La tarea de la teoría crítica hoy: Repensar la crisis del capitalismo y sus futuros

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 Moishe Postone··

 
 
I
 
Las profundas transformaciones del mundo en las décadas recientes han indicado dramáticamente que el análisis social crítico debe centralmente preocuparse por cuestiones de dinámica histórica y cambios estructurales a gran escala si quiere ser adecuado a nuestro universo social. Parece cada vez menos factible desestimar la preocupación acerca de la cuestión de las dinámicas históricas, como fue el caso de las décadas de 1980 y 1990, que expresaron un intento por imponer un “gran relato” sobre una realidad que supuestamente es contingente en su esencia. Esas posiciones se han tornado cada vez menos plausibles a la luz de las transformaciones históricas globales de las recientes décadas, que no se pueden simplemente ignorar, sino que deben ser entendidas. Y me dispongo a argumentar que estos procesos transformadores pueden ser mejor iluminados por una teoría crítica del capitalismo.
Esto sugiere la importancia de un renovado encuentro con el análisis crítico del capitalismo realizado por Marx. Al mismo tiempo, sin embargo, los desarrollos históricos del siglo pasado firmemente indican que cualquier intento de reapropiación de la teoría crítica de Marx debe diferir básicamente del “marxismo tradicional”, un término que desarrollaré más adelante.
¿Para qué preocuparse por repensar el análisis del capitalismo hecho por Marx? Después de todo, el colapso de la Unión Soviética y del comunismo europeo, así como la transformación de China, han sido entendidos por muchos como el punto final del socialismo y el acta final, por así decirlo, de la relevancia teórica de Marx, durante varias décadas desaparecida.
Esta desaparición también ha sido expresada por la emergencia de otros tipos de enfoque teórico-críticos, tales como el postestructuralismo y la deconstrucción, que parecieron ofrecer la posibilidad de criticar, por ejemplo, estructuras de dominación burocrática tanto en el Este como en el Oeste, sin afirmar los tipos de grandes programas de emancipación humana que, para muchos, con excesiva frecuencia, habían tenido consecuencias históricas negativas e incluso desastrosas.
Tales enfoques conceptuales más actuales, sin embargo, han sido cuestionados por la reciente crisis global, que ha ilustrado dramáticamente la enorme transformación global de las décadas recientes; crisis que crudamente reveló las serias limitaciones de las teorías postestructuralistas, postmodernistas y deconstructivistas como intentos de comprender adecuadamente el mundo contemporáneo y que expuso la unilateralidad de lo que ha sido llamado el giro lingüístico y cultural en las ciencias sociales.
La continua erupción de severas crisis económicas, la brecha creciente de riqueza en el plano global entre los pocos y los muchos, así como la existencia de pobreza masiva y explotación estructural a escala global que se reverlaron, una vez más, como características de la Modernidad capitalista, cuestionan el triunfalismo tanto del neoliberalismo como de la mayor parte del postmarxismo. Sugieren que, parafraseando a Mark Twain, las declaraciones sobre la muerte de Marx han sido muy exageradas. Parece que la desaparición del socialismo real y el florecimiento del pensamiento postmarxista, en las recientes décadas, no impidieron la necesidad de una teoría crítica del capitalismo. Sin embargo, sería un error creer que uno puede simplemente volver a Marx, tal como fue entendida generalmente su teoría durante la mayor parte del siglo XX. Tanto la desaparición del marxismo tradicional como las inadecuaciones cada vez más manifiestas de buena parte del postmarxismo están enraizadas en desarrollos históricos que sugieren la necesidad de repensar a Marx y reapropiarse de él.
Lo que señalo es que la cuestión del capitalismo y sus posibles futuros requieren repensar qué entendemos por capitalismo; que la reapropiación de Marx podría sustentar fuertemente tal esfuerzo; y que una comprensión crítica repensada del capitalismo tiene una importancia crucial si pretendemos comprender la naturaleza de la actual crisis global.
Como desarrollaré, contrariamente a las interpretaciones tradicionales del marxismo, la teoría crítica de Marx no es, en su nivel más fundamental, una crítica de un modo de explotación de clase que distorsiona la Modernidad,[1] emprendida desde una perspectiva que afirma el trabajo. Tales interpretaciones implícitamente apuntan a la posibilidad histórica de una administración planificada de la sociedad industrial, una que alcance pleno empleo, más altos niveles de consumo general y adecuados programas de bienestar social. Sostengo, sin embargo, que la crítica de Marx es diferente: desenmascara y analiza una única forma de mediación social que estructura la propia Modernidad como una forma históricamente específica de vida social. Esta forma de mediación está socialmente constituida por una forma de trabajo históricamente única, e incluso es abstracta y temporal. Se manifiesta en formas de dominación peculiares, cuasiobjetivas, que no pueden ser suficientemente entendidas en términos de dominación de una clase ni, ciertamente, de ninguna entidad política y/o social concreta. Estas formas de dominación, expresadas por categorías como mercancíao capital, son, más aún, no estáticas y no pueden ser debidamente conceptualizadas en términos de mercado. Más bien, generan una dinámica histórica que está en el corazón mismo de la Modernidad capitalista. Como desarrollaré, esta focalización en la dinámica del capitalismo sugiere que el análisis crítico de Marx no es una afirmación del papel cumplido por el trabajo en la sociedad humana. Más bien, es una crítica a la centralidad del trabajo históricamente específica en el capitalismo y a la dinámica histórica que esto genera. Tal lectura, sostengo, provee una teoría que puede iluminar sistemáticamente el mundo moderno. Vuelve la crítica de Marx más adecuada para el mundo contemporáneo que el marxismo tradicional y la mayor parte del postmarxismo.
 
II
 
Mi focalización en el carácter históricamente dinámico de la sociedad capitalista responde a las enormes transformaciones a nivel global de las últimas cuatro décadas. Este período ha sido caracterizado por la desintegración de la síntesis fordista, centrada en el Estado, en el Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial, por el colapso o las transformaciones fundamentales de los Estados-partido y sus economías de dominio en el Este, y por la emergencia de un orden capitalista neoliberal a nivel global (el que, a su vez, podría ser socavado por el desarrollo de enormes bloques económicos en competencia).
Estos desarrollos, a su vez, pueden ser entendidos con referencia a la trayectoria dominante del capitalismo estadocéntrico en el siglo XX, desde los inicios en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, pasando por su punto más alto en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y su posterior declive después de los primeros años de la década de 1970. Lo que es significativo en esta trayectoria es su carácter global. Abarcaba tanto al capitalismo occidental y los países comunistas, como a las tierras colonizadas y a los países descolonizados. Aunque hay diferencias en el desarrollo histórico, por supuesto, parecen ser diversas inflexiones de un patrón común más que desarrollos fundamentalmente diferentes. Por ejemplo, el Estado de bienestar se expandió por todos los países industriales de Occidente en los 25 años posteriores al fin de la Segunda Guerra y luego fue reducido o parcialmente desmantelado al comenzar la década de 1970. Estos desarrollos, coincidentes con los éxitos de postguerra y el posterior declive de la Unión Soviética y las transformaciones de gran alcance en China, ocurrieron independientemente de los partidos que estuvieron en el poder.
Tales desarrollos históricos generales no pueden ser explicados convincentemente en términos contingentes y locales. Tampoco pueden ser adecuadamente comprendidos por teorías de política o identidad, y exceden el horizonte de una crítica social focalizada en la distribución. Por el contrario, indican firmemente la existencia de imperativos estructurales generales y restricciones en decisiones políticas, sociales y económicas que generan fuerzas dinámicas en Oriente y Occidente, no totalmente sujetas al control político. Al mismo tiempo, cuestionan las nociones lineales de desarrollo histórico tanto marxistas como weberianas o liberales.
Tales patrones generales indican que la focalización teórica sobre el actor y la contingencia en las décadas recientes fue tan unilateral como el funcionalismo estructural que reemplazaron. Si este último alcanzó una amplia aceptación durante la apogeo del capitalismo estadocéntrico, el primero hizo lo mismo durante la época neoliberal. Ningún enfoque, sin embargo, abordó su relación con el contexto histórico. Esto sugiere que, a diferencia de tales enfoques, una teoría crítica debería ser capaz de problematizar su propia situación histórica. Reflexiones sobre las vastas transformaciones en el siglo pasado, entonces, sugieren la importancia de un renovado encuentro con la crítica de la economía política realizada por Marx, puesto que la problemática de las dinámicas históricas y los cambios estructurales a nivel global en el mundo moderno está en el centro mismo de aquella crítica. No obstante, la historia del último siglo indica que una teoría crítica adecuada debe diferir fundamentalmente de las críticas al capitalismo desarrolladas por el marxismo tradicional.
Por “marxismo tradicional” entiendo un marco interpretativo general en el cual el capitalismo es esencialmente analizado en términos de relaciones de clase basadas en la propiedad privada y mediadas por el mercado. La dominación social es entendida principalmente en términos de dominación de clase y explotación. Dentro de este marco general, el capitalismo es caracterizado por una contradicción estructural entre la propiedad privada y el mercado (en el sentido de las relaciones sociales básicas de aquella sociedad) y las fuerzas de producción (entendidas en especial en términos de trabajo, especialmente tal como es organizado industrialmente). El despliegue histórico de esta contradicción genera la posibilidad de una nueva forma de sociedad, entendida en términos de propiedad colectiva de los medios de producción y planificación económica en un contexto industrializado. La producción industrial es entendida como un proceso técnico que es usado por los capitalistas para sus fines particularistas, pero es intrínsecamente independiente del capitalismo y podría ser usado en beneficio de todos los miembros de la sociedad. Esta crítica del capitalismo es adoptada desde el punto de vista del trabajo; el socialismo entraña el proceso por el cual el trabajo se convierte en él mismo.
Dentro de este encuadre básico, ha habido una amplia variedad de abordajes teóricos, metodológicos y políticos muy diferentes, que han generado poderosos análisis políticos, sociales, históricos y culturales.[2] No obstante, las limitaciones de este marco general en sí se volvieron cada vez más evidentes a la luz de los desarrollos históricos del siglo XX. Estos desarrollos incluyen: el carácter no emancipador “del socialismo real” y la trayectoria histórica de su ascenso y caída, que fue en paralelo con el capitalismo intervencionista de Estado (lo cual indica que estaban situados históricamente de manera similar); la creciente importancia del conocimiento científico y la tecnología avanzada en la producción (lo cual parece cuestionar la teoría del valor trabajo); las crecientes críticas al progreso y al crecimiento tecnológicos (opuestos al productivismo de buena parte del marxismo tradicional), y la acrecentada importancia de identidades sociales no basadas en la clase. Todo lo cual indica que el marco tradicional ya no puede servir como la base de una crítica histórica adecuada.
Las consideraciones sobre los modelos históricos generales que han caracterizado al siglo pasado, entonces cuestionan tanto al marxismo tradicional, en su afirmación del trabajo y la historia, como a las concepciones postestructuralistas de la historia como esencialmente contingente. No obstante, tal consideración no niega necesariamente los intentos dotados de perspicacia crítica para tratar a la historia contingentemente; es decir, que la historia, entendida como el desenvolvimiento de una necesidad inmanente, delinea una forma de no libertad.
Permítanme hacer un desarrollo breve: en los Grundrisse, Marx caracteriza al capitalismo como una sociedad en la cual los individuos tienen mucha más libertad respecto de las relaciones de dominación personal que en formas anteriores de sociedad. Sin embargo, según Marx, esta libertad se encuentra en el marco de un sistema de dependencia objetiva (Marx, 1973: 158) [Marx, 2009: I/92][3]. Marx, entonces, no desestima simplemente las formas de libertad personal asociadas al despliegue del capitalismo, sino que las caracteriza como fundamentalmente unilaterales e incompletas. Considerar la libertad solo con referencia a cuestiones de dependencia o independencia personales puede servir para cubrir con un velo la existencia de una forma más amplia de no libertad basada en la circunstancia de que la gente hace historia, pero la hace en una forma que la domina y coacciona.
Esta forma de no libertad es el objeto central de la crítica de la economía política realizada por Marx; una crítica que busca comprender los imperativos y las coacciones que subyacen a las dinámicas históricas y cambios estructurales del mundo moderno. No realiza su crítica, entonces, desde el punto de vista de la historia y del trabajo, como el marxismo tradicional. Por el contrario, la dinámica histórica del capitalismo, la totalidad, y la aparente centralidad ontológica del trabajo se han convertido en los objetos de la crítica de Marx.
Debería ser evidente que el impulso crítico del análisis de Marx, de acuerdo con esta interpretación, es similar en algunos aspectos, a los enfoques postestructuralistas en la medida en que implica una crítica a la totalidad y a la lógica dialéctica de la historia. Sin embargo, en tanto Marx aborda tales concepciones críticamente, como expresión de la forma temporalmente dinámica de dominación característica de la sociedad capitalista e intenta descubrir las condiciones de su superación, los abordajes postestructuralistas niegan su validez, insistiendo en la primacía ontológica de la contingencia. La crítica de Marx a la historia heterónoma, entonces, difiere fundamentalmente de la crítica del postestructuralismo, ya que no considera tal historia como una narrativa que puede ser desarticulada discursivamente, sino como la expresión de una estructura de dominación temporal. Desde este punto de vista, cualquier intento por recuperar la actividad humana insistiendo en la contingencia, en modos que niegan u oscurecen la forma dinámica temporal de dominación característica del capital, es irónica, profundamente, desempoderadora.
En la teoría madura de Marx, entonces, la Historia, entendida como una dinámica direccional conducida de manera inmanente, no es una característica universal de la vida social humana; sin embargo, tampoco lo es la contingencia histórica. Más bien, analiza una dinámica histórica intrínseca como una característica históricamente específica de la sociedad capitalista (que puede ser y ha sido proyectada sobre la vida social humana en general). Lejos de considerar la historia afirmativamente, Marx funda esta dinámica direccional en la categoría de capital y, de ese modo, la comprende como una forma de heteronomía.
 
III
 
La base de esta controversia es una interpretación que reconsidera las categorías más importantes de la crítica madura de Marx –como valor, mercancía, plusvalía y capital– en relación con la dinámica heterónoma que caracteriza al capitalismo. Dentro del marco tradicional, categorías de Marx como las de valor, mercancía, plusvalía y capital han sido tomadas generalmente como categorías económicas que afirman el trabajo humano como la fuente transhistórica de riqueza social que en el capitalismo está mediada por el mercado, y como demostración de la centralidad de la explotación de clase en el capitalismo.[4]
Tales interpretaciones le atribuyen a Marx una comprensión transhistórica del trabajo como una actividad que media entre el hombre y la naturaleza, que es planteada como la fuente de riqueza de todas las sociedades. Dentro de este marco, en el capitalismo se le impide al trabajo realizarse plenamente. La emancipación, entonces, tiene lugar en una sociedad en la que el trabajo transhistórico ha emergido abiertamente como su principio regulador. Esta noción, por supuesto, se vincula con aquella otra de la revolución socialista como “autorrealización” del proletariado. El trabajo aquí proporciona el punto de vista para la crítica del capitalismo.
Una lectura atenta de la crítica de la economía política del Marx maduro, no obstante, cuestiona las presuposiciones de la interpretación tradicional. En los Grundrisse, Marx señala que sus categorías fundamentales no deberían ser entendidas en estrechos términos económicos, sino como Daseinsformen (formas del ser) y Existenzbestimmungen (determinaciones de la existencia): formas del ser social que son a la vez objetivas y subjetivas (Marx, 1973: 106) [Marx, 2009: I/27]. Además, y esto es crucial, esas categorías no deberían ser entendidas como transhistóricas, sino como históricamente específicas a la sociedad moderna o capitalista (ibíd.: 100-108) . Incluso categorías como dinero o trabajo, que parecen transhistóricas por su carácter abstracto y general, son válidas en su generalidad abstracta solamente en la sociedad capitalista, de acuerdo con Marx (ibíd.: 103). Es por su carácter peculiarmente abstracto y general que categorías históricamente específicas del capitalismo pueden parecer válidas para todas las sociedades.[5]
Esto se aplica también a la categoría de valor. En los Grundrisse, Marx explícitamente presenta al valor como fundamento de la producción burguesa, como una forma de riqueza, históricamente específica del capitalismo, que está constituida por el consumo del tiempo de trabajo humano directo. Lo distingue de lo que él llama “riqueza real”, que es una función de la producción de bienes y está basada en un número de factores naturales y sociales, que incluyen el conocimiento (Marx, 1973, pp. 702-703). Marx procede a esbozar la contradicción fundamental del capitalismo como una entre el valor y los resultados de su propio desarrollo. El carácter dual de las formas sociales subyacentes al capitalismo genera enormes incrementos en la productividad, originando la posibilidad histórica de que el valor mismo pueda ser abolido y la producción sea organizada sobre una nueva base, que no dependa del gasto del trabajo humano directo en la producción. Al mismo tiempo, sin embargo, el valor permanece como condición necesaria del capitalismo. Esta contradicción entre el potencial generado por el sistema basado en el valor y su realidad indica que, para Marx, la abolición del capitalismo supone la abolición del valor y del trabajo generador de valor (ibíd.: 704-706). Lejos de significar la autorrealización del proletariado, la abolición del capitalismo supondría la autoabolición del proletariado. Esta inversión es crucial cuando se considera la crisis actual.
Este énfasis sobre la especificidad histórica de las categorías implica reflexivamente que la teoría madura de Marx no pretende ser una teoría transhistóricamente válida de la historia y de la vida social. Por el contrario, es históricamente específica de un modo enfático reflexivo. En realidad, cuestiona cualquier abordaje que reclame para sí una validez universal, transhistórica.
El volumen I de El capital es la elaboración rigurosa de este análisis. Debido al modo de presentación inmanente de Marx, puede ser, no obstante, mal interpretado. La autocomprensión de la teoría crítica madura de Marx como históricamente específica significa que su forma de presentación no debería contravenir el carácter históricamente determinado del análisis. No debería, por ejemplo, proceder de manera cartesiana desde un punto de partida supuestamente transhistórico. Más bien, el punto de partida debería adecuarse a la especificidad histórica de su objeto, y, reflexivamente, de la propia teoría (ibíd.: 100-108). El punto de partida que Marx eligió es el la mercancía (ibíd.: 881; Marx, 1976: 125). A la luz de las consideraciones de Marx sobre la naturaleza de un punto de partida adecuado en los Grundrisse – que el punto de partida debería expresar lo que es central en la sociedad examinada (Marx, 1973: 100-108)– es claro que la categoría de “mercancía” no se refiere a las mercancías como podrían existir en muchas sociedades, ni en un hipotético (e inexistente) estadio precapitalista de producción de mercancías simple. Más bien, la mercancía es tratada por Marx como una forma de mediación social históricamente específica y única; una forma de relaciones sociales que constituye el núcleo que define a la Modernidad capitalista. Es, a la vez, una forma estructurada de práctica social y un principio estructurador de las acciones, visiones del mundo y disposiciones de la gente. Esto es: lejos de ser un objeto, la mercancía es a la vez una forma de subjetividad y objetividad sociales, que es única y característica del capitalismo.[6]
En El capital, Marx buscó desarrollar la naturaleza y la dinámica subyacente de la Modernidad capitalista desde este punto de partida. Su especificidad histórica imparte, a la exposición de Marx, una inusual forma reflexiva. Como el punto de partida de esta teoría crítica no puede ser fundado transhistóricamente, solo podría ser fundado inmanentemente, en el curso de su desarrollo. Es así como está estructurado El capital. Las categorías iniciales, como mercancía, valor, valor de uso, trabajo abstracto y trabajo concreto, reciben retroactivamente su sustancia en el desarrollo subsecuente del análisis (Postone, 1993: 128-132).
Lo que caracteriza a la forma mercantil de las relaciones sociales, tal como la analizó Marx, es que está constituida por el trabajo. Esta proposición no es tan sencilla como parece, sin embargo. El trabajo en el capitalismo, de acuerdo con Marx, no es simplemente trabajo como lo pensamos según el sentido común (aunque esta concepción ha conformado buena parte del pensamiento marxista). Más bien, está marcado por un carácter histórico específicamente dualista: es a la vez, “trabajo concreto” y “trabajo abstracto” (Marx, 1976: 128, 131-137). “Trabajo concreto” se refiere al hecho de que alguna forma de lo que consideramos actividad laboral media las interacciones de los humanos con la naturaleza en todas las sociedades. “Trabajo abstracto” no se refiere simplemente al trabajo concreto en general, sino que es un tipo muy diferente de categoría. Significa que, en el capitalismo, el trabajo también tiene una función socialmente mediadora única que no es intrínseca a la actividad laboral como tal.
Permítanme desarrollar esta idea: en una sociedad en la cual la mercancía es la categoría estructurante básica del todo, el trabajo y sus productos no son distribuidos socialmente por normas tradicionales o por relaciones abiertas de poder y dominación, como es el caso en otras sociedades. En cambio, el trabajo mismo reemplaza esas relaciones sirviendo como una especie de medio cuasiobjetivo por el cual los productos de otros son adquiridos. Constituye una nueva forma de interdependencia, en la cual la gente no consume lo que produce, sino en la que, sin embargo, su propio trabajo o los productos del trabajo funcionan como un medio cuasiobjetivo para obtener los productos de otros.[7] Al servir como ese medio, el trabajo y sus productos, en efecto, evitan esa función de parte de las relaciones sociales manifiestas; median en una nueva forma de interrelación social.
En las obras maduras de Marx, entonces, la noción de la centralidad del trabajo en la vida social no es una proposición transhistórica. No significa que la producción material sea la dimensión más importante de la vida social en general o, incluso, del capitalismo en particular. Más bien, se refiere a la constitución históricamente específica por parte del trabajo, en el capitalismo, de una forma de mediación social que caracteriza fundamentalmente a esa sociedad.
El trabajo en el capitalismo, entonces es, a la vez trabajo, tal como lo entendemos transhistóricamente y según el sentido común, de acuerdo con Marx, y una actividad históricamente específica y socialmente mediadora. Por lo tanto, sus objetivaciones –y aquí me estoy refiriendo a la mercancía y al capital– son, a la vez, productos del trabajo concreto y formas objetivadas de mediación social. De acuerdo con este análisis, entonces, las relaciones sociales que más básicamente caracterizan a la sociedad capitalista son muy diferentes de las relaciones sociales cualitativamente específicas, abiertas, tales como las relaciones de parentesco o relaciones de dominación personal o directa que caracterizan a las sociedades no capitalistas. Si bien este último tipo de relaciones sociales existe también en el capitalismo, lo que estructura en última instancia esa sociedad es un nivel nuevo, subyacente de relaciones sociales que están mediadas por el trabajo. Estas relaciones, constituidas por el trabajo que actúa como una mediación abstracta y universal, así como el trabajo en cuanto actividad concreta específica, son dualistas. Están caracterizadas por la oposición entre una dimensión abstracta, cuasiobjetiva, formal, general, homogénea y una dimensión concreta, particular, material; ambas parecen ser ‘naturales’ más que sociales.
El carácter abstracto de la mediación social que subyace al capitalismo es, al mismo tiempo, expresado por la forma de la riqueza dominante en esa sociedad. Como se ha señalado más arriba, la “teoría del valor trabajo” de Marx ha sido frecuentemente malinterpretada como una teoría de la riqueza trabajo que considera al trabajo, en todo tiempo y en todo lugar, como la única fuente social de riqueza. El análisis de Marx, sin embargo, no es sobre la riqueza en general, como tampoco lo es sobre el trabajo en general. Analiza el valor como forma de riqueza históricamente específica que está vinculada al papel históricamente único del trabajo en el capitalismo. De manera similar a la distinción que traza en los Grundrisse, Marx distingue explícitamente al valor de la riqueza material en El capital. Relaciona estas dos formas distintas de riqueza con la dualidad del trabajo en el capitalismo (ibíd.: 126, 131-137). La riqueza material expresa la dimensión del valor de uso del trabajo en el capitalismo. Es medida por la cantidad de productos producidos y es función de un número de factores, además del trabajo, tales como el conocimiento, organización social, y condiciones naturales (ibíd.: 133 y s.). El valor es una expresión del trabajo abstracto y está constituido solamente por el gasto del tiempo de trabajo socialmente necesario. Es la forma dominante de riqueza en el capitalismo (ibíd.: 126-128, 134-137).En tanto la riqueza material, cuando es la forma dominante de riqueza, es mediada por relaciones sociales abiertas, el valor es, a la vez, una forma de riqueza y una forma de mediación social. Esto es: es una forma de riqueza automediadora.
Como forma social, la mercancía es al mismo tiempo abstracta y general (valor) y concreta y particular (valor de uso). Estas dos dimensiones constituyen dos formas diferentes de generalidad. Por un lado, los trabajos combinados de todos los productores de mercancías forman un agregado de varios trabajos concretos. Cada uno es una parte particular de un todo. El total de la riqueza material de ese modo producida es un todo heterogéneo. Por otro lado, todos estos trabajos son actividades socialmente mediadoras. Como todos los trabajos individuales funcionan en el mismo modo socialmente mediador, tomados conjuntamente constituyen una mediación social general. La mediación tiene la misma calidad general tanto a nivel individual como a nivel de la sociedad en su conjunto. Mientras el trabajo individual, como trabajo concreto, es particular y es parte de un todo cualitativamente heterogéneo, en cuanto trabajo abstracto es un momento individualizado de una mediación social cualitativamente homogénea que constituye una totalidad social. El análisis crítico de Marx sobre la especificidad histórica del valor y de la emergencia de la posibilidad histórica de que sea superado es, al mismo tiempo, un análisis crítico de la especificidad histórica de la totalidad social y la posibilidad emergente de su superación.
En el marco del análisis de Marx, la dualidad de la forma mercancía funda una dinámica; genera una interacción dialéctica entre valor y valor de uso que suscita un modelo temporal complejo. Marx comienza a desarrollar esta dimensión de las formas sociales básicas del capitalismo con su determinación inicial de la magnitud del valor en términos de tiempo de trabajo socialmente necesario (ibíd.: 129). Como medida, el tiempo de trabajo socialmente necesario no es simplemente descriptivo, sino que delinea una norma socialmente general, coactiva. La producción debe adecuarse a esta norma prevaleciente, abstracta, global, para generar el pleno valor de sus productos. El marco temporal (por ejemplo, una hora) se convierte aquí en una variable independiente. La cantidad de valor producido por unidad de tiempo es solamente una función de la unidad de tiempo; permanece igual independientemente de las variaciones individuales o en el nivel de productividad. Es una peculiaridad del valor como una forma temporal de riqueza, entonces, que, pese a que la productividad acrecentada incrementa la cantidad de valores de uso producidos por unidad de tiempo, deriva solo en incrementos a corto plazo en la magnitud de valor creado por unidad de tiempo. Una vez que los incrementos en la productividad devienen generales, la magnitud del valor generado por unidad de tiempo retrocede a su nivel de base (íd.). El resultado es una suerte de rutina. Niveles más altos de productividad derivan en incrementos mayores de riqueza material, pero no en un incremento a largo plazo proporcional en el valor por unidad de tiempo. Esto, a su vez, lleva a incrementos todavía mayores en la productividad.
Esta dinámica rutinaria expresa y, a la vez, constituye una forma de dominación peculiar, temporal en última instancia, arraigada en Marx en “el tiempo de trabajo socialmente necesario” como constitutivo del valor. Esta norma socialmente general, abstracta, coactiva es la primera determinación de la forma abstracta históricamente específica de dominación social intrínseca a las formas fundamentales de mediación social del capitalismo: la dominación de la gente por el tiempo, por una forma específica de temporalidad, tiempo abstracto newtoniano, que es constituido históricamente con la forma mercancía (Postone, 1993: 200-216).
Sería, sin embargo, unilateral considerar la temporalidad en el capitalismo solo en términos de tiempo newtoniano, esto es, como un tiempo homogéneo y vacío (Benjamin, 1977: 257-260, 260-265). Una vez que el capitalismo está totalmente desarrollado, genera constantes incrementos en la productividad. Esos incrementos, como hemos visto, no cambian la cantidad de valor producido por unidad de tiempo. Sin embargo, sí cambian la determinación de lo que cuenta como una unidad de tiempo dada. La unidad del tiempo (abstracto) permanece constante; la misma unidad de tiempo genera la misma cantidad de valor. Inclusive, cambios en la productividad impulsan esa unidad hacia delante, por así decirlo. Este movimiento es de tiempo. Por lo tanto, no puede ser aprehendido en el marco del tiempo newtoniano, sino que requiere de un marco superior de referencia dentro del cual se mueve el marco del tiempo newtoniano. Este movimiento del tiempo puede ser denominado tiempo histórico. La redeterminación de la unidad de tiempo abstracta, constante, redetermina la compulsión asociada con esa unidad. De esta forma, el movimiento del tiempo adquiere una dimensión necesaria. El tiempo histórico entonces, no representa aquí el opuesto del tiempo abstracto, mucho menos su negación (como lo habría dicho, por ejemplo, Lukács, 1971). Más aún, tiempo abstracto y tiempo histórico están dialécticamente interrelacionados. Ambos están constituidos históricamente con las formas de mercancía y capital como estructuras de dominación (Postone, 1993: 287-298).
En el marco de esta interpretación, entonces, el núcleo fundamental del capitalismo está caracterizado por una forma temporal de mediación social, históricamente específica, cuasiobjetiva, que está constituida por el trabajo, esto es, por formas determinadas de práctica social que se transforman en cuasiindependientes de las personas implicadas en esas prácticas. (Nótese que “práctica”, aquí, no es simplemente lo opuesto de “estructura”, sino que constituye a esta).
Tal como explicaré, Marx trata, sobre esta base, de fundar socialmente características básicas de la Modernidad, tales como su proceso de producción, su dinámica histórica global y su carácter básicamente contradictorio.
Hemos comenzado a ver que el resultado de esta forma de mediación es una forma de dominación social históricamente nueva que subordina a la gente a imperativos y restricciones impersonales, crecientemente racionalizados, estructurales, que no pueden ser adecuadamente comprendidos en términos de dominación de clase o, más generalmente, en términos de una dominación concreta de grupos sociales o de actores institucionales del Estado y/o de la economía. No tiene un locus determinado y, aunque constituido por determinadas formas de práctica social, no parece ser social en absoluto. Sugiero que el análisis de Marx sobre la dominación abstracta es un análisis más riguroso y definido de lo que Foucault intentó comprender con su noción de poder en el mundo moderno. Más aún, su análisis revela la unilateralidad de la noción de poder capilar en Foucault.[8] La forma de dominación que Marx analiza no solo es celular y espacial, sino también procesual y temporal. Es a la vez capilar y global.
Nótese que la peculiar dinámica rutinaria arriba esbozada está arraigada en una dimensión temporal del valor y no en el modo en el cual el patrón es generalizado, por ejemplo, a través de la competencia o administración del mercado. Es la primera determinación de una dinámica histórica muy compleja, no lineal que marca a la Modernidad capitalista. Por un lado, la dinámica está caracterizada por constantes transformaciones de la producción y, más generalmente, de la vida social. Por otro lado, esta dinámica histórica supone la constante reconstitución de su propia condición fundamental como una característica invariable de la vida social; es decir, el valor es reconstituido y, por lo tanto, la mediación social, en última instancia, sigue siendo efectuado por el trabajo y el trabajo vivo permanece integrado al proceso de producción (considerado en términos de la sociedad en su conjunto) independientemente del nivel de productividad. Esta dinámica histórica del capitalismo incesantemente genera lo que es “nuevo”, mientras que regenera lo que es “igual”.
La dinámica generada por la dialéctica de las temporalidades duales y de la forma mercancía está en el corazón de la categoría de capital, que Marx inicialmente introduce como un valor que se valoriza a sí mismo. 333
El capital, para Marx, es una categoría de movimiento; es valor en movimiento (Marx, 1976: 252-253). No tiene una forma fija y no tiene una encarnación material fija, sino que aparece en diferentes momentos de su recorrido en espiral en la forma de dinero y mercancías.[9] El capital, entonces, es un flujo abstracto detrás del ámbito fenoménico, un incesante proceso de autoexpansión del valor, un movimiento direccional sin un télos externo que genera ciclos de producción y consumo, creación y destrucción a gran escala.[10]
Significativamente, al introducir la categoría de capital, Marx la describe con el mismo lenguaje que Hegel usa en la Fenomenología con referencia a Geist, la sustancia que se mueve por sí misma y que es el sujeto de su propio proceso (Marx, 1976: 255-56). Al hacerlo, Marx sugiere que no existe realmente en el capitalismo un sujeto histórico en el sentido hegeliano; la noción de historia en Hegel, como un despliegue dialéctico de un sujeto, es válida, pero solo para la Modernidad capitalista. Más aún, y esto es crucialmente importante, Marx no identifica a ese sujeto con el proletariado o incluso con la humanidad. En cambio, lo identifica con el capital, una estructura dinámica de dominación abstracta que, pese a estar constituida por humanos, se torna independiente de sus voluntades y se desarrolla de acuerdo con una lógica determinada.[11]
La crítica madura de Marx a Hegel, entonces, ya no implica una inversión antropológica de la dialéctica idealista de este último. Es más bien, por así decirlo, la “justificación” materialista de esa dialéctica. Marx argumenta implícitamente que el “núcleo racional” de la dialéctica de Hegel es, precisamente, su carácter idealista. Es una expresión de un modo de dominación constituido por relaciones alienadas, esto es, relaciones que adquieren una existencia cuasiindependiente respecto de los individuos, ejercen una forma de coacción sobre ellos, y que, dado su peculiar carácter dual, son de carácter dialéctico.[12]
En su teoría madura, entonces, Marx no plantea un metasujeto histórico, como el proletariado, que se autorrealizará en una sociedad futura, sino que proporciona la base para una crítica de tal noción. Esto implica una posición muy diferente de la de teóricos como Lukács, para quien la totalidad social constituida por el trabajo brinda el punto de vista para la crítica del capitalismo que será realizada en el socialismo.[13] En El capital, la totalidad y el trabajo que la constituye se transformaron en objetos de crítica. El sujeto histórico es la alienada estructura de mediación social que está en el centro de la formación capitalista. Las contradicciones del capital apuntan a la abolición, no a la realización del sujeto.
En El capital, la dinámica dialéctica de valor y valor de uso, lógicamente implicada por el tratamiento de Marx sobre el tiempo de trabajo socialmente necesario, surge abiertamente cuando él comienza a elaborar sus conceptos de plusvalía y capital. Esto no puede ser adecuadamente comprendido si la categoría de plusvalía es entendida solamente como una categoría de explotación, como ha sido comúnmente el caso, y no también como un plus respecto de una forma temporal de riqueza.
La categoría de plusvalía ilumina analíticamente el proceso de producción. Marx distingue dos aspectos del proceso de producción capitalista: es a la vez, un proceso de producción de valores de uso (proceso de trabajo) y un proceso de generación de (plus)valía (proceso de valorización) (Marx, 1976: 283-305). Analizando este último, Marx distingue la producción de plusvalía absoluta (en la que los incrementos en la plusvalía son generados incrementando el tiempo de trabajo total y, por lo tanto, incrementando directamente la cantidad de tiempo de trabajo excedente) y plusvalía relativa (en la que los incrementos en la plusvalía son ocasionados por el incremento en la productividad, que indirectamente incrementa el tiempo de trabajo excedente, reduciendo el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de los trabajadores) (ibíd.: 320-426, 429-438).
Con la introducción de la categoría de plusvalía relativa, la lógica de las formas mercancía y capital, como está esbozada en los primeros capítulos de El capital, deviene en lógica histórica; una lógica que se caracteriza por la aceleración temporal. De acuerdo con el análisis de Marx sobre la plusvalía relativa, cuanto mayor es el nivel de productividad social general, tanto más debe incrementarse la productividad para generar un determinado incremento en la plusvalía (ibíd.: 658). En otras palabras, la expansión de plusvalía requerida por el capital tiende a generar incrementos acelerados en la productividad y, por lo tanto, en las masas de bienes producidos y el material consumido. Pero la creciente cantidad de riqueza material producida no representa, de acuerdo con ello, altos niveles de riqueza social en la forma de valor. Esto sugiere que un rasgo desconcertante del capitalismo moderno, (la ausencia de prosperidad general en medio de la abundancia material) no solo es una cuestión de distribución desigual, sino también una función de la forma valor de la riqueza en el núcleo del capitalismo.
La dialéctica temporal que he esbozado también sugiere que los niveles más altos de productividad socialmente generales no disminuyen proporcionalmente la necesidad de gasto de tiempo de trabajo a un nivel socialmente general (que sería el caso si la riqueza material fuera la forma dominante de riqueza). En cambio, esa necesidad es constantemente reconstituida. Consecuentemente, el trabajo permanece como el medio necesario de la reproducción individual, mientras el gasto de tiempo de trabajo permanece fundamental para el proceso de producción (a nivel de la sociedad en su conjunto). Esto deriva en aquella dinámica de transformación y reconstitución muy compleja, no lineal, histórica arriba esbozada; una dinámica que genera continuas transformaciones de la producción y, más generalmente, de la vida social, mientras reconstituye su propia condición fundamental como un rasgo invariable de la vida social: el hecho de que la mediación social, en última instancia, es realizada por el trabajo, y de que el trabajo vivo sigue siendo integral al proceso de producción considerado en términos de la sociedad en su conjunto, independientemente del nivel de productividad.
La comprensión de la compleja dinámica del capitalismo que he esbozado ayuda a esclarecer la inminente crisis dual contemporánea: la de la degradación ambiental y la del declive de la sociedad del trabajo. En relación con esto, permite un análisis social crítico (más que tecnológico) de la trayectoria de crecimiento y la estructura de producción en la sociedad moderna. En este marco, la dimensión temporal del valor funda un patrón determinado de “crecimiento” que da lugar a incrementos en riqueza material mayores que los de la plusvalía (que permanece como forma relevante del excedente en el capitalismo). Esto deriva en una demanda creciente de materias primas y energía, que contribuye centralmente a la destrucción acelerada del medio ambiente. En este marco, entonces, el problema del crecimiento económico en el capitalismo no solo es que está amenazado por la crisis, como ha sido enfatizado frecuente y correctamente por los enfoques del marxismo tradicional. En realidad, la forma del crecimiento mismo es problemática. La trayectoria del crecimiento sería diferente si la meta última de la producción fueran cantidades de bienes mayores, más que plusvalía. La distinción crítica entre riqueza material y valor, entonces, permite una crítica de las consecuencias ecológicas negativas de la producción capitalista moderna. En cuanto tal, señala más allá de la oposición entre el descontrolado crecimiento ecológicamente destructivo como condición de la riqueza social, y la austeridad como condición de una organización económicamente sana de la vida social.
Este enfoque también proporciona la base para un análisis social de la estructura del trabajo y la producción sociales en el capitalismo. No trata el proceso de producción en el capitalismo como un proceso técnico que es en sí y por sí mismo independiente del capital, pero que es usado por capitalistas privados para sus propios fines individuales. En lugar de ello, analiza la producción, tal como es moldeada por el capital, sobre la base del análisis que hace Marx sobre las cambiantes relaciones entre las dos dimensiones del proceso de producción capitalista: el proceso de trabajo y el proceso de valorización. A medida que el capitalismo se desarrolla, el proceso de valorización, de acuerdo con Marx, es inicialmente extrínseco al proceso de trabajo (lo que él llama la “subsunción formal del trabajo bajo el capital”; ibíd.: 645). En este punto, el capitalismo parece ser solo una cuestión de propiedad y control. Más tarde, sin embargo, el proceso de valorización comienza a moldear la naturaleza del proceso de trabajo mismo (la “subsunción real del trabajo bajo el capital”). Lejos de ser un proceso técnico que es capitalista solo porque es poseído por capitalistas, la producción industrial es analizada por Marx como intrínsecamente capitalista (ibíd.: 480-491, 492 y ss.; 645). Esto implica que la producción, en un orden social postcapitalista, no debería ser concebida como el mismo proceso que en el capitalismo pero bajo auspicios nuevos y diferentes. Más bien, debería implicar una estructura de producción diferente.
Es significativo, desde esta perspectiva, que, cuando Marx desarrolla la categoría de capital, cambie la relación de este con los productores inmediatos. Inicialmente, el capital no es más que una expresión alienada del trabajo colectivo de los trabajadores (ibíd.: 439-491). En cuanto tal, uno podría concebir aún los poderes sociales del capital como tan solo una expresión mistificada de poderes que “concretamente” son los de los trabajadores agrupados.
Este no es ya el caso una vez que se ha desarrollado la industria a gran escala, de acuerdo con Marx. Con la subsunción real del trabajo, la producción se vuelve crecientemente basada en la ciencia y la tecnología. El capital se vuelve cada vez menos la forma mistificada del poder que “concretamente” son las fuerzas de los trabajadores. Más bien, los poderes productivos sociales apropiados como capital ya no pueden ser comprendidos como los de los productores inmediatos; cada vez más son poderes productivos socialmente generales que son traídos a la existencia por el capital (ibíd.: 492-639, especialmente 548-549, 754). Esta acumulación de conocimiento socialmente general está constituida históricamente en una forma alienada de capital y, en consecuencia, a costa de los productores inmediatos. Tal análisis del capital contraviene la idea de que superar el capitalismo implica la autorrealización del proletariado. La tendencia del capital a continuos aumentos de productividad engendra un aparato productivo tecnológicamente sofisticado que hace que la producción de riqueza material se torne esencialmente independiente del dispendio de trabajo humano directo. La constitución y la acumulación de conocimiento socialmente general asociado con el despliegue del capital vuelve anacrónico el valor y, por ende, el trabajo proletario. Esto, a su vez, abre la posibilidad de una organización del trabajo a gran escala. Y sin embargo, como la dialéctica de valor y valor de uso reconstituye el valor y la necesidad del trabajo proletario, estas posibilidades no son realizadas en el capitalismo. El desarrollo de la producción tecnológicamente sofisticada no libera a la gente del trabajo fragmentado y repetitivo.
Este análisis se ve reforzado por el análisis marxiano de la acumulación (ibíd.: 762-802). Como hemos visto, la dinámica contradictoria del capital, como una dialéctica de transformación y reconstitución, tiene direccionalidad, aunque sea no lineal. Hemos visto que, para Marx, la tendencia continua del capital a la productividad creciente promueve el desarrollo de la ciencia y la tecnología y la incorporación de ambas a la producción. Esto vuelve crecientemente anacrónico el valor. Marx desarrolla este argumento posteriormente en su tratamiento de la acumulación, en el que muestra que la tendencia a la productividad creciente, propia del capitalismo, genera una tendencia secular a aumentar la proporción de capital constante, lo que expresa ciencia y tecnología objetivadas (es decir, la especie general conocimiento) relativas al capital variable (trabajo vivo). Una consecuencia a largo plazo de esta tendencia es la introducción de nuevos procesos de producción, generadores de más altos niveles de productividad que requieren cada vez menos trabajo. Esto deriva en una tendencia a la creación de una población trabajadora relativamente superflua, el así llamado ejército industrial de reserva del trabajo. Esto está relacionado con la tendencia del capital a generar una división social crecientemente desigual del tiempo entre aquellos que están sobrecargados de trabajo y aquellos que están subempleados o desempleados.
Este análisis tradicionalmente ha sido leído como una reseña de cómo el capitalismo ejerce una presión basada estructuralmente a la baja en los salarios. Tal análisis, ha sido tomado como una crítica a la incapacidad del capitalismo para proporcionar pleno empleo. Esta lectura, sin embargo, es incompleta. Pierde de vista un foco importante en la argumentación de Marx y, por ende, su relevancia para la crisis de hoy. El capítulo de Marx sobre la acumulación debería ser leído como la culminación de su argumentación según la cual la tendencia secular propia del impulso del capital al aumento creciente de la productividad da origen a un aparato productivo tecnológicamente sofisticado que vuelve la producción de riqueza material esencialmente independiente del valor; esto es, del gasto de tiempo de trabajo humano directo; mientras, al mismo tiempo, reconstituye el valor como el fundamento del sistema.[14] Esto abre la posibilidad para reducciones socialmente generales a gran escala en el tiempo de trabajo y para cambios fundamentales en la naturaleza y la organización social del trabajo; al mismo tiempo, inhibe la realización de esa posibilidad. Consecuentemente, aunque hay un creciente distanciamiento respecto del trabajo manual, el desarrollo de la producción tecnológicamente sofisticada no libera a la mayor parte de la gente del trabajo fragmentado y repetitivo. De manera similar, el tiempo de trabajo no está reducido a un nivel socialmente general, sino que es distribuido de manera desigual –e incluso crecientemente desigual– para muchos.
Por un lado, las capacidades de la especie constituidas históricamente bajo la forma del capital abren la posibilidad histórica de una forma futura de producción social que ya no esté basada en el gasto de trabajo humano directo en la producción; esto es, en el trabajo de una clase. Por otro lado, la necesidad del presente es reconstituida de manera constante. Sin embargo, esta necesidad se torna crecientemente anacrónica. La combinación de la continua reconstitución de la necesidad de trabajo creador de valor –es decir: trabajo proletario– y su carácter crecientemente anacrónico abre la posibilidad de una reducción general del tiempo de trabajo e incluso apunta más allá de sí misma, en dirección a la posibilidad histórica de abolir el trabajo proletario. Por otra parte, como resultado, en última instancia, de la continua reconstitución de las formas fundamentales del capital, esta posibilidad histórica aparece bajo la forma de una creciente superfluidad para una porción crecientemente amplia de poblaciones trabajadoras; del crecimiento de los permanentemente desempleados y los precarios –los subempleados–.[15] Este desarrollo va más allá de las expansiones periódicas del “ejército industrial de reserva”, con su consecuente presión a la baja de salarios, y pone en tela de juicio la demanda por pleno empleo (proletario). Más bien, expresa, en forma invertida, la creciente superfluidad de buena parte del trabajo proletario. La emergencia de la posibilidad de un futuro en que la producción de plusvalía ya no se base en el trabajo de una clase oprimida, es, al mismo tiempo, la emergencia de la posibilidad de un desastroso desarrollo en el que la creciente superfluidad del trabajo esté expresada como la creciente superfluidad de la gente.
Este enfoque, entonces, reconceptualiza la sociedad postcapitalista en términos de la superación del proletariado y del trabajo que este realiza; es decir, en términos de una transformación de la estructura general del trabajo y el tiempo. Difiere tanto de la noción marxista tradicional de la realización del proletariado como del modo capitalista de “abolir” las clases trabajadoras al crear una subclase dentro del marco de la distribución desigual del trabajo y el tiempo a nivel nacional y global. Al mismo tiempo, sugiere que la concreción de la posibilidad de la abolición del trabajo proletario no solo es deseable sino también una respuesta necesaria a una honda crisis estructural del capitalismo. La posibilidad de la liberación histórica, de la liberación de los seres humanos tanto de la historia como a través de la historia, emerge históricamente en una forma tal que la categoría de “humano” aparece como un problema para la humanidad. El capital, en consecuencia, genera la posibilidad de una sociedad futura bajo una forma crecientemente destructiva del medio ambiente y la población trabajadora. Como señaló Marx: “La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la  combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los
dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador” (Marx, 1976: 638) [Marx, 2008: I/2, 612 y s.].
 
IV
 
Como nota adicional, habría que señalar que, al fundamentar el carácter contradictorio de la Modernidad capitalista en las formas dualistas expresadas por las categorías de mercancía y capital, Marx deja implícito que la contradicción social basada estructuralmente es específica al capitalismo. La noción de que la realidad o las relaciones sociales en general son esencialmente contradictorias y dialécticas parece ser, a la luz de este análisis, una noción que solo puede ser asumida metafísicamente, y no explicada.
Una implicancia del análisis que acabamos de esbozar es que el capital no existe como una totalidad unitaria. La noción marxiana de la contradicción dialéctica entre las “fuerzas” y las “relaciones” de producción no hace referencia a una contradicción entre “relaciones” que son intrínsecamente capitalistas (esto es: el mercado y la propiedad privada) y “fuerzas que supuestamente son extrínsecas al capital (trabajo). Más bien, la contradicción es intrínseca al capital mismo, arraigada en última instancia en sus dos dimensiones. Como una totalidad contradictoria, el capital genera la compleja dinámica histórica que comencé a trazar; una dinámica que apunta a la posibilidad de su propia superación. La fuente de lo “no idéntico” no está fuera del capital, sino que es inmanente a él.
Nótese que la idea de otra forma de vida social posible, más allá del capitalismo, es inmanente a la propia Modernidad capitalista. No se deriva del contacto cultural ni del estudio etnográfico de formas fundamentalmente diferentes de vida social; ni se basa en la experiencia de un orden social previo, con su propia economía moral, que está siendo destrozado por el capitalismo, aunque esa experiencia ciertamente haya generado oposición. La oposición al capitalismo, sin embargo, no apunta necesariamente más allá de él. Puede ser, y ha sido con frecuencia, subsumida por el capital mismo, o ha sido barrida como inadecuada a las exigencias del contexto histórico más amplio. El análisis de Marx está orientado menos hacia la emergencia de “resistencia” (que es política e históricamente indeterminada) que hacia la posibilidad de transformación. Expresa la emergencia de una forma de vida que, como un resultado de la dinámica del capitalismo, está constituida como una posibilidad histórica y, sin embargo, se ve impedida de ser realizada por esa misma dinámica. El hiato entre lo que es y lo que podría ser, tal como ha sido esbozado por Marx, sobre la base de su análisis categorial, permite una posibilidad futura; una posibilidad que, de manera creciente, se ha vuelto históricamente real. Este hiato constituye la base para una crítica histórica de lo existente. Revela el carácter históricamente específico de las formas sociales fundamentales de capitalismo, no solo con referencia al pasado[16] o a una organización social presuntamente “natural”, sino también con referencia a un futuro posible.
La contradicción que permite otra forma de vida social, entonces, permite la posibilidad de imaginar otro orden social; uno basado en el presente y que, al mismo tiempo, lo supera. Es decir, permite una teoría crítica fundamental de la Modernidad capitalista. Al captar el presente como una dinámica contradictoria, la teoría se torna autorreflexiva. Funda su propia condición de posibilidad por medio de las mismas categorías con las que capta su objeto. Las condiciones de la crítica y las de la transformación están relacionadas entre sí. Una teoría semejante exige implícitamente, a todas las tentativas de teoría crítica, que sean capaces de dar cuenta de su propia posibilidad histórica.
De acuerdo con la interpretación que he esbozado, pues, la teoría de Marx se extiende mucho más allá de la crítica tradicional de las relaciones burguesas de distribución (el mercado y la propiedad privada). No es solo una crítica de la explotación y la distribución desigual de la riqueza y el poder. Más bien, capta la sociedad burguesa moderna en sí misma como capitalista y analiza críticamente el capitalismo, primariamente, en términos de estructuras abstractas de dominación, de creciente fragmentación del trabajo individual y de la existencia individual y de una lógica de desarrollo ciega y desenfrenada. Trata a la clase trabajadora como a un elemento básico del capitalismo más que como la encarnación de su negación, e implícitamente conceptualiza al socialismo en términos de la posible abolición del proletariado y de la organización de la producción basada en el trabajo proletario, así como la abolición del sistema dinámico de compulsiones abstractas constituido por el trabajo como una actividad socialmente mediadora.
Al desplazar el foco de la crítica respecto de una ocupación exclusiva con el mercado y la actividad privada, este enfoque podría proporcionar la base para una teoría crítica de los países del así llamado “socialismo real” como formas alternativas (y frustradas) de acumulación del capital, más que como modos sociales que representaron la negación histórica del capital, aunque bajo una forma imperfecta.
No he desarrollado aquí la noción de que las categorías deberían ser interpretadas, no solo como económicas sino, en términos de Marx, como “Daseinsformen, Existenzbestimmungen”, lo que indica que también deben ser comprendidas como categorías culturales que encierran determinadas visiones del mundo y conceptos de personalidad, por ejemplo. Sin embargo, me gustaría sugerir que, al relacionar la superación del capital con la superación del trabajo proletario, esta interpretación podría comenzar con una aproximación a la emergencia histórica de autocomprensiones y subjetividades postproletarias. Abre las posibilidades para una teoría que pueda reflexionar históricamente sobre los nuevos movimientos sociales de las décadas recientes y sobre los tipos de visiones del mundo históricamente constituidas que ellos encarnan y expresan. Podría también ser capaz de abordar el surgimiento global de formas de “fundamentalismo” como formas populistas, fetichizadas de oposición a los efectos diferenciales del capitalismo global neoliberal.
 
V
 
Se ha hecho evidente, en una consideración retrospectiva, que la configuración social/política/económica/cultural de la hegemonía del capital ha variado históricamente desde el mercantilismo, pasando por el capitalismo liberal decimonónico y el capitalismo fordista estadocéntrico del siglo XX, hasta llegar al capitalismo global neoliberal contemporáneo. Cada configuración ha suscitado una cantidad de críticas penetrantes de la explotación y del crecimiento desigual, no equitativo, por ejemplo; o de los modos tecnocráticos, burocráticos de dominación.
Cada una de esas críticas, sin embargo, es incompleta. Como ahora vemos, el capitalismo no puede ser identificado totalmente con ninguna de sus configuraciones históricas.
He tratado de diferenciar enfoques que, aunque sofisticados, en última instancia son críticas de una configuración histórica del capital y un enfoque que permita comprender el capital como el núcleo de la formación social, separable de sus diversas configuraciones superficiales.
La distinción entre el capital, como el núcleo de la formación social y las configuraciones históricamente específicas del capitalismo se ha tornado crecientemente importante. La fusión de ambas cosas ha derivado en significativas confusiones. Recordemos la afirmación de Marx de que la revolución social venidera debe extraer su poesía del futuro, a diferencia de las revoluciones del pasado, que, enfocadas en el pasado, no reconocían su propio contexto histórico. Bajo esta luz, el marxismo tradicional se apoyó en un futuro que no captaba. En lugar de apuntar a la superación del capitalismo, implicó una confusión que, al concentrarse en la propiedad privada y el mercado, fusionaba al capital con su configuración decimonónica. Consecuentemente, afirmaba implícitamente la nueva configuración estadocéntrica que emergió de la crisis del capitalismo liberal.
La afirmación involuntaria de una nueva configuración del capitalismo puede ser vista más recientemente en el giro antihegeliano en dirección a Nietzsche de buena parte del pensamiento postestructuralista desde comienzos de la década de 1970. Puede decirse que ese pensamiento se apoyó en un futuro que no captaba adecuadamente. Al rechazar el tipo de orden estadocéntrico que el marxismo tradicional implícitamente afirmaba, lo hizo de un modo tal que fue incapaz de captar críticamente el orden global neoliberal que sucedió al capitalismo estadocéntrico, en el Este y el Oeste.
Las transformaciones históricas del siglo pasado, entonces, no solo revelaron las debilidades de buena parte del marxismo tradicional, así como de varias formas de postmarxismo crítico, sino que también sugieren la significación central de una crítica del capitalismo para una teoría crítica adecuada en el día de hoy. Lo que torna particularmente difícil este proyecto tanto en el plano teórico como en el político es que la crítica del capitalismo hoy es la crítica del núcleo de una formación social que no es estable, sino que genera una dinámica peculiar de identidad y no identidad; que apunta más allá de sí misma al mismo tiempo que se reafirma a sí misma. Las categorías se descentran a sí mismas, como si dijéramos, a la vez que retienen su identidad.
Estoy sugiriendo, pues, que la tendencia secular del trabajo productor de valor, que apunta hacia los límites de valor mientras al mismo tiempo reconstituye la necesidad del valor, está en la base de la actual crisis del trabajo. Estoy sugiriendo también –y esto requeriría un gran volumen de trabajo sobre la forma de financialización que surgió en las vísperas de la crisis de la configuración keynesiano-fordista a comienzos de la década de 1970– que la crisis actual del trabajo está relacionada intrínsecamente con la forma y la crisis presentes de la financialización, y que este nexo puede ser iluminado sobre la base de la teoría marxiana del valor mejor que sobre la base de categorías cosificadas de “producción” y “circulación”. El nexo sugiere que la actual crisis es mucho más profunda e internacional que los tipos de los ciclos de financialización anteriores, más nacionales, que Giovanni Arrighi esbozó en el Largo Siglo Veinte (1994).
Si la crisis actual es una expresión de la tendencia secular de la acumulación del capital, esto podría ayudar a clarificar por qué el difundido deseo que muchos tienen de regresar al fordismo socialdemócrata de las décadas de postguerra es, en términos históricos, una propuesta fracasada; y por qué el neoliberalismo parece mantenerse hegemónico sin tener en cuenta la sombra de la Gran Recesión.
En resumen: al intentar repensar la concepción marxiana del capital como el núcleo esencial de la formación social, traté de contribuir a la reconstitución de una robusta crítica del capitalismo de hoy que –liberada de las cadenas conceptuales de aquellos enfoques que identifican el capitalismo con una de sus configuraciones históricas, así como de aquellos que suponen, prematuramente, que una ocupación con el capitalismo ya no posee importancia central para la teoría crítica– podría ser potencialmente adecuada para nuestro universo social.[17]
 
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· “The Task of Critical Theory today: Rethinking the Critique of Capitalism and its Futures”. Artículo enviado por el autor para su traducción y publicación en este número de Herramienta. Trad. de María Olga Martedí. Revisión *técnica de María Belén Castano.
·· Profesor de Historia en la Universidad de Chicago, donde integra el Comité de Estudios Judíos. Codirector del Chicago Center for Contemporary Theory. Entre sus libros más importantes se encuentran Marx est-il devenu muet: Face à la mondialisation? (París: les éditions de l'Aube, 2003), Deutschland, die Linke und der Holocaust – Politische Interventionen (Friburgo: Ça Ira, 2005), Marx recargado. Repensar la teoría crítica desde el capitalismo (Madrid: Traficantes de sueños, 2007), History and Heteronomy: Critical Essays (Tokio: The University of Tokyo Center for Philosophy, 2009), Critique du fétiche-capital: Le capitalisme, l’antisemitisme et la gauche (París: PUF, 2013), Antisemitismo e nacionalsocialismo (Trieste: Asterios Editore, 2014).
[1] Un ejemplo de tal abordaje es la noción de que el socialismo supone realizar los ideales de la Ilustración (cf. Chibber, 2013; Wood, 2000, 2012).
[2] Esto incluiría al estructuralismo y a la teoría crítica –las dos líneas dominantes en las interpretaciones más recientes de Marx–, que intentan ir más allá del paradigma tradicional. Aunque Althusser, por ejemplo, formuló una crítica sofisticada del “idealismo del trabajo” y trató las relaciones sociales como estructuras que son irreductibles a la intersubjetividad antropológica, su énfasis sobre la cuestión de la plusvalía en términos de explotación, así como sobre la dimensión física “material” de la producción, está relacionada con lo que en última instancia es una concepción tradicional del capitalismo (Althusser / Balibar, 1970: 145-154; 165-182). Lukács y algunos miembros de la Escuela de Frankfurt desarrollaron una teoría rica y sofisticada de las formas sociales de subjetividad como intrínsecas a las de la objetividad social, rompiendo por ello con la concepción “base-superestructura” tan difundida en el marxismo. Sobre todo, buscando responder teóricamente a las transformaciones históricas del capitalismo desde una forma centrada en el mercado a una forma burocrática, estatista, implícitamente reconocieron las inadecuaciones de una teoría crítica de la Modernidad que definiera al capitalismo únicamente en términos decimonónicos; es decir, en términos del mercado y la propiedad privada de los medios de producción. De todos modos, como he desarrollado en otro lugar, ellos permanecieron apegados a algunos de los presupuestos de esa misma clase de teoría, aun cuando buscaban ir más allá de ella (Postone, 1993: 71-120).
[3] La traducción al castellano traduce la expresión como “dependencia material”. Para todas las citas de Marx, colocamos entre paréntesis las referencias a la edición en inglés empleada por el autor y, a continuación, las de las ediciones en castellano. No incluimos las referencias cuando el autor no cita un pasaje, sino que remite a una sección general o a una serie de páginas (nota de la trad.).
[4] Ver, por ejemplo, Cohen (1988: 209-238), Dobb (1940: 70-78), Elster (1985: 127), Meeks (1973), Roemer (1981: 158 y s.), Steedman (1981: 11-19) y Sweezy (1968 [1942]: 52 y s.).
[5] Habría que notar que, en términos más generales, Marx intentó fundar proyecciones transhistóricas de formas sociales específicas al capitalismo –incluso por pensadores tales como Adam Smith y Hegel– con referencia a las peculiaridades de aquellas formas antes que simplemente como la obstinada imposición de valores e instituciones “europeas” sobre el resto del mundo. (Esta última posición tiende a ignorar el grado en que el capitalismo transformó fundamentalmente a Europa, tanto subjetiva como objetivamente, y formó hondamente tanto el expansionismo europeo como las respuestas a él).
[6] Esta concepción de las categorías sugiere una poderosa aproximación a la cultura y la sociedad, elaborada de variadas formas por György Lukács, Alfred Sohn-Rethel y Theodor Adorno, que es diferente del modelo base/superestructura.
[7] Marx (1976: 163-177). Es el caso que, al comienzo del primer capítulo de El capital, Marx presenta el “trabajo abstracto” como transhistórico, como trabajo en general, como el dispendio de cerebro, músculos, nervios, etcétera (ibíd..: 133 y s.). Sin embargo, más adelante en el capítulo, en la sección sobre el fetichismo de la mercancía, Marx escribe que, una vez que el intercambio se torna generalizado (es decir, en el capitalismo):
 
los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble carácter social. Por una parte, en cuanto trabajos útiles determinados, tienen qe satisfacer una necesidad social determinada […]De otra parte, sólo satisfacen las variadas necesidades de sus propios productores, en la medida en que todo trabajo privado particular […] es pasible de intercambio por otra clase de trabajo privado útil […] El cerebro de los productores privados refleja ese doble carácter social de sus trabajos privados solamente en las formas que se manifiestan en el movimiento práctico, en el intercambio de productos (ibíd..: 166) [Marx, 2008: I/1, 132].
 
Esta reseña explícita hacia el final del capítulo, más la lógica de la argumentación de Marx, ponen en claro que su descripción transhistórica inmanente a su objeto; expresa que el trabajo, funcionando como una actividad socialmente mediadora históricamente específica, aparece simplemente como el gasto de trabajo. Como resultado de esto, lo que es exclusivo de la sociedad capitalista aparece como transhistórico, como gasto fisiológico. De este modo, Marx busca dar cuenta de la categoría de trabajo en la economía política clásica, relacionándola con concepciones cotidianas que son ellas mismas modeladas por las formas de aparición de las formas sociales que caracterizan exclusivamente al capitalismo. Infelizmente, la mayoría de los discursos marxistas –así como la mayoría de las críticas de esos discursos– permanecen en el nivel de las formas de apariciones en la presentación de Marx, adoptando por ende la concepción de la economía política clásica. Toman como transhistórica y afirmativa una categoría que, para Marx, es históricamente específica y crítica. No hace falta decir que el análisis implícito continuo de las formas de conciencia en El capital, como un rasgo de su crítica inmanente, ha sido ampliamente pasado por alto.
[8] Por ejemplo, cf. Foucault (1995 [1975]).
[9] Esto ilumina retrospectivamente el análisis que hace Marx en los primeros dos capítulos de El capital acerca del carácter doble de la mercancía y su externalización bajo la forma de dinero y mercancías.
[10] Este dinamismo ciego, sugiero, puede ser comprendido como aquello que proporciona el profundo marco socio/histórico dentro del cual podría emerger la noción de una fuerza vital ciega y subyacente, tan difundida a finales del siglo XIX y comienzos del XX.
[11] Nótese la diferencia fundamental entre este análisis y el supuesto estructuralista de que la lógica social es sincrónica y la historia (caracterizada como “diacronía”) es contingente. Aquí, la única lógica socialmente constituida es la lógica históricamente específica de una dinámica histórica: una forma de heteronomía.
[12] Al argumentar de ese modo, Marx implícitamente busca trascender la oposición entre materialismo e idealismo. Lo hace desplazándose más allá del fisicalismo y la antropología filosófica del materialismo anterior y reconfigurando al materialismo como una teoría de una forma históricamente específica, abstracta de mediación social que solo aparece bajo forma cosificada.
[13] Cf. Lukács (1971); también Horkheimer (2002).
[14] Esta tendencia no es necesariamente lineal. Ha habido en la historia importantes tendencias que contrarrestaban a aquella, tales como la masiva emigración europea en los siglos XIX y XX, así como el desarrollo del automóvil y de industrias de consumo durables que absorbían un gran volumen de trabajo. Este no ha sido el caso, sin embargo, con la “revolución microelectrónica” subsiguiente, que ha absorbido menos trabajo que la forma precedente de producción industrial. Retrospectivamente, parece que el mayor empleo industrial de comienzos y mediados del siglo XX fue una excepción histórica. Pensadores asociados con la revista alemana Krisis y Exit defendieron también este argumento. Para un buen resumen de sus argumentos, cf. los ensayos de Robert Kurz, Norbert Trenkle, Rosswitha Scholz, Ernst Lohoff y Claus Peter Ortlieb, en Lasen/Nilgas/Robinson/Brown (2014) (cf. también Benanav / Endnotes, 2010). Ellos también proponen que el argumento de Marx capta la tendencia secular del capital y que el relativo estancamiento de la productividad y los salarios desde comienzos de la década de 1970 puede ser entendido como una expresión de aquella tendencia.
[15] Esto está convirtiéndose en un fenómeno global reforzado por el movimiento masivo de las poblaciones, en el Sur Global, desde el campo a ciudades atestadas en una situación en que la industria ya no puede absorberlas.
[16] Cf., por ejemplo, Polanyi (1957 [1944]).
[17] El autor agradece a Fabián Arzuaga por sus valiosas devoluciones críticas.