Problemática de la sojización y la soberanía nacional

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Autor(es): Lapolla, Alberto Jorge

Hemos dado en llamar sojización al proceso de expansión irracional, desmedida e incontrolada del monocultivo de soja transgénica forrajera, conocida como soja.
Esto implica el cultivo, ya en 17 millones de hectáreas, de la soja genéticamente modificada por Monsanto, que la hace resistente al herbicida glifosato, cuyo nombre comercial es Round-up, a cuya resistencia hace mención el agregado RR (Round-up Ready).
Este sistema implica un paquete tecnológico compuesto por la aplicación reiterada –y sin control ambiental alguno– del herbicida glifosato y de otros, así como la siembra de semilla transgénica de soja RR, mediante el sistema de siembra sin labranza denominada siembra directa.

La expansión de este sistema de cultivo, más allá de cualquier consideración ecológica, ambiental, agronómica, de salud pública, social o macroeconómica es el proceso que hemos dado en llamar sojización para caracterizar un cambio radical del agro-ecosistema nacional y por ende de todo nuestro sistema agropecuario.
El cultivo de soja transgénica forrajera ocupa ya más del 50% de la producción de granos y el 55.5% de la superficie agrícola sembrada. Pero si en realidad consideráramos la superficie agrícola original de este proceso, allá por 1995, la expansión es muchísimo mayor. La superficie sembrada hoy con soja RR, supera a toda el área agrícola existente en 1995.
Esto implica que para llegar a los 35 millones de hectáreas actuales, se debió ocupar una enorme cantidad de tierras históricamente destinadas a la ganadería, a la lechería, al monte frutal, a la horticultura, al monte virgen, a la apicultura, a la producción familiar, y a otros cultivos que fueron desplazados por la soja como el girasol, el maíz, la batata y el algodón.
La superficie sojizada crece año a año a costa de otras producciones de alimentos. De tal forma, entre 2002-2004 la superficie agrícola total era de 27 millones de has., hoy ya arribamos 35 millones de has., equivalente al 12.5% de la superficie total del país.
El pool sojero multinacional que controla y domina el “negocio”, estima que para el año 2017 la cifra de la superficie agrícola argentina debe orillar 120 millones de has. “cueste lo que cueste” (Vicente, 2005). Algo así como el 43% de la superficie nacional, un verdadero disparate ambiental y agronómico.
La sojización desenfrenada, lejos de ser un hecho saludable, constituye un verdadero problema en expansión para la economía nacional y la protección de nuestro ecosistema agrícola. Pero –y esto es lo más grave– también para la vida misma de nuestros habitantes. Sólo 19 naciones en el mundo permiten el cultivo de variedades transgénicas, es decir modificadas genéticamente (OGM) de manera libre y sólo cinco lo permiten en gran escala. La Argentina es la nación con mayor superficie relativa de OGM sembrada de manera abierta en el mundo.
Mientras en Estados Unidos se toman medidas para reducir la superficie sembrada con soja transgénica, pagando sobreprecios y más subsidios por la soja común y fomentando el cultivo de maíz, la Argentina sigue expandiendo la frontera sojera sin límite ni precaución alguna. Peor aún, el 99% de la soja sembrada en nuestro país es transgénica (soja RR).
 
Siendo la soja una especie de polinización cerrada o autógama en un porcentaje del 95 al 99%, es dable suponer que la soja no transgénica (la llamada soja orgánica) no existe en nuestro territorio, por lo menos en términos probabilísticos.
Este sólo hecho ya constituiría un grave problema debido a la expansión descontrolada de OGM, pues desde el saber científico actual, desconocemos qué efectos pueda producir en el ecosistema y en la salud humana a mediano y largo plazo. La OMS ha señalado que desde 1995, fecha en que los cultivos transgénicos hicieron su irrupción en el mercado, el 65 % de las afecciones de la población de los países con desarrollo industrial, está relacionado con la alimentación. Este hecho con ser grave, es apenas el primero de una larga lista de efectos nocivos que la sojización arroja sobre nuestra población.
 
Monsantización
 
La multinacional Monsanto culminó el proceso de estabilización de la soja RR en 1993, y en 1994 fue aprobada por el organismo correspondiente al control alimentario de Estados Unidos, con la oposición de las Agencia Nacional Ambiental (USDA), la cual soportó fuertes presiones de la empresa. Así, al año siguiente, en 1995, la USDA emitió un laudo favorable para la liberación de la soja RR (modificada genéticamente) (Pengue, 2005)
Es decir, que entre la estabilización de la soja RR, y su lanzamiento al ecosistema mundial apenas transcurrieron dos o tres años, lapso mínimo para evaluar efectos ambientales serios, sobre el conjunto de todo el ecosistema global a corto, mediano y largo plazo. Cabe señalar que la transgenia implica una fuerte alteración de los mecanismos de la selección natural, con implicancias directas en la biosíntesis de proteínas y en cuestiones relacionadas con el sistema inmunológico y el cáncer.
Pero lo más grave que nos compete es que en ese mismo año, 1995, el entonces secretario de Agricultura del menemato, el ingeniero Felipe Solá, autorizó la liberación de la soja RR en nuestro país sin ningún estudio previo que avalara dicha decisión. De allí en más nada la ha detenido, produciendo graves efectos ambientales, sociales, productivos, estratégicos, sanitarios y estructurales.
En principio la sojización ha transformado a nuestra producción agropecuaria en un monocultivo, hecho peligroso desde el punto de vista ambiental, económico y estratégico respecto de la estructura productiva de la nación.
Todo modelo basado en el monocultivo es esencialmente no sustentable y débil desde el punto de vista estructural. Sin embargo la expansión del monocultivo de soja transgénica, trae aparejada otros serios problemas, además de los ya mencionados.
El más importante radica en la degradación de nuestro sistema productivo: hemos dejado de ser un país productor de alimentos, para pasar a ser un enclave productor de forraje, para que otras naciones –las más industrializadas o en vías de serlo– produzcan carne. Ya no somos el “granero del mundo” en este revival del modelo agroexportador de cuño británico, sino que –en 17 millones de has., de las mejores tierras agrícolas del mundo– los argentinos (es decir 80.000 sojeros) no producimos alimentos sino “pasto-soja” para que China, India y la Unión Europea puedan criar de manera subsidiada –por los argentinos– a sus cerdos, aves y vacunos.
En este planteo neocolonial implicado en la sojización, hemos llegado al extremo de venderle soja en grano a Chile para que produzca carne aviar y porcina y la exporte, mientras nosotros importamos ambos productos debido a la reducción drástica de las áreas y los stocks ganaderos y cárnicos como consecuencia de ella. Pese a lo que señalan los defensores del modelo sojero, la exportación de granos, aceite, torta, u otros derivados de soja equivale a exportar forraje puro, es decir “pasto-soja”.
 
Feed-lot y sojización. Contaminación al por mayor
 
Hemos reducido nuestra producción de carne –al reducir el área, el número de cabezas y la calidad de los campos destinados a la misma– para producir “pasto-soja”, debiendo apelar a la altamente peligrosa herramienta del feed-lot, pasando a producir carne de pésima calidad y con bajísimo nivel de seguridad alimentaria, en el país que alguna vez tuvo la “mejor carne del mundo”.
Claro, ésa la exportamos. Destinamos nuestras mejores tierras a producir forraje –y ahora también agro-combustibles–, para que otros países produzcan y exporten carne, en lugar de hacerlo nosotros. Esto repercute no sólo en la mala calidad de lo que comemos, sino, marcadamente, en el precio de los alimentos al verse reducida su oferta por disminución de la superficie sembrada o por el aumento del costo de oportunidad de su producción.
El aumento del precio de los alimentos de primera necesidad como las hortalizas, las frutas, los lácteos y los diferentes productos cárnicos –la carne ovina pasó de ser un sustituto barato de la carne vacuna a ser un producto de lujo– tiene relación directa con la disminución constante del área destinada a su producción, ante el avance arrollador de la soja forrajera.
Ya el objeto de nuestra producción agrícola no es producir alimentos para el consumo de nuestra población, exportando el remanente, sino que todo el sistema agrícola del país está puesto al servicio de producir materias primas en forma de “pasto-soja”, para la exportación a los países industrializados o en vías de desarrollo, que poseen políticas estatales nacionales serias. Sin embargo, el elemento más grave producido por la sojización radica en la alta contaminación ambiental que produce el sistema siembra directa-soja-glifosato.
El mismo se basa en el uso masivo de agrotóxicos –principalmente herbicidas– en forma permanente, y no sólo glifosato, sino una larga lista de productos de altísima toxicidad, algunos prohibidos en los países centrales. En la última campaña se usaron –según cálculos actualizados propios– alrededor de 220 millones de litros de glisfosato, de 23 a 29 millones de litros de 2-4-D, cerca de 7 millones de litros de endosulfán y casi el mismo volumen de atrazina y un volumen menor de diquat y paraquat (Pengue, 2003).
Cifras que se completan con un total de alrededor de 150 mil toneladas de plaguicidas y 1.3 millones de tn. de fertilizantes (Vicente, 2005), de manera acumulativa y exponencialmente creciente desde 1996 hasta la fecha. Tanto el 2-4-D, como el endosulfán sumados a los coadyudantes y acompañantes del glifosato, son productos altamente cancerígenos.
Recientes estudios del Instituto Curie francés confirman que el glifosato en su forma comercial más habitual el Round-up, es disparador de los mecanismos formadores del cáncer (Bellé, 2004). En estos días se han hecho públicos los graves casos del Barrio Ituzaingó Anexo en Córdoba, donde la justicia ha prohibido las fumigaciones después de 10 años de reclamos (Cfr. Página 12, diciembre de 2009). Pero están los casos de Loma Sené en Formosa, que nos hiciera famosos en el mundo. (Cfr. Brandforf, 2004)
Y los centenares de casos de cáncer en Santa Fe y la cuenca sojera del sur de Córdoba y norte de provincia de Buenos Aires, detectados en un estudio multidisciplinario realizado en la zona, que sufre fortísimas presiones de los gobiernos provinciales sojeros para su publicación. (Gelín, Souza, 2006)
Todos estos productos, utilizados sin ningún control por parte de las reparticiones provinciales o municipales correspondientes, son cancerígenos, producen alergias, malformaciones, reacciones en la piel, afecciones respiratorias, afectan los embarazos, producen abortos espontáneos y han disparado la tasa de cáncer en la Argentina respecto de las cifras de 1995. La soja RR está presente como complemento, en infinidad de alimentos desde hamburguesas, jugos, salamines y chocolates, por lo que los efectos tóxicos se multiplican.
 
Súper malezas
 
El otro aspecto de gravedad ambiental inusitada que alienta la sojización, refiere a que en términos ecológicos y ambientales, todo el sistema de Siembra directa-soja RR-glifosato, no es más que un gigantesco experimento –en 17 millones de hectáreas– de selección de malezas resistentes y contaminaciones genéticas verticales y horizontales irreversibles, a través de transgenes y uso masivo de herbicidas, con efectos futuros apenas entrevistos.
Ya hay aproximadamente 30 especies que han mostrado algún tipo de resistencia al glifosato. Recientemente se ha sumado la aparición de sorgo de Alepo, lo cual puede transformarse en un grave problema. Dado el planteo circular existente, se intentará resolver el problema con mayor agregado de herbicidas: así el sistema se morderá la cola, pero no se la podrá comer, sólo se autodestruirá. Otro aspecto del problema, radica en la pérdida de la fertilidad de nuestros suelos que el sistema implica.
Además de la ausencia de rotaciones de cultivos y del retorno de los suelos a la pastura como restauración natural de su fertilidad, y de saneamiento, cada cosecha implica una enorme extracción de nutrientes –y de agua– que salen con los granos y que no son repuestos. Para producir una tonelada de grano la soja extrae 16 kg/ha de calcio, 9 kg de magnesio, 7 kg de azufre, 8 kg de fósforo, 33 kg de potasio, y 80 kg de nitrógeno (Vicente, 2005). Esta exacción permanente afecta de manera directa la fertilidad actual del suelo y al repetirse en un ciclo muy largo, afecta también la fertilidad potencial de los mismos.
Con el agravante que la fertilización química produce contaminación, que eutrofiza y contamina los cursos y reservorios de agua, mientras que la restauración natural de la fertilidad no produce ninguna contaminación y tiene mucho menor costo. Sólo considerando el costo de reposición de las unidades de fertilizante exportados en N, P y S de la última cosecha, implicaría un desembolso superior a 1.500 millones de dólares (Pengue, 2003).
 
La soja destruye empleo y producción
 
Cada 500 has. de soja RR (Dellatorre, 2004) se genera un solo puesto de trabajo, destruyendo 9 de cada 10 puestos de trabajo efectivo. La razón radica en el diferente tiempo operativo de labranza (TOL) y minutos/hombre/ha entre los sistemas tradicional y SD. El TOL del sistema SD-soja RR es de 40 minutos/hombre/ha contra 180 minutos/hombre/ha del sistema tradicional (Citado en: Botta, Selis, 2003). Por el contrario 100 has destinadas a la agricultura familiar producen 35 puestos de trabajo reales, sin contaminación ambiental alguna y sin “costos sociales” (Altieri, 2007).
Esta bajísima demanda laboral explica que sólo un tercio de los pocos trabajadores agrarios reciban sus magros salarios en blanco. Otro aspecto que se suma al anterior, es la destrucción de la pequeña producción producida por la sojización. Ante los márgenes de ganancia de la soja RR y sin intervención estatal que cambie la ecuación –el “mercado” jamás lo hará– dejan de ser viables la huerta, el monte frutal, la apicultura, el monte nativo, el monte artificial, la producción lechera o apícola.
Algunas por competencia, otras simplemente por cercanía a los vuelos u aplicaciones terrestres de glifosato (y demás agrotóxicos del paquete del “barbecho químico”) que por ser un herbicida total destruye todo tipo de plantaciones por deriva. De igual manera, a simple dominio de mercado no son viables la ganadería en pequeña escala –imprescindible para recuperar la economía de escala familiar–, la producción lechera, porcina, ovina y aviar.
Tampoco es rentable la soja RR para superficies menores de 300, 350 y hasta 500 has según la región, por lo cual los pequeños y medianos agricultores deben arrendar o vender sus campos. Esto ya produjo la desaparición de casi 180.000 productores entre 1990 y 2002. Por el mismo motivo y por las políticas macro aplicadas desde 1976, se produjo un aumento de la concentración de la tierra con cifras similares a las del apogeo de la “República” conservadora.
Entre 1966 y 2002 desapareció la mitad de los productores, de 650.000 pasamos a 330.000, pero el 49.7% de la tierra (la mitad de la superficie del país) pertenece a 6.900 propietarios (Censo Agropecuario, 2002), con el agravante de que más de 40 millones de has (el 14% del territorio nacional) están en manos extranjeras incluidas áreas de frontera, cursos de agua y zonas estratégicas.[1]
Otro aspecto que produce la sojización, es el robo “legal” de la propiedad ancestral y la expulsión manu militari de gente del campo, en particular campesinos pobres y comunidades de los pueblos originarios. El sistema siembra directa-soja RR-glifosato hace posible la producción de “pasto-soja” en regiones y lugares donde antes la agricultura no era posible. Por lo que las tierras marginales que antes se despreciaban y servían para refugio y alimento de los más pobres, ahora tienen valor.
Más allá de los graves riesgos ambientales que implica trasladar el sistema de la agricultura pampeana a regiones de enorme fragilidad ecológica y, especialmente en un planteo de agricultura permanente, como son el NOA o el NEA, el mismo produce, además, el perverso hecho de expulsar de allí a las comunidades ancestrales o de escasos recursos que vivían en áreas marginales ocupando sus tierras y viviendo de la producción familiar o de los frutos del monte.
Expulsados como sea, mediante la conspiración mafiosa de gobiernos provinciales y comunales, estudios jurídicos gangsteriles, fondos de inversión al servicio del capital financiero o mediante el simple y expeditivo sistema de mandar a la Gendarmería de noche, para echar a humildes y pacíficos pobladores de todas las etnias ancestrales de nuestra tierra, matándole los animales y echándolos a la ruta, produciendo así nuevas áreas de “agronegocios” de espantosa eticidad.
Consorcios de cara oscura y oculta se apoderan de enormes extensiones de tierras, robadas a sus verdaderos dueños. Este hecho ilegítimo, que arrasa con derechos escritos en la Constitución Nacional, está introduciendo la violencia en el campo y debe ser resuelto exactamente de manera inversa: es necesario repoblar el campo y desarrollar políticas de desconcentración de la tierra, creando miles de nuevos productores familiares, “nuestros paisanos los indios”[2] los primeros.
 
La devastación forestal
 
Este último proceso está vinculado también a uno de los efectos más graves producidos por la sojización, como es el arrasamiento del monte nativo, hasta prácticamente su eliminación total. Según señalara el ingeniero C. Merenson, en 1914 teníamos 105 millones de has de bosques nativos, lo que equivalía a más de un tercio de la superficie nacional; ya en 1984 nos restaban sólo 35 millones de has.[3], pero entre 1984 y 2002 –ya expandida la soja RR–, el área boscosa se redujo en otras 990.000 has (Vicente, 2005).
Por su parte, el doctor M. Altieri señaló que la sojización ha producido en América Latina la pérdida de 21 millones de has de bosque en Brasil, 14 millones de has en Argentina, 2 millones de has en Paraguay y 600.000 has en Bolivia. (Altieri, 2007) De tal forma, es probable que cuando la “ley de bosques” se aplique no haya prácticamente bosque que proteger, pues a lo dicho debemos sumarle la febril depredación producida en 2007 y 2008, dado que las empresas temían la aprobación de la ley y salieron a arrasar lo que quedaba.
Creemos, como ha señalado el doctor Morello que “el bosque nativo en la Argentina es cosa del pasado. Hoy ya no existe” (Morello, 2007). Este conjunto de factores trae aparejadas la destrucción de la fertilidad, la bioregulación y la biodiversidad de nuestro agro-ecosistema, así como la contaminación masiva del suelo, los cursos de agua, napas, ríos y el hábitat general de nuestros habitantes. También acarrea la miseria, la expulsión y la destrucción de la producción familiar y de los trabajadores del campo. Todo ello para producir riqueza para un sector minúsculo de la población (80.000 productores sojeros, sobre 330.000 totales y 40 millones de argentinos) que se enriquecen a costa de la devastación y de la postración nacional.
Creemos necesaria una política de salida paulatina y gradual de la sojización, basada en el repoblamiento rural, con entrega de tierras, de apoyo y estímulo de la producción familiar y la pequeña producción, recuperando la producción natural de alimentos, hacia un modelo de desarrollo rural en función de los intereses nacionales y populares, basados en la producción de alimentos en cantidad y calidad suficiente para alimentar a toda nuestra población, exportando el remanente, como política de Estado.
Implica no sólo aplicar justas retenciones, sino, por ejemplo, penalizar la exportación de grano, aceite o torta de soja y estimular o premiar la producción de carne y la agregación de valor, apelando al desarrollo local como forma de recuperar producciones arrasadas por la soja y de estimular todas las producciones debilitadas como la ganadería, la lechería y la horticultura.
Se deben prohibir las fumigaciones cercanas a los poblados y se deben reducir drásticamente las aplicaciones excesivas e innecesarias de herbicida y pesticidas en general, generando políticas de depuración y recuperación ambiental regionales. Este primer paso obligaría a alternar rotaciones agrícolas-ganaderas y rotaciones de cultivos mejorando la situación ecológica en general. Se pueden buscar distintas medidas que reduzcan el área de la soja RR.
Es necesario comenzar a sanear zonas contaminadas por transgenes, mientras se busca estimular el uso de prácticas no contaminantes, especialmente vinculadas al enorme potencial de la agroecología y la economía familiar. Los argentinos no necesitamos la soja RR para nuestro desarrollo, su expansión descontrolada ha sido una imposición del “mercado mundial”, en una nueva etapa de división internacional del trabajo que está llegando a su fin de manera estrepitosa.
Es posible recuperar una política soberana de desarrollo nacional y agropecuario insertado en la necesaria reindustrialización de la nación, distribuyendo la brutal concentración de la riqueza producida desde 1976 en adelante.
  
Bibliografía
Altieri, Miguel, “Conferencia”, Buenos Aires, 21/3/2007.
Botta, G. / Selis, D., “Diagnóstico sobre el impacto producido por la Adopción de la Técnica de la Siembra Directa”. Recopilación, UNLP, 2003.
Brandford, Sue, “La cosecha amarga de la Argentina”. New Scientist (17/4/2004).
Dellatorre, Raúl, “Entrevista a Claudio Sabsay”. En: Página 12, Cash (21/3/2004).
“Entrevista a Robert Bellé”. En: Toxicological Sciences 82 (2004).
Gelín, Alberto / de Souza, Javier, “2º
Encuentro: Suelos, Fundamentos de Vida. Propuestas de Acción para el Cambio”.
Organizado por CTERA, AMSAFE y el PAS, en San Jenaro Norte, Santa Fe, 19-20 de mayo de 2006.
La Nación (noviembre de 2005).
Morello, J., “Conferencia”, Buenos Aires (21/3/2007).
Página 12 (12/1/2009.
Pengue, Walter, Agricultura Industrial y transnacionalización en América Latina. PNUMA: Gepama, 2005.
Vicente Carlos A., “Argentina un mar de soja en el horizonte” (recibido por correo electrónico en noviembre de 2007).
 



[1] Informe sobre extranjerización de tierras de la diputada nacional Marta Maffei, del diputado Claudio Lozano y de la Federación Agraria Argentina, años 2006-2007.
[2] Frase con que el general San Martín se refería nuestros compatriotas originarios.
[3] Ing. Forestal Carlos Merenson, ex secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación en 1993, citado por Vicente Carlos en “Argentina un mar de soja en el horizonte”.