Un nuevo ensayo de interpretación de la realidad peruana

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Autor(es): Martínez, Manuel

Perú, país emblemático de la cultura de Nuestra América, acumula una milenaria historia civilizatoria que no solo es subyacente a este siglo XXI: sus trazos emergen recreados desde la sociedad profunda, aquella que José María Arguedas supo interpretar en su magistral literatura.[1] Sin embargo, y es preciso subrayarlo para encontrar parangones y diferencias con otros países de la región, el Perú moderno, que surgiera como Estado en el siglo XIX, sigue siendo un país fragmentado no solo desde el punto de vista económico-social sino, particularmente, desde el punto de vista étnico y cultural. Esta fragmentación no es rígida o estática; no podría serlo en medio de los avatares del capitalismo realmente existente en este país y en Nuestra América: contiene movimientos intempestivos de diferentes sectores, ya sea del campesinado indígena tantas veces insurgente en la sierra, luchando por la tierra arrebatada; ya de los grandes fenómenos migratorios del campo a las ciudades más importantes, en especial a Lima, la vieja ciudad de blancos y criollos hoy plagada de mestizaje y de indígenas serranos que la invadieron en los últimos 40 o 50 años convirtiéndola en una “metrópoli caótica”; ya de los movimientos regionales populares, que luchan desde hace décadas contra el centralismo avasallador y al mismo tiempo excluyente de “las provincias”, y ahora, concretamente, contra la minería a cielo abierto, por la defensa del agua, del medio ambiente y de la vida en distintos puntos de la accidentada geografía peruana.

Con lo dicho anteriormente, solo como apunte introductorio, se motiva un conocimiento más vasto de un país singularmente complejo, algo que está más allá de los alcances del presente artículo. De todas maneras, quisiéramos recomendar algunas obras trascendentes que permiten un estudio crítico de la realidad peruana. Después de las elaboraciones disruptivas y “clásicas” de José Carlos Mariátegui, en especial de sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana,[2] que data de 1928, diversos intelectuales han escrito aportes fundamentales relacionándose con distintos aspectos de la problemática económico-social, política y cultural de este país. Entre ellos podemos destacar a Jorge Basadre: Perú: Problema y posibilidad (1931),[3] “ensayo de una síntesis de la evolución histórica del Perú”; a Aníbal Quijano Obregón: Nacionalismo, neoimperialismo y militarismo en el Perú (1971)[4], tal vez el mejor análisis crítico de la llamada “revolución peruana” iniciada por las fuerzas armadas en 1968; a José Matos Mar: Desborde popular y crisis del Estado (1985),[5] “el nuevo rostro del Perú en la década de 1980”; a Alberto Flores Galindo: Buscando un Inca: Identidad y utopía en los Andes (1986),[6] considerada su “obra más importante y compleja”, que aborda “las diferentes utopías que desarrollaron las poblaciones indígenas, mestizas y criollas desde la invasión europea hasta la década de 1980”; también a Carlos Iván Degregori: Sendero Luminoso: Los hondos y mortales desencuentros (parte 1) y Lucha armada y utopía autoritaria (parte 2).[7] Estas obras, entre muchas otras que hacen parte de una prolífica producción que parece haberse detenido en los años noventa, han puesto en discusión múltiples aspectos de la singular realidad peruana y en gran medida siguen teniendo vigencia. Por lo general, sin embargo, la clase política, o las castas que han ejercido el poder en las últimas décadas, poco y nada han aprendido de ellas, encerrándose en la defensa de intereses opuestos a las aspiraciones populares.
El paréntesis que significó la “revolución peruana” (1968-1975) en la que –desde nuestro punto de vista– las fuerzas armadas ocuparon a su manera el lugar de un “movimiento nacional” con el gobierno del general Velasco Alvarado, concretó la reforma agraria a escala nacional, la nacionalización del petróleo, la minería y otros sectores estratégicos de la economía, así como la participación de los trabajadores en la propiedad de las empresas. Fue un proceso nacionalista impuesto “desde arriba”; sin embargo, por sus propias características, se opuso a la movilización social obrera, campesina y estudiantil, salvo cuando –solo en forma parcial– podía controlarla burocráticamente. Luego de este paréntesis, el Perú volvió a ser abiertamente dominado por el imperialismo, el FMI, las multinacionales y sus mejores sirvientes. La llamada “segunda fase” del régimen militar (1975-1980) significó el inicio del actual escenario contemporáneo. Si bien no avanzó hacia la privatización de las empresas estatales o hacia la reapertura del mercado de tierras, descargó brutales “paquetazos” de medidas económicas contra las mayorías. El cambio fue sentido y la reacción popular a escala nacional no se hizo esperar, a tal punto que esa dictadura tuvo que retirarse del poder y entregarlo a “la civilidad” en 1980. Previamente, una Asamblea Constituyente, presidida por Víctor Raúl Haya de la Torre,[8] había moldeado con cierta demagogia populista los parámetros de la nueva democracia que estaba en ciernes.
Desde entonces hasta el presente, en medio de una prolongada guerra interna, los gobiernos regímenes democráticos no dudaron en aplicar políticas de ajuste y desregulatorias, en mayor o menor consonancia con las pautas del neoliberalismo. Belaúnde Terry (1980-1985) fue el continuador democrático del entreguismo. Lo sucedió el primer Alan García (1985-1990), quien a su vez encabezó el primer gobierno aprista de la historia con algunos rasgos populistas y nacionalistas, terminando su mandado en medio de una crisis galopante caracterizada por la hiperinflación y la devaluación monetaria con dramáticas consecuencias. En 1990, contra todos los pronósticos, ganó las elecciones un ignoto: Alberto Fujimori, quien, a poco de andar, disolvió el Parlamento, se entronizó en el poder con el apoyo de las fuerzas armadas y modificó la Constitución a su manera (1993); con rasgos populistas, fue un gobierno de derecha, claramente neoliberal, privatista y corrupto. Estos tres gobiernos, que comprenden el período 1980-2000, enfrentaron la insurgencia armada de Sendero Luminoso[9] y también –aunque en menor medida– del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru,[10] justificando así gran parte de su política, que incluyó la militarización de diversas regiones del país y fuertes elementos de terrorismo de Estado. La insurgencia de Sendero Luminoso, centrada primero en Ayacucho y en otras regiones de la sierra sur-central y sur-oriental, se extendió luego al Valle del Huallaga, en la selva nor-oriental, pero también tuvo una fuerte presencia en Lima, en particular en sus barrios populares y en algunas universidades importantes. No se trata para nada de un dato menor, ni de un “agregado” a la situación que vivió el Perú durante 20 años. Se trata de una guerra que laceró a la sociedad peruana, en especial a la sociedad profunda, a las comunidades indígenas, y que causó más de 69.000 víctimas, la mayoría a manos de Sendero Luminoso, y pérdidas económicas por más de 35.000 millones de dólares según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Nacional. Se trata, en realidad, del mayor componente dramático de la singularidad del Perú contemporáneo, que de una u otra manera se sigue refractando en el presente como insoportable pesadilla. Este genocidio, en gran medida etnocidio –como lo señaló el dirigente campesino Hugo Blanco– porque la mayoría de las víctimas son indígenas, tiene la particularidad de haberse librado bajo gobiernos elegidos por el voto popular. Si bien Fujimori impuso una dictadura cívico-militar entre 1992 y 1995, justificándola en la necesidad de tener manos libres para derrotar al senderismo y de paso aplastar las luchas populares, fue nuevamente electo y finalmente, en medio de mayúsculos hechos de corrupción, huyó del país a Japón a fines de 2000.
Corresponde señalar que entre 1980 y 1990, antes del fujimorismo, diversas expresiones de la izquierda no armada tenían una fuerte presencia en los sindicatos, en las federaciones estudiantiles, en los movimientos regionales y en los barrios populares de las ciudades más importantes. Su mayor expresión política se hizo evidente con la conformación de Izquierda Unida,[11] que logró más del 30% de los votos en 1985 y que desde antes contaba con las alcaldías (intendencias) de Lima, Arequipa y Cusco. Sin embargo, esta fuerte presencia sufrió los embates de la guerra interna y de la polarización que acarreaba; no pudo constituirse en una alternativa popular de conjunto con proyección de poder y se desintegró definitivamente hacia fines de los años 90.
Los gobiernos posteriores al fujimorismo, el del “cholo” Alejandro Toledo, un neoliberal populista, así como el del segundo Alan García, convertido definitivamente al neoliberalismo y cada vez más lejos de los postulados originales del APRA, se arrogan el crecimiento de la economía a ritmos antes no conocidos: de casi el 7% en 2005, a un cercano 10% en 2008, así como de un 8,8% en 2010. Estas cifras, según el Instituto Nacional de Estadística, se deben a un fuerte incremento de la demanda local y al auge internacional de las exportaciones mineras, el principal rubro de la balanza comercial peruana favorecido por la bonanza de los precios internacionales. Al mismo tiempo, siempre según la misma fuente, la pobreza habría disminuido en un 5,2% entre 2006 y 2007, afectando a un 39,3% de la población. Cruzando datos, la pobreza actual afecta al 34,5% (antes llegaba al 48,5%). Desde luego, en esta lectura quedan borrados los bolsones de pobreza generalizada, en especial en áreas rurales, por ejemplo un 83,9% en Huancavelica, un 74,8% en Apurímac o un 49,1% en Cajamarca (donde se pretende instalar el proyecto minero Conga), así como en diversos distritos de Lima Metropolitana donde los jóvenes más pobres hoy no pueden avizorar ningún futuro promisorio. Así, los datos esgrimidos como “óptimos” siguen mostrando enormes contrastes en el caso peruano: la tendencia creciente de la economía, que coloca al Perú como extraordinaria plaza para las inversiones de las multinacionales, en especial por sus riquezas mineras y de hidrocarburos, no se ha traducido ni se traduce en redistribución de ingresos. Todos los gobiernos de este país, durante los últimos 35 años, han actuado en un sentido contrario. Como sabemos bien, las cifras que muestran la disminución de la pobreza en nuestra región contienen todas las trampas del asistencialismo y no indican por sí mismas que haya una tendencia creciente a la superación de las abismales desigualdades sociales.
 
Antecedentes de Humala
 
Luego de su primer intento en las elecciones de 2006, en las que ganó en primera vuelta y perdió en la segunda frente a Alan García, el ex oficial del ejército Ollanta Humala logró finalmente la presidencia del Perú en el proceso electoral de 2011. Irrumpió como novedad en el escenario político luego de haber liderado un efímero levantamiento militar en octubre de 2000 contra el gobierno de Fujimori, un mes antes de que este huyera del país. Su trayectoria es polémica, ya que, como miembro de las fuerzas armadas, estuvo involucrado en la guerra interna. En su propia biografía oficial se dice que “como peruano y como soldado se comprometió en el combate contra el terrorismo”, aunque también se indica que “luego de un tiempo comprende que se estaban cometiendo graves errores” y que cuestionó el método de “la guerra de baja intensidad, similar a la usada en Argelia y Vietnam, que consideraba al ejército como colonial y a los campesinos como potenciales colaboradores de subversivos o terroristas de una colonia de ultramar”. De todas maneras, cabe señalar que por su participación en operaciones contrainsurgentes en 1991 fue acusado por abusos a la población civil en zonas selváticas de Tingo María y Aucayacu. A este dato debemos agregar que como parte de su formación militar concurrió a la tristemente famosa Escuela de las Américas (Panamá), en 1983, donde recibió instrucción de combate “bajo esa concepción que siempre rechazó”.[12]
Su levantamiento contra Fujimori, quien ya gobernaba una década junto con el siniestro Vladimiro Montesinos,[13] más allá de su carácter efímero y reducido a un pequeño grupo de militares, se sumó de alguna manera a las luchas populares que irrumpieron a escala nacional en el último tramo del fujimorismo. Entre ellas, la Marcha Nacional de los Cuatro Suyos, así denominada en referencia a las cuatro regiones –suyos, en quechua– del antiguo imperio inca, fue seguramente la mayor movilización contra ese gobierno, que a su vez catapultó a Alejandro Toledo a la presidencia del país. Humala, quien fue sancionado por la justicia militar, no participó en las elecciones de 2001, volvió al ejército y estudió ciencias políticas en la Universidad Católica de Lima. Cuestionó el sometimiento de altos oficiales a la mafia de Montesinos y fue enviado como agregado militar a Francia donde se propuso crear una organización política que pueda intervenir en el escenario peruano. Designado luego como agregado militar en Corea del Sur dejó la carrera militar en 2004.
En octubre de 2005 fundó el Partido Nacionalista Peruano (PNP), una organización en la que se enrolaron sectores progresistas y de izquierda. Sus bases ideológicas resumidas son las siguientes:
 
1) Antiimperialismo, cuestionando el neoliberalismo y proponiendo “un proyecto de nación” que tenga como premisa “la liberación nacional de los pueblos”. En este punto se agrega lo siguiente: “No estamos en contra de las inversiones extranjeras en el Perú, siempre y cuando los términos de contrato sean justos, beneficien a la población y
no perjudiquen la producción nacional ni el medio ambiente”.
2) Republicanismo democrático, donde se subraya: “En una verdadera república democrática es el pueblo el que tiene el poder y es quien decide de manera informada”, aunque también se menciona: “Es difícil que ‘todo’ lo decida el pueblo directamente”. Se agrega: “El pueblo ciudadano debe ejercer control sobre sus representantes elegidos, porque el pueblo les ha dado esa autoridad” y se propone “una nueva distribución del poder” con “mayores espacios de participación en las decisiones políticas, económicas y sociales del país”.
3) Socialismo andino-amazónico, entendido como “una alternativa reciente contra el capitalismo neoliberal”, rescatando “como aportes de la civilización andino-amazónica sus formas de organización comunitaria, su visión comunal de la propiedad, sus tradiciones culturales, su pensamiento en unión con la naturaleza, entre otros, como elementos importantes para la constitución de una sociedad peruana integrada”. Se agrega “la construcción de una sociedad intercultural en la que se reconozcan los derechos de los pueblos indígenas, amazónicos y costeros, pero también la cultura occidental en espacios de diálogo entre iguales. Entre estos derechos se encuentran los derechos universales, como el derecho a la educación, a la salud, a la igualdad de oportunidades y a tener una vida digna sin pobreza, colocando el énfasis en el derecho a expresar su cultura y su lengua, y participar en la escena política nacional”.
4) Ahora, hablemos del latinoamericanismo, donde se propone “construir una Latinoamérica unida y solidaria, teniendo como objetivo central un proyecto común de emancipación latinoamericana frente a los grandes poderes económicos que controlan el mundo, constituyéndonos en una ‘patria grande’”.
 
El nuevo gobierno
 
Venciendo una dura campaña de desprestigio propiciada por el fujimorismo y la derecha, que lograron una real polarización política, Ollanta Humala ganó finalmente las elecciones de 2011. No lo hizo por abrumadora mayoría sino por estrecho margen en la segunda vuelta. En la primera obtuvo el 31,72% de los votos válidos, mientras que su principal contendora, Keiko Fujimori, hija del ex dictador, ahora encarcelado por sus crímenes, logró el 23,56%. Atrás quedaron Pedro Pablo Kuczynski, un neoliberal clásico, y Alejandro Toledo, ex presidente también neoliberal, que intentó sin éxito volver al poder y terminó apoyando a Humala en la segunda vuelta. La polarización se hizo visible también en la geografía del país: Ollanta ganó claramente en el sur andino y en otras regiones de la sierra y la selva, pero Keiko se impuso en Lima y en algunos departamentos del norte. En la segunda vuelta, Humala obtuvo un 51,45% de los votos válidos, mientras que Fujimori (hija) llegó al 48,55%, ratificándose casi la misma distribución geográfica de la primera. Esta escasa diferencia porcentual no indica que el triunfo de Humala sea el resultado de un giro cualitativo del electorado hacia el nacionalismo, mucho menos hacia la izquierda, ya que la alta votación de la candidata perdedora muestra que el fujimorismo cuenta con grandes simpatías o con aliados de peso.
Humala ganó esta contienda conformando una alianza política alrededor del PNP: Gana Perú, que integró al Partido Comunista Peruano, al Partido Socialista, al Partido Socialista Revolucionario, al Movimiento Político Voz Socialista y a un sector del Movimiento Político Lima Para Todos. Esta alianza con sectores de izquierda no significó un reparto de cuotas de poder más o menos equitativas; permitió, efectivamente, que el PNP y su líder llegaran al gobierno, pero no aseguró ningún proyecto político compartido, ni mucho menos una alternativa que revirtiera desde la raíz las políticas que se vinieron aplicando en las últimas décadas. Esto no quiere decir que el gobierno de Humala sea igual a los que lo antecedieron. En este sentido, para lograr una caracterización adecuada, es preciso apelar a la distinción, incluso considerando que entre las bases ideológicas del PNP y la realidad vivida en sus primeros siete meses de gobierno, haya distancias reales, retrocesos y adaptaciones a los poderes económicos contrarios a los intereses de las mayorías.
Digamos de paso que en medio de la crisis política que arrastra de largo el Perú, Humala solo representa una posibilidad de relativa superación. El PNP, así como Gana Perú, son representaciones políticas que carecen de organicidad, no expresan con solidez sus propias propuestas y más allá de las coyunturas electorales o del apoyo que obtengan en las encuestas de opinión, están lejos de emprender un proceso de transformaciones reales que beneficien a las mayorías. El balance de 31 años de una democracia atravesada por la guerra interna y sus consecuencias, pero también por crisis económicas superadas con índices de crecimiento “óptimos”, es contundente: todos los partidos tradicionales, empezando por el más antiguo, el APRA, que ni siquiera pudo presentar candidato propio en las últimas elecciones, pero también el “desarrollista” Acción Popular o el Popular Cristiano de centroderecha, han quedado reducidos solo a sus aparatos. Esta crisis atraviesa también a la izquierda tradicional, que muestra una y otra vez su incapacidad para proponer un proyecto político alternativo.
El gobierno de Humala, antes de cumplir un año, ha mostrado elementos de crisis institucional, giros que contradicen su campaña electoral y una lejanía palpable respecto de la “gran transformación” anunciada, que supuestamente se traduciría en una política de “inclusión social”. Hay tres componentes de su primer recorrido que pueden servir para sacar  algunas conclusiones:
 
1) El vicepresidente segundo del Perú, Omar Chehade, quien también es parlamentario, debió renunciar a su cargo acusado de tráfico de influencias antes de que el Congreso lo destituya. Se lo acusa de haberse reunido con altos mandos policiales para propiciar un desalojo en la azucarera Andahuasi a favor de un poderoso grupo empresarial. Antes, defendiendo su inocencia, desoyó el pedido de Humala en el sentido de que diera “un paso al costado”. Hecho y síntoma que muestra la calidad política de algunos integrantes del gobierno.
 
2) La crisis provocada por la lucha del pueblo de Cajamarca contra el proyecto minero Conga, impulsado por Minera Yanacocha, puso en evidencia que Humala hizo mucha demagogia durante su campaña electoral, colocándose ahora al lado del gran capital expoliador y lejos de las aspiraciones de las comunidades campesinas. Cabe destacar que este nuevo proyecto no es el único y seguramente se plantearán nuevos conflictos ambientales y con las comunidades campesinas que defienden el agua y el medio ambiente. La lucha del pueblo de Cajamarca (ver texto de Hugo Blanco), que verdaderamente se sintió traicionado por Humala, causó la renuncia del gabinete ministerial, es decir del equipo que aplica la política del gobierno. Esta renuncia hizo que Humala se deshiciera de los/as ministros/as progresistas, dejando de lado aquel “gabinete mixto” con el que inició su mandato; pero también aprovechó la crisis ministerial para dejar fuera del gobierno a los asesores de izquierda. Así, la primera lucha ambiental de envergadura puso a prueba al nuevo gobierno y despejó dudas: Humala, el del “socialismo andino-amazónico”, también puede aplicar el estado de emergencia –eufemismo del estado de sitio–, militarizar una región, reprimir, maniobrar con promesas de nuevos estudios de “impacto ecológico”, etc.
 
3) Durante su gira por Europa (enero 2012), que arrancó en Madrid y culminó en Davos, demostró una apertura extraordinaria a las inversiones de las multinacionales, a tal punto que la prensa española llegó a decir que se trataba de un “nacionalista” que ofrecía en venta a su país. Según diversas fuentes, Humala llegó a Madrid de la mano de José María Aznar, “el mayor lobbysta de las grandes empresas mineras del mundo”, que casualmente defiende los intereses saqueadores de Minera Yanacocha. ¿Algo más? Concedió una entrevista al director del diario español El País, Juan Luis Cebrián, en la cual dijo: “¿De izquierda? Yo no soy de izquierdas [...]. En realidad, esa división entre izquierda y derecha es algo del pasado” y agregó que se debe gobernar para todos. Señaló también: “Muchas veces es preciso tomar decisiones que sorprenden a algunos de los que nos apoyaron, pero por lo demás está claro que yo no me identifico con la derecha”.
 
Se pueden sacar algunas conclusiones, efectivamente, tratando de ubicar mejor la situación actual del Perú y precisando las características de su nuevo gobierno. Para terminar debemos señalar que parece haber desaparecido la imagen de que Humala sería el Chávez peruano, o cosas por el estilo tan difundidas por la prensa de derecha durante la campaña electoral. Ahora lo ensalzan, aprueban su gestión, el cambio de gabinete para “tener una sola línea política”, etc. Por otra parte, más allá de los conflictos sociales existentes, el nivel de apoyo con el que cuenta, según las encuestas, bordea el 60%, lo cual, por cierto, indica que existe la percepción de que incluso girando a la derecha su gestión sería mejor que la del gobierno anterior. La captura del “camarada Artemio”, que dirigía una columna sobreviviente de Sendero Luminoso en la selva, así como el lanzamiento del plan “Trabaja Perú”, distanciándose del asistencialismo, con el objetivo de crear 2.500 proyectos productivos, completan este panorama.
 

 


 

Anejo: El proyecto Conga
 
Hugo Blanco
 
Entregamos un extracto del texto enviado por Hugo Blanco, dirigente histórico del movimiento campesino peruano, al coloquio Extractivismo y alternativas del/al desarrollo realizado en Lima en diciembre de 2011. Ediciones Herramienta y Ediciones La Minga han publicado el libro Nosotros los indios, del mismo autor.
 
Cuatro lagunas en la cabecera de cuenca. De debajo de dos de ellas la empresa extraerá oro. Las otras dos las usará como depósitos de desechos. Para compensar fabricará enormes tinas que según ella proveerán de más agua que la actual. Los cajamarquinos no creen el cuento.
El impulso oficial del proyecto Conga no fue dirigido solo contra Cajamarca, el gobierno lo lanzó como un ataque a los defensores del agua y de la naturaleza en general de todo el país. Aplastando la resistencia a Conga nadie más osaría luchar en defensa del agua.
La traición de Ollanta no es su política extractivista, pues esta había sido manifestada en su campaña electoral. La traición es a la campaña electoral en defensa del agua realizada en Cajamarca.
El envío de tropa y policía a Cajamarca para reprimir el paro, el “Conga va sí o sí”, la interrupción de las conversaciones en Cajamarca, la declaración de estado de emergencia, el bloqueo de la cuenta bancaria de la región, la detención de dirigentes, el cacareo de la prensa defensora del sistema colonial, el cambio de gabinete, etc., no fueron dirigidos solo a aplastar la resistencia de Cajamarca, fueron dirigidos contra todos los pueblos afectados por el robo del agua agrícola y de consumo humano por la minería a cielo abierto, por la agroindustria, por las hidroeléctricas, etc.
Por lo tanto la valiente resistencia del pueblo cajamarquino ha defendido el agua de todo el país.
No solo los cajamarquinos entendieron eso, la organización de defensa contra la minería Macrosur denunció la traición de Ollanta y el Frente de Defensa de Espinar, Cusco, amenazado del robo del agua del pequeño campesino por la agroindustria, hizo lo mismo. Hubo gritos de “¡Agua sí, Mina no!” en el Congreso de la Confederación de Campesinos del Perú (CCP), donde los ollantistas de izquierda llevaron a su líder.
La organización amazónica AIDESEP (Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana) ha declarado en su congreso: ¡El gobierno de Ollanta Humala, traiciona el voto de los pueblos por el cambio y la Gran Transformación y se pone al servicio de las transnacionales y militariza el país!”
Se realizaron manifestaciones urbanas en Lima y Arequipa.
Hubo muchas manifestaciones de solidaridad en el exterior (La República solo publicó el comunicado de los académicos norteamericanos).
Se hizo una manifestación frente a la embajada peruana en Montevideo.
Todo esto provocó el retroceso del gobierno, levantó el estado de sitio y el congelamiento de los fondos de la región.
Pero la lucha continúa. El ollantismo de izquierda pretende desviar el debate hacia otros temas o plantear otros objetivos, como un nuevo estudio de impacto ambiental.
Nosotros debemos concentrarnos en la exigencia de Cajamarca: Conga no va, no es un planteamiento “extremista” como lo llaman, es lo mínimo que puede pedir Cajamarca antigua víctima de la minería.
Hay diversas luchas en el Perú actual, entendemos que hay que atender todas, pero, sin ninguna duda del triunfo o derrota de Cajamarca dependerá mucho de las luchas futuras.
Comprendiendo esto debemos tejer y afianzar lazos para la continuación de la lucha por el agua y la vida de Cajamarca.
17 de diciembre de 2011
 


[1] 1911-1969; mestizo de origen, pero seguramente el mejor escritor del modo de ser indio en el Perú en el siglo XX. Algunas obras: Agua (1935), Yawar Fiesta (1941), Los ríos profundos (1956), El Sexto (1961), Todas las sangres (1964), El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971).
[2] Biblioteca Amauta: Lima, 1ª ed.: 1928 (existen decenas de ediciones posteriores).
[3] Fundación Manuel J. Bustamante de la Fuente, Lima, Cuarta edición: 1994.
[4] Ediciones Periferia: Buenos Aires, 1971.
[5] Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec), Lima. 7ª ed.: 1988. Fondo Editorial del Congreso del Perú: Lima, 2004.
[6] Ediciones Casa de las Américas: La Habana, 1986. Casa de Estudios del Socialismo-SUR, Lima, Primera edición: 1986 - Séptima edición: 2005.
[7] Instituto de Estudios Peruanos: Lima, 1985.
[8] Fundador y líder histórico de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Su fundación data de 1924 y fue por décadas el más importante partido político estructurado a nivel nacional.
[9] El Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso surgió en 1970 como una fracción maoísta resultante de diversos desprendimientos del viejo Partido Comunista Peruano. En 1980 inició su “guerra popular” bajo el liderazgo de Abimael Guzmán, quien finalmente fue capturado en 1992. Se estima que en 1990, cuando la guerra interna alcanzó mayor intensidad contaba con alrededor de 3.000 militantes armados.
[10] Una organización inspirada en los movimientos guerrilleros de los años 60 y 70 de Nuestra América. Surgió en los años 80 bajo el liderazgo de Víctor Polay Campos, ex militante aprista. Se estima que causó más de 1.200 víctimas, es decir un 1,8% del total de la guerra interna. Su última acción fue la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima en diciembre de 1996, durante una fiesta por el cumpleaños del emperador de ese país, donde mantuvo como rehenes a más de 70 funcionarios y diplomáticos por 125 días. La toma culminó con el asalto a la residencia por un grupo comando que liquidó a todos los guerrilleros.
[11] Un frente electoral formado a principios de los años 80 por la mayoría de los partidos de izquierda.
[12] Biografía de Ollanta Humala. Partido Nacionalista Peruano, 25/1/2001.
[13] Militar retirado que manejó el Servicio de Inteligencia Nacional y actuó como asesor presidencial entre 1990 y 2000. Entre sus tropelías destaca la fundación del Grupo Colina, una organización paramilitar terrorista.