Das Kapital errante (breves y modestos apuntes)·

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Edgardo Logiudice
Abogado y ex-docente de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires y coautor –junto a Leandro Ferreyra y Mabel Thwaytes Rey– de Gramsci Mirando al Sur (1994). Integró el Colectivo editorial de Doxa. Es autor de numerosos artículos y ensayos en publicaciones de Francia, Italia y nuestro país, referidos a las problemáticas de la pobreza, la propiedad, el Estado, la representación y la crítica a la ideología. Autor de Agamben y el Estado de Excepción (Buenos Aires: Herramienta, 2007). Integra el Consejo de Redacción de Herramienta.
 
 
I
 
Das Kapital. A ciento cincuenta años de su primera edición, sigue vagando; y su objeto, transformado, dominando.
Pero escribo errante, que viene de errar: de errar el rumbo.
¿Ha sido el autor, o fueron sus seguidores los que erraron el norte? Colijo que ambos.
Entre los últimos, quienes no lo leyeron y se dijeron marxistas. Y entre quienes sí lo hicieron, los que lo leyeron tal como Marx lo escribió, que no fue como lo pensara antes de escribirlo para la publicación. Marx escribió buscando la forma de que lo entendieran: los obreros de la gran industria, aunque no eran muchos cuando ésta recién nacía.
Meditó mucho sobre cómo hacerlo. Constan sus dudas, que han sido estudiadas. Y mucho se escribió sobre cómo hay que leerlo. Es una historia que muchos conocemos, así como la historia de las publicaciones que siguieron, dando continuidad al primer tomo (o libro I) que este año conmemoramos.
Si digo que Marx erró en el rumbo es, simplemente, porque no era un profeta. Jacques Bidet escribió hace unos años que, muchas veces, pudo más el hombre revolucionario que el estudioso. Aunque su estudio resulte imprescindible. 
La palabra clave parece ser la de mercancía y, entre ellas, una en especial, la que genera la plusvalía. Clave para un marxista. Y todos aceptamos entonces que hay un mercado, lugar en el que se compra y se vende, también, la capacidad laboral, reducida a fuerza de trabajo. Cosa que parece constatarse cotidianamente.
La cuenta es fácil, si aceptamos algunos presupuestos. Y aunque ya no sea necesario decir que lo único que tiene el obrero para vender es su fuerza de trabajo. Pero Marx pensó que era mejor decirlo así, para que lo entendieran. Y así se repitió.
Plusvalía, como diferencia de precio entre el coste de los medios de subsistencia de la capacidad laboral y el valor de lo producido por ella. Era la lógica mercantil que todos conocían, en un mundo de mercancías a las que se atribuían virtudes que no tenían. Y Marx comenzó entonces por allí. El problema fue que así se fue repitiendo. Aunque una cosa es el método de exposición, y otra lo que se explica.
El salario (y hoy que está desapareciendo, jurídica y literalmente, se hace más evidente lo que a seguir digo) sólo en la superficie es el precio de la fuerza de trabajo. Es un en realidad un voucher para elegir quien va a comer, calzarse, vestirse, etcétera, y quien no: según convenga. Se llame salario o como sea. Es un anticipo que se devuelve con trabajo. Y no lo digo yo, lo escribió Marx, antes de que se publicara el único tomo que él alcanzó a redactar para la imprenta.
 
¿Qué es el salario? Al parecer, el capitalista les compra a los obreros su trabajo con dinero. Ellos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. (Trabajo asalariado y capital, año 1849).
En la pequeña circulación [del capital variable o fondo de salarios] el capital adelanta el salario al obrero. (Grundrisse, años 1857/58).
 
Fue Henry Ford el que dio la pista: el salario representa bienes, pero los bienes no necesariamente representan salarios. Y Ford adelantó bienes, transformándolos en condiciones de vida, como los demás bienes de subsistencia. El automóvil, que adelantaba para pagar en cuotas, podía ser uno, en un país de largas distancias. Y con ello resolvió varios problemas.
Entregando el automóvil anticipaba el salario en bienes (su contenido material, su valor de uso). Creaba al mismo tiempo consumo y consumidor. Realizaba anticipadamente la plusvalía que, contabilizada, aumentaba su capital. Con ello, aumentaba el valor de sus acciones, fundado en la plusvalía futura o expectativa de plusvalía. Origen de la especulación financiera. Se garantizaba el trabajo futuro de sus obreros. El trabajo forzado. Generaba la idea del obrero propietario privado: ahora, si podía y quería, ya tenía algo más para vender que su fuerza de trabajo. Si bien, en realidad, era el propietario de una deuda, vale decir, de nada más que la obligación de pagarla. Generaba el obrero-propietario-deudor.
Seguía manteniendo en la superficie la forma mercantil, de compraventa, tanto para el salario como para las “compras” de (ahora) un nuevo medio de subsistencia o condición de vida, sólo que con “pago diferido”.
La riqueza, generada por la aplicación de la capacidad laboral, seguía apareciendo –como había dicho Marx– como un mundo de mercancías. El salario también es parte de ese mundo, aun en el llamado socialismo real (que, entre otras cosas, por eso no llegó a serlo).
Y, fundamentalmente, los obreros organizaron sus luchas en torno al aumento del precio de su trabajo.
 
II
 
Pero aún seguía inédito el célebre (aunque aún hoy siga sin serlo para muchos marxistas) “Capítulo VI”, llamado más precisamente El Capital. Libro I. Capítulo VI (inédito)[1], según parece escrito entre 1863 y 1868. De allí (pág. 35) transcribo:   
 
La premisa es que el obrero trabaja como no-propietario y que las condiciones de su trabajo se le enfrentan como propiedad ajena. Que el capitalista n° I sea poseedor del dinero y le compre al capitalista n° II, poseedor de los medios de producción, esos mismos medios, mientras que el obrero con el dinero recibido del capitalista n° I compra medios de subsistencia al capitalista n° III, no altera absolutamente en nada el hecho de que los capitalistas n° I, II y III son en su conjunto los poseedores exclusivos del dinero, los medios de producción y los medios de subsistencia. (Marx, obra antes indicada, pág. 35).
 
La razón, entonces, por la que no hay compraventa material, sino ideológica, es que la compraventa no es más que la circulación del capital variable del capitalista en su conjunto, como clase. Lo que circula –decía Marx– no son mercancías, sino títulos de propiedad. Y los de los bienes de consumo, títulos de propiedad cuyo destino es agotarse inmediatamente al consumirse, reproduciendo la capacidad laboral.
La forma en que el capital transforma su dinero en la mercancía capacidad laboral (creadora de riqueza) para que, una vez aplicada como fuerza de trabajo (no sólo energética, sino de conocimientos y habilidades) produzca una nueva mercancía que, una vez vendida, vuelve en forma de dinero a su poseedor, con el plus que le incorporó el trabajador. Y queda listo para ser acumulado nuevamente y seguir reproduciendo la clase de los obreros, consumidores y también deudores, que creen tener pequeños títulos de propietarios privados, porque jurídicamente los pueden vender (si los pagan, trabajando).
Si esto es así no debería llamar la atención que Marx dedicara poco y nada de sus reflexiones hacia el consumo de subsistencia. En última instancia era, para la clase dueña de ellos, un insumo más para la producción y reproducción laboral, un producto como el carbón, que había que echar en la caldera. La compra de ese consumo caía fuera (se lo anticipaba ya en La Ideología Alemana) del ciclo de la producción en general, no siendo en última instancia, para la clase capitalista, más que un mal necesario.   
En todo El Capital Marx le dedica poco espacio al consumo[2]. El objetivo de su estudio era el funcionamiento del capitalismo industrial y, para el mismo, el consumo quedaba sólo como el fin ideal (ideológico) que le otorgaba la economía política clásica, de satisfacer las necesidades de la sociedad. Aunque en realidad, para el capitalista, el consumo que interesa es el consumo productivo, es decir el consumo de la fuerza de trabajo. El consumo de subsistencia queda fuera del ciclo de producción, aún más, el consumo agota lo producido, consumiéndolo. A lo sumo (lo que según vemos, hoy, no es poco) es un medio para reiniciar la demanda de un nuevo ciclo. Esto es lo que había enunciado ya Marx en la Introducción del 57. Por eso a Marx el consumo le interesa, fundamentalmente, en su existencia como capital variable.
Por allí vagaba Das Kapital pero no, como vimos, Henry Ford ni los capitalistas. Y aquello que ya Marx señalara como creación del consumo de subsistencia y del consumidor, se comenzó a transformar en una nueva forma de apropiación del trabajo ajeno. Del trabajo ajeno futuro.
No se trata ya del trabajo pasado contenido en un producto acabado que, una vez vendido, se convierte en capital en manos de la clase capitalista conteniendo el plus que le agregó el trabajador. Como ya vimos, con la “venta a crédito” hay una apropiación de trabajo futuro que contiene un plus futuro, al menos potencialmente. Sin embargo, aunque ni el trabajo esté aún realizado ni, por consiguiente, su producto vendido, al capitalizarse y transformarse en un bien incorpóreo, intangible, si los títulos que lo representan se venden, en la expectativa de ganancia el capitalista ya tiene en su bolsillo la plusvalía realizada. Por consiguiente, la misma puede reinvertirse como capital variable en un nuevo proceso: puede convertirla en nuevos medios de subsistencia. De esta manea el consumo es una nueva forma de apropiación del trabajo ajeno que aumenta el proceso de acumulación.
El asunto es que no aparece de esta forma, sino invertida: el obrero deudor aparece como propietario. Creo que este es el papel económico del consumismo, al que contribuyó como nunca pudiera imaginarlo Marx la publicidad para el consumo. Al punto de convertirse en una ideología casi (o sin casi) religiosa, tal que el objetivo del branding es la de obtener fidelidad a la marca (que también es un intangible que se cotiza en bolsa).
Sobre la base de este activo incorpóreo y otros también intangibles, como los proyectos de desarrollo –una vez incorporada y cada vez más la inteligencia como el factor más importante de la capacidad laboral– es que se autonomizan las construcciones financieras.
 
III
 
No me referiré acá a la cuestión denominada financiarización, asunto por demás tratado abundantemente después de la crisis del 2007/08 por numerosos marxistas, muchos de los cuales han tomado como punto de referencia la cuestión del capital ficticio en Marx.
Sólo señalaré que, después de la inconvertibilidad de la moneda en oro, la vía quedó libre para la creación del dinero fiduciario. 
Y fue así que en las décadas del 70 y 80 coincidieron en el tiempo las primeras aplicaciones de la robotización, el inicio de las nuevas políticas llamadas neoliberales y la popularización de las TIC.
Todo lo cual contribuyó a desarrollar y consolidar la hegemonía del capital financiero.
De todas estas cosas podemos hallar grandes intuiciones de Marx, particularmente–insisto– en escritos anteriores a la publicación que conmemoramos. Frente a la cual los movimientos y el proceso del capital parecen erráticos. O al revés, según quiera atenerse uno a la severidad de los textos o a las vicisitudes históricas. Una de esas más que intuiciones, es la definición de la posición del capitalista industrial frente al financiero (o, en su época, el préstamo a interés), en donde Marx expresa que “es la misma que la del obrero frente al capitalista industrial”.    
Con formas (y políticas) apoyadas en estos procesos, lo que no es errante es el proceso de concentración del capital, del cual las Cadenas de Valor Global son la expresión más acabada: concentración a nivel del planeta. Vertical, horizontal y multidireccional.
Como les gusta decir: “desde la semilla hasta la góndola”. En su interior se halla casi todo, hasta la educación y la salud. Yahora, como refugio de la sobreabundancia de capital fiduciario, todos los recursos naturales, hasta más allá del planeta.
Y aquí es dónde se muestra valedera la afirmación, no sólo de que el salario no es más que una apariencia, como ya vimos, sino de que muchos no asalariados no son más que obreros del capital financiero. Encubiertos y asumidos con diversas vestimentas, desde franquiciados a prosumidores, con diversos roles ideológicos y distintas ideologías de la propiedad privada, no más que una multitud de deudores y de poquísimos acreedores.
La subsunción real al capital financiero (a la nueva forma de propiedad que asimila, absorbe, a la misma forma de propiedad capitalista industrial) es tal que, aunque un Pyme se conduzca ideológicamente como un “propietario industrial” (así como también lo hace hoy un chacarero), su inserción obligada (vertical y horizontalmente, para arriba o para abajo) como proveedor o como cliente, lo hace dependiente de las Cadenas de Valor Global. 
Estas últimas son la expresión y materialización del proceso señalado por Marx de concentración del capital. Proceso del que ya se ha escrito lo suficiente, concentración y centralización generadoras de una nueva forma política que destruye la clásica forma estatal. Para dar origen a una especie de absolutismo del capital.
Los mecanismos de concentración son las absorciones, fusiones y otros arbitrios por demás conocidos hoy. Así todos, sin más reglas que la auto-regulación.
No era éste el capitalismo de Das Kapital. Por más que Marx haya intuido el general intellect, que constituye hoy las nuevas tecnologías.
 
IV
  
Nada de lo dicho es muy original. Las luchas de clases siguen existiendo. Razón quizá de que Das Kapital siga vagabundeando, o merodeando. Sin embargo, la misma pobreza –de la que Marx decía que era un presupuesto del capitalismo, presupuesto lógico e histórico en la acumulación originaria– hoy es el resultado de ese mismo general intellect bajo la lógica del dinero que produce dinero llamada rentabilidad (única ley en el estado de excepción en que vivimos).
La expulsión del sistema de grandes contingentes humanos hasta del propio conocimiento, tal vez precisamente por ello, ha generado un nuevo tipo de pobre que ni siquiera está destinado a trabajar. El pobre que ya no poseerá el voucher de la subsistencia, al que vemos ya errar por todo el mundo, como los mendicantes, pero sin buena nueva que dar a conocer.
La desigualdad que presupone la pobreza es de tal magnitud que apenas sirve como amenaza para los que aún siguen alimentados por el sistema. Lo peor quizá es que la deshumanización es tan franca, abierta y naturalizada, que la ideología reinante no sólo es el narcisismo solipsista, sino la aceptación de la liquidación de los sobrantes, el descarte de lo inservible. No fue esta la filosofía sobre la que comenzó a navegar Das Kapital. A pesar de todo lo cual, sigue errando. O merodeando.
 
Mayo de 2017
 
 
 


· Artículo enviado por el autor para su publicación en este número de Herramienta.
 
[1] Buenos Aires, 1971, Siglo XXI.
 

[2] Valgan como muestra las siguientes citas que corresponden al Tomo II de El Capital: “[…] para el capitalista tanto la producción como el consumo del obrero no son más que un eslabón inevitable, el mal necesario, para poder hacer dinero”; “[…] la clase capitalista necesita de la existencia constante de la clase obrera y, también, por consiguiente, del consumo del obrero […]”. El ideal del capitalista sería hacer dinero sin tener que producir, pero, al menos para el capitalista industrial, ello es imposible por definición y, para producir, se necesitan obreros que, además, deben alimentarse para renovar su fuerza de trabajo. Siendo esto así, parte de su capital debe representar los medios de sustento de los obreros y estar dispuesta para ello. Para el capitalista los medios de sustento de la fuerza de trabajo son “la forma natural de su capital variable”.