Las formas concretas del trabajo abstracto

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Autor(es): Bihr, Alain

 

Hasta el presente, el concepto marxiano de trabajo abstracto ha atraído muy poco la atención de los comentaristas de Marx. Por ejemplo, en el artículo “Trabajo” del Diccionario Crítico del Marxismo, Jaques Bidet le consagra solamente algunas líneas y no menciona de ninguna manera los problemas que el mismo suscita.[1] Sin embargo Marx subraya desde el comienzo en El Capital la importancia de esta noción y su carácter propiamente revolucionario desde el punto de vista de la comprensión de los fenómenos económicos en el marco de las relaciones capitalistas de producción, diciendo:

Nadie, hasta ahora, había puesto de relieve críticamente este doble carácter del trabajo representado por la mercancía. Y como este punto es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política, hemos de detenernos a examinarlo con cierto cuidado.[2]

 

 

Y, de hecho, la primera y posiblemente la más fundamental de las críticas que Marx dirige a los economistas, incluso a los más grandes (Adán Smith, David Ricardo), es confundir trabajo concreto con trabajo abstracto y, en consecuencia, no haber sido capaces de extraer el concepto de trabajo abstracto. Por eso fracasan completamente cuando se trata de analizar el valor:
Por lo que se refiere al valor en general, la economía política clásica no distingue jamás expresamente y con clara conciencia de lo que hace el trabajo representado en el valor y el que toma cuerpo en el valor de uso de su producto. [3]
De la abstracción teórica a la abstracción práctica
Precisamente, para dilucidar la categoría de valor Marx es llevado a introducir el concepto de trabajo abstracto. Lo desprende al cabo de un razonamiento cuyas principales etapas son conocidas y ocupan las primeras páginas de El Capital. La circulación de mercancías bajo su forma más inmediata (el trueque, el cambio aún no mediatizado por la moneda) manifiesta su intercambiabilidad y su conmensurabilidad. Sin embargo, éstas características no pueden comprenderse sino formulando la hipótesis de que, más allá de sus diferencias como valores de uso, estas mercancías poseen algo, alguna cosa en común que las transforma en intercambiables y conmensurables. Y esta cosa en común es lo que denominamos su valor, cuya sustancia no puede ser más que el trabajo humano en su determinación general de gasto de fuerza humana de trabajo, haciendo abstracción de las formas particulares con que tal desgaste ocurre: “ como desgaste de fuerza humana de trabajo, como trabajo humano abstracto” [4], dice Marx.
Pero sería equivocado considerar que el trabajo abstracto es una pura y simple abstracción mental, un concepto meramente construido para dilucidar la categoría de valor. Tal y como ocurre con el valor, del cual constituye la sustancia, el trabajo abstracto debe comprenderse como una abstracción concreta, práctica, social: algo que se realiza en y por prácticas sociales específicas. Y Marx lo advierte de inmediato.
En efecto, ¿qué es igualar dos productos del trabajo humano tomados en determinadas cantidades, pese a ser manifiestamente diferentes por sus cualidades (su materia y su forma, su estructura, sus funciones y sus posibles usos sociales), sino precisamente hacer abstracción, no solamente mental sino práctica, en y por la relación de cambio misma, de su valor de uso? Como dice Marx:
lo que caracteriza visiblemente la relación de cambio de las mercancías es precisamente el hecho de hacer abstracción de sus valores de uso respectivos. [5]
Igualmente, toda relación de intercambio hace abstracción del carácter particular de los trabajos que han producido a las mercancías. Por el solo hecho de declarar equivalentes sus productos, la relación mercantil homogeniza esos trabajos, los uniformiza, reduciéndolos a simples cantidades de un mismo trabajo abstracto:
Con el carácter útil de los productos del trabajo, desaparecerá el carácter útil de los trabajos que representan y desaparecerán también, por tanto, las diversas formas concretas de estos trabajos, que dejarán de distinguirse unos de otros (…). [6] 
Queda entonces por determinar cómo ese trabajo abstracto se produce concretamente, bajo que formas concretas se realiza. Marx no dice mucho en las primeras páginas de El Capital. Se contenta con abrir dos pistas de investigación ,que se cuida sin embargo de explorar en ese momento. Por una parte, el trabajo abstracto se realizaría bajo la forma de una media social del conjunto de los trabajos individuales concretos, un trabajo de duración, intensidad y de cualidad medios en relación al desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad considerada
Cada una de estas fuerzas individuales de trabajo es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando que presente el carácter de una fuerza media de trabajo social y de, además, el rendimiento que a esa fuerza media de trabajo social corresponde; o lo que es lo mismo, siempre y cuando que para producir una mercancía no consuma mas que el tiempo de trabajo que representa la media necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario. Tiempo de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiere para producir un valor de uso cualquiera en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad.[7]
Por otra parte, el trabajo abstracto correspondería al gasto de una fuerza de trabajo simple, sin calidad particular, que no requeriría ninguna formación especializada y correspondería a las facultades y capacidades comunes y ordinarias presentes entre los miembros de una sociedad dada (en espacio y tiempo):
Es el empleo de esa simple fuerza de trabajo que todo hombre común y corriente, por término medio, posee en su organismo corpóreo, sin necesidad de una especial educación. El simple trabajo medio cambia, indudablemente, de carácter según los países y la cultura de cada época, pero existe siempre, dentro de una sociedad dada.[8]
Si estas formulaciones e indicaciones todavía muy vagas son suficientes al nivel de análisis en que Marx aquí se sitúa, el de la categoría de valor, las mismas se revelarán insuficientes cuando se trate de analizar no ya la mercancía o incluso la moneda, sino el capital, es decir el valor en proceso, el valor capaz (al menos en apariencia) de conservase y acrecentarse en y por su propia circulación. Dado que el trabajo no forma valor más que en tanto él sea trabajo abstracto, resulta entonces esencial determinar bajo qué forma se realiza esta abstracción para comprender cómo el trabajo puede valorizar el valor, o sea engendrar capital. Y es efectivamente recién en este momento ‑y sólo en éste momento‑ cuando Marx vuelve sobre la categoría de trabajo abstracto para responder a la cuestión implícitamente planteada desde las primeras páginas de El Capital: ¿bajo qué formas concretas se realiza el trabajo abstracto?
Señalemos de paso que tenemos aquí una perfecta ilustración del método seguido por Marx en El Capital , consistente como él mismo dijo “en elevarse de lo abstracto a lo concreto”[9]: esto es, poner una condición de existencia del capital (en este caso, la existencia de trabajo abstracto en tanto sustancia del valor) antes de mostrar como tal condición es asegurada por el capital mismo.
 
La producción de trabajo abstracto
 
Marx responde implícitamente a la cuestión precedente cuando pasa al análisis de la formación de la plusvalía relativa, en la Sección IV del Libro I de El Capital. Como se sabe, ésta supone el aumento de la productividad media del trabajo social con el fin de desvalorizar la fuerza de trabajo, lo que implica la transformación constante del proceso de trabajo en todos sus componentes (materias y medios de trabajo, fuerzas individuales y organización social del trabajo).
Pero este desafío inmediato y manifiesto (según declara Marx) enmascara y contiene a la vez otro de mayor importancia: se trata de lo que Marx llama en el “Capítulo Inédito” del Libro I de El Capital, “Subsunción real del trabajo en el capital”[10]. Para el capital se trata de apoderarse del proceso de producción para apropiárselo, para someterlo a sus propias exigencias en tanto valor en proceso, valor que debe conservarse y acrecentarse, de transformar el proceso de trabajo para que éste sea tan adecuado como sea posible al proceso de valorización. Dicho de otra manera, más esencialmente que a la formación de plusvalor relativo, la apropiación por el capital del proceso de producción tiende a la formación de valor por la transformación del trabajo concreto en trabajo abstracto. Esto surge claramente cuando se analizan los resultados generales de este proceso de apropiación. Resultados que se refuerzan a medida que el proceso progresa, desde la cooperación simple hasta la automatización, pasando por la manufactura y la industria mecánica. Y al mismo tiempo esos resultados constituyen también otras dimensiones del trabajo abstracto.
Se trata en primer lugar de la socialización del proceso de trabajo. Esto debe ser entendido en el sentido de que el verdadero sujeto de este proceso es, de ahora en más, un trabajador colectivo, constituido por una gran cantidad de trabajadores individuales reunidos, organizados y dirigidos por el capital que, según una fórmula consagrada, es algo más y algo distinto que la simple suma de esos individuos.
Ahora bien, es formando y apropiándose de esta fuerza de trabajo colectivo, por integración y combinación de numerosas fuerzas de trabajo individuales, como el capital forma valor y plusvalor. En efecto, esta socialización no es otra cosa que el proceso mediante el cual el trabajo concreto y cualitativamente diferente de los productores directos resulta metamorfoseado en trabajo abstracto: es homogeneizado siendo reducido a un mismo trabajo social medio.
Este efecto homogeneizante se manifiesta desde el estadio de la cooperación simple, puesto que una gran cantidad de trabajadores operan juntos y las diferencias individuales de potencia, habilidad, intensidad, o competencia profesional, se compensan entre sí para componer una fuerza colectiva de trabajo de habilidad, intensidad y competencia media. La división manufacturera del trabajo refuerza aún más esta homogeneización convirtiendo a las fuerzas de trabajo individuales en mutuamente dependientes, haciéndolas elementos de una fuerza de trabajo colectivo que actúa con un mismo movimiento según un plan concertado, transformando en consecuencia su gasto en una simple secuencia de un mismo proceso continuo y uniforme de trabajo. Y la mecanización completa esta homogeneización, reduciendo el trabajo de la mayor parte de los productores a la ejecución de algunas operaciones simples y repetitivas, que no requieren ninguna habilidad particular, totalmente sometidos a las exigencias funcionales, al ritmo y la velocidad de un movimiento mecánico devenido autónomo, del que no son más que una prolongación y un complemento.
Las diferentes formas de socialización del proceso de trabajo permiten así fundir la inconmensurable cantidad de trabajos productivos concretos, que combinan en un mismo trabajo abstracto, en un mismo gasto continuo y uniforme de una fuerza de trabajo media, de acuerdo a las normas sociales medias de trabajo en vigencia. Con la sumisión real del trabajo al capital, la ley del valor ya no funciona entonces solamente como principio regulador de la circulación de mercancías. De ley externa al proceso de producción que regulaba a posteriori la circulación de las mercancías exigiendo que fuesen intercambiadas equivalente contra equivalente, la ley de valor deviene una ley interna de este proceso, regulando a priori su producción y exigiendo que no se gaste más que la cantidad media de trabajo socialmente necesario.
El segundo resultado general de la apropiación del proceso de trabajo por el capital no es otra cosa que la automatización tendencial de este último en el seno del proceso de producción. Esto implica la apropiación (por parte del capital) de las potencias del trabajador colectivo, de las potencias productivos nacidas de la socialización del proceso de trabajo, de su exteriorización y automatización bajo la forma de un cuerpo productivo que le pertenece. Para exponer este movimiento, Marx desarrolla una metáfora orgánica: personifica al trabajador colectivo, comparándolo con una especie de gigante, de cuyas funciones generales el capital se apropia poco a poco, como un vampiro, hasta convertirlo en simple apéndice ectoplasmático del cuerpo productivo que le pertenece.
También aquí el proceso se desarrolla al ritmo de la dominación real del proceso de trabajo por el capital. En el estadio de la cooperación simple, el capital, personificado por el capitalista, no representa aún más que el cerebro del trabajador colectivo. Comandando los diversos movimientos de los múltiples miembros, él es la unidad dinámica, la instancia que imprime el sello de una voluntad única y de un mismo propósito a miembros separados entre sí.
En el seno de la manufactura, el capital determina el plan de conjunto (bajo la forma de la división manufacturera del trabajo) del cuerpo del trabajador colectivo, así como las proporciones entre sus diferentes partes, controlando tanto el movimiento de conjunto como los movimientos de cada uno de sus miembros. El capital deviene así la totalidad orgánica del cuerpo productivo, en el cual el trabajador parcelado no es más que un simple órgano o una simple célula.
Con el proceso de trabajo mecánico y automático, el capital se dota verdaderamente de un cuerpo productivo propio, en el seno del cual han sido materializadas todas las fuerzas productivas del trabajador colectivo:
“Un organismo perfectamente objetivo de producción con el que el obrero se encuentra como una condición material de producción lista y acabada”[11]
donde el trabajo colectivo no figura más que como apéndice viviente de un cuerpo que es de la misma naturaleza del capital:
Al convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital, durante el proceso de trabajo, con el propio obrero: se alza frente a él como trabajo muerto que domina y absorbe la fuerza de trabajo viva.” [12]
El sistema de máquinas realiza, da existencia material, tecnológico-científica, a esta dominación y absorción del trabajo vivo (presente) por el trabajo muerto (pasado, acumulado) que es la esencia misma del capital, valor que no puede conservarse y acrecentarse más que incorporándose la fuente misma de todo valor, es decir la fuerza de trabajo en acción. Lo muerto toma lo vivo y lo somete a sus exigencias de conservación y de acumulación: con el proceso mecánico y automático de producción esta metáfora se realiza al pie de la letra: el vampirismo del capital llega a adquirir materialmente, técnicamente incluso, el medio de satisfacer su inextinguible sed de trabajo vivo. El trabajo abstracto gana aquí una determinación suplementaria: es trabajo vivo vampirizado por trabajo muerto, trabajo vivo no solamente dominado sino literalmente absorbido por el trabajo muerto para mantener a este último con vida.
El tercer y último resultado del movimiento de apropiación del proceso de producción por el capital no es otro que  la expropiación de los trabajadores en el seno mismo del proceso de trabajo. Ya expropiado de sus medios de producción y de su producto, el trabajador va a encontrarse progresivamente expropiado del manejo de su proceso de trabajo, de su propia actividad y de sus propias facultades en el interior mismo de ese proceso.
Inicialmente, es la dirección general del proceso de producción, su organización y control lo que escapa al trabajador individual, mucho más aún que al trabajador colectivo, para pasar a manos del capitalista y sus agentes subalternos, los cuadros gerenciales y técnicos. Luego es la conducción por cada trabajador de su propio acto de trabajo lo que se le escapa, desde que se encuentra integrado a un proceso de trabajo colectivo, cuya organización le es extraña y donde está progresivamente reducido a la repetición mecánica de una operación simplificada al extremo. Sobre todo cuando el medio de trabajo adquiere una autonomía motriz y funcional creciente en relación al trabajador, siendo éste en definitiva absorbido por un sistema mecánico y automático. Y con la pérdida del manejo del proceso y el medio de trabajo, el trabajador es desposeído también del saber y el saber hacer que le estaban ligados, en beneficio del capital.
Esta expropiación del trabajador en su propio proceso de trabajo toma especialmente la forma de una creciente separación y jerarquización entre trabajo intelectual y trabajo manual (retomando una terminología clásica), que se desarrolla al ritmo de la apropiación capitalista del proceso de producción.
Este proceso de disociación comienza con la cooperación simple, donde el capitalista representa frente a los obreros individuales la unidad y la voluntad del cuerpo social del trabajo. el proceso sigue avanzando en la manufactura, que mutila al obrero, al convertirlo en obrero parcial. Y se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital.[13]
Las operaciones productivas efectuadas por la mayor parte de los productores directos pierden así incesantemente complejidad, transformando su trabajo en trabajo simple: una actividad despojada a sus ojos de todo sentido y de todo valor, un trabajo en el cual ellos no pueden realizarse en nada, un trabajo que les niega todas sus determinaciones humanas. Esta es otra dimensión de esta abstracción a la que el capital somete el trabajo humano. El trabajo abstracto es también el trabajo que hace abstracción de toda dimensión de realización de sí del trabajador en su trabajo, de toda posibilidad de encontrar interés y sentido a su propio trabajo.
En conclusión, es posible ahora responder a una cuestión que está pendiente desde el comienzo de este artículo: ¿de qué hace abstracción el trabajo abstracto? Por una parte, del trabajador individual, que se funde en la unidad compleja del trabajo colectivo, del cual no es más que una función celular. Por otra parte, del trabajo vivo mismo, que se reduce a su mínima expresión con respecto a la masa de trabajo muerto bajo cuya forma se acumula el capital y es incesantemente absorbido, devorado, por el cuerpo muerto del capital productivo. Y finalmente de la fuerza de trabajo, más exactamente de su potencia poiética (creadora) al transformar tendencialmene la gran masa de trabajo vivo en trabajo simple (simplificado, repetitivo, rutinario).
Las contradicciones del trabajo abstracto
Los desarrollos precedentes permiten igualmente renovar la comprensión clásica de las contradicciones de la producción capitalista que no son más que las del capital como valor en proceso, como valor que se valoriza, valor que crea valor, valor que debe conservarse y acrecentarse para existir y persistir como capital. Pero el valor no puede valorizarse sino es en y por el trabajo abstracto porque este último no existe más que haciendo abstracción del trabajo vivo, a la vez cuantitativa y cualitativamente.
La contradicción es, en efecto, doble. Su aspecto cuantitativo es bien conocido. El capital, acumulación de trabajo muerto, no puede valorizarse más que absorbiendo sin cesar trabajo vivo. Por otro lado, la producción misma de trabajo abstracto implica que absorbe tendencialmente cada vez menos trabajo vivo por unidad de trabajo muerto. Es lo que produce la baja tendencial de la tasa media de ganancia, en perjuicio de los aumentos de productividad que constituyen la principal contratendencia interna a dicha ley. Con lo que se socava la base misma de la formación de valor.
El capital mismo es la contradicción en proceso, [por el hecho de] que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza […] Por un lado despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor. [14] 
Pero el aspecto cualitativo de la contradicción no es menos devastador. Eliminando el trabajo vivo, absorbiéndolo en el trabajo muerto y reduciendo lo que resta a un apéndice fantasmagórico del cuerpo productivo del capital, empobreciendo sin cesar el trabajo vivo residual, masificándolo, homogeneizándolo, simplificándolo y reduciendo en consecuencia su parte de autonomía y capacidad inventiva, la reducción de trabajo concreto en trabajo abstracto agrava la fijeza y rigidez del capital productivo y lo hace entrar en contradicción con la fluidez y la flexibilidad que son indispensables para el capital como valor en proceso, incluso en el seno del proceso de producción.
 
Conclusión
 
Quedaría por mostrar cómo estos dos aspectos de la contradicción inherente al trabajo abstracto, y muy especialmente su aspecto cualitativo, se encuentran en el corazón de las transformaciones actuales del proceso capitalista de producción sobre el fondo de su trasnacionalización (impropiamente llamada mundialización o globalización): son los que el paradigma de “la fábrica fluida, flexible y difusa” trata de resolver con formas que aparecieron al término de décadas de fordismo, pero acaba reproduciéndolos bajo nuevas formas. Porque es una contradicción insoluble que hace a la naturaleza misma del trabajo abstracto. Esto podría ser tema para un próximo artículo.
 

Artículo escrito y enviado por el autor para este dossier de Herramienta. Traducción del francés y revisión a cargo de Marita López y Aldo Casas.
 
[1] Georges Labica y Gérard Bensussan (dir.), Dictionnaire critique du marxisme, Paris, PUF, 1985, pág. 1177.
[2] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, México, F.C.E., 1973, vol. I, pág. 9.
[3] Ídem, pág. 44.
[4] Ibíd., pág. 39.
[5] Ibíd., pág. 5
[6] Ibíd., pág. 5.
[7] Ibíd., págs. 6-7.
[8] Ibíd., pág. 11.
[9] “Introducción la crítica de la economía política” [1857], en Contribución a la crítica de la economía política [1859], Buenos Aires, Ediciones Estudio, 1975, pág. 213.
[10] El Capital. Libro I Capítulo VI (inédito), México, Siglo XXI ediciones, 1990, pág. 72. Se trata de un capítulo del Libro I de El Capital que indudablemente era parte de la versión primitiva redactada por Marx entre 1863 y 1865 y fue dejada de lado durante la redacción de la versión del Libro I publicada en 1867.
[11] Ibíd., pág. 315.
[12] Ibíd., pág. 350.
[13] Ibíd.., pág. 294.
[14] Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, volumen 2, Buenos Aires, Siglo XXI Argentina editores, 1972, pág. 229.