Investigar e intervenir en salud mental tendiendo a la desmedicalización del sentir, pensar y hacer. Aportes para el debate sobre la dialéctica salud-enfermedad

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Autor(es): Cabrera, Cecilia Silva

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El presente trabajo pretende contribuir a la polémica entorno al proceso salud-enfermedad y el posicionamiento de las diversas disciplinas que intervienen en el campo de la salud respecto a la hegemonía médica, propia de la agudización de una sociabilidad medicalizada. Tan amplia temática, se particulariza aquí en el análisis de la salud mental en el contexto contemporáneo evidenciando algunas de las determinaciones y mediaciones que la transversalizan. Estudiar la salud mental significa comprender su especificidad en el devenir del ser como parte de una totalidad histórico-social. En este sentido, el concepto "salud mental" comprende todas las condiciones de existencia del ser social, trascendiendo los patrones clasificatorios propios de las ciencias médicas.

Se procura aquí, comprender el "padecimiento" psíquico desde las contradicciones de la sociabilidad capitalista contemporánea, interpelar la homogeneización de pautas de valoración de conductas donde lo "diferente" es mirado en contraposición lineal: "sano"-"enfermo", "cuerdo"-"loco", "normal"-"anormal"; desde parámetros medicalizadores se focaliza el origen de las "alteraciones" en el sujeto, sin girar la mirada al propio sistema. Surgen algunas interrogantes como: ¿dónde radica la "alteración"? ¿en sujetos que exteriorizan comportamientos propios de una trayectoria de interiorización de lo genérico que no corresponde a la normalidad preestablecida? o en cambio ¿en un sistema social que retroalimenta sus propias contradicciones en alteraciones a las condiciones de vida de los sujetos? Se apunta a revalorizar la capacidad autónoma del ser, de creación, transformación y superación de sus condiciones concretas de existencia. 

Algunas consideraciones teórico-metodológicas

En gran parte de los distintos abordajes de la salud mental, comprendida en su generalidad a partir de su condición de negatividad, es decir, como "alteración", "padecimiento", "enfermedad", está presente de fondo la matriz de sociabilidad vigente y hegemónica aún en el contexto contemporáneo -sistema social capitalista de organización y funcionamiento de la sociedad-, que tiene como patrón poder-dominación la medicalización social. Este proceso de medicalización de la vida, que encuentra marco en el propio proyecto moderno del iluminismo, con el consecuente disciplinamiento de formas de sentir, pensar y hacer, cobra auge ya en el siglo XVIII asumiendo el propio Estado la creación y articulación de diversos dispositivos -principalmente la escuela, el manicomio y la cárcel- de producción y reproducción de una sociabilidad que controla, disciplina, normaliza y clasifica subjetividades (Foucault, 1974a).

La medicalización de lo social implica la intervención constante y creciente en las distintas esferas de la vida (individual y colectiva) del discurso y las prácticas médico-sanitarias (Mitjavila, 1992) como mecanismos vehiculares de la sociabilidad moderna capitalista. La sutileza del "cuidado del cuerpo" y el "buen comportamiento" afianza procesualmente una masa social disciplinada para el desarrollo y la reproducción de esta sociabilidad. De aquí que un primer obstáculo epistemológico a la hora de comenzar un proceso de conocimiento y comprensión de la realidad, en especial en el área de la salud, lo es el fetichismo presente en una subjetividad que no escapa al peso de la hegemonía de una sociabilidad de la medicalización; esto es, del esquema de comparación, clasificación y estandarización de comportamientos y de diferenciación entre lo aceptado y lo no aceptado por el modelo imperante, con la consecuente inhabilitación en distintos espacios sociales de los sujetos etiquetados como "diferentes", "enfermos", "a-normales" (Míguez, 2003).

Se hace necesario entonces, ir a la pesquisa de nuevos referenciales, ya no de la Medicina y la Psiquiatría clásicas, de manera de emprender un movimiento metodológico que permita aproximarse a la realidad concreta tendiendo a des-velar la apariencia; la opción para elaborar este trabajo es a través de la mediación teórico-metodológica de la ontología y el existencialismo, encontrando sus grandes referentes en Geörge Lukács y Jean-Paul Sartre respectivamente. Segundo gran desafío epistemológico, en tanto principalmente Sartre (1970) formula fuertes argumentaciones en discrepancia con elementos presentes en el marxismo clásico (según sus propios planteos) refiriendo a su contemporáneo Lukács como uno de los depositarios de estas discrepancias. Estas críticas radican principalmente en los planteos de Sartre sobre el "estancamiento" del marxismo en las categorías universales sin incorporar a la realidad los hechos concretos de un espacio y tiempo determinados. En pos de resolver este meollo, incorpora al pensamiento marxista el existencialismo. Este aporte de Sartre se cree esencial para el tema de estudio -la salud mental- en tanto contiene categorías de dimensión objetiva, de rango universal como la economía y la política, además de categorías de dimensión subjetiva como las formas de sentir, pensar y hacer en el devenir histórico de los diferentes colectivos sociales y los sujetos que los componen en particular. No obstante se propone aquí trascender tales discrepancias, retomar los puntos de encuentro y avanzar en el conocimiento de la realidad concreta que se aborda.

Partiendo de este "vaivén metodológico" ontología-existencialismo y viceversa -regresión y progresión hacia el conocimiento de la realidad concreta-, se presentan en la mediación analítica las categorías sociabilidad y trabajo tendiendo a una retotalización enriquecedora de la complejidad presente en la singularidad de la salud mental y su dimensión genérica. A partir de la perspectiva ontológica se remite a la trayectoria de la que deviene la salud mental en el contexto contemporáneo, a la vez que son iluminadores los aportes del existencialismo recuperando la especificidad del objeto, dando cuenta de la diversidad existente en la realidad. Al decir del propio Sartre (1970: 120-121): "[...] se trata de una superación enriquecedora [...] El sentido de la comprensión es simultáneamente progresivo (hacia el resultado objetivo) y regresivo (me elevo hacia la condición original)".

Se pretende dar cuenta de la dialéctica existente en el par salud-enfermedad, como opuestos complementarios parte del propio proceso del que el ser social deviene en sus diferentes dimensiones: biológica y social, singular y genérica. Se apuesta a un ejercicio intelectual teórico-analítico orientador de una práctica que desnaturalice el significado otorgado hegemónicamente a la expresión salud mental, planteándolo desde las potencialidades de superación y transformación de las condiciones de existencia del ser singular y colectivo.

Salud mental: ¿salud? ¿enfermedad?[1]

Abordar el estudio de la salud mental implica evidenciar las determinaciones y mediaciones presentes en su especificidad, así como aquellas que la trascienden en tanto parte de una totalidad concreta transversalizada por las múltiples facetas de la realidad (Lukács, 2004: 55). Dar cuenta de las condiciones de existencia en un tiempo y espacio históricos determinados permite tender a desfragmentar el estudio del colectivo de los sujetos que son diagnosticados como "enfermos mentales", formando parte del conjunto social y no como un colectivo aislado. En este sentido, un primer elemento que se considera es la salud mental como producto histórico que deviene del proceso de sociabilidad humana. En el ser social confluyen las tres esferas ontológicas -inorgánica, biológica y social (Lessa, 1997: 16) -, deviene de un proceso de complejización en el que su capacidad de manipulación, creación y transformación se desarrolla en constante intercambio con la naturaleza y sus pares para la producción y reproducción de sus condiciones de existencia. El proceso de sociabilidad en el contexto contemporáneo evidencia fuertes contradicciones que profundizan la "automatización" del ser y la "reificación" de las fuerzas sociales" (Marx, 1959: 28), las posibilidades de superación y transformación de las condiciones presentes de vida encuentran freno en la sociabilidad capitalista. De aquí la necesidad de dar cabida en la intervención profesional en salud mental a los procesos de rehabilitación del contenido potencializador de actividad creativa, constructiva y autónoma de los sujetos, singular y colectivamente.

Esta línea de consideración de la salud mental encuentra antecedentes firmes en los aportes de Sigmund Freud (Sierra, 1998: 2); comenzando a evidenciarse en la mediación del psicoanálisis la necesidad de recurrir a factores externos a la estructura biológica-psíquica del ser, dando lugar a otras vías de comprensión de las "alteraciones" que vivencian los sujetos.

Se comienza a profundizar en el análisis de los diferentes elementos contenidos en lo que se ha dado a llamar como salud mental, esto es, la conformación de un sistema de parámetros comparativos según estándares de normalidad como dispositivo de reproducción de la hegemonía político-ideológica vigente. Los "enfermos mentales" -al igual que los niños, pobres y delincuentes-se tornan para el sistema en el elemento expiatorio de las contradicciones y alteraciones propias (Foucault, 1974b). El proceso de disciplinamiento que se inicia ya en el marco del iluminismo a través del proyecto de la modernidad, el disciplinamiento del sentir y la razón, se identifica como una de las determinaciones básicas en la consideración de la salud mental, en tanto implicó una nueva sociabilidad que promovió formas de sentir y relacionarse con el mundo social y natural basadas en la represión y control de subjetividades y fundamentada en la instauración de un orden que permitiera el desarrollo del sistema social capitalista (Barrán, 2004).

En este contexto, la ciencia, con fundamento en la medicina, cobra legitimidad y representación como mecanismo sociabilizador de los nuevos valores; será quien designe lo "bueno" y lo "malo", lo "sano" y lo "enfermo", lo "normal" y lo "a-normal" (Mitjavila, 1992: 2). El discurso médico ejerce un rol protagónico en la construcción y fortalecimiento de una ideología cotidiana que transversaliza subjetividades y promueve formas de relación y vínculo social.

Otro fuerte determinante es el proceso de estigmatización social y cultural de lo "diferente" del que deviene la salud mental, moldeándose en diferentes formas más o menos explícitas según el momento histórico que se vivencia; contemporáneamente no escapa a ello ya desde la conceptualización internacional vigente. La Organización Mundial de la Salud (OMS)[2], si bien pone en consideración los "factores biológicos y sociales" continúa posicionándose en un modelo de normalidad (internacionalmente generalizable) al que se debe "integrar" y/o "adaptar" los sujetos. Los parámetros de normalidad estándar homogeneizan la diversidad que compone a todo el conjunto social, menos aún dan cuenta de la complejidad contenida en el propio colectivo de personas con diagnóstico psiquiátrico.

Sin embargo, parece de evidente relevancia reconocer la singularidad y con ella la diversidad existente en el conjunto social; esto es, reconocer contextos históricos y sociales, así como la trayectoria que ha determinado que un sujeto sea de cierta forma y no de otra. Actúan aquí determinaciones tan generales como la economía, la política, los patrones vigentes de valoración y normalización de la vida, tanto como la particularidad concreta del contexto de los grupos de referencia y pertenencia de cada sujeto.

La importancia de dar lugar real y concreto, es decir, en el discurso y en la práctica, a la diversidad existente entre los sujetos radica en un proceso de intervención profesional que apunte a transformar las cuestiones entorno a la salud mental. La realidad concreta está dada por la dialéctica presente entre el ser y las estructuras sociales, la cuota de mistificación aún en tiempos contemporáneos, la discriminación y, de alguna forma, la violencia de los tratamientos médicos hacia las personas con diagnóstico psiquiátrico, parecerían crear una especie de dicotomía entre salud y enfermedad; fetichizando la propia génesis de opuestos que se contienen y se superan en la dialéctica del devenir del ser.

No significa esto desconocer la presencia de "alteraciones" en el desarrollo subjetivo y social de los sujetos en determinadas condiciones de existencia, sino que la cuestión está en la construcción de una objetividad y una subjetividad que el resto de la sociedad realiza respecto de las personas que vivencian alteraciones a los parámetros de normalidad en el comportamiento y el pensamiento. La propia convivencia cotidiana entre quienes desenvuelven su vida en "armonía" con los parámetros sociales establecidos y quienes manifiestan alteraciones hacia ellos, parece profundizar una especie de contradicción que se expresa en el rechazo a estas situaciones. Desde los sujetos que se reconocen como parte de un colectivo "normal" se tiende a una construcción subjetiva del "otro" que se objetiva en prácticas que reafirman un extrañamiento de ese "otro", del que "padece" respecto del resto del colectivo social; con la contrapartida de contradicción que esto tiene en la subjetividad de quienes son etiquetados como "enfermos mentales" (Míguez, 2003).

Entonces, conceptualizar la salud mental en términos que tiendan a la des-medicalización implica necesariamente un movimiento de retotalización histórica donde las dimensiones singular y genérica sean comprendidas en la complejidad del propio entramado de la realidad concreta. En este sentido, el existencialismo aporta al abordaje de la singularidad de los sujetos y colectivos en un intento de recuperar lo subjetivo como producto y productor del conjunto social. La trayectoria de vida singular y colectiva en un contexto histórico, cultural y social condiciona el desarrollo de los sujetos en todas sus dimensiones, en tanto se entablan relaciones sociales basadas en la dialéctica entre lo singular y lo colectivo; como lo plantea Marx en su VI tesis sobre Feuerbach (1985: 667): "[...] la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales".

No se trata aquí de indagar en campos psicológicos o psíquicos, cuestión que escapa por completo a este trabajo y a quien lo realiza, sino que se rescata el abordaje histórico-social propuesto por el existencialismo. El ser social en su devenir interioriza, proyecta y actúa simultáneamente en un campo social que lo trasciende incorporándolo en sus dimensiones biológica y social, pero que escapa a su dominio, en tanto en esa dialéctica también él es su productor.

Por otra parte, tanto la singularidad del ser como su dimensión colectiva generan, en un mismo y constante proceso, la existencia concreta de posibilidades de actuar, transformar y superar, a lo que Sartre (1970: 79) denomina "el campo de los posibles". Este campo o espacio de posibilidades se concibe como "desdoblamiento determinado"; por un lado, está contenido en la singularidad del ser como porvenir, proyección de su futuro, mientras por otro lado y a su vez, está presente en el propio colectivo en tanto determinante que lo sostiene, transforma o reprime en la realidad concreta (Sartre, 1970: 81). El campo de los posibles habilita al ser a actuar transformando el presente en la proyección de su futuro. La posibilidad de un proyecto de vida, del por-venir, es la objetivación del ser como productor de lo nuevo, del futuro; constituye por tanto un movimiento constante y dialéctico que simultáneamente supera y retoma los mismos puntos, como espiral, ganando integridad y complejidad. Es la realización del ser en su doble dimensión singular y genérica; "enteramente hombre" o enteramente humano en términos más contemporáneos (Sartre, 1970: 88). En este sentido, el análisis trasciende los parámetros de medicalización, en la medida que se entiende al proceso salud-enfermedad como negación y superación de las condiciones de existencia del ser.

El proceso de sociabilidad en su etapa capitalista es interiorizado por los sujetos a través de la dicotomía dada entre lo aceptado y lo rechazado o no legitimado por el sistema social, en tanto los mecanismos de medicalización encuentran en la consideración de lo "sano" y lo "enfermo" los parámetros de lo que "se deber ser y hacer" y lo que "no se debe ser ni hacer", lo "aceptado" y lo "reprimido".

La concepción de la salud mental desde los parámetros reseñados de la sociabilidad capitalista, promueve una subjetividad que no ve más allá de la estructura normalizada y estandarizada impuesta e internalizada. Este fenómeno trasciende los diferentes saberes, y tanto la cotidianeidad del saber científico como del sentido común actúan bajo esta racionalidad. De esta forma, se evidencia la internalización del resto del colectivo social del proceso de medicalización, lo cual no queda en una simple vivencia subjetiva sobre el comportamiento del "otro", sino que la propia trayectoria vivida subjetiva y objetivamente por los colectivos de pertenencia de los sujetos determinará sus condiciones de existencia presentes y futuras. Las posibilidades de transformación y superación del ser, su "campo de los posibles" estará determinado por el momento histórico, el espacio social y la estructura social, ideológica y política impuestas.

En la conceptualización de la salud mental, entonces, se marcan como referentes fundamentales el tiempo y espacio histórico-sociales en que se desenvuelven, así como el reconocimiento de la dimensión singular de cada sujeto, dada ésta por la subjetividad interiorizada y exteriorizada a su vez, así como las propias condiciones objetivas de existencia. De esta manera, el estudio de la salud mental involucra necesariamente la consideración de todo el colectivo social; es decir, de quienes presentan "alteraciones" a la imposición normalizada, quienes actúan en reparo del saber científico y del resto de los sujetos, que de una u otra forma están determinados por esta realidad presente y concreta de la realidad social. Significa concebir a la realidad en su dialéctica, en cuanto totalidad social abarcativa de la particularidad concreta de sus diversas facetas, totalidad destotalizada en términos sartreanos.

Hacia un viraje en la mirada: el sujeto como participante activo en el proceso salud-enfermedad[3]

Ontológicamente el ser social deviene en tal a partir del proceso de complejización de su vinculación con el medio y sus pares, básicamente proceso de actividad de manipulación, creación y transformación concreta de sus condiciones de existencia en la relación del sujeto con el medio natural, pero que simultáneamente se construye en una red de relaciones sociales concretas y subjetivas donde cada sujeto es productor y producto del sistema social en el que se desenvuelve; productor y producto del espacio que ocupa en ese entramado. Ahora bien, se trata de un proceso en el que el sujeto aparece como actor fundamental y activo en el que están presentes las contradicciones propias del sentir, pensar y hacer singular y colectivo, de cambio dinámico y constante, proceso esencialmente dialéctico. En este complejo se sitúa el proceso salud-enfermedad como producto del propio devenir del ser, por tanto contradictorio, dinámico y diverso como éste; no como agente extraño a él.

Partiendo de esta concepción de la actividad humana y del proceso que se particulariza aquí en el análisis del lugar de los sujetos en el proceso salud-enfermedad, es que se pone en cuestión la vigencia del egocentrismo medicalista que define a un sujeto-objeto que aparece como elemento pasivo y ajeno al proceso salud-enfermedad. En pos de reconocer el potencial de actividad, de superación y transformación de los sujetos, la categoría trabajo, protoforma del ser social, aparece como una de las mediaciones básicas para este estudio. Desde la perspectiva ontológica Lukács (2004: 80-99) plantea la posición teleológica como esencia constitutiva del trabajo en tanto tendencialmente actividad de transformación y superación, como praxis social. El elemento teleológico trae consigo el proceso por el cual se construye la alternativa de proyección y transformación. La aparición de la alternativa en la conciencia de una necesidad sentida orienta al ser en la práctica en procura de un fin. Enriqueciendo el proceso de comprensión, por su parte el existencialismo, a través de las formulaciones analíticas de Sartre (1970: 92) profundiza en el estudio de las dimensiones subjetivas que hacen a las condiciones de existencia de los sujetos. En este sentido aparece el Proyecto como orientador de una búsqueda concreta, objetiva en procura de los fines perseguidos singular y colectivamente. Estas condiciones presentes en cada sujeto singularmente, y potencializadas en la dinámica de lo colectivo, dan cuenta del fetichismo por el cual aún contemporáneamente se cae al ubicar a los sujetos como "pacientes" respecto a su rol en el proceso salud-enfermedad. El ser esencialmente es actividad, manipulación y transformación continuas.

En el contexto contemporáneo, el ser se somete a una cotidianeidad que fluctúa entre la procura de lo necesario para la subsistencia y el consumo de productos y servicios que le otorguen momentáneos instantes de placer. El trabajo toma forma hegemónica a través del empleo; su expresión como valor de cambio y la racionalidad mercantilista de las relaciones sociales opacan la génesis del trabajo como actividad de objetivación del ser, de reconocimiento de sí. Sin embargo aún, el trabajo (conceptualizado ontológicamente) parece encontrar un lugar de centralidad en los procesos de salud mental.

En términos marxianos, "[...] en el trabajo se hallan contenidas in nuce (en germen) todas las determinaciones que, [...] constituyen la esencia de lo nuevo dentro del ser social" (Lukács, 2004: 59). Comprender el desarrollo de la salud mental desde esta perspectiva lleva a revalorizar la actividad humana como creación, como autorrealización del ser singular y los colectivos, en tanto la posibilidad de objetivación a través de la praxis social está esencialmente en el contenido teleológico de esta actividad. Diversas experiencias como el "Arte Terapia" (Delacroix, 1951) y la realización de talleres diversos a través de técnicas de expresión (dibujo, pintura, tallado, plástica, música, entre otros) y otras modalidades de creación y manipulación potencializan y concretizan estas capacidades. El ser se objetiva en un resultado dado reconociéndose en su propio producto y tendiendo a la transformación de su realidad concreta, como la del propio conjunto social, en la colectivización de productos que comienzan a establecer nuevas formas de relación y vínculo social.

Los elementos analíticos que se han venido introduciendo en el estudio procuran encontrar su núcleo en lo que tan claramente formula Marx en sus VIII y XI tesis sobre Feuerbach (1985: 667); respectivamente: "Toda vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría al misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica"; "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que se trata es de transformarlo".

En la sociabilidad capitalista la conceptualización ontológica del trabajo y el ser social como tal parece cobrar relevancia en el "tratamiento" de las "alteraciones" vivenciadas por algunos sujetos respecto de los códigos de relacionamiento y vinculación legitimados. La llamada "reinserción social" parece poder ser superada por el reconocimiento e inclusión social de estos sujetos a través de su propia actividad de transformación de la realidad concreta, en una demostración de igualación en su diversidad, opacada por los parámetros medicalizadores.

Implica esto la construcción de nuevas formas de relaciones sociales a partir de las cuales se interpele la hegemonía de la heteronomía; en un proceso donde emerge la construcción de autonomía como proceso colectivo, como reconocimiento e inclusión de lo diverso y no adaptación de comportamientos a modelos preestablecidos. Lo que indudablemente significa protagonismo de los sujetos implicados y convivencia con el entorno natural y social, interpelando la manicomialización de los denominados "enfermos mentales". Autonomía y protagonismo como condición humana necesariamente intersubjetiva, que se constituyen en el reconocimiento de la propia identidad y de la identidad de los demás. Sin desarrollo ni reconocimiento de identidades no hay posibilidad de construir una "política de fortalecimiento de las diversidades" (Rebellato y Giménez, 1997: 37).

Algunas conclusiones

El abordaje que se ha desarrollado sobre la investigación y la intervención profesional particularizadas en el área de la salud mental, de fondo, se dirigió a la problematización del sesgo introducido por la medicalización de lo social y a la recuperación del espacio político que ocupan las cuestiones acerca de la salud mental. A través de distintos elementos introducidos en el análisis se ha pretendido poner en evidencia el mecanismo de despolitización a través del discurso y prácticas médico-sanitarias.

Plantear el estudio de la salud mental a través del análisis ontológico-existencialista del ser social permitió un proceso de aproximación a la comprensión de una realidad que implica posicionarse desde diversas aristas que hacen a su complejidad. En particular, a través de ciertas determinaciones que hacen al proceso de sociabilidad, en un movimiento que tiende a la retotalización histórico-social se evidencia la funcionalidad de los mecanismos de control, disciplinamiento e higienismo médico-sanitario al establecimiento del orden necesario para la producción y reproducción del sistema capitalista de organización y funcionamiento social.

En la mediación analítica de la categoría trabajo, a partir del abordaje ontológico es evidente un proceso de "expropiación" de las capacidades de creación y superación concreta de las condiciones de existencia de los sujetos. Sin embargo, conceptualizado como praxis social, esencialmente en su contenido teleológico se destaca la posibilidad real de construcción de otras formas de abordaje de la salud mental recuperando esa cualidad ontológica del trabajo contenida en el ser, pero negada por la propia interiorización de una sociabilidad que se presenta como freno y amarramiento.

Ganar terreno a la instrumentalidad de la vida tendiendo a re-ligar la actividad humana de creación y la posición teleológica del trabajo, parece ser una forma de avanzar en la desmistificación de una razón que no admite subjetividad. De alguna forma es también avanzar en preguntarse ¿qué pasa con quienes se niegan a encarcelar la "razón" del sentir y el pensar exteriorizándolos en su comportamiento?, la sociabilidad contemporánea los medica, los encarcela y los esconde, a la vez que los fuerza a integrarse a un sistema social que los niega por no aceptar sus propia contradicción.

Sin desconocer verdaderas dolencias expresadas por muchas de las personas que las vivencian, el replanteo parecería ser hacia la dirección inversa ¿qué vigencia tiene un sistema social que en sus propias alteraciones vulnera y desprotege como forma de mantener y reproducir su propio orden? Se corre el riesgo y en diversas ocasiones se comete el error de diagnosticar y someter a tratamientos psicofarmacológicos a quienes transitan por "alteraciones" producto de la propia des-sociabilidad capitalista (Fernández, 2003: 10). Se medican estados de saturación de subjetividades vulneradas por las exigencias de un sistema social que fuerza a su adaptabilidad en vez de reconocer la diferencia como parte esencial del ser.

Es el fin contribuir a la transformación de un saber científico, que más que actuar por y para sí lo haga en pos de la superación de las condiciones de existencia de todos los sujetos, en tanto éste no deja de ser una construcción humana. La disputa no se centra en dejar una hegemonía por otra en el campo de la ciencia, sino en trabajar para transformar el propio sentido del poder, superar la lógica del poder-dominación para construir un poder de poderes.

Tampoco se trata de agotar esfuerzos en la abstracción teórica, sino en vivenciar el proceso de problematización e intervención en la realidad desde la conjunción superadora del par teoría-práctica; sobre esto hace referencia explícita Marx en su tesis II sobre Feuerbach (1985: 666): "El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento -aislado de la práctica-, es un problema puramente escolástico".

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*Este trabajo retoma elementos del análisis desarrollado en la Monografía de Grado presentada para el egreso de la Licenciatura en Trabajo Social: "Salud Mental en el contexto contemporáneo. Un enfoque analítico que retoma lo social como totalidad histórica que trasciende los patrones de la medicalización"; del Departamento de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República del Uruguay. Se agradece especialmente a la Docente por la FCS-UdelaR Mag. M° Noel Míguez Passada por sus comentarios, referentes para este trabajo.

[1] Sobre estos tópicos es de gran aporte la trayectoria de investigación y producción científica desarrollada por el GEDIS. Principalmente la problematización de los patrones de "normalidad" "a-normalidad" contenidos en la matriz de sociabilidad vigente y la construcción social que se produce y reproduce bajo este modelo, desde donde se focaliza en términos de negatividad la distinción entre lo "sano" y lo "enfermo", lo aceptado y lo "diferente".

[2] La OMS define a la Salud Mental como "un estado sujeto a fluctuaciones provenientes de factores biológicos y sociales en que el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas potencialmente antagónicas, así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los demás y participar constructivamente en los cambios que pueden introducirse en su medio ambiente físico y social". Por su parte, el Comité de Salud Mental de la OMS declara: "La salud mental es el goce del grado máximo de salud que se puede lograr, es uno de los derechos fundamentales e inalienables del ser humano, sin distinción de raza, religión ideología política o condición económica y social".

[3] Respecto al eje de análisis sobre el lugar de los sujetos en el proceso salud-enfermedad se retoma aquí la perspectiva de investigación y análisis del Grupo Interdisciplinario "Arte-salud"; principalmente en el área de rehabilitación de las personas con diagnóstico psiquiátrico y los procesos de autogestión en experiencias de creación y construcción de alternativas a través de técnicas expresivas.