Lenin, precursor de la Oposición de Izquierda*

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António Louçã

Historiador y periodista portugués. Autor del programa “País em Memória” en la red de televisión pública RTV Memória. Autor de varios libros; entre ellos, Negócios com os Nazis. Ouro e outras pilhagems (1997), Hitler e Salazar. Comércio em tempos de guerra (2000) y Conspiradores e traficantes. Portugal no tráfico de armas e de divisas nos anos do nazismo. 1933-1945 (2005).


En los últimos meses de 1922 y los primeros de 1923, Trotsky y Lenin convergieron para combatir la burocratización del poder soviético. No se trató de una convergencia basada en equívocos, se asentaba realmente en el empeño común de enfrentar una tendencia “termidoriana”, según la denominaría Trotsky. Los dos dirigentes de Octubre eran aliados naturales para el nuevo combate que despuntaba en el horizonte. Lenin, fue el precursor de la Oposición de Izquierda en 1922; y Trotsky fue quien la dirigió desde 1923 hasta su finalización. Pero la constatación no autoriza escenarios anacrónicos ni contra fácticos: la Oposición de Izquierda fue una oposición sin Lenin. En las páginas siguientes, trataremos de identificar lo que de específico tenía la contribución de Lenin al combate naciente, de dónde provenía esa especificidad leninista y qué relación tenía con la política de la Oposición tal y como después se definió.

 
¿Quién hace la revolución?
 
Mucha agua corrió bajo los puentes desde el primer texto importante –datado en 1894– del fundador del bolchevismo hasta lo que Moshe Lewin llamó El último combate de Lenin. Pero en las tres décadas que duró la vida política de Lenin, plena de dramáticos virajes, hay más continuidad de la que puede sugerir la espectacularidad de algunos “cortes epistemológicos” intensamente debatidos por muy diversos marxólogos y sovietólogos.
En la bisagra entre dos siglos, Lenin toma como punto de partida el atraso ruso y encara las necesarias transformaciones con una visión cada vez más audaz y original. Considera necesaria una revolución burguesa y afirma la viabilidad de la misma. Contra lo que sugieren las apariencias, Rusia, baluarte de la reacción europea, es un eslabón débil. El punto crítico en el que podrá quebrarse la cadena. Pero la revolución burguesa que se aproxima no será impulsada por la burguesía. Las coordenadas de tiempo y espacio impiden una remake de la revolución francesa de 1789-1794. La atrofiada burguesía rusa no asumirá la iniciativa de derrocar la autocracia zarista. La paradoja –una revolución burguesa abandonada por la burguesía– plantea el interrogante de qué sujeto social habrá de llevarla a cabo.
En agosto de 1905, en plena revolución, Lenin da una primera respuesta al interrogante sobre el sujeto social en el libro Dos tácticas de la socialdemocracia: la revolución burguesa deberá ser llevada a cabo por una alianza del proletariado y del campesinado que ejerza una dictadura de características propias. Ya entonces Lenin llega a admitir, ocasionalmente, que la “dictadura democrática” instaurada por esta alianza tendrá repercusiones en el tipo de revolución por hacer. Si la burguesía no cumple su papel, y quien lo cumple es una amplia alianza popular, estará entonces iniciándose una “revolución ininterrumpida”, que rápidamente irá más allá de la jornada de ocho horas diarias o de la abolición de la monarquía.
Cuán lejos podrá avanzar, y cuanto tendrá en común con las aspiraciones socialistas del proletariado europeo –eso depende, principalmente, de que también se inicie un proceso revolucionario en las más modernas potencias industriales. Lenin no hace del atraso ruso una ley de bronce que impide que el país marche por la vía socialista. Si –pero éste es un gran “si”– el estallido de la revolución rusa es seguido por un efecto dominó en las potencias europeas, Rusia no quedará fuera del proceso internacional de construcción del socialismo.
Trotsky más tarde evocará la fórmula leninista de “dictadura democrática del proletariado y del campesinado” considerándola “algebraica”, porque en ella se mantenía una gran incógnita: el comportamiento del campesinado. Ya en 1905 Trotsky estimaba innecesaria la prudencia “algebraica” pues considera al comportamiento del campesinado un valor conocido y no una incógnita. En la teoría trotskista de revolución permanente, el campesinado no es un sujeto autónomo y termina forzosamente por seguir a una de las dos clases fundamentales: al proletariado o a la burguesía. Por lo tanto, la alianza obrero-campesino solo tiene futuro si el proletariado asume en ella un papel dirigente. Cumplida tal condición, Trotsky considera inevitable que se ponga en el orden del día tareas socialistas y, a diferencia de Lenin, no las condiciona enteramente a lo que suceda en Europa: un gobierno proletario, por su misma naturaleza, inevitablemente cuestionará la propiedad burguesa. Del contexto internacional dependerá el éxito del proceso socialista así iniciado, pero no su desencadenamiento.
El rumbo socialista previsto por Trotsky no es consecuencia obvia y automática de la teoría de revolución permanente. Alexander Israel Helfand, alias Parvus, coautor de la teoría, en este aspecto discrepaba con Trotsky. Para él, la deseable hegemonía proletaria en la alianza con el campesinado no llevaría inevitablemente a que el proletariado superase los límites de una revolución definida como democrático-burguesa. Parvus admitía que el gobierno proletario podría desempeñar un papel reformista, como gestor del capitalismo, y ponía incluso al laborismo australiano como posible ejemplo de gobierno proletario.
En los años que siguieron, Lenin polemizará contra Trotsky sobre temas diversos, pero no sobre la teoría de revolución permanente, en parte por la buena razón de que no había leído en su momento el libro que su joven adversario escribiera en la cárcel.[1] Pero la abstinencia polémica, nada común en Lenin, no puede atribuirse solo a las dificultades para obtener un ejemplar de Balance y perspectivas. El hecho es que el dirigente bolchevique ya entonces comienza a tener más acuerdo con la visión estratégica de Trotsky de lo que parece indicar su mutua hostilidad.
 
¿El socialismo, destino del proletariado?
 
Al trauma del “ensayo general” de 1905, con la defección de la burguesía, sigue el trauma de la guerra de 1914-1918, con la defección de la socialdemocracia. La pequeña corriente internacionalista sufre el choque de descubrirse minoritaria y aislada en sus respectivos países. En los primeros días, vive un tiempo de desesperación y crisis existenciales: Rosa Luxemburgo, enviando por telégrafo convocatorias que nadie quiere recibir; Lenin, suponiendo que la noticia del voto socialdemócrata en favor de los créditos de guerra solo podía ser un montaje del Estado mayor alemán.
Los biógrafos de Lenin señalan también, oscilando entre la perplejidad y la malicia, que justo en ese momento de descalabro universal el dirigente bolchevique decidió dedicarse durante varios meses al estudio de la Lógica de Hegel. En general, los cuadernos con las notas de lectura de tal estudio evidencian una revaloración de la dialéctica: Lenin cambió mucho desde los tiempos de Materialismo y empiriocriticismo. Pero la manifestación exterior de esta evolución no es para nada filosófica: a diferencia de la obra polémica y plejanovista contra Bogdanov, estos cuadernos no están destinados a la publicación... Y al regresar del exilio suizo en 1917 para zambullirse en el torbellino revolucionario de Rusia, Lenin enfrenta decididamente a los viejos bolcheviques que se aferraban a la fórmula de alianza obrero-campesinas como pretexto para adoptar una actitud conciliadora frente al gobierno provisorio.
En las Tesis de Abril, advierte que la alianza entre el proletariado y el campesinado está adoptando la forma nada satisfactoria de un mero contrapoder soviético, resignado a cohabitar con un gobierno burgués. Para las Tesis de Abril, asimismo, la alianza entre proletariado y campesinado ya no debe limitarse a una convergencia entre fuerzas más o menos equivalentes. Es cierto que los campesinos ávidos de tierra lanzan sin demora un movimiento de ocupaciones. Y es cierto que los soldados, mayoritariamente de origen campesino, se ponen inmediatamente a “clavar las bayonetas en la tierra”, iniciando sin pérdida de tiempo la confraternización con el enemigo. Pero ni los soviets de campesinos, ni los de los soldados, tienen suficiente consistencia y estructuración como para llegar a ser columna vertebral de un nuevo gobierno. Una segunda revolución solo tendrá lugar si es dirigida por el proletariado. “Todo el poder a los soviets” sigue siendo la consigna de una alianza, pero de ahora en más se trata de una alianza desigual y asimétrica, hegemonizada por el proletariado. En su segunda fase, dicen las Tesis, la revolución “debe poner el poder en las manos del proletariado y los sectores más pobres del campesinado” (Lenin, 1958: 12). Subsiste el problema de las tareas a cumplir por ese poder –su “agenda”, como modernamente se dice. Aquí, las Tesis se tornan más circunspectas: preconizan la nacionalización de la tierra y su entrega a los soviets campesinos, la nacionalización y fusión de los bancos, la disolución de la policía, del ejército y de la burocracia, la convocatoria de elecciones constituyentes y, sobre todo, la negativa a continuar una guerra encubierta con la ideología de “defensa de la revolución”.
El marco general continúa siendo, en el fondo, el de una revolución democrática, pese a que el protagonismo del proletariado le confiera un cuño especialmente radical. Las Tesis asumen claramente esta limitación: “No es nuestra tarea inmediata ‘introducir’ el socialismo, sino tan solo poner la producción y distribución de los productos inmediatamente bajo el control de los soviets de diputados obreros” (ídem).La Conferencia bolchevique de Petrogrado, el 5 de mayo del calendario occidental, y la Conferencia bolchevique de toda Rusia, dos días después, confirmarán que por el momento no se trata de injertar el socialismo en un país mayoritariamente campesino.
Trotsky estaba mientras tanto en camino hacia Rusia, regresando del exilio en Canadá –una travesía más lenta y más accidentada que la del “vagón blindado” de Lenin. Cundo llega, el 7 de mayo, encontrará ya resuelta la crisis bolchevique y las Tesis de Abril aprobadas por el partido. La lucha es por el poder de los soviets bajo dirección del proletariado. Trotsky ve, por tanto, adoptada una de sus ideas fundamentales y tiene con eso sobrados motivos para adherir al bolchevismo.
En cuanto al programa a aplicar por el poder de los soviets, Trotsky no puede dejar de encontrar excesivamente prudentes las referencias al socialismo por parte de las Tesis y las dos Conferencias partidarias. Pero no tiene motivo alguno para sospechar que esa prudencia pueda confundirse con las antiguas divagaciones de Parvus sobre un gobierno obrero de tipo australiano. Y tiene, por el contrario, muchos motivos para esperar que, otra vez, la realidad dinámica de la revolución llene con un valor preciso la incógnita del “álgebra” bolchevique.
Efectivamente, en los meses inmediatamente posteriores a la revolución de Octubre, a pesar de la notoria circunspección del gobierno soviético en lo referido a la nacionalización de empresas, se desencadena una dinámica imparable, creada por los mismos capitalistas al abandonar, cerrar o descapitalizar las empresas. De las 500 empresas nacionalizadas hasta junio de 1918, 400 lo son por presión de “iniciativas locales que el gobierno central intentara, vanamente, trabar o canalizar” (Liebman, 1976: 17). Y poco después, al iniciarse la Guerra Civil, así como la deserción patronal había precipitado las expropiaciones de empresas, también la envergadura de la contrarrevolución favoreció la adopción del “comunismo de guerra” y las requisiciones de cereales.
Lenin, sobre todo a causa de las circunstancias, Trotsky, sobre todo a causa de sus convicciones programáticas, pero lo cierto es que ambos están sólidamente unidos en torno a la política de nacionalizaciones y requisiciones. Pero existen matices importantes en la fundamentación del consenso. Cada uno de ellos tiene su propia unidad de referencia para establecer si se avanza o no, camino al socialismo. Trotsky, ve en las nacionalizaciones de la propiedad burguesa un indicador decisivo sobre el rumbo socialista de la revolución. Lenin, por su lado, confía más en los indicadores que son la iniciativa, actividad y autoorganización de las masas.
 
¿Autodisolución del Estado o fortalecimiento del Estado?
 
Antes incluso de la toma del poder, en el verano de 1917, con su cabeza puesta a precio y obligado a refugiarse en Finlandia, Lenin había escrito El Estado y la Revolución, un libro clásico que, por fuerza de las circunstancias, quedó inconcluso. Allí reflexiona extensamente sobre la experiencia de la Comuna de París y postula para el Estado soviético un camino de auto disolución gradual que solo tiene sentido en tanto se esté en camino al socialismo.
La verdad es que El Estado y la Revolución –para muchos un paréntesis “anarquista” en la obra de Lenin– fue, en tanto profecía, un fracaso. Pocos meses después, con la Guerra Civil extendiéndose como mancha de aceite por toda Rusia, el Estado soviético seguía ya un camino diametralmente opuesto al que indicara El Estado y la Revolución: más coerción, más aparato militar y más represión policial contra las fuerzas de la restauración. El contraste es tan estrepitoso que un autor como Darioush Karin[2] cree ver en la posterior práctica bolchevique una prueba de la caducidad de El Estado y la Revolución.
Ocurre que con la Guerra Civil, se instala una paradoja: el régimen soviético parece alejarse del socialismo, a fuer de la política cada vez más autoritaria que considera necesario aplicar; y parece aproximarse al socialismo, a fuer de las crecientes incursiones que la misma realidad lo empuja a hacer contra la propiedad privada. ¿En definitiva, se aleja o se aproxima?
Por otro lado, la dualidad criterios entre Lenin y Trotsky no es rígida. En contradicción con lo que sostuviera en El Estado y la Revolución, Lenin tendrá un papel decisivo en la liquidación del control obrero, afirmando la autoridad ejecutiva en las empresas, o en hacer aprobar la suspensión del derecho de tendencia en el X Congreso del PC (b) –entre otras medidas de la dictadura bolchevique. Inversamente, será Trotsky el primero en presentar, en un discurso de febrero de 1920, propuestas dirigidas a suavizar los rigores del “comunismo de guerra”, mediante la abolición de las requisiciones de productos agrícolas sustituyéndolas por un impuesto en especie. Vaticina, en tal circunstancia, que la economía soviética deberá ser una economía mixta, durante una transición al socialismo que durará previsiblemente muchos años. Sin darle aún nombre, el discurso de Trotsky preanuncia ya la “Nueva Política Económica” (NEP). Pero se adelantó demasiado, y fue rechazado. Sin embargo, es significativo el viraje de 180° dado entonces por Trotsky, que se conformó rápidamente con el revés. El viraje es especialmente visible en el cargo que asume al mes siguiente: la conducción del Comisariado de los Transportes, junto con el Comisariado de la Defensa. Generalizando los criterios aplicados en el área de los Transportes, Trotsky defiende entonces el trabajo obligatorio y la intervención del Estado en los sindicatos, hasta el punto de pasar a designar sus dirigentes, sin elección. Y generaliza también el programa de recuperación del transporte ferroviario, como un globo de ensayo para los Planes Quinquenales –el primero, previsto para cuatro años y medio; los segundos, en teoría, para cinco años. En correspondencia con esta visión, Trotsky preconiza el otorgamiento de amplios poderes a la Comisión del Plan (Gosplan).
Inicialmente, Lenin aprueba en general la militarización de los transportes y apoya a Trotsky en el IX Congreso del partido (marzo-abril de 1920). Pero rápidamente el aumento de las críticas y presiones sociales contra la política de militarización del trabajo llevará al borde de la ruptura al “duunvirato” entre los dos máximos dirigentes de la revolución de Octubre.
Ante esta ola de fondo Trotsky reacciona defensivamente y replica que la política de militarización del trabajo está legitimada por el carácter del Estado ruso nacido de la revolución –un “Estado obrero”, según lo denomina. Lenin, por el contrario, se aproxima a los críticos y, en el X Congreso del partido (marzo de 1921), contribuye a la derrota, por amplia mayoría, de la política de Trotsky. Retoma las ideas que el mismo Trotsky había sugerido un año antes, logra la abolición de las requisiciones y su reemplazo por el impuesto en especie –en una palabra, la aprobación de la NEP. Dentro de determinadas condiciones, se abre la puerta al resurgimiento de la producción mercantil en el campo.
El académico furiosamente anti leninista que es Orlando Figes, captó el sentido del X Congreso haciendo una curiosa diferenciación, que atribuye al sentido común campesino, entre el bolchevismo de Lenin y el comunismo de Trotsky. Según su descripción,
…los campesinos creían que “Lenin” y los “bolcheviques” les habían traído la paz, les habían permitido ocupar las tierras de la oligarquía, vender sus productos libremente en el mercado y gobernar las comunidades locales por medio de sus propios soviets. Por otro lado, creían que “Trotsky” y los “comunistas” habían traído la Guerra Civil, les habían sacado las tierras de la oligarquía para hacer en ellas granjas colectivas, habían prohibido el comercio libre con las requisiciones y habían usurpado sus soviets locales” (Figes, 1996: 716).
El debate tuvo también implicaciones teóricas significativas: el Estado, dice Lenin respondiendo a Trotsky, no es realmente “obrero” –sino, como mucho, “obrero y campesino”, con el agravante de una acentuada deformación burocrática. Las concepciones de El Estado y la Revolución, pese a no ser directamente invocadas, dan pruebas de vitalidad en medio de la polémica. No se trataba, finalmente, de una aberración “anarquista”, ni de un desvarío “utopista” de Lenin, ni tampoco como sostiene Carrère d’Encausse un cínico camuflaje para preparar la toma del poder, sino de una brújula para establecer en qué punto se encuentra la revolución y hacia dónde se dirige.
Si el Estado no camina hacia su autodisolución, la sociedad no está entonces caminando hacia el socialismo. Y, dado que ni la más enérgica dictadura proletaria puede imponer el socialismo por decreto, es forzoso constatar que la NEP constituye un retroceso que consiste por un lado en concesiones al campesinado y, por otro, al capitalismo de Estado.
En el plano programático, el retroceso nos lleva de vuelta a las Tesis de Abril: el poder del proletariado, después de haber realizado la más radical revolución burguesa de todos los tiempos, y haber iniciado un proceso que ya no entra en esa clasificación esquemática, debe ahora dirigir, encaminar y controlar la revolución que realmente existe. Con la adopción de la NEP, se cancela la veleidad de transitar hacia el socialismo haciendo escala en el “comunismo de guerra”[3]. Y diríase que también se disipa la apariencia de la adhesión –nunca formalmente declarada– de Lenin a la teoría de revolución permanente, con su encadenamiento de tareas democráticas y socialistas bajo la dirección del proletariado.
En verdad, las referencias de Lenin a la revolución rusa como “socialista” no se basaban tanto en el radicalismo con que era cuestionada la propiedad privada, como en las expectativas puestas en los diversos procesos revolucionarios que estaban en curso más allá de la frontera, sobre todo el futuro de Alemania, aún por definir. La crisis revolucionaria aguda que se abriera tras el putch derechista de Kapp-Lüttwitz (marzo de 1920) fue el punto culminante de la Revolución Alemana. Después de esa crisis, y de los reveses rusos en la guerra contra Polonia (octubre de 1920), Lenin comienza a elaborar la política rusa sin contar con un desenlace alemán favorable, al menos a corto plazo.
 
Un desencuentro: el fin de Lenin y el comienzo de la oposición
 
El 26 de mayo de 1922, Lenin sufre el primer ataque de la enfermedad que terminaría con su vida. La NEP tiene entonces poco más de un año de vigencia formal y unos ocho meses de vigencia real. Desde entonces, hasta la crisis que definitivamente incapacita a Lenin, transcurrirán cerca de 10 meses, que han sido objeto de atentas reconstituciones, paso a paso, que no retomaremos aquí. Pero resultará útil lanzar una mirada a los temas que ocuparon al dirigente bolchevique y después, muy brevemente, a la relación que esa actividad tiene con la Oposición de Izquierda de la década siguiente
La cuestión georgiana fue sin duda la más apremiante en la agenda del líder enfermo. Después de haber comenzado defendiendo a Stalin y Ordzkhonikidze contra las duras críticas de los comunistas georgianos, Lenin descubre toda la magnitud y el significado de la cuestión. Al descubrirla dicta, el 30 de diciembre de 1922, un texto dramático, reprochándose así mismo por no haber intervenido “enérgicamente” contra la arquitectura de la república rusa proyectada por Stalin. En ese momento, Lenin cambia radicalmente de posición sobre la cuestión de Georgia. Y cambia de posición, también, en general, sobre las relaciones con las diversas repúblicas soviéticas, sobre el significado de la autodeterminación nacional y sobre el carácter que debe tener la entidad supraestatal constituida por esas repúblicas.
En cierto modo, Lenin retoma entonces un método “algebraico”: solo si la construcción del socialismo estuviese ya encaminada, el Estado soviético ofrecería a las pequeñas naciones ventajas tales como para que ellas pudiesen abdicar naturalmente de sus derechos nacionales en favor de otros nuevos, adquiridos en el seno de una comunidad más amplia. Pero, el dirigente bolchevique comienza mientras tanto a intuir que la revolución va por mal camino. Por eso –y para dar a los pueblos asiáticos en ebullición pruebas prácticas de respeto por el derecho de autodeterminación– se empeña en combatir la idea de adhesión de las repúblicas soviéticas a una República Rusa.
Como alternativa, pasa a preconizar acuerdos con cada una de esas repúblicas para constituir una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de Europa y de Asia. En la Unión, solo debe entrar quien quiera y cualquiera deberá poder salir en cuanto así lo desee[4]. A los iniciales derechos autonómicos que Stalin quiere atribuir a la República, contrapone Lenin un verdadero y amplio derecho de autodeterminación. En el Politburó, el aún consigue imponer su punto de vista, que quedará consagrado en el papel, pero siempre como letra muerta.
Pero Lenin ya entonces desconfía que el simple derecho de las repúblicas a separarse de la Unión pueda convertirse en una formalidad vacía y propone darle concreción en preceptos constitucionales, para que sean sometidos al Congreso de los Soviets. El más significativo es la reducción de las atribuciones del poder central de la URSS: deberán consistir solamente en la definición de la política exterior y la política militar. En Moscú deberán quedar solo dos Comisariados del Pueblo de toda la URSS: el de Relaciones Exteriores y el de Defensa. Las demás orientaciones políticas deberán quedar a cargo de cada república. Siendo la política económica uno de esos aspectos, puede concluirse que, para el futuro próximo, Lenin está dispuesto a abdicar de la planificación económica en respeto a la soberanía de las pequeñas naciones.
Por otro lado, las evidencias que salieron a la luz del día con la cuestión georgiana fortalecen su sospecha de que el abuso de poder sobre una pequeña república es solo una expresión de las prepotencias que se extienden a todos los niveles. Quien se decida a luchar contra el chauvinismo gran-ruso estará, como destaca Moshe Lewin, emprendiendo un verdadero combate para amoldar “el alma de la dictadura”. El abuso ruso de poder es hijo directo de una hidra que viene de los tiempos del zarismo, renacida en las difíciles condiciones de ciudades despobladas, la industria paralizada, del proletariado diezmado –la hidra burocrática.
Lenin continúa viendo en la burocracia un resabio del zarismo. En este aspecto, está por detrás de Bujarin, que ya entonces denunciaba acaloradamente la amenaza de un “Estado-Leviatán”, y atrás de Trotsky, que ya va viendo en la burocracia un producto soviético post revolucionario. Pero, en términos prácticos, él va más allá de todos los demás y busca desesperadamente medidas que frenen el desarrollo de la burocracia, más allá del “incidente georgiano” y de la cuestión nacional[5].
Paralelamente, Lenin haciendo una revisión de los organismos soviéticos, detecta quienes personifican las tendencias más retrógradas y quiénes podrían dar cuerpo a las más progresivas. Por eso decide combatir al Rabkrin, tiempo atrás la niña de los ojos de Stalin, y al Orgburó, su más actual instrumento; en un texto escrito el 31 de diciembre señala la responsabilidad política de Stalin y Dzerzhinski por el “incidente georgiano”, y reclama un castigo ejemplar contra su amigo personal Orzhonikidze, por una agresión cometida durante los acalorados debates en Tiflis.
En ese momento, la mayoría aún subestima a Stalin. Los otros dos triunviros con los que comparte el poder, Kamenev y Zinoviev, suponen que podrán usarlo como aliado descartable. Trotsky lo considera un ejecutivo relativamente insignificante y supone que puede disculparlo, incluso cuando lo tiene a su merced. Por el contrario, Lenin que había puesto a Stalin en el cargo de Secretario General, es el primero en percibir con claridad, ya en su famoso documento del 24 de diciembre de 1922[6], el exceso de poder que se concentra en las manos de un hombre al que ha pasado a considerar brutal, desleal, grosero y caprichoso. Y, en un agregado dictado 4 de enero de 1923, recomienda que se remueva a Stalin del puesto de Secretario General.
Por otro lado, Lenin identifica a potenciales aliados y lucha denodadamente para atraerlos al combate. Aprovechando las ocasiones, va rompiendo el cerco de médicos y secretarias que Stalin montó a su alrededor. Cuenta con la complicidad de Krupskaia y también, en ocasiones, de las mismas secretarias. Aprovecha esas complicidades para hacer llegar a los comunistas georgianos un mensaje de solidaridad y para pedir a Trotsky que asuma la causa georgiana frente al partido.
El duunvirato Lenin-Trotsky, que se rompiera en la polémica sobre los sindicatos, había sido mientras tanto sustituido en el poder por el triunvirato Stalin-Kamenev-Zinoviev. La alianza entre Lenin y Trotsky ahora solo puede reconstituirse como célula conspirativa. Y esto, sin ninguna duda, por iniciativa de Lenin. Éste da un paso de acercamiento proponiendo que Trotsky asuma el cargo de Vicepresidente de gobierno. Rechazando la sugestión, Trotsky arruina el intento reconciliatorio. Pero Lenin, incluso estando encerrado en su casa, monta un verdadero cerco de propuestas en torno al fundador del Ejército Rojo. Lo envuelve en la lucha para defender el monopolio del comercio exterior y adopta la antigua propuesta de Trotsky de que se otorguen amplios poderes al Gosplan.
Las visitas de Trotsky a Lenin durante su enfermedad son escasas, pero en una de esas raras visitas, en algún momento de noviembre de 1922, Lenin discute con él la proposición de que asuma el cargo de Vicepresidente. Según relata Trotsky la conversación en su autobiografía, lo central en la propuesta de Lenin no se refiere a la aceptación del cargo, sino a la creación de un bloque para luchar contra la burocracia. Trotsky objeta que la lucha contra la burocracia del Estado obligaría a luchar también contra la del partido. Desde el punto de vista de Lenin, mejor aún: dos en uno. Así se lo hace sentir al visitante, y en esos términos ambos acuerdan emprender el combate.
No hay motivos para dudar de la buena fe de Trotsky al aceptar la propuesta de frente común que le fue dirigida por Lenin, así como no hay motivos que justifiquen lo que afirma Martin Clemens, sosteniendo que habría engañado a Lenin al aceptar la defensa de la causa georgiana. Pero el prematuro desaparecimiento de Lenin, totalmente incapacitado a partir de marzo de 1923, interrumpió la recién iniciada convergencia. La perspectiva que Lenin venía esbozando en sus últimos artículos, especialmente, representaba un viraje tan sustancial que nadie podía poner en práctica de inmediato, sin haberlo asumido por completo.
En esa perspectiva se incluye la visión cada vez más “algebraica” que Lenin venía manifestando sobre el carácter de la revolución en curso, cada vez menos socialista en sentido estricto, lo que Moshe Lewin resume señalando que la esperanza del líder bolchevique era que la Unión Soviética pasara a ser un país con “capitalismo de Estado”, pero bajo la conducción de un gobierno socialista. Esta visión incluye también la importancia que atribuye en los últimos meses a las formas de organización cooperativas y a la revolución cultural que debía realizar el régimen soviético. Todo lo cual tiene muy poca semejanza con la idea corriente de transición al socialismo y conforma un cuadro muy distante de los estereotipos librescos sobre esta transición. No es sorprendente que el artículo de crítica al Rabkrin, publicado en Pravda el 23 de enero, y su último artículo, “Más vale menos y mejor”, publicado el 4 de marzo, desagradaran profundamente a la troika, a punto tal que uno de los miembros del Politburo, Kuibyshev, llegó a proponer que se fabricara una edición ficticia de Pravda con un único ejemplar, para hacer creer a Lenin que este último artículo había sido publicado.
Entre bastidores, Stalin traba en ese momento una feroz lucha por la supervivencia. El Secretario General sabe que estará condenado, sin apelación ni queja, si algún prestigiado dirigente de la vieja guardia esgrimiese ante el partido la recomendación planteada por Lenin de que fuese destituido. Pero Zinoviev y Kamenev están conjurados con él. Y Trotsky dirá, más tarde, que no quiso discutir sobre la persona y el cargo, para que una discusión así personalizada no diese la impresión de una lucha por la sucesión de Lenin. Y se conformó con la pose de arrepentimiento de Stalin, y su promesa de arreglar lo hecho en la cuestión georgiana.
En el XII Congreso del partido, en abril de 1923, se levantan varias voces: Bujarin, Rakovsky, Sultan-Galiev y Skrypnik, contra el chauvinismo ruso; Preobrashensky, Kossior, Lutovinov, contra la burocracia. Pero no se escuchó la de Trotsky, privando así al difuso movimiento anti burocrático de un punto de cristalización insustituible. Según Moshe Lewin, “la decisión de dejar en el poder a Stalin y sus partidarios muestra que, en ese momento Trotsky, no comprendía ni a Lenin ni a Stalin” (Lewin, 2003: 47).
En octubre, Trotsky decide finalmente enviar al Politburo una carta que fija posición de manera incisiva. Casi simultáneamente, comienza la discusión pública dentro del partido, con la Declaración de los 46. Pero en ese momento ya estaba cerrada la ventana de aquella oportunidad que, en marzo y abril, permitía cuestionar la frágil posición de Stalin: la Oposición de Izquierda nació con varios meses de atraso.
Preconiza la industrialización y la planificación, mientras que Stalin reafirma la NEP… Pero el test decisivo sobre el marcado déficit de dialéctica leninista que existía en la Oposición de Izquierda se producirá en 1928, cuando Stalin decide a responder a las presiones económicas de los kulaks con un brutal viraje. Ese es el tiempo del primer Plan Quinquenal, de la industrialización y de la colectivización forzada. Varios opositores destacados, como Preobazhensky, suponen que volverán a ser escuchados. Trotsky no cae en el engaño y, al menos desde mayo de 1928, advierte que en un viraje político no importa solo lo que se hace, sino quien lo hace. Pasará a ser, entonces, la referencia inevitable que mantiene el estandarte de lucha cuando otros muchos capitulan.
Los opositores que pretenden continuar el combate se agrupan en torno al líder proscripto en la URSS y, luego, proscripto de exilio en exilio. Los discípulos de Trotsky que no defeccionan continuarán destacando que “falta” algo esencial: la restauración de la democracia soviética. Sin embargo, la insistencia en lo que falta deja subentender que algo fue hecho o está siendo hecho, y revela en definitiva algo de ese típico sentido común que cae en la evaluación de los gobiernos por “hacer” mucho o poco, dejando siempre de lado el poner el bisturí en su agenda de clase. E incluso cuando la Oposición de Izquierda deje el lugar a la Cuarta Internacional, y el propósito de reformar al Estado soviético sea sustituido por un programa de revolución política, persistirá en el movimiento trotskista la convicción de que el “Estado obrero” constituye una palanca para la futura construcción del socialismo.
El mismo Trotsky combate valientemente, pero con una mano atada: denuncia al régimen estalinista que va socavando los fundamentos del Estado obrero, pero admite que el “centrismo” burocrático puede defender las conquistas de Octubre contra los kulaks; denuncia los métodos administrativos, el sacrificio de la calidad de la producción al fetichismo de las estadísticas, el vaciamiento del rublo, los ritmos forzados de la industrialización, la colectivización carente de suficiente base tecnológica y la aberración del “Plan Quinquenal en cuatro años”; pero no deja de sorprendernos con su aplauso al gran salto adelante que, pese a todo, sigue viendo en la industrialización.
Con la perspectiva y la visión de conjunto que le daban las varias décadas transcurridas mientras tanto, Andrés Romero[7] habría de constatar que el efecto del viaje de 1928 fue precisamente lo opuesto al esperado por Trotsky: “la utilización sistemática de la violencia contra las mayorías rurales terminó de “perfeccionar” el aparato represivo que inmediatamente se utilizó contra los trabajadores asalariados” (Romero, 1995: 43).Moshe Lewin lleva a clasificar este perfeccionamiento del aparato represivo como un “despotismo agrario”, que pesó después sobre toda la sociedad.
 
Elementos para un balance
 
La convergencia entre los dos principales dirigentes de la revolución de Octubre, que tomamos como punto de partida de este texto, se da en un momento en que ya era claro que el Estado soviético no se hacía cada vez más simple y transparente: se hacía cada vez más complejo y difícil de descifrar. Y no estaba más cerca de ser gobernable por una simple cocinera, como en su tiempo idealizara Lenin: estaba en vísperas de ser gobernado por un “cocinero de platos muy condimentados”. Por otro lado, el nuevo panorama político creaba sus anticuerpos. Las primeras fuerzas de la oposición comenzaban a decantar y agruparse.
El hecho de que Lenin estuviera en el origen de ese movimiento y haya sido un precursor de la Oposición de Izquierda, no significa sin embargo que ésta haya sido efectivamente continuadora de Lenin. La especulación sobre la diferencia que hubiese representado una Oposición de Izquierda con Lenin ha tenido a lo largo de los tiempos dos tipos de respuestas: una, objetivista, afirmando que el ascenso de la burocracia era un proceso social imparable y que habría liquidado al mismo Lenin; otra, subjetivista, admitiendo que el fundador del bolchevismo, con su autoridad y prestigio, podría haber determinado un desenlace diferente. Sin meternos en ese laberinto contra fáctico, destacaremos en todo caso que los dos paradigmas simétricos tienen en común la misma unidad de medida: el prestigio del dirigente y la diferencia que habría o no habría hecho. Se trata de una visión reduccionista que, en definitiva, termina siendo un simple reclutamiento póstumo del líder bolchevique a la Oposición de Izquierda, avalando con su autoridad el camino que esta adoptó después.
Sin embargo, el último combate de Lenin indicaba que podía ser mucho más que el peso pesado de esa batalla, un primus inter pares y refuerzo decisivo para un plan de operaciones más o menos obvio. La especificidad del input leninista en los primeros meses de gestación de las fuerzas anti burocráticas consistió, precisamente, en un abordaje mucho más condicional, más rico en hipótesis de trabajo, en una palabra, mucho más dialéctico que todas los que llegarían a ser desarrolladas por las diversas oposiciones. Una Oposición de Izquierda encabezada por Lenin no hubiera sido simplemente una oposición más fuerte: hubiera sido otra oposición.
Más que cualquier otro, Lenin se dio cuenta en 1922 e incluso antes, que se trataba de desarrollar, bajo un régimen proletario una economía con rasgos capitalistas de Estado, cooperativistas u otros. El bolchevismo, dijo de mil y una maneras, tiene que aprender de los capitalistas, tiene que aprender a administrar y a dirigir la economía. La palabra clave es aprender: en su último artículo, “Más vale menos y mejor”, escribió: “para renovar nuestro aparato de Estado, precisamos a toda costa, en primer lugar, aprender; en segundo lugar, aprender; en tercero, aprender” (Lenin, 1959: ).
A veces Lenin parece vacilar: comienza oponiéndose a la insistencia planificadora de Trotsky, pero termina alentando después la creación del Gosplan; comienza oponiéndose a las pretensiones georgianas, pero termina por apoyarlas contra la retórica de un Estado “socialista” superior que, en definitiva, apenas encubre el chauvinismo ruso. La navegación a vista que realiza, las propuestas aproximativas que presenta, todo está basado en la percepción de que en Rusia no se está construyendo el socialismo. La autocrítica que realiza no tiene nada que ver con los rituales autoflagelatorios de los “procesos de Moscú”, pero sí y mucho con el chocante descubrimiento de realidades hasta entonces disimuladas bajo el manto de una ideología común. Al descubrir el chauvinismo ruso, identifica en esa punta del iceberg uno de los rostros de la tendencia termidoriana.
Finalmente, una palabra sobre la especificidad del método de Lenin. Con más énfasis que cualquier otro dirigente, Lenin “inscribe” la necesidad de las revoluciones occidentales como factor indispensable para el rumbo socialista de la revolución rusa. Inversamente, “inscribe” también el fracaso de la revolución alemana como matriz estructurante de su análisis a partir de 1921. Lenin estaba, de ser ello posible, aún más lejos del “socialismo en un solo país” de lo que iría a estarlo la Oposición de Izquierda.
Recordemos que Trotsky, con un sentido cautelosamente crítico e incluso vagamente desdeñoso, clasificara las fórmulas leninistas de 1905, como algebraicas: “si” el campesinado desempeñara un papel revolucionario independiente sería posible crear una dictadura democrática de él mismo y del proletariado. Lo que disimulaba el “comunismo de guerra”, con su vorágine de medidas expropiadoras y el consenso con las mismas impuesto por las circunstancias, era que el pensamiento programático de Lenin había seguido siendo algebraico en 1918-1921: “si” estallara la revolución europea, el “comunismo de guerra” habrá sido el preludio del socialismo. Como no estalló, será preciso encontrar la forma de ganar tiempo y de sobrevivir –sin socialismo– hasta la revolución europea.
En tal sentido, la ola de recientes estudios[8] que redescubre la apropiación de la Lógica de Hegel por parte de Lenin en 1915, es el equivalente filosófico del supuesto clonaje, incluso al milímetro, de la teoría de la revolución permanente por las Tesis de Abril. Esta ola tiende a levantar una Muralla China entre el “álgebra de 1905 y el de 1921 –aquel más empírico, éste más maduro, pero ambos estrechamente emparentados. Pero de este modo se corre el riesgo de substituir los saltos cualitativos, el trabajo de superación y de síntesis, por un “corte epistemológico” que no existe.
La misma exhortación a aprender” con los capitalistas es la actitud de alguien que reúne las diversas cuestiones en una ecuación, pero no pretende poseer inmediatamente solución para todas ellas. El trabajo algebraico de resolver las ecuaciones no constituye una capitulación frente al enemigo: el régimen soviético tiene mucho que aprender del capitalismo, pero este no tiene nada que enseñar ni puede dar lección alguna al régimen soviético. Al partido educador de la clase obrera, que diversas caricaturas quisieron encontrar en ¿Qué hacer?, deberá sustituirlo un partido en proceso de permanente auto educación. Que deberá ser modesto frente a la realidad y capaz de aprender con ella. Serán sus sólidas convicciones revolucionarias las que lo llevarán a aprender lo que quiere y no lo que el enemigo pretende inculcarle.
Con Alexander Herzen, Lenin podría hacia el fin de su vida seguir proclamando que la dialéctica es el álgebra de la revolución. Pero Lenin no siempre se extendía citando fórmulas. Su escritura nunca lo era para la posteridad. Sus libros y artículos se dirigen al público de su tiempo, sus discursos a una audiencia que quiere convencer. Si tomáramos a otros cuatro clásicos del marxismo –los dos padres fundadores decimonónicos, más Luxemburg y Trotsky–, la escritura de Lenin es la más datada, la menos atrayente desde un punto de vista estrictamente literario. Y, sin embargo, una mirada sobre todo lo que son su práctica y su discurso, nos lo revela como el más consumado cultor de la dialéctica revolucionaria. El último año de vida activa de Lenin constituye un punto alto de tal dialéctica. Es también un importante legado que dejó a la Oposición de Izquierda, que ésta asimiló lo mejor que pudo.
 
Bibliografía
 
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Clemens, Martin, Dershimorda. Lenin gegen Stalin. Eine historische Studie über Lenins letzten Kampf. Múnich, Verlag Münchener Manuskripte, 2007.
Figes, Orlando, A People’s Tragedy : Russian Revolution 1891-1924. Londres, Jonathan Cape, 1996.
Goussev, Aleksei, “La crise da révolution russe (1923)”. En : Cahiers Léon Trotsky 54 (diciembre de 1994).
Karim, Darioush, La dictadura revolucionaria del proletariado. Bogotá: Partido Socialista de los Trabajadores de Colombia, 1979.
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–, Oeuvres (vol. 36). París/Moscú : Editions Sociales, 1959.
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–, Russia/URSS/Russia. The drive and drift of a Superestate. Nueva York: The New Press, 1995.
–, Le siècle sovietique. París:Fayard/ Le Monde Diplomatique, 2003.
Liebman, Marcel, O leninismo sob Lenine (vol. 3). Lisboa: Iniciativas Editoriais, 1976.
Romero, Andrés, Después del estalinismo. Los Estados burocráticos y la revolución socialista. Buenos Aires: Antídoto, 1995.
Trotsky, León, Mein Leben. Berlín: Fischer, 1930.
–, 1905. Resultados y Perspectivas. París: Ruedo Ibérico, 1971.


* Artículo enviado por el autor para este número especial de Herramienta. Trad. del portugués de Aldo Casas.
** Historiador y periodista portugués. Autor del programa “País em Memória” en la red de televisión pública RTV Memória. Autor de varios libros; entre ellos, Negócios com os Nazis. Ouro e outras pilhagems (1997), Hitler e Salazar. Comércio em tempos de guerra (2000) y Conspiradores e traficantes. Portugal no tráfico de armas e de divisas nos anos do nazismo. 1933-1945 (2005).
[1] La difusión de Balance y perspectivas fue muy restringida, pues rápidamente resultó confiscada por la policía. Según Marcel Liebman, Lenin solo llegó a leer este trabajo 14 años después.
[2] Pseudónimo utilizado en la ocasión por el dirigente trotskista argentino más conocido como Nahuel Moreno.
[3] Moshe Lewin hace responsables tanto a Trotsky como a Lenin por lo que hay de equívoco en la expresión "comunismo de guerra": las medidas de guerra, y en especial las requisiciones, están determinadas por una necesidad dramática y constituyen para el poder soviético una cuestión de supervivencia. Nada tiene en común con la construcción del socialismo -para no hablar ya de lo que, en la doctrina marxista, debería ser un estadio superior, comunista, donde cada cual reciba según sus necesidades y contribuya según sus capacidades.
[4] Una curiosa inversión semántica hace aparecer la expresión República Socialista Federativa Soviética de Rusia como símbolo de la política unitarista de Stalin y la expresión Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como símbolo de la política federativa preconizada por Lenin.
[5] En tal búsqueda, preconiza algunas de dudosa eficacia, como subraya el historiador ruso Aleksei Gussev –agrandar y proletarizar el Comité Central, aumentar las atribuciones de la Comisión Central de Control, reorganizar la "Inspección Obrera y Campesina" (Rabkrin), designar rotativamente "un ruso, un ucraniano, un georgiano, etc." en la jefatura de la Unión.
[6] El texto equivocadamente considerado como "Testamento de Lenin".
[7] Pseudónimo del militante argentino Aldo Casas.
[8] Véanse, sobre todo los estudios de Savas Michael-Matsas, Kevin B. Anderson y Stathis Kouvelakis en las obras citadas como bibliografía.