Una conmoción en los parámetros económicos mundiales y en las confrontaciones políticas y sociales.

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Autor(es): Chesnais, François

 

Hasta mediados de enero, Dominique Strauss-Kahn continúa sosteniendo que la crisis económica que sacude a Asia no afectará a Francia sino de manera marginal, de modo tal que el crecimiento francés seguirá siendo igual o superior al 3% y los parámetros presupuestarios no cambiarán. Se debe entonces mantener la dirección hacia el pasaje a la moneda única este año y hacia la aplicación de los criterios del tratado de Amsterdam. Strauss-Kahn evidentemente no cree ni una palabra de lo que dice. Quería lograr un milagro: no "asustar" al pequeño portador de valores financieros que confió en el Palais Brogniart, así como otros en otros tiempos no querían "asustar a Billancourt". Su posición es compartida por todos aquellos que, en el seno de los partidos de la izquierda “amplia” (plurielle) y de las direcciones sindicales, han decidido que el capitalismo es su “horizonte insuperable”. Hecha esta elección, no les queda más que pasar a ser portavoces de “la adaptación necesaria” a la mundialización neoliberal, nueva fórmula de la dominación del capital financiero.

¿Pero cuál es la hipótesis, posible sino probable, para la que deben prepararse en el próximo período la clase obrera y el movimiento social? Es la de una gran crisis económica que asolará los mercados financieros de los países capitalistas centrales, que conducirá a la caída de la producción (ya lenta) y al retroceso del comercio mundial y que hará explotar la tasa de desocupación en todas partes. ¿Por qué? Porque en el mes de junio de 1997 se ha asistido, a partir de un punto inicial insignificante (Thailandia), a un proceso casi químicamente puro de propagación internacional de la crisis. Alcanzando Corea y amenazando directamente a Hong Kong y China, pero también y sobre todo a Japón, la crisis sobrepasó un umbral cualitativo. Definitivamente dejó de ser “asiática” para pasar a ser mundial. Luego de diciembre último, de manera “mecánica”, por el peso de su propio impulso, la crisis tendió a propagarse tomando la forma de un incendio con múltiples núcleos.
 
La crisis es económica de punta a punta
 
La crisis en curso es económica de punta a punta. La forma en que los periodistas continúan enfocando sus análisis sobre los “mercados financieros asiáticos”, lleva agua al molino de aquellos que gustan denunciar el “fetichismo de las finanzas”. En cada país, la crisis tuvo en sus comienzos un breve episodio bursátil. Pero en los países donde la crisis comenzó los dilemas se situaban desde hace muchísimo tiempo del lado de la producción y el sistema de crédito. La configuración de la capitalización bursátil mundial muestra tanto una jerarquización muy fuerte de los países, como el peso muy débil de las plazas “emergentes” de Asia. La ubicación de Hong Kong y Singapur tiene que ver con la antigüedad de su status y no con la dimensión de sus mercados. Es en Estados Unidos donde se realiza la tercera parte de la capitalización mundial, concentrando lo esencial de los mecanismos de propagación mundial de la crisis mediante el canal bursátil.
La crisis tiene un componente de endeudamiento y de fragilidad bancaria muy fuerte ,sobre el cual insistiremos mucho. Sin embargo no es financiera. Es económica. Ciertamente su propagación aprovechó, (y aprovechará todavía), el camino de los países cuya vulnerabilidad financiera sistémica, bancaria o bursátil es mayor. El grado de desarrollo sin precedentes del parasitismo típico de las finanzas, así como los rasgos característicos del régimen de acumulación actual, mundializado y dominado por un capital financiero predador, lo explican fácilmente.[1] Como pudo verse nuevamente en Bangkok o en Yakarta, los cracks financieros tienen un dinamismo propio que los hace especialmente destructores en sus efectos, de manera que sirven de acelerador al movimiento de propagación. Pero la gravedad de la actual crisis se relaciona con el hecho que, a pesar de este aspecto, no es “financiera”. Hunde sus raíces en las relaciones de producción y de distribución que rigen cada economía y comandan el carácter jerarquizado de la economía mundial tomada en su conjunto. Lleva el sello de un régimen de acumulación que superexplota a los trabajadores, que presiona a las más amplias capas de la sociedad por medio del impuesto y el interés sobre los créditos, pero que no llega sin embargo a apropiarse y a centralizar la cantidad de riquezas que necesita el capital. Así como lo demuestra Claude Serfati[2],aunque el grado de explotación del trabajo aumentó mucho por la disminución de los salarios, así como por la intensificación del trabajo y en muchos países por la extensión de su duración, el sistema capitalista como un todo no produce suficiente valor. ¿Por qué? Porque la inversión ha caído a niveles muy bajos (ver el gráfico 3) de manera que globalmente la acumulación no arroja a la plaza suficiente capital nuevo creador de valor y plusvalor.[3]
En sus aspectos de crisis económica stricto sensu, la crisis comenzó a tomar la forma inmediata de una situación marcada por la creciente dificultad de las empresas asiáticas, pero también americanas y europeas, para vender las mercancías producidas. Se les hace más difícil alcanzar las normas de rentabilidad fijadas para las inversiones productivas y por tanto satisfacer los niveles de rentabilidad de los dividendos a los cuales los operadores financieros se habituaron, sobre todo en los Estados Unidos, durante esta década. Es una de las causas directas del gran nerviosismo del que da prueba Wall Street desde el otoño. Sea cual fuere la importancia de este aspecto, la crisis será sin embargo más (o mejor dicho otra cosa), que una crisis de superproducción clásica. Traducirá las contradicciones de un sistema orientado, más fuertemente que en cualquier otro momento del estadío imperialista, en el sentido de la pura depredación. El día, imposible de establecer con precisión, en el que la crisis alcance su máxima intensidad, será aquél en el que tenga a los Estados Unidos como teatro. Será así, por un lado porque los Estados Unidos son el centro del sistema financiero y en tanto tal el epicentro de un futuro crack, pero también, por otro lado, porque ellos adquirieron (en una escala mucho mayor que cualquier otro país) los rasgos de una nación rentista, cuya prosperidad depende en parte de su capacidad de atraer hacia ella una fracción de las riquezas creadas en otros lugares.
 
Las etapas de contagio mundial a partir de julio
 
Para medir la fuerza de la propagación y la regularidad con la cual los nuevos episodios la han alimentado, basta ver lo que ocurrió durante seis meses. Iniciado en Tailandia el proceso de propagación internacional se extendió en julio y agosto hacia Malasia, Indonesia y Filipinas. En estos países se desarrollaron con cortos intervalos, y diversas gravedades, crisis muy semejantes a la crisis mexicana del invierno de 1994 y 1995, las más serias de las cuales fueron la de Tailandia y sobre todo la de Indonesia. La devaluación de la moneda local, inevitable debido al déficit comercial cada vez más elevado, agravada ya que implica hacer saltar el “ancla” con el dólar, fue en todos los casos el punto de partida. Hacer saltar el “anclaje” anterior provoca como elemento de un único y mismo proceso, la caída libre de la tasa de cambios, la caída de capitales de corto plazo, el hundimiento del mercado financiero (el sector de las obligaciones  negociables y de los títulos bursátiles). Esto provoca un aumento astronómico del costo de todos los préstamos otorgados en dólares emitidos por los bancos y las empresas locales, de manera que prácticamente se cae de la noche a la mañana a la insolvencia de los bancos locales, con el corte inmediato del crédito a las empresas y el inicio de quiebras bancarias en serie. Ni los bancos ni empresas locales, ni en el caso de Indonesia el gobierno, pueden continuar asegurando el servicio de su deuda privada o pública y menos aún el reembolso de los empréstitos cumplidos. El FMI debe intervenir entonces a las apuradas para evitar lisa y llanamente que estos países se declaren insolventes.
A fines de agosto la extensión del proceso de propagación contin hasta alcanzar Singapur y Hong Kong. El hundimiento de las tasas de cambio (hasta un 50% del valor de seis meses antes para el bath tailandés y la rupia indonesia) así como nuevas caídas de las cotizaciones bursátiles se producen simultáneamente en el conjunto de los mercados financieros, antiguos o emergentes, de Asia. El movimiento de contracción de los mercados interiores y exteriores asiáticos, de deflación de los precios de venta de los productos y de competencia industrial y comercial agudizada comienza. El 17 de octubre, a pesar de disponer de importantes reservas de cambio y no ser objeto de ningún ataque, Taiwan devalúa un 10%. Esto desencadena una nueva crisis en las principales bolsas asiáticas, entre ellas la de capital importancia en Hong Kong. Pasa a ser entonces cada vez más factible el desanclaje del dólar de Hong Kong respecto del dólar americano. Esta vez, la caída durante varios días de las bolsas asiáticas provoca un comienzo de contagio bursátil bajista de amplitud realmente mundial, en el que Nueva York es durante dos días (27 y 28 de octubre) a la vez el epicentro y la correa de transmisión hacia Europa. En Estados Unidos y en Europa, los mercados financieros se recuperan temporariamente. No ocurre lo mismo en Corea y Japón, donde los grupos industriales y los bancos han comenzado a sufrir el inmediato contragolpe de la recesión que se ha propagado en las economías vecinas. La pérdida de mercados ha golpeado a las empresas y por rebote a los bancos que sufrieron una nueva carga, insoportable para muchos de ellos, en sus acreencias incobrables. Los efectos de contagio son fuertes en América latina, especialmente en Brasil, donde los bancos tienen créditos dudosos sobre Asia y donde los productos están amenazados por la mayor competencia en los países asiáticos. El 14 de noviembre un nuevo sacudón bursátil se produce, más débil que el precedente, pero también de carácter mundial.
El 21 de noviembre, el gobierno coreano está obligado a reconocer que los bancos coreanos son incapaces de hacer frente a sus compromisos internacionales y debe llamar al Fondo Monetario Internacional en condiciones a las que nos referiremos más adelante. En Japón, el anuncio de la quiebra de la casa Yamaichi el 24 de noviembre provoca una fuerte caída del índice Nikei. Esta quiebra recuerda la extrema fragilidad del sistema bancario y financiero que concentra en su seno una serie de problemas cuyas proyecciones son (y serán cada vez más) mundiales. El Japón es conminado por los Estados Unidos y los dirigentes del Fondo Monetario a poner sus negocios en orden y alinearse con las instituciones económicas americanas. En diciembre, la rápida agravación de la situación coreana exige una nueva misión del Fondo Monetario a Seúl, mientras se realizan reuniones en Nueva York entre los bancos coreanos y el consorcio de los grandes bancos comerciales acreedores para obtener una postergación primero de un mes y luego de tres meses, en vencimientos de aproximadamente 18 mil millones de dólares debidos de manera inmediata.
A comienzos de enero tras algunos días de calma y un movimiento de alza bursátil que hace escribir a muchos periódicos que lo peor habría pasado, Indonesia es teatro de nuevas convulsiones. El gobierno se declara próximo al momento en que la deuda privada y pública no podrá ser cumplida. Los dirigentes del Fondo Monetario y los altos responsables americanos se precipitan nuevamente a Yakarta. Tailandia también anuncia que nuevas dificultades la obligan a pedir una renegociación con el Fondo Monetario Internacional. Luego, el 10 de enero es el turno de uno de los más importantes bancos de inversiones de Hong Kong, Peregrine, que anuncia su quiebra tras la quiebra de su más importante deudor indonesio. Los días siguientes, rumores referidos a las inmensas dificultades de una de las más grandes sociedades inmobiliarias del territorio hacen perder el 35% a sus acciones y acentúa las tendencias bajistas del conjunto de los valores bursátiles. En la prensa, se multiplican los artículos sobre las dificultades de China, tanto en el plano inmobiliario y bancario como industrial, de manera que la cuestión de la devaluación de la moneda china (el yuan), se plantea cada vez más frecuentemente. En Francia la prensa se ve forzada  a anunciar el 16 de enero la anulación del proyecto del TGV en Taiwan y la postergación por tiempo indefinido de un proyecto menor de TGV en Corea, así como el no pago de cinco Airbus por Indonesia. Algunas primeras cifras sobre el nivel de compromiso de los grandes bancos franceses y el monto de sus créditos dudosos son publicados. Agregando nuevos incumplimientos a una lista ya larga, el Crédit Lyonnais ve aumentar aún más su pasivo.
 
Una crisis característica de la acumulación con predominio financiero
 
Las circunstancias que rodearon el comienzo de la crisis son indisociables de una situación en la que las normas de rentabilidad y las prioridades del capital que se valoriza de inmediato como capital dinero rentista predomina sobre todas las demás, incluyendo las que son más “racionales” desde el punto de vista de las necesidades del capital a largo plazo. A escala planetaria vivimos en un régimen de acumulación en donde, retomando la bella metáfora de Marx, lo que dominan son las prioridades de aquellos que piensan que la especificidad del dinero es la de “producir un interés así como el manzano produce manzanas”.
Una de las “maravillas” de la situación actual es el ingenio con el cual los expertos declaran ahora por todas partes que en Asia la crisis se debió al hecho de que estos países (es decir los gobiernos, los grupos industriales y los bancos) se beneficiaron con “demasiados capitales”. La región habría vivido en todas partes “una era de dinero demasiado fácil”, de manera que “la locación” de estos capitales habría sido “mala”, económicamente y aún “socialmente”, ya fuera que tomaran la forma de préstamos a los bancos locales o colocaciones en el mercado financiero de los respectivos países. Todo el mundo conocía el crecimiento desbocado de instituciones financieras ya hipertrofiadas, las inversiones desmesuradas en lo inmobiliario, los inmensos proyectos de infraestructura y las inversiones agroindustriales gigantescas, destructoras tanto de las condiciones de existencia del campesinado como del medio ambiente, los proyectos industriales para los que no se había estudiado seriamente si existía salida. Pero nadie quería sacar conclusiones críticas. Cómo fruncir la boca cuando en los años 1990, Asia era la única zona de crecimiento de la economía capitalista mundial, excepto los Estados Unidos, y por tanto la única zona capaz de asegurar rendimientos elevados tanto para las inversiones como para las colocaciones financieras. Además durante todo el tiempo que los intereses vitales de los países centrales del sistema no estaban cuestionados, el código del savoir-vivre del régimen de la propiedad privada y la necesidad de aceptar al poder político tal como es (sobre todo si asegura “el orden” de manera “eficaz” e impone un régimen de salarios muy bajos), supone que se cierren los ojos ante la corrupción, los desvíos de fondos, las “utilizaciones dudosas” del capital de origen político. La teoría económica dominante no es más que la fachada ideológica de la opresión de los más débiles y los más desprotegidos. Frente a la anarquía del modo de producción, no tiene nada que decir mientras todo parezca “caminar”. Sólo es a posteriori que se denuncian las “colocaciones malas” que sin embargo el reino del mercado supuestamente debería haber resuelto.
Dominado por las finanzas y gangrenado por ellas, el crecimiento asiático habría podido continuar todavía algún tiempo. Lo que acortó su duración fue la larga y fuerte fase de alza del dólar a partir de mediados de 1996. En su dimensión inicial de acontecimiento “asiático”, el punto de partida de la crisis fue la incapacidad en la que se encontraron Tailandia e Indonesia, pero también Birmania, las Filipinas e incluso Singapur, para mantener el anclaje de sus monedas con el dólar a causa del deterioro cada vez más serio y rápido de sus balanzas comerciales. Pero el anclaje al dólar les había sido recomendado algunos años antes por el mismo Fondo Monetario Internacional que hoy los aprieta. Porque el anclaje al dólar es la condición exigida a un país ex colonial o semicolonial para acceder al status de mercado (financiero) “emergente”. Los imperativos de rentabilidad y de seguridad de las finanzas internacionales no son los mismos que los de la industria local. En condiciones determinadas son incluso contradictorios. Por feroz que sea la explotación de la fuerza de trabajo en estos países no puede compensar una débil productividad. Una cosa es exportar cuando el dólar está a 5,30 francos y otra distinta es cuando está a más de 6 francos. Ahora bien, los doce o catorce meses que precedieron la separación forzada del bath tailandés, fueron marcados por una revaluación regular de la divisa norteamericana bajo la presión principalmente de los parámetros financieros. La tasa de cambio del dólar se elevó de manera irregular a partir de la primavera de 1996, por la simple razón de que el dólar volvió a ser la principal divisa refugio. Contrastando con el semiestancamiento de los otros países de la OCDE, la prosperidad americana ha hecho (transitoriamente al menos) del dólar y los activos financieros norteamericanos los valores de colocación que dan más remuneraciones y los más seguros para el capital financiero mundial en busca de colocaciones rentables de importantes dimensiones.
 
¿La especulación es la causa de la crisis?
 
Comenzando por el primer ministro de Malasia, mucha gente atribuye a la especulación con las divisas la responsabilidad de la crisis. Es una explicación corta. Desde ciertas fuentes, ella es incluso completamente sospechosa.[4] La verdadera especulación es la que se hizo, durante diez años o más, por medio de inversiones y colocaciones seguras y fructuosas, fundadas en la explotación desvergonzada de la mano de obra y los negociados locales, y no la que presidió inmediatamente la devaluación tailandesa característica del mercado de cambio. Son los operadores financieros profesionales quienes fueron los primeros, por su mismo métier, en convencerse de la incapacidad que tenían los pequeños países de Asia para continuar con sus exportaciones conservando al mismo tiempo su anclaje al dólar. Así previeron el carácter inevitable de las devaluaciones y han actuado en forma de preservar el valor de los capitales que gestionaban, para asegurar sus ganancias y extraer los beneficios financieros asociados a toda previsión verificada en la evolución de los precios de los activos financieros. Pero esto es inherente a las finanzas de mercado y sólo podrá desaparecer con ellas. El proceso a la “especulación” no puede limitarse al mercado de cambios, ni servir para sugerir que podría ser controlada con la ayuda de algunos ajustes.
Hacer el proceso de la “especulación” y sugerir que ésta podría ser controlada con un conjunto de retoques, del tipo de la tasa Tobin, no sirve generalmente más que para ocultar las dimensiones sistémicas del régimen mundial de finanzas de mercado, así como los fundamentos de carácter rentista de los mecanismos de determinación de las tasas de interés y las tasas de cambio de las monedas. Es enmascarar también los privilegios que los Estados Unidos se atribuyen (lo que se nombra como “señorazgo” por referencia al medioevo) es decir, su capacidad de ofrecer una “remuneración de dinero” muy elevada sin tener (a diferencia de cualquier otro país en el mundo que tratase de hacer lo mismo) que preocuparse por sus efectos sobre su “competitividad-precio”, y por tanto sobre sus exportaciones. Mucho antes que los operadores tomaran posiciones sobre los mercados de cambios ante la hipótesis cada vez más probable de la devaluación de las monedas asiáticas, la capacidad única de los Estados Unidos de supercompetir con cualquier otro país para atraer hacia ellos las liquideces financieras mundiales, había hecho su trabajo.
 
Efecto de “dominó” y mecanismos internacionales de propagación
 
Vimos más arriba de qué modo los efectos consecutivos a la devaluación del bath tailandés, y luego de las otras monedas de la región, se asemejaban en algunos aspectos claves a aquellos que siguieron a la devaluación del peso mexicano durante la crisis del invierno 1994-95. Sin embargo, muchos rasgos originales distinguieron rápidamente la crisis asiática del invierno y otoño de 1997 respecto de la crisis mexicana. El endeudamiento exterior es un endeudamiento privado mucho más que gubernamental. Las economías tocadas están estrechamente interconectadas a nivel regional y de los intercambios. Varias de ellas sufren más o menos los mismos males, de manera que rápidamente fueron consideradas por los inversores institucionales lejanos (los grandes fondos de colocación norteamericanos y británicos) como igualmente riesgosas. Finalmente, y sobre todo, los mecanismos de contagio industrial y bancario afectaron casi inmediatamente dos grandes países industriales exportadores: Corea y Japón, que fueron obligatoriamente conducidos a hacer repercutir los efectos más allá del polo asiático. El examen de la estructura del comercio mundial presentado en el gráfico I muestra que cuando se adicionan los intercambios internos al Asia y los efectuados (tanto importaciones como exportaciones) con los Estados Unidos y Europa, se constata que estos intercambios representan un tercio del comercio mundial. ¿Cómo atreverse a afirmar, como hacen algunos políticos, que la deflación podrá ser contenida en esta zona?
Dos hechos originales caracterizan pues la crisis mundial abierta en Asia. El primero es la amplitud y la brutalidad del “efecto dominó”, con transmisión de la crisis de una economía y un mercado financiero a otro en la región. Este efecto es tan fuerte que se extiende, por el juego de la sospecha de los inversores, a todos los países que están potencialmente en la misma situación que algunos de los países asiáticos. Es el caso para los países de América latina, Brasil y Argentina a la cabeza. El segundo es la interconexión estrecha entre varios de los canales de propagación de crisis. Tras el choque bursátil de fin de octubre y la propagación de la crisis a Corea en noviembre, fue claro que se estaba en presencia del juego combinado de tres mecanismos de transmisión. El primero pesa sobre los capitalistas industriales. Tiene que ver con el hundimiento de los mercados de exportaciones en la región y con la multiplicación de la competencia a la que se libran todos los exportadores en los mercados mundiales. El segundo gravita sobre los bancos y resulta de la agravación del peso de los malos créditos en sus balances. Es la extrema gravedad de las repercusiones en los bancos poseedores de créditos devenidos incobrables o casi, lo que ha dado a ciertos episodios de la crisis un carácter difícilmente controlable. El tercero es bursátil y se refiere al contagio de una plaza financiera a otra de los temores de los inversores relativos al valor real del capital ficticio que poseen bajo la forma de títulos.
Examinaremos estos tres mecanismos de manera detallada. Pero para apreciar la dimensión es necesario por una parte, recolocar la crisis actual en una continuidad histórica más larga y, por otra parte, situarla también en el marco de las relaciones interimperialistas mundiales, en dirección precisamente a los capitalismos asiáticos.
 
Luego de 1974: una acumulación con los resortes rotos
 
A las grandes diferencias respecto de la crisis mexicana de 1995 ya citadas, hay que agregar otra que se refiere a la coyuntura mundial. La propagación de la crisis a partir de Asia ocurre en un momento en el que la economía norteamericana se encuentra al fin, y no al comienzo, del movimiento cíclico que le es característico. Ocurre también en un momento en el que la economía mundial está en una situación de sobrecapacidad aguda con respecto a las posibilidades de demanda solvente. Aquí también, es necesario mirar atrás.
Uno de los objetivos declarados de la liberalización y de la desreglamentación del comercio, las inversiones y las finanzas fue recuperar las tasas de crecimiento sostenido que la economía capitalista mundial había conocido hasta la recesión de 1974-75, verdadero giro en la historia económica mundial de posguerra. Los economistas del FMI y del Banco Mundial, acompañados por los organizadores del Foro de Davos y los periodistas, autoinstituidos como “nuevos perros guardianes”[5], anunciaron ya varias veces “la vuelta del crecimiento largo”. En el curso del verano de 1997, en el mismo momento en el que comenzaba la crisis tailandesa, los portavoces de la buena nueva liberal lo habían anunciado una vez más. De hecho, en cuanto se miran las series estadísticas largas, se percibe que la acumulación de capital nunca recuperó su ritmo anterior a 1974.
Las cifras comparadas de la producción y los intercambios mundiales publicados por la Organización Mundial de Comercio (OMC) muestran que la liberalización comercial dio un acicate a los intercambios luego de 1984, pero que entre 1984 y 1994 la tasa de crecimiento de la producción mundial siguió siendo inferior a su nivel ya bajo de 1974-1984. Las economías de la OCDE, así como todas aquellas que pudieron hacerlo en otras partes del mundo, se volvieron hacia el mercado exterior. Todos los gobiernos debieron encontrar su salvación con la adopción del modelo liberal de crecimiento “tirado por las exportaciones”. Entre 1984 y 1994, el comercio mundial aumentó un 5% por año, pero la tasa de crecimiento y de producción sólo fue del 2%. En el caso de los productos manufacturados, la separación es más fuerte aún. El hundimiento de la URSS influyó en eso, pero lo esencial radica en la debilidad de la inversión. Ésta es tanto más notable cuando existió por otra parte una neta recuperación de la tasa de ganancia, cuya curva diverge netamente de la producción a partir de 1988.
El movimiento descendente de larga duración de las tasas de crecimiento ilustrado por esta curva (movimiento tendencial regular acompañado con fuertes fluctuaciones) tiene como origen a lo largo de treinta años la baja de la inversión en los tres polos de la tríada. La baja se hace a partir de niveles muy diferentes según se trate de Estados Unidos, de Europa o de Japón, de manera que el nivel alcanzado al fin del período es también diferente. En Estados Unidos es donde es el más bajo, inferior al 5%. Aquí, es el movimiento agregado lo que nos importa. La ruptura de comienzos de los años 70, antes incluso de la recesión que marca el fin definitivo de la famosa “edad de oro”, es particularmente claro en el gráfico publicado por la OCDE en un trabajo poco citado. El sentido de esta curva y de las cifras que expresa será tratado más adelante. El sistema capitalista imperialista mundial tomado como un todo sólo invierte a tasas muy débiles; no coloca por tanto suficiente capital creador de valor y plusvalía en movimiento. No produce ya suficiente valor y plusvalor para hacer frente a las exigencias a las cuales se enfrenta. Mientras el sistema más superexplota y presiona, más conoce la superproducción tendencial y sufre más los choques financieros reiterados[6] (gráfico II).
En el curso de los años 90, el contexto de la mundialización del capital ha sido el que la oficina francesa de coyuntura económica (OFCE) denomina una situación en la que “la oferta está permanentemente a la búsqueda de una demanda que corresponda a su dinamismo”. En industrias claves como la automotriz, la química, la electrónica y la informática para el gran público, la situación de superproducción latente, crónica, amenaza en todo momento con transformarse en superproducción abierta generadora de guerra de precios. Durante veinte años, los grandes grupos financieros con predominio industrial se las arreglaron para contener esta situación debido a la capacidad que demostraron para administrar colectivamente, bien o mal, sus posiciones de monopolio en el marco del oligopolio mundial propio de cada industria o sector de servicios. Pero en el curso de los dos últimos años, la agravación de su rivalidad oligopolista los ha empujado a lanzarse en programas de inversiones que manifiestan el retorno a la anarquía incontrolada de la competencia interimperialista.
 
Economía y política en el sistema mundial: el caso de los capitalismos asiáticos
 
La competencia salvaje que se anuncia tendrá como marco las relaciones jerárquicas que marcan las relaciones políticas mundiales, incluso al interior de la esfera de los países participantes en la dominación capitalista mundial. Se desarrolla en el marco de relaciones políticas mundiales dominadas por los Estados Unidos. Dentro del “primer círculo” del oligopolio mundial, los que están en la línea de mira inmediata de los americanos son los grupos japoneses. Una de las causas esenciales del “mal japonés” es la existencia de un dinamismo de la acumulación del capital y de la capacidad tecnológica aplicada a la industria (en este sentido la superioridad del “modelo toyotista” es muy real) que no encontraron contrapartida en términos de relaciones políticas entre los estados: ni mundialmente, ni aún en Asia. Desde hace veinte años, el aparato productivo japonés está encerrado en el carcaza de relaciones de fuerza que no logra descomprimir de tal manera que su potencia industrial está encorcetada. Por importantes que puedan parecer, las exportaciones y las inversiones japonesas son muy inferiores a las que serían si los keiretsus no estuviesen enfrentados con los límites y las barreras que los Estados Unidos e incluso los países europeos, con excepción del Reino Unido, les han impuesto desde hace veinte años.
El carácter altamente contradictorio de las relaciones que se han atado entre los países situados en el corazón del régimen de acumulación con predominio financiero característico del sistema imperialista mundial en su forma actual, y los países que querrían escapar a una posición de neta subordinación, es manifiesto en el caso de las economías industriales del sudeste asiático, de Taiwan y de China. Estas fueron las únicas cuyas performances en materia de formación de capital y crecimiento fueron, durante los años ‘90, sistemáticamente superiores a las performances mundiales. El hundimiento de estos mercados y la pérdida de rentabilidad, al menos en el corto plazo, y también de las oportunidades de invertir, representan para los grupos financieros de los países capitalistas centrales una falta de ganancias y uno de los mecanismos más seguros de propagación de la crisis. Pero las graves dificultades que conoce Corea se presentan también para los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional como la ocasión de volver a meter a estos países en “caja” y lanzar una advertencia a otros.
En efecto Corea, Taiwan y China fueron los escasos países en el seno de la economía mundial en los que las clases capitalistas (o burocrático-capitalistas -China Popular-) dieron prueba de una real capacidad para crear una base de acumulación propia (para sí mismos y no como agentes subordinados de los países centrales) cuyo fundamento es industrial; dando prueba también de su voluntad de defender este proyecto a despecho de la creciente hostilidad de los países centrales del sistema,  de los Estados Unidos y también el Japón, para quienes la amenaza potencial es más directa, en caso de que pudieran hacerlo. Durante las negociaciones que prepararon su ingreso a la OCDE entre 1993 y 1996, la burguesía coreana todavía había logrado salvaguardar elementos centrales de su dispositivo protector de una acumulación autónoma: el acceso controlado al mercado interior y sobre todo al mercado financiero de Seúl; estrictas limitaciones al acceso de capital extranjero a los bancos y a los grupos industriales; un proceso de desreglamentación financiero y de “retirada del Estado” con una lentitud cuidadosamente estudiada.
El capital financiero mundial reaccionó al ver que se producía esta resistencia y esperó su momento. La crisis asiática y los errores cometidos por la burguesía coreana le han permitido vengarse. Un mes después de que Corea llamó al Fondo Monetario Internacional, no quedaba ya nada del anterior dispositivo. Las delegaciones del Fondo Monetario y del Banco Mundial, así como los banqueros y altos funcionarios de los países del G-7, transformaron los grandes hoteles de Seúl en cuarteles  generales de una moderna forma de ocupación política. Con el pretexto de organizar “la ayuda”, estos emisarios redujeron la soberanía de Corea a algo insignificante. Ni siquiera cuidaron las formas. Antes de irse de Seúl, el director general del Fondo Monetario Internacional, el francés Camdessus, hizo firmar a los tres candidatos presidenciales el compromiso de respetar los términos que acababa de dictar al presidente saliente. Quince días más tarde, ante la amenaza de no pago por los bancos coreanos de los intereses adeudados a sus acreedores extranjeros, los emisarios del G-7 debieron volver a Seúl. Conducidos por el Subsecretario de Estado del Tesoro americano, ellos hicieron todavía más duras las condiciones impuestas a la burguesía coreana, aun a riesgo de provocar dentro de pocos meses un regreso incontrolado a la recesión coreana que ha comenzado.
 
El giro coreano y los mecanismos de propagación mundial
 
No seremos nosotros los que nos apiadaremos de la burguesía coreana. Durante mucho tiempo se benefició de un tratamiento preferencial por parte del imperialismo norteamericano. Hizo sufrir a la joven clase obrera coreana, así como a la juventud estudiantil, un talón de hierro de tremenda brutalidad. Alardeó, como cualquier nuevo rico, aprovechando su lugar en la arena capitalista mundial. Lo que nos interesa, es el rol de Corea como eslabón en la propagación internacional de la crisis.
Corea posee la decimosegunda base industrial del mundo; los otros países de la región gravemente afectados hasta ahora (Tailandia, Indonesia, Malasia y Filipinas) tenían sistemas bancarios hipertrofiados pero una débil base industrial (dominada aún por las producciones tradicionales con muy bajos costos salariales) y son exportadores de productos de base, mineros o agro-silvestres. Corea es uno de los más importantes países exportadores de productos industriales no solamente en Asia, sino en el mundo. En el momento en que sufre el crack de su mercado financiero y una caída de su moneda, el won, tan importante como la del bath, Corea no era un país con alto déficit comercial como Tailandia, sino excedentario. Su vulnerabilidad es la de una economía cuya actividad industrial depende en un grado muy elevado de las exportaciones hasta el punto de que la menor disminución de la demanda exterior, especialmente en su región, la afecta brutalmente. Su crecimiento descansó también en planes de inversiones inmensas cada vez más irrealistas, nacidos de la rivalidad oligopolística ilimitada entre los conglomerados industriales (los chaebols). Hasta el estallido de la crisis, éstos estaban todavía parcialmente protegidos de algunas de las exigencias de la competencia mundial, especialmente en lo que hace al acceso al crédito. En pleno régimen de finanzas de mercado a nivel mundial, ellos se beneficiaban todavía de un sistema financiero doméstico próximo al tipo de finanzas llamado “administrado”. El monto de los créditos puestos a su disposición por los bancos, con la garantía del Estado, fue prácticamente ilimitado. Sin ellos los conglomerados no habrían podido soñar, ni aún menos realizar, tales inversiones. Pero los bancos coreanos se beneficiaron a su vez con las facilidades de préstamos del extranjero completamente excepcionales. Los expertos ahora dicen que estos préstamos fueron irreflexivos, pero hace un año les parecía contar con sólidas garantías: nueva  y perfecta expresión de la anarquía profunda del sistema capitalista y del carácter completamente “falible” del supuestamente omnisciente mercado.
Es preciso insistir en la articulación entre los dos mecanismos de propagación, industrial y bancario, de los que estamos hablando. En el caso de los préstamos de los bancos extranjeros a los coreanos, los créditos dudosos son el resultado de los créditos acordados a los conglomerados industriales. Son pues la expresión financiera de importantes capacidades de producción en busca de salida. Dado el actual estado del mercado mundial, sus capacidades son excedentarias. Representan capital destinado al desecho. Tras el  diktat impuesto a Corea por el FMI, se abrió el camino para la compra de firmas coreanas por parte de los grupos económicos norteamericanos o europeos. Por ahora, los eventuales interesados no se atropellan. La revista americana Business Week subraya la determinación de los chaebols  por preservar su independencia. Algunos estudios estiman que una parte de las capacidades excedentarias, que llegan hasta un tercio en muchas industrias, estarían condenadas al desmantelamiento. En tal caso, loscréditosde los bancos coreanos están perdidos para siempre. Pero también lo están los de los bancos extranjeros que tuvieron la imprudencia de refinanciarlos. Conscientes de esta relación, los bancos coreanos anunciaron en vísperas de Navidad que podrían verse obligados a proclamar una moratoria sobre una parte de su deuda, elegante manera de decir que la misma es impagable. Los bancos extranjeros no tuvieron otra opción que otorgar una postergación inmediata de un mes antes de negociar las condiciones de un reescalonamiento. La situación actual es pues la siguiente. O bien los chaebols logran aumentar sus porciones de mercado recortando esos precios, caso en el cual los bancos japoneses y occidentales pueden tener alguna esperanza de limitar sus pérdidas. Pero en tal caso, la competencia por la baja de los precios y la deflación de los precios industriales va a extenderse al resto de la economía mundial, comenzando por Japón y los Estados Unidos. O bien, los chaebols no llegan a utilizar las capacidades productivas instaladas y la quiebra en cadena de los bancos será inevitable con el Japón en la primera fila. Este sufrirá el contragolpe de la crisis coreana en cuanto se produzca. En la cúspide de su prosperidad, Corea representaba también un mercado. Sus importaciones provenientes de Japón no representaban menos del 7% de las exportaciones japonesas. La recesión que comienza va a reducirlas seriamente, lo que afectará también el volumen de las importaciones provenientes de los Estados Unidos y de Europa. Las últimas previsiones anuncian un retroceso del 25% en la actividad industrial, de muchos puntos del Producto Nacional Bruto y una desocupación que afectará como mínimo más de tres millones de trabajadores. Los productos extranjeros serán los primeros afectados por la caída de la demanda, pues el reflejo de la población que se siente agredida por el imperialismo, es “comprar coreano”.
 
El monto y la interdependencia desconocidos de las deudas privadas
 
Desde comienzos de la crisis, el FMI tuvo que montar un dispositivo para tratar de contener y limitar los efectos financieros potencialmente dañinos. En el caso de México, la proximidad del núcleo de la crisis y sus implicancias interiores inmediatas condujeron a los Estados Unidos a contribuir de manera directa en el plan de “salvataje financiero” con montos importantes (aproximadamente un tercio del paquete anunciado). La intervención del FMI fue de aproximadamente treinta mil millones de dólares. En el caso de Asia, los planes de salvataje financiero reposan casi exclusivamente sobre el FMI. Los montos anunciados son ya aproximadamente tres veces superiores: 17 mil millones para Tailandia, 33 mil millones para Indonesia, y según las últimas noticias 58 mil millones para Corea. ¡Y pueden aún llegar a ser completamente insuficientes!.
Porque a diferencia de México, el origen de la deuda no es el déficit gubernamental. Se enfrenta aquí un endeudamiento privado en el marco de operaciones financieras capitalistas famosas por suministrar grandes ganancias y por lo tanto pagadora de los créditos sin dificultades. Corea por ejemplo, que nunca se preocupó por los gastos sociales, tiene un déficit público insignificante. Su deuda está provocada por “agentes económicos” privados. En menor grado, lo mismo ocurre en otras partes. Los empréstitos contraídos por estos agentes privados son parte de cadenas de créditos y deudas muy largas e interconectadas. Contrariamente a lo que a menudo se ha dicho para justificar las finanzas del mercado liberalizado y mundializado, la mundialización financiera no puso fin a la “economía del endeudamiento”, tan cuestionada después de 1975. Diversificados los instrumentos de financiamiento, que son también los instrumentos de valorización del capital-dinero, dio por el contrario a “la economía del endeudamiento” un esplendor sin antecedentes. La liberalización y la desreglamentación financiera, así como el ascenso de la todopoderosa ideología del “mercado que siempre tiene razón”, han hecho que el seguimiento y la evaluación por las autoridades monetarias fuese prácticamente imposible. Se asistió sobre todo al desarrollo en gran escala por parte de las instituciones financieras, bancarias y no bancarias, de la práctica llamada del “fuera del balance”. Los compromisos sobre los mercados de los “productos derivados” (los mismos que llevaron a la quiebra de la banca Barings), son parte de ésto, pero también muchos préstamos de riesgo elevado que la banca no hace aparecer en el balance, pero que hacen más pesado su pasivo cuando revelan ser incobrables. Los banqueros de “la vieja escuela”, aquellos que vivieron los crack bancarios posteriores a 1929, siguieron este proceso con inquietud. Hace algunos años, el belga G. Lamfalussy subrayó que mientras que el Banque des Règlements Internationaux (BRI) de Bâle dispuso durante treinta años de estimaciones creíbles sobre los niveles de compromiso de los países con los bancos internacionales, desde mediados de los años 80 ya no existía el menor dato sobre el monto preciso de los compromisos y aún menos sobre la configuración de los créditos de riesgo o de muy alto riesgo: según él “nadie tiene la menor idea de la estructura de las interdependencias” (Euromoney, junio de 1994, página 40).
 
Los límites en las capacidades de intervención del FMI
 
Los acontecimientos han dado total razón al banquero belga. Desde el comienzo de los crack asiáticos, se asiste a una permanente revaluación, semana tras semana, de los montos de la deuda de los bancos y grupos industriales de los principales países afectados. En el caso de Corea se pasó de una estimación de 20 mil millones de dólares a mediados de noviembre a 100 mil millones en el momento de la misión del Fondo Monetario Internacional a comienzos de diciembre, a 200 mil millones cuando fue preciso que el gobierno coreano volviese a convocar al Fondo Monetario y a los principales países cotizantes de esta institución tras las navidades, por la extrema urgencia que revestía el desbloqueo de los fondos. De igual manera la estimación del monto de las deudas de las instituciones privadas indonesias se cuadruplicó en dos meses y alcanzaría ahora (según las fuentes) entre 160 y 200 mil millones de dólares. El 12 de noviembre, una oficina de Hong Kong estimó en 500 mil millones de dólares los créditos dudosos de nueve países de la región. Hoy se calcula que esa cifra será prácticamente el doble. En este marco hay que situar la intervención del FMI y ver los medios a su disposición. Tiene la tarea de tratar de evitar que la cadena internacional de las deudas se corte, que la pirámide de obligaciones múltiples no se hunda. Y debe hacerlo sin conocer la constitución y configuración exacta e incluso su monto preciso, salvo que éste es astronómico. El debe llenar un dique que pierde agua por todos lados y corre de una grieta a la otra, con medios muy limitados. En uno de los raros artículos (26-12-97) en que el diario Le Monde se permitió entreabrir a sus lectores el velo de la verdad, se pudo saber que según la encuesta efectuada por el diario en el FMI, éste no disponía a fines de noviembre, una vez lanzados los programas de ayuda a los bancos tailandeses e indonesios)de más que de cincuenta mil millones de dólares. Además, éstos no estaban disponibles inmediata y libremente. Esta es una de las razones de la extrema lentitud con la cual los fondos anunciados son puestos a disposición de los países, (la otra razón era asegurarse la aplicación efectiva de las “reformas” impuestas). Cuando el fondo de intervención corriente se agota, el FMI está obligado a pedir a los principales países accionarios (el G-7 más Suiza) que pongan a su disposición los fondos correspondientes a sus compromisos estatutarios en momentos de crisis aguda. En algunos casos, estos fondos son deducidos de las reservas exteriores ubicadas bajo la autoridad de los bancos centrales y los ministerios de finanzas. El país debe desprenderse entonces de las reservas de las que él mismo podría tener necesidad para combatir ataques especulativos, pero el gobierno tiene las manos libres para hacerlo. En otros casos los fondos deben ser desbloqueados del presupuesto del Estado, lo que implica consecuentemente el aumento de la carga presupuestaria. Es lo que ocurre en los Estados Unidos donde la operación exige la intervención y aprobación del Congreso, puesto que en este país la constitución es presidencialista y no bonapartista como en Francia.
Es así que “el paquete de ayuda” de aproximadamente 50 mil millones anunciado por el FMI a comienzos de diciembre (momento en el que la deuda coreana se calculaba en 100 mil millones de dólares) tuvo (y todavía tiene) muchos problemas para materializarse. Poco antes de Navidad se anunció que el Banco Mundial efectuó una transferencia de dos mil millones, pero se supo también que los primeros discursos en el Senado de los miembros del gobierno de Clinton fueron mal recibidos y que serán precisas tal vez varias semanas antes de que la contribución estatutaria de los Estados Unidos se encuentre en manos del FMI.
 
Entre reescalonamiento y “moratoria de hecho” de las deudas privadas
 
Confrontado a la amenaza muy concreta de iliquidez de los bancos coreanos, el consorcio bancario central de los grandes bancos de crédito de los países del G-7 más Suiza se reunió en Nueva York y decidió acordar a los deudores coreanos un reescalonamiento de un mes en las sumas debidas a comienzos de año en concepto de servicios de intereses y de reembolso del capital sobre los préstamos vencidos: todo por un monto de casi 15 mil millones de dólares. Los comentaristas se felicitaban que esta medida diese un descanso a los mercados bursátiles asiáticos y mundiales. Un acuerdo de reescalonamiento de varios meses está a punto de ser firmado ahora. Su objetivo es ganar tiempo y postergar el momento en el que una parte de los bancos de los países centrales del sistema imperialista estarán obligados a proclamar el carácter incobrable de sus créditos sobre los bancos coreanos. Pero incluso en este caso la inscripción de los créditos reescalonados en la categoría de créditos dudosos parece inevitable. Tal sería el caso para los bancos americanos sometidos a una supervisión más estricta que los bancos europeos. Y los periodistas del New York Herald Tribune (11-01-98) planteaban dos preguntas: si esto se confirma, la inscripción de los créditos reescalonados en la categoría de créditos dudosos ¿no tendrá repercusiones en la cotización de sus acciones en Wall Street? ¿Esto se extenderá a los bancos japoneses y europeos, mucho más comprometidos en Corea que los bancos americanos, y en tal caso con qué consecuencias para sus balances y qué riesgos de tensión de los descubiertos hacia el Japón sobre todo?
Cuando se sabe que el monto de los créditos dudosos soportado por los bancos japoneses a causa de los efectos no reabsorbibles del crack inmobiliario y bursátil de 1990 se calcula en mil millones de dólares (E. Leser, Le Monde, 14-11-97), se comprende por qué no será de ninguna manera fácil para éstos agregar varias decenas de miles de millones más. Tratándose de créditos de los bancos franceses, en la hipótesis de una quiebra de los bancos coreanos ¿el gobierno Jospin tendrá los medios, política y económicamente, para “socializar” nuevas pérdidas bancarias importantes aunque quiera hacerlo? La situación de los grandes bancos americanos es diferente. Comparados con los bancos de los países mencionados, son sólidos y podrían absorber sin muchas dificultades el peso de los créditos irrecuperables en sus balances. En su caso, el elemento de vulnerabilidad inmediato es el mismo que para los grupos industriales. Los bancos son sociedades por acciones, cotizadas en Wall Street. Y el estado del mercado bursátil hace muy peligroso el anuncio de una baja de las ganancias y por tanto de los dividendos, no para las sociedades en cuestión tomadas individualmente, sino para el mercado de acciones tomado en su conjunto.
En el caso del sistema bancario coreano, los grandes bancos extranjeros acreedores tienen por lo menos interlocutores reconocidos y mandatados con quienes discutir. En el caso de Indonesia, la dimensión más pequeña de los establecimientos, así como los lazos con el poder político dictatorial corrompido, no han permitido esta negociación. A medida que la crisis se agrava en Indonesia, que las quiebras se multiplican y la parálisis y la incertidumbre política aumentan, los bancos occidentales y japoneses, pero también los de Singapur y Hong Kong se enfrentan con lo que los comentadores han debido llamar una situación de “moratoria de hecho”, es decir una moratoria salvaje. Tanto por una incapacidad real como porque se aprovechan de la anarquía creciente, los bancos y las empresas deudoras indonesias simplemente desconocen sus deudas y colocan a los acreedores extranjeros ante los hechos consumados. En menor grado, lo mismo puede llegar a producirse en Tailandia. Lo que significa que la parte de la deuda bancaria asiática cuyos plazos son negociables con  partenaires representativos no constituye más que una fracción de una serie de compromisos más importantes largamente irrecuperables.
 
Las relaciones Estados Unidos-Japón en el proceso de contagio mundial
 
El dispositivo imperialista mundial implica un conjunto de posiciones avanzadas que resistieron la tempestad de noviembre (es el caso de los mercados financieros brasileño y argentino) así como bastiones secundarios importantes (la plaza financiera de Hong Kong sobre todo) que todavía resisten. Su caída dará tarde o temprano una nueva aceleración al movimiento. Sin embargo, núcleos de incendios financieros serios pueden estallar en otras partes, por ejemplo en Rusia. El corazón del dispositivo se sitúa por supuesto en los Estados Unidos, en Wall Street y en Chicago, donde están los principales mercados financieros. Sin un crack bursátil americano no podría producirse el pasaje desde una situación previsible de recesión rampante con deflación a una situación de depresión abierta.
El “milagro” del crecimiento del Producto Bruto Interno y de la Bolsa en los Estados Unidos desde hace cinco años (mientras Europa y Japón no lograron remontar los efectos de la recesión de 1990-91) se debe a la vez a su lugar único en el sistema mundial y a su adecuación al capitalismo salvaje que pasó a primera fila con el neoliberalismo. Los Estados Unidos son el único país imperialista que pudo compensar el hundimiento de su tasa de ahorro doméstico atrayendo hacia sí la mayor parte del capital de colocaciones financieras disponibles mundialmente. Fortalecido con estos flujos, los Estados Unidos pudieron llevar adelante una política prohibida para los otros países tocados por la crisis inmobiliaria y financiera de 1990: proveer al sistema bancario de liquideces con tasas de interés muy bajas dejando flotar su tasa de cambio. Sólo después del estallido de la crisis mexicana y la puesta en marcha del plan de salvataje de febrero de 1995 la Reserva Federal debió intervenir para dar tranquilidad a los poseedores de activos financieros en dólares. Entre 1991 y 1994, los bancos americanos pudieron obtener liquideces al 2% y prestarlas al 4 o 5%. La restauración de la rentabilidad de los bancos y el fin de la penuria del crédito fueron una poderosa ayuda para la recuperación económica de la que sólo Norteamérica se benefició.
Uno de los chistes comunes que corren en los medios financieros norteamericanos sostiene que Estados Unidos ha pasado a ser “no solamente el prestamista sino también el consumidor en última instancia” de la economía mundial. Si es así, se debe a que el funcionamiento rentista del régimen de acumulación mundializado con predominio financiero hace que el país más rico del mundo sea también el que atrae hacia sí, para esterilizar en los mercados financieros, la mayor parte de las liquideces mundiales. La crisis asiática no ha hecho más que acentuar esta polarización de los flujos de liquidez hacia los Estados Unidos, puesto que son considerados más que nunca por los inversores financieros como el principal país de refugio. Es este flujo el que ha permitido a Wall Street volver a levantarse tras el choque bursátil del 27 y 28 de octubre. Si la Reserca Federal no debió crear liquideces para ayudar a estabilizar el curso, se debe a que el flujo de capitales que huían de Asia permitió que los títulos puestos en venta encontraran compradores muy fácilmente.
La otra cara de la moneda para los Estados Unidos es que allí se concentrará en el curso de los próximos meses el efecto más fuerte de los mecanismos de crisis provenientes de Asia. El Japón, tanto o más que Corea, es la correa de transmisión a través de una articulación estrecha entre la situación de los bancos y la de los grupos industriales, los keiretsu. Los bancos japoneses nunca remontaron las pérdidas sufridas en 1990 en la Bolsa y en los negocios inmobiliarios. En tanto que el gobierno norteamericano pudo imponer la socialización de las pérdidas por la quiebra de las cajas de ahorro a través del impuesto (así como los gobiernos franceses lo hicieron y ahora más que nunca tratarán de hacerlo para el Crédit Lyonnais, y tal vez para otros bancos), el gobierno japonés no pudo hacer lo mismo. No pudo hacer pagar al contribuyente japonés los créditos incobrables de las filiales inmobiliarias de los grandes bancos. Así como los bancos franceses, los bancos japoneses creyeron poder resarcirse en Asia. El hundimiento de los sistemas financieros en Indonesia y en Tailandia y el reescalonamiento (o moratoria negociada) de las sumas debidas por los bancos coreanos aumentaron severamente la fragilidad sistémica bancaria del país. Así como lo han puesto de manifiesto los contragolpes de la quiebra de la firma Yamaichi en noviembre, seguida inmediatamente por la de un importante grupo agro-industrial, la quiebra de algunos establecimientos puede ser suficiente para provocar, a través de una caída del Nikei, un pánico bursátil internacional contagioso. Fundamentalmente, no existen en la actualidad más que dos caminos para que los bancos japoneses pudiesen salir a flote: un salto en las exportaciones que repatriaría, vía un excedente aún más elevado del balance comercial, ganancias y liquideces, o la “socialización de las pérdidas” vía el presupuesto. Esta segunda, que tendría en el actual contexto efectos recesivos fuertes, es la que los Estados Unidos reclama de manera cada vez más brutal y las misiones del FMI presionan para que el gobierno japonés adopte. Estas exigencias chocan con la resistencia de la población japonesa, de tal manera que no existe hoy una mayoría en la Dieta dispuesta a “salvar” los bancos por mecanismos fiscales y presupuestarios. Pero existe también resistencia por parte de los grandes grupos industriales para quienes renunciar al beneficio de una tasa de cambio favorable entre el yen y el dólar para aumentar sus exportaciones, significaría una muestra de sumisión al imperialismo norteamericano. Sin embargo el tiempo aprieta. Si los bancos japoneses no hacen desaparecer rápidamente una fracción importante de sus créditos dudosos (y nadie es capaz de decir cuál sería el monto indispensable), la quiebra de una parte de ellos será inevitable. El estancamiento actual de la economía japonesa se transformaría entonces en recesión.
 
El lugar de Wall Sreet en la extensión del contagio mundial
 
¿En qué momento los efectos de la crisis comenzada en Asia pasarán a ser visibles en los balances trimestrales de los grupos industriales y los grandes bancos americanos? ¿Cuál será la amplitud de la penetración del mercado interior de los Estados Unidos y el grado de agravamiento de su déficit comercial durante los próximos meses? ¿Cómo reaccionará la Bolsa de Wall Street frente al anuncio de ganancias y dividendos en baja y un aumento del déficit exterior lo suficientemente importante como para que la tasa de cambio del dólar termine siendo afectada? ¿Cómo reaccionarán los mercados financieros ante un agravamiento de la crisis bancaria japonesa o una devaluación de la moneda china, el yuang?
Plantear estas cuestiones es poner de relieve el rol del tercer mecanismo de propagación de la crisis que antes mencionamos, el que tiene como teatro los mercados bursátiles de los países que concentran la capitalización bursátil mundial. Aunque estrechamente subordinados a los dos mecanismos que venimos mencionando en este artículo, el mecanismo de propagación a través de la esfera bursátil tienen autonomía y potentes efectos destructores característicos. Es también el mecanismo cuyos plazos son más difíciles de prever. Este conjunto de rasgos es el fruto de la naturaleza económica de los mercados financieros y del carácter ficticio de los valores sobre los que versan sus transacciones. Los mercados financieros son mercados secundarios que parecen dar vida propia y un valor autónomo a los derechos de dividendos y a los créditos por interés. El propietario de acciones que no posee de hecho sino fracciones del capital de una empresa dada que le dan derecho a un dividendo, tiene la ilusión de poseer un “capital” autónomo cuyo valor parece estar fijado por el nivel alcanzado por estas acciones en la Bolsa[7]. Cree que la capitalización bursátil descansa sobre bases tangibles en tanto que, realmente, es una ficción, en el mejor de los casos la imagen refractada del monto de las liquideces disponibles que buscan refugio o que quieren especular sobre el mercado bursátil a falta de mejores formas de inversión o colocación.
El mundo fantasmagórico de los mercados financieros es el de un conjunto de operadores y poseedores de títulos, en el que las transacciones y la fortuna se basan, ya sea en un desdoblamiento del capital comprometido en la producción o la circulación, o sobre créditos portadores de interés susceptibles de perder todo su valor si las relaciones económicas o sociales subyacentes se modifican. Este mundo fantasmagórico que vive “aislado”, aunque esté estrechamente dependiente de lo que pasa más allá de su campo, es paranoico. Vive al ritmo de las novedades que recibe sobre la salud y la rentabilidad de las empresas y los bancos que cotizan o de la capacidad de los países o firmas deudoras para reembolsar sus deudas con interés. En cuanto una mala coyuntura económica se instala, el nerviosismo de los mercados aumenta. Se los ve reaccionar de manera cada vez más brusca o irracional, frente a todo lo que entra en la categoría de las “malas noticias”, es decir, las que pueden afectar de rebote los valores bursátiles. Las fases críticas en la bolsa son aquellas donde comienza a haber una retracción del mercado de los poseedores de títulos ya sea para una categoría de acción determinada o de manera más general. En cuanto los títulos colocados en venta tienen dificultades para encontrar compradores o no los encuentran, se entra en una nueva fase: aquella en la que se asiste a la caída o al hundimiento de las cotizaciones. El hecho que los títulos de tal o cual tipo o tal o cual empresa no encuentren comprador puede evidentemente reflejar ya sea acontecimientos muy particulares circunscriptos o hechos de alcance general que afectan a toda una economía, o incluso el sistema mundial tomado en su conjunto.
Todos estos elementos confluyen para explicar por qué los mercados financieros son la avanzada de “pánicos” casi ciegos. Una de las características de la situación creada a fines del verano de 1997 es un aumento significativo del grado y la velocidad de los fenómenos asociados al contagio bursátil. El anuncio de la puesta en venta importante o masiva de títulos en cualquier mercado bursátil, así como el hecho de que estos títulos tuvieron dificultades para encontrar comprador o no lo encontraron, es inmediatamente percibido como una “mala noticia” por el conjunto de las bolsas del globo: sus efectos repercuten de plaza en plaza. El carácter “ovejuno” de los operadores da a algunos mercados un rol preferencial, que es más fuerte en el dominio bursátil que en cualquier otro. En razón del carácter altamente jerarquizado de las finanzas son Nueva York y Chicago el punto decisivo del contagio bursátil. Solamente a partir de ellos la crisis, en su momento de propagación internacional, podría desembocar en un crack de amplitud tal que provocase el hundimiento en serie de los mercados bursátiles del planeta conduciendo así a la recesión mundial. Es evidente que el estado de la economía norteamericana es un dato central de la situación mundial considerada en su conjunto. Tanto la gravedad potencial del contagio bursátil como el rol “líder” de Wall Street fueron puestos en evidencia durante el “mini-crack” del 27 y 28 de octubre de 1997. Durante este episodio cuya velocidad y amplitud de contagio sobrepasaron los del crack de 1987, las acciones de los más grandes grupos norteamericanos fueron objeto de ventas importantes por primera vez desde el comienzo de los años 1990. Éstas forzaron a un grupo como la IBM a intervenir para estabilizar las cotizaciones convirtiéndose en compradores de sus propios títulos. Ese día la intervención de la IBM tuvo la capacidad de enderezar el mercado ¿pero será siempre así?
 
No se trata de adivinar
 
Un trabajo de análisis económico no es un ejercicio de adivinación. Lo esencial es comprender que la crisis no es ni “asiática”, ni “financiera”, sino mundial y expresión de contradicciones económicas y políticas profundas. Por esto, la posibilidad de un crack no es una hipótesis abstracta, sino algo que se inscribe en la situación abierta en Asia en julio del año pasado. Esta es una hipótesis que los especialistas financieros cada vez excluyen menos, aunque el nerviosismo de los mercados los obliga a hablar de ello sólo entre los iniciados. Discuten por tanto la severidad de la “corrección” bursátil, la amplitud de sus efectos de baja de los ingresos en los beneficios de los sistemas de jubilación por capitalización y los participantes en los fondos de colocación colectivos en los Estados Unidos, la dimensión imprevisible de los ecos del contagio bursátil internacional. Perfectamente conscientes de que la crisis en curso y su agravamiento posible cuestionarían la base del régimen de acumulación con predominio financiero, sino al modo de producción capitalista como tal, los propagandistas del capital afinan el discurso de la crisis como “precio de entrada en la economía del tercer milenio”.
Para la clase obrera, los asalariados de todas las categorías y la juventud, un crack bursátil internacional que desemboque en una crisis económica mundial, significaría un salto en la desocupación, una multiplicación del conjunto de los males que los afligen. Para el movimiento obrero mayoritario, pero también para las corrientes marxistas revolucionarias que buscan reorientarse y reagruparse, se crearía una nueva situación. En ésta ya no bastaría ser un opositor que trabaja para “empujar hacia la izquierda” al gobierno o a las direcciones sindicales o les exija “cambiar de política”. Frente a la emergencia, será preciso estar en condiciones de decir a los asalariados y desocupados lo que debe hacerse y cómo hacer para lograrlo, y ser capaces incluso de tomar las cosas en las propias manos.
La elaboración de un programa de acción para las masas, de un “plan de urgencia” debe integrar explícitamente la hipótesis de una agravación brusca de la situación económica. Pero debe integrar también una reflexión sobre las condiciones de la auto-organización ante a una situación de este tipo. Algo es seguro: es preciso hacer todo lo posible para que si existe crack, éste no sea abordado como una “calamidad” sino como un acontecimiento que abriría la posibilidad de devolver a todos los que sufren las consecuencias de la dominación capitalista, la esperanza de construir un sistema económico y social que responda a sus aspiraciones y necesidades.
 

* El artículo de François Chesnais apareció en el Nº 7 de la revista marxista francesa Carré Rouge de febrero de 1998. La traducción fue realizada por Aldo Andrés Romero y revisada por Paula M. Belmes y Hernán Camarero.
[1]Ver la reedición modificada y ampliada de La mondialisation du capital, Edit. Syros, París, octubre 1997, donde explico lo que entiendo por esta caracterización.
[2] N del T.: El artículo de Serfati al cual se refiere Chesnais es: “Sur les limites du capital et la crise actuelle”, Carré Rouge, Nº. 7, Paris, febrero de 1998, pág. 39-51.
[3]Ver también el excelente libro de Louis Gill sobre Marx, Fondements et limites du capitalisme, Edit. Boréal, Montreal, 1996.
[4]Un ejemplo típico es el artículo de Jacques Delors, “Les fruits amers de la spéculation”, en Le Nouvel Observateur, París, 15 de enero 1998.
[5]Sería necesario leer el dossier que acaba de publicar Serge Halimi, Les nouveaux chiens de garde, en la colección dirigida por Pierre Bourdieu, Liber-Raisons d’Agir, París, 1997.
[6]Establecí una cronología de los choques y crisis financieras de los últimos veinte años y de sus orígenes en el sistema financiero internacional en el capítulo 7 del libro colectivo del cual realicé su coordinación, La mondialisation financière, Edit. Syros, París, 1996.
[7]El análisis del carácter del capital ficticio de las acciones y de las obligaciones sobre el cual me apoyo se encuentra en Marx, El Capital, libro III, capítulos XXIX y XXX, ediciones varias.