El socialismo que no fue

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Autor(es): Casas, Aldo Andrés

Casas, Aldo AndrésCasas, Aldo Andrés. Nació en Córdoba, en 1944. Integra el Consejo de redacción de Herramienta. Revista de debate y crítica marxista y aporta a los Portales ContrahegemoníaWeb y Darío Vive. Antropólogo, colaboró en el Seminario "Poder, política y procesos de resistencia: problemas y enfoques en Antropología Social" (FFyL-UBA) y participó de diversas cátedras libres en facultades de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Mar del Plata. Miembro del Consejo Asesor Académico de la Escuela de formación política José Carlos Mariátegui (2012). Es autor de Los desafíos de la transición. Socialismo desde abajo y poder popular (2011) y colaboraciones en libros de reciente publicación como Socialismo desde abajo (2013), Cuadernos de Estudio Nuestroamericano (2013), La otra campaña. El país que queremos, el país que soñamos (2011), Poder popular y nación (2011), Pensamiento crítico, organización y cambio social (2010), Primer Foro Nacional de Educación para el Cambio Social (2010), Reflexiones sobre poder popular (2007). Es autor también de Drogadicción, salud y política (2002) y, anteriormente, Después del estalinismo. Los Estados burocráticos y la revolución socialista (1995). Fue compilador de Escritos sobre revolución política, de Nahuel Moreno (1990), de Un siglo de luchas. Historia del movimiento obrero argentino (1988) y redactor del Programa del MAS (1985). Activista estudiantil, social y político desde comienzos de la década 1960, ingresó en 1965 al Partido Revolucionario de los Trabajadores y militó sucesivamente en el PRT-La Verdad, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y el Movimiento Al Socialismo (MAS). Como periodista e internacionalista, residió en Venezuela, Portugal, España, Francia y Polonia. En diversos períodos participó en el Comité Ejecutivo de la IV Internacional (SU), en el Secretariado de la Cuarta Internacional (C.I.) y en los organismos de conducción de la Liga Internacional de los Trabajadores (Cuarta Internacional). Durante más de tres décadas escribió regularmente en diversas publicaciones del movimiento trotskista. En 2002 confluyó junto a compañeros de diversas tradiciones políticas en el colectivo Cimientos y luego, como parte del mismo, ingresó al Frente Popular Darío Santillán en 2007. Actualmente mantiene relaciones de colaboración con el FPDS-Corriente Nacional.


Tras un largo paréntesis durante el cual la reflexión política y teórica sobre el socialismo languideció hasta casi desaparecer, asistimos a lo que parece ser un renovado interés por la cuestión. Las publicaciones marxistas vuelven a destinar páginas al tema, en América Latina hay movimientos sociales y políticos que discuten y buscan articular las luchas cotidianas con una perspectiva que desafíe radicalmente el sistema imperante. Y el Presidente Chávez ha puesto en la agenda de discusión al "socialismo del siglo XXI".

Al sumar una opinión al debate, es oportuno comenzar recordando que, hoy como ayer, la suerte del socialismo no depende de un dirigente carismático, ni del "nuevo paradigma" proclamado por algún teórico[1], ni de polémicas más o menos sesudas. Lo que en definitiva cuenta es la capacidad de lanzar y mantener desde abajo un radical desafío a la creciente inhumanidad del sistema, teniendo en cuenta que

la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrotada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases. (Marx-Engels 1975:82).

Indicación un tanto enigmática, pero que se entiende mejor si se recuerda que "La coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o auto-cambio sólo puede ser entendida y racionalmente comprendida como práctica revolucionaria." (Marx, 1987a: 55-65). Ya volveremos sobre esto.

Por otra parte, no se puede ignorar que las experiencias revolucionarias del siglo pasado resultaron en definitiva frustradas, pues incluso cuando llegaron a expropiar a los capitalistas, resultaron incapaces de ir mas allá del capital.[2] Esto impone una tarea adicional: para pensar sin fantasmas el socialismo del Siglo XXI, hay que establecer qué ocurrió durante el siglo anterior con aquel socialismo que no fue.

¿Qué ocurrió en aquellos estados "obreros" que restauraron el capitalismo?

El ciclo recorrido por la ex Unión Soviética marcó el comienzo y el fin de lo que se llama "el corto Siglo XX": desde la revolución de Octubre de 1917 en Rusia, hasta la caída del Muro de Berlín y la bancarrota de 1989/1991. Un "fin de siglo" en que se sumaron además los efectos combinados de la "revolución conservadora" y la mundialización del capital. Esto significa que se cerró todo un período histórico del movimiento obrero y revolucionario internacional, pero no que se pueda simplemente "dar vuelta la página". Por el contrario, debemos considerar atentamente las vicisitudes de "los de abajo" durante dicho período, y muy especialmente allí en donde las viejas clases dominantes fueron expropiadas: no como meros "acontecimientos históricos", sino como experiencia estratégica de los explotados.

Refiriéndose al que se auto-denominara "socialismo realmente existente", Claudio Katz sintetizó una discusión de muchos años diciendo que lo que en realidad existió no fue socialismo. Hubo "formaciones económico sociales burocráticas", en las que se desarrollaron imprevistas relaciones de explotación con una burocracia que adquirió "el status de capa explotadora" y que, en definitiva, esos estados erróneamente considerados "obreros" resultaron funcionales a cada una de sus burocracias cuando se lanzaron a impulsar la restauración del capitalismo (Katz 2004:51/70).[3] La cuestión pasa a ser, entonces, porqué y cómo los mecanismos institucionales y la "planificación" que se establecieran tras las expropiaciones de los grandes propietarios no llevaron hacia el comunismo y, por el contrario, esa "transición" conducida con métodos autoritarios resultó ser un desvío que, tras un tortuoso trayecto, desembocó nuevamente en la "corriente principal" del capital:

La burocracia manejaba el excedente y promovía el protocapitalismo naciente en los poros de la URSS sin detentar la estabilidad histórica de las clases propietarias, pero ya no constituía el frágil "episodio histórico" de los años 30 […] El status de grupo explotador explica la uniformidad que prevaleció entre la burocracia a la hora de resolver el pasaje al capitalismo. Todas las fracciones de la Nomenklatura participaron en la URSS de ese giro, porque sus objetivos ya estaban radicalmente divorciados de los intereses de los trabajadores. (Katz 2004:65).

Aunque es una descripción correcta en general, creo que "el estatus de grupo explotador" de la burocracia, que se presente como principio explicativo, es lo que debe en realidad ser explicado.

 

La raíz del antagonismo y los conflictos sociales

Dicho de otra manera, queda por identificar la raíz de los conflictos y antagonismos sociales que se desarrollaron en el "mundo comunista". Las referencias a los rasgos totalitarios del sistema político coronado por el "Partido único", a las desiguales "normas de distribución" agravadas por la corrupción, o al carácter sui géneris de las burocracias gobernantes, deben ser integradas en un marco interpretativo que explique la subsistencia o resurgimiento de la explotación y el antagonismo allí donde se supusieron eliminados... Conviene para ello comenzar recordando que

La forma económica específica en la que se arranca al productor directo el trabajo sobrante no retribuido determina la relación de señorío y servidumbre tal como brota directamente de la producción y repercute, a su vez, de un modo determinante sobre ella. […] La relación directa existente entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos [...] es la que nos revela el secreto más recóndito, la base oculta de toda la construcción social y también, por consiguiente, de la forma política de la relación de soberanía y dependencia, en una palabra, de cada forma específica de Estado. (Marx 1973:733).

Otro recaudo es reconocer y tener presente que la conformación de la URSS (y del "campo socialista" luego de la Segunda Guerra) no significó la desaparición de la unidad de la economía y el mercado mundial (entendiendo, claro está, que unidad no implica uniformidad, sino desigualdad y contradicción). Fue falsa la idea impuesta por Stalin (y aceptada durante demasiado tiempo por gran parte de la izquierda) de que existían dos sistemas económicos mundiales con leyes de funcionamiento básicamente inconmensurables[4]:

hacía falta el enceguecimiento de un déspota ignorante para que del antagonismo se sacara como conclusión la ruptura definitiva de esa unidad que es la esencia misma de las relaciones tejidas por el capital, cuya herencia el socialismo no puede más que aceptar so pena de abortar. (Naville 1970b:11).[5]

En tercer lugar, resulta imprescindible no perder de vista que una revolución social no culmina ni se agota con el derrocamiento del poder político burgués en tal o cual país, por importante que fuere. Esto, en el mejor de los casos, puede inaugurar un complejo "comienzo" pleno de incertidumbres, puesto que si todas las sociedades anteriores estuvieron fundadas en la existencia de clases oprimidas "La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva […] una revolución total." (Marx 1987b:137).

A partir de este ABC teórico-metodológico, Pierre Naville llevó adelante una minuciosa investigación de aquel mal llamado "socialismo" y puso en evidencia que el conflicto que lo desgarraba tenía su raíz en la subsistencia de una jerarquizada división social del trabajo heredada de las sociedades de clase (en general) y de una particular relación antagónica entre medios de producción estatales y trabajo asalariado. A esto se refiere también István Mészáros:

Con la remoción de los capitalistas de los puestos de decisión económica de un país […] de ningún modo el comando sobre el trabajo se le restituye ipso facto al trabajo […] en tanto el capital conserve su sustantivo poder regulador sobre el metabolismo social, en la forma que sea, la necesidad de hallar una forma de personificación del capital ajustada a las circunstancias seguirá siendo indisociable del mismo […] el capital termina reafirmando su poder y encontrando nuevas formas de personificación necesaria para mantener al trabajo renuente bajo el control de una "voluntad ajena". (Mészáros 2001:703,711).

Dicho de otra manera: en la URSS y las restantes sociedades "no-capitalistas" que pasaron por la deriva burocrático-estalinista, las expropiaciones y la estatización de las palancas fundamentales de la economía eliminaron la dominación de los antiguos propietarios privados, pero se mantuvo bajo una nueva forma el heredado antagonismo expresado en la relación-capital y por tanto el trabajo siguió sometido al comando de una voluntad ajena, personificada ahora en la casta burocrática.

El discurso oficial sostenía que "todo el poder pertenece a los trabajadores de la ciudad y el campo" y se cantaban loas al "trabajo socialista". Pero ni el poder político ni, mucho menos, el trabajo materializado y el conocimiento históricamente acumulados, los medios de producción y la riqueza social, quedaron en manos de los trabajadores. Tras la experiencia extrema del "comunismo de guerra" y el breve período en que Lenin buscó una salida del derrumbe y marasmo productivo a través de la NEP, los "productores directos" quedaron sometidos a los dictados de una burocracia "soviética" independizada de todo control "desde abajo", y la relación del trabajo con los medios y condiciones de producción quedó marcada por condiciones e imposiciones en muchos aspectos análogas a las del capitalismo. Subsistió el trabajado alienado, determinado y condicionado por la fractura que separa y enfrenta productor y producto, producción de riqueza y disfrute de la misma, y al trabajador con su misma actividad productiva en tanto es trabajo para otro. Y también el fetichismo que envuelve las relaciones mercantiles, el dinero y el salario bajo el capitalismo subsistieron en ese "socialismo real", afectando la producción y al conjunto de la vida social (incluidas las representaciones de la misma), desde sus mismos fundamentos.

 

Subsistencia y mutación del fetichismo

El fetichismo subsistió y al mismo tiempo mutó. Las burocracias gobernantes creyeron que porque "suprimían" la mercancía capitalista en el sector principal productor de medios de producción, y la mantenían sólo para el consumo privado, abolían el valor de cambio como forma objetiva no controlada y al mismo tiempo todo fetichismo social.

Pero la metamorfosis del capital en acumulación socialista y los diversos "fondos" estatales (de reserva y reinversión, de consumo social o de salarios…) no elimina el fetichismo que supone presentarlos como productivos con independencia de toda relación social. Y separando al "trabajo socialista" de las concretas relaciones sociales, pretendieron convertirlo en fetiche perfecto:

Stalin y su escuela hicieron lo mismo que la burguesía: a golpes de nagaika apartaron a los obreros soviéticos de la crítica de las relaciones sociales en las que viven. Mistificaron al trabajo así como la burguesía había mistificado el capital, y por las mismas razones: porque el trabajo vivo es la fuente real del valor (de cambio y de uso) y el trabajador no debía aprender a criticar el modo de producción en el cual produce y sigue siendo explotado. (Naville 1970b:42).

Se hablaba del "trabajo socialista", pero en la URSS y las demás economías de su tipo el trabajo no estaba directamente socializado, era por el contrario trabajo asalariado. De aquí se derivaron las peculiaridades del antagonismo y los conflictos que desgarraron estas sociedades, el rol del Estado y los mecanismos que operaron para limitar por un lado el consumo de la mayoría de los asalariados, mientras por el otro se incrementaba el consumo y acceso a la riqueza social de la casta burocrática y el personal jerarquizado encargados del comando del trabajo, también formalmente "asalariados"... pero con salarios y consumo diferenciales posibilitados por el manejo de los ya mencionados "fondos", las redes especiales de distribución, etcétera.

 

La dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo

La labor de cada trabajador (y de la clase obrera en cuanto tal) continuó siendo dominada y aplastada por máquinas, técnicas y organización productiva erigidos ante ellos como un poder ajeno. Esto es, dominación "del trabajo muerto sobre el trabajo vivo" (Marx 1990). En estas sociedades:

El trabajo muerto pertenece al Estado en forma de patrimonio compuesto de medios de producción. Los obreros se presentan a trabajar y encuentran frente a sí un aparato productivo que parece mas fuerte que ellos […] Para poner en movimiento tal masa de trabajo muerto se necesitan las órdenes de los capataces, las órdenes de los ingenieros y la vigilancia de los cuadros. El trabajo vivo no parece estar en condiciones de apropiarse del trabajo muerto. La forma de propiedad estatal de los medios de producción, calcada sobre el modelo de la propiedad capitalista de pleno derecho, traduce jurídicamente la relación que se establece en la fábrica entre el trabajo vivo y el trabajo muerto […] Para el productor, el trabajo muerto aparece como un patrimonio ajeno y no como la preparación de su propio trabajo. El productor asalariado vierte el trabajo vivo sobre un patrimonio ajeno, el trabajo muerto no prepara su propio producto, sino el producto que va a quedar en manos de otro. Evidentemente, los trabajadores no pueden servirse del trabajo muerto de la mejor manera, no pueden oponerse al derroche, no pueden preparar la producción de mañana en las mejores condiciones. Al oponer los medios de producción a los productores, al confiscarles el producto de su trabajo, el sistema salarial rompe la continuidad de la producción en el tiempo, levanta al trabajo muerto contra el trabajo vivo, e interpone al trabajo muerto entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, como instrumento de dominio del primero sobre el segundo. (Labat 1990:291/3). [6]

Así, la división social jerarquizada del trabajo operaba de tal modo que, pese a la inexistencia de propietarios privados de los medios de producción, los productores directos siguieron siendo sistemáticamente des-poseídos.

 

Realidad y espejismos del "salario socialista"

La crítica al trabajo asalariado recorre la obra de Marx. En su juventud escribió:

el salario y la propiedad privada son idénticos […] El salario es una consecuencia inmediata del trabajo alienado, y éste es la causa inmediata de la propiedad privada. En consecuencia, si cae un lado, debe caer también el otro. (Marx 2004:118).

Y repetía en plena madurez:

Aunque alguna forma de trabajo asalariado pueda eliminar los inconvenientes de otra, ninguna puede eliminar los inconvenientes del trabajo asalariado mismo. (Marx 1971a:46).

En la perspectiva marxiana, el fin del trabajo asalariado estaba los numerosos fines del comunismo, y no precisamente entre los últimos. Stalin, por el contrario, al mismo tiempo que impuso brutales condiciones al trabajo, pretendió disimular la relación asalariada llamándola "socialista". Se instauró una fuerte y sistemática diferenciación salarial, el stajanovismo, las "libretas de trabajo" manejadas por los Directores de fábrica, el disciplinamiento laboral impuesto con el Código Penal y, como siniestro telón de fondo, el trabajo forzado en el Gulag. Pero se decretó también una reforma "teórica" que consagraba el fin de los conflictos:

debemos descartar también ciertos conceptos tomados de El capital de Marx (…) y adosados artificialmente a nuestras relaciones socialistas. Me estoy refiriendo a conceptos, entre otros, como trabajo "necesario" y "plus"-trabajo, producto "necesario" y "plus"-producto, tiempo "necesario" y "plus" tiempo […] con la abolición del capitalismo y del sistema de explotación, el antagonismo de intereses entre el trabajo físico y el mental estaba también destinado a desaparecer. Y realmente ha desaparecido en nuestro sistema socialista actual. Hoy los trabajadores físicos y el personal administrativo ya no son enemigos, sino camaradas y amigos, miembros de un solo cuerpo de productores que están vitalmente interesados en el progreso y el mejoramiento de la producción. (Stalin 1952).

Incluso después de la desaparición del sátrapa, cuando las burocracias posestalinistas introdujeron cambios diversos (el terror cedió, desapareció el trabajo forzado, las normas laborales y el tipo de planificación fueron modificados), el trabajo siguió siendo asalariado y cada vez mas diferenciado. Los burócratas y sus "teóricos" sostenían que ese salario había en realidad dejado de ser salario porque estaba planificado y no existía un mercado de trabajo. Sin embargo, ya entonces, Pierre Naville había establecido de manera documentada la existencia de lo que bien podía llamarse un cuasi-mercado de trabajo en el cual los trabajadores cambiaban su fuerza y capacidad de trabajo por un salario (un salario directo y un salario social, relativamente significativo), muchas veces ficticio o distorsionado por la penuria de bienes y servicios, su mala calidad e inequitativa distribución). Mas recientemente, Moshe Lewin, sobre la base de informes y archivos antes inaccesibles, expuso de manera detallada el funcionamiento de este mercado que ocultaba su nombre y tenía indudablemente sus peculiaridades, concluyendo:

Los dirigentes del sistema se confrontan con lo que legítimamente puede llamarse un "mercado de trabajo", y la aparición de una especie de acuerdo tácito entre obreros y Estado-empleador, expresado en la fórmula: "Ustedes tendrán de acuerdo a lo que nos paguen" o, en versión surrealista: "Ustedes aparentan que nos pagan, nosotros aparentamos que trabajamos". Pero el término "mercado de trabajo" expresa mejor esta realidad." (Lewin 2003:226/7).

 

"Planificación" y procesos de valorización

Como ya se dijo, Naville puso en evidencia que todo el mecanismo económico de estas sociedades se montaba sobre ese intercambio de fuerza o capacidad de trabajo por el salario que permitía comprar los productos necesarios para reponer y reproducir la fuerza de trabajo... En tanto que lo producido pasaba a ser propiedad de ese Estado popietario de los medios de producción... A partir de este intercambio básico, en todos los intercambios que bajo una u otra forma se llevaban a cabo en esas economías "planificadas" pasaban a operar procesos de valorización (esto es, entraban en juego valores de cambio o valores autonomizados del valor de uso).[7]

Esto es, la fuerza o capacidad de trabajo se presentaba como una cuasi-mercancía cuyo valor de uso era producir plus-trabajo o plus-valor, el que era captado y canalizado a través de vías diversas por el Estado. Y si bien los organismos y unidades económicas estatales estaban sujetos a los dictados del Plan, entre ellos se producían (con diversos nombres y procedimientos) intercambios conflictivos y enfrentamientos, pues cada uno trataba de colocarse en mejores condiciones de producción, asegurar el acceso a "insumos" escasos y colocar sus productos… La planificación, a pesar de su carácter centralizado e imperativo ("sistema administrativo de gestión y comando"), no podía impedir que en el intricado juego (soglasovyvanie denominaban los soviéticos a estas interminables negociaciones) de asignación de recursos, precios administrados, tasas impositivas y flujos monetarios regulados, hubiera ganadores y perdedores, ni que se dieran procesos de valorización "planificados" o, mejor dicho, sancionados de hecho por el Plan. En la práctica, los organismos y unidades económicas con sus jefes (los rukovoditelly y otvet-politrabotnik )[8] ejerciendo una función-capital, competían y chocaban entre sí buscando que las empresas y sectores que conducían alcanzaran o, mejor aún, "superaran" los objetivos estipulados. Por tanto, la forma-valor de los productos del trabajo bajo la planificación burocrática evidentemente era distinta a la forma-valor de los productos del trabajo bajo el capitalismo, pero siguió siendo una forma-valor que se filtraba por todos los poros del sistema, aunque oficialmente se la suponía confinada a la compra-venta de artículos de consumo.

Asimismo, aunque se planificaba en términos de volúmenes físicos (cantidad de unidades, toneladas, volúmenes, superficies, etcétera), esto no significaba que lo producido fuesen, simplemente, valores de uso, como reflejo directo de necesidades socializadas. Por el contrario, los objetivos expresados en volúmenes físicos entraban en las estadísticas del plan según un "valor-índice" que constituía un indicador cuantitativo e inseparable de la problemática utilización y calificación de la mano de obra, de los costos de producción y de la eficacia relativa de las inversiones. Vale decir: ese valor-índice no era de ninguna manera valor de uso socializado, sino un indicador ajustado a múltiples relaciones de intercambio entre asalariados, empresas, organismos de planificación, ministerios… Intercambios que, sin ser estrictamente intercambio de "equivalentes generales" o valores de cambio, eran de todos modos intercambio de equivalentes renovables y reiterados.

Finalmente, es cierto que los planificadores y directores de las grandes unidades o complejos económicos no se apropiaban directamente de la plusvalía, y no tenían interés directo en incrementar el trabajo excedente, pero sus posiciones y privilegios dependían de que lograran cumplir y superar "los objetivos" fijados y ello requería disponer de un fondo de acumulación suficiente para la reproducción ampliada del sistema así como también calcular y comparar la eficacia de las inversiones y del trabajo en las distintas unidades y sectores de la economía.

Con todo lo cual la ley del valor, relegada cuando no negada, reaparecía continuamente en las preocupaciones de la Nomenklatura, obligada a valorar lo que planificaba, y con instrumentos muchos menos afilados que los del capitalismo: con precios que no eran precios de mercado, con moneda que no era dinero-capital, con tasa de interés que no era el precio del dinero, etcétera. Una valorización a tientas, siempre a la búsqueda de mecanismos e indicadores (técnicos, financieros, contabilidad en horas de trabajo...) y de complejos procedimientos para tomar decisiones en medio de agudos conflictos de intereses y obligada a recurrir a mecanismos extraeconómicos de dudosa o nula eficacia.

Prueba evidente de que la producción "socialista" no lo era de valores de uso socializados, sino de "productos" a los que se reconocía más o menos valor, es que la planificación de tipo soviético nunca pudo sortear el problemático reconocimiento post festum social del trabajo efectuado, con la secuela de stocks de productos invendibles o descartados. Tampoco pudo desentenderse de la obsolescencia o mala calidad de los productos y los recursos técnicos, con su negativo impacto en la productividad. Las manipulaciones estadísticas podían disimular el problema, pero no pudieron impedir que pesara gravemente en la economía (y en su colapso). Las economías planificadas (burocráticamente) quedaron así en la situación paradójica de ser "economías de penuria" que trataba de maximizar la producción en un contexto de recursos escasos, mal repartidos y mal utilizados y, simultáneamente, "economías de derroche" cuyo funcionamiento requería stocks y reservas excesivos, sub-empleo de hombres, desempleo técnico, etcétera.

 

Los problemas "heredados"

Muchos estudiosos del "socialismo real" centraron su análisis en las dificultades planteadas por el atraso de Rusia, los costos del "voluntarismo" burocrático y los erróneos métodos de planificación. Aunque aporten información y valiosas opiniones, este tipo de enfoque tiene frecuentemente un "punto ciego": invisibiliza la importancia del antagonismo y el conflicto social. Yo creo en cambio, sin desconocer los problemas derivados del "atraso", que el lastre más abrumador fue la heredada y conservada división social jerárquica del trabajo. Una correcta interpretación de la experiencia histórica indica que lo más urgente son los pasos prácticos que se deberán dar (con las mediaciones del caso) hacia otro modo de reproducción metabólica social radicalmente distinto del que dicta la relación-capital encubierta en la propiedad estatal y la subordinación del trabajo:

El fracaso de las so­ciedades post capitalistas radicó en que trataron de con­trarrestar la determinación estructurante centrífuga del sistema heredado sobreimponiendo a sus elementos constitu­tivos antagónicos la estructura de mando extremadamente cen­tralizada de un Estado político autoritario. Hicieron esto en vez de encarar el problema crucial de cómo remediar -mediante una reestructuración interna y la institución de un control democrático sustantivo-- el carácter antagónico y la concomitante tendencia centrífuga de las unidades repro­ductivas y distributivas particulares. […] Porque mediante la sobreimposición del control político cen­tralizado se retenía de hecho la naturaleza antagónica y centrífuga del sistema negado, a expensas del trabajo. De hecho, el sistema metabólico social se tornó más incontro­lable que nunca como resultado del fracaso de la tentativa de reemplazar la "mano invisible" del viejo orden reproductivo, por el autoritarismo "visibles" del capital postcapitalista. (Mészáros 2007:89)

 

Hacia una teoría de la transición socialista

El Siglo XX evidenció que la revolución social no se cumple en un acto, ni es asumida por los desposeídos del mundo en un mismo momento; así como también demostró la inviabilidad de "el socialismo en un solo país" (o en un grupo de países). Uniendo ambas lecciones, cabe concluir que

para convertir al proyecto socialista en una realidad irreversible tendremos que efectuar muchas "transiciones dentro de la transición", al igual que, bajo otro aspecto el socialismo se define como una constante auto-renovación de "revoluciones dentro de la revolución" (Mészáros 2001:563).

Marx y Engels, que se burlaban de las detalladas anticipaciones imaginarias sobre lo que podrían ser socialismo y comunismo, no se preocuparon tampoco por "definirlos": su atención estaba enfocada en la negación del capitalismo, y en el movimiento práctico que a partir del antagonismo social afirmaría su identidad comunista a través de una revolución con la cual los desposeídos, rehaciéndose a sí mismos, transformarían radicalmente la sociedad. De todos modos, se difundió hasta tornarse usual la denominación de "socialismo" para referirse al período que iría desde el derrocamiento político del capital y su Estado hasta el comunismo, sin muchas precisiones mas. Pero la realidad plantearía problemas más complejos. Por eso Lenin advertía en 1922, casi desesperadamente, que la Rusia apenas podía ser llamada socialista por sus objetivos:

No, aún no hemos puesto los fundamentos socialistas. Los comunistas que imaginan que disponemos de esas bases están profundamente equivocados. La esencia del problema consiste en saber separar de manera firme, clara y serena lo que constituye el merito histórico de la revolución rusa, de lo que hacemos muy mal, de lo que aún no está creado y de lo que habrá que rehacer muchas veces todavía. (Lenin 1960:276).

Valdimir Ilitch no ocultaba su preocupación: "el vehículo no marcha en la dirección que supone quien está sentado al volante, y muy a menudo [lo hace] en otra completamente diferente" (ídem:256), y en la búsqueda de soluciones prácticas no sólo propuso "fortalecer un intercambio basado en la cooperación, en el cual deben participar en forma efectiva las auténticas masas de la población" sino que escribió: "nos vemos obligados a reconocer que se ha producido un cambio radical en todos nuestros puntos de vista sobre el socialismo" (ibídem:437).

Algunos años después, cuando Stalin proclamaba que "el socialismo está ya realizado en sus ¾ partes", Trotsky ridiculizaba semejante exitismo y subrayó las incertidumbres del proceso:

Calificar de transitorio o intermediario al régimen soviético, es descartar las categorías sociales acabadas como el capitalismo (incluyendo al "capitalismo de Estado" y el socialismo. Pero esta definición es, en sí misma, insuficiente y susceptible de sugerir la idea falsa de que la única transición posible al régimen soviético conduce al socialismo. Sin embargo, un retroceso al capitalismo sigue siendo perfectamente posible. (Trotsky s/f:223) .

A la luz de este breve racconto, creo que el concepto mismo de "etapa socialista" resulta inadecuado, pues si el término "etapa" generalmente indica períodos históricos relativamente delimitados y caracterizados por una determinada combinación de tareas y relaciones sociales, hablar de una "etapa socialista" sugiere que, luego del capitalismo pero antes del comunismo, se insertaría el socialismo concebido como una forma socio-económica relativamente autónoma y estable. De hecho, así lo había teorizado Kautsky (1976a, 1976b) quien fue el primero en asimilar socialismo a un modo de producción (en vez de concebirlo como un pasaje necesaria y permanentemente conflictivo desde el capitalismo hasta la sociedad sin clases). Pensar el socialismo en términos de "modo de producción" implica una acotada idea de socialización divorciada del comunismo, una etapa dirigida a la satisfacción de un conjunto de necesidades sociales mas o menos bien definidas (pero ¿cómo y por quién?), con lo que de hecho bien puede quedar el comunismo para las calendas griegas, como "objetivo final". Contra esta visión economicista y evolutiva del socialismo, creo que ahorraría confusión y disputas terminológicas adoptar la denominación de transición socialista para todo el período que se extienda desde las luchas anticapitalistas hasta el comunismo, sin que ello impida analizar casos y momentos específicos atendiendo a las relaciones histórico-concretas que los determinen y condicionen. No se trata sólo de simplificar un embrollo terminológico, sino de subrayar que, por diversos que fueren sus puntos de partida y desarrollo, los distintos casos, momentos y condiciones de la transición deben están recorridos por la exigencia de ir mas allá del capital.

Creo como Marx que la emancipación de los trabajadores implica una revolución total, pero esto no tiene nada que ver con la idea ingenua o aventurera de que se podría "decretar" el cambio de todo en un instante. Lo que sí se requiere, es atacar desde el comienzo los tres pilares del viejo orden -estado, capital, trabajo asalariado- y llevar adelante la revolución en el terreno decisivo de las relaciones y condiciones con­cretas de producción y consumo, así como en el manejo de lo tec­nológico en su dimensión social y política. Sin ello resultaría imposible desarrollar de manera creativa la democracia y autonomía desde abajo, un creciente control colectivo sobre las transformaciones en la sociedad y sus relaciones con la naturaleza, y construir una alternativa viable al modo de control del metabolismo social del capital.

En lugar de considerar que la regulación cuantitativa mediante la ley del valor es insuperable, o conformarnos metamorfosis nominales que no cambian el antagonismo instalado por el orden del capital, deberemos avanzar hacia un nuevo modo histórico de mediación tanto en el intercambio metabólico de la humanidad con la naturaleza, como en las actividades productivas autodeterminadas por los individuos sociales. Ya Marx había adelantado que la economía del tiempo podría operar bajo formas cualitativamente diferentes e independizada del valor de cambio en lo que el llamaba sistema comunal:

Una vez supuesta la producción comunal, la determinación del tiempo, como es obvio, pasa a ser esencial […] Economía del tiempo y repartición planificada del tiempo del trabajo entre las distintas ramas de la producción resultan siempre la primera ley económica sobre la base de la producción comunal. Incluso vale como ley en mucho más alto grado. Sin embargo, esto es esencialmente distinto de la medida de los valores de cambio (trabajos o productos del trabajo) mediante el tiempo de trabajo. Los trabajos de los individuos en una misma rama y los diferentes tipos de trabajo varían no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente."[9] (Marx 1971a:99/101)

Claro está que, recuperados estos principios orientadores, debe entender se que los mismos, como insiste Mészáros,

necesitan ser traducidos, en cualquier coyuntura particular del desarrollo socioeconómico y cultural/político, a estrategias mediadoras históricamente específicas" y encontrar precisamente el tipo de acciones a través de las cuales ese modo de reproducción comunal podría demostrar prácticamente su viabilidad: "sólo puede volverse creíble si se lo hace tangible en término de mediaciones materiales realmente factibles entre las constricciones del presente y las potencialidades del futuro. Mediaciones materiales, es decir, concretas y aptas para que las agencias sociales emancipatorias las utilicen como marco estratégico principista pero flexible en la elaboración de programas de acción históricamente específicos. (Mészáros 2001:867).

Esta es la cuestión -literalmente, de vida o muerte- a la que debe responder el proyecto socialista en el Siglo XXI, y aunque no pueda en el marco de este artículo extenderme sobre esta teoría de la transición y las mediaciones institucionales y materiales que requiere, quiero concluir diciendo que la crítica y el rechazo de aquel socialismo que no fue debe servirnos para recuperar la perspectiva comunista no ya como un modelo social impuesto (y fracasado), sino mas bien como realidad en devenir. Una perspectiva que articula utopía y realismo[10] de modo original: un realismo que se divorcie del "inmediatismo" y nos oriente estratégicamente en la batalla de largo aliento que será necesario librar hasta lograr un cambio general en la correlación de fuerzas y derrotas decisivas del capitalismo imperialista; y una utopía que nos permita afrontar las "tareas inmediatas" sin dejar de "soñar con los ojos abiertos" para buscar en cada fisura o grieta del sistema la posibilidad de ayudar al desarrollo de la auto-actividad de los desposeídos y, con ella, de nuevas prácticas y relaciones que hagan posible otra visión de la sociedad y el mundo.

 

Referencias bibliográficas

Labat, Gabriel (1990) El socialismo real. Montevideo, editorial tae.

Lenin, Vladimir (1958) El Estado y la Revolución. O. C. T 25, Buenos Aires, Editorial Cartago.

------------------- (1960) "Informe al XI Congreso del P.C.(b)R" y "Sobre la Cooperación". O. C. T 33, Buenos Aires, Editorial Cartago. .

Lewin, Moshe (2003) Le siècle soviétique. Paris, Fayard y Le Monde diplomatique.

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[1] El profesor Heinz Dieterich, por ejemplo, amén de adjudicarse la paternidad de la expresión, atribuye a su versión de "socialismo del Siglo XXI" el estatus de nuevo e imprescindible "paradigma teórico".

[2] Título de un libro fundamental de István Mészáros (2002), filósofo que debió exiliarse tras la derrota de la revolución Hungara de 1956, discípulo crítico de Gyögy Lúkács.

[3] Yo utilicé en su momento la expresión "Estados burocráticos" y escribí que constituyeron un "subsistema burocrático-explotador, integrado (no sin conflictos) en la economía mundial capitalista, que no representaba una plataforma para la transformación socialista y que había agotado sus posibilidades de reproducción" (Romero 1996:94), pero considero secundaria la cuestión terminológica.

[4] Eso fue lo que "teorizó" Stalin y repitieron los Manuales de los economistas soviéticos, pero el enfoque fue retomado por marxistas influyentes como Bettelheim, Baran o Sweezy, e incluso Ernest Mandel (1969) sostuvo la visión dualista en su difundido Tratado de Economía Marxista.

[5] Pierre Naville fue estrecho colaborador de Trotsky desde el exilio en Prinkipo hasta su asesinato en México. Alejado luego de la "Cuarta Internacional" y convertido en uno de los más destacados investigadores en el campo de la sociología del trabajo, escribió una obra monumental que tiene como título general Le nouveau Léviathan (1970a;1970b;1970c;1972;1974).

[6] Gabriel Labat es un marxista uruguayo fallecido en el exilio en 1988. Sin compartir el enfoque general de su libro El socialismo real cabe reconocer la seriedad y aguda capacidad crítica del autor.

[7] En este punto me ciño a la brillante síntesis crítica del trabajo de Naville que realizara su amigo y colaborador Jean-Marie Vincent (2001:195/205).

[8] "Detentor de un puesto de dirección" o "trabajador político responsable", los funcionarios que constituían el sector mas privilegiado de la "intelligentsia".

[9] Siguiendo a Mészáros (y también a Naville), en donde otra traducción decía "producción colectiva" escribimos "producción comunal" (no una Produktion genéricamente gesellschaftliche, sino gemeinschaftliche vale decir específica/cooperativamente social), y "consumo comunal" (gemeinschaftliche Komsuntion : ni abstractamente colectivista ni individualistamente orientada por el valor).

[10] Este párrafo resulta de mi libre interpretación de un libro del filósofo Giuseppe Prestipino (2002).