La reproducción del metabolismo social del orden del capital. (segunda parte).

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Autor(es): Mészáros, István

Nota de la Redacción. Para introducir la segunda y última parte del capítulo 2 de Mas allá del capital debemos recordar que este libro constituye una monumental crítica al capital y al capitalismo (importante distinción de Mészáros). El autor penetra y expone la lógica que preside “el sistema de metabolismo social del orden del capital” para demostrar con fuerza la actualidad de la alternativa socialista, explicando de paso el fracaso de las experiencias no capitalistas del siglo XX por su negativa a ir más allá del capital.

En la primer parte del capítulo (publicado en Herramienta Nº 5), se comenzó poniendo de relieve las fallas estructurales en el control del sistema del capital y la revalorización del trabajo como única alternativa a las mismas. Esta convicción aparece abonada por la exposición de las características de el capital como forma de control del metabolismo social, incontrolable porque es totalizante y totalitaria. Toda la sociedad queda supeditada a los límites estructurales de este modo de control de un sistema basado en el antagonismo de clases y la radical separación entre la producción y el control de las decisiones, al que se superpone como fuerza unificadora el “control abarcativo del Estado”.  
Se marca la ruptura radical que existe entre todas las formas sociales anteriores y la nueva forma de control caracterizada por la tendencia irrefrenable a romper todas las barreras, pues el capital se realiza y amplía mediante la circulación, complejizando la relación producción/consumo e instaurando el crecimiento de la plusvalía como medida absoluta de eficiencia... hasta que se llegue al choque con sus límites absolutos.
El capital logra un incremento incomparable de la productividad, acompañado por la también creciente pérdida del control sobre la reproducción social, ocultada por un continuo desplazamiento de las contradicciones. En la raíz de esto se encuentran tres “defectos estructurales”: la separación entre producción/control de las decisiones, entre producción/consumo y entre microcosmos productivo del capital/circulación global, son otros tantos antagonismos estructurales. De allí la obligación de introducir la acción correctiva del Estado moderno, hipertrofiado para actuar como “estructura de comando político totalizador” de el capital, y de allí también la coincidencia entre el agravamiento de la crisis estructural y la crisis de la política (y el Estado).
Analizando estas “fallas estructurales”, se pone en evidencia que ante el antagonismo producción (por los trabajadores)/control (ejercido por la burguesía o los funcionarios burocráticos) el Estado debe intervenir como garante de la relación de fuerzas establecida y regulador de los conflictos, pasando así a ser prerrequisito para la supervivencia del sistema. En cuanto a la compleja relación producción/consumo, se pone de relieve que el imperativo de la expansión de la producción, lleva también a la expansión independiente del poder de consumo, generando apetitos imaginarios y artificiales. Se proclama la “soberanía del consumidor” como mecanismo que oculta desigualdades estructurales, al mismo tiempo que se reconoce y manipula el consumo obrero... También a este nivel es necesaria la acción correctiva del Estado, aunque esta relación implique inevitables desperdicios y tienda a convertirse en una carga material insoportable para el propio sistema.
 
Producción/circulación: el rol del Estado
 
Con respecto al tercer aspecto principal que nos interesa -la necesidad de crear la circulación como empresa global a partir de las estructuras internamente fracturadas del sistema del capital o, por decirlo de otra manera, en la búsqueda de algún tipo de unidad entre la producción y la circulación- el papel activo del Estado moderno es igualmente grande, si no mayor. Al concentrar la atención en él, en conjunción con las diversas funciones que el Estado está llamado a cumplir en el terreno del consumo, principalmente dentro de sus propias fronteras nacionales, resulta que estas relaciones no sólo están “infectadas de contingencia”,[1] como dijo Hegel alguna vez, sino también de contradicciones insolubles.
Una de las contradicciones más rebeldes y en definitiva insolubles es que históricamente la estructura política de mando y el marco correctivo global del sistema del capital está articulado bajo la forma de Estados nacionales, aunque como modo de control metabólico social y de reproducción (con su necesidad imperiosa de circulación global) es inconcebible que el sistema se vea encerrado en tales límites. Lo que cabe destacar en el presente contexto es que la única manera en que el Estado puede tratar de resolver esta contradicción es mediante un sistema de “doble contabilidad”: un nivel de vida bastante más alto para los trabajadores -junto con una democracia liberal- en casa (es decir, en los países “metropolitanos” o “centrales”) del sistema capitalista global, y la explotación al máximo con un sistema de gobierno implacablemente autoritario (incluso dictatorial donde sea necesario), ejercido de manera directa o por intermediarios, en la “periferia subdesarrollada”.
Así, el verdadero significado de la tan idealizada “globalización” (una tendencia emanada de la naturaleza del capitalismo desde sus comienzos) es: el despliegue inevitable de un sistema internacional de dominación y subordinación. En el plano de la política totalizadora, corresponde a la instauración de una jerarquía de Estados nacionales (más o menos poderosos) que disfrutan -o padecen- la posición que les ha asignado la relación de fuerzas prevaleciente (a veces violentamente cuestionada) en el orden global del capitalismo, donde impera la ley del más fuerte. Cabe destacar que la operación relativamente sencilla de la “contabilidad por partida doble” de ninguna manera está destinada a convertirse en un rasgo permanente del orden capitalista global. En verdad, su duración está limitada a las condiciones del predominio histórico del sistema, cuando la expansión y acumulación sin perturbaciones crean el margen de ganancia para operar una tasa de explotación del trabajo relativamente favorable en los países “metropolitanos” en comparación con las condiciones de vida del sector obrero en el resto del mundo.
En este sentido son sumamente significativas dos tendencias complementarias de desarrollo. En primer lugar, durante las últimas décadas hemos presenciado una cierta nivelación de las diferencias en la tasa de explotación[2] bajo la forma de una espiral descendente que afecta el nivel de vida de los trabajadores en los países capitalistas más avanzados. En el futuro previsible, esta tendencia seguramente se afirmará los países “centrales”. En segundo lugar, juntamente con esta tendencia niveladora de las diferentes tasas de explotación, también advertimos la aparición de su inevitable corolario político bajo la forma de un autoritarismo creciente en los Estados “metropolitanos” hasta ahora liberales, y de un comprensible desencanto con la “política democrática” que cumplió un papel de primer orden en el giro autoritario del control político en los países capitalistas desarrollados.
El Estado como agencia totalizadora, para crear la circulación global a partir de las unidades socioeconómicas internamente fracturadas del capital debe seguir en sus acciones internacionales una conducta distinta a la que aplica en el terreno de la política interior. En este último debe velar -en la medida que ello es compatible con la cambiante dinámica de la acumulación del capital- para que la tendencia inexorable a la concentración y centralización del capital no destruya prematuramente muchas unidades de producción viables (aunque menos eficientes que sus hermanas mayores), ya que actuar de otro modo en esas circunstancias afectaría negativamente la fuerza combinada del capital nacional total. Para eso es necesario tomar algunas medidas legales auténticamente antimonopólicas, si las condiciones internas lo requieren y las condiciones generales lo permiten. No obstante, las mismas medidas son derogadas sin más trámite cuando los intereses cambiantes del capital nacional así lo decretan, con lo cual creer que el Estado -la estructura política de mando del sistema capitalista- puede ser el guardián de la “sana competencia” contra los monopolios en general es no sólo ingenua sino totalmente contradictoria.
En contraste, en el plano internacional el Estado nacional del sistema capitalista no tiene el menor interés en limitar el impulso monopólico de sus unidades económicas dominantes. Al contrario. En el terreno de la competencia internacional, cuanto menos limitadas y más fortalecida es la empresa económica con apoyo político (y militar, si es necesario), mayores serán sus probabilidades de triunfar contra sus rivales presentes o potenciales. Por eso, la relación entre el Estado y las empresas económicas correspondientes se caracteriza por el hecho de que aquél asume desembozadamente el papel de colaborador de la expansión externa lo más monopolista posible. Desde luego que los medios y arbitrios para realizar este papel se modifican al cambiar las relaciones de fuerzas internas y externas por obra de las diversas circunstancias históricas. Pero los principios orientadores monopolistas de todos los Estados que ocupan una posición dominante en la jerarquía global del capitalismo permanecen invariables a pesar de las ideas de “libre comercio”, “competencia justa”, etcétera, en las que la gente como Adam Smith creía al principio, antes de que se las transformara en camuflaje cínico o jarabe de pico. El Estado del sistema capitalista debe afirmar por todos los medios los intereses monopólicos de su capitalismo nacional -por la fuerza, en caso de necesidad- frente a los Estados rivales en la competencia por los mercados necesarios para realizar la expansión y acumulación del capital. Así sucede con las más variadas prácticas políticas, desde el colonialismo moderno inicial (con las funciones que se le atribuyeron a las empresas comerciales monopolistas)[3] hasta el imperialismo con todas las de la ley, seguido por el proceso poscolonial de “desguace de los imperios” e imposición de formas de dominación neocoloniales y ahora con las agresivas aspiraciones y prácticas neoimperialistas de Estados Unidos y sus aliados obsecuentes en el flamante “Nuevo Orden Mundial”.
Sin embargo, aunque los intereses de los capitalismos nacionales se puedan distinguir de otros e incluso, en el caso de los Estados dominantes, se puedan proteger en gran medida de sus incursiones, dicha protección no puede eliminar los antagonismos del capital social total, es decir, la determinación estructural interna del capital como fuerza de control global. Esto se debe a que en el sistema capitalista la “armonización” sólo puede tomar la forma de un equilibrio puramente temporario, no de la resolución de un conflicto. Por eso, no es en absoluto casual encontrar en la teoría social y política burguesa la exaltación del “equilibrio de poderes” como ideal insuperable, cuando en realidad sólo puede ser una manifestación en un momento dado de la imposición/aceptación de la relación de fuerzas imperante, que a la vez permite visualizar su trastrocamiento cuando las circunstancias lo permitan. El axioma de bellum omnium contra omnes es el modus operandi inexorable del sistema capitalista. Como sistema de control metabólico social está estructurado antagónicamente desde las unidades socioeconómicas y políticas más pequeñas hasta las más globales. Además, el sistema capitalista -y en realidad todas las formas concebibles de control social metabólico global, incluyendo el socialismo- está sometido a la ley absoluta del desarrollo desigual que bajo la dominación del capital se impone en una forma en última instancia destructiva debido a su principio estructural interior destructivo.[4] Así, para visualizar una auténtica resolución viable de los antagonismos del sistema capitalista a nivel global, sería necesario creer en el cuento de hadas de la eliminación de la ley del desarrollo desigual que rige los asuntos humano. Por eso el “Nuevo Orden Mundial” es una fantasía absurda o un camuflaje cínico destinado a proyectar los intereses hegemónicos de las potencias capitalistas predominantes como aspiración moral digna de elogios y universalmente benéfica de la humanidad. Nada se resolvería con la instauración de un “gobierno mundial” y el sistema estatal correspondiente, aunque fuera factible. Porque un sistema global cuya estructura es antagónica hasta la médula. sólo puede ser explosivo y en última instancia autodestructivo. Dicho de otra manera, un sistema global de control social metabólico constituido por microcosmos desgarrados por antagonismos internos debido a los conflictos de intereses irreconciliables centrados en la separación y enajenación del control de los productores sólo puede ser inestable y, en última instancia, explosivo. Porque la contradicción absolutamente insoluble entre la producción y el control se impondrá inexorablemente en todas las esferas y niveles de intercambio social reproductivo, incluso en sus metamorfosis en las contradicciones entre producción y consumo, así como entre producción y circulación.
Las probabilidades de éxito de la alternativa socialista están determinadas por su capacidad (o incapacidad) para afrontar las tres contradicciones -entre producción y control, producción y consumo, producción y circulación- constituyendo un microcosmos de reproducción social interiormente armónico. Las mayores figuras de la filosofía burguesa, que visualizaban el mundo desde el punto de vista del capitalismo en ascenso (o, como diría Marx, “desde el punto de vista de la economía política”), no podían concebirlo, ya que debían dar por sentado el microcosmos internamente fracturado del sistema capitalista. En cambio, ofrecían remedios que soslayaban los problemas en juego presentando al poder de la Razón como solución genérica y a priori a todas las dificultades y contradicciones concebibles o elaborando esquemas especiales muy idealizados mediante los cuales se debían encontrar respuestas adecuadas a las perturbadoras contingencias históricas. Aquí nos referiremos solamente a Adam Smith, Kant, Fichte y Hegel.
El concepto de Smith de “la mano oculta” sigue siendo influyente aún hoy como remedio deseado a los conflictos y las contradicciones reconocidos, en el plano ideal de un “deber ser”. Kant tomó la idea de Adam Smith del “espíritu mercantil” y sobre esta base visualizó la solución permanente de todos los conflictos destructivos y las conflagraciones internacionales mediante un sistema estatal universalista que instauraría -como sin duda podría hacerlo, ya que en la filosofía kantiana “deber implica poder”- la “política moral” de la inminente “paz perpetua”. Fichte, en cambio, abogaba por el igualmente utópico “Estado comercial cerrado” (der geschlossene Handelstaat, dependiente de estrictos principios de autarquía) como solución ideal a las restricciones y contradicciones explosivas del orden imperante. Fue Hegel quien presentó el análisis más realista de estos asuntos al reconocer que la contingencia predomina en las relaciones internacionales de los Estados nacionales y descartar de plano la solución ideal de Kant al afirmar que la “corrupción en las naciones sería el producto de una paz prolongada, ni que hablar de ‘perpetua’”. Pero la explicación de Hegel también está llena de instancias de “deber ser”, aparte de que la coronación de su sistema ideal es el “Estado germánico” (que, como se dijo anteriormente, no se identifica con el Estado nacional alemán como sostienen sus críticos pues incorpora el “espíritu mercantilista” del colonialismo inglés) como afirmación de “la verdadera reconciliación” que se personifica en el Estado como imagen y presencia de la razón. Así, en todas las hipóstasis del Estado como remedio de los defectos y las contradicciones reconocidos -sea el postulado ideal de Kant como agente de la “paz perpetua”, el “Estado comercial cerrado” autárquico de Fichte o incluso la concepción hegeliana de la “verdadera reconciliación” como el Estado que encarna la “imagen y presencia de la razón”- las soluciones presentadas no hacen más que abogar por un ideal irrealizable. No podría ser de otra manera, ya que jamás se pone en tela de juicio el microcosmos antagónicamente estructurado del sistema capitalista, con su inextirpable bellum omnium contra omnes expresado en la triple contradicción señalada. Se las subsume en la concepción ideal del Estado y se declara que ya no representan peligro de trastorno o explosión ya que se ha alcanzado tal o cual forma de la “verdadera reconciliación” ideal.
En realidad, los antagonismos explosivos del sistema en su conjunto persisten mientras no se alteren drásticamente sus microcosmos interiormente desgarrados. Porque en el sistema capitalista antagónicamente fracturado los conflictos y contradicciones tienden a ascender de niveles de conflicto más bajos a los más altos paralelamente a la creciente integración del orden social metabólico del capital en un sistema global desarrollado. La lógica inexorable de este desarrollo de los conflictos en grados crecientes de intensidad es la “guerra ilimitada si fracasan los métodos ‘normales’ de sometimiento y dominación”, como lo demuestran con dolorosa claridad las dos guerras mundiales del siglo XX. Así, la institución hipostática de la “paz perpetua” sobre la base material del microcosmos internamente fracturado del capitalismo no puede ser otra cosa que una pura expresión de deseos.
No obstante, en nuestra época el sistema del capital global debe enfrentar una nueva contradicción estructural superpuesta a todas sus partes constituyentes, por los sucesos históricos de la posguerra y por el cambio fundamental en la tecnología bélica. Esta implica la necesidad imperiosa de la paz, que no excluye guerras parciales (que por fuerza deben existir en el seno conflictivo del capitalismo) pero sí una nueva guerra total en vista de la inexorable aniquilación de la humanidad que implicaría. En consecuencia, los antagonismos explosivos del sistema en su conjunto, lejos de ser eliminados conforme con el sueño kantiano, se agravan constantemente. Porque el sistema capitalista debe aceptar el hecho desagradable de que las obligaciones de la paz lo han despojado del recurso definitivo (antes disponible) de imponerse por la violencia sobre un adversario de otro modo incontrolable. Para manejar sus asuntos de manera viable sin ese recurso extremo el sistema del capital debería ser cualitativamente distinto de lo que es y puede ser en su constitución estructural más íntima. Así, cuando el capital alcanza su mayor nivel de globalización mediante la consumación de su ascenso histórico, el microcosmos socioeconómico que lo compone revela el espantoso secreto de ser responsable último de su carácter destructivo, en nítido contraste con las idealizaciones desde Adam Smith y Kant hasta los diversos “Hayeks” y “socialistas de mercado” del siglo XX. Así se vuelve inevitable confrontar la verdad perturbadora de que es necesario indagar profundamente en el microcosmos constitutivos para superar la destructividad incorregible del orden metabólico social del capital. Este es el desafío que surge de la contradicción entre producción y circulación llevada a su máxima expresión al consumarse el dominio global del capitalismo.
 
El Estado, estructura política de mando e integrante de la “base material” del sistema
 
Como se advierte en relación con los tres aspectos principales del control estructuralmente defectuoso del capitalismo, el Estado moderno como único marco correctivo viable no surge después de la articulación de las formas socioeconómicas fundamentales ni más o menos directamente determinado por éstas. No se trata de la determinación unidireccional del Estado moderno por una base material independiente. Porque la base socioeconómica del capital y sus formaciones estatales son totalmente inconcebibles por separado. Por eso es correcto y justo hablar de “correspondencia” y “homología” sólo en relación con las estructuras básicas del capital tal como están históricamente constituidas (lo cual implica un límite de tiempo), pero no de las funciones metabólicas particulares de una estructura correspondiente a las determinaciones y los requisitos estructurales directos de otra. Dichas funciones pueden contradecirse recíprocamente en la medida que sus estructuras subyacentes se extienden en el curso de la expansión necesaria y la transformación adaptativa del sistema del capital. La “homología de estructuras” surge paradójicamente en primer término de una diversidad estructural de funciones realizadas por los distintos órganos metabólicos (incluyendo el Estado) en el desarrollo histórico de la división social jerárquica del trabajo. Esta diversidad de funciones estructural produce la división problemática entre la “sociedad civil” y el Estado político sobre la base común del sistema del capital en su conjunto, del cual las estructuras fundamentales (u órganos metabólicos) son partes constituyentes. Pero a pesar del terreno común de su interdependencia constitutiva, la relación estructural de los órganos metabólicos del capital está plagada de contradicciones. Si no fuera así, la empresa emancipadora socialista estaría condenada a la futilidad. Porque al imponerse la homología de las estructuras y funciones fundamentales correspondiente plenamente a los imperativos materiales de control metabólico social del orden del capital, se crearía una verdadera “jaula de hierro” para todas las épocas -incluyendo la fase global del desarrollo del capital, con sus graves antagonismos nacionales e internacionales- de la cual sería imposible escapar, de acuerdo con las proyecciones de gente como Max Weber, Hayek y Talcott Parsons.
Debemos volver sobre algunos de estos problemas en el contexto de la crítica socialista de la formación del Estado -es decir, no sólo del Estado capitalista- en la segunda y tercera parte. Aquí haremos algunas observaciones sobre la base material y los límites globales dentro de los que se deben aplicar las funciones correctivas de la formación estatal históricamente desarrollada bajo el sistema del capital.
Como se dijo anteriormente, el capital es una forma singular de control metabólico social y como tal, lógicamente, es incapaz de funcionar sin una estructura de mando adecuada. En consecuencia, en este sentido importantísimo, el capital contiene un tipo histórico concreto de articulación y estructura de mando. Además, la relación entre las unidades socioeconómicas reproductoras -es decir, el metabolismo social del microcosmos del capital- y la dimensión política del sistema no puede ser dominante unilateralmente desde cualquier dirección, como lo era, por ejemplo, el sistema feudal. Bajo el feudalismo, el factor político podía asumir una posición dominante -hasta el punto de conferir al señor feudal el poder de ejecutar a sus siervos si lo deseaba (y si era tan necio como para hacerlo, ya que su propia existencia material dependía del tributo que pudiera extraerles en forma continua)- precisamente porque (y mientras) el principio de la “supremacía política” del señor fuera viable en sus propios términos. El poder feudal arbitrario formalmente ilimitado se podía mantener porque el modo imperante de control político se veía sustancialmente limitado por la manera en que estaba constituido. Esas restricciones -en dos sentidos- correspondían a la propia naturaleza del sistema feudal.
·      (1) Su ejercicio era esencialmente local, de acuerdo con el grado relativamente alto de autosuficiencia de las unidades sociales metabólicas dominantes, y
·      (2) debía dejar las funciones fundamentales de control de la reproducción económica en manos de los productores.
Así, el poder político era supervisor y externo en lugar de reproductor e interno. Podía sostenerse sólo mientras las propias unidades metabólicas fundamentales del sistema feudal conservaran la cohesión interna y las restricciones en los dos aspectos mencionados, lo cual reducía en un sentido muy real el ejercicio mismo del poder supervisor feudal. Paradójicamente, fueron la extensión del poder político feudal desde el encierro local hacia el absolutismo sustancial (mediante el desarrollo de la monarquía absoluta francesa, por ejemplo) juntamente con la irrupción de elementos capitalistas disruptivos en las estructuras reproductoras hasta entonces en gran medida autosuficientes los que ayudaron a destruir este sistema metabólico social en la cumbre de su poder político.
En cambio, el sistema del capital evolucionó históricamente a partir de componentes desenfrenados y de ninguna manera autosuficientes. Los defectos estructurales de control mencionados anteriormente requerían la instauración de estructuras concretas de control capaces de complementar -en el nivel apropiado- los constituyentes reproductores materiales de acuerdo con la necesidad totalizadora y la cambiante dinámica expansionista del sistema del capital. Así surgió el Estado moderno como estructura política de mando global del capital, constituido y transformado como parte integrante de la “base material” del sistema en la misma medida que las unidades reproductoras socioeconómicas.
Con respecto a la cuestión de temporalidad, la interrelación dinámica entre las estructuras reproductoras materiales directas y el Estado se caracteriza por la categoría de simultaneidad, no por las de “antes” y “después”. Estas sólo pueden convertirse en momentos subordinados de la dialéctica de la simultaneidad a medida que las partes constituyentes del modo de control metabólico social del capital evolucionan en el curso del desarrollo global, siguiendo su lógica interna de expansión y acumulación. Asimismo, en relación con el problema de las “determinaciones”, sólo se puede hablar de codeterminaciones. Dicho de otra manera, la dinámica del desarrollo no se debe caracterizar bajo la categoría de “como resultado de” sino en términos de “juntamente con”, cuando queremos desentrañar los cambios en el control metabólico social del capital que surgen de la reciprocidad dialéctica entre sus estructuras de mando socioeconómicas y políticas.
Así, sería engañoso describir al Estado mismo como una superestructura. Puesto que el Estado constituye la estructura política de mando totalizadora del capital -que es absolutamente vital para la sustentabilidad material del sistema en su conjunto- no se lo puede reducir al grado de superestructura. Antes bien, el Estado como estructura global de mando tiene su propia superestructura -que Marx llama correctamente la “superestructura jurídica y política-, así como las estructuras reproductoras materiales también poseen dimensiones superestructurales. (Por ejemplo, las teorías y prácticas de las “relaciones públicas” y las “relaciones industriales” o las de la llamada “gestión científica”, originadas en la empresa capitalista de Frederic Winslow Taylor). Asimismo, es inútil perder el tiempo tratando de desentrañar la especificidad del Estado en términos de la categoría de “autonomía” (sobre todo cuando se la extiende para significar “independencia”) o de su negación. El Estado como estructura de mando política global del capital no puede ser en sentido alguno autónomo del sistema capitalista, ya que uno y otro son inextricablemente el mismo. Al mismo tiempo, el Estado dista de ser reducible a las determinaciones derivadas directamente de las funciones económicas del capital. Porque el Estado históricamente dado contribuye de manera crucial a la determinación -en el sentido antes señalado de codeterminación- de las funciones económicas directas al circunscribir o extender la factibilidad de unas contra otras. Por otra parte, tampoco se puede desentrañar la “superestructura ideológica” -que no se ha de confundir con la “superestructura jurídica y política”, ni qué decir tiene con el Estado mismo- si no se comprende que es irreductible a las determinaciones materiales/económicas directas, aunque también en este caso cabe rechazar con firmeza el intento de atribuirle una autonomía ficticia (en el sentido idealista amplio de independencia). Además, el problema de la “autonomía” en el real sentido del término no sólo interesa para la evaluación de la relación entre la ideología y la economía, la ideología y el Estado, la “base y la superestructura”, etcétera. También es esencial para comprender la relación compleja entre las diversas secciones del capital que participan directamente en el proceso de reproducción económica a medida que adquieren prominencia -en distintas épocas y con distinto peso relativo- en el curso del desenvolvimiento histórico.
El problema de la “superestructura jurídica y política” de la que habla Marx sólo puede ser inteligible en términos de la materialidad maciza y la necesaria articulación del Estado moderno como estructura fundamental de mando sui generis. El terreno común de la determinación de todas las prácticas vitales en el marco del sistema capitalista, desde las funciones reproductoras económicas directas hasta las funciones reguladoras estatales más mediadas, es el imperativo estructural orientado hacia la expansión del sistema al cual deben adecuarse las diversas agencias que actúan bajo la dominación del capital. Caso contrario este sistema singular de control metabólico no podría sobrevivir ni menos aún consolidar la dominación global alcanzada en el curso del desarrollo histórico.
Considerar las unidades reproductoras económicas directas del sistema capitalista como la “base material” sobre la cual se alza la “superestructura del Estado” es una simplificación contradictoria en sí misma que conduce a hipostasiar a un grupo de todopoderosos “capitanes de la industria” - expresiones mecánicas groseramente determinadas de la base material- como controladores efectivos del orden establecido. Y peor aún, esta concepción no sólo es mecanicista y reduccionista sino además incapaz de explicar cómo una “superestructura” totalizadora y cohesionadora puede surgir desde su ausencia total de la base económica. En lugar de una explicación convincente del funcionamiento del sistema capitalista, sólo ofrece el misterio de una “superestructura activa” que se levanta sobre una ausencia material, estructuralmente vital para corregir con éxito los defectos del sistema en su conjunto, cuando en realidad se supone que la determina directamente la base material. Si todo esto fuera una discusión académica centrada en sí misma se la podría ignorar con impunidad. Desgraciadamente no lo es. Porque la interpretación mecánica de la relación entre la “base material” y su “superestructura jurídica y legal” puede ser -y en realidad ha sido- traducida bajo las circunstancias de las sociedades posrevolucionarias en su opuesto ilusorio, según el cual el control político voluntarista del orden poscapitalista, después de la transferencia de la propiedad al “Estado socialista”, representa la superación de la base material del capital.
Sin embargo, lo cierto es que el Estado moderno pertenece a la materialidad del sistema del capital, donde encarna la necesaria dimensión cohesiva de su imperativo estructural de expansión y extracción de plusvalor. Esto es lo que caracteriza a todas las formas conocidas del Estado articuladas en el marco del orden metabólico social del capital. Y precisamente porque las unidades económicas reproductoras del sistema son de carácter inevitablemente centrífugo -lo cual durante un largo período histórico es parte integrante del inigualado dinamismo del capital, aunque en cierta etapa se vuelve problemático y potencialmente destructivo-, la dimensión cohesiva del metabolismo social global debe constituirse como estructura política de mando totalizadora separada. Como prueba de la materialidad sustantiva del Estado moderno, encontramos que en su carácter de estructura política de mando totalizadora del capital le interesa asegurar las condiciones de extracción de plusvalor tanto como a las unidades económicas reproductoras, aunque lógicamente tiene que asegurar el éxito de su acción a su manera. No obstante, el principio de estructuración del Estado moderno en todas sus formas, incluidas las variedades poscapitalistas, es la función vital de asegurar y salvaguardar las condiciones generales de extracción de plusvalor.
Como parte integrante de la base material del sistema del capital global, el Estado debe articular su superestructura jurídica y política de acuerdo con sus determinaciones estructurales intrínsecas y sus funciones necesarias. Su superestructura jurídico-política puede asumir formas parlamentarias, bonapartistas o incluso poscapitalistas de tipo soviético, y muchas otras más según lo requieran las circunstancias históricas. Además, dentro del marco de la misma formación socioeconómica, por ejemplo la capitalista, puede pasar de una red institucional jurídico-política democrática liberal a una forma de legislación y gobierno abiertamente dictatorial, y puede volver luego a la primera. Baste pensar en Alemania antes, durante y después de Hitler o en los cambios desde el Chile de Allende a la instauración del régimen de Pinochet y luego a la “restauración democrática” que dejó el control de las fuerzas armadas en manos de Pinochet y sus aliados. Estas transiciones serían inconcebibles si el Estado fuera una mera “superestructura”. Porque tanto en Alemania como en Chile la base material capitalista permaneció estructuralmente intacta durante estas transformaciones históricas en uno y otro sentido de las superestructuras jurídicas y políticas. Estos procesos fueron producto de la crisis del complejo social global (del cual los respectivos Estados eran un componente de peso) y sus ramificaciones internacionales (en las cuales, nuevamente, la materialidad de los Estados fue de singular importancia).
 
El Estado moderno hace juego con la base metabólica social del capital
 
La articulación de la estructura global política de mando en la forma del Estado moderno hace juego y a la vez se da de patadas con las estructuras metabólicas socioeconómicas fundamentales.
A su manera totalizadora, el Estado muestra las misma división estructural-jerárquica del trabajo que las unidades económicas reproductoras. Cumple una función vital en el control (aunque de ninguna manera la eliminación) de los antagonismos que surgen constantemente de la dualidad disruptiva de los procesos decisorios socioeconómicos y políticos, sin el cual el sistema capitalista no podría funcionar bien. Al hacer factible -en la medida que sea históricamente posible- la práctica de asignar trabajo “libre” al cumplimiento de funciones estrictamente económicas, el Estado cumple a la perfección los requisitos de este sistema antagónicamente estructurado de control metabólico social. Como garante último del modo de reproducción inexorablemente autoritario del capital (la “tiranía en el taller” no sólo bajo el capitalismo sino bajo el sistema de capital de tipo soviético), el Estado refuerza tanto la dualidad de producción y control como la división jerárquica estructural del trabajo de la cual él mismo es la manifestación más evidente.
La imposibilidad de contenerlos principios constitutivos del capital determina los límites de viabilidad de este sistema de control metabólico históricamente característico en términos tanto positivos como negativos. Positivamente, el sistema del capital puede avanzar en tanto sus estructuras productivas incontenibles encuentren recursos y salidas para la expansión y la acumulación. Negativamente, se produce una crisis estructural cada vez que el orden establecido de reproducción socioeconómica choca con los obstáculos creados por su propia articulación dualista, de manera que la triple contradicción entre producción y control, producción y consumo, producción y circulación ya no puede ser resuelta, y mucho menos utilizada como poderoso motor en el proceso de expansión y acumulación.
La función correctiva clave del Estado se define en relación con el imperativo de incontenibilidad. Aquí interesa destacar que la potencialidad positiva de la dinámica incontenible del capital no se puede realizar si se toman las unidades reproductoras fundamentales aisladamente, separadas de su marco sociopolítico. Porque aunque el impulso interior de los microcosmos productivos es irrefrenable, su carácter es totalmente indeterminado, es decir, podría ser totalmente destructivo y autodestructivo. Por eso Hobbes impone el Leviatán como correctivo necesario -bajo la forma de un poder de control absoluto- en su mundo de bellum omnium contra omnes. Para que prevalezca la potencialidad productiva del impulso irrefrenable del capital, las múltiples unidades reproductoras interactuantes deben convertirse en un sistema coherente cuyo principio rector y objetivo orientador globales son la mayor extracción posible de plusvalor (en este sentido no importa si la extracción de plusvalor es regulada política o económicamente o por cualquier combinación o proporción de ambos). Sin una estructura política de mando totalizadora adecuada -orientada firmemente hacia la extracción de plusvalor- las unidades del capital no constituyen un sistema sino una acumulación más o menos azarosa e insostenible de entidades económicas expuestas a los peligros del desarrollo desviado o la supresión política lisa y llana. (Por eso ciertos comienzos capitalistas prometedores en la historia europea fueron detenidos e incluso revertidos. La Italia posrenacentista es un ejemplo notable de ello).
Sin el surgimiento del Estado moderno, el modo de control social metabólico espontáneo del capital no puede transformarse en un sistema con un microscosmos socioeconómico claramente identificable, es decir, productor y extractor dinámico de plusvalor debidamente integrado y viable. Tomadas por separado, las unidades socioeconómicas reproductoras del capital no sólo son incapaces de lograr la coordinación y totalización espontáneamente, sino que se oponen diametralmente a ellas si se les permite seguir su curso de acuerdo con la determinación estructural centrífuga de su naturaleza. Paradójicamente, es esta total “ausencia” o “falta” de cohesión fundada en el microcosmos socioeconómico constitutivo del capital -debido sobre todo al divorcio entre el valor de uso y las espontáneas y manifiestas necesidades humanas- lo que hace surgir la necesaria dimensión política en el control social metabólico del capital en la forma del Estado moderno.
La articulación del Estado, en conjunción con los más profundos imperativos metabólicos del capital, significa simultáneamente la transformación de las fuerzas centrífugas destructivas en un sistema de unidades productivas desenfrenado, que posee una estructura de mando viable tanto dentro de los microcosmos productores como más allá de sus fronteras. Será desenfrenado mientras se mantenga su ascenso histórico porque la estructura de mando está adaptada para maximizar la potencialidad dinámica de los propios microcosmos materiales reproductores, cualesquiera que sean sus implicaciones y consecuencias en una escala temporal más prolongada. Así, no hay necesidad del Leviatán de Hobbes mientras se mantenga la dinámica expansiva. John Stuart Mill y otros sueñan -con cierta ingenuidad- con la permanencia de su Estado liberal idealizado aún cuando contemplan la aparición del “estado estacionario de riqueza” y los controles que la sociedad debe “aceptar” debido a los límites inevitables de la economía. Son ingenuos, porque no se debe temer las consecuencias catastróficas de las unidades sociales metabólicas centrífugas del capital en tanto los recursos y las salidas disponibles para la acumulación creen márgenes suficientes para “resolver” los conflictos de las fuerzas enfrentadas mediante la elevación constante de las apuestas, a la manera del jugador de ruleta imaginario cuyo “método imbatible” de duplicar la apuesta después de cada pérdida está acompañado por fondos inagotables. Así el enfrentamiento final entre los jugadores dominantes se puede postergar aumentando la escala de las operaciones y permitiendo al mismo tiempo que el sistema en su conjunto “supere las dificultades y disfunciones experimentadas” (como se supone que debemos hacer con respecto no sólo al astronómico endeudamiento sino también al vacilante proceso de acumulación). Así se redefine el bellum omnium contra omnes hobbesiano en una forma manejable dentro del sistema capitalista con la hipótesis de que no habrá límites a la expansión global. Esta redefinición se mantendrá en tanto no se imponga la sencilla verdad de que no existen fondos inagotables.
Sin embargo, sería equivocado poner un signo igual entre el Estado por si solo y la estructura de mando del sistema capitalista. El capital es históricamente un modo específico de control cuyo metabolismo social debe tener una estructura de mando apropiada en todas las esferas y niveles, porque no puede tolerar la existencia de nada por encima de sí mismo. Una de las razones principales del derrumbe inexorable del sistema soviético fue que la estructura de mando político de su formación estatal se extralimitó.Trató en vano de sustituir toda la estructura de mando socioeconómica del sistema del capital postrevolucionario, asumiendo de manera arbitraria la regulación política de todas las funciones productivas y distributivas para las cuales era totalmente inapto. En The power of ideology, escrito mucho antes del fracaso de la “perestroika” de Gorbachov y la implosión catastrófica del sistema soviético, dije que :
 
El Estado capitalista es totalmente incapaz de asumir las funciones reproductoras sustantivas de las estructuras reguladoras materiales salvo en medida mínima y en una situación de emergencia extrema. Pero tampoco se espera que lo haga en circunstancias normales. En vista de su constitución intrínseca, el Estado no podría controlar el proceso laboral aunque sus recursos se centuplicaran, dada la ubicuidad de las estructuras productivas particulares que habría que poner bajo su poder necesariamente limitado de control. En este sentido, trágicamente, el fracaso de las sociedades poscapitalistas en la esfera de la producción debe atribuirse en medida muy grande a su intento de asignar funciones metabólicas de control a un Estado político centralizado, cuando en realidad el Estado como tal no es apto para la realización de la tarea que afecta, de una u otra manera, la actividad cotidiana de cada individuo.
 
Aquí lo que se discute es que el capital en tanto tal es su propia estructura de mando, de la cual la dimensión política es parte integrante, aunque en modo alguno subordinada. Nuevamente, vemos aquí la manifestación práctica de una reciprocidad dialéctica.
El Estado moderno -como estructura política de mando totalizadora del capital- es tanto la premisa necesaria para la transformación de las unidades inicialmente fragmentarias del capital en un sistema viable como el marco global para la plena articulación y el mantenimiento de éste como sistema global. En este sentido fundamental se ha de concebir al Estado -debido a su función constitutiva y sustentadora permanente- como parte integrante de la base material misma del capitalismo. Porque contribuye de manera sustancial no sólo a la formación y consolidación de todas las grandes estructuras reproductoras de la sociedad sino a su funcionamiento constante.
Sin embargo, la estrecha interrelación es válida también cuando se la visualiza desde el otro lado. Porque el Estado moderno es totalmente inconcebible sin el capital como base metabólica social. Esto hace que las estructuras reproductoras materiales del sistema capitalista sean la condición necesaria no sólo para la constitución original sino también para la supervivencia (y las transformaciones históricas adecuadas) del Estado moderno en todas sus dimensiones. Estas estructuras reproductoras extienden su impacto sobre todo, desde los instrumentos estrictamente materiales de represión y las instituciones estatales jurídicas hasta las teorías ideológicas y políticas más mediadas de su razón de ser y su presunta legitimidad.
Debido a esta determinación recíproca debemos decir que el Estado moderno como estructura política de mando totalizadora hace juego con la base metabólica social del sistema del capital. Para los socialistas es una reciprocidad problemática y un desafío. Pone de manifiesto el hecho de que toda acción en el terreno político -aún cuando apunte al derrocamiento radical del sistema del capital- sólo puede tener un efecto limitado sobre la realización del proyecto socialista. Y el corolario de ese hecho es que, precisamente porque deben enfrentar el poder de la reciprocidad autosustentadora del capital bajo sus dimensiones fundamentales, los socialistas jamás deben olvidar o desconocer que no hay posibilidad de superar el poder del capital sin ser fiel a la concepción marxista de la “extinción” del Estado, aunque la tragedia de setenta años de la experiencia soviética es que se lo ha ignorado.
 
Desacople entre las estructuras reproductivas materiales del capital y su formación estatal.
 
Sin embargo, el círculo vicioso de esta reciprocidad no será siempre imbatible. Como se mencionó, podemos identificar un desacople estructural mayor entre el Estado moderno y las estructuras reproductivas socioeconómicas del capital: desacople que resulta ser el más relevante para valorar la perspectiva de los acontecimientos futuros. Ello se refiere en primer lugar al ser humano -sujeto social- en el control en relación con el funcionamiento del sistema del capital.
Como forma de control del metabolismo social, el sistema del capital es único en la historia, también en el sentido que es propiamente hablando un sistema de control sin sujeto. Las determinaciones objetivas y los imperativos del capital deben prevalecer siempre sobre los deseos subjetivos -las reservas críticas potenciales- del personal de control, cuya única tarea es convertir tales imperativos en directivas prácticas. Esta es la razón por la cual el personal al máximo nivel de la estructura de mando del capital -tanto si pensamos en los capitalistas privados como en los burócratas del partido- puede ser solamente considerado como la “personificación del capital”, con independencia de cuán entusiastamente ellos deseen o no llevar adelante los dictados del capital en cuanto personas individuales. En este sentido, a través de la estricta determinación de los márgenes de acción los seres humanos como “controladores” del sistema son de hecho controlados, y por tanto en el último análisis ningún ser humano autodeterminado puede tener el control del sistema.
El modo peculiar del control sin sujeto en el cual el controlador se encuentra realmente controlado por los requerimientos fetichistas del capital es inevitable, dada la separación radical de la producción y el control en el corazón del sistema. Ahora, aún cuando la función del control toma una existencia separada debido a los imperativos de sojuzgar y mantener permanentemente sometidos a los productores pese al status formal del “trabajo libre”, los individuos controladores del microcosmos reproductivo del capital deben ser sometidos al control del sistema mismo, dado que el fracaso en hacerlo destruiría su cohesión como sistema reproductivo viable. Lo que está en juego al hacer funcionar el modo de control del metabolismo social del capital es demasiado grande para permitir que la “personificación del capital” esté realmente en el control de la estructura de mando y realice su tarea admitiendo otras posibles alternativas. Más aún, lo que se juega no sólo es grande sino que se hace cada vez mayor, en la medida que el sistema se mueve desde las pequeñas y fragmentadas unidades productivas de los primeros pasos del sistema del capital a las gigantescas corporaciones transnacionales con una completa articulación global. Dado que la escala de las operaciones se expande en el curso de la integración de las unidades productivas, las dificultades para asegurar el dominio del capital sobre el trabajo a través de la estructura de mando sin sujeto crecen también.
El sistema del capital está basado en la alienación del control por parte de los productores. En este proceso de alienación, el capital degrada el sujeto real de la producción, el trabajo, a la condición de un objeto material (reified objectivity) -un mero “factor material de la producción”-, trastornando de ese modo, no precisamente en teoría sino en la práctica social más palpable, la relación real sujeto/objeto. Sin embargo, el problema para el capital es que “el factor material de producción” no puede dejar de ser el sujeto real de la producción. Para ejercer sus funciones productivas con la conciencia requerida por el proceso productivo -sin el cual el capital deja de existir como tal- el trabajo debe ser condicionado para reconocer otro sujeto sobre sí mismo, aún cuando en realidad sea sólo un pseudosujeto. A tal efecto el capital necesita personificaciones para mediar (e imponer) sus objetivos imperativos como mandatos concientemente ejecutables en los sujetos reales del proceso productivo potencialmente más resistentes (las fantasías acerca del advenimiento del proceso capitalista de produccción totalmente automatizado y sin trabajadores son generadas como imaginaria eliminación del problema).
El rol del Estado en relación a esta contradicción es de la mayor importancia, en cuanto provee la garantía última para que la resistencia de los productores y su rebelión potencial no se escape de las manos. Con el objeto de que esta garantía sea efectiva -específicamente en la forma de disuación político/legal y (para mitigar las peores consecuencias del mecanismo socioeconómico productor de pobreza) a través de los recursos del sistema de seguridad social- el Estado moderno y el orden reproductivo del metabolismo social del capital deben acoplarse entre sí. No obstante, la alienación del control y los antagonismos generados pertenecen a la verdadera naturaleza del capital. La resistencia es reproducida diariamente a través de las operaciones normales del sistema y ni los esfuerzos mitificadores por establecer “relaciones industriales” ideales -a través de la “ingeniería humana” o la “gerencia científica”, o inducir a los trabajadores a comprar acciones y que se transformen en “co-propietarios” o “socios” en el sentido del “capitalismo del pueblo”, etc.- ni la garantía disuasiva del Estado contra la potencial rebelión política pueden dejar de lado las aspiraciones emancipatorias (auto-controladoras) del trabajo. En definitiva, la cuestión será decidida por la factibilidad (o no) de este orden auto-controlado del metabolismo social basado en la alternativa hegemónica del trabajo, en oposición al del orden del capital con su control autoritario y sin sujeto. La idea de la “paz perpetua” entre el capital y el trabajo, independientemente de cuan diligentemente haya sido promovida en todos los tiempos, resulta no ser más realista que los sueños de Kant en cuanto a la “paz perpetua” entre Estados nacionales que se suponía emanaba del “espíritu comercial” capitalista.
De hecho, con relación a la cuestión del control, existe una dimensión importante en el desarrollo de los acontecimientos socioeconómicos que escapa a la habilidad combinada de la personificación del capital en las unidades de producción y al potencial de intervención del Estado como estructura de mando político del sistema. En ese sentido, encontramos una gran y objetiva intensificación de la contradicción entre los imperativos materiales del capital y su capacidad para mantener el control donde es preciso tenerlo: esto es, en el proceso de producción mismo.
La base de esta contradicción es la tendencia a una creciente socialización de la producción en el terreno global del capital. Este proceso transfiere objetivamente ciertas potencialidades de control a sus productores -aún si dentro del marco del metabolismo social del orden establecido adquiere un sentido negativo- y se abren posibilidades de que la incontrolabilidad del sistema capitalista sea más aguda. Lo que queremos enfatizar aquí tiene que ver con el desacoplamiento entre las estructuras reproductivas materiales del capital y su formación de Estado. El Estado -a pesar de su gran fuerza represiva- se encuentra sin poder para corregir tal situación, sin importar cuán autoritario puedan ser sus intentos. No puede concebirse una acción política que corrija los fundamentos socioeconómicos del capital. Las complicaciones e incontrolables contradicciones debidas a la creciente socialización de la producción afectan la esencia del capital como sistema reproductivo. Provienen, paradójicamente, de los mayores activos del sistema del capital: un proceso productivo dinámico al cual el capital no puede renunciar sin que resulten socavados sus poderes productivos y su concomitante legitimidad. Dado que esto es así, el desacoplamiento estructural se mantendrá mientras exista el sistema capitalista.
En tal sentido, es digno recordar -como advertencia que puede ser un anticipo del futuro- que una de las principales contradicciones que hizo que explotara el sistema soviético del capital fué la pesada dependencia en tal Estado buscando la inalcanzable acción correctiva. Ello empujó al Estado soviético a mejorar vigorosamente la socialización de la producción -para poder maximizar la extracción de plustrabajo políticamente- y al mismo tiempo, trató de reprimir con todos los medios a su disposición, como si nada hubiese sucedido desde 1917, las consecuencias necesariamente surgidas de la creciente socialización para una potencial emancipación del trabajo. De esta manera, en lugar de corregir los defectos productivos del sistema del capital soviético poscapitalista, a través de una tasa de producción impuesta políticamente, este terminó con una mayor tasa de socialización de la producción impuesta, que no pudo ser sostenida tanto por su fracaso estructural en controlar la resistencia del trabajo como por el bajo nivel de productividad que lo acompañaba. El derrumbe del sistema soviético ocurrió bajo el peso insoportable de tales contradicciones.
 
El capital global carece de un estado mundial propio
 
El desacoplamiento estructural también se puede reconocer en las relaciones contradictorias entre el mandato totalizador del Estado y sus capacidades para lograrlo. El Estado cumple exitosamente su rol solamente si puede mejorar el potencial productivo inherente al desenfreno de las unidades reproductivas particulares cuando ellas constituyen un sistema. En otra palabras, lo que está en definitiva en juego no es simplemente la efectividad del apoyo que provee el Estado a tal o cual fracción. Más bien, es la habilidad de asegurar el avance del “todo” en la cambiante dinámica de expansión y acumulación. En efecto, el respaldo preferencial que puede ser dado por un Estado determinado a las secciones dominantes del capital -hasta de facilitar los mayores éxitos monopolísticos- es parte de la lógica del avance del “todo” (que en la práctica significa: el capital nacional total del Estado en cuestión), sujeto a la necesidad de respetar a los límites mismos del sistema del capital.
Aquí es donde aparece una gran contradicción. Para el sistema del capital -tal cual se ha venido constituyendo históricamente- el “todo” vigorosamente respaldado por el Estado no puede abarcar globalmente a las unidades reproductivas socioeconómicas existentes. No es preciso decir que el surgimiento y consolidadción de los capitales nacionales es un hecho histórico completamente consumado. Tampoco puede haber dudas acerca de la realidad de las interacciones de los Estados nacionales -frecuentemente desastrosas y conflictivas-. Pero esto también significa que los capitales nacionales, en todas las formas de articulación conocidas, estan inextricablemente entrelazadas con los Estados nacionales y dependen de su respaldo, ya sean imperialismo dominantes o cuando ellos son sometidos a la dominación de otros capitales nacionales y sus respectivos Estados.
El capital global, por el contrario, está desprovisto de formación propia, a pesar de que el sistema del capital afirma su poder -de forma extremadamente contradictoria- como sistema global. Así el Estado del sistema del capital demuestra su incapacidad de conducir la lógica objetiva desenfrenada del capital hasta su conclusión. Una multiplicidad de Estados modernos fueron constituidos sobre las bases materiales que tenía el sistema del capital en la evolución histórica, desde las primeras formaciones estatales a las coloniales, bonapartistas, burgueses-liberales, imperialistas, fascistas, etc. Todas estas variedades del Estado moderno pertenecen a la categoría de “Estados capitalistas”. Por otro lado, los diverso Estados poscapitalistas también se constituyeron en la materialidad del capital -de manera modificada- y esta base persistió en las sociedades postrevolucionarias, desde el Estado soviético a las llamadas “democracias populares”. Más aún, nuevas variantes no sólo son teóricamente factibles en el futuro, sino de hecho ya son identificables en nuestros días, en particular como producto de la explosión del ex sistema soviético. Los Estados que surgieron de sus ruinas no pueden ser calificados simplemente como “Estados capitalistas”, al menos hasta la fecha. Si en el futuro se podrán describir o no de esa manera, dependerá del éxito que tengan los esfuerzos para reestablecer el capitalismo. Quienes en el pasado caracterizaron a la Unión Soviética como una sociedad “Capitalista de Estado” deberán ahora repensarlo, a la luz de lo que ha ocurrido recientemente. Aún hoy, más de doce años después que Gorbachov inició su trabajo de restauración capitalista al ser promovido a Secretario General, los sucesivos líderes estalinistas encontraron inmensas dificultades para completar dicho proceso. A pesar del impreciso discurso de moda sobre “conservadores” y “reformadores”, las verdaderas dificultades no provenían de lo que se decía. Los “conservadores” de hoy, los “reformadores” de ayer, así como sus corruptos sucesores -los diversos “Yeltsins” a quienes poco antes se había celebrado con un incalificable entusiasmo en la prensa capitalista occidental- son acusados (por The Economist, nada menos)por sus “actos de gran irresponsabilidad”.[5] En verdad lo que fue demostrado con el fracaso de la completa restauración del capitalismo en Rusia (al igual que en las ex repúblicas soviéticas) es que los intentos de revertir un sistema reproductivo social a través de la acción política a cualquier nivel, son incapaces de rasguñar siquiera la superficie del problema, cuando las bases mismas del metabolismo social del sistema capitalista (para el caso, las del sistema del capital postcapitalista soviético) ponen obstáculos reales a las transformaciones previstas.
No es factible restaurar el Estado capitalista solamente a través de un cambio político, y menos aún el instituir la “economía de mercado” capitalista sin introducir cambios fundamentales (junto con todos sus prerrequisistos materiales) en el orden del metabolismo social de las sociedades postrevolucionarias, en relación con el profundamente transformado modo de regulación de la extracción de plus-trabajo -primariamente político y no económico- bajo setenta años del poder político. La carnada de la “ayuda económica” capitalista occidental puede ayudar al máximo en el trabajo de restauración política, como realmente ha hecho, pero es casi risible en los términos del monumental cambio del metabolismo social necesario. Tal ayuda se reparte según el modelo de la “ayuda a los países subdesarrollados”, atada a condiciones políticas con abierto cinismo y total desconsideración por las humillaciones que deben tragar los “receptores de la ayuda”. Así The Economist no titubea en defender abiertamente el uso del “gran garrote de las sanciones económicas” expresando de manera estruendosa (en el mismo tono con que se censuró a Yeltsin antes de que éste disolviera el Parlamento ordenando a un regimiento de tanques disparar a los edificios con gente adentro dando así una prueba concluyente de sus credenciales acorde con las “expectativas democráticas” de Occidente) que “no debería ser enviada más ayuda”[6] hasta que el Presidente ruso se pusiera en línea, expiase sus “gruesas responsabilidades”, expulsara “la dirección del Banco Central” y respaldara al favorito del mes, “el reformista ministro de las finanzas Boris Fyodorov”, etc.
Lo que resulta olvidado o ignorado en esos enfoques de la “ayuda” es que los países del llamado “Tercer Mundo” fueron subordinados como parte integral de los imperios capitalistas antes de que trataran de entrar -con muy poco éxito- al camino de la “modernización” post-colonial. Así -a diferencia de Rusia, donde la cuestión en juego es el gran cambio que va desde la postcapitalista extracción política del plustrabajo al anterior modo económico capitalista de extracción de plusvalor- los países postcoloniales no tuvieron que hacer ningún esfuerzo para ser una parte dependiente del sistema capitalista global dado que fueron totalmente dependientes del mismo desde el principio. No debieron pelear por la restauración del capitalismo dado que ya lo tenían -independientemente de cuán subdesarrollados hayan sido- y en tal sentido, cuando los impactos potencialmente perjudiciales producidos por los “vientos de cambio” aconsejados por los maestros imperialistas se concretan (según el famoso discurso de MacMillan), ya estaban en condiciones de manejar las nuevas formas de dominación “neo-capitalista” y “neo-colonial”. En los países de la Unión Soviética -precisamente porque estuvieron bajo el dominio del capital en una de sus formas postcapitalistas- prevalecieron (y en cierto sentido todavia prevalecen)muy diferentes condiciones. A esto se debe que la “ayuda económica” del capitalismo occidental cien veces mayor (cuya magnitud repetidamente prometida pero nunca realmente entregada a Gorbachov y a Yeltsin, es risible aún en comparación con la que haría falta para convertir a Albania en un país capitalista próspero) sigue siendo insignificante en relación al tamaño real del problema al medirlo en la escala del cambio que es necesario en el metabolismo social.
Los Estados del sistema del capital -tanto en las variedades capitalistas como las postcapitalistas- imponen (con mayor o menor éxito) los intereses de los Estados nacionales. En completo contraste, “el Estado del sistema del capital como tal” constituye hasta el día de hoy solamente una “idea regulativa” de tipo Kantiana sin signos de realización futura, sin que sea ni siguiera discernible como una débil tendencia histórica. Y ello no es nada sorprendente. La concreción de tal “idea regulativa” presupondría la superación exitosa de todos los grandes antagonismos, de las oposiciones constituyentes del capital global.
Así, la incapacidad del Estado para proveer completamente lo que le requieren en definitiva las determinaciones internas totalizantes del sistema capitalista, representa un gran problema para el futuro. La seriedad de este problema se ilustra por el hecho de que aún el Estado capitalista de la potencia hegemónica privilegiada -los Estados Unidos de hoy- fracasará en su intento de cumplir con el mandato de maximizar el desenfreno global del capital como tal, e imponerse como el incontrovertible Estado dirigente del sistema global del capital. Necesariamente sigue estando nacionalmente restringido en sus iniciativas políticas y económicas -y su posición de poder hegemónico es potencialmente amenazada como resultado de las cambiantes relaciones de fuerza al nivel de los intercambios socioeconómicos y de las confrontaciones internacionales- sin importar cuan dominante pudiera ser como poder imperial.
La incapacidad para llevar el interés del sistema capitalista hasta sus últimas conclusiones lógicas se debe al desacople estructural entre los imperativos que emanan del proceso del metabolismo social del capital, y el Estado como estructura política de mando comprensiva. El Estado no puede ser comprensivo y totalizante al grado en que “debería serlo”, dado que en nuestros días no está siquiera de acuerdo con los niveles ya alcanzados de integración del metabolismo social, y menos con los requeridos para liberar al orden global de sus crecientes dificultades y contradicciones. Al día de hoy, no hay ninguna evidencia de que este profundo desacople pueda remediarse con la formación de un sistema de Estado global capaz de eliminar los antagonismos presentes y potenciales del metabolismo del orden global establecido. Las soluciones alternativas intentadas -bajo la forma de dos guerras mundiales iniciadas con el objetivo de rediseñar las líneas de las relaciones de los poderes hegemónicos prevalecientes- hablan sólo de desastres.
El sistema capitalista es un modo de control del metabolismo social irrefrenablemente orientado hacia la expansión. Dadas las determinaciones internas de su naturaleza más esenciales, las funciones políticas y materialmente reproductivas deben ser radicalmente separadas -produciéndose de esa manera el Estado moderno como la estructura de alienación por excelencia-, tal como se encuentran radicalmente divorciadas la producción y el control en el Estado mismo. Pero “expansión” en este sistema sólo puede significar expansión del capital a lo que debe subordinarse todo, y no el logro de las aspiraciones humanas positivas y el suministro coordinado de medios para su satisfacción. Esto se debe a que en el sistema capitalista los criterios fetichistas totalizantes de la expansión deben imponerse en la sociedad como una separación radical y alienación del poder de decisión construido por todos -incluyendo la “personificación del capital” cuya “libertad” consiste en imponer a otros los imperativos del capital- a todos los niveles de la reproducción social, desde el dominio de la producción material hasta los más altos niveles de la política. Los objetivos de la existencia social son definidos por el capital a su manera, subordinando inexorablemente todos los valores y aspiraciones humanas al logro de la expansión del capital, y no puede haber espacio para la toma de decisiones diferente a la que estrictamente concierne a encontrar los instrumentos mejor situados para alcanzar la meta predeterminada.
Pero aún si se está dispuesto a ser indiferente al carácter desolador de la acción humana confinada a los estrechos márgenes de la búsqueda de la materialidad fetichistica, las perspectivas de éxito no son brillantes a largo plazo. Como modo de control del metabolismo social orientado a la expansión irrefrenable, el sistema capitalista solo puede mantener el rumbo exitoso con la acumulación y tarde o temprano estallará, como lo hizo el sistema capitalista del postcapitalismo soviético. No había -no podía haberlo- una vía para derrocar desde afuera al sistema capitalista soviético sin correr el riesgo del aniquilamiento de la humanidad por medio de una guerra nuclear global. El dar una mano a Gorbachov y sus amigos (con quienes aún Margaret Thatcher y compañia podían “hacer negocios”) facilitó el estallido del sistema, y resultó una apuesta mejor. De igual manera está fuera de cuestión “derrumbar desde afuera” al sistema capitalista como tal, dado que no tiene “lado externo”. Ahora, la gran mortificación de los apologistas del capital, el mítico “enemigo externo” -el “imperio del diablo” de Ronald Reagan- también desapareció. Pero incluso el dominio del sistema capitalista más o menos absoluto en nuestros días se encuentra lejos de estar inmunizado contra las amenazas de inestabilidad. El peligro no viene del mítico “enemigo interno”, asociado en los corazones de Reagan y la Thatcher como al “enemigo externo” en la forma del “imperio del diablo”. Reside, más bien, en la prospectiva de que la expansión y la acumulación del capital lleguen un día a un parate total. El “Estado estacionario” -que John Stuart Mill esperaba fuese materialmente sustentable y políticamente liberal/democrático-, no es más que una auto-contradicción y el sueño de un día, al que puede corresponder en realidad la pesadilla absoluta de un autoritarismo global. Una forma de autoritarismo en comparación con la cual, la Alemania Nazi de Hitler podría brillar como un modelo de democracia.
 

* La traducción que presentamos fue realizada para Herramienta por Daniel Acosta.
[1] Véase Hegel., Filosofía del Derecho.
[2] Véase Mészáros, I., La necesidad de control social, The Merlin Press, 1971.
[3] Es digno de recordar que el monopolio comercial de la British East Indian Company sólo terminó en 1813, bajo las presiones del vigoroso desarrollo de los intereses de los capitalistas británicos, y que el monopolio de comercio chino sólo concluyó en 1833.
[4] La ley del desarrollo desigual mantiene validez bajo cualquier modo de control humano posible del metabolismo social. Es gratuita la suposición de su total desaparición en las condiciones de una sociedad socialista. Además no hay nada de malo en ello. El desarrollo desigual puede ser instrumental y positivo para el avance de la productividad. La verdadera preocupación de los socialistas debe ser que la ley de desarrollo desigual no ejerza su poder de manera ciega y destructiva, lo cual no ha podido se evitado hasta el momento. El desarrollo desigual en el sistema del capital se encuentra íntimamente ligado con la ceguera y la destrucción. Debe imponer su poder ciegamente debido a que necesita excluir a los productores de del control de las decisiones. Al mismo tiempo en el desarrollo del sistema del capital existe una dimensión destructiva. Las unidades socioeconómicas deben ser devoradas en el curso de la concentración y centralización del capital, aunque las figuras más relevantes de la economía política burguesa sólo logran ver su lado positivo hablando del “avance a través de la competencia”. Además, la destrucción, como parte de la normalidad del sistema de capital, se evidencia claramente durante las crisis cíclicas, manifestadas como sobreacumulación de capital. Más aún, la encontramos también de manera distinta en el creciente despilfarro del sistema en los “países del capitalismo avanzado”, orientando la creación y satisfacción de necesidades artificiales, a menudo celebradas por los apologistas del capital como la prueba autoevidente del “avance a través de la competencia”. Sin embargo, el poder destructivo del capital asume formas más graves con el paso del tiempo. De hecho la destructividad última del sistema aflora con particular intensidad -amenzando la sobrevivencia de la humanidad- cuando el ascenso histórico del capital, como orden del metabolismo global, se termina. Llega entonces el momento en que el “desarrollo desigual” no podrá ser mitigado en sus consecuencias devastadoras bajo este sistema.
[5] The Ecomomist, Yeltsin devaluated, 31 de julio - 6 de agosto de 1993.
[6] Ibíd.