos”. Sin embargo todo esto no tiene ninguna relación con la comprensión científica de la acumulación originaria del capital descubierta por Marx en El Capital. Analizando la génesis del capital, Marx subrayó que su supuesta acumulación inicial es solamente “el proceso histórico de la separación del productor de los medios de producción”.[38] La formación del ejército de asalariados por la supresión de la propiedad de los productores, es la condición principal para la formación de una clase dirigente.
¿Es que acaso en los años 90 en los países de la ex-URSS “los restauradores del capitalismo” tuvieron necesidad de formar una clase de asalariados mediante la expropiación de los productores? Evidentemente no: esta clase existía ya, los productores no controlaban los medios de producción, de ninguna manera. No había nadie a quien expropiar. En consecuencia, en ese momento la acumulación del capital ya se había producido.
Cuando Trotsky ligaba la acumulación inicial con la dictadura cruel y la efusión de sangre tenía sin duda razón. Marx escribe también que “el capital nuevo suda sangre por todos sus poros” y su primer estadio tiene necesidad de un “régimen sangriento”.[39]
El error de Trotsky reside en que él ligaba la acumulación originaria a una futura contrarrevolución hipotética y no quiso ver cómo se estaba produciendo bajo sus ojos (con todos sus atributos necesarios, como una tiranía política monstruosa y masacres masivas). Los millones de campesinos saqueados, muriendo de hambre y de miseria, los obreros privados de todos los derechos y condenados a trabajar por encima de sus fuerzas, cuyas tumbas servían de cimientos para construir los edificios previstos por los planes quinquenales estalinistas, los innumerables prisioneros del Goulag, etcétera: estas son las verdaderas víctimas de la acumulación originaria en la URSS. Los poseedores contemporáneos de la propiedad, no tienen necesidad de acumular el capital. Les basta con redistribuirlo entre ellos mismos, transformándolo de capital de Estado en capital privado corporativo.[40] Pero esta operación, que no significa el cambio de sociedad y de las clases dirigentes, no necesita grandes cataclismos sociales. No haberlo comprendido, significa no poder comprender la historia “soviética”, ni la actualidad rusa.
Concluimos. La concepción trotskista de la burocracia que sintetizó el conjunto de puntos de vista teóricos fundamentales y los supuestos políticos de Trotsky no fueron capaces de explicar las realidades del estalinismo y el curso de su evolución. Puede decirse lo mismo de otros postulados del análisis trotskista del sistema social de la URSS: El Estado “obrero”, el carácter “postcapitalista” de las relaciones sociales, el “doble rol” del estalinismo, etc. No obstante, Trotsky logró sin embargo resolver el problema en otro sentido: este publicista notable hizo una crítica fulminante de las tesis sobre la construcción del “socialismo” en la Unión Soviética. Y esto no fue poco en su tiempo.
 
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[1]Trotsky, L.D.; Predannaya Revolutsia, Moscú, 1991, pág. 117 y 206 (Hay edición en castellano: La revolución traicionada, Ed. Crux, Bolivia).
[2] Id., pág. 46, 89, 97.
[3] Id., pág.102.
[4] Id., pág. 118.
[5] Id., pág. 114-115.
[6] Id., pág. 199. 
[7] Id., pág. 108 y sgts.
[8] Id., pág. 206.
[9] Id., pág. 39.
[10] Id., pág. 200.
[11] Id., pág. 72.
[12]Marx C. y Engels F., Izbrannyye sotchineniya, Moscú, 1985, vol.3, pág. 92.
[13] Id., vol. 9, parte 2, pág. 320.
[14]Trotsky L. D., ob. cit. pág. 207.
[15] Id., pág. 207, 210.
[16] Ver el artículo Na novom etape, Centro ruso de colección de documentos de la nueva historia (CRCDNH), fondo 325, lista 1, dossier 369, p. 1-11.
[17] Hacia 1930 había perdido las dos terceras partes de sus miembros, incluyendo casi toda su “dirección histórica” (10 de los 13 firmantes de “La Plataforma de los bocheviques-leninistas” en 1927).
[18] CRCDNH, f. 325, l. 1, d. 175, pág. 4, 32/34.
[19] Id., d. 371, pág. 8.
[20] Biulletin Oppositsii (B. O.), 1931, Nº 20, pág. 10.
[21] Id., 1939, Nº 79/80, pág. 6.
[22] CRCDNH, f. 325, l. 1, d. 499, pág. 2.
[23] B.O., 1932, Nº 27, pág. 6.
[24] Id., 1933, Nº 33, pág. 9-10.
[25] Confrontar: P. Broue, “Trotsky le bloc des opposition de 1932”, Cahiers Leon Trotsky, 1980, Nº 5, pág. 22.
[26] Cf. L.D. Trotsky, Dnevniki i pisma, Moscú 1994, pág. 54-55.
[27] Id.
[28] B.O., 1938, Nº 66-67.
[29]Trotsky, L.D.; Stalin, Moscú, 1990, vol. 2, pág. 221, 224, 243-244.
[30] Id., pág. 223-224.
[31] B.O., 1939, Nº 79-80, pág. 4.
[32]Trotsky, L.D.; Predannaya Revolutsia, pág. 209-211.
[33]Rogovin, V.Z.; Stalinskii neonep, Moscú, 1994, pág. 344.
[34] B.O., 1933, Nº 36-37, pág. 7.
[35]Krychtanovskaya, O. “Finansovaya oligarkhia v Rossii”, Izvestia, 10 de enero de 1996.
[36] Id.
[37] B.O. 1935, Nº 41., pág. 3.
[38]Marx, C.; Engels, F.; Izbrannyye sostineniya, vol. 7, pág. 663.
[39] Id., pág. 687, 703.
[40] Sacando una conclusión análoga de estudios sociológicos concretos, O. Krychtanovskaya escribe: “Si se analiza con atención la situación de los años 90 en Rusia, surge que sólo los físicos mediocres que decidieron convertirse en corredores de bolsa, o los ingenieros-tecnólogos convertidos en propietarios de kioscos o cooperativas comerciales hacían una “acumulación originaria”. Esta etapa de acumulación casi siempre terminó con la compra de acciones de “M.M.M.” (una “pirámide financiera”: A.G.) cuyo resultado es bien conocido y raramente se transformó en una etapa de ‘acumulación secundaria’”. Izvestia, 10.1.96.