Negatividad y utopía en el movimiento altermundialista.

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Autor(es): Löwy, Michael

El movimiento altermundialista es sin duda alguna el más importante fenómeno de resistencia antisistémica a comienzos del siglo XXI. Esta vasta nebulosa, esta suerte de “movimiento de movimientos”, que se manifiesta en forma visible cuando se realizan los Foros Sociales –regionales o mundiales– y las grandes manifestaciones de protesta –contra la Organización Mundial de Comercio, el G 8 o la guerra imperialista en Irak– no corresponde a las formas habituales de la acción social o política. Es una amplia red descentralizada, múltiple, diversa y heterogénea, que asocia sindicatos obreros y movimientos campesinos, ONGs y organizaciones indígenas, movimientos de mujeres y asociaciones ecológicas, intelectuales y jóvenes activistas. Lejos de ser una debilidad, esta pluralidad es una de las fuentes de la fuerza, crecimiento y expansión del movimiento.

 

Las solidaridades internacionales que nacen en el interior de esa vasta red son de un nuevo tipo, un poco diferentes a las que han caracterizado las movilizaciones internacionales de las décadas de 1960 y 1970.  
En esta época, la solidaridad se movilizaba en apoyo de los movimientos de liberación, bien fuera en los países del Sur –revolución argelina, cubana, vietnamita– o en Europa del Este, con los disidentes polacos o la Primavera de Praga. Un poco más tarde, en la década de 1980, fue la solidaridad con los Sandinistas de Nicaragua o con el Sindicato Solidaridad en Polonia.
Esta tradición, generosa y fraternal, de solidaridad con los oprimidos, no ha desaparecido en el nuevo movimiento por la Justicia Global que comenzó en el curso de la década de 1990. Un ejemplo evidente es la simpatía y el apoyo al neozapatismo, tras el levantamiento de los indígenas de Chiapas el primero de enero de 1994. Pero se vislumbra aquí algo nuevo, un cambio de perspectiva. En 1996, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional convocó en las montañas de Chiapas un encuentro internacional –designado irónicamente como “intergaláctico” por el subcomandante Marcos– contra el Neoliberalismo y por la Humanidad. Millares de participantes, provenientes de 40 países, han asistido a este encuentro –que puede ser considerado como el primer signo anticipador de lo que se llamará más tarde el “altermundialismo”–. También habían venido, ciertamente, por solidaridad con los zapatistas, pero el objetivo del encuentro, definido por estos últimos, era mucho más amplio: la búsqueda de convergencias en la lucha común contra un adversario común, el neoliberalismo, y el debate sobre las alternativas posibles para la humanidad.
He aquí, pues, la nueva característica de las solidaridades que se tejen en el seno, o en torno, del movimiento de resistencia global a la globalización capitalista: el combate por objetivos inmediatos comunes a todos –por ejemplo, el fracaso de la Organización Mundial de Comercio– y la búsqueda común de nuevos paradigmas de civilización. En otros términos, más que una solidaridad con, es una solidaridad entre organizaciones diversas, movimientos sociales y fuerzas políticas de diferentes países y continentes, que se ayudan mutualmente y se asocian en un mismo combate, frente al mismo enemigo planetario.
Para dar un ejemplo: la red campesina internacional Vía Campesina reúne movimientos tan diversos como la Confederación Campesina Francesa, el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil o grandes movimientos campesinos de la India. Estas organizaciones se apoyan mutuamente, intercambiando sus experiencias, y actúan en común contra las políticas neoliberales y contra sus adversarios comunes: las multinacionales de los agronegocios, los monopolios de semillas, los fabricantes de transgénicos, los grandes terratenientes. Su solidaridad es reciproca y ellos constituyen en conjunto uno de los más poderosos, activos e inquietos componentes del movimiento mundial contra la globalización capitalista. Se podrían dar otros ejemplos, en el dominio sindical feminista –la Marcha Mundial de las Mujeres–, el ecológico o el político. Desde luego, este proceso de revitalización de solidaridades antiguas y de invención de nuevas solidaridades esta todavía en ciernes. Es frágil, limitado, incierto e incapaz, por el momento, de poner en peligro el dominio apabullante del capital global y la hegemonía planetaria del neoliberalismo, pero constituye el lugar estratégico donde se elabora el internacionalismo del futuro.
La dinámica del movimiento altermundialista comporta tres momentos distintos, pero complementarios: la negatividad de la resistencia, las propuestas concretas y la utopía de otro mundo. El primer momento, el punto de partida del movimiento, es el rechazo, la protesta, la necesidad imperativa de resistir al estado de cosas existente. Esto constituye de hecho la Internacional de la Resistencia que Jacques Derrida invocaba en su libro Espectros de Marx (1993). La motivación inicial de las masas que se han movilizado en Seattle en 1999 era la voluntad de oponerse, activamente, no a la “mundialización” en sí, sino a su forma capitalista y liberal, a la globalización corporativa con su cortejo de injusticias y catástrofes: desigualdades crecientes entre el Norte y el Sur, desempleo, exclusión social, destrucción del medio ambiente, guerras imperialistas, crímenes contra la humanidad. El movimiento, por lo demás, nació con un grito lanzado por los zapatistas en 1994: “¡Basta ya!”. La fuerza del movimiento viene, en principio, de esta negatividad radical, inspirada por una profunda e irreductible indignación. Celebrando la dignidad de la indignación y el rechazo incondicional a la injusticia, Daniel Bensaïd escribía: “La corriente ardiente de la indignación no es soluble en las aguas tibias de la resignación consensual. [...] La indignación es un comienzo. Una manera de levantarse y de andar. Uno se indigna, uno se subleva, y después se mira”.[1] La radicalidad del movimiento resulta, en gran medida, de esta capacidad de revuelta y de insumisión, de esta disposición inflexible a decir: “¡no!”. Los críticos del movimiento y los medios conformistas insisten bastante sobre el carácter excesivamente “negativo” del movimiento, su naturaleza “puramente” contestataria, la ausencia de proposiciones alternativas y “realistas”. Es necesario rechazar este chantaje: incluso si el movimiento no tuviera una sola proposición que hacer, su revuelta estaría totalmente justificada. Las protestas callejeras contra la OMC, el G-8 o la guerra imperialista son la expresión concentrada, visible e ineludible, de esta desconfianza hacia las reglas de juego impuestas por los poderosos. El movimiento está orgulloso de su negatividad activa, de su fibra contestataria y rebelde. Sin ese sentimiento radical de rechazo, el movimiento altermundialista no existiría.
¿Contra qué adversario se dirige este rechazo? ¿Se trata de las instituciones financieras internacionales (OMC, FMI, Banco Mundial)? ¿O de las políticas neoliberales? ¿O de los grandes monopolios multinacionales? Todas estas fuerzas responsables de la mercantilización del mundo son los blancos del movimiento. Pero este es más radical. Esa palabra significa, como se sabe, ir a la raíz de los problemas. Ahora bien, ¿cuál es la raíz de la dominación totalitaria de los bancos y de los monopolios, de la dictadura de los mercados financieros, de las guerras imperialistas, si no el sistema capitalista mismo? Por supuesto, todos los componentes del movimiento altermundialista no están dispuestos a sacar esta conclusión: algunos sueñan todavía con un retorno al neokeynesianismo, al crecimiento de los “treinta gloriosos” o al capitalismo regulado, con un rostro humano. Estos “moderados” tienen su lugar en el movimiento, pero es innegable que una tendencia más radical tiende a predominar. La mayor parte de los documentos generados por el movimiento ponen en cuestión no, solamente las políticas neoliberales y belicistas, sino el poder del capital en sí mismo. Nombres como, por ejemplo, la “Carta de Principios del Foro Mundial” redactada por el Comité de Organización Brasileño –donde ocupan un lugar no solo los sindicatos obreros y los movimientos campesinos, sino también ONGs y un representante de la comisión Justicia Y Paz de la Iglesia Católica– y aprobado, con algunas modificaciones, por el Consejo Internacional del Foro Social Mundial. Ahora bien, este documento, uno de los más representativos y “consensuales” del movimiento altermundualista, afirma:
El foro Social Mundial es un espacio de encuentro abierto tendiente a profundizar la reflexión, el debate de ideas democráticas, la formulación de proposiciones, el intercambio con toda libertad de experiencias y la articulación en la perspectiva de acciones eficaces, de instancias y movimientos de la sociedad civil que se oponen al neoliberalismo y a la dominación del mundo por el capital y toda forma de imperialismo y que se dedican a labrar una sociedad planetaria centrada en el ser humano. [...] Las alternativas propuestas en el FSM se oponen a un proceso de mundialización capitalista dirigido por las grandes empresas multinacionales [...].[2]
La principal consigna del movimiento, “el mundo no es una mercancía”, no está muy alejada de las ideas de un Karl Marx, que escribía en los Manuscritos de 1844: en el sistema capitalista “El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo del hombre crece en proporción directa a la valorización del mundo de las cosas”.[3] La radicalidad del rechazo altemundialista concierne a la naturaleza capitalista de la dominación.
Sin embargo, contrariamente a lo que pretenden los plumíferos del consenso oficial, al movimiento no le faltan proposiciones alternativas, concretas, urgentes, prácticas e inmediatamente realizables. Claro que ninguna instancia ha aprobado un “programa común” y ninguna fuerza política ha impuesto “su” proyecto. Pero se ha esbozado, en el curso de los Foros y los debates, un conjunto de reivindicaciones que no son unánimes, pero al menos ampliamente aceptadas y compartidas por el movimiento: por ejemplo, la abolición de la deuda del Tercer Mundo, la fijación de impuestos a las transacciones financieras, supresión de los paraísos fiscales, moratoria a los Organismos Genéticamente Modificados, derecho de los pueblos a alimentarse a sí mismos, igualdad efectiva entre hombres y mujeres, defensa y ampliación de servicios públicos, prioridad para la salud, la educación y la cultura, salvaguardia del medio ambiente. Estas reivindicaciones han sido elaboradas por redes internacionales altermundialistas –Marcha Mundial de mujeres, Attac, Focus on Global South, Vía Campesina, Comité por la abolición de la deuda del Tercer Mundo, etc.– y por diferentes movimientos sociales, y debatidas en los foros. Una de las grandes cualidades de estos últimos es la de permitir el encuentro y escucharse recíprocamente, entre feministas y sindicalistas, creyentes y no creyentes, militantes del Norte y del Sur. En ese proceso de confrontación y de enriquecimiento mutuos, los desacuerdos no han desaparecido, pero poco a poco van dibujándose los contornos de un conjunto de proposiciones comunes.
¿Son “realistas” estas proposiciones? La pregunta está mal formulada. En la correlación de fuerzas existente, las élites y las clases dominantes las rechazan en bloque; ellas son inimaginables para el “pensamiento único” neoliberal, son intolerables para los representantes del capital; o, en la versión hipócrita de los social liberales, son “desgraciadamente irrealizables”. Pero es suficiente que la correlación de fuerzas cambie, y que las opiniones públicas se movilicen, para que los “responsables” sean obligados a retroceder, hacer concesiones, siempre intentando vaciarlas de sustancia. Pero la importancia de estas proposiciones radica en que son extensibles: toda victoria parcial, toda conquista, todo avance, permite pasar a la etapa siguiente, a la etapa superior, a una reivindicación más radical. Es, bajo una forma diferente a la del movimiento obrero tradicional, una dinámica “transitoria” que conduce, en otros términos, a cuestionar el sistema mismo.
            No tocamos aquí el tercer momento, tan importante como los precedentes: la dimensión utópica del movimiento. Esta dimensión también es radical: “otro mundo es posible”. No se trata tan solo de corregir los excesos del mundo capitalista/industrial y de sus monstruosas políticas neoliberales, sino de soñar y de luchar por otra civilización, otro paradigma económico y social, otra forma de vivir todos en el planeta. Más allá de las múltiples proposiciones concretas y especificas, el movimiento contiene una perspectiva transformadora más ambiciosa, más “global”, más universal. Desde luego, allí también se buscaría en vano un proyecto común, un programa reformador o revolucionario consensuado. La utopía altermundialista se manifiesta en compartir ciertos valores comunes. Estos son los que esbozan los contornos de ese otro “mundo posible”.
            El primero de esos valores es el ser humano en sí mismo. La utopía del movimiento es resueltamente humanista; exige que las necesidades y las aspiraciones de los seres humanos se conviertan en el centro vital de una reorganización de la economía y de la sociedad. Su insumisión contra la mercantilización de los seres humanos y de sus relaciones, contra la transformación del amor, de la cultura, de la vida, de la salud, en mercancías, supone otra forma de vida social, más allá de la cosificación y del fetichismo. No es un azar si el movimiento se dirige a todos los seres humanos, incluso si privilegia a los oprimidos y a los explotados como actores del cambio social. La defensa del medio ambiente es también una inspiración humanista: salvar los equilibrios ecológicos, proteger la naturaleza contra la depredación del productivismo capitalista, es condición para asegurar la continuidad de la vida humana en el planeta.
Otro valor esencial de la utopía altermundialista es la democracia. La idea de la democracia participativa, como forma superior de ejercicio de la ciudadanía, más allá de los límites de los sistemas representativos tradicionales, porque permite a la población ejercer directamente su poder de decisión y de control, es uno de los temas centrales del movimiento. Se trata de un valor “utópico”, en la medida en que se cuestionan las formas de poder existentes, pero al mismo tiempo ya ha sido llevada a la práctica, bajo forma experimental, en diferentes ciudades, comenzando, por supuesto, en Porto Alegre. El gran desafío, desde el punto de vista de un proyecto de sociedad alternativa, es extender la democracia al terreno económico y social. ¿Por qué permitir, en ese dominio, el poder exclusivo de una élite que se rechaza en la esfera política?
El capital ha reemplazado los tres grandes valores revolucionarios del pasado –libertad, igualdad, fraternidad– por conceptos más “modernos ”: liberalismo, equidad, caridad. La utopía altermundialista retoma por su cuenta los valores de 1789, pero dándoles un nuevo alcance: así, la libertad no es solamente libertad de expresión, de organización, de pensamiento, de crítica, de movilización, duramente conquistadas por siglos de luchas contra el absolutismo, el fascismo y las dictaduras. Pero también, y hoy más que nunca, la libertad con relación a otra forma de absolutismo: el de la dictadura de los mercados financieros y de la élite de los banqueros y jefes de empresas multinacionales, que imponen sus intereses al conjunto del planeta. En cuanto a la igualdad, concierne no solamente a la “fractura social” entre opulentos y desposeídos, sino también a la desigualdad entre naciones, entre etnias y entre el hombre y la mujer. En fin, la fraternidad –que parece limitarse a los hermanos (fratres)– busca ser complementada por la solidaridad, es decir, por las relaciones de cooperación, de compartir, de ayuda mutua. La expresión civilización de la solidaridad es un buen resumen del proyecto alternativo del movimiento. Esto significa, no solamente una estructura económica y política radicalmente diferente, sino, sobre todo, una sociedad alternativa que celebra las ideas de bien común, de interés general, de derechos universales, de gratuidad.
            Otro valor importante del altermundialismo es la diversidad. El mundo nuevo con el que sueña el movimiento es todo lo contrario a un universo homogéneo, donde todos deben imitar un modelo único. Queremos, dicen los zapatistas,  “un mundo en el cual quepan diferentes mundos”. La pluralidad de las lenguas, de las culturas, de las músicas, de los alimentos, de las formas de vida y una riqueza inmensa que es necesario saber cultivar.
Esos valores no definen un paradigma de sociedad para el futuro. Proveen las pistas, las propuestas, las ventanas hacia lo posible. El camino hacia la utopía no está trazado, son los caminantes mismos quienes lo trazan.
Para muchos de los participantes de los foros y de las manifestaciones, el socialismo es el nombre de esa utopía. Es una esperanza compartida por marxistas y libertarios, cristianos y ecologistas de izquierda, así como por un numero significativo de militantes de movimientos obreros, campesinos, feministas e indígenas. Una democracia socialista significa que las grandes opciones socioeconómicas, las prioridades en materia de inversiones, las orientaciones fundamentales de la producción y la distribución son democráticamente debatidas y fijadas por la misma población, y no por un puñado de explotadores o de supuestas “leyes del mercado” (tampoco –una variante ya fracasada– por una Dirección Política todopoderosa). No se trata de imponer el socialismo como programa del movimiento, pero el debate sobre el socialismo es un componente legítimo de la confrontación de ideas sobre las alternativas. Durante el Segundo Foro Social Mundial, en febrero de 2002, se organizó un ciclo de conferencias de tres días sobre el socialismo, con la participación de miles de delegados, por la red internacional Vía Campesina.
En todo caso, para el movimiento no se trata de esperar un futuro prometedor, sino de actuar, aquí y ahora. Cada Foro Social, cada experiencia local de democracia participativa, cada ocupación colectiva de tierras por los campesinos, cada acción concertada internacionalmente contra la guerra es una prefiguración de la utopía altermundialista, y está inspirada por sus valores, que son los de una civilización de la solidaridad.
 
Traducción de Renán Vega Cantor.
 
 
[1] D. Bensaïd, Les irréductibles. Théorèmes de la résistance à l’air du temps, París, Textuel, 2001, p. 106.
[2] En anexo en Bernard Cassen, Tout a commencé à Porto Alegre..., París, Mille et une nuits, 2003, p. 166.
[3] K. Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Precedido de Engels, Friedrich, Esbozos para una crítica de la economía política. Introducción de Miguel Vedda. Traducción de Fernanda Aren, Silvina Rotemberg y Miguel Vedda. Buenos Aires: Colihue, 2004, p. 106.