Al final, ¿quién es la clase trabajadora hoy?

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Autor(es): Antunes, Ricardo

Antunes, RicardoAntunes, Ricardo. Profesor Titular de Sociología del Trabajo en el Instituto de Filosofia e Ciências Humanas de la Universidade Estadual de Campinas (IFCH/UNICAMP), Brasil. Autor, de entre otros libros de Los sentidos del trabajo, publicado por Ediciones Herramienta; editado también en Brasil, EE.UU., Inglaterra/Holanda, Italia, Portugal e India; Adiós al trabajo, publicado por Herramienta y editado también en Brasil, Italia, España, Venezuela y Colombia; además ha publicado Riqueza e miséria do trabalho no Brasil, Vol. I, II y III (Boitempo). Coordina las Colecciones Mundo do trabalho (Boitempo) y Trabalho e emancipação (Ed. Expressão Popular). Colabora en revistas académicas en el país y en el exterior. Integra el consejo asesor de Herramienta, de la que es colaborador habitual.


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Ya se tornó lugar común decir que la clase trabajadora viene sufriendo profundas mutaciones, tanto en los países centrales, como en Brasil. Sabemos que casi un tercio de la fuerza humana disponible para el trabajo a escala global, se encuentra desarrollando trabajos parciales, precarios, temporarios, o vive y sufre la barbarie del desempleo. Más de un billón de hombres y mujeres padecen las vicisitudes del trabajo precarizado, inestable, temporario, tercerizado, casi virtual. Casi dos centenas de millones tienen su vida cotidiana moldeada por el desempleo estructural. Si además, se agregan los datos de India y China, el volumen aumenta aún más.

Hay, entonces, un movimiento pendular en la clase trabajadora: por un lado, cada vez menos hombres y mujeres trabajan mucho, en ritmo e intensidad que se asemeja a la fase previa del capitalismo, en la génesis de la Revolución Industrial, configurando una reducción del trabajo estable, herencia de la fase industrial que conformó el capitalismo del siglo XX. Mientras tanto, como los capitales no pueden eliminar completamente el trabajo vivo, consigue reducirlo en varias áreas y ampliarlo en otras, como se ve por la creciente apropiación de la dimensión cognitiva del trabajo. Aquí encontramos, entonces, el trazo de perennidad del trabajo.

En otro lado del péndulo, cada vez más hombres y mujeres trabajadoras encuentran menos trabajo, desparramándose por el mundo en busca de cualquier labor, configurando una creciente tendencia de precarización del trabajo en escala global, que va desde EEUU a Japón, desde Alemania a México, desde Inglaterra a Brasil, mostrando que la ampliación del desempleo estructural es su manifestación más virulenta.

Mientras tanto, contrariamente, a las tesis que pronostican el fin del trabajo, estamos desafiados a comprender lo que vengo denominando como la nueva polisemia del trabajo, su nueva morfología, esto es, su forma de ser (para pensar en términos ontológicos) cuyo elemento más visible es su diseño multifacético, resultado de las fuertes mutaciones que afectaran el mundo productivo del capital en las últimas décadas. Nueva morfología que comprende desde el obrero industrial y rural clásico, en proceso de encogimiento, hasta los asalariados de servicios, los nuevos contingentes de hombres y mujeres tercerizados, subcontratados, que se expanden. Nueva morfología que puede presenciar, simultáneamente, la retracción de los obreros industriales de base taylorista-fordista y, por otro lado, la ampliación, según la lógica de la flexibilidad-toyotizada, de las trabajadoras de telemarketing y call center, de los motoboys que mueren en las calles y avenidas, de los digitalizadores que trabajan (y se lesionan) en los bancos, de los asalariados del fast food, de los trabajadores de los hipermercados, etc..

Si en los países del Norte todavía podemos encontrar algunos resquicios del welfare state, de lo que un día denominamos estado de bienestar social - aunque el padecimiento del trabajo y del desempleo también sean sus trazos ascendentes - en los países del Tercer Mundo, los trabajadores y trabajadoras oscilan, cada vez más, entre la búsqueda casi sin gloria del empleo o la aceptación de cualquier labor.

En China, por ejemplo, país que crece a un ritmo impresionante, dadas las tantas peculiaridades de su proceso de industrialización hiper-tardía (que combina fuerza de trabajo sobrante e hiper-explotada con maquinaria industrial-informacional en rápido y explosivo desarrollo) también allá el contingente proletario sufrió reducción, proveniente del avance tecno-científico en curso. Según Jeremy Rifkin, entre 1995 y 2002 China perdió más de 15 millones de trabajadores industriales[1]. No es por otro motivo que el PC Chino y su gobierno están asustados con el incremento de las protestas sociales en los últimos años, llegando a las casi 80 mil manifestaciones en 2005. Proceso semejante ocurre también en la India y en tantas otras partes del mundo, como en nuestra América Latina.

En Argentina, por ejemplo, estamos presenciando nuevas formas de confrontación social, como la explosión del movimiento de los trabajadores-desempleados, los piqueteros, "cortan las rutas" para parar la circulación de mercancías (ayudando a dificultar la producción) y para mostrarle al país el flagelo del desempleo. Y también, la expansión de la lucha de los trabajadores en torno de las empresas "recuperadas", ocupadas durante el período más crítico de la recesión, en los inicios de 2001, sumando ya dos centenas de empresas con control - dirección - gestión de los trabajadores. Fueron, ambas, respuestas decisivas al desempleo argentino y apuntaban a nuevas formas de luchas sociales del trabajo

En Brasil el cuadro es todavía más grave. Durante nuestra década de desertificación neoliberal, pudimos presenciar, simultáneamente, tanto la pragmática diseñada por el Consenso de Washington (con sus desregulaciones en las más distintas esferas del mundo del trabajo y de la producción), cuanto una significativa reestructuración productiva en prácticamente todo el universo industrial y de servicios, consecuencia de la nueva división internacional del trabajo que exigió mutaciones tanto en el plano de la organización socio - técnica de la producción, como en los procesos de re-territorialización y desterritorialización de la producción, dentro de tantas otras consecuencias. Todo eso en un período marcado por la mundialización y financierización de los capitales, lo que tornó obsoleto tratar de modo independiente los tres sectores tradicionales de la economía (industria, agricultura y servicios), dada la enorme interpenetración entre esas actividades, de que son ejemplos la agro-industrial, la industria de servicios y los servicios industriales. Es necesario aquí hacer una aclaración, por la importancia política que esto tiene, ya que reconocer la interdependencia sectorial es muy diferente de hablar de sociedad pos-industrial, concepción cargada de significado político.

La necesidad de aumento de la productividad de los capitales en nuestro país viene ocurriendo, entonces, fundamentalmente a través de la reorganización socio - técnica de la producción, de la reducción del número de trabajadores, de la intensificación de la jornada de trabajo de los empleados, del surgimiento de los CCQ’s (Círculos de Control de Calidad) y de los sistemas de producción just-in-time y kanban, entro otros elementos. Fue cuando el fordismo aquí vigente sufrió los primeros influjos del toyotismo. En los años 1990 esta forma de proceder se desarrolló, a través de la implantación de los recetarios oriundos de la acumulación flexible y del ideario japonés y otros similares, de la intensificación de la lean production, de las formas de subcontratación y de la tercerización de la fuerza de trabajo, de la transferencia de plantas y unidades productivas. Donde empresas tradicionales, como la industria textil, sobre la imposición de la competencia internacional, pasaron a buscar, más allá de incentivos fiscales combinados con una fuerza de trabajo sobrante, niveles más bajos de remuneración de la fuerza de trabajo, sin experiencia sindical y política, poco o nada taylorizada y fordizada, carente de cualquier ocupación laboral.

Varias fábricas de calzados, por ejemplo, se transfirieron de la región de Francia, en el interior del estado de San Paulo, o de la región del Vale de los Sinos, en el estado de Río Grande do Sul, para estados del Nordeste, como Ceará y Bahía y hoy comienzan a pensar en transferir una parcela de su producción para el suelo chino. Industrias consideradas modernas, del ramo metalmecánico y electrónico, se transfirieron de la Región del Gran San Paulo para áreas del interior paulista (San Carlos y Campinas), o se deslocalizaron para otras áreas del país, como el interior de Rio de Janeiro (Resende), o también para el interior de Minas Gerais (Juiz de Fora), u otros estados como Paraná, Bahia, Rio Grande do Sul. Hoy estudian las posibilidades de transferencia de parte de la producción para China. Nuevas plantas fueron instaladas, como la Toyota y la Honda, ambas en la región de Campinas, entre tantos otros ejemplos

Dentro de este contexto, se puede constatar una nítida ampliación de modalidades de trabajo más desreguladas, distantes de la legislación laboral, generando una masa de trabajadores que pasan de la condición de asalariados registrados a trabajadores no registrados. Si en los años 1980 era relativamente pequeño el número de empresas de tercerización, empleadoras de fuerza de trabajo de perfil temporario, en las décadas siguientes ese número aumentó significativamente, para atender la gran demanda por trabajadores temporarios, sin un vínculo laboral, sin un registro formalizado. O sea, en plena era de la informatización del trabajo, del mundo maquinal y digital, estamos conociendo la época de la expansión de la informalidad del trabajo, de los tercerizados, precarizados, subcontratados, flexibilizados, trabajadores en tiempo parcial, del cyberproletariado (conforme la sugestiva indicación de Ursula Huws). No es por casualidad que Manpower es símbolo de empleo en EE.UU.

Si en el pasado reciente, solo marginalmente nuestra clase trabajadora presenciaba niveles de informalidad, hoy casi 60% de ella se encuentra en esa condición (aquí concibiendo la informalidad en sentido amplio), desprovista de derechos y sin carnet de trabajo. Desempleo ampliado, precarización exacerbada, rebaja salarial acentuada, pérdida creciente de derechos, ese es el diseño más frecuente de nuestra clase trabajadora. Resultado del proceso de liofilización organizacional que permea el mundo empresarial, donde las substancias vivas son eliminadas, como el trabajo vivo, siendo substituidas por la maquinaria tecno-informacional presente en el trabajo muerto. Y, en esa empresa liofilizada, es necesario un "nuevo tipo de trabajo", que los capitales denominan, de modo mistificado, como "colaborador".

¿Cuáles son los contornos de ese "nuevo tipo de trabajo"?

Este debe ser más "polivalente", "multifuncional", distinto del trabajador que se desenvolvió en la empresa taylorista y fordista. El trabajo que cada vez más las empresas buscan, no es más aquel fundamentado en la especialización taylorista y fordista, sino la que se gestó en la fase de la "desespecialización multifuncional", del "trabajo multifuncional", que en verdad expresa la enorme intensificación de los ritmos, tiempos y procesos de trabajo. Y eso ocurre tanto en el mundo industrial, como en los servicios, y ni que hablar de los agronegocios.

Más allá de operar a través de varias máquinas ("especialización multifuncional"), en el mundo del trabajo hoy presenciamos también la ampliación de lo que Marx llamó de trabajo inmaterial, realizado en las esferas de la comunicación, publicidad y marketing, propias de la sociedad del logo, de la marca, de lo simbólico y de lo superfluo. Y lo que el discurso empresarial llama "sociedad del conocimiento", está presente en el diseño de la Nike, en la concepción de un nuevo software de la Microsoft, en el modelo nuevo de la Benetton, y que son resultado de la labor (inmaterial) que, articulada e insertada en el trabajo material, expresan las formas contemporáneas del valor.

Los servicios públicos, como salud, energía, educación, telecomunicaciones, previsión social, etc., también sufrieron, como no podría dejar de ser, un significativo proceso de reestructuración, subordinándose a la máxima de la mercantilización, que viene afectando fuertemente a los trabajadores del sector estatal y público.

El resultado parece evidente: se intensifican las formas de extracción de trabajo, se amplían las tercerizaciones, la noción de tiempo y de espacio también son metamorfoseadas y todo eso cambia mucho el modo en que el capital produce las mercancías, sean ellas materiales o inmateriales, corpóreas o simbólicas. Donde había una empresa concentrada se puede substituirla por varias pequeñas unidades interligadas por la red, con un número mucho más reducido de trabajadores y produciendo mucho más. Las repercusiones en el plano organizativo, valorativo, subjetivo, ideológico y político son por demás evidentes.

El trabajo estable se torna, entonces, (casi) virtual. Estamos viviendo, por tanto, la erosión del trabajo contratado y regulado, dominante en el siglo XX, y viendo su substitución por las diversas formas de "emprendimientos", "cooperativismo", "trabajo voluntario", "trabajo atípico".

El ejemplo de las cooperativas tal vez sea todavía más elocuente, una vez que, en su origen, ellas nacieron como instrumentos de lucha obrera contra el desempleo y el despotismo del trabajo. Hoy, contrariamente, los capitales vienen creando falsas cooperativas, como forma de precarizar todavía más los derechos del trabajo. Las "cooperativas" patronales tienen, entonces, un sentido contrario al proyecto original de las cooperativas de trabajadores, ya que se han convertido en verdaderos emprendimientos para destruir derechos y aumentar todavía más las condiciones de precarización de la clase trabajadora. Similar es el caso del "emprendedor" que cada vez más se configura como forma oculta de trabajo asalariado y que permite proliferar, en este escenario abierto por el neoliberalismo y por la reestructuración productiva, las distintas formas de flexibilización salarial, horaria, funcional u organizativa.

En este cuadro, caracterizado por un proceso de precarización estructural del trabajo los capitales globales están exigiendo también el desmonte de la legislación social que protege el trabajo. Además, flexibilizar la legislación laboral significa aumentar todavía más los mecanismos de extracción del trabajo, ampliar las formas de precarización y destrucción de los derechos sociales que fueron arduamente conquistados por la clase trabajadora, desde el inicio de la Revolución Industrial, en Inglaterra, y especialmente después de 1930, cuando se toma el ejemplo brasilero.

Es este, por tanto, el diseño complejo, heterogéneo y multifacético que caracteriza a la clase trabajadora brasileña. Más allá de los clivajes entre los trabajadores estables y precarios, de género, de los cortes generacionales entre jóvenes y viejos, entre nacionales e inmigrantes, blancos y negros, calificados y descalificados, empleados y desempleados, tenemos todavía, las estratificaciones y fragmentaciones que se acentúan en función del proceso creciente de internacionalización del capital. Para comprenderla es preciso, entonces, partir de una concepción ampliada de trabajo, abarcando la totalidad de los asalariados, hombres y mujeres que viven de la venta de su fuerza de trabajo y no se restringe a los trabajadores manuales directos; debemos incorporar la totalidad del trabajo social y colectivo, que vende su fuerza de trabajo como mercancía, sea ella material o inmaterial, a cambio de un salario. Y debemos incluir también el enorme contingente sobrante de fuerza de trabajo que no encuentra empleo, pero que se reconoce como parte de la clase trabajadora desempleada

Esa nueva morfología del trabajo, sobre la cual solamente indicamos algunos puntos centrales, no podría dejar de afectar los organismos de representación de los trabajadores. De ahí la enorme crisis de los partidos y sindicatos. Si muchos analistas de esta crisis vieron un carácter terminal en éstos organismos de clase, esa es otra historia. Aquí queremos solamente registrar que una nueva morfología del trabajo significa también un nuevo diseño de las formas de representación de las fuerzas sociales del trabajo. Sí la industria taylorista y fordista es parte más del pasado que del presente (al menos como tendencia), ¿cómo imaginar que un sindicalismo vertical pueda representar el nuevo mundo del trabajo? Y más: ¿qué es ser un partido político distinto (Marx), de clase, hoy, cuando muchos están todavía arraigados y prisioneros, ya sea a la vieja socialdemocracia que se aproxima al neoliberalismo, ya sea al vanguardismo típico del siglo XX?

Una conclusión se impone: hoy debemos reconocer (y saludar) la desjerarquización de los organismos de clase. La vieja máxima de que primero venían los partidos, después los sindicatos y por fin, los demás movimientos sociales, no encuentra más respaldo en el mundo real y en sus luchas sociales. Lo más importante hoy, es aquel movimiento social, sindical o partidario que consigue llegar a las raíces de nuestros engranajes sociales. Y para hacerlo es imprescindible conocer la nueva morfología del trabajo y los complejos engranajes del capital.


* Artículo publicado originalmente en la revista Margen Esquerda Nº 7 (mayo de 2006, San Pablo, Boitempo Editorial) y enviado por el autor para publicar en Herramienta. Traducción de Silvia Lema.

[1] "Return of a Conundrun", The Guardian, 2/03/2004.