El caracol y su concha: Ensayo sobre la nueva morfología del trabajo

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Autor(es): Antunes, Ricardo

Antunes, RicardoAntunes, Ricardo. Profesor Titular de Sociología del Trabajo en el Instituto de Filosofia e Ciências Humanas de la Universidade Estadual de Campinas (IFCH/UNICAMP), Brasil. Autor, de entre otros libros de Los sentidos del trabajo, publicado por Ediciones Herramienta; editado también en Brasil, EE.UU., Inglaterra/Holanda, Italia, Portugal e India; Adiós al trabajo, publicado por Herramienta y editado también en Brasil, Italia, España, Venezuela y Colombia; además ha publicado Riqueza e miséria do trabalho no Brasil, Vol. I, II y III (Boitempo). Coordina las Colecciones Mundo do trabalho (Boitempo) y Trabalho e emancipação (Ed. Expressão Popular). Colabora en revistas académicas en el país y en el exterior. Integra el consejo asesor de Herramienta, de la que es colaborador habitual.


Desde el mundo antiguo y su filosofía, el trabajo ha sido comprendido como expresión de vida y degradación, creación e infelicidad, actividad vital y esclavitud, felicidad social y servidumbre. Érgon y pónos, trabajo y fatiga. Momento de catarsis y vivencia de martirio.

Ora se cultivaba el lado positivo, ora se acentuaba el rasgo de negatividad. Hesíodo, en Los trabajos y los días[1], una oda al trabajo, no vaciló en afirmar que "el trabajo, deshonra ninguna, el ocio deshonra es".

Esquilo, en Prometeo encadenado[2], aseguró que "quien vive de su trabajo no debe ambicionar la alianza ni del rico afeminado, ni del noble orgulloso".

Con la evolución humana, el trabajo se convirtió en tripaliare, origen de tripalium, instrumento de tortura, momento de castigo y sufrimiento. En contrapunto, el ocio se convirtió en parte del camino hacia la realización humana. Por un lado, el mito prometeico del trabajo, del otro, el ocio como liberación.

El pensamiento cristiano, en su largo y complejo trayecto, continuó la controversia, concibiendo el trabajo como martirio y salvación, seguro atajo al mundo celestial, camino hacia el paraíso. A fines de la Edad Media, con San Tomás de Aquino, el trabajo fue considerado como acto moral digno de honra y respeto [3]

Weber, con su ética positiva del trabajo reconfirió al oficio el camino a la salvación, celestial y terrena, fin mismo de vida. Así se sellaba, entonces, bajo la conducción del mundo de la mercancía y del dinero, el predominio del negocio (negar el ocio) que vino a sepultar el imperio del reposo, del descanso y la pereza.

Como Arbeit, lavoro, travail, labour o work, la sociedad del trabajo llegó a la modernidad, al mundo de la mercancía. Hegel escribió bellas páginas sobre la dialéctica del amo y el esclavo, mostrando que el Señor solo se vuelve para si por medio del otro, de su siervo.6">[4]

También fue a través de los escritos de otro alemán, llamado Marx -conocido también como Moro- que el trabajo conoció su síntesis sublime: trabajar era necesidad eterna para mantener el metabolismo social entre humanidad y naturaleza; pero al mismo tiempo, bajo el imperio (y el fetiche) de la mercancía, la actividad vital se metamorfoseaba en actividad impuesta, extrínseca y exterior, forzada y compulsiva. Es conocida su referencia al trabajo fabril: tan pronto como deja de existir una imposición física o de otro orden, se huye del trabajo como de una peste.[5]

Esta dimensión dual e incluso contradictoria presente en el mundo del trabajo, que crea, pero también subordina, humaniza y degrada, libera y esclaviza, emancipa y aliena, mantiene al trabajo humano como cuestión nodal en nuestras vidas. Y, en este tumultuoso umbral del siglo XXI, un desafío crucial es dar sentido al trabajo, haciendo que también la vida fuera del trabajo esté dotada de sentido.

 

II

Pero nuestro mundo contemporáneo ofrece otra contribución al debate: la explosión, con intensidad jamás vista, del universo del no-trabajo, el mundo del desempleo. Hoy, según datos de la OIT, casi un tercio de la fuerza humana mundial disponible para el acto laboral, o se encuentra ejerciendo trabajos parciales, precarios, temporarios, o vive ya las amarguras del no-trabajo, del desempleo estructural. Deambulan por el mundo, como modernos prometeos, en búsqueda de algo para sobrevivir.

Mas de mil millones de hombres y mujeres padecen las vicisitudes de la precarización del trabajo, de los cuales centenares de millones tienen su cotidianeidad moldeada por el desempleo estructural. En los países del Norte, que un día llamábamos Primer Mundo, aún se conservan algunos resquicios de seguridad social, herencia de su fase (casi terminal) de welfare state. En los países del Sur, que nunca conocieron el estado de bienestar social, los hombres y mujeres disponibles para el trabajo oscilan entre la búsqueda casi resignada de empleo o la aceptación de cualquier labor.

Glosando una frase memorable, podemos recordar que, si no somos contemporáneos filosóficos del presente, estamos entre sus campeones históricos. Si nuestros países poco contribuyeron a la filosofía del trabajo y la actividad, estamos dando, lamentablemente, una monumental contribución al flagelo del desempleo.

Contra la limitadísima tesis del fin del trabajo, tenemos el desafío de comprender lo que vengo denominando la nueva morfología o la nueva polisemia del trabajo. Y, al hacerlo, mostrar las complejas relaciones que emergen en el universo laboral, en particular, sus elementos de centralidad, sus lazos de sociabilidad, que emergen en el mundo del trabajo incluso cuando está marcado por formas dominantes de extrañamiento y alienación.

Como recuerda Robert Castel en La metamorfosis de la cuestión social "Las reacciones de quienes no tienen trabajo demuestran que el trabajo sigue siendo una referencia no sólo económica sino también psicológica, cultural y simbólicamente dominante"[6], para los que vivencian cotidianamente el flagelo del desempleo, del no trabajo, del no laborar.

A diferencia de la unilateralización que está presente tanto en las tesis que deconstruyen el trabajo como en las que hacen su culto acrítico, sabemos que en la larga historia de la actividad humana, en su incesante lucha por la supervivencia, por la conquista de la dignidad, humanidad y felicidad social, el mundo del trabajo ha sido vital. Es a través del acto laboral, que Marx denominó actividad vital que los individuos, hombres y mujeres, se diferenciaron de los animales.

Pero, por el contrario, cuando la vida humana se reduce exclusivamente al trabajo, frecuentemente se convierte en un esfuerzo penoso, alienante, que aprisiona a los individuos de manera unilateral. Si, por un lado, necesitamos del trabajo humano y reconocemos su potencial emancipador, debemos también rechazar el trabajo que explota, aliena y hace infeliz al ser social. Esa dimensión dual y dialéctica presente en el trabajo, es central cuando se pretende comprender la labor humana. Lo que nos diferencia enormemente de los críticos del fin o incluso de la perdida de significado del trabajo en la contemporaneidad.

Si esta tendencia eurocéntrica fue dominante en las dos últimas décadas, mas recientemente ha sido fuertemente cuestionada y se encuentra bastante debilitada. Renaciendo de las "cenizas", la cuestión del trabajo se convirtió nuevamente en uno de los mas relevantes temas de la actualidad. Muchas son las interconexiones y transversalidades que muestran el retorno del trabajo como cuestión central de nuestros días: como la destrucción ambiental y la cuestión femenina, la labor humana se revela como cuestión vital para la humanidad.

 

III

Como ya hemos indicado,[7] aunque atraviese por una monumental reestructuración productiva e incluso bajo el enorme impacto de profundas mutaciones tecnológicas, el capital no puede eliminar completamente el trabajo vivo del proceso de las mercancías. Puede incrementar al máximo el trabajo muerto corporizado en la maquinaria tecno-científica, aumentando de ese modo la productividad del trabajo a fin de intensificar las formas de extracción del plustrabajo en tiempo cada vez mas breves, dado que tiempo y espacio se transformaron en esta fase de los capitales globales y destructivos. Una nueva modalidad de la forma del valor aparece para mostrar los límites y equívocos de aquellos que habían decretado el fin de la teoría del valor-trabajo.[8]

Y se revela responsable de la ampliación de la enorme destructividad que preside la sociedad del capital. Y esto porque, en el nivel microcósmico, a nivel de las empresas, hay una necesidad intrínseca de racionalizar su modus operandi, de implementar el recetario y la pragmática de lean production, de la empresa "desgrasada", buscando calificarla para la competencia inter-empresas, siempre en disputa en el sistema global del capital.

La expansión ilimitada de esa lógica microcósmica a la totalidad de las empresas a escala mundial, termina por generar una monumental sociedad de descartables, dado que la lógica de la reestructuración y de la productividad, conducida por el ideario y la pragmática del capital, acarrea la creciente reducción del trabajo vivo y su sustitución por el trabajo muerto, para usar los términos de Marx.

La consecuencia mas negativa para el mundo del trabajo está dada por la destrucción, precarización y eliminación de puestos de trabajo, de lo que resulta un desempleo estructural explosivo. Según Mészáros, hay hoy

… mas de 40 millones de desempleados en los países industrialmente mas desarrollados. De estos, Europa cuenta con mas de 20 millones y Alemania, otrora elogiada por producir el milagro alemán, pasó la marca de 5 millones. En un país como la India, reverenciado por los organismos económicos tradicionales por sus realizaciones en dirección al desarrollo, hay no menos que 336 millones de personas desempleadas y otros millones bajo condiciones inadecuadas de trabajo, cuyos datos no están registrados. Además de eso, la intervención del FMI, organización de los Estados Unidos que dicta órdenes que pretenden mejorar las condiciones economicas de los países "en desarrollo" mas afectados por la crisis han, en verdad, empeorado las condiciones de los desempleados (…). Al mismo tiempo, los antiguos países poscapitalistas pertenecientes al sistema de tipo soviético, de Rusia a Hungría, que en el pasado no sufrían altos índices de desempleo, aunque administrasen sus economías con altos índices de subempleo, enfrentadas a la presión directa del FMI vienen sufriendo las condiciones deshumanizantes del desempleo masivo.

Y agrega:

El Japón es un ejemplo particularmente importante, porque no estamos hablando de un país del llamado "Tercer Mundo" en relación a los cuales incluso las mas intensas practicas de explotación del trabajo fueron consideradas normales. Por el contrario, Japón representa la segunda mas poderosa economía del mundo: un paradigma de los avances capitalistas. Y ahora, incluso en ese país, el desempleo está creciendo peligrosamente. Sin contar con las condiciones de trabajo, que deben volverse aún peores que en la época del largo periodo de desarrollo de posguerra y de expansión del capital, incluyendo no solo la gran intensificación de la explotación por los cronogramas de trabajo en nombre de la "flexibilidad" como también -para muchos bastante incomprensible- la prolongación obligatoria de la semana de trabajo.[9]

Además del desempleo estructural, en franca expansión, aumentan y se desparraman por todas partes del llamado "Primer Mundo" los trabajadores inmigrantes (en Alemania gastarbeiters, lavoro nero en Italia, los chicanos en EE.UU., los deskaseguis en Japón, etcétera), configurando un cuadro de enorme explotación del trabajo en expansión a escala global. Estas modalidades de trabajo precarizado -trabajo atípico según la definición de Vasapollo y Martufi- se encuentran en franca expansión también en Italia y España. Trabajo atípico porque expresan formas de

prestación de servicios cuya característica fundamental es la falta o insuficiencia de tutela contractual. En el trabajo atípico son incluidas todas las formas de prestación de servicios distintas del modelo-patrón, o sea, del trabajo efectivo, con garantías formales y contractuales, por tiempo indeterminado y full time. Casi 25% de los empleos en Italia son independientes, contra una media de 15% en el reto de Europa. Eso confirma un modelo mediterráneo, representado por España e Italia, en el cual el porcentaje de trabajo atípico e independiente es superior al 20% del total de empleos. Formas de trabajo autónomo están presentes en todo el sector terciario (…) y las actividades precarias, como en las temporadas de los sectores de agricultura y turismo, transportes y telecomunicaciones. Además, existe, en Italia, una forma de exteriorización de servicios: la subcontratación de cooperativas. La disminución de puestos de trabajo efectivos y estables no solo están vinculados a un proceso mas amplio de precariedad, sino también a actividades flexibilizadas e intermitentes, en un contexto que supera el mercado de trabajo y se impone como modalidad de la vida cotidiana.

Lo que permite a los autores agregar: "El concepto de flexibilización del trabajo y el abandono del modelo de trabajo por tiempo indeterminado ya pertenecen a nuestra actual forma de pensar (…) Hoy, es difícil prever la superación o sustitución de ese tipo de trabajo inestable.[10]

Ese cuadro configura una nueva morfología del trabajo: además de los asalariados urbanos y rurales que comprenden al trabajador industrial, rural y de servicios, la sociedad capitalista moderna viene ampliando enormemente el contingente de hombres y mujeres tercerizados, subcontratados, part-time, en ejercicio de trabajos temporarios, entre tantas otras formas parecidas de informalización del trabajo, que proliferan en todas partes del mundo.

De las trabajadoras de telemarketing a los motoboys, de los jóvenes trabajadores de los McDonald’s a los digitalizadores del sector bancario, estos contingentes son partes constitutivas de las fuerzas sociales del trabajo, que Hursula Huws sugestivamente denominó cybertariat, el nuevo proletariado de la era de la cibernética, que vivencia las condiciones de un trabajo virtual en un mundo real, para recordar el sugestivo título de su excelente libro que discurre sobre las nuevas configuraciones del trabajo en la era de la informática y telemática, buscando aprehender sus potencialidades de organización y búsqueda de identidad de clase.[11]

Esa dualidad -en verdad se trata de una contradicción- presente en el mundo del trabajo conforma una tesis que es central en nuestro estudio: si el trabajo aún es central para la creación de valor, el capital, a su vez, lo hace oscilar, ora reiterando su sentido de perennidad, ora subrayando su enorme superfluidad, de la que son ejemplo los precarizados, flexibilizados, temporarios, además naturalmente del enorme ejército de desempleados y desempleadas que se desparraman por el mundo.

En su rasgo perenne, se puede ver que cada vez menos hombres y mujeres trabajan mucho, en ritmos e intensidades que se asemejan a la fase pretérita del capitalismo, casi similares a las épocas de la Revolución Industrial. Y en su rasgo de superfluidad, cada vez más hombres y mujeres encuentran menos trabajo, desparramándose en búsqueda de trabajos parciales, temporarios, sin derechos, flexibles, cuando no vivenciando el flagelo de los desempleados.

 

IV

Pero hay otra contradicción mas que se evidencia cuando la mirada se dirige a la (des)sociabilidad contemporánea en el mundo productivo: cuanto mayor es la incidencia del ideario y de la pragmática en la llamada "empresa moderna", cuanto mas racionalizado es su modus operandi, cuanto mas las empresas trabajan en la implantación de las "competencias", de la llamada "calificación", de la gestión del "conocimiento", mas intensos parecen tornarse los niveles de degradación del trabajo.

Y eso ocurre porque la gestión del "conocimiento y competencia" está enteramente conformada por el recetario y la pragmática presentes en la "empresa desgrasada", en la empresa liofilizada que, para ser competitiva, debe reducir aun mas el trabajo vivo y ampliar su dimensión técnico-científica, el trabajo muerto, cuyo resultado no es otro que el aumento de la informalidad, tercerización, precarización del trabajo y desempleo estructural a escala global.

Y, al apropiarse de la dimensión cognitiva del trabajo, al apoderarse de su dimensión intelectual, los capitales amplían las formas y mecanismos de generación de valor, aumentando también los modos de control y de subordinación de los sujetos del trabajo, puesto que se utilizan mecanismos aún "mas coactivos, renovando las formas primitivas de violencia en la acumulación, puesto que -paradojalmente- al mismo tiempo las empresas necesitan cada vez mas de la cooperación y el ‘involucramiento’ subjetivo y social del trabajador."[12]

Joao Bernardo, refiriéndose a esta dimensión crucial del trabajo afirmó:

La "desindustrialización" sobre la que tanto se habla y escribe hoy, es en verdad una reindustrialización. Y la "desaparición de la clase obrera" corresponde a una expansión sin precedentes de la clase trabajadora, que mientras tanto se reestructuró internamente. Kim Moody planteó esta cuestión en sus justos términos recordando que "los cambios producidos en las economías capitalistas desarrolladas no alteraron la condición fundamental de la fuerza de trabajo, que debe continuar vendiendo a un patrón su capacidad de trabajo y debe continuar ejerciendo su actividad como parte de un esfuerzo colectivo organizado por el capital, y en términos dictados en gran medida por el capital". Para resumir la situación en pocas palabras, la explotación del componente intelectual del trabajo determinó el crecimiento del ramo de la informática y por tanto de los servicios, pero este crecimiento es indisociable de la reorganización del proletariado fabril. "La revolución posterior a la revolución industrial -escribía The Economist el 22 de agosto de 1987- no es una revolución de los servicios sino de los cerebros, en la que el valor es incrementado no por manos cualificadas sino por inteligencias cualificadas"…

Y agrega:

Ahora, el hecho de que se hayan agotado las posibilidad de avanzar en la extracción de plusvalía relativa solo gracias al esfuerzo muscular de la mano de obra, alteró radicalmente este marco de concepciones. Hoy, cuanto mayor sea el componente intelectual de la actividad de los trabajadores y cuanto mas se desarrolle intelectualmente la fuerza de trabajo, tanto más considerables son las posibilidades de acumular plusvalía.[13]

Véase el ejemplo de Manpower, transnacional de la colocación (entiéndase tercerización) de fuerza de trabajo de extensión global, cuya actividad

construyó asociaciones con clientes en mas de 60 países (…) mas de 400 mil clientes de los diversos segmentos, como comercio, industria, servicios y promoción (…). Manpower está preparada para atender a sus clientes con servicios de alto valor agregado [destacado por el autor], como contratación y administración de funcionarios temporarios, reclutamiento y selección de profesionales efectivos para todas las áreas, programas de trainess y de aprendizajes, proyectos de tercerización y servicios de contact center; administración de RH (RH Total) y contratación de profesionales con alto grado de especialización (División Manpower Professional).[14]

Por lo tanto, al contrario del fin o de la disminución de la relevancia de la teoría del valor-trabajo, hay una alteración cualitativa y ampliación de las formas y mecanismos de extracción de trabajo.

Es sintomático también el slogan adoptado por la Toyota, en la planta de Takoka, en la ciudad de Nagoya: "Yoi kangae, yoi shina" ("buenos pensamientos significan buenos productos"), estampado en la bandera que flamea a la entrada de la unidad productiva.[15] Pero es bueno recordar que estos proyectos de "involucramiento", flexibilización, etcétera, acaban también encontrando la resistencia de los trabajadores, tal como se vio en la protesta de 1.300 trabajadores organizados por los sindicatos que se oponían a la implantación del sistema de auto contratación.[16]

La resultante que se tiene, entonces, es que el predominio de la razón instrumental asume la forma de una inmensa irracionalidad societal. Lo que plantea un desafío fundamental y candente: la deconstrucción de ese ideario y esa pragmática es la condición para que la humanidad -y, por lo tanto, también el trabajo- puedan ser verdaderamente dotados de sentido, a pesar del destructivo proceso de desantropomorfizacion del trabajo que está en curso desde el inicio de la Revolución industrial y su lógica maquímica.

Al contrario de la producción dirigida prioritariamente a la acumulación privada del excedente, el objetivo de ese nuevo emprendimiento societal es volverse hacia una actividad humana laboral orientada hacia la producción de bienes socialmente necesarios, donde el valor de uso intrínseco de los productos ya no se subordine (y de hecho elimine) los imperativos del valor de cambio presentes en el universo de las mercancías.

Así, el objetivo de la economía podrá efectivamente recuperar su sentido original de economizar (del latín oeconomia), con la finalidad de utilizar racionalmente los recursos genuinos de la naturaleza y la sociedad. Lo que nos obliga a (re)conceptualizar el trabajo de modo tal que esté dotado de autonomía, autocontrol y autocomando, cuyo disfrute sea pautada por el tiempo disponible para la sociedad, al contrario de la heteronomía, sujeción y alienación regida por el tiempo excedente orientado a la acumulación privada de excedente, típica de la sociedad fetichizada que hoy vivimos.

Sabemos, como recordó Marx, que "En general, el obrero se hallaba indisolublemente unido a los medios de producción, como el caracol y su concha, y esto impedía que se produjese lo que es condición primordial de la manufactura, a saber, la autonomía de los medios de producción como capital frente al obrero."[17]

Recuperar, sobre bases totalmente nuevas, la unidad inseparable entre el caracol y su concha es el mas candente desafío de la sociedad moderna.


· Artículo enviado por el autor para su publicación en Herramienta. Traducción del portugués de Alberto Mainieri y Aldo Casas.

 

[1] Hesíodo, Os trabalhos e os Días, San Pablo, Iluminarias, 1990, pag. 45.

 

[2] Ésquilo, Prometeu Acorrentado, Rio de Janeiro, Ediouro, s/f, pag. 132.

 

[3] Ver Neffa, J. El Trabajo Humano, Buenos Aires, CONICET, 2003, pag. 52.

 

[4] Hegel, G.W.F. Fenomenología del Espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, pag. 113/118.

 

[5] Marx, K. Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, Buenos Aires, Colihue, 2004, pag. 110.

 

[6] Castel, R. La metamorfósis de la cuestión social, Buenos Aires, Editorial Paidós, 1997, pag. 454.

 

[7] Ver mis libros Adiós al trabajo? y Los sentidos del trabajo.

 

[8] Ver Sotelo Valencia, A. La reestructuración del mundo del trabajo: Superexplotación y nuevos paradigmas de la organización del trabajo, México, Editorial Itaca, 2003.

 

[9] Mészáros, I. "Unemployment and Causalisation: A Great Challenge to the Left", mimeo, 2004, pags. 4/8.

 

[10] Vasapollo, L. y Martufi, R. "Lavoro Atipico, Lavoro che Cambia, Come Lavorare?", en Proteo nº 2-3 especial, mayo-diciembre 2003, Roma, CESTES. Ver también Vasapollo, L. "Le Ragioni di una Sfida in Atto", en Lavoro Contro Capitale (Precarietà, Srfuttamento, Delocalizzazione) Milán, Jaka Book, 2005.

 

[11] Huws, U. The Making of a Cybertariat (virtual work in a real world), Nueva York-Londres, Monthly Review Press / The Merlin Press, 2003.

 

[12] Bialakowsky, A. et al. "Dilución y Mutación del Trabajo en la Dominación Social Local", Herramienta nº 23, Buenos aires, 2003, pag. 135.

 

[13] Bernardo, J. Democracia Totalitária: Teoria e Prática da Empresa Soberana, San Pablo, Ed. Cortez, 2004.

 

[14] Manpower Brasil, www.manpower.com.br

 

[15] Conforme Bremner B. y Sawson Ch., Business Week 18/11/2003.

 

[16] Conforme Japan Press Weekly 21/2/2004, nº 2371, pag. 13.

 

[17] Marx, C. El capital, vol. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, pag. 292.