Mujeres en la revolución rusa. Conflictos entre ley y vida*

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Autor(es): Pinassi, María Orlanda

Pinassi, María OrlandaPinassi, María Orlanda. Profesora de Sociología, FCL/UNESP, integra el Consejo Asesor de la revista Herramienta y es autora del libro Da miséria ideológica à crise do capital: uma reconciliação histórica. San Pablo: Boitempo Editorial, 2009. Colaboradora habitual de Herramienta.


                                                                                                         
Maria Orlanda Pinassi··
 
 
El principio libertario fue poderoso en los primeros días de la revolución; la necesidad de la libertad de expresión se revelaba imperiosa. Pero cuando la primera ola de entusiasmo retrocedió para dar lugar a las dificultades prosaicas de la vida cotidiana, eran necesarias sólidas convicciones para mantener viva la llama de la libertad.
Emma Goldman (2007: 87)
 
Desde 1989, distintas explicaciones políticas, económicas, históricas, geográficas, intentan dar fundamento a aquella experiencia revolucionaria genuinamente popular, que allá por 1917, osó liberarse de la miseria opresiva de sus zares. Sin conciencia real del papel que representaría para la humanidad, el pueblo ruso, aunque por un breve período, sintió el gusto raro de romper y abrir la propia historia.
Mientras tanto, la esperanza de finalmente conducir el proceso revolucionario con libertad y autonomía, fue arrebatada a aquellas mujeres y hombres que, durante largos y tormentosos años, suspendieron sus vidas para construir un mundo mejor. De todos los factores explicativos, ningún otro logra ser más esclarecedor que el drama cotidiano vivido por las campesinas y obreras que, juntamente con sus hijos, fueron del cielo al infierno por la Revolución Rusa. De un lado, la conquista de un osado aporte de derechos individuales que les prometía garantizar la costumbre de una nueva moral sexual y la liberación de las tareas domésticas. De otro, la realidad dramática de una vida de miserias, abandono y explotación laboral.
 
Una breve contextualización
 
Una provechosa tendencia evolucionista del marxismo del siglo XIX hizo historia en la II Internacional y se convirtió en oficial en la secuencia postrevolucionaria. El evolucionismo, sin embargo, es mucho más promisorio para el marxismo instrumental de lo que fue aquella tendencia de origen, seduciendo a una inmensa legión de pensadores y activistas revolucionarios. Partiendo de la idea de Marx y Engels de que la revolución socialista explotaría en los países del capitalismo avanzado (Inglaterra y Francia), se creía, y todavía se cree, que la vía del desarrollo capitalista es un “fatalismo histórico”. Se alegaba que las dificultades del comunismo en Rusia se debían al hecho de ser un país atrasado, agrario y compuesto de campesinos mayoritariamente pobres e ignorantes. Sin embargo, el propio Marx, en sus últimos 15 años de vida, intercambió cartas con Vera Zassulich y Ludwig Kugelmann donde, al rever aquella idea, afirma que la comuna rural rusa, debido a sus características, no constituye la causa de la miseria, pero que, en el caso de una transición socialista, podría ser su solución[1]. En una carta de 1870, dice lo siguiente:
 
[...] la miseria del campesino ruso, al igual que la del campesino francés bajo Luis XIV, se debe a los impuestos cobrados por el Estado y al OBROK, renta pagada a los grandes propietarios de tierra. Lejos de ser la causa de la miseria, la propiedad comunitaria es lo único que ha podido atenuarla (Marx, 1975: 154).
 
La derrota de la revolución en Occidente, la resignación al “socialismo en un solo país” y, principalmente, la tragedia humana y social representada por el involucramiento de Rusia en la Primera Guerra Mundial, en los procesos revolucionarios y en la Guerra Civil (1918-1921) que, juntos resultaron en la muerte de 16 millones de personas en los campos de batalla, por hambre, frío y enfermedades, justificarían la opción por la Realpolitik –línea de menor resistencia– que transformó lo que debería ser una transición socialista en una transición hacia un capitalismo de Estado (Lenin).
Los caminos abiertos por la NEP (1921-1928), política de desarrollo idealizada por Lenin para substituir al comunismo de guerra (1919-1920), fueron asumidos y radicalizados por Stalin mediante la industrialización forzada y la colectivización del campo (1928-1953). En dos pasajes sobre la cuestión, Lenin argumentó que
 
En tanto no hubiese revolución en otros países, precisaremos de incalculables decenas de riquezas [...] al valor de centenas y hasta de millones de rublos, para recibir ayuda de los grandes países capitalistas avanzados. Pero no es posible mantener el poder obrero en un país increíblemente arruinado con un gigantesco predominio del campesinado, igualmente arruinado, sin la ayuda del capital, por lo cual lógicamente cobraría intereses exorbitantes. [...] Tuvimos que recurrir al viejo método burgués y aceptar un pago mucho más elevado de los “servicios” de los mayores especialistas burgueses [...] Es claro que tal medida no es solamente una interrupción –en cierto tiempo y en cierto grado– de la ofensiva contra el capital, sino que también es un paso atrás del poder de nuestro Estado socialista, soviético, que desde el primer momento proclamó una política de reducción de las subas ordenadas hasta el nivel del salario del obrero medio (Lenin, cit. en Buonicuore, 2017).
 
El resultado de todo esto es sobradamente conocido: la severa centralización económica y la adopción del taylorismo como modelo de producción y de extracción de la plusvalía de los trabajadores en las fábricas se continuaron con un riguroso centralismo de la política, fuerte disciplina fabril con profunda jerarquización de los controles sobre el trabajo y la asimetría salarial.
La conversión del partido bolchevique en Estado, la consecuente subsunción de los soviets (consejos) y el aplastamiento de las variadas tendencias libertarias y socialistas[2] que tuvieron un papel decisivo en los éxitos de la revolución de Octubre, facilitaron la formación de una burocracia partidaria y estatal absoluta, determinando los destinos de la vida pública y privada de las masas trabajadoras.[3]
De este modo, la crítica más contundente y que parece alcanzar al centro de la deformación del proceso revolucionario atribuyó el fracaso al carácter politicista[4] impuesto, de modo autoritario, contra la acción directa y contra la revolución social de los primeros tiempos, contra el carácter popular y espontáneo de las históricas huelgas en la lucha contra el hambre, la miseria, contra la ausencia de todo derecho para los campesinos y proletarios, los verdaderos sujetos de la Revolución Rusa[5]. La tragedia se confirma en la permanencia inquebrantable, durante los 70 años de historia del postcapitalismo, de la propiedad privada en la forma de explotación militarizada del trabajo, del control social discriminatorio y jerárquico, de los imperativos alienantes y del principio antagonista estructurador de la sociedad regida por el capital.[6]
Esto explica el silenciamiento de las voces más radicales en los primeros años de la ola revolucionaria que sacudió a Rusia ya en las últimas décadas del siglo XIX y la represión sobre los gestos y movimientos forjados en la oportunidad más explosiva de constituir una verdadera ética societaria. Explica también la insuperable contradicción que, ya en los inicios de los años 1920, se establece entre el aporte jurídico fuertemente libertario, liderado por el joven jurista Pashukanis, y una verdadera resistencia a enfrentar las cuestiones más esenciales para la superación de la dominación de clase. En el interior de ellas, la emancipación femenina, portadora de las aspiraciones de la emancipación humana, despunta como la más importante, pues, como dice Mészáros, la clase de las mujeres atraviesa todos los límites de las clases sociales.[7]
 
Las mujeres y las revoluciones
 
Muchos historiadores de la Revolución Rusa acostumbran comparar sus éxitos a los mismos que terminaron en la caída del Absolutismo en Francia  de 1789. De hecho, hay importantes puntos de convergencia entre los dos episodios a partir de los cuales el concepto de apertura radical de la historia, proceso que pone en marcha la disolución de los viejo y posibilita la visión de lo nuevo substantivo, permite entrar con precisión en la particularidad objetiva de cada uno de ellos.
Es desde este concepto que trata Hegel cuando se refiere al período heroico de la burguesía –la epopeya burguesa–, cuyo potencial revolucionario se rebela a fines del siglo XV. En el plano de las ideas, el cuadro se define mediante las varias fases del Renacimiento con sus explosivos cuestionamientos filosóficos y artísticos acerca de la humanidad, el individuo, la igualdad. En el plano concreto, despuntan la acumulación originaria con la fundación de las clases sociales fundamentales del capitalismo futuro y la nueva concepción de libertad (los “hombres libres como pájaros”, conforme ironizó Marx en la así llamada “acumulación originaria”); e, incluso, la empresa colonial que pone en marcha las ciencias de la navegación y de la astronomía, la dominación del “nuevo mundo” y la vasta aplicación de nuevas técnicas, más modernas, de explotación del trabajo esclavo y del monocultivo para el mercado.
Las contradicciones entre el mundo de las ideas humanistas y la realidad brutal del trabajo en la línea y en el suelo de la fábrica dan la tónica de aquel malparido modelo civilizatorio de desarrollo. El proceso, sin embargo, se define con el liberalismo racional que aplica la centralidad de la propiedad privada sobre todos los valores humanos.
En 1848 todo aquel potencial revolucionario de la burguesía se contiene abriendo la historia hacia una nueva y todavía más compleja lucha de clases. En ese momento, la Revolución Francesa en sus desdoblamientos internos y externos constituye la conclusión de un largo período de transformación social, económica, política y cultural, consolidándose a través del Estado y de las instituciones liberales requeridas por la hegemonía societaria de la burguesía. La Revolución Rusa irrumpe exactamente de esa apertura histórica, de esta nueva lucha de clases, pero ella no debería ser concluyente, y sí la primera experiencia concreta, después de la Comuna de 1871, hacia abolir la propiedad privada en todas sus posibles formas.
Así, aunque pesen las diferencias históricas entre las revoluciones en Francia y en Rusia, ambas fueron radicales y se originaron de graves crisis sociales y explosivos levantamientos populares, incontrolables, contra el hambre, el desabastecimiento, el alto costo de vida y el desprecio de noblezas derrochadoras –una absolutista, la otra autocrática. No es una coincidencia que en las dos ocasiones se destaque la presencia masiva de mujeres del campo y de las ciudades en situación de pobreza.
En el caso francés, esa participación de destacaba del feminismo de talla liberal que ganaba fuerza ya en el siglo XVIII, pero que permanecía en el campo de la estricta división del trabajo en la esfera de la domesticidad de la mujer.[8]
 
Las mujeres de la Revolución Francesa fueron esencialmente activas como representantes de su clase, en vez de su sexo. Ellas marcharon, protestaron, formaron clubes de mujeres y se alistaron en el ejército, pero no como feministas con un claro programa por los derechos para las mujeres [...] Las mujeres de la clase trabajadora apoyaron tremendamente la Revolución, pero su activismo, como su trabajo, todavía era poderosamente condicionado por su papel en la familia. Las mujeres urbanas hacía mucho que eran responsables por complementar el salario de sus maridos, y su participación en las protestas por pan era consecuencia directa de su papel en la adquisición  y provisión de alimentos para sus familias. En palabras de Olwen Hufton: ‘La protesta por pan fue un terreno materno’” (Goldman, 2016: 40).
 
 Sin embargo, las francesas pobres, sobre todo, poco obtuvieron de aquella revolución francesa pautada en los lemas de la igualdad, libertad, fraternidad y en la propiedad privada. Ni incluso la abstracta emancipación política que la caracterizó consiguió contemplarlas. Es así que, el recrudecimiento del hambre y los retrocesos del Código de Napoleón (1804) – que cerró las actividades de los clubes independientes de mujeres (1793) y revocó derechos ya adquiridos como la simplificación del divorcio y la oportunidad de deshacer casamientos opresivos, la participación de las mujeres en asambleas populares, el reconocimiento de hijos ilegítimos y del derecho de propiedad–, terminaron volcando a las mujeres contra las fuerzas de la revolución.
Campesinas y obreras rusas también fueron decisivas en las batallas campales contra el viejo régimen. Y, muy probablemente, la historia de las revoluciones de 1905 y 1917 no habría sido la misma si no fuese por la ferocidad de aquellas mujeres que luchaban contra el desamparo reservado a ellas y sus hijos por la autocracia zarista. El impulso hacia la lucha provenía del odio al régimen y de la necesidad de preservar sus propias vidas. La razón del enfrentamiento poseía un acervo prioritariamente económico y, para la mayoría de ellas, no existía conciencia política clara del gigantesco acto histórico que realizaban. De inmediato, las mujeres del frente exigían empleo, pan, abrigo ante los rigores del frío y el reconocimiento de su existencia social.
A diferencia de las francesas, las rusas fueron agraciadas con importantes derechos, pero de la misma manera que aquellas continuaron en pésimas condiciones materiales.
 
Feminismo ruso y leyes revolucionarias
El feminismo ruso acumulaba avances desde los debates iniciados en la década de 1850. Entre 1905 y la Revolución de Octubre, el programa feminista venía siendo ampliamente discutido con la participación masiva de mujeres de todas las regiones del país en innumerables congresos. Para tener una idea del intenso activismo del período enumeramos aquí algunos de sus encuentros y organizaciones: I Congreso de Mujeres de Toda Rusia (diciembre de 1908), Congreso de Toda Rusia para la Lucha contra el Comercio de Mujeres (1910) y el I Congreso de Toda Rusia sobre la Educación de Mujeres (1913). Órganos decisivos fueron creados, como la Sociedad Rusa de Defensa de las Mujeres, el Partido Progresista de las Mujeres, la Unión de las Mujeres y el Jenotdiél (Departamento de Mujeres del Secretariado del Comité Central del PC de la URSS que fue creado por Kollantai e Inessa Armand y funcionó hasta 1930). Otras fueron la Unión por la Igualdad de las Mujeres (la mayor organización feminista de Rusia, surgió en 1905) y la Liga de la Igualdad de Derechos de las Mujeres, responsable por organizar la histórica marcha de las mujeres el 8 de marzo de 1917. Este episodio fue responsable por la Revolución de Octubre cuando “millares de obreras textiles iniciaron una huelga general y se manifestaron contra el hambre, el zarismo y el gobierno provisorio que no había incluido el sufragio femenino en su programa”. En 1913 fue realizado el I Día Internacional de las Trabajadoras por el Sufragio Femenino. En 1921, durante la Conferencia Internacional de las  Mujeres  Comunistas fue instituido el día 8 de marzo para conmemorar el Día Internacional de la Mujer a partir de 1922.[9]
De inmediato, los debates acompañaban a las feministas de Europa Occidental girando en torno de la conquista de la ciudadanía, como el sufragio universal. Pero, a partir de la difusión de las ideas de Marx, Engels, Bebel y Clara Zetkin sobre las mujeres, la cuestión adquiere connotación social y de clase. Los estudios de Engels sobre el tema, La situación de la clase trabajadora en Inglaterra y El origen de la familia, la propiedad privada y del Estado, así como trechos de la Ideología alemana y del Manifiesto de 1948, que escribió con Marx, trazan importantes y decisivas concepciones sobre las mujeres, la división social del trabajo y la desnaturalización de la dominación patriarcal a partir de la crítica radical de la propiedad privada.
Otra figura importante en el debate fue August Bebel, cuyo libro Mujeres y Socialismo (1879), puede ser considerado precursor en el combate al antifeminismo prevalente en el movimiento obrero europeo. En el paso de los siglos XIX hacia el XX, la hostilidad de los hombres hacia las mujeres provenía del recelo de que la inserción de ellas en el mercado del trabajo depreciase las condiciones materiales y el poder de reivindicación de la clase como un todo. Bebel se opuso a esa tendencia y se convirtió en un gran defensor de la unidad entre todas y todos los pertenecientes a la clase trabajadora.
Clara Zetkin manifestará un sincero reconocimiento en aquel estudio crítico y de la intervención en una situación adversa para las mujeres en el ceno de las fábricas y en las organizaciones obreras. En una sistematización inédita entre género y clase, Clara parte de las tesis de Marx y Engels sobre la “inevitabilidad del trabajo femenino” bajo el control del capital, para demostrar que la lucha de clases debería unirlos y no enfrentarlos.[10]
En la dinámica del proceso postrevolucionario, las necesidades específicas de la cuestión femenina, se presentaban como meta jurídica del Estado.
En aquel momento inicial, el empeño fue personificado, sobre todo, por Alejandra Kollantai, Krupskaia, más conocida como la “mujer de Lenin”, y por Inessa Armand, bolcheviques que ocuparon puesto en los más altos escalones del proceso de consolidación de la revolución. Más, es preciso mencionar también los nombres de la populista Vera Zassulich, ya citada aquí en sus correspondencias con Marx, de Maria Espiridinova, del Partido Socialista Revolucionario, de la anarquista Emma Goldman, de la escritora de origen campesino, Olga Chapir, que, entre otras, dieron contribuciones fundamentales al feminismo campesino y obrero.
Después de tanta lucha y de tanto debate acumulado, se comprende por qué, ya en la primera hora, las mujeres rusas parecían tener la oportunidad real de salir de una larga historia de ostracismo y opresión. Seguirán conquistando los derechos más avanzados del programa feminista desde el inicio de su historia liberal, incluso en los prolegómenos de la Revolución Francesa, pasando por el sufragismo del siglo XIX hasta el oscurantismo actuante en nuestros tiempos. Ningún país capitalista, por más desarrollado que se encuentre, consiguió la hazaña de, en tan pocos años (1917-1926), aprobar programas tan fundamentales para la mujer trabajadora.
Desde el punto de vista del marxismo bolchevique, serían cuatro los elementos a orientar la libertad femenina: 1) unión libre y la formación de una nueva moral sexual revolucionaria; 2) socialización del trabajo doméstico; 3) disolución de la familia tradicional; y 4) la liberación de las mujeres por el trabajo asalariado.
Sobre estos puntos, es importante considerar que estaban destinados a un país con 84% de su población viviendo en el campo bajo el peso de la iglesia y de las tradiciones. Y, tan o más importante, es preciso recordar la tesis de la “inevitabilidad del trabajo femenino” tomada aquí, en la forma de trabajo asalariado, como meta esencial hacia la emancipación femenina. Se comprende esto, cuando Marx refiere al proceso de producción y reproducción capitalista, que disuelve la familia y obliga a que la mujer integre el mercado de trabajo. Pero, la cuestión parece muy problemática en el contexto de una revolución que, paradójicamente, presupone la abolición de la propiedad privada a partir de la Economía Política. Según Wendy Goldman
 
Los bolcheviques enfatizaban fuertemente el trabajo asalariado como prerrequisito para la liberación de las mujeres justamente porque la lucha para incorporar el trabajo femenino en el movimiento de la clase trabajadora era central para la igualdad de la mujer trabajadora en el siglo XIX. Su compromiso con la socialización del trabajo doméstico y la disgregación de la familia eran respuestas directas a los ataques del capitalismo sobre la familia y los papeles de género tradicionales. El trabajo asalariado femenino y las consecuencias que le seguirían constituyeron el eje entre los varios componentes de la visión bolchevique (Goldman, 2016: 79).
 
Son muchos los procesos de transformación de la ley, así como es muy exasperada la discusión hasta su versión final. Por ejemplo, la primera redacción del Código de Familia es ya de 1918, pero fue luego retomado en 1923 y aprobado solamente en 1926.[11] Los juristas que participaron del debate, en el cual se destacó Pashukanis, como se dijo ya anteriormente, eran radicalmente libertarios y tendían a proteger sin cuestionamientos la causa de la mujer y de los niños. Más allá de eso, estos juristas, entrevieron, en los tribunales, la dura realidad de las mujeres y sus hijos sometidos a toda suerte de violencia y opresiones. Muchas veces, necesitaron arbitrar por fuera de la letra de lay –todavía indefinida– para protegerlos.
De modo general, el código preveía la construcción inédita de derechos para la valorización de los individuos, algo ausente bajo el despotismo zarista, que, para la preservación del propio poder y de las tradiciones patriarcales del inmenso Imperio Ruso, legislaba con la mano de hierro del derecho consuetudinario. El código aprobó y puso en práctica la desburocratización del divorcio e hizo lo mismo al legalizar y dar soporte al aborto. En un primer momento, dio un enorme incentivo al casamiento civil (en competencia con la Iglesia que mantenía la hegemonía sobre los casamientos en el país) y, en la secuencia de las discusiones y las urgencias de la realidad, promovió una importante ampliación a los procesos de pensión alimenticia accionados por las mujeres casadas, solteras, abandonadas. Como era de esperar, provocó una gran polémica, incluso entre los revolucionarios próximos a los centros de decisión, con la defensa de la unión libre; la ampliación del alcance de la ley para dar protección a las mujeres en situación de casamiento ilegal y de casamiento de hecho; a los hijos legítimos y naturales, sin distinción; a la madre soltera. Se intentó enfrentar, incluso, a los inmensos problemas representados 1) por la prostitución que se difundía preocupantemente, sobre todo entre las mujeres de la clase trabajadora (60%), independientemente de su condición civil y franja etaria; y 2) por el flagelo representado por los niños abandonados y por el enorme número de infanticidios cometidos por trabajadoras urbanas, principalmente.[12]
Con el fin de liberar a las mujeres para el trabajo fabril, el Estado debería comprometerse a ofrecerles cocinas, lavanderías y restaurantes comunitarios, garantizados con el trabajo de funcionarios y funcionarias pagados para eso. Pero la propuesta más revolucionaria, y de las más controversiales también, recaía en la creación de centros de educación socializada de los niños y adolescentes, algo que debería ser, a partir de entonces, una atribución exclusiva del Estado.
 
Mujeres, trabajo, pobreza
 
A pesar de los avances, eran inmensos y cada vez más insuperables los obstáculos que la realidad concreta oponía a la objetivación plena de aquellas ideas. De un lado, el debate teórico y la legislación osada que a duras penas comenzaba a ser implantada a partir de 1918. De otro, la situación real de toda la Unión Soviética, particularmente de las mujeres campesinas, trabajadoras asalariadas y dos millones de niños arrojados a una situación de enorme pobreza a consecuencia de inviernos rigurosos, sequía, de las consecuencias provocadas por el involucramiento de Rusia en la I Guerra Mundial, en los procesos revolucionarios, en la Guerra Civil (1919-1921) y por la aplicación de la NEP (Nueva Política Económica), de 1921.
Los éxitos de la Revolución de Octubre no fueron acogidos por un escenario económicamente favorable, y sí por una realidad de mucha miseria y muertes. Solamente en la I Guerra Mundial, Rusia perdió 2,5 millones de hombres; en la Guerra Civil, un millón de vidas desperdiciadas. Otros millones perecieron de hambre, frío y epidemias como el tifus, cólera, escarlatina. Las condiciones climáticas tampoco contribuyeron a una recuperación del colapso social. El invierno de 1916/17 provocó desabastecimiento en las ciudades y los precios subieron drásticamente. En 1921, una sequía severa en la región del Volga exterminó del 90 al 95% de los niños menores de tres años y casi un tercio de los niños con tres años o más.
Durante la Guerra Civil, las mujeres y los niños asumen los trabajos hasta entonces ocupados por los hombres convocados, por salarios muy inferiores a los de ellos. Las condiciones de vida decaían de un modo vertiginoso, mientras que las familias se desintegraban, no de una forma planificada por ley, como ideal de libertad, sino por la contingencias de las necesidades más inmediatas.
La “paz” que siguió al fin de la guerra civil, lejos de ser positiva para esos segmentos históricamente vulnerables, va a significar todavía más desgracias. Los hombres que retornan, retoman sus trabajos en las fábricas mientras las mujeres y los niños son arrojados al desempleo, al desamparo, a la desesperación.
La NEP, creada por Lenin para revitalizar la economía a través de la reconstrucción del mercado, con incentivo a la pequeña producción industrial, comercial y agraria, si tuvo impacto negativo sobre la clase trabajadora, con la reducción de salarios y de las raciones para sobrevivir, fue todavía peor para las mujeres y sus hijos.[13] Alegando un necesario recorte de los gastos del Estado, se promueve una reducción de los hogares de niños abandonados[14], guarderías y abrigos para madres solteras. Las madres, sin tener donde dejar a sus hijos, perdían sus empleos e, incapaces de mantenerlos los abandonaban cuando no cometían infanticidios. El número de abortos creció alarmantemente, así como el de divorcios requeridos por hombres que querían librarse del casamiento y de la prole, para contraer un nuevo matrimonio.
El retroceso fue inevitable. La realidad amenazadora del desempleo exigía que las mujeres se sometiesen a los trabajos y a los salarios más degradantes en la lógica jerárquica de la producción taylorista de las fábricas. Al mismo tiempo, la situación en general obligaba a que regresasen para el espacio de la reproducción y de la dominación doméstica, acumulando toda suerte de humillación y de explotación. Para los niños de la calle la situación no fue muy diferente ya que la solución del Estado fue destinarlos a la adopción por familias interesadas en la explotación de esta abundante y gratuita fuerza de trabajo.
Se abría así, un vacío insuperable entre las grandes ideas de emancipación femenina –sobre todo de aquella que creía en la liberación por el trabajo asalariado– y sus necesidades humanas más primarias.
La revolución popular de Rusia de 1905 y 1917 ensayó una apertura radical de la historia con la expectativa de superar la lucha de clases rebelada en 1848 en Francia. Sin embargo, la política postrevolucionaria de partido único contribuyó con el cierre de la historia ampliando las estrategias de recreación de la propiedad privada, en la forma de extracción del sobretrabajo por el Estado. La dictadura del proletariado se volvió contra el proletariado y se definió como un salto más, necesario para la expansión y acumulación del capital,  esta vez en el atrasado este europeo.
Se comprende entonces, por qué el socialismo fue convertido en un mero postulado moral por un Estado-partido que agigantaba su poder militarizado de control interno sobre una realidad social esencialmente desesperante. En el interior de este proceso, las condiciones materiales objetivas de las mujeres desafiaban la realización de un conjunto de leyes revolucionarias y las postergaban para un futuro todavía incierto de la transición hacia la emancipación femenina, hacia la emancipación humana. El cuadro, finalmente, desnuda el fracaso de la revolución y de la necesaria transformación del sujeto revolucionario que no puede ser “instituido por decreto”. O, como dice Rosa Luxemburgo, en La revolución Rusa,
            El sistema social socialista no debe y no puede ser sino un producto histórico, nacido de la propia escuela de la experiencia, nacido en la hora de su realización, resultando del hacer de la historia viva que, exactamente como naturaleza orgánica, de la cual hace parte en su último análisis, tiene el bello hábito de producir siempre, junto con una necesidad social real, los medios de satisfacerla, al mismo tiempo que la tarea de realizar, su solución. Y siendo así, es claro que el socialismo, por su propia naturaleza, no puede ser otorgado ni introducido por decreto… Sólo la experiencia es capaz de corregir y de abrir nuevos caminos. Apenas una vida vibrante y sin entrabes llega a mil nuevas formas, improvisaciones, mantiene la fuerza creadora, corrige ella misma todos sus errores. Si la vida pública de los Estados de libertad limitada es tan mediocre, tan miserable, tan esquemática, tan infecunda, es justamente porque, excluyendo la democracia, ella obstruye la fuente viva de toda riqueza y de progreso intelectual.
 
 
Bibliografía
 
Goldman, Wendy, Mulher, Estado e Revolução. San Pablo: Boitempo, 2016.
Marx, Karl, Cartas a Kugelman. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975.
Karl Marx. A miséria da filosofia. São Paulo: Global Editora, 1989.
Mészáros, István, Para além do capital. São Paulo: Boitempo, 2002.
Buonicore, Augusto, “Os dilemas da Revolução Russa”. Disponible en: http://www.vermelho.org.br/coluna.php?id_coluna_texto=1183&id_coluna=10  (última consulta: 20/6/2017).
Graziela Schneider (org.). “As vozes da revolução”, presentación del libro A revolução das mulheres. SP: Boitempo, 2017.
Tragtenberg, Mauricio, A revolução russa. San Pablo: Editora UNESP, 2007.
Wollstonecraft, Mary, Reivindicação dos direitos da mulher. San Pablo: Boitempo, 2016.
 
 
 


* Artículo enviado por la autora para ser publicado en este número especial de Herramienta. Traducción del portugués de Raúl Perea.
·· Profesora de Sociología, FCL/UNESP, integra el Consejo Asesor de la revista Herramienta y es autora del libro Da miséria ideológica à crise do capital: uma reconciliação histórica (San Pablo: Boitempo, 2009). Colaboradora habitual de Herramienta.
[1] La cuestión del atraso, sin embargo, se torna un inmenso problema cuando se pone el foco en las formas tradicionales de explotación y opresión de la mujer en la sociedad agraria y patriarcal. Este aspecto del problema impone la necesidad de una transformación radical de las formas de sociabilidad rumbo a la emancipación total.
[2] Ver al respecto la enérgica lucha de la Oposición Obrera por el restablecimiento de la democracia interna del Partido Bolchevique que tuvo a Alejandra Kollantai entre sus líderes más expresivos.
[3] Los episodios, entre otros, de Brest Litovsk (tratado de paz entre Rusia y Alemania), de 1918 y la masacre de la “rebelión de Kronstadt, que reivindicaba soviets sin el control del partido y la libertad a los campesinos para producir sin asalariados y vender sus productos en los centros urbanos, fueron un aviso de la crisis” (Tragtenberg, 2007: 133).
[4] La política debería ser mediación mientras permaneciese latente la amenaza de la lucha de clases, transición hacia el comunismo y terminó siendo la finalidad última del proceso, Ver al respecto Marx, 1989: 159 y s.
[5] Al analizar los movimientos de masas que anteceden a la Revolución Rusa, Rosa Luxemburgo resaltaba la importancia de las huelgas, fuesen ellas parciales, políticas, económicas, generales, pacíficas, luchas salariales. Para ella, todos esos movimientos se entrecruzaban y marchaban en el sentido de la educación revolucionaria. Trotsky en 1905, concuerda con Rosa al referirse a los soviets, como respuesta de las masas para una organización sin la tutela de partidos o autoridades carismáticas (Tragtemberg, 2007: 111).
[6] Cf. Mészáros, 2002: 701 a 786 (capítulo 17).
[7] Cf. Mészáros sobre la crisis estructural del capital y las esencialidad de las cuestiones femeninas (igualdad substantiva) y ambiental (desarrollo sustentable emancipado del valor de cambio) en el capítulo 5 “A ativação dos limites absolutos do capital”, en Mészáros, 2007: 216 a 346.
 
[8] Cf. Wollstonecraft. 2016. Esta autora es considerada precursora del feminismo liberal, cuyas ideas reflejan la influencia crítica de los iluministas, sobre todo Rousseau.
[9] Cf. Graziela Schneider (2017: 13).
[10] Ver las precisiones dadas a la cuestión por Wendy Goldman (2016: 55 y ss.).
[11] El Código de Tierra fue aprobado en 1922 y, con menos osadía porque estaba adscripto al viejo derecho consuetudinario de la vida campesina, intentó minimizar el peso del control patriarcal ampliando los derechos materiales de la mujer a la tierra, a la propiedad y de participación en las decisiones de la vida en la comunidad.
[12] Es importante mencionar también la ley para retirar el velo y el fin de la poligamia en los lugares de tradición musulmana con la alegación de que utilizaban a las mujeres para fines de explotación de su trabajo.
[13] “A comienzos de 1922, había cerca de 7,5 millones de niños ‘desnutridos y moribundos’ en Rusia. Muchos, al perder uno o los dos padres, escapaban de sus familias deshechas y marchaban hacia las ciudades en busca de comida. Conocidos como niños sin hogar viajaban ilegalmente en trenes, solos o en banda, de un punto a otro del país. Se concentraban en grupos en las estaciones de trenes y en los mercados, robando, pidiendo, arrebatando billeteras o prostituyéndose para sobrevivir. Dormían en las calles, cerca de los caminos, debajo de los puentes, en predios abandonados. Vivían como criaturas salvajes, fuera del alcance de las instituciones socializadoras de la familia, escuela o comunidad. Veían a las autoridades de los adultos con una mezcla de miedo, hostilidad y sospecha, y desafiaban constantemente los esfuerzos de los educadores para alojarlos en hogares o colonias de niños” (Goldman, 2016: 97).

[14] Esos hogares, creados en carácter de urgencia, siempre funcionaron de modo muy precario. Ninguna de las orientaciones pedagógicas de la revolución, de tratar y educar con dignidad a los niños y adolescentes de la revolución consiguieron ser puestas en práctica.