Martín Sagrera Capdevila: una historia del olvido

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Autor(es): Bellucci, Mabel

 
 
 
Hacia los años sesenta, en la Argentina el tamaño de la población se proponía como un factor primordial de la geopolítica que no podía descuidarse: el número decreciente de habitantes, su tasa de envejecimiento junto con las inmensas extensiones despobladas de nuestro territorio. A la vez, se alertaba en torno a la amenaza de la escasez de alimentos e insumos básicos en otras regiones del planeta a diferencia de la superabundancia de nuestros recursos naturales. Este diagnóstico clamaba con premura a impulsar una política nacional de población. Ello permitiría, por un lado, alcanzar un desarrollo económico a la altura de las potencias centrales y, por el otro, resguardarse contra una eventual agresión extranjera. De ahí, que se contaba con diferentes propuestas que se encaminaban desde un fomento de la inmigración, pero, en especial, un aumento de la tasa de natalidad. Por consiguiente, se combatían aquellos discursos centrados en el control demográfico. De esta manera, se advertía con recelo en relación al uso y difusión de los métodos contraconceptivos, concretamente, de la píldora oral. En efecto, se la entendía como una estrategia de dominio imperialista por parte de Estados Unidos sobre los países del Tercer Mundo. La planificación familiar, que implicaba el empleo intencional de nuevas tecnologías anticonceptivas, comenzó a pensarse en el Norte como la alternativa más rápida y efectiva para un esperable impacto sobre el descenso de la fecundidad en el Sur. Así, las mujeres emprendieron el empleo de la anticoncepción oral, la colocación de dispositivos intrauterinos pero además fueron sometidas a las esterilizaciones quirúrgicas masivas de manera involuntaria.
Hacia 1960 en Estados Unidos, las investigaciones científicas comprometidas con la pastilla oral no mostraban su descubrimiento como una consecuencia directa de la revolución sexual, predicada por el filósofo Wilhelm Reich, sino que había un interés biopolítico para su desarrollo. De ese modo, surgieron organismos filantrópicos y académicos abocados a cuestiones demográficas que luego incentivaron un movimiento mundial de programas de planificación familiar. El clima de recelo con respecto a la píldora prosiguió su rumbo cuando se hizo público que los testeos implementados por los laboratorios norteamericanos se llevaban a cabo con sectores pobres de América Latina. Por ejemplo, las primeras pruebas se centraron sobre la población femenina de Puerto Rico, México o Haití, con la comunidad negra en el Harlem y además con pacientes de hospitales psiquiátricos. De allí, que destacadas voces feministas del Norte advirtieran sobre su consumo como herramienta de injerencia por esos mismos movimientos de control de la población, sobre el cuerpo de las mujeres frente a su condición de raza, clase y etnia. Inclusive, azotó un resquemor a la hora de reivindicar su uso, por más que fuese el primer método contraconceptivo que suministraba una independencia plena a las heterosexuales lejos de la aprobación masculina. Así, ante la situación de dar su consentimiento pesó más en ellas saber que se empleaban los cuerpos de las mujeres como conejillos de Indias. Sin más vueltas, la ensayista Germaine Greer (1986: 159) lo sostenía de esta manera: “Su efecto secundario es el problema del cáncer. Exigen extensos estudios que hasta ahora no se han realizado. Su problema es que simplemente no sabemos cuál es la verdadera situación. ¿Qué arriesgamos y en nombre de qué?”
Para esta autora, aún no asomaban a la palestra elementos de juicio claros y los pocos que desfilaban no eran tranquilizadores. Entre ellos, los derivados de la investigación de las compañías farmacéuticas así como la resistencia de dichas corporaciones a actuar sobre la base de sus comprobaciones. Se impugnaba duramente a las instituciones extranjeras, de origen estadounidense, volcadas a regular la población bajo el suministro de contraceptivos para mitigar el problema demográfico en la región. Pese al listado de denuncias que brotaban de las propias filas feministas estadounidenses, esos organismos disponían también otras acciones a cumplir y procuraban dar atención a las demandas de las parejas, en especial a las mujeres, en relación al control de su fecundidad” (Felitti, 2010: 145). Se suponía que la práctica abortiva además se pondría al servicio de la planificación familiar que contenían un valor político y demográfico sustantivo. Si algo de esto llegaba a suceder, entonces el aborto voluntario se convertiría en un mero instrumento o plan para regular la natalidad en poder de los ricos que se sentían amenazados por el continuo aumento de los pobres de las zonas más postergadas. Tampoco las izquierdas brindaron su apoyo por considerar, entre otros motivos, a la revolución sexual y anticonceptiva como una “desviación burguesa”. En tanto la mirada dominante de las sociedades centrales asociaba el incremento poblacionalde los países periféricos con la miseria, la desnutrición, el analfabetismo y la inestabilidad política de sus gobiernos.
Así fue que en los años setenta en los espacios oficiales locales se enfatizaba nuestra particularidad de disponer de una baja tasa de fecundidad, en relación con los países vecinos, básicamente, con Brasil. Por ende, los incipientes grupos feministas a través de la demanda de los métodos anticonceptivos y del aborto voluntario, se exponía no sólo a las reacciones contrarias sea por los sectores conservadores como por las diferentes izquierdas, con excepción del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Por ejemplo, durante el tercer mandato presidencial de Juan D. Perón (1973-1974) se elaboró un informe estatal presentado a la dirigencia del Partido Justicialista (PJ). El mismo demostraba que la Argentina estaba siendo sometida “a un sutil plan exterior de largo alcance para despoblarla de hombres y mujeres en edad útil” (Felitti, 2012: 72) apoyado con campañas de esterilizaciones femeninas compulsivas. Para contrarrestar esta situación, el gobierno oficiaría medidas que implementaran políticas de protección a las familias para ampliar su descendencia, a modo de cumplir con objetivos de largo alcance (ibídem). De esta manera, tales disposiciones restrictivas, como alentaba la Iglesia Católica desde 1968, conllevaron más adelante a una carencia de políticas públicas nacionales a largo plazo. Por estas condiciones los programas de planificación familiar y la educación sexual quedaron en manos privadas.
Marta Miguelez, activista feminista e integrante de la Unión Feminista Argentina (UFA) sin pelos en la lengua, reconoce que con “la llegada de Juan Domingo Perón del exilio, su gobierno comenzó a perfilar un proyecto futuro de país basado en el aumento demográfico: suponía que hacia 2000, la Argentina debía alcanzar 50.000.000 de habitantes” (entrevista realizada por la autora, 2012). Y cierra su testimonio: “Este proyecto reveló la aplicación de políticas estatalistas impugnativas tanto de los métodos anticonceptivos como de la práctica abortiva” (ibídem). Sin embargo, la retórica pública entraba en una dura contradicción entre sostener una legislación restrictiva y un estado que consentía al aborto ilegal al margen de las sanciones. En efecto, Iván Illich, fundador del Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) en México, planteaba lo siguiente: “Exceptuando la Argentina y Uruguay, en donde hay médicos que practican abortos a la gente pobre, como cuestión personal de contribución profesional, hay poco lugares donde más de uno entre veinte se practique en una clínica. En la Argentina es posible iniciar una promoción sistemática de abortos con fines anticonceptivos sin que sea necesario hacer antes cambios en la ley. Estas acciones se tolerarían con tanta facilidad como se tolera la evasión de impuestos o el contrabando. Una ley totalmente inefectiva es una ley irrisoria y justificadamente promueve el desacato”.1
 
No todo sonó al ritmo de una sola corneta
 
Hubo un investigador español que vivió en la Argentina hacia comienzos de los años 70, abocado al amplio campo de la sexualidad, la planificación familiar, la explosión demográfica y el aborto voluntario pero que no trascendió en ese momento. No obstante, hoy merece ser rescatado del olvido para que emerja a la superficie las tonalidades propias de su historia: Martín Sagrera Capdevila. Nació en 1935 en Palafrugell (Girona).
Su familia proviene de un sector latifundista y ultracatólico. Es sociólogo y demógrafo licenciado en la Sorbona y en filosofía en Barcelona. Fue profesor de demografía, ciencia política y sociología en diferentes universidades de Colombia, Guatemala y Puerto Rico, a la par de ensayista con más de una decena de libros escritos a lo largo de sus ochenta y dos años de vida. Durante su estadía en Argentina publicó cinco obras: Sociología de la sexualidad, Siglo XX, 1973; Hacinamiento, población y sexualidad, Monte Ávila, 1974; Explosión poblacional economía y política, Malthus, Marx y Sudamérica, La Bastilla, 1974; El subdesarrollo sexual. Análisis estadísticos por países, clases y urbanización, Cuarto Mundo, 1975; Argentina superpoblada: La inflación poblacional argentina y los traficantes de hombres, Libros de América, 1976.
De acuerdo a su opinión, se inscribe dentro de la corriente laica, republicana y librepensadora. En 1969, acusado de fomentar la prostitución y de desintegrar la familia, se lo obligó a salir de Colombia por sus campañas a favor del control de natalidad y por la aplicación de una ley de paternidad responsable, sostenida con 600.0000 volantes repartidos en distintas regiones. Nacionalizado argentino, en 1979, regresó a España tras vivir 15 años en el exilio y en la actualidad reside en Madrid. En 1984, la Fundación Sexpol, sociedad pionera en su país en el campo de estudios de la sexología, de la educación sexual y de terapia de pareja, tomó su iniciativa de establecer un consultorio telefónico gratuito de información que aún presta servicio a nivel nacional. Desde 2012 colabora con artículos sobre las distintas facetas de la realidad española en un blog llamado 20 minutos. Inclusive, interviene asiduamente en los medios gráficos publicando cartas de lectores con diferentes seudónimos. El1º de febrero de 2014, se lanzó a las calles para apoyar amovimiento “El tren de la libertad” en defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y contra la reforma de la ley de aborto en España.2
Ahora bien, entre 1972 a 1975, vivió en Buenos Aires. En un intento por conocer mejor la incidencia del aborto, este estudioso efectuó una encuesta en el Hospital Rivadavia, con cuatro variables: edad, números de hijos, números de abortos y razón del último. La respuesta debía depositarse en un buzón metálico cerrado.
Lamentablemente, Sagrera no pudo lograr su propósito de recopilar tales cifras frente a la negativa del directorio de la institución. Pese a ello, siguió insistiendo con ese mismo sondeo. Fue en el Hospital de Clínicas San Martín,dependiente de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí, nuevamente le impidieron desarrollar su iniciativa.3 Entonces, este demógrafono tuvo duda de que “al nuevo gobierno no sólo no le preocupaba conocer el problema que afecta tan gravemente al pueblo sino que reprime que se investigue” (Sagrera Capdevila, 1975: 142). A la par, él consideraba que la Argentina era uno de los casos más duros de la región: “La necesidad de población condena de uno a cuatro años de prisión a la mujer que lo hace o a quien lo hace con su consentimiento e inhabilita el doble de tiempo de la condena a médicos o parteras que colaboren, sin que falten patriarcas poblacionistas que piden agravar aún dichas penas” (ibíd.: 15). De igual forma, abordaba la multiplicidad de aristas que encierra el aborto provocado que, en sus palabras “es el que plantea el mayor número de problemas sociales de muy diversa índole” (ibíd.: 5). Por otra parte, se referenciaba con las campañas feministas pro-aborto en las que participó tanto en París como en New York. Esa razón permite entender que su discurso estuviese teñido por los emblemas típicos del feminismo de la década y, a la vez, compartiese sus giros expresivos y argumentos.
Al ser entrevistado por las razones que lo llevaron a insistir en la búsqueda de información sobre abortos en instituciones públicas, su respuesta fue concreta: “Me contacté con la Asociación de Planificación Familiar cuando vivía en Estados Unidos. Allí presencié las grandes campañas de las feministas en los setentas como las de las francesas después de la conmovedora revuelta de mayo del 68, durante mi estadía como estudiante en la Sorbona. Y mi sensibilidad se inclinaba a defender la causa de las mujeres, en especial, el derecho a que decidieran libremente un embarazo. Como era un exiliado del franquismo oscurantista, me trasladaba de un continente a otro. Pasé por el Chile de Allende, en 1971, y el clima político estaba complicado. Entonces crucé a Buenos Aires”.4
Fue así que apenas aterrizado el avión, se vinculó con aquellas personas que de inmediato irradiaban una coincidencia común. Él recuerda a María Elena Oddone (MLF) por las reuniones en su oficina de la calle Corrientes. También a otras activistas históricas integrantes de UFA, tales como Sara Torres, Marta Miguelez, Hilda Rais, por haber participado juntos en el Grupo de Política Sexual (GPS). Dicha coalición se fundaba entre feministas independientes, activistas del Frente de Liberación Homosexual (FLH) y heterosexuales que se encontraban incómodos, para constituir una alianza contra un enemigo común: el machismo hegemónico. Hilda Rais evoca el comienzo de los grupos de estudio del GPS: “Empezamos a trabajar con los chicos del FLH que había arrancado poco antes. Nos conectamos porque ellos estudiaban el feminismo. Ahí estaba Néstor Perlongher, de formación marxista, de una lucidez enorme y el escritor Osvaldo Baigorria. Entonces nos juntamos con algunas feministas de UFA, María Elena y un varón heterosexual español, demógrafo” (Soto, 2010). Ese era Martín Sagrera Capdevila.
 
Tomar la palabra
 
En realidad, para este trashumante una de las cuestiones que más lo sorprendió en el ámbito local fue la ausencia de discusiones en torno al aborto voluntario. Ese vacío lo percibía en todos lados, nadie se oponía pero tampoco hablaba en público: “Solo las feministas planteaban el tema, pero estaban transitando una etapa más vinculada a los estudios y a la reflexión que a la acción callejera. Por esa razón, decidí como demógrafo sondear en los hospitales las cifras aproximadas de muertes por aborto. Los resultados no fueron los que hubiese esperado. El peronismo impugnaba incluso a los métodos anticonceptivos”.5
En su copiosa producción, de un modo un tanto enredado, se brindaban datos significativos en relación a las políticas sexuales de la Argentina y además de América Latina en general. En la obra El mito de la maternidad en la lucha contra el patriarcado, editada en 1972, él expresaba con suma lucidez que los centenares de miles de abortos, aun en los países más “avanzados”, indicaban la trágica seriedad de ese rechazo a la maternidad forzada que llevaba a las mujeres a poner en riesgo su vida con tal de liberarse de lo impuesto.
Al año siguiente, con un copioso prólogo titulado “La sociedad y el Estado ante el aborto” firmado por Sagrera, Editorial de la Flor- a cargo de Daniel Divinsky y Kuki Miller- publicó ¿Aborto: derecho de las mujeres? Testimonios de mujeres que han sufrido las consecuencias de leyes restrictivas sobre aborto.6 Bajo este nombre se tradujo Abortion Rap, escrito en 1971 por dos juristas, Diane Schulder y Florynce Kennedy, texto que recopilaba los testimonios de mujeres en New York y que atestiguaban sobre sus abortos en el caso Abramowicz contra Lefkowitz.
En tal prólogo él hacía referencia “de haber preparado una encuesta española de fecundidad en 1966. Hicimos otra específicamente sobre opinión ante el aborto en Bogotá en 1969. Volvimos sobre el tema en una encuesta entre 20.000 universitarios sudamericanos de 8 países en 1971” (Sagrera Capdevila, 1973: 9). Asimismo, señalaba otra encuesta realizada en Argentina en 1971 y al mismo tiempo la redacción de un estudio sobre aborto. Es curioso que semejante dato coincida con el que aportó Victoria Ocampo en la revista Sur, llamada“La Mujer”, de ese año. Allí, ella sostenía que “las estadísticas disponibles acerca del aborto clandestino, con sus cifras abultadísimas, corroboran nuestras palabras” (Ocampo, 1970-1971: 178). Por lo pronto, no cabe duda que esa información surgiera de la realidad local pero al no aportar mayores puntas se complica el rastreo y la localización actual de las fuentes invocadas.
Entre tanto, Sagrera no solo observaba lo que acontecía en relación al tema dentro del feminismo sino también dentro de las izquierdas. Por esa razón, reprodujo partes de un discurso de trinchera que la candidata a la vicepresidencia de la fórmula del PST, Nora Ciapponi, lanzó durante su campaña electoral en marzo de 1973. Posiblemente, ni la misma Nora recordará lo dicho: “Cuando la fortuna o las circunstancias lo exigen hay que decidirse por adoptar una continencia absoluta. Insistamos que sirve a los partidarios de los regímenes más reaccionarios y fascistas para mantener su supremacía. Frente a todos ellos reclamamos y exigimos la libertad de amar y de abortar en las condiciones que nuestra propia conciencia lo dice, como un derecho elemental que debe disfrutar sin restricciones toda persona humana” (Sagrera Capdevila, 1975: 137). De cara a una lectura atenta, un número de activistas de la corriente trotskista consideraban que la raíz de la opresión femenina partía de la articulación entre el régimen capitalista y el patriarcado, es decir, que tanto la explotación de clase como la subalternidad de las mujeres representaban dos caras de un mismo sistema que se retroalimentabanuno a otro.
En realidad, Sagrera así como vino se fue. Hacia 1975, el terrorismo de la Triple A tocó su puerta y sin más se exilió a las corridas en Venezuela. No obstante, tuvo el tiempo suficiente para dejarnos como legado su recorrido activista así como su compromiso intelectual con aquellos grupos sexo/genéricos de la época.
Llama la atención que luego de alcanzar, con un esmero profundo, encuestas sobre abortos inducidos en los hospitales públicos y de haber escrito una innumerable cantidad de obras, no esté registrado en la mira de la investigación en torno a las sexualidades, la demografía o políticas del cuerpo en nuestro país. Más aún, nuestras historiadoras especialistas en estudios de género o en derechos sexuales y reproductivos, lo nombran sin detenerse a analizar sus escritos ni su trayectoria, tanto en su condición de estudioso solitario como de militante a lo largo de esos tres intensos años.
Por todo lo reconstruido, más de las veces, Sagrera culpó al patriarcado de lo que él llamaría el “constante genocidio femenino”, no por el hecho de que las mujeres abortasen sino por la insuficiente información sexual y anticonceptiva de que disponían durante su etapa reproductiva (ibíd.: 72). Además, hacía hincapié “que en estados y sociedades patriarcales el aborto lo regulan en forma que sirve para defender los derechos del macho sobre la hembra, que nunca podrá hacerlo por su propia iniciativa, arriesgando en caso contrario incluso la pena de muerte, como sobrevivirá bajo velos religiosos hasta en plena “civilización occidental y cristiana” (ibíd.: 10). Asimismo, enfatizaba que la técnica del aborto había avanzado tanto que los riesgos podían llegar a ser inferiores a los del parto. Lo que él denominó “genocidio” no sería más que un feminicidio encubierto frente a la violencia que genera la clandestinidad del aborto hasta provocar la muerte. Dentro de estas circunstancias, su práctica segura se resignifica como un gesto insurreccional de las mujeres frente al mandato de la maternidad como destino, a las formas en que ellas trastocan el mundo al tomar sus vidas en sus manos. Algunas deciden liberarse de ese embarazo impuesto con el único procedimiento que les garantiza certeza y eficacia: el aborto voluntario.
 
Bibliografía
 
Felitti, KarinaLa revolución de la píldoraSexualidad y política en los sesentaBuenos AiresEdhasa, 2012.
Greer, Germaine, Sexo y destino. Buenos Aires: Emecé, 1986.
Illich, Iván, “El aborto”. En: Persona 5 (1975).
Ocampo, Victoria, “Los preconceptos sexuales”. En: Sur 326-327-328 (1970-1971).
Sagrera Capdevila, Martín, El mito de la maternidad en la lucha contra el patriarcado. Buenos Aires: Rodolfo Alonso, 1972.
–, “La sociedad y el Estado ante el aborto”. En: - ¿Aborto: derecho de las mujeres? Testimonios de mujeres que han sufrido las consecuencias de leyes restrictivas sobre aborto. Buenos Aires: De la Flor, 1973.
–, ¿Crimen o derecho? Sociología del aborto. Buenos Aires: Librería El Lorraine, 1975.
Soto, Moira, “Cuando las mujeres dijeron UFA”. En: Página/12, suplemento Las 12 (8 de enero de 2010).
 
Artículo escrito especialmente para su publicación en este número de Herramienta.
Ilustraciones: Sagiryan y Leonardi
 
1 Illich (1975:16). El CIDOC funcionó en Cuernavaca desde 1961 hasta 1976. Pasó a ser un punto de referencia obligado en los años setenta para el pensamiento crítico en torno a la educación y sus instituciones. Además, representó un espacio de reflexión y crítica no sólo contra el capitalismo como régimen de explotación sino también los efectos catastróficos de sus premisas culturales. Por allí circularon grandes pensadores como Paul Goodman, Erich Fromm, Peter Berger, Paulo Freire, Sergio Méndez Arceo. http://www.jornada.unam.mx/2012/08/05/sem-ramon.html. Asimismo, se otorgaban becas de estudios a una diversidad de referentes de movimientos sociales de nuestro continente. En 1974, fue elegida María Elena Oddone, adalid del Movimiento de Liberación Feminista (MLF).
2 Representó una multitudinaria manifestación en Madrid pidiendo la retirada del anteproyecto de ley del aborto presentado por el Ministro de Justicia Alberto Ruíz Gallardón y reclamando su dimisión, además de defender la ley del aborto vigente del 2010.
3 Fueron entrevistadas 66 mujeres. Tenían un promedio de 36,1 años, de dos a cero hijos, con un promedio de 1,4 hijos para las que tenían hasta 35 años y de 2,4 hijos para las de 36 o más años. Declararon haber abortado el 53 % de las encuestadas, con un promedio de 1,5 abortos, que por edad se repartían así: 14/25 años, 0,7; para el de26/35 años, 07; para el de 36/45 años, 2,6; y para el de 46 y más el 2,1. Los motivos alegados para el último aborto fue, en números absolutos, los siguientes: tener ya varios hijos, 4; mal alojamiento, 6; problemas económicos, 11; problemas familiares, 4; mucha edad o mala salud, 6.
4 Entrevista realizada en Madrid por la autora. En la actualidad, participa activamente en manifestaciones contra la monarquía y la incidencia de la iglesia católica en asuntos del estado. Lo mismo marcha en repudio al régimen franquista y a favor de la república. Se lo conoce por su constante presencia con carteles alusivos para cada ocasión que él mismo hace diseñar en cantidades numerosas para luego repartirlos entre la multitud. Ha sido objeto de violencia en varias oportunidades tanto en Barcelona como en Madrid.
5Entrevista realizada por la autora en 2014.
6 Ediciones de la Flor lo publicó en septiembre de 1973. No tuvo difusión alguna porque esta única edición en castellano fue secuestrada por la Triple A. Mientras los directores de la editorial –Daniel Divinsky y Kuki Miller– tuvieron que escapar del país casi con lo puesto por las continuas amenazas de muerte que recibieron en aquel momento. De allí que este libro quedó sepultado en el olvido. Fue en el Centro de Documentación de la Librería de las Mujeres, a cargo de Piera Oria, donde se encontró una fotocopia del mismo incluido como parte de una donación de textos feministas.