La dialéctica entre el trabajo concreto y el trabajo abstracto

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Autor(es): Antunes, Ricardo

 

 I
 
Es muy conocido el párrafo decisivo de El capital en el que Marx presenta su concepción de trabajo. Distinguiendo al peor arquitecto o maestro mayor de obras de la mejor abeja, afirma que el constructor obtiene
un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad.[1]
Dice también que:
Como creador de valores de uso, es decir como trabajo útil, el trabajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición independiente de todas las formas de sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que no se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana.[2]
Por medio del trabajo se produce una doble transformación, dado que el ser social que trabaja “actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él”[3]. Y es a través de esa compleja procesualidad que el trabajo humano-social se convierte en elemento central del desarrollo de la sociabilidad humana.
Sin embargo, Marx agrega que cuando se estudia el trabajo humano y social, es imperioso comprenderlo en su dimensión dual, dada por el trabajo concreto y por el trabajo abstracto. Según sus palabras:
Todo trabajo es, de una parte, gasto de la fuerza humana de trabajo en el sentido fisiológico y, como tal, como trabajo humano igual o trabajo humano abstracto, forma el valor de la mercancía. Pero todo trabajo es, de otra parte, gasto de la fuerza humana de trabajo bajo una forma especial y encaminada a un fin y, como tal, como trabajo concreto y útil, produce los valores de uso.[4]
Pero a partir de la vigencia del sistema de metabolismo social del capital, el carácter útil del trabajo, su dimensión concreta, pasan a subordinarse a otra condición, la de ser gasto de fuerza humana productiva, física o intelectual, socialmente determinada para generar plusvalor.
Aquí aflora el trabajo abstracto que hace desaparecer las diferentes formas de trabajo concreto que, según Marx, son reducidas a una única especie de trabajo, el trabajo humano abstracto, gasto de energías físicas e intelectuales necesarias para la producción de mercancías y la valorización del capital.
 
Eso permite llegar a una primer conclusión: si podemos considerar al trabajo un momento fundacional de la sociabilidad humana, como punto de partida de su proceso de humanización, también es verdad que en la sociedad capitalista, el trabajo pasa a ser asalariado, asumiendo la forma de trabajo alienado, fetichizado y abstracto. O sea, al mismo tiempo en que es imprescindible para el capital, es también un elemento central de sujeción, subordinación, extrañamiento y reificación. El trabajo se convierte en un mero medio de subsistencia, convirtiéndose en una mercancía especial, la fuerza de trabajo, cuya finalidad principal es valorizar el capital.
Deformado y desfigurado su sentido original orientado a la creación de cosas útiles, “el trabajo, la actividad vital, la vida productiva misma, se le aparece al hombre como un medio para la satisfacción de una necesidad”[5]. El trabajador “se degrada al nivel de una mercancía”[6], lo que hace que “convierta su actividad vital, su ser, en mero medio para su existencia[7]. Y agrega Marx:
La alienación del trabajador en su objeto se expresa, de acuerdo con las leyes de la economía política, de tal modo que, cuanto más produce el trabajador, tanto menos tiene para consumir; cuantos más valores crea, tanto más desprovisto de valor, tanto más indigno se torna; cuanto más formado se encuentra su producto, tanto más deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el trabajador; cuanto más poderoso el trabajo, tanto más impotente el trabajador; cuanto más ingenioso el trabajo, tanto más desprovisto de ingenio el trabajador, tanto más se convierte este en siervo de la naturaleza.[8]
El resultado del proceso de trabajo, el producto, aparece entonces como “un ser ajeno, como una fuerza independiente del productor. Así pues, la realización efectiva del trabajo “aparece como desrealización del trabajador”.[9] Esta situación de alienación (que Marx también denomina extrañamiento, dado que el énfasis es la pura negatividad) no se concreta sólo en el resultado de la producción, en la pérdida del objeto producido, sino que abarca también el mismo acto de producción, que se realiza ya en el ámbito de una actividad productiva alienada. Según sus palabras: “En la alienación del objeto de trabajo se resume sólo la alienación, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.”[10]
Lo que quiere decir que, bajo el capitalismo, el trabajador no se reconoce, sino se niega en el trabajo:
El trabajador sólo siente, por ello, que está junto a sí mismo [bei sich] fuera del trabajo, y que en el trabajo está fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja, y cuando lo hace, no está en casa. Su trabajo no es, pues, uno voluntario, sino impuesto, es un trabajo forzado. Por ello, no es la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer necesidades externas al trabajo.[11]
Conviene recordar que, en sus “Extractos de lectura sobre J. Mill”, en los que por primera vez presenta su concepción de trabajo y alienación, Marx anticipaba ya su excepcionalmente rica y dialéctica formulación:
Mi trabajo sería libre proyección exterior de mi vida, por lo tanto disfrute de vida. Bajo el presupuesto de la propiedad privada (en cambio) es el extrañamiento de mi vida, dado que trabajo para vivir, para conseguir los medios de vida. Mi trabajo no es vida. (...) una vez presupuesta la propiedad privada, mi individualidad se torna extrañada a tal punto, que esta actividad se torna odiosa, un suplicio y, más que actividad, apariencia de ella; en consecuencia, es también una actividad puramente impuesta y lo único que me obliga a realizarla es una necesidad extrínseca y accidental, no la necesidad interna y necesaria.[12]
De este modo la alienación, como expresión de una relación social basada en la propiedad privada, en el dinero y en el trabajo abstracto, se presenta como “la existencia abstracta del hombre” “en cuanto un ser deshumanizado”[13].
Hemos repasado, aunque muy brevemente, el concepto del trabajo como actividad vital formulado por Marx en los Manuscritos de 1844 y en El capital,  para advertir inmediatamente que con el capitalismo, por el contrario, se tiene una forma de objetivación del trabajo en donde las relaciones sociales establecidas entre los productores asumen, como dice Marx, la forma de relación entre los productos del trabajo; la relación social establecida entre los seres sociales adquiere la forma de una relación entre cosas. Surge, entonces, el problema crucial del fetichismo:
La igualdad de los trabajos humanos asume la forma material de una objetivación igual de valor de los productos del trabajo, el grado en que se gaste la fuerza humana de trabajo, medido por el tiempo de su duración, reviste la forma de magnitud de valor de los productos del trabajo, y, finalmente, las relaciones entre unos y otros productores, relaciones en que se traduce la función social de sus trabajo, cobra la forma de una relación social entre los propios productos de su trabajo.[14]
Con el predominio de la dimensión abstracta del trabajo respecto a su dimensión concreta, surge el carácter misterioso o fetichizado de la mercancía: esta oculta las dimensiones sociales del mismo trabajo, mostrándolas como inherentes a los productos del trabajo. Se enmascaran las relaciones sociales existentes entre los trabajos individuales y el trabajo total, presentándolas como relaciones entre objetos cosificados: “Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres.”[15]
Con la vigencia del valor de cambio, el vínculo social entre las personas se transforma en una relación social entre cosas: la capacidad personal aparece como capacidad de las cosas. Se trata, entonces, de una relación reificada entre los seres sociales.
Podemos decir por lo tanto que si, por un lado, el trabajo es una actividad vital, con el advenimiento del capitalismo se produjo una mutación esencial que adulteró profundamente el trabajo humano.[16]
La incomprensión y desatención hacia esta doble y decisiva dimensión presente en el trabajo, ha hecho posible que muchos autores entiendan equivocadamente la crisis de la sociedad del trabajo abstracto como crisis de la sociedad del trabajo concreto. Y defienden entonces, equivocadamente, el fin del trabajo. Contra todo tipo de reduccionismo o unilateralización, Marx aprehende la profunda procesualidad dialéctica presente en el trabajo.
 
II
 
Tras presentar esta sintética pero decisiva introducción, es posible tratar de presentar algún esbozo de respuesta a las cuestiones suscitadas en este número especial de Herramienta.
 
No sólo es posible, sino absolutamente necesario, concebir una forma de sociabilidad que rechace el trabajo abstracto y asalariado, rescatando el original sentido del trabajo como actividad vital. Por eso creemos que un imperioso desafío de nuestro tiempo es construir un nuevo sistema de metabolismo social, un nuevo modo de producción y de vida fundado en la actividad libre, autónoma y auto-determinada, basada en el tiempo disponible para producir valores de uso socialmente necesarios, contra la producción hétero-determinada (basada en el tiempo excedente para la producción exclusiva de valores de cambio para el mercado y para la reproducción del capital). El trabajo abstracto no nació con el trabajo en su forma primigenia, sino con la interferencia e interposición de la “segunda naturaleza” (para utilizar también una expresión de Marx) introducida por la mediación del dinero como capital en todas las actividades humanas y especialmente, en el trabajo. Por lo tanto el primer desafío, a nuestro entender, es eliminar el trabajo abstracto – creación debida a las mediaciones provenientes de la introducción de la “segunda naturaleza”.
Para ello, se imponen dos principios vitales:
1) el sentido societario dominante estará orientado a la atención de las necesidades humanas y sociales efectivamente vitales, sean ellas materiales o inmateriales, sin ninguna interferencia del capital, que debe ser eliminado;
2) el ejercicio del trabajo, liberado de sus diversas formas de salario y alienación – en suma, de trabajo abstracto – solamente podrá concretarse a través de la recuperación / recreación, sobre nuevas bases, del trabajo como sinónimo de auto actividad, es decir, actividad libre basada en el tiempo disponible.
 
Sabemos que con la dominación de la lógica del capital y su sistema de metabolismo social, la producción de valores de uso socialmente necesarios se subordinó a su valor de cambio. Para ello, tanto las funciones productivas y reproductivas vitales como el control y el comando del proceso fueron radicalmente separadas entre los que producen y los que controlan. Como dice Marx, “el obrero se hallaba indisolublemente unido a los medios de producción, como el caracol a su concha”[17] y cuando el capital rompe dicha unidad para establecer la separación entre trabajadores y medio de producción, entre el caracol y su concha, se profundizó la brecha entre la producción orientada a la atención de las necesidades humanas-sociales y las necesidades de auto reproducción del capital. Para seguir con la excelente metáfora marxiana, la reunificación del caracol y su concha, del trabajo con su pleno y autónomo control en el mundo de la producción social, es un imperativo central.
El segundo principio societario vital, imprescindible para instaurar otra forma de sociabilidad –lo que Marx llamó “asociación libre de trabajadores” o también “trabajadores libremente asociados”, es la conversión del trabajo en actividad vital, libre, auto actividad, basada en el tiempo disponible.
Esto significa rechazar la disyuntiva introducida por el capital, entre tiempo de trabajo necesario para la reproducción social de los trabajadores y tiempo de trabajo excedente para la reproducción del capital. Instaurar el principio libre y auto-determinado del tiempo disponible es el único antídoto real contra la vigencia del capital y de su trabajo abstracto. Por lo tanto, nuestra lucha central es y seguirá siendo contra todas las imposiciones presentes en el sistema de metabolismo socio-económico del capital, que debe ser radicalmente eliminado. La abstracción del trabajo realizada por el capitalismo debe ser demolida y superada por la concreción del trabajo dotado de sentido.
El ejercicio del trabajo autónomo, eliminado el gasto de tiempo excedente para la producción de mercancías y eliminado también el tiempo de producción destructiva y superflua (esferas éstas controladas por el capital), posibilitará verdaderamente rescatar el sentido estructurante del trabajo vivo, contra el sentido (des)estructurante del trabajo abstracto para el capital.
Es así que, bajo el sistema de metabolismo social del capital, el trabajo estructura el capital y simultáneamente, el trabajo asalariado, que da sentido al capital, genera una subjetividad inauténtica, alienada y extrañada en el acto mismo de trabajo, o sea, desestructura el ser social. En una nueva forma de sociabilidad, por el contrario, el florecimiento del trabajo efectivamente humano y social ejercido atendiendo las auténticas necesidades humano-sociales, desestructurará el capital y lo convertirá en algo sin sentido, eliminándolo, creando al mismo tiempo las condiciones sociales para el florecimiento de una subjetividad auténtica y emancipada, dando un nuevo sentido al trabajo y a la vida, tanto a la vida dentro del trabajo, como a la vida fuera del trabajo.
De este modo, demoliendo también las barreras existentes entre tiempo de trabajo y tiempo de no trabajo, de tal manera que a partir de una actividad vital plena de sentido y auto determinada, más allá de la división jerárquica que subordina el trabajo al capital hoy vigente, es decir, sobre bases completamente nuevas, podrá desplegarse una nueva sociabilidad, tejida por individuos que llegarán a ser entonces sociales y libremente asociados, en la cual ética, arte, filosofía, tiempo verdaderamente libre y otium, de acuerdo con las aspiraciones más auténticas surgidas en el seno de la vida cotidiana, creen condiciones para concretar la identidad entre individuo y género humano, en la multilateralidad de sus dimensiones. Con formas enteramente nuevas de sociabilidad, donde libertad y necesidad se sostengan mutuamente.
El ejercicio del trabajo autónomo, eliminado el gasto de tiempo excedente para la producción de mercaderías, eliminado también el tiempo de producción destructivo y superfluo (esferas éstas controladas por el capital), posibilitará el rescate verdadero del sentido estructurante del trabajo vivo, contra el sentido (des) estructurante del trabajo abstracto para el capital. Su auténtico sentido omnilateral y no unilateral.
Y esto porque el trabajo que estructura el capital, desestructura al ser social, esto es, el trabajo asalariado que da sentido al capital, genera una subjetividad inauténtica, alienada y extrañada en el propio acto de trabajo. En una forma de sociabilidad auténticamente socialista y auto-sustentada, el trabajo, al reestructurar el sentido humano y social de la producción, desestructurará el capital y su sistema de mercado. Y ese mismo trabajo auto-determinado que tornará sin sentido al capital, eliminándolo, generará las condiciones sociales para el florecimiento de una subjetividad auténtica y emancipada, dando un nuevo sentido al trabajo y a la vida, es decir, dotando a ambos de un verdadero sentido.
Dado que bajo el capitalismo las funciones productivas básicas y el control sobre las mismas fueron radicalmente separadas de los trabajadores, separando a quienes producen y a quienes controlan los medios capitalistas de producción, recuperar la unidad entre el trabajo y la propiedad efectiva de los medios de producción, o entre el caracol y su concha para seguir con la bella metáfora de Marx, es hoy el principal desafío de nuestra sociedad. Constituirá un buen comienzo para el socialismo en el siglo XXI.


Artículo escrito y enviado por el autor para este dossier de Herramienta. La traducción desde el portugués es de Aldo Casas.

[1] El capital vol. I, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, págs. 130/131.
[2] Ídem, pág. 10.
[3] Ibídem, pág. 130.
[4] Ibíd., págs. 13/14.
[5] Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Buenos Aires, Colihue, 2004, pág. 112.
[6] Ídem, pág. 104.
[7] Ibíd.,  pág. 113.
[8] Ibíd.,  pág. 108.
[9] Ibíd.,  pág. 106.
[10] Ibíd.,  pág. 109.
[11] Ibíd.,  pág. 109/110.
[12] “Extractos de lectura”, en Obras de Marx y Engels OME “Manuscritos de París y Anuarios Franco-Alemanes  - 1844”, Barcelona, Grijalbo, 1978, páginas 293 y 299.
[13] Manuscritos ..., ibíd.,  pág. 124.
[14] El capital, ibíd., pág. 37.
[15] Ibíd.,  pág. 38.
[16] Marx utilizó incluso dos términos distintos (en inglés) para caracterizar mejor esta amplia dimensión del trabajo: work y labour. El primer término (work), dotado de positividad, más próximo de la dimensión concreta del trabajo, que crea valores socialmente útiles y necesarios. El segundo término (labour) expresa la dimensión cotidiana del trabajo bajo la vigencia del capitalismo, más próxima a la dimensión abstracta del trabajo, al trabajo alienado y desprovisto de sentido humano y social. Ver Antunes, ¿Adiós al trabajo? Buenos Aires, Herramienta, 1999.
[17] El capital, íbid., pág. 292.