Karl Marx. Una concepción revolucionaria de la economía política como ciencia.

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Autor(es): Gómez, Ricardo J.

Gómez, Ricardo J.. filósofo y epistemólogo argentino que debió alejarse del país tras el golpe de Estado de 1976. Radicado en los Estados Unidos, desde 1983 es profesor titular de Filosofía de las Ciencias en la Universidad Estatal de California en Los Angeles (UCLA). Dicta también regularmente cursos de Doctorado y seminarios en diversas universidades argentinas. Autor de numerosos artículos publicados en revistas especializadas de distintos países, podemos destacar su libro Neoliberalismo y Seudociencia, Lugar Editorial, Buenos Aires, 1995. Constituye un honor para Herramienta publicar este artículo que nos fuera entregado por el autor en el segundo semestre de 2001.


 Marx nunca escribió un trabajo especial dedicado a elucidar el concepto de ciencia, pero a pesar de no usar la frase “filosofía de la ciencia”, desarrolló en diversos trabajos una novísima filosofía de la ciencia, en particular de la economía política. Además, no cabe duda alguna de que fue un científico social practicante y lo que llamamos su filosofía de la ciencia es una reflexión crítica sobre la práctica científica de otros y una elucidación de la propia.

 1. El concepto de ciencia 

Este concepto está siempre históricamente condicionado. Por ello, la version específica de Marx sobre ciencia está condicionada por las condiciones sociales de su producción y por los objetivos que, en función de las mismas, se le asigna al conocimiento científico; esto es así porque el modo de producción de la vida material condiciona el proceso general de la vida social, política e intelectual. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino su existencia social la que determina su conciencia”.[1] Ser consciente de ello, evita la mera especulación y “comenzará la ciencia real, positiva”.[2] Dichas condiciones de producción son las que hacen posible las características particulares de la concepción de la economía política de la época que Marx critica, de modo tal que dicha crítica conforma su propia concepción sobre la ciencia y sus objetivos.
Como toda la vida social es esencialmente práctica, la ciencia como actividad social específica es básicamente una práctica social entre otras, con relaciones económicas, políticas e ideológicas con otras prácticas. Por eso mismo, incluso la verdad de las propuestas científicas debe ser mostrada en la práctica. Aquí percibimos una diferencia fundamental. Mientras los científicos del pasado y de su época concebían al conocimiento científico, ejemplificado en la economía política, como un instrumento para comprender el mundo social, Marx exige además que contribuya a cambiarlo radicalmente.
De ahí que para él la ciencia sea realmente una guía para la transformación práctica revolucionaria.  Más específicamente, la ciencia al modo de Marx es crítica y por serlo de una manera profunda, es revolucionaria. Se trata para él de una ciencia única por su relación con la practica política, especialmente la de la clase trabajadora. Tiene una fuerte relación crítica con su objeto: la sociedad bajo este determinado modo de producción que es el capitalismo. Por ende, no es meramente descriptiva-explicativa, porque comienza por la crítica y denuncia de otras teorías y, especialmente, del modo en que conciben su objeto de estudio, al que aceptan como dato inmutable, sin necesidad de denuncia o cambio alguno.
Más claramente: la ciencia desarrollada por Marx es crítica y lo es desde el inicio por cómo entiende su objetivo: “denunciar para cambiar”. Es denuncia crítica de los otros economistas politicos, así como del objeto común de su estudio, la sociedad de su época. Una crítica con objetivos politicos, porque explicita la agenda política de otros muchos científicos y pretende ser funcional a la liberación de los seres humanos que sufren por ser engañados, alienados y oprimidos. Por ello, el principal objetivo de la ciencia y su método es desenmascarar las pretensiones del capitalismo de ser el fin de la historia, o sea, de ser un modo natural o eterno de producción, exponiendo el carácter historico-contextual de sus leyes, lo que las hace superables (o sea modificables) por efecto de la acción humana, es decir, exhibiendo la posibilidad real de un espacio revolucionario para la acción humana. Es una crítica per se revolucionaria, pues exhibe desde el comienzo la posibilidad de cambiar las leyes históricas de la propia conducta humana mediante la acción humana.
Como primer paso de tal ciencia, ya en su temprana producción intelectual Marx afirmaba la necesidad de una “crítica implacable de todo lo existente”[3], o sea, de una radical actitud negativa hacia la realidad social, a lo que siguió en 1844 una crítica devastadora de la economía política que usualmente describía y explicaba tal realidad, que culminaría años más tarde en “la crítica de la economía política” de El Capital.
Debe tenerse claro que su crítica (así como su concepción de la economía política) no es solo el resultado de descripción y análisis, sino también de protesta y condena moral. Hay ínsita en la crítica y en la concepción de la ciencia un fuerte ingrediente ético, lo que hace que tanto una como la otra estén fuertemente cargadas de valores. Para Marx no hay ciencia valorativamente neutra pues ya desde los objetivos de la misma se valoran positivamente la justicia social, la humanización, la cooperación, y se denuestan la explotación, la alienación, etcétera. Así, la condena de Marx del trabajo asalariado no reside en que los salarios son muy bajos, sino en que dicho trabajo des-humaniza al ser humano. Ciencia es siempre “ciencia para”, en aras de objetivos práctico-políticos. Y siempre a partir de “un desde”, desde el punto de vista que caracterizó en sus Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844), como “humanismo positivo”. Tal “nueva ciencia”es necesaria porque una “nueva revolución” lo es, “no sólo porque la clase dirigente no puede ser desplazada de otra manera, sino también porque la clase desplazante sólo a través de una revolución puede liberarse de todo el estiércol de siglos y devenir adecuada para fundar una nueva sociedad”.[4] La nueva ciencia, y sólo ella, es fundamental y funcional para colaborar a tal liberación. Y lo es porque tal nueva economía política va a concluir en que la humanidad plena sólo es possible eliminando la base de todas las relaciones de producción existentes y precedentes, o sea la propiedad privada, es decir, que sólo es posible como resultado de una revolución comunista. En resumen, tal como lo afirmó Engels, “la ciencia era, para Marx, una fuerza históricamente dinámica, revolucionaria”.[5]  
Como parte vital del alcance de la crítica de Marx, está la crítica a la economía política burguesa en su pretension de ser científica. Ya anticipamos la principal crítica: no tener en cuenta las condiciones particulares que gobiernan la producción, pues “no recordar este hecho es la fuente …[en que se basan] los economistas modernos que tratan de probar la naturaleza eterna y armonía de las condiciones sociales existentes”.[6] Es decir, la principal fuente de error es la naturalización de lo social. Marx enfatiza que la auténtica ciencia historico-social de las actividades productivas humanas es necesariamente revolucionaria.
La economía política a superar arranca del hecho de la existencia de la propiedad privada. Lo asume como principio, sin explicarlo. Y propone leyes que no explican su propio surgimiento desde la naturaleza misma de la propiedad privada. De modo análogo, la competencia es explicada a partir de circunstancias externas siempre fortuitas, nunca relacionadas a algún desarrollo necesario. Esto ya anticipa (en 1844) que la referencia a causas y/o desarrollos necesarios es una nota marxista de ciencia auténtica, y a la vez anticipa la pertinencia de nuevos modos de explicación (que se mencionarán posteriormente). Va de suyo el llamado a superar toda economía política que considere a las leyes como sucesión de contingencias fortuitas, pero con validez supuestamente inmutable y universal y que, además, es básicamente ocultadora de las reales relaciones entre la producción y el trabajo. Enmascara que quien produce muchas cosas para el rico, produce privaciones para él mismo, palacios para el rico pero covachas para el pobre, etcétera.
Todos esos defectos o errores de la economía política se deben a defectos de la realidad social a la que considera su objeto, más específicamente a las contradicciones en la misma, que también oculta. El Capital es un ejemplo monumental de esto: las críticas de Marx a la economía política son en el fondo un análisis critico del propio modo de producción capitalista. Ese análisis revela que las leyes de las que hablan los economistas son leyes de “ese” modo de producción y por lo tanto no tienen alcance universal y transhistórico.
En resumen: lo que la crítica de Marx desenmascara es la pretensión del capitalismo de ser un modo natural o eterno de producción. Los economistas politicos burgueses, en vez de hablar de la contingencia del capitalismo, hablaron de leyes naturales y eternas. Al aceptar acríticamente al capitalismo como una condición permanente, presentaban leyes económicas que, en verdad, expresaban la alienación misma del trabajador en su objeto. Y este era el aspecto ético-crítico más nefasto.
 
2. La economía política como ciencia
 
En la Introducción a los Grundrisse Marx afirma “El objeto a considerar es en primer término la producción material. Individuos que producen en sociedad, o sea la producción de los individuos socialmente determinada: este es naturalmente el punto de partida”.[7] Por ende, toda vez que habla de producción habla de la producción en una cierta etapa por individuos sociales. Un modo determinado de producción es una forma determinada de la actividad de dichos individuos, “una forma determinada de expresar sus vidas”, un modo determinado de vida. Por ende, la economía política es por añadidura el estudio de cómo los individuos expresan sus vidas; por lo tanto la economía política expresa lo que ellos son porque lo que son coincide con su producción, tanto con lo que producen como con cómo lo producen. En consecuencia, lo que los individuos son depende de las condiciones materiales de su producción.[8]
Para Marx la economía política es un estudio más amplio, profundo y comprensivo que el de la versión standard capitalista-burguesa y es, en última instancia, una respuesta a la pregunta ¿qué son y qué hacen los seres humanos en el modo capitalista de producción? Así concebida, la economía política coadyudaba al desarrollo de un proceso revolucionario. Tanto Marx como Engels sabían que un movimiento revolucionario era un fenómeno espontáneo de rebelión masiva generado por condiciones de existencia que la gente considera intolerables. Pero también creían que una teoría correcta denunciadora podia asistir poderosamente a un movimiento revolucionario, dando explicaciones adecuadas y orientando a la gente a tomar conciencia de los objetivos y medios apropiados. La economía política nueva, ya anunciada en 1844 (Manuscritos Económicos y Filosóficos), esquematizada en los Grundrisse (1857) y desarrollada en El Capital, es esa ciencia, mediante la cual se influía sobre los hechos históricos, aunque no se los determinaba causalmente.
En también desde el comienzo una economía empírica (aunque no empirista) porque se parte de un hecho económico real: “El trabajador se torna tanto más pobre, cuanta más riqueza produce (…) se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce (...) El trabajo no sólo produce mercancías: se produce a si mismo y al trabajador como mercancías”.[9] Y no se parte de la mera descripción de un hecho, sino que en la descripción misma está ínsita la denuncia de la deshumanización del trabajo y del que lo produce: “Cuanto mayor es su producto, menos es él mismo” (Ibid.).
Para abolir tal situación, hay que encontrar las premisas que la condicionan. Esa operación es parte de la economía política, pero al efectuarla se irá esclareciendo el movimiento real a realizar para abolir tal situación. Ese movimiento real es a lo que Marx y Engels llaman “comunismo”: “Comunismo es para nosotros no un estado de cosas que ha de ser establecido, un ideal al cual debe ajustarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que elimina el estado presente de cosas”.[10] La economía política que Marx propone es pues vehículo de tal comunismo, porque elucida y denuncia las condiciones de tal abolición.
Es conducente a dicha abolición y a las condiciones de realización de una nueva sociedad, en la que la naturaleza será humanizada porque existirá para la gente sólo como un lazo con otra gente, y la humanidad sera naturalizada porque esa nueva sociedad nos recuperará como seres sociales (al eliminar todo interés de clase). Por ello, se afirma que “la realidad social de lanaturaleza, la ciencia natural humana o la ciencia natural acerca del hombre, son términos idénticos”.[11] Es una unificación muy distinta y más profunda que la del positivismo lógico, pues no es resultado de la unificación interna de lenguajes científicos en un lenguaje piramidalmente organizado. Es algo por venir, como resultado de la humanizacion (léase desalienación) de los seres humanos. El cómo lograrlo y por qué es uno de los objetivos-corolarios de la nueva economía política.
Para ello, el concepto clave y renovador introducido por Marx fue el de plusvalía. La desaparición del capitalismo está condicionada por la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción , la cual requiere para su supervivencia de la existencia permanente y del incremento de valor agregado. La cadena-conclusión es: eliminación de la propiedad privada de los medios de producción – eliminación de la plusvalía expropiada al trabajador – eliminación de la alienación-explotación – eliminación de la deshumanización. La economía política marxista tiene como objetivo último un rescate del ser humano y su realización en plenitud.
 
3. Los objetivos de la economía política
 
Coincidimos con quienes afirman que el objetivo de la ciencia (desideologizada) y de la economía política en Marx es des-cubrir la esencia de lo real, partiendo de las formas aparentes mediante las cuales tenemos experiencia de ella. O sea: la ciencia es la apropiación de lo real mediante un conocimiento auténticamente objetivo.
Al de-velar lo real debajo de las apariencias, se devela el carácter falsificador de éstas (al develar que hay explotación bajo la apariencia de salarios, se exhibe el carácter engañador de estos últimos). Con ello, se cumple otro de los objetivos fundamentales de la ciencia en Marx: la denuncia de las apariencias como falsificadoras; en particular, para la economía política se presenta la denuncia económico-política de la sociedad que se presenta bajo las apariencias de no ser injusta ni explotadora. El objetivo epistemológico de la revelación de lo esencial se realiza además en aras de un objetivo ético-politico ulterior. Por añadidura, al cumplir con esa meta ético-política, también deviene un objetivo el desenmascarar las pretensiones del capitalismo de ser un modo natural o eterno de producción, advirtiendo por ende que no está aquí para quedarse. El objetivo de la ciencia no es sólo describir y explicar el mundo (esto, en el caso de la economía política, sería legitimarlo), sino también cambiarlo.
En consecuencia, la concepción de la ciencia en Marx, involucra una clara primacía de la ontología. El conocimiento aceptable lo será por ser adecuado a la ontología. Para el siglo XIX, esta propuesta es claramente revolucionaria, porque desde hacía tiempo y por influencia de los principales autores modernos, una representación pre-ontológica del conocimiento era primaria y luego se trataba de acomodar cualquier área del mundo a ese conocimiento. Marx invierte tal relación de primacía, lo que hace de su postura un hito en la historia de la filosofía de las ciencias sociales.
 
4. La primacía de la ontología
 
La ciencia presupone un mundo de esencias y regularidades causales por debajo (y totalmente distinto) de las apariencias. Además, Marx, como sagaz materialista , presupuso “individuos reales y su actividad así como las condiciones materiales bajo las cuales viven, tanto aquellas que encontraron ya existentes como aquellas que produjeron por su actividad”. Ese mundo real es un mundo en movimiento constante, porque “todo lo que existe (…) vive por algún tipo de movimiento”. Este movimiento es entendido como un proceso de cambio cualitativo (y no meramente como un cambio de lugar). Además, dichos cambios cualitativos son experimentados internamente por una entidad debido a que su identidad misma cambia y se despliega: esclavos que mutan en hombres libres, mercancías en dinero, feudalismo en capitalismo...
Marx agrega la enorme novedad de que tal despliege se produce mediante la resolución de contradicciones, es decir, dialécticamente. Ello es así, porque el primer término de cada par (por ejemplo, en los casos citados anteriormente) es identificado por lo que no es el segundo término (de ahí la contradicción entre ellos). Y el paso de un término al otro ocurre porque cada término tiene “potencialidades escondidas”, ”conexiones internas” para desarrollarse hacia el otro.[12] A medida que se despliegan sus potencialidades deviene el otro. Hacer ciencia para Marx es buscar las identidades de individuos determinados, sus conexiones internas, y sus formas de desarrollo en su movimiento real. Ello además explica por qué Marx se concentró en la “ciencia social histórica” o mejor dicho en la ciencia social que requiere para su estudio concentrarse en el movimiento real de los individuos que se despliegan en el tiempo. Las esencias en las ciencias sociales no son fijas y eternas, sino que cambian en la historia y lo hacen siempre en el contexto de determinadas relaciones sociales. En y a través de relaciones sociales el “hombre actúa sobre la naturaleza externa y la cambia, y de este modo él cambia simultáneamente su propia naturaleza”.[13]
Por lo tanto, las categorías de toda ciencia social no son meras formas linguísticas, sino “formas de ser, manifestaciones de existencia“[14] y sus ”órdenes secuenciales están más bien determinados por las relaciones que tienen entre sí en un modo de producción determinado” y en la sociedad burguesa, el orden no es el de aparición cronológica sino exactamente el opuesto. Lo que a Marx le interesa no es el orden en la sucesión de distintos tipos de sociedad, sino “en su conexión orgánica dentro de la sociedad burguesa moderna” (Ibid.).
Marx no duda de que hay contradicciones aparentes en el movimiento de la sociedad capitalista, pero su tesis fuerte es que reflejan contradicciones entre categorías (o modos profundos y parciales de ser), como valor de uso y valor de cambio. Tal paso de las contradicciones aparentes a las reales-esenciales es revelador, denunciador, critico: “El capitalista parece comprar su trabajo [el del trabajador] con dinero. Venden su trabajo por dinero. Pero esto es meramente la apariencia. En realidad lo que venden al capitalista es su fuerza de trabajo”.[15] La fuerza de trabajo es pues una mercancía que su poseedor, el trabajador asalariado, vende al capital para poder vivir. Los salarios resultan así el precio de una mercancía definida, la fuerza de trabajo, y están determinados por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier mercancía. Es entonces que Marx, al proponer cómo se establece el precio de cualquier mercancía , descubre la presencia de trabajo excedente y de plusvalía, ganancia del capitalista y explotación del trabajador, así como denuncia que “los intereses del capital y los del trabajo asalariado son diametralmente opuestos”, así como que “ganancias y salarios existen siempre en proporción inversa” y “cuanto más crece el capital productivo, mayor la división del trabajo y la expansion de la maquinaria (...) cuanto mayor todo ello, mayor la competencia entre los mismos trabajadores y mayor la contracción de sus salarios”.[16]
Todas esas contradicciones del modo capitalista de producción tienen “en su corazón” la contradicción entre valor de uso y valor de cambio. Toda mercancía (el concepto real básico del análisis de Marx en El Capital,porque el hecho más obvio del capitalismo es la acumulación de riqueza y ella está constituida por lo que produce cada mercancía en sus relaciones de intercambio) tiene como su esencia la unión entre valor de uso y valor de cambio. Es una unión en oposición real, no lógica pero necesaria. Pero entonces, el carácter necesario de tal oposición es muy diferente al de la necesidad lógica. Los opuestos, en la oposición dialéctica, están unidos pero en tension. Como consecuencia, los desarrollos ulteriores por tal tensión no son azarosos o accidentales y no consisten en agregados contingentes que “vienen desde afuera”. Es, como ya anticipamos, un proceso de desarrollo de las potencialidades desde dentro y, por ende, una diferenciación creciente de una totalidad original. Así, “el trabajo, el ser subjetivo de la propiedad privada como exclusion de la propiedad, y el capital, el trabajo objetivo como exclusion del trabajo, es la propiedad privada como su relación desarrollada de la contradicción y es por ello, una relación enérgica, que conduce a la disolución”.[17]
La ciencia (economía política) deberá mostrar la necesidad de las subsecuentes transformaciones dentro de las circunstancias sociales específicas, pero esto requiere justamente una presentación reveladora del proceso formativo real en sus diferentes fases a partir de lo esencial, de las categorías fundamentales en oposición. Este desarrollo transformador es una necesidad propia de la naturaleza del individuo, que ha de llevar a la abolición de los opuestos :
En su movimiento económico (…) la propiedad privada presiona hacia su propia disolución [inconscientemente y contra su propia voluntad], un curso determinado por la naturaleza de la cosa misma (…) Cuando el proletariado obtiene la victoria, no deviene el lado absoluto de la sociedad, sino que la obtiene aboliéndose a si mismo y a su opuesto. Ambos, el proletariado y su opuesto condicionador, la propiedad privada, desaparecen con la victoria del proletariado.[18]
Para liberarse, el proletariado debe destruir sus propias condiciones de existencia. No es una inexorabilidad profética, porque está condicionada por la presencia de la organización de la sociedad burguesa contemporánea.
Estamos pues en presencia de una ontología dialéctica cuyas características centrales podrían sintetizarse en las notas de complejidad, contradicción y esencia. Toda entidad es compleja, no hay átomos últimos irreductibles que son lo que son per se (complejidad), y se desarrolla por la presencia de contradicciones internas que sólo pueden resolverse mediante el cambio (contradicción); al menos una contradicción es siempre parte de la esencia de una entidad, lo que significa que no todas las contradicciones son accidentales. Las relaciones e interrelaciones son lo que son porque pertenecen a una determinada totalidad; incluso los simples constitutivos de cada entidad compleja están relacionados de un modo determinado sólo en relación a los complejos a los cuales pertenecen.
Suponemos que es ahora clara la centralidad del concepto de totalidad en la postura de Marx. Cada par en oposición dialéctica constituye una totalidad-unidad en que cada uno tiene las propiedades que tiene por su pertenencia a dicha totalidad y por su peculiar relación (básicamente de “ausencia”) con el otro. Además, cada una de ellas es básicamente una totalidad histórico-social que tiene las propiedades que tiene y su desarrollo necesario por ser parte de una totalidad histórica mayor, un determinado modo de producción. Es una totalidad siempre históricamente condicionada.
Creemos que queda aún más claro que el gran supuesto ontológico es que hay una diferencia radical entre apariencia y realidad, así como que los seres humanos somos capaces de identificar la realidad que pretendemos conocer en el conocimiento científico. De ahí que el progreso científico es progreso hacia una mayor aproximación a la verdad objetiva, o sea, a un conocimiento mayor de la realidad esencial, que no está allí por siempre sino que es cambiante, histórica, pero con un desarrollo necesario relativo a contingencias como el cambio de las condiciones sociales de producción. Necesidad no-lógica profunda y contingencia histórica se entrelazan, dando lugar a una concepción de la ciencia como conocimiento, sus leyes y su método que ahora podemos abarcar con más precisión.
 
5. La epistemología subsidiria a los supuestos ontológicos
 
Collier[19] ha propuesto una serie de notas caracterizando de manera general la concepción de Marx sobre el conocimiento científico:
1) El conocimiento no es un reflejo pasivo de la realidad, sino un producto de la actividad humana (epistemología no-empirista).
2) Sin embargo, sus productos no son resultado o producto de nuestra mente. El mundo real existe independientemente de nuestro pensamiento y continúa siendo lo que es después de que nuestro pensamiento lo reproduce (realismo en que el mundo es el objeto intransitivo de la ciencia, Bhaskar).
3) El objetivo de la ciencia es reproducir en nuestro pensamiento esa realidad independiente, y la ciencia es evaluada de acuerdo a su éxito en alcanzar tal objetivo.
4) Para lograr tal correspondencia con la realidad, la ciencia debe reconstruir el carácter concreto multifacéticoa de la realidad mediante conceptos abstractos reunidos en una estructura conexa. Esta interconexión reproduce en el pensamiento la estructura compleja de la realidad concreta (esta va a ser la tarea central del método de Marx: de lo concreto a lo abstracto, o sea, buscando dichos conceptos abstractos últimos como valor de cambio y valor de uso, para luego presentar el desarrollo que actualiza las tendencias ínternas ya presentes en la oposición entre dichos conceptos).
5) Las abstracciones de la ciencia reflejan aspectos de la realidad. La concentración de tales determinaciones constituye lo concreto en donde aparece actualizado el resultado de las tendencias íntrínsecas en las esencias o categorías abstractas y sus contradicciones. En consecuencia, ellas no son abstractas, y su presencia en el resultado o producto final de la ciencia, lo concreto, no es el resultado de nuestra imposición.
Reaparece aquí, por lo tanto, la importante cuestión de la “necesidad”de dichas esencias, sus tendencias y el resultado de las mismas. Cabe afirmar al respecto que a) dicha necesidad es una necesidad particular, no de generalizaciones. Esto es de importancia capital para tener clara la naturaleza de las leyes de Marx. Así, la ley del valor, la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia, etcétera, son particulares de una única entidad histórica particular; b) es una necesidad de tendencias y no de causas o condiciones suficientes sin excepciones, ni de tendencias estadísticas. Es una necesidad de las tendencias inherentes en las cosas. La tendencia a la baja de la tasa de ganancia se sigue de la naturaleza del capitalismo, pero puede ser bloqueada, impedida o exacerbada por otros factores, entre los cuales puede haber otras tendencias. Esto enfatiza la relevancia práctica revolucionaria de usar resultados científicos para impedir, bloquear, desarrollar o acelerar la manifestación efectiva de las tendencias, a la vez que remarca el carácter no profético de las propuestas marxistas. Así, no es lógicamente necesario que el capitalismo exista, pero una vez que lo hace es históricamente necesario –lo cual no involucra ineluctabilidad lógica– que tenga la estructura de clase que tiene y que esté permeado por las tendencias que lo caracterizan. Pero éstas no permiten predecir evento alguno, en el sentido estricto del término.
Si las leyes operan a nivel de tendencias, no pueden establecerse predicciones a partir de la mera enunciación de tendencias. Enfatizamos, otra vez, que el objetivo es revelar para explicar y denunciar para cambiar.  
Explicar es relacionar las tendencias de una cosa a su naturaleza. Puede haber generalizaciones a partir de particularidades y Marx propuso muchas, pero éstas no van más allá de la mera descripción. Generalización y fuerza explicativa van en direcciones opuestas. Marx, por ejemplo, generaliza acerca de lo que acaece en diferentes modos de producción, pero ello carece de valor explicativo. Para entender por qué un modo de producción tuvo una determinada trayectoria se investiga la ley particular de su desarrollo y no se menciona generalización alguna. Estas explicaciones utilizan siempre desarrollos a partir de contradicciones, por lo cual pueden ser llamadas “dialécticas”.
Lo anterior no es óbice para que Marx utilice otros tipos de explicación, por ejemplo deductivas e inductivas, pero siempre con el alcance restringido arriba indicado; tienen la forma de argumentos, pero no cumplen el rol explicativo profundo de las propiamente dialécticas, porque no penetran en la estructura de la realidad y menos aún en la de su cambio. Así, Marx empleó explicaciones causales, sin embargo estaba en desacuerdo con aquellos que reducían las leyes y explicaciones causales a conjunciones constantes entre hechos observables. Tal tipo de conjunción puede dar una regularidad entre apariencias, pero ocultará inexorablemente el juego de mecanismos más profundos, obliterará diferencias históricas y no será, en consecuencia, una explicación causal genuina, pues no establece las relaciones necesarias entre un “mecanismo interno” y las acciones, hechos o procesos que tal mecanismo genera. Marx llama “mecanismo interno” a “un agente que tiene poderes esenciales o propiedades activadas por sus relaciones”[20], a la vez que habla de “necesidad histórica” en lugar de “necesidad absoluta”.[21] Es una necesidad restrictiva: rige lo que los agentes hacen aunque no los constriñe del modo en que lo haría un mecanismo natural.
Esto es lo que explica que las leyes sociales históricas sean formuladas como leyes de tendencias, válidas dentro de condiciones económico-sociales determinadas. De ahí que toda explicación adecuada debe incluir un ingrediente histórico, porque sin él “la explicación no vale nada”.[22] Las leyes no son jamás trans-históricas, están siempre relativizadas a un modo de producción, son “leyes que son válidas solo para un desarrollo histórico determinado”.
Por ultimo, cabe señalar la utilización por parte de Marx de explicaciones funcionales, tal como lo han enfatizado varios autores, especialmente en relación a la interrelación entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Así, el surgimiento de nuevas relaciones de producción se explica por ser funcionales para el desarrollo óptimo de las fuerzas productivas existentes. Coincidimos, siempre y cuando no se asimilen dichas explicaciones funcionales a explicaciones teleológicas. La presencia de propósitos y de voluntades para ponerlos en práctica o alcanzarlos siempre aparece en un discurso superficial del nivel descriptivo apariencial; sin embargo, cuando se avanza al nivel real profundo encontramos siempre la determinación estructural dialéctica.
En consecuencia, los términos más importantes de las teorías no pueden reducirse a terminos observacionales, sino que deben referirse a entidades, procesos o relaciones que operan como agentes causales en el mundo. El descubrimiento de los mismos constituye el núcleo de la empresa teórica. Por ejemplo, el descubrimiento y elucidación del concepto de plusvalía fue para Marx uno de sus hallazgos más importantes, una parte imprecindible para alcanzar las esencias que subyacen a las apariencias observables.[23] En tal sentido, Marx se oponía a la epistemología subyacente a los economistas de su época, así como a las propuestas de Comte y Mill. Pero, sin duda, también estaba en oposición a los empiristas y positivistas del siglo XX. Marx desconfiaba profundamente de que la ciencia pudiera estar basada en datos sensibles o en certeza sensible alguna. Esto no puede ser así porque “aún los objetos de certeza sensible más simple están dados sólo (…) a través del desarrollo social, industrial e intercambio comercial”. De ahí que se afirme que “los sentidos han devenido en su práctica, teóricos”. Además, la mediación de lo social, industrial y comercial subraya el caracter histórico de los conceptos, así como antes hemos mencionado el carácter ineludiblemente histórico de las leyes y de las explicaciones. Cada período histórico, cada modo de producción, o sea de vida, tiene sus propios y específicos conceptos, leyes y explicaciones. No había nada más prejuicioso para Marx que la naturalización de conceptos, leyes y explicaciones, aunque reconocía que era una tendencia permanente en las sociedades humanas, que él consideraba necesario denunciar y superar:
La errónea concepción egoísta que induce a transformar en leyes eternas de la naturaleza y la razón a las formas sociales que surgen del modo presente de producción y forma de propiedad –relaciones históricas que surgen y desaparecen en el progreso de la producción– es una concepción errónea compartido con toda clase dominante anterior precedente [aunque] está impedida de admitirlo en el caso de la forma burguesa de propiedad.
La ontología y epistemología de la ciencia de la economía política, dan forma, a su vez, en el caso de Marx, a sus novedosas propuestas acerca del método o, mejor dicho, de los métodos a emplear en la misma.
 
6. La dialéctica y sus acompañantes
 
Farr[24] afirmó correctamente que Marx fue un pluralista metodológico. El primer rasgo de tal pluralismo es su célebre distincion entre método de investigación y método de exposición. Tal dualidad metodológica no es más que la recapitulación de la ontología marxista, que exige el doble viaje de lo concreto apariencial a lo abstracto de las categorías esenciales, y de la oposición de tales categorías a la recomposición sintética de lo concreto, ahora desnudado más allá de todo ropaje apariencial y falsificador. En el primer método, los conceptos o categorías son construidos a partir de las formas aparienciales. Pero, como tales formas enmascaran lo real, este primer momento metodológico es no sólo abstracción de los conceptos sino crítica de lo apariencial. El análisis de lo concreto para arribar a las categorías constitutivas es crítico: su modo de concebir el análisis es una excavación en busca de las condiciones que hacen possible que los fenómenos tengan determinadas apariencias.
Marx fue muy cuidadoso en el establecimiento del punto de partida del análisis. Afirma: “Parece justo comenzar por lo real y lo concreto (...) en la economía, por la población (…) Sin embargo, si se examina con mayor atención, esto se revela [como] falso. La población es una abstracción, si dejo de lado, por ejemplo, las clases de que se compone”.[25]
Y también: “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un ‘inmenso arsenal de mercancías’, y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía”.[26] Luego, como es sabido, distingue entre dos aspectos de una mercancía, valor de uso y valor de cambio, para luego mostrar que dinero y capital devienen desarrollos de la forma misma de mercancía. En tal búsqueda de las categorías constitutivas del punto de partida (en el caso considerado, de la mercancía), no procedió por inducción. En realidad, postuló mecanismos que deben existir para que los fenómenos analizados asuman las formas en las que se presentan a la experiencia. Se ha afirmado[27] que el primer momento del análísis aparece como una inferencia retroductiva (Hanson): i) hay un fenómeno sorprendente, o sea, F se presenta a la experiencia, ii) F sería explicable si H fuera verdadera, luego iii) hay razones que hacen que H sea verdadera. Nada de ello implica que en Marx no haga uso de inferencias inductivas, o sea, inferencias en las cuales la conclusion es a lo sumo probable. Sólo se afirma que el análisis en búsqueda de las categorías explicativas básicas no es una forma de inducción.
Por supuesto, tampoco se niega que haya argumentos deductivos en la obra de Marx; esto sería una soberana ridiculez. Lo que se afirma es que en la dualidad metodológica investigación-exposición no hay un momento deductivo; no se siguen las leyes de esa lógica en ninguno de los dos momentos. Así, Marx en el Postfacio a la segunda edición alemana de El capital, afirma que “el método aplicado en El Capital no ha sido comprendido” y se mofa de un tal profesor Sieber, quien afirmó que “el método de Marx es el método deductivo de toda la escuela inglesa [en economía]”.[28]
Allí mismo afirma que
el método de exposición debe distinguirse formalmente del método de investigación. La investigación debe tender a asimilarse en detalle la materia investigada, a analizar sus diversas formas de desarrollo y a descubrir sus nexos internos. Sólo después de coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el movimiento real,
un movimiento real que como ya dijimos consideraba como dialéctico, y por eso asevera:
mi método dialéctico no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él. Para Hegel, el proceso de pensamiento (…) es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre”[29] [inversión].
Marx no concibió a la dialéctica como una forma superior de lógica, que reemplazara o subsumiera a la lógica formal, así como tampoco violaba en sus argumentaciones las pautas de la lógica formal. Por el contrario, afirmó reiteradamente la necesidad de argumentar cuidadosamente, evitar non sequiturs y contradicciones formales. Es totalmente consistente sostener la necesidad de proceder dialécticamente, desplegando las sucesivas contradicciones a partir de las tendencias presentes en las esencias individuales, y abjurar de incurrir en las contradicciones de lógica formal en cualquier parte de su discurso. En cada caso, las contradicciones son de naturaleza muy distinta: de una contradicción de la lógica formal se sigue cualquier enunciado, una real tragedia argumentativa que explica por qué todos recomiendan evitarlas, mientras que de una contradicción dialéctica se sigue exclusivanmente un enunciado, en cada momento del desarrollo dialéctico. Además, en tanto las contradicciones a re-velarse son reales, puede afirmarse que subyace a las mismas una versión materialista de la lógica (no entendida en el sentido clásico-formal).
La ciencia debe desarrollarse hasta un cierto punto antes de que sea posible una exposición dialéctica. No es posible comenzar con una exposición dialéctica, pues se comienza por “lo concreto” y se establecen abstracciones, para recién entonces comenzar con la exposición dialéctica. Como sostuvimos en el caso de la ontología, las categorías encontradas por el análisis y desde las cuales comienza la exposición del movimiento dialéctico, son específicas a un área determinada de condiciones sociales de producción. No hay pues, estrictamente hablando, un esquema dialéctico aplicable universalmente, independientemente de un determinado contenido específico. La idea de método como esquema general universalmente aplicable es un sinsentido para Marx, de ahí que, como hemos dicho la dialéctica no fuera para él una lógica en el sentido habitual del término.
Por eso, podría afirmarse que, en sentido estricto, para Marx tampoco existe la predicción como resultado de reglas de inferencia deductivas-inductivas universalmente aplicables. Sólo tiene sentido hablar de la categoría práctica de “intención”del proletariado de cambiar el mundo, acorde con lo revelado por el método de investigación-exposición. De ahí que tal método, en tanto revela para convocar al cambio, es también crítico y revolucionario. Si recordamos nuestras afirmaciones acerca de la ontología, debemos concluir que el método científico en Marx “recapitula la ontología”.
 
7. Más allá de errores y buenas intenciones
 
El pensamiento de Marx acerca de la ciencia ha sido habitualmente interpretado erróneamente. Un ejemplo paradigmático lo constituyen ciertas críticas de Popper, sobre las que seremos muy breves. En La miseria del historicismo, que en verdad era para Popper “la miseria del marxismo”, se afirma que el historicismo (léase el marxismo) es aquella postura que sostiene que es posible predecir por métodos científicos el futuro de los acontecimientos.[30] Tamaño dislate, jamás sostenido o sugerido por Marx, tenía como principal razón, al decir de Popper, la supuesta  confusion de Marx entre leyes y tendencias: sostendría la predictibilidad porque se creía que, como en las ciencias naturales, las leyes del desarrollo histórico social y económico le permitirían lograrlo.
Recordemos, por una parte, que para Marx no hay leyes transhistóricas, sino válidas sólo dentro de un determinado modo de producción; ergo, no puede haber predicción transhistórica. Pero, por otra parte, no puede haber predicción en el sentido fuerte de las ciencias naturales porque, como ya señalamos, de acuerdo a Marx las leyes operan sólo como tendencias: “Pueden operar influencias contrarrestantes (…) cancelando el efecto de la ley general y dándole el carácter de tendencia. La ley opera simplemente como una tendencia cuyo efecto es decisivo solo bajo circunstancias particulares”.[31] Es evidente, pues, que Marx no confundió leyes con tendencias ni creyó que las leyes tuviesen una validez incondicional, por lo que también es errónea la acusación popperiana de que el marxismo sostiene la posibilidad de hacer profecías, es decir, afirmaciones incondicionales que anticipan acontecimientos que es imposible evitar. La ciencia, y en particular la economía política, no hacen afirmaciones incondicionales. Marx llevó esto al extremo, porque son las condiciones establecidas por las relaciones sociales las que siempre condicionan el alcance válido de las leyes. Incluso caricaturizaba como reaccionario a todo aquél que trazara un plan ineluctable para el futuro. Además, hay siempre acontecimientos fortuitos impredecibles; de allí la continua referencia a las consecuencias no intencionadas de las acciones voluntarias de los seres humanos. Marx no se ocupaba de la “inevitabilidad histórica (profecía)”, sino del conjunto de posibilidades reales para la acción del ser humano según el contexto histórico. Esto es consistente con su constante hostilidad hacia los socialistas utópicos quienes, como Comte, pretendían anticipar todos los detalles de una sociedad ideal del futuro.
En “Predicción y Profecía en Ciencias Sociales”, Popper reconoce y elogia que Marx tenía “la esperanza de reducir la miseria y la violencia, e incrementar la libertad”.[32] (1967). Pero agrega que “esos objetivos no pueden alcanzarse por métodos revolucionarios (…) que sólo pueden empeorar las cosas y aumentar innecesariamente el sufrimiento, conducen a un aumento de la violencia y destruyen la libertad”.[33] Este texto es un caso paradigmático de extremismo filosófico que solo demuestra la errónea postura del autor acerca de la concepción de Marx de las revoluciones sociales. Popper las llama “revoluciones totales” y las distingue de las “revoluciones políticas” (como la nortemericana del ‘76 o la francesa del ‘89) y sostiene que las revoluciones totales son irracionales. Sin embargo, Marx advirtió reiteradamente que las revoluciones sociales sólo suceden cuando están dadas las condiciones para ellas (cuando las relaciones de producción ya no son funcionales al desarrollo de las fuerzas productivas). En esos casos, y sólo en ellos, la revolución tiene probabilidad de éxito sin pérdidas inútiles de vidas y sin empeorar la situación que justamente ya esta siendo agravada por la falta de funcionalidad de las relaciones de producción. La situación solo puede ser mejorada mediante el cambio radical de las mismas, para hacerlas funcionales al estado contemporáneo del desarrollo de las fuerzas productivas. Si se corre el riego de reemplazar a viejos amos por nuevos, como acusa Popper, se debe a que ya es imposible soportar a los viejos y porque la gente ya no tiene nada que perder (algo que Popper olvida). Sin tal reemplazo no hay libertad posible. Popper también olvida que la auténtica revolución total hacia el socialismo es aquella en la que finalmente no habrá amos.
En relación a las revoluciones como destructoras de la tradición, Popper también pontifica que “una vez que [las revoluciones] destruyen la tradición, la civilización desaparece con ella”.[34] Sin embargo, dado un contexto historico-social determinado, lo que se destruye a lo sumo es una tradición determinada, y no “la tradición”, como si existiera una tradición que se pudiera igualar per se con la civilización. Lo que sucede es que Popper iguala la tradición liberal con la civilización y considera a todo cambio radical que termine con ella como el fin de la civilización (prejuicio fundado en su teoría de la racionalidad científica, de acuerdo a la cual todo cambio no gradual es automáticamente irracional).
Sin embargo, el principal error de Popper es acerca de la dialéctica, de la cual afirma que “si aceptáramos contradicciones, tendríamos que abandonar todo tipo de discurso científico [pues] si se admiten dos enunciados contradictorios, debe admitirse cualquier otro enunciado”.[35] Popper confunde aquí la contradiction de la lógica formal con la contradicción dialéctica, la cual no implica cualquier otro enunciado sino uno y bien determinado, dadas la condiciones materiales en las que acaece. Así se distorsiona y niega el poder, la sustancia y la capacidad heuristica de la dialéctica marxista, a la vez que su carácter material.
 
Por otra parte, Daniel Little[36] tiene realmente buenas intenciones, intenta defender la concepción de Marx desde el punto de vista de la filosofía contemporánea de las ciencias; la elogia y la caracteriza de un modo con el que tenemos fuertes acuerdos. Así, se afirma que El Capital es una investigación rigurosa del capitalismo, enfatizando el cuidadoso análisis empírico de los datos que Marx efectúa como punto de partida, el imprescindible rol del método de investigación como búsqueda de las categorías básicas, la obsesión de Marx por revelar “la fisiología interna” del capitalismo, las leyes del capitalismo como tendencias, la explicación en términos de causas subyacentes, la no reductibilidad del enfoque científico de Marx a forma alguna de inductivismo o hipotético-deductivismo, el carácter no naturalista de El Capital sin concluir por ello que no sea una obra científica.
Sin embargo, tenemos serios desacuerdos con su propuesta, en tanto que Little intenta presentar a Marx como defensor de una versión de la ciencia compatible con un empirismo sofisticado. Little sostiene que para analizar a Marx como científico es posible e imprescindible separarlo del Marx revolucionario, distorionando así, en nuestra opinión, el carácter distinto, novedoso y revolucionario de la concepción revolucionaria de Marx de la ciencia, lo que también explica que Little omita toda referencia a la relación (que para Marx era vital) entre ciencia auténtica y praxis revolucionaria.
Como corolarios, Little concluye tres tesis inaceptables: 1) El esencialismo de Marx es inocuo, porque no juega ningún rol en hacer avanzar la teoría económica en base a nuevas y fructíferas predicciones; ya hemos afirmado que no son las predicciones en sentido estricto el objetivo central de la ciencia en Marx, sino, para el caso de El Capital, la denuncia de las estructuras por detrás de las engañosas apariencias. Pareciera que, en opinión de Little, el esencialismo no es “condición suficiente de la investigación científica”, pues “aceptarlo no garantiza resultados”. Es trivial que no sea condición suficiente, pues con el esencialismo no basta para afirmar la cientificidad de teoría alguna, pero para el caso de Marx es necesaria (algo que Little reconoce). Pero lo que resulta inaceptable es que los resultados de los que se habla sean “las predicciones exitosas” cuando en verdad el esencialismo tiene como resultado permiter Marx ”develar”, “denunciar”, mostrar que los conceptos últimos involucran la presencia de contradicciones a nivel ontológico, enmascaradas a nivel apariencial. 2) La dialéctica es totalmente prescindible, porque, si el método fuera irreductiblemente dialéctico, no sería empírico. Esto evidencia la ceguera de Little ante la presencia de contradicciones en la sociedad y en un nivel explicativo profundo. Para hacer tamañas afirmaciones, Little en verdad reduce el método de Marx en El Capital a un método de investigación, elogia (acertadamente) el modo en que analiza cuidadosamente las apariencias (mercancías) para arribar a las categorías como valor de cambio-valor de uso, y  reconoce (como Marx también hiciera) que para todo ello no se necesita la dialéctica. Little sotiene que la dialéctica se necesita para explicar el movimiento del proceso histórico, lo que es cierto, y para nada más, lo que es totalmente erróneo. Lo que ocurre es que Little olvida toda la dimension del método de exposición, o sea el que exhibe el despliegue de las contradicciones a partir de las esencias, o de las oposiciones como valor de cambio-valor de uso. Afirmar como Fisk que la dialéctica tiene un papel ontológico fundamental no implica negar, como hace Little, que tenga el mismo rol imprescindible a nivel metodológico; como buen empirista, Little pierde de vista toda la relevancia que la ontología tiene para la metodología, especialmente en el caso de Marx. Además, y consistentemente, en la versión de Little, las explicaciones partirían de microexplicaciones en término de las acciones de los individuos, lo que constituye un distorsionador reduccionismo de la propuesta de Marx a un mero individualismo metodológico. 3) Análogamente, la teoría del valor-trabajo resultaría prescindible. Luego de un interesante análisis de las versiones de la misma por parte de Morishima, Elster y J. Roemer, Little concluye con el último en que “es posible caracterizar a la explotación marxista (…) usando exclusivamente conceptos de relaciones de propiedad (…) sin referencia al concepto de trabajo excedentey, en consecuencia, a la teoría del valor trabajo”.[37] Por lo tanto, “la coerción relevante, relativa a la explotación, radica en el mantenimiento de relaciones de clase, no en el proceso de trabajo”. Esto sugiere algunas preguntas críticas: ¿Es posible encontrar en Marx una explicación de la estructura de clases, o sea, de las relaciones de clase, en la propiedad de los medios de producción y sin acudir a la explotación del trabajador mediante la extracción de plusvalía? ¿Cómo justificar en tal caso el lugar central que ocupa el concepto de “fuerza de trabajo” en la teoría de Marx? Dicho concepto (quizás) y su papel central (con seguridad) desaparecen en la version de Roemer aceptada por Little: todo se reduce y centra en las relaciones de propiedad, como si en las relaciones de propiedad de los medios de producción no estuviera ya involucrada la teoría del valor-trabajo y como si esta última no fuera el motor para la persistencia de las diferencias de clase y del mantenimiento de la propiedad de dichos medios en las manos del capitalista.
Va de suyo que en todo el análisis de Little desaparece la dimension ética ínsita en el análisis de Marx en El Capital, lo que es otra de las razones que le permiten convertir a Marx en un empírico. Negando toda presencia de elementos valorativos en su obra, lo tranforma en un “correcto” pero distorsionado científico empirista, en vez de reconocerlo como un creador único, imprescindible e irrenunciable, de la economía política en particular y de las ciencias sociales en general como ciencias sociales críticas y no meras ciencias empíricas (en el sentido empirista de la expresión).
Finalmente, un nexo obvio entre Popper y Little es que ambos sostienen una postura irreductible sobre las ciencias sociales, reduciéndolas a un tratamiento individualista metodológico, en abierta oposición a lo que es una característica irrenunciable de la concepción marxista de la economía y las ciencia sociales: la del holismo metodológico. La polémica entre individualismo y holismo metodológico es crucial para entender a Marx y a los sociólogos de la Escuela de Frankfurt en su feroz contienda con Popper y sus sucedáneos, los teóricos del neoliberalismo. Polémica que continúa, con lo que se evidencia una vez más, el carácter profundo y renovador de la concepción de Marx de la economía política. Más de un siglo después sigue dejando cuestiones abiertas y nuevos caminos por explorar.
 
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[1] Marx, 1859.
[2] Marx y Engels, 1845-46.
[3] Carta a A. Ruge, 1843.
[4] Marx y Engels, 1845-46.
[5] Engels, 1883.
[6] Marx, 1857.
[7] Marx, 1857.
[8] Marx y Engels, 1845-46.
[9] Marx, 1844.
[10] Marx y Engels, 1845-46.
[11] Marx, 1894.
[12] Marx, 1867.
[13] Marx, 1867.
[14] Marx, 1857.
[15] Marx, 1849.
[16] Ibid.
[17] Marx, 1844.
[18] Ibid.
[19] Collier, 1979.
[20] Marx, 1867.
[21] Marx, 1857.
[22] Marx, 1867.
[23] Marx, 1894.
[24] Farr, 1991.
[25] Marx, 1857.
[26] Marx, 1867.
[27] Sayer, 1979.
[28] Marx, 1867.
[29] Ibid.
[30] Popper, 1967a.
[31] Marx, 1894.
[32] Popper, 1967b.
[33] Ibid.
[34] Ibid.
[35] Ibid.
[36] Little, 1986.
[37] Ibid.