Los orígenes perdidos del marxismo argentino.

Versión para impresoraEnviar a un amigo

El pensamiento de izquierdas, en las condiciones en que habitualmente se ha desarrollado, encontró grandes dificultades para avanzar en la elaboración de obras eruditas y ecuánimes, en gran escala, sobre su propia historia. Aislamiento social, disputas ideológicas, persecuciones policiales, urgencias políticas, precariedad material … todo esto y mucho más solía conjugarse para hacer dificultosa, si no inviable, el desarrollo de una historiografía de calidad sobre el propio pasado. Por supuesto, excepciones ha habido. Las obras de Mehring, Deutscher, Haupt, Thompson, Venturi y, en Argentina, José Aricó, son mojones indiscutiblemente valiosos. Pero han sido la excepción; no la regla. Sobresalen como estrellas luminosas en un cielo encapotado. Afortunadamente para sus lectores, la obra de Horacio Tarcus, Marx en la Argentina, se inscribe dentro de este linaje, todavía hoy excepcional.[1] 

Este volumen, si bien constituye una obra en sí misma, forma parte en realidad del proyecto de historia intelectual más ambicioso de la Argentina actual.[2] Esta es la conclusión que se impone si tenemos en cuenta lo siguiente: a) que la primera obra de Tarcus –El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña[3] también pertenece al género de la historia intelectual, al igual el segundo libro editado por este prolífico autor, Mariátegui en la Argentina[4]; b) que el volumen que hoy estamos reseñando es la segunda parte de una tesis de doctorado, cuya parte inicial, de dimensiones semejantes, será publicada en breve; c) que Tarcus acaba de publicar un Diccionario biográfico de la izquierda argentina que incluye más de 500 biografías en unas 800 páginas[5]; y d) que nuestro autor ya tiene iniciada una investigación sobre el pensamiento de izquierdas en la Argentina durante el período que va del novecientos a 1983 –tarea que presumiblemente llenará dos volúmenes más. Nos hallamos, sin duda, ante un proyecto de dimensiones ciclópeas.

Al igual que Aricó –su ilustre predecesor de en este tipo de indagaciones y a cuya memoria está dedicada la obra– Tarcus también ha cultivado largamente la actividad editorial, antes de dar a conocer una obra propia. En lo que hace a libros (a diferencia de otros escritos menores), ni uno ni otro fueron autores precisamente precoces, lo cual ha redundado en que sus trabajos sean frutos de una gran maduración intelectual.[6] En estos dos aspectos el paralelismo de Aricó y Tarcus es sorprendente. Pero no lo es menos una diferencia significativa entre ellos: promediando apenas su vida intelectual, Tarcus ya ha producido una obra que duplica en extensión a la del viejo maestro, sin que le vaya en zaga (quizá más bien al contrario) en calidad.
Marx en la Argentina rastrea la recepción de Marx y del “marxismo” en la Argentina del siglo XIX. Su arco temporal va de 1871 –cuando aparece por vez primera una mención al “moderno lucifer” en el diario La Nación– hasta los primeros años del novecento. Se trata, evidentemente, de una obra pionera, y en algunos aspectos decididamente inaugural. En lo que era un territorio básicamente desconocido en el que sólo unos pocos se habían atrevido a avanzar por senderos hoy muchas veces olvidados, Tarcus ha trazado una ancha avenida sólidamente pavimentada. Pero aún advirtiendo el carácter precursor de esta investigación, es casi imposible leerla si tener la sensación que se trata de una obra definitiva; vale decir, todo lo definitiva que puede ser una obra de historia. Es posible que en el futuro se descubra algún que otro documento adicional; pero no hay dudas de que aquí se ha consultado todo lo consultable. Investigadores posteriores abordarán este campo con nuevos interrogantes: eso es indudable. Pero Marx en la Argentina será para todos ellos el punto de referencia principal.
El libro, de 542 páginas, está organizado en cinco grandes capítulos, e incluye un apéndice documental en el que se editan por vez primera algunos documentos de gran valía. El primer capítulo –en realidad la introducción– es el más breve de todos y está dedicado, en lo sustancial, a explicitar el enfoque teórico y los interrogantes y problemas que orientan la obra. De manera sucinta Tarcus expone el concepto de “recepción intelectual”, distinguiendo, dentro del “proceso global de producción y circulación de las ideas”, diferentes momentos (no etapas temporales sucesivas): la producción, la difusión, la recepción, y la apropiación.
Aunque Tarcus parece aceptar ciertas premisas que han estado en la base del “giro narrativo” de la filosofía de la historia contemporánea –aquél que ha generado alterados rechazos por parte de muchos historiadores, incluidos algunos partidarios de la hermenéutica, como Chartier y Ricoeur, que han visto en él una amenaza para la necesaria “veracidad” de la historiografía–[7], hay que decir que su obra cumple con todos los requisitos de “objetividad” que demanda una obra de historia digna de tal nombre. Si afirma que “el texto no existe como cosa en sí, sino para nosotros, lectores”, frase que algunos (Jenkins por ejemplo) han empleado en un sentido relativista radical; rápidamente aclara que “las significaciones no son arbitrarias”.[8] Aunque en la introducción se manifiesta partidario de “privilegiar la lectura” (con lo cual, aclara, no desaparece el autor), sus investigaciones sustantivas tienen un enfoque más clásico de lo que esta sentencia parecería augurar. En todo caso, las lecturas que Tarcus privilegia son las de los autores por él estudiados, rastreando qué textos marxianos conocían o leyeron, con qué traducciones y, sobre todo, acuciados por qué interrogantes. En este campo el trabajo es ejemplar. De lo que sí se distancia, definitivamente, es del enfoque ingenuamente objetivista que cree que los textos pueden ser leídos de una única manera, y que la tarea del historiador es establecer qué tan buena o qué tan malas resultan las lecturas por él analizadas, cuán fieles o infieles se muestran respecto a lo que “verdaderamente” decían esos textos.
A diferencia de El marxismo olvidado, obra en la que su autor introdujo una clave interpretativa audaz y polémica, Marx en la Argentina no aventura una interpretación equiparable. En su primer libro Tarcus introdujo un concepto fuerte de tragedia, intentó construir una “tradición de marxistas trágicos” y, a partir de ella, repensar las complejas relaciones entre los intelectuales y las organizaciones políticas. Por eso aquella obra tenía, como producto intelectual, tanto de intervención política como de investigación historiográfica. La opera prima de Tarcus había logrado un tipo de síntesis que no es usual: un escrito que salvaba con creces todas las exigencia de la investigación académica (erudición, rigurosidad, etc.) pero que, al mismo tiempo, contenía profundas reflexiones políticas e, inclusive, sutiles recomendaciones. Erudición historiográfica, perspicacia teórica y voluntad política se conjugaban en un solo texto por medio de una auténtica fusión, antes que por la mera superposición de capítulos de distinta índole (lo político por aquí, lo historiográfico allá, lo teórico allí). A diferencia las formas habituales de intervención política por parte de los intelectuales argentinos en los últimos años –consistentes en pronunciamientos ocasionales o no menos ocasionales ocupaciones de cargos públicos; sin mucha relación “orgánica” con sus producciones académicas– Tarcus había salido a la palestra con una obra a la vez política y académica. Desde este punto de vista Marx en la Argentina es menos audaz. Si esto es un mérito o un demérito en comparación con el libro anterior es materia opinable. Es cierto que José Sazbón –director de tesis cuando El marxismo olvidado era una tesis de licenciatura– nunca se mostró muy convencido de la pertinencia de ese enfoque, y también es verdad que el elemento explícitamente político que implicaba determinó que la mayor parte de las miradas se posaran en él, opacando los enormes méritos historiográficos del trabajo. Pero para muchos intelectuales de izquierda –y me incluyo– la “hipótesis trágica” ha sido fecunda: somos marxistas trágicos. ¿Cómo podríamos no serlo cuando la historia de nuestra tradición es la historia de una tragedia? Desde esta perspectiva Marx en la Argentina no sólo es menos audaz que su predecesora; es también, como totalidad intelectual, más pobre. Con esto entramos de lleno en las complejas relaciones entre producción intelectual y producción académica. Bajo los criterios académicos el libro de Tarcus cosechará merecidamente todos los elogios. Pero políticamente me atrevería a decir que –a diferencia de El marxismo olvidado, objeto de sendas polémicas– será intrascendente.
Con todo, parece indudable que hay un hilo rojo político que atraviesa la presente obra. Se trata de la relación entre los “intelectuales” y los “simples”, entre una cultura de elite (aunque sea una elite revolucionaria), y una cultura de masas. Tarcus expone esta problemática. Pero lo hace distanciadamente. La voluntad de intervención política, no completamente ausente, ocupa en estas páginas un lugar claramente subordinado.
Marxismo de alto vuelo intelectual y marxismo de divulgación: la problemática de sus relaciones y de la conversión de uno en otro es omnipresente. Y si bien Tarcus la aborda de un modo eminentemente historiográfico, es obvio que se trata de una preocupación actual, y bien suya. Por ello no es casual que su escrito sea una maravilla de equilibrio entre estudio erudito y riguroso, por un lado, y prosa ágil y clara por el otro. Es este un logro considerable. Ha hecho posible que en una misma obra se conjuguen los detalles, los matices y las sutilezas que hacen las delicias de los especialistas (pero que suelen ser la pesadilla de los lectores profanos), con un estilo literario agradable y atrayente, capaz de allanar el camino del simple curioso.
¿En qué consiste la investigación sustantiva?
La primera parte tiene una gran referencia “extraterritorial” –la Comuna de París– y un puñado de protagonistas: los communards exiliados en Buenos Aires. En la prensa Argentina, escrita por y para la elite, aparecen entre marzo y agosto de 1871, noticias “aterradoras” del levantamiento parisino. En medio de ellas, un corresponsal anónimo de La Nación da cuenta por primera vez en estas tierras de la existencia de Karl Marx, de quien dice que “gobierna tres millones de obreros” y es “un completo lucifer”.[9] Se puede decir que hasta entonces sólo había llegado a las tierras del Plata el fantasma de Karl Marx, mentado por las aterradas visiones de un intelectual de la elite. Pero no tardarían en llegar otras visiones, e incluso un corresponsal suyo de carne y hueso.
Poco después del aplastamiento de la comuna, un puñado de insurgentes parisinos sobrevivientes desembarcó en las costas del Plata. ¿Quiénes eran? Tarcus continúa aquí la brecha abierta por el historiador chileno Marcelo Segall, quien inició la tarea de rastrear a los antiguos communards que llegaron a América Latina. Una tarea por demás dificultosa: ¿cómo descubrir a estos militantes de “segunda línea” (los dirigentes más importantes y conocidos habitualmente hallaron refugio en países europeos), dispersos por toda la geografía del subcontinente, y que en su carácter de perseguidos acostumbraban ocultarse tras pseudónimos? Tarcus ha logrado hallar a varios de ellos, y ha seguido los rastros que el pastelero Brouvers, el zapatero Cuq o el multifacético Pourille dejaron de las actividades militantes que desarrollaron en Buenos Aires (y en algunas ciudades del interior). En particular, los comunnards radicados en la Argentina intentaron en dos oportunidades crear una “sección francesa de la internacional”: entre 1872-73, cuando consiguieron una organización respetable aunque de vida efímera; y en 1875, con menos éxito.
La figura más destacada de los emigrés del Plata –y una figura, además, a la postre verdaderamente importante, aunque en otros ámbitos y por otros motivos– era un joven aristócrata, “hijo rebelde de la aristocracia belga”, al decir de Tarcus, que había conocido a Marx en Burdeos en 1870, cumplió con actividades de apoyo a los revolucionarios parisinos en 1871 y participó del Congreso Internacional de La Haya de 1872. A fines de este año sería en enviado a Buenos Aires por el temible “lucifer” para organizar la sección argentina de la Internacional. El “heraldo de Karl Marx” en Buenos Aires no era otro que Raymond Wilmart, quien andando el tiempo sería un afamado abogado de la elite porteña, “noble jurisconsulto, académico, maestro de derecho romano, vindicador de la libertad humana”, tal como lo describiera La Nación en el centenario de su nacimiento (en 1950).[10]
Wilmart, quien mantenía correspondencia con Marx desde tiempo atrás, le envió desde Buenos Aires tres cartas, entre mayo y junio de 1873. Desgraciadamente, las misivas de Marx se han perdido para siempre. El impetuoso joven llegaría pletórico de expectativas y esperanzas revolucionarias. Pero le durarían bien poco. Si la primera carta está llena de optimismo con respecto a las posibilidades de la difusión socialista, en la segunda los tonos son más sombríos: “salvo la mitad de la sección francesa y de dos o tres españoles –escribe–, no hay nada que pueda servir entre nosotros”. Por otra parte, “Wilmart no vislumbra en las luchas políticas de la Argentina de 1873 nada más que enfrentamientos entre caudillos, y en todo caso masas movilizadas por «la magia de los nombres propios»”. En la tercera carta la decepción es total: “van mal las cosas aquí: sesiones vacías, falta de voluntad”.[11] Sin embargo, Tarcus señala que, contrariamente a lo que se ha sugerido a menudo, Wilmart no es un converso antisocialista:
Se mantuvo vinculado a los círculos de proscriptos socialistas franceses, especialmente a Les Égaux, que será una de las vertientes fundacionales del Partido Socialista, e impulsa la creación de la primera Federación Obrera y la celebración del 1º de mayo de 1890.[12]
La segunda recepción, a la que está dedicado un largo tercer capítulo, constituye un ponderado estudio sobre el Vorwärts, por un lado, y sobre el marxismo de Germán Avé-Lallemant, por el otro. Considerado el primer periódico socialista del país, el Vorwärts no había sido hasta ahora objeto de un estudio sistemático. Ello se debe, en parte, a las dificultades para acceder a ejemplares del mismo, cuya colección completa no existe en ningún sitio conocido. Con la excepción de un puñado de números que un exiliado llevó a Europa, y que fueron estudiados por el checo Jan Klima, hasta ahora las pocas referencias al Vorwärts se debían a la obra de antiguos militantes memorialistas (como Kühn y Oddone). Tarcus ha hallado en la UNLP una colección incompleta, pero que cuenta con cerca del 80 % de los ejemplares publicados de este periódico. El estudio de los mismos lo ha llevado a revisar la tesis expuesta inicialmente por Oddone y reiterada de allí en más por los historiadores del movimiento obrero: que el Vorwärts era una publicación marxista. Tarcus muestra que las citas, artículos y referencias allí incluidos se caracterizaban por un gran eclecticismo. En todo caso, las citas y artículos de o sobre Lassalle eran más abundantes que los de Marx (o sobre él). En este terreno Tarcus le da la razón a Klima, quien había señalado el eclecticismo del Vorwärts. Pero corrige la interpretación que el checo brindara de este fenómeno. Para Klima la ausencia de un pensamiento puramente marxista en la publicación de los socialistas alemanes refugiados en la Argentina era la consecuencia ineludible del escaso desarrollo del movimiento obrero local. Tarcus, por el contrario, demuestra que hacia finales de la década de los ochenta del siglo XIX el “marxismo” (tal y como lo codificara sobre todo Kautsky) no se hallaba plenamente constituido y separado de las restantes vertientes socialistas en ninguna parte.[13] En pasajes como éste, su autor hace gala no sólo de un conocimiento documental excepcional, sino también de un conocimiento profundo de la historia del socialismo. Esto le permite indagar la realidad histórica alternativamente con un microscopio y con un telescopio; ora deteniéndose en los detalles y las particularidades locales, ora avizorando el panorama general.
Resultan de gran interés las páginas dedicadas al auge y caída del Vorwärts, su influencia en la formación del movimiento obrero inicial, y a la curiosa tensión –palpable al interior de la asociación de la que el periódico era vocero–, entre las necesidades y objetivos de un club alemán, por un lado, y los de un círculo socialista, por el otro. Las tensas relaciones entre los primeros anarquistas y los primeros socialistas del Plata también son objeto de un concienzudo tratamiento, que no excluye algunos pasajes verdaderamente tragicómicos.
Las páginas dedicadas a la figura de Germán Avé-Lallemant se cuentan entre las más atractivas de la obra. Resulta imposible no darle la razón a Tarcus cuando afirma que todavía hoy sorprende cómo accedió un naturalista alemán, desde la remota San Luis, a los textos de Marx, Engels y Kautsky, los esfuerzos que realizó para difundir este pensamiento entre el incipiente movimiento obrero argentino, y cómo supo ponerlo al servicio de una reinterpretación crítica de la realidad argentina.[14]
Aunque parezca increíble, el primer lector de El Capital en la Argentina residía en la remota San Luis, “en la periferia de la periferia”; no en la cosmopolita Buenos Aires. ¿Pero cómo leía Lallemant a Marx? Sus lecturas estaban orientadas en clave objetivista: el socialismo sería el fruto necesario, inevitable, de la evolución social. La ciencia aparecía como el garante de la política. La condena moral a la explotación capitalista, sin estar ausente en los escritos de Lallemant, ocupaba en su interpretación un lugar subordinado en relación a los efectos civilizadores del capitalismo. El socialismo aparecía en el horizonte, en un lejano horizonte, por cierto (…) de momento la historia es y seguirá siendo la historia del desarrollo capitalista. Sin las responsabilidades y sin las presiones de un dirigente político, Lallemant elabora un marxismo con tintes mucho más objetivistas que, por caso, Plejanov o Kautsky. Con todo, Lallemant tiene el enorme mérito de realizar la primera formulación de la “cuestión agraria” desde una perspectiva marxista en la Argentina.
Pese a su objetivismo y evolucionismo, el carácter socialista de Lallemant le ocasionó fuertes conflictos con la elite puntana. Uno de esos conflictos es particularmente llamativo. La esposa de Lallemant, Enriqueta Lucio había sido maestra y (desde 1874) directora de la Escuela Graduada y Superior de Niñas (Escuela Normal) en la que Lallemant fue profesor. (…) Paul Groussac, cuando era inspector nacional de Escuelas, la visitó en 1876 y a pesar de que el crítico francés no tenía el elogio fácil, en su informe “se ha expresado en los términos más halagüeños”. En 1881, el atraso en el pago de sueldos originó en la Escuela Normal un conflicto por el cual Lallemant impulsó a su esposa a dirigir una queja al superintendente general de Educación, Domingo Faustino Sarmiento, en la cual anunciaba que las maestras de ese establecimiento, tras once meses sin percibir sus haberes, decidían suspender sus tareas. Era una forma sutil de declarar una huelga. Sarmiento acogió la nota con simpatía y la hizo publicar en El Monitor de la Educación Común (nov. 1881), pero el gobierno puntano separó de sus puestos a la directora, así como las nueve maestras y al ayudante que la suscribieron.[15]
Lallemant expuso sus ideas fundamentalmente en El Obrero, un periódico proletario en cuya fundación participó. En esta publicación daría a conocer su peculiar visión del socialismo y de su relación con la ciencia: “Aunque nuestros enemigos lo niegan, el Socialismo es la idea predominante que hoy en día determina toda la marcha del Estado y de la Sociedad, de la civilización entera … Estamos absolutamente convencidos de la legalidad que la ciencia otorga a nuestras aspiraciones …”.[16]
La prédica socialista de El Obrero daría sus frutos. En 1894 aparecería La Vanguardia, que lo reconocería como su precursor, y poco después sería fundado el Partido Socialista. Pero el sabio naturalista no sabría adaptarse a los nuevos tiempos, en apariencia tan promisorios. Cuando el joven José Ingenieros, con sólo dieciocho años, de a conocer un ensayo verdaderamente genial (al menos para alguien de su edad) que causó gran impacto en el naciente campo socialista argentino, Lallemant (quien era citado elogiosamente por Ingenieros) respondería con una “crítica vitriólica”, carente de paciencia y ecuanimidad.[17] Como expone Horacio Tarcus:
La prédica de El Obrero había dado, pues, sus frutos. (…) Sin embargo, Lallemant no fue capaz de reconocer ningún tipo de continuidad con la generación socialista emergente. (…) Pudo ocupar, seguramente, un lugar de maestro (…) cuestionando las flaquezas de los jóvenes, pero también orientándolos, aconsejándolos y promoviéndolos. Pero a pesar de que los discípulos lo reconocieron como maestro, el maestro no reconoció a sus discípulos ni se reconoció en ellos. Pudo transformar su autoridad intelectual y moral en autoridad política, como Justo. Pero Lallemant, aquél sabio germano-argentino de carácter intempestivo, hosco, solitario como un Robinson en su San Luis adoptiva, no hizo nada de esto, escogiendo en cambio el camino de la «crítica científica», severa, inexorable, contra los «divulgadores», los «publicistas», los «diletantes». Parece realizarse también en este país lo observado por Habermas para la escena europea: en el proceso de constitución de la moderna esfera pública, la figura del sabio naturalista cede su lugar hegemónico frente a la figura emergente del publicista.[18]
Esta nota sombría no es, empero, la última palabra de Tarcus con respecto a Lallemant. En el capítulo siguiente, leyendo los ejemplares de la segunda etapa de El Obrero y de su publicación rival El Socialista, descubre un increíble texto de autor anónimo, que en sus pasajes más sobresalientes dice así:
Toda la historia está llena de ejemplos del triunfo que por medio de fiestas, demostraciones, manifestaciones públicas y meetings populares se han conseguido los partidos en lucha. (…) La Iglesia triunfó y dominó durante tanto tiempo gracias a las continuas fiestas, las reuniones de grandes masas, de llamamientos de las campanas, por medio de las procesiones que son imponentes, de postraciones públicas, romerías, peregrinaciones y miles de otras grandes aglomeraciones de gentes. (…) Es, pues preciso influir sobre la sensibilidad de los hombres para conseguir su actividad.[19]
“¿Quién es el autor de esta nota –se interroga Tarcus–, que parece anticipar la teoría de los imaginarios sociales, antes incluso que un Sorel, un Croce, un De Man o un Gramsci?”. Para responder a continuación: “Si bien no es una conclusión definitiva, señalemos que la única pluma capaz de alcanzar este nivel de elaboración, en el campo socialista argentino de 1893, es Germán Avé-Lallemant … Si esto es así, estaríamos ante una inflexión subjetivista en el marxismo objetivista de Lallemant”.[20]
 
El turno siguiente –la tercera recepción– corresponde a los primeros editores y traductores de Marx: Domingo Risso y, sobre todo, Juan B. Justo. En esta parte de la obra se expone con cierto detalle los vínculos establecidos entre el socialismo Español y sudamericano. Pero el tratamiento más extenso, comprensiblemente, está dedicado a Justo. Aquí el “hilo rojo” que habíamos detectado parece emerger plenamente a la superficie. La ocasión la proporciona la traducción de El Capital realizada por el dirigente socialista: un gran logro intelectual (como reconociera Pedro Scarón), pero un fracaso editorial. Los obreros socialistas e inclusive muchos dirigentes partidarios leían esta obra cumbre en las versiones resumidas de Deville y otros. Y no sólo eso, creían que leyendo estos resúmenes “tenían” El Capital. Sintomático también de las complejas relaciones entre el marxismo “intelectual” y el marxismo “obrero”, el marxismo de los simples, son los esfuerzos justianos por eliminar la dimensión filosófica, dialéctica, de la obra de Marx. Justo preconiza un materialismo histórico sin filosofía, o mejor, anclado en la filosofía del sentido común: “Un amigo mío –escribía Justo en 1896- que tiene la desgracia de creerse «materialista dialéctico», está empeñado en que yo soy materialista mecánico; pero yo no lo creo. No sé que será eso y me aflige pensar que pudiera alguna vez adornarme tal título, porque creería haber perdido algo que tiene la generalidad de los hombres: sentido común”.[21] ¿Cuál era la base de esta concepción, defendida por un hombre ampliamente familiarizado con los discursos y las querellas teórico-filosóficas de su tiempo? Según Tarcus:
A Justo sólo le interesa el mundo de las ideas en la medida en que son útiles para la autoemancipación del proletariado. Y entiende que lo que lo une con muchos “compañeros de causa” no son doctrinas complejas sino apenas un puñado de “verdades de las más simples”.[22]
Nuestro autor aprueba la tesis avanzada por Dotti respecto a que el interés de Justo en “defender esta suerte de plebeyismo metafísico es político”. Pero disiente con aquél autor respecto a que esta decisión habría entrañado una pura ganancia, evitando a los socialistas argentinos las oscuridades de la dialéctica hegeliana. Para Tarcus “allí donde Dotti arriba, se abre un abanico de nuevos problemas, pues la cuestión no está sólo planteada por el sinuoso camino que Justo evitó al socialismo argentino, sino también por el atajo simplista que escogió como alternativa”.[23] Concretamente, Tarcus expone dos falencias en el enfoque justiano. La primera es que, contrariamente a lo que cree, su postura “antifilosófica”, lejos de ser original, era en realidad la actitud predominante en la socialdemocracia Europea. La segunda, mucho más importante, es que:
Difícilmente esta adscripción al cientificismo prestase un mejor servicio que la “filosofía dialéctico-materialista” al naciente Partido Socialista y al proletariado argentino a la hora de construir su hegemonía, cuando precisamente el cientificismo y el evolucionismo constituían dos pilares de la ideología hegemónica en aquella Argentina…[24]
Sin embargo, tal y como señaláramos más arriba, Tarcus no formula ninguna propuesta específica para repensar la relación entre los “intelectuales” y los “simples”. Parece aceptar las indicaciones de Gramsci; aunque es obvio que las mismas, con lo importantes que fueron en su momento, resultan insuficientes y problemáticas.[25] En este campo el libro parece estar atravesado por una ausencia. El tipo de riqueza analítica que Tarcus supo desplegar al analizar los vínculos entre intelectuales y organizaciones partidarias en El marxismo olvidado, no alcanza en la presente obra a cobrar vuelo a la hora de analizar las relaciones entre los “intelectuales” y los “simples”. Pero no hay que olvidar que este libro forma parte de un proyecto intelectual mucho más vasto. Es posible que haya decidido afrontar esta problemática en un volumen posterior. Aunque también es posible que la voluntad de intervención política por medio de la reflexión intelectual de alto vuelo se haya ido opacando en el ánimo de Tarcus. Al respecto sólo cabe conjeturar. Es conveniente esperar, pues, antes de arriesgar un veredicto definitivo.
Si en el conjunto de la narración se destacan la monumental erudición documental y un gran conocimiento de la historia del socialismo, en esta parte aparecen también las dotes de Tarcus como teórico. Las discusiones de índole conceptual, relegadas en el resto de la obra a unas cuántas páginas introductorias y algunos pasajes aislados, emergen aquí a primer plano. Por ejemplo cuando observa que el “realismo ingenuo” de Justo lo hacía renunciar a “dos conceptos claves a la hora de construir una hegemonía socialista: nos referimos a conceptos como praxis e ideología”; en la crítica a la concepción “ficcional” del valor del dirigente socialista; en las apreciaciones sobre la relación entre la teoría marxiana del valor y los “salarios justos”; o en el abordaje de la teoría del “fetichismo”.
 
El último capítulo está consagrado a investigar la recepción y el impacto del pensamiento de Marx en el mundo académico. Una pieza importante corresponde al pensamiento de José Ingenieros, y su pasaje “del socialismo a la sociología”. Ingenieros se había iniciado como uno de los grandes exponentes, junto a Leopoldo Lugones, del ala izquierda del Partido Socialista. Ambos se reivindicaban “socialistas revolucionarios” y se enfrentaron al moderado reformismo parlamentarista de Justo y sus seguidores. Sus ideas las expusieron sobre todo en La Montaña, un periódico vanguardista que ha desorientado a investigadores como Oscar Terán o Marcela Croce, quienes han visto en él “acentos social-anarquistas” o lo han adscrito sencillamente a esta corriente ideológica. Sin embargo, La Montaña era un periódico socialista. Haciendo gala una vez más de sus grandes conocimientos de la historia del socialismo, Tarcus detecta en Jean Allemane y su Parti Ouvrier Socialiste Révolutionnaire (hoy prácticamente olvidados) los principales referentes internacionales de las ideas defendidas por Ingenieros y Lugones; y descubre las claves del aparentemente “extraño” discurso “montañista”:
(…) la paradoja de La montaña entre su adscripción al socialismo y sus apelaciones libertarias y antiestatistas deja de ser tal cuando se la inscribe en el sistema de la prensa obrera de la época –buscando construir un espacio propio mediante la delimitación, por un lado, de La Vanguardia y por otro, de la prensa anarquista.[26]
El izquierdismo revolucionario, sin embargo, poco le habría de durar a Ingenieros. Rápidamente abandonaría esa perspectiva, abocándose de lleno a los estudios académicos. En la transición, su pluma dejaría estampada una de las exposiciones más extremadamente objetivistas del socialismo, haciendo empequeñecer, incluso, el objetivismo de Lallemant.[27]
Además de Ingenieros, Tarcus analiza la recepción del pensamiento de Marx en intelectuales como Alfredo Palacios, Enrique del Valle Iberlucea, Carlos Octavio Bunge, Juan Agustín García y Ernesto Quesada. Desafortunadamente, y puesto que la mayoría de estos autores desarrolló buena parte de su carrera en años posteriores al 900, donde finaliza el arco temporal del presente libro, el tratamiento de estos autores es breve y parcial. Una vez más, habrá que esperar antes de arriesgar un juicio definitivo respecto al abordaje tarcusiano de estas figuras, tarea que queda pendiente para un volumen posterior… que promete ser imperdible.


[1] H. Tarcus, Marx en la Argenina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007.
[2] Esta afirmación, sin embargo, no invalida la evaluación que en una reseña reciente hiciera Elías Palti: “la historia de la recepción que nos ofrece Tarcus es mucho más que una historia de ideas. La misma se instalará en esa arista en que la historia intelectual (las vías de difusión de las ideas marxistas en nuestro país) se confunde con la historia social (la historia del movimiento obrero argentino) y la historia política (la historia de la izquierda socialista); unas y otras indisociables en su enfoque. En otro sentido, sin embargo, es algo menos que un trabajo de historia intelectual. No hay allí un análisis de cómo las torsiones que sufre el pensamiento marxista en el marco de los distintos contextos en que va a ser adoptado se van a expresar en los propios discursos, y que no radican, ciertamente, en el plano de las «ideas». Si no es éste, en realidad, el objetivo que persigue Tarcus en Marx en la Argentina, constituye sí una de las derivas posibles a las que este libro da lugar”. E. Palti, reseña publicada en Nuevo Topo, nº 5, septiembre/octubre de 2008.
[3] H. Tarcus, El marxismo olvidado en la Argentina:Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1996.
[4] H. Tarcus, Mariátegui en la Argentina o las políticas culturales de Samuel Glusberg, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2001. Se trata de un ensayo de unas ochenta páginas, seguido de numerosas fuentes –algunas inéditas, otras prácticamente inhallables–, hasta llenar más de 300 páginas.
[5] H. Tarcus, dir., Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Buenos Aires, Emecé, 2007.
[6] Transcurrida una década desde su publicación, El marxismo olvidado no parece demandar mayores ampliaciones ni correcciones. Aunque su primer libro fue publicado cuando Tarcus contaba con 42 años; con apenas 30 años ya había protagonizado una interesante polémica nada menos que con Juan José Sebreli. 
[7] “Aun si escribe en forma «literaria» -ha escrito Roger Chartier- el historiador no hace literatura, y ello a partir del hecho de su doble dependencia. Dependencia en relación al archivo … dependencia en relación a los criterios de cientificidad y las operaciones técnicas relativas a su «oficio»”. R. Chartier, «La historia hoy en día: dudas, desafíos, propuestas», en I. Olabarri y F. J. Capistegui, La “nueva” historia cultural, la influencia del postestructuralismo y el auge de la interdisciplinariedad, Madrid, Editorial Complutense, 1996.
[8] No hay ninguna duda de que Tarcus no estaría dispuesto a seguir a Keith Jenkins, por ejemplo, en su llamado a abandonar “el viejo caballo maltrecho que responde al nombre de historia”. K. Jenkins, «Una respuesta posmoderna a Pérez Zagorín», en Historia Social, nº 50, 2004. Y es indudable que está embarcado en la escritura de un “gran relato” –otra de las bestias negras del pensamiento posmoderno–, en el cual se presta tanta atención al “tronco” estructural de la historia como a las efímeras “hojas” hacia las que Frank Ankersmit quisiera que se orientara la historiografía posmoderna.
[9] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 71.
[10] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 84.
[11] H. Tarcus, Marx en la Argentina, págs. 91-94.
[12] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 100.
[13] H. Tarcus, Marx en la Argentina, págs. 138-144.
[14] H. Tarcus, Marx en la Argentina, págs. 227-228.
[15] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 182.
[16] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 200.
[17] H. Tarcus, Marx en la Argentina, págs. 248-255.
[18] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 256.
[19] El Socialista, nº 2, 18 / 03 / 1893, citado por Tarcus, pág. 296.
[20] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 297.
[21] Citado por Tarcus, pág. 378.
[22] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 378.
[23] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 385.
[24] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 385.
[25] Existe una abundante literatura al respecto. Aquí basta con mencionar a P. Anderson, «Las antinomias de Antonio Gramsci», en Cuadernos del Sur, nº 1 y 8, 1978/88 (1977), y J. C. Portantiero, Los usos de Gramsci, Buenos Aires, Grijalbo, 1999.
[26] H. Tarcus, Marx en la Argentina, pág. 417.
[27] “(…) el socialismo no será un hecho por la acción que desplieguen los socialistas organizados (…) ni dejará de serlo si ellos no la desplegaran. El socialismo nace de los hechos mismos; donde hay civilización hay Socialismo. Todo el que hace obra de civilización hace obra de Socialismo.: aunque crea ser anti-socialista. (…) Un católico que inventara una máquina haría más por el Socialismo que un obrero huelguista que pronunciara doce discursos sobre la Revolución social que levantará el glorioso edificio de la Sociedad Futura sobre las ruinas de la infame sociedad burguesa, etc., etc.” J. B. Justo, «La acción útil y los sueños inútiles de los socialistas», (1900), citado en Tarcus, pág. 431.