La autocrítica de la intelectualidad revolucionaria: Oscar Terán y la historia de las ideas argentinas

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Autor(es): Acha, Omar

Acha, OmarAcha, Omar. Historiador y ensayista. Doctorado en la Universidad de Buenos Aires y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, es investigador del CONICET y docente en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras. Ha publicado los libros El sexo de la historia (2000), Carta abierta a Mariano Grondona: interpretación de una crisis argentina (2003), La trama profunda (2005), La nación futura (2006), Freud y el problema de la historia (2007), La nueva generación intelectual (2008), Las huelgas bancarias, de Perón a Frondizi (2008), Historia crítica de la historiografía argentina, vol. 1, Las izquierdas en el siglo XX (2009), Los muchachos peronistas (2011); ha compilado en colaboración Cuerpos, géneros e identidades (2000) e Inconsciente e historia después de Freud (2010), Integra los colectivos editores de las revistas Herramienta. Revista de Crítica y Debate Marxista y Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico.


 
¿Por qué Oscar Terán?
 
Entre los años 1960 y 1970 aconteció algo en la Argentina que selló profundamente el derrotero de su vida intelectual durante los siguientes treinta años: se produjo la efusión y declive abrupto de la vocación revolucionaria entre las jóvenes hornadas intelectuales. A pesar de que involucró una mutación heterogénea (pues algunos sectores perduraron en un proyecto de activismo intelectual radical), sus huellas fueron duraderas.
Durante el tramo final de la última dictadura arraigaron las bases de una metamorfosis ideológica entre la intelectualidad de izquierda según la cual los viejos sueños emancipatorios –imaginados y militados a través de una praxis revolucionaria– fueron sustituidos por ideales progresivos y reformistas, y por una teoría social relativista y contextualista. Las variantes ideológicas dentro de ese fondo post-revolucionario fueron múltiples: socialismos moderados, peronismos renovadores, liberalismos progresistas, con diversas dosis de iluminismo, nacionalismo o republicanismo formal. Lo crucial fue que, para muchos, la impugnación del capitalismo y de la democracia liberal-representativa devino impensable. La revolución fue suprimida del terreno de la política para ser degradada como una utopía propia de grupúsculos autoconsagrados.
Aquí no se trata de juzgar desde una noción transhistórica del quehacer intelectual ese cambio de ideas. El objetivo de este escrito consiste en reflexionar sobre la edificación de la autocrítica del intelectual revolucionario en una de sus empresas más sofisticadas, presentida desde 1976 y germinada a lo largo de una década: la encarada en el marco de una historia de las ideas en la Argentina. En ello la figura del filósofo e historiador argentino Oscar Terán posee un lugar, me parece, insoslayable.
La importancia del modo en que Terán elaboró su crítica de la intelectualidad revolucionaria no consistió en postular una fórmula alternativa de cómo debería reconstituirse el quehacer de intelectuales de izquierda en tiempos “democráticos”. Eso puede hallarse durante la década de 1980 en escrituras de izquierda peronista como la de José Pablo Feinmann o de izquierda postmarxista como la de Beatriz Sarlo. Terán acometió una tarea más honda aunque en apariencia más modesta: reconstruyó la deriva hiperpolitizada y violenta que, en su opinión, colonizó al pensamiento intelectual de izquierdas en la década de 1960, la condujo a contribuir a su propia destrucción y a la eliminación de toda una experiencia histórica desde 1976. Una dimensión nada desdeñable de la eficacia con que representó esa época residió en el compromiso autobiográfico que puso de manifiesto como uno de los resortes de su reconstrucción, imprimiéndole un alcance emocional trágico.
Voy a reconstruir la autocrítica generacional de Terán pues su obra historiográfica sobre los años sesenta y setenta fue más que la exposición de extravíos ajenos. Fue también la imposición a una experiencia histórica compleja de un autoanálisis donde su propio compromiso con la izquierda armada tiñó la lectura de una “época”. Para retratar ese pasaje difícil, en primer lugar presentaré de manera sintética las estaciones ideológico-intelectuales iniciales de su trayectoria (1965-1976). En segundo lugar, también sucintamente, enunciaré sus etapas principales en el tránsito de un “marxismo en crisis” a un “postmarxismo por pluralización” (1977-1986), para dar paso, en un tercer momento, a la edificación de una historiografía de las ideas en la cual el accionar intelectual de las izquierdas derivó en una tragedia política. Esa curva ideológica proporciona una imagen nítida de una de las vías de constitución del progresismo intelectual argentino en el que sobrevivía la vindicación “socialista” de un mundo menos injusto, pero donde la decisión revolucionaria de un cambio radical fue desterrada al sótano frío y oscuro de los desastres.
 
 
El itinerario político-intelectual de Terán
 
Oscar Terán nació en 1938, en la localidad bonaerense de Carlos Casares. Proveniente de una familia de clase media, se trasladó 18 años más tarde a la ciudad de Buenos Aires para seguir estudios de Filosofía en la universidad local (la “UBA”).
La militancia orgánica de Terán no fue inmediata. El joven Terán experimentó la diferencia cultural con el nuevo ambiente en términos de fascinación pero también de dificultad para desligarse de sus habitus de infancia y primera juventud. Como estudiante crónico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA su politización adquirió contornos organizativos tras la remoción del presidente Arturo Frondizi, en 1962, con un acercamiento a la rama juvenil del Partido Comunista y, muy pronto, a las fracciones de esa organización disconformes con el moderatismo político de su cúpula. Fueron tiempos en que se sucedían las rupturas del grupo de Juan Carlos Portantiero (Vanguardia Revolucionaria), la expulsión del sector cordobés de la revista Pasado y Presente, y cinco años más tarde la escisión de la casi entera juventud partidaria bajo orientación maoísta. A mediados de la década el joven Terán, junto a otros activistas como Emilio Jáuregui, Eduardo Jozami y Carlos Olmedo, participó de un núcleo simpatizante de la experiencia cubana.
Las rupturas, fusiones y torsiones ideológico-políticas e intelectuales no estuvieron nunca destinadas a dirigirse hacia una consecuencia determinada. En las izquierdas el leninismo, el guevarismo y el maoísmo, el peronismo y el anti-imperialismo, se conjuntaban en aleaciones rápidamente cambiantes. No hay premisa más desencaminada para representar y pensar este periodo que atribuirle un fin inexorable. El caso de Terán fue en ese sentido revelador. Cuando hacia 1966 estaba consumado el alejamiento del PC, mientras se consolidaba la idea de participar en la extensión continental de la Revolución Cubana, los rasgos de una decisión de “hacer la revolución” no estaban inequívocamente definidos.
Si leemos los primeros textos de Terán, como su artículo sobre el filósofo francés Roger Garaudy publicado en la revista La Rosa Blindada (otra publicación cuya salida motivó la expulsión de sus redactores del PC), advertimos que el marxismo del joven Terán era muchas cosas a la vez, y estaba lejos de ser uniformemente voluntarista o humanista. Por el contrario, su crítica de un eclecticismo garaudiano afín a la política de la “coexistencia pacífica” entre comunismo y capitalismo planteada por la URSS y sostenida por el reformismo de los PC’s, descansaba en una comprensión económico-social de la Unión Soviética, cuyas exigencias políticas el pensamiento de Garaudy refractaría (Terán, 1965). Debe ser recordado que si bien la formación de Terán era básicamente filosófica, también había cursado materias de la carrera de Historia e incluso había sido tentado infructuosamente por el historiador José Luis Romero para seguir un camino de investigación en esa especialidad. Lo que importa aquí es que Terán contaba con un acervo de conocimiento histórico en el que intentaba encuadrar sus discusiones teóricas.
La primacía filosófica estaba lejos de ser unívoca. Junto a la determinación económico-social operaban exámenes críticos de la modernidad como los vinculables al argumento hegelianizante del György Lukács de Historia y conciencia de clase o al reaccionario del Martin Heidegger de “la época de la imagen del mundo”. Otro texto escrito por Terán en colaboración con el aún más joven estudiante de Filosofía Carlos Olmedo, a propósito de un libro de Juan José Sebreli sobre Eva Perón, delata que en ellos las nociones sartreanas, incluso anteriores al viraje marxista de la Crítica de la razón dialéctica, podían aparearse con convicciones de un marxismo de vigorosa impronta leninista e incluso sociológica (Terán, 1966).
Una expresión reveladora del carácter abierto del mosaico ideológico de la época lo brinda también Terán en la recepción del escrito de Régis Debray sobre “la revolución en la revolución”, breviario del “foquismo” según el cual el accionar de pequeños grupos armados en los espacios rurales, a través de su combate heroico con las fuerzas armadas regulares, generaba las condiciones subjetivo-objetivas para el proceso revolucionario. De Cuba había llegado un microfilm con el texto, proyectado en una de las paredes de la habitación donde vivía Olmedo. A pesar de que Terán (2004) delineó un cuadro uniforme y poco verosímil de esa lectura colectiva –pues le atribuyó al grupo una pasividad lectora que otro testimonio matiza– la recepción del “guevarismo” debía lidiar con las concepciones preexistentes. En el caso del grupo cubanista argentino en que Terán participaba, debía hacerlo con acendrados convencimientos leninistas y con la evidencia del carácter urbano de la clase obrera que no se llevaban del todo bien con el foquismo. Solo una ilusión retrospectiva y la afirmación de una tragedia inmodificable ya en despliegue puede descubrir un libreto que solo debía ser interpretado para alcanzar su consumación.
De hecho, si bien el núcleo cubanista se trasladó a “la Isla” para entrenar en la lucha armada, sus decisiones políticas no fueron sencillas ni pasivas. Los jóvenes militantes no eran hojas en blanco sobre las que se imprimían inmediatos los mandatos caribeños. Además de las prosaicas pugnas por liderazgos y otras cuestiones habituales en la sociología de grupos, las tensiones inherentes a las opciones políticas sesgaron el decurso según el cual Olmedo siguió el camino hacia una organización cercana al peronismo como identidad política (las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR), mientras el núcleo de Jozami y Terán preservó con la creación de la organización clandestina Comandos Populares para la Liberación (CPL) una mayor distancia con el peronismo y se propuso una acumulación de activistas particularmente desde el ámbito universitario. Para ello Terán –quien continuó hasta 1967 como auxiliar docente de Filosofía Moderna y estudiante hasta 1976– fue uno de los gestores de la agrupación estudiantil Carta Abierta, brazo universitario de los CPL. Las implantaciones políticas no se agotaban allí. Por ejemplo, los CPL tenían vínculos con el núcleo del catolicismo liberacionista de la revista Cristianismo y Revolución, sin que ello implicara afiliaciones definitivas.
Ese mosaico político sometido a inflexiones ideológicas que no podían preverse porque vibraban con el influjo de novedades de gran contingencia, algunas de alcance global, estaba conectado con otro mosaico donde tenía mayor importancia el quehacer intelectual. En realidad ambos mosaicos pertenecían a un mismo mundo histórico de fluidos intercambios. Terán trabajó durante el periodo, entre otros lugares, en el Centro Editor de América Latina. Allí preparó fascículos y libritos de divulgación donde las formas de su marxismo exhiben una gran diversidad, por ejemplo refractando la creciente presencia de Gramsci en el pensamiento de izquierda local (1968a y b; 1969a y b). En una red intelectual de anclaje en la Facultad de Filosofía y Letras, el joven Terán tuvo acceso a publicar en la revista bibliográfica y política Los Libros, donde discutió con el althusserianismo (1969c) y con el nacional-populismo (1969d). El guevarismo que proveía consistencia a la práctica política de Terán no se reflejaba en un humanismo radical en materia teórica. Es que los tránsitos teórico-políticos seguían cursos heterogéneos, pues se podía ser althusseriano y optar por la acción guerrillera, o ser populista-peronista y abrazar la misma opción. Otra vez, la idea de un mosaico complejo ofrece una mejor comprensión del periodo que la de un vector traccionado desde 1976.
Mientras tanto, ya girada la bisagra de 1970 los CPL se vieron atraídos por la fuerza magnética de una izquierda peronista hegemonizada desde 1972-1973 por la organización Montoneros. El pasaje no fue sencillo, tal como puede observarse en la revista Confluencia publicada por el grupo durante 1974. Hubo un debate en CPL sobre qué hacer con el proyecto de una guerrilla marxista urbana, sensible a las convicciones populares hacia el peronismo pero con la convicción de mantener una independencia teórica y estratégica respecto de Perón. La mayoría optó por pasar a Montoneros, pero algunos de sus segmentos se orientaron hacia las guerrillas socialistas como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y una fracción abandonó el activismo. Terán pasó a militar en la “superficie” de la izquierda peronista, en una Unidad Básica de la “Tendencia Revolucionaria”, en Mataderos. En el lustro precedente Terán no publicó textos con su nombre. Una intensa actividad intelectual perduró como teórico del CPL y en sus contribuciones para Confluencia
Estamos en un año 1974 de enorme efervescencia política e ideológica, donde otra vez sería erróneo considerar inexorable el epitafio represivo del trienio 1975-1977. Desde luego, el examen crítico del momento debe exponer sin concesiones las dificultades y caminos infructuosos adoptados por las políticas de izquierda, tanto dentro como fuera de un movimiento peronista dividido e internamente enfrentado. Es cierto que la decisión de Perón de autorizar la formación de la Triple A y la decisión de la burocracia sindical peronista de aplastar a las izquierdas confluían en una tensión ya sin retorno. Pero incluso con esos y otros reparos, nada hacía prever que las cartas estaban definitivamente echadas, ni siquiera cuando el gobierno de Isabel Perón reveló con el Rodrigazo de junio de 1975 que no podía garantizar el ajuste contra el ingreso de la clase trabajadora.
Con una nueva pareja Terán tuvo tres nuevos hijos en 1975 (su primera hija había nacido en 1963) y eso contribuyó a distanciarlo de la militancia activa, amén del proceso de crisis ideológica que atravesó a quienes habían apostado por una radicalización del peronismo. Luego del golpe militar de 1976 se apresuró a rendir algunas materias adeudadas en la universidad, tramitó su título de profesor de Filosofía y partió al exilio, primero en España y luego en México.
 
Exilio teórico, entre Marx y Foucault
 
Los cuatro primeros años de la vida exilar de Terán fueron de ruptura con el paradigma de la revolución violenta, pero no con la teoría marxista. Durante este periodo se advierte un intento de salvaguardar las dimensiones críticas del marxismo despojándolo de sus facetas problemáticas, que en el entendimiento de Terán convergían en la defensa de la totalidad. El marxismo que Terán buscaba problematizar era identificado con el proyecto althusseriano de una “dialéctica materialista” garantizada por una “última instancia” económica (1977b). Para desbaratar las certidumbres de ese marxismo de aspiraciones científicas se apoyó crecientemente en el pluralismo foucaultiano, que como el propio Terán recordaría más tarde podía ser leído en consonancia con un marxismo también plural (1977a y 1993).
A la vera de su incorporación al ámbito de la docencia e investigación en México, Terán desarrolló una lectura de Foucault (de la que diré aquí solo lo imprescindible) y de un ensayo de recomposición de una práctica intelectual de izquierdas en el formato de una historiografía de las ideas.
En efecto, Foucault habilitaba repensar, sobre todo luego de la autocrítica a sus previas orientaciones estructuralistas en La arqueología del saber, una especificidad con mayor contingencia en las “formaciones discursivas” y los “enunciados”. Si bien Terán siempre mantendría la noción más tradicional de “ideas”, el antideterminismo foucaultiano habilitaba un programa de investigaciones de la historia de los intelectuales donde el marxismo operara activamente en algunos de sus aspectos contextuales pero ya no como generador de una totalidad sintética. Con eso no se rechazaba de plano toda apelación al marxismo. Se lo resituaba en un ámbito de validez específica y no totalizable, como parte de una “caja de herramientas” teórica (1979b; 1980a, 1981a, 1983d).
Para comprender la transformación teórico-política de Terán, más que hablar del término inadecuado de antimarxismo, prefiero acuñar la noción de postmarxismo por pluralización. Incluso en el instante urticante del debate con el filósofo marxista José Sazbón, Terán bordeó los senderos del antimarxismo sin dar ese paso de manera decidida (1983a, 1984). Utilizar tales o cuales nociones en la heterogénea “caja” de insumos teóricos obedecería a los requerimientos particulares del objeto historiográfico considerado. La primera expresión consistente de su enfoque fue un breve libro de 1986, En busca de la ideología argentina.
Terán utilizó su postmarxismo pluralista de manera más equilibrada en importantes estudios sobre la historia intelectual argentina del periodo 1880-1930, el segmento cronológico que mejor conocía. Sus análisis se demoraron sobre el positivismo y la cultura científica, en los que crecientemente rescindió las imágenes de conjunto para descansar en monografías individuales: C. O. Bunge, J. Ingenieros, E. Quesada… (Terán, 1983b, c y d; 1986a; 1986b; 1987; 2000). De las investigaciones sobre historia del marxismo solo perseveró el interés por la figura del peruano José Carlos Mariátegui, con cuya heterodoxia teórica siempre simpatizó incluso si no lo acompañaba en su ultraísmo revolucionario (Terán, 1985 y 1996).
 
Un programa de historia de las ideas como autocrítica generacional
 
Constituye un enigma el que ese proyecto intelectual afirmativo de las autonomías relativas y las subdeterminaciones, una vez dirigido hacia los años de la revolución, sufriera una torsión para preguntarse por el origen de la debacle intelectual argentina. En esa fatalidad, una nueva generación cultural surgida durante el postperonismo (1955), tras la Revolución Cubana (1959) y el Onganiato (1966) era en alguna coyuntura capturada por la violencia revolucionaria, para ser devastada en el final catastrófico de 1976.
El proyecto intelectual de Terán no olvidó las predilecciones filosóficas de su juventud. Sin embargo, la “caída de ideales” lo condujo a relativizar el señorío de las ideas, y entre ellas de las filosóficas, en favor de una disciplina que posibilitaba juzgarlas sin apelar a un ideal preconstituido. Las ideas pasaban así a ser un producto específico pero de segundo orden, pues eran generadas por matrices o cuadrículas históricamente vinculantes. Por eso la revisión de las ideas de la izquierda, y particularmente de la izquierda intelectual, asumió la forma de una historiografía de las ideas. Ante las tentaciones sistémicas de la Filosofía, Terán invocaba el relativismo básico de la Historia.
Para comprender esta orientación conviene retroceder algunos años. Varios artículos de Terán aparecidos en la revista exilar Controversia, publicada en México junto a socialistas como José Aricó y peronistas de izquierda como Nicolás Casullo, trazaron las líneas conductoras de sus estudios posteriores. Lo que interesó a Terán fue destacar una “ideología argentina” de carácter autoritario y monológico, que sin duda superaba ampliamente a la izquierda intelectual, pero de la cual ésta no supo desgajarse (1979a; 1980a; 1981b). De hecho, si esa ideología de lo Uno había tenido un fondo de determinismo positivista luego complementado por una presunta revisión espiritualista y luego nacionalista, en conjunción con el marxismo en los años sesenta esa argamasa (donde Marx convivía con Fanon y Guevara, con importantes raciones de antiintelectualismo tanto nacional-populista como estalinista) había alcanzado en el curso de la década de 1960 una dialéctica en que se fundieron “los metales del diablo”. Los intelectuales soñaron devenir Señores de la Guerra. Por eso, ante el encandilamiento de una Revolución que merecía todos los sacrificios, también resignaron sus capacidades crítico-intelectuales en beneficio de una política redentora (1981a).
Los momentos en que Terán detectó el instante “trágico” de cuyos efectos ya no sería dado sustraerse se modificaron. En un texto de 1986 la semilla del mal estaba plantada hacia 1959 con “la traición Frondizi”, en otro de 1991 lo estaba en 1966 por un desgraciado “bloqueo tradicionalista”, y en algunas discusiones posteriores fue situado en 1969. Las variaciones fueron laterales respecto del convencimiento teraniano de una secuencia ineluctable hacia el abismo.
Alguna vez reflexionó sobre la época así caracterizada y mencionó el “efecto Fabrizio”, por el personaje de la novela de Stendhal, La cartuja de Parma, donde aquél participa de una “batalla de Waterloo” cuyos relatos no reconocía como parte de su experiencia. Para Terán esa vivencia particular había sido la de sus contemporáneos en los años sesenta y setenta. Es que la época se les escapaba a todos en la recta de ideas mesiánicas e irresponsables que se tornaron móviles de hombres y mujeres sin que por eso fueran inimputables de los convencimientos que los movieron.
En ese preciso lugar Terán volvía a ser un filósofo o incluso un metafísico, porque las ideas bordeaban algo radicalmente distinto. Las ideas se invisten de una cierta de “violencia” cuando precipitan composiciones con lo que “no debe ser mezclado” (2006a). Cuando los ideales se enervan como absolutos ante los que todo es sacrificable en beneficio de la posteridad, esos ideales devienen maquinarias mortíferas, no importa cuales sean los fines trascendentes proclamados. La noción de revolución era para Terán uno de esos ideales despóticos.
El texto principal donde Terán razonó el juicio de su generación fue Nuestros años sesentas (1991), una obra clásica del ensayo intelectual argentino. Ese libro está ordenado alrededor de la pregunta por el carácter de la “modernización” desencadenada después de 1955 y por los obstáculos que impidieron su desarrollo. Relevando escritos filosóficos, ensayísticos y políticos, Terán siguió las ofertas de izquierda que se propusieron como alternativas a la imposible modernización sostenida en el subsuelo de la proscripción del peronismo, el huracán de luchas anticoloniales en la periferia, las nuevas revoluciones socialistas y las prácticas contestatarias, todo en cortocircuito con la cultura autoritaria argentina.
Hasta 1966 en la Argentina todo parecía avanzar en una vereda problemática pero no condenada, momento en que la clausura del endeble sistema político por el gobierno militar del general Onganía radicalizó las tendencias revolucionarias y violentas de una generación intelectual pronto seducida por las estrategias armadas. En textos posteriores, Terán revisó la fecha de esa fractura hacia el desastre, pero ya no le estaba dado repensar el saldo que había extraído en el crespúsculo de su exilio: la década de 1960 fue sublime (primero) y falaz (después).
 
Conclusiones sobre una herencia
 
En el cuarto de siglo que vivió en la Argentina después de su regreso en 1983, Terán realizó una notable labor académica y de investigación histórico-filosófica. También se ocupó de reflexionar sobre la memoria, la historia y la responsabilidad. Continuó adscripto a la red intelectual del progresismo que si bien tenía raíces más prolongadas se reconfiguró hacia 1980. Participó activamente de publicaciones como Punto de Vista, La Ciudad Futura, y del Club de Cultura Socialista que llegó a presidir.
A pesar de que él hubiera preferido una mayor centralidad de su legado intelectual en los trabajos históricos relativos al 1900, su herencia político-cultural se organiza alrededor de los años revolucionarios que jamás, aunque lo deseó denodadamente, pudo olvidar. La obra de Oscar Terán sobre los años sesenta tiene una enorme influencia actual en la investigación histórica y social en la Argentina. No tanto por sus hallazgos “empíricos” como por la matriz interpretativa que diseñó con destreza.
Lo intrigante de esa influencia, justificada por la maestría de Nuestros años sesentas, reside en la asincronía ideológica de, por un lado, el ajuste de cuentas encarado por un integrante de la generación intelectual sesentista con, por otro lado, las utilizaciones aparentemente extra-ideológicas (o académicas) de nuevas hornadas investigadoras. Así las cosas, la pregunta por la “modernización”, por la “radicalización”, por la “politización del campo intelectual”, que en manos de Terán constituían un proyecto de política de la cultura (esto es, la interrogación sobre cómo reconstruir una figura de intelectual de izquierda democrático y no revolucionario) se reiteran sin la inquietud por una reconceptualización de un proyecto tan ostensiblemente situado. Esa ingenuidad no es gratuita.
Si hasta su fallecimiento en el año 2008 Terán ya no pudo ni quiso repensar los años sesenta sino para reincidir en la denuncia de “la violencia de las ideas” (2006a), si su imagen del periodo era notoriamente la de su cohorte intelectual, si el espacio que podía enunciar era el porteño e incluso el de los alrededores de la Facultad de Filosofía y Letras, todo ello no disminuye la importancia de su autocrítica. Terán realizó un esfuerzo formidable por evadir tanto las impugnaciones ahistóricas del horizonte intelectual de la revolución como el conservadurismo –tan habitual en la izquierda tradicional para la cual el siglo veinte pareciera no haber sucedido– que observa el periodo en la figura de una derrota de la que no hay nada sustantivo que revisar.
Pienso que si hoy es preciso reconstituir un proyecto intelectual revolucionario, el diálogo con la obra crítica de Terán es una de las varias tareas imprescindibles. Hacer un balance los años sesenta y setenta no brinda desde luego la clave para el hacer de hoy. Pero ese hacer sin aquel balance sería ciego. Para ello es preciso abrir el tiempo histórico que Terán y su fracción generacional creyeron clausurado, pensarlo como un mosaico de posibilidades abiertas, no coaguladas de antemano. Requerimos, entonces, de otro programa de historia intelectual. No creo que con ello se proceda a una apología un poco tonta del pasado. Se trata tal vez de volver a oír al joven Terán (y a su generación intelectual), liberándolo de la decepción con que el propio Terán, ya derrotado, lo recluyó en la cárcel de la historia. Porque las revoluciones deben ser siempre nuevas y mostrarse capaces de contar sus prehistorias de otras maneras, sin eludir las derrotas ni extravíos, para recomenzar el deseo eterno de la emancipación.
 
 
Bibliografía
Salvo indicación contraria el lugar de edición es Buenos Aires
 
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Artículo enviado especialmente por el autor para su publicación en este número de Herramienta.
Ilustraciones: Joaquín Zelaya y Suizo