La caracterización del capitalismo a fines del siglo XX.

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Autor(es): Chesnais, François - Serfaty, Claude

Chesnais, FrançoisChesnais, François. Investigador-militante marxista, economista, profesor emérito en la Universidad de París 13-Villetaneuse. Es parte del Consejo científico de ATTAC-Francia, director de Carré Rouge y miembro del Consejo asesor de Herramienta, con la que colabora asiduamente. Autor de una gran cantidad de artículos, ensayos y libros, entre los que elegimos mencionar La Mondialisation du capital y Les dettes illégitimes. Quand les banques font main base sur les politiques publiques. Es también uno de los autores de la obra colectiva Las finanzas capitalistas. Para comprender la crisis mundial, publicado por Ediciones Herramienta. E-mail: chesnaisf@free.fr.
Serfaty, Claude. Es un marxista revolucionario francés, economista, colaborador regular de la revista Carré rouge. Publicó numerosos artículos en diversas revistas y es uno de los autores del libro (coordinado por François Chesnais) La modialisation financiere: genese, cout et enjeaux, Syros, París, 1996.


 En Herramienta N° 1 publicamos el artículo de Françoise Chesnais "Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX.- Primera parte". La demorada "segunda parte" se transformó en algo más, en la medida que representa un intercambio vivo de opiniones en diálogo con las observaciones formuladas por Claude Serfati. Los artículos que acá presentamos fueron publicados en el número 3 de la revista marxista revolucionaria Carré Rouge (octubre-diciembre de 1996), de cuya redacción es miembro Chesnais. Allí se presentaba esta sección con palabras que desde Herramienta hacemos nuestras: "Esta discusión fraternal ejemplifica nuestra concepción del debate. Carré Rouge es una revista militante. Por tanto, los problemas teóricos están naturalmente en el centro de nuestro combate. Pero sólo la reflexión colectiva, alimentada con artículos como estos, permitirá avanzar en su clarificación".

La traducción del francés fue hecha por Marita López y revisada por Aldo Andrés Romero.
 

 
Consideraciones sobre el artículo de Françoise Chesnais
Estas notas buscan participar en la reflexión sobre las características del capitalismo contemporáneo abierta por el artículo de Françoise Chesnais.
1. La ausencia de una verdadera recuperación sostenida de la acumulación de capital, no solamente a escala mundial sino también en los países capitalistas dominantes, indica que la crisis económica no ha terminado, a más de 20 años de su aparición.

 

 

Períodos de depresión largos como este no son nuevos: testimonian al fin y al cabo los límites del modo de producción basado en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones capital/trabajo. Pero la historia también muestra que ninguna crisis es "fatal" para el capitalismo; éste necesita "simplemente" encontrar los medios de hacer pagar la factura. Esta factura -a través de la destrucción considerable de capital y fuerzas productivas y un aumento considerable de la tasa de explotación de la clase obrera- es la que permite al capital ponerse en movimiento en condiciones de valorización satisfactorias. Los límites del capitalismo que se manifestaron en la crisis de 1870, fueron expandidos por un período de conquista imperialista, pillaje de los recursos naturales y superexplotación de los pueblos coloniales. Ni la guerra de 1914-1918, que testimonió nuevamente los límites del capitalismo, ni la crisis de 1929 permitieron una nueva fase de acumulación sostenida. Después de 1945, una nueva fase de acumulación larga fue posible por la conjunción de la destrucción colosal de fuerzas productivas en la Segunda Guerra Mundial y por una tasa de explotación de la fuerza de trabajo adecuada a las necesidades del capital. Pero este período de fuerte crecimiento durante una veintena de años, esencialmente concentrado en los países capitalistas dominantes, integró también factores que hoy son serios obstáculos para una sostenida recuperación de la acumulación. Antes de abordar el punto, este preámbulo recuerda cosas muy evidentes para señalar que, desde una perspectiva marxista, la "salida" de las grandes crisis sigue siendo la destrucción masiva de capital y el restablecimiento de relaciones de explotación que produzcan suficiente carburante (plusvalía) para alimentar en forma sostenida el motor de la acumulación. Por esto me parece excesivo negar como lo hace Françoise Chesnais "la hipótesis de que vuelva a ser rentable (para el capital) explotar a los trabajadores que ya no explota más, o que jamás ha explotado".

2. La crisis del capitalismo que toma una forma espectacular desde 1971/1973 sólo pudo sorprender -por fuera de los defensores espontáneos del sistema- a quienes aunque hablaran de Marx pensaban que éste sistema había superado sus contradicciones fundamentales y su problema esencial era poder colocar la masa creciente de mercancías volcadas a los mercados por los aumentos de productividad logrados con los métodos de producción fordistas. Pero lejos de ser una crisis de "realización" o de colocación de la "sobreproducción", la irrupción de la crisis a comienzos de 1970 testimonió la degradación de las condiciones de rentabilidad del capital. El costo global de la fuerza de trabajo, que incluye además de los costos ligados al pago de salarios directos, los costos socializados de formación, de salud y de jubilación (considerablemente ampliados luego de la Segunda Guerra Mundial), pronto se revelaron exorbitantes para el capital. De igual manera, los gastos militares y la burocracia del Estado, cada vez más necesarios para la reproducción de las relaciones sociales en una fase imperialista (orden, seguridad, represión, etc.) y el crecimiento generalmente desmesurado de los gastos de comercialización, de publicidad, etc. en el seno de los grandes grupos industriales -que en parte son llamadas pomposamente "actividades de investigación y desarrollo", han pesado sobre la tasa de ganancia y amplificado su caída. Por último, hoy se ve que el tipo de acumulación de las décadas de posguerra degradó en proporciones inauditas el medio ambiente y dilapidó desvergonzadamente los recursos naturales confirmando con un vigor inquietante que "el primer parásito de la naturaleza es el hombre" (Marx).

Dicho de otra manera, durante las tres décadas de posguerra la fuerte acumulación del capital no solamente se traduce por las ganancias de productividad (permitidas primero por la baja del costo de la fuerza de trabajo y luego por las transformaciones en la organización de producción y la utilización de nuevas tecnologías en el seno de las empresas, es decir a nivel de las "condiciones inmediatas de producción"). También se perfiló un tipo de crecimiento que provocó un aumento en los costos de reproducción del capital a escala social. La aceleración de la "socialización de las fuerzas productivas" de la que habla F.Ch. permite ciertamente favorecer la extracción de la plusvalía relativa, pero sobre la base de las actuales relaciones sociales de producción también encierra elevados costos burocráticos que van mucho más allá de lo que Marx llamaba "derroche de las fuerzas productivas". Hay pues en el desarrollo de las tecnologías (la ciencia transformándose en una fuerza productiva directa, según la expresión de Marx) y la socialización de las fuerzas productivas un proceso contradictorio de desvalorización de la fuerza de trabajo -del que la desocupación es parte- y un aumento de las actividades improductivas desde el punto de vista del capital, (es decir, no productivas de plusvalía). El aumento de las actividades parasitarias (íntimamente ligadas al tipo de acumulación y de reproducción de las relaciones sociales en los últimos cinco decenios) se nutre de la plusvalía creada y provoca entonces un retroceso de la acumulación del capital (o le pone serios límites). Las herramientas conceptuales y empíricas de las organizaciones de estadística y contabilidad nacional no permiten verificar fácilmente este hecho, ya que para ellas toda actividad es inmediatamente productiva, aún las que atentan en definitiva contra la producción de valores (y por lo tanto de plusvalía).
 
3. La larga fase de depresión en la que está el capitalismo hunde sus raíces en las muy particulares condiciones de crecimiento del período 1945-1973. Por supuesto, las soluciones encaradas por los burgueses no consisten en eliminar los gastos parasitarios, con los que se benefician en tanto "personifican" el capital, porque representan ingresos para sus agentes, sino que apoyados por los gobiernos lanzan ofensivas contra el nivel de vida de las masas que juzgan exorbitante.
Aumentar la explotación de la clase obrera naturalmente hace disminuir su demanda de los bienes de consumo; y esa baja de la demanda acentúa la brecha con la oferta. Sin embargo, este desequilibrio oferta/demanda no es la causa, sino la consecuencia de un sistema fundado en la búsqueda incesante de plusvalía. La afirmación de que estaríamos en una fase de "tal crecimiento de la masa de plusvalía que se traduce en una plétora de capital" me parece altamente discutible. Si hay exceso de capital, no es en relación con un determinado estado dado de la demanda, sino en relación con los niveles de plusvalía y de ganancias que podría obtener. Estos niveles son juzgados muy bajos por el capital, por varias razones: porque hasta el momento las resistencias obreras en los países capitalistas desarrollados han impedido que el capital volviera a imponer niveles de remuneración de la fuerza de trabajo suficientemente bajos; y por las inmensas extracciones de valor provocados por el tipo de acumulación del capitalismo contemporáneo.
Sin embargo, pese a las ofensivas llevadas a cabo sistemáticamente en todos los países capitalistas dominantes para hacer bajar drásticamente el costo de la fuerza de trabajo, la ausencia de una recuperación sostenida de la acumulación significa que las mismas no fueron suficientes. Basta constatar a qué nivel la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial debieron reducir el nivel de vida de la clase obrera a fin de permitir una fase de expansión, para darse cuenta del largo camino que resta cubrir, desde el punto de vista del capital.
Por otro lado, al mismo tiempo que lograban ese objetivo, la crisis y la guerra también destruyeron masivamente capital productivo y dinero. Hoy tal exigencia está lejos de lograrse, pese a las considerables reestructuraciones industriales de los años 80. En cuanto al capital-dinero, su desarrollo desmesurado (y en parte ficticio, gracias a las "innovaciones financieras") traduce muy claramente su supremacía. Es una de las principales características del capitalismo contemporáneo.
 
4. La hipertrofia y la supremacía del capital financiero en un período de debilidad de la acumulación del capital productivo constituyen un hecho muy particular comparado con las fases anteriores donde la desvalorización masiva del capital-dinero de préstamo constituyó una de las condiciones para la recuperación de la acumulación. Antes de continuar, es necesario recordar que el capital no es una cosa (por ejemplo, una máquina) sino una relación social basada en la producción de plusvalía. Ser propietario de capital, es estar en condiciones de reclamar derecho sobre la plusvalía producida. La tendencia "rentista" del capitalismo es inherente al sistema, ya que "el capitalista tiene una doble existencia: jurídica, y económica" (Marx). Contra Proudhon, Marx explicó que el reflujo del capital dinero hacia su punto de partida es una característica propia de todo capital que se valoriza (y en primer lugar del invertido en la producción) y no una especificidad del capital-dinero de préstamo.
Todo capitalista es, pues, un rentista "en potencia". Lenin ha insistido en esta tendencia "rentística" del capital. Su actual predominio nos remite nuevamente a las condiciones particulares del crecimiento de posguerra, con la utilización del dólar como base del sistema financiero y monetario internacional. El imperialismo norteamericano, gracias a este sistema tenía desde el comienzo de los 1960 diseñado el perfil del capital rentista (hacer financiar su déficit por sus competidores, adquirir activos productivos en todo el planeta emitiendo dólares, etc.). La desvalorización masiva del capital-dinero (el "desinfle" de la burbuja financiera) chocaría directamente con la deuda pública norteamericana que constituye su corazón, y minaría las relaciones socioeconómicas del país que hoy sostiene el orden en las relaciones económicas y sobre todo sociales a escala mundial.
La supremacía actual del capital-dinero se apoya en la constitución de redes organizadas (bancos, instituciones financieras, grupos multinacionales) abusivamente llamadas "mercados financieros internacionales". Supervisados y en algunos casos apoyados por los gobiernos de los países capitalistas desarrollados, imponen su extracción sobre el valor creado a igual título que las actividades parasitarias, y representa una causa de la débil acumulación del capital productivo. Pero su desarrollo autónomo e hipertrofiado es también un producto de la debilidad de la acumulación resultante de las insuficientes condiciones de rentabilidad del capital. Esta exigiría una ofensiva contra las condiciones de vida y de trabajo en los países en los que la mano de obra tiene un costo elevado (los países capitalistas desarrollados) para la que aún no están maduras las condiciones políticas y sociales. La Guerra del Golfo permitió aterrorizar a los pueblos en vías de desarrollo, y se intenta convencerlos de que no hay más salida que la aceptación del actual "orden mundial". La inmensidad de los presupuestos militares y la carrera tras las tecnologías de destrucción en los países dominantes se explican de esta manera. Alimentan fuerzas militaristas totalmente volcadas contra los pueblos de los países del Tercer Mundo que no aceptan su suerte. La movilización de la población en los países desarrollados bajo la bandera de la civilización occidental contra pueblos juzgados "peligrosos" podría, como en el pasado, servir para lograr la "unión sagrada" y permitir acallar, al menos momentáneamente, las dificultades e impases del capitalismo.
 

 
 
Elementos de respuesta a las notas de Claude Serfati
 
Estoy de acuerdo con mucho de las cosas que Claude Serfati escribe, por eso me concentraré en los puntos donde marca sus desacuerdos conmigo, y en los aspectos de su enfoque que me parecen cuestionables.
En lo esencial, la aproximación de C.S. está formulada desde el comienzo del texto:
Períodos de depresión largos como éste no son nuevos, testimonian al fin y al cabo los límites del modo de producción basado en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones capital/trabajo. Pero la historia también muestra que ninguna crisis es "fatal" para el capitalismo; éste necesita "simplemente" encontrar los medios de hacer pagar la factura. Esta factura -a través de la destrucción considerable de capital y fuerzas productivas y un aumento considerable de la tasa de explotación de la clase obrera- es la que permite al capital ponerse en movimiento en condiciones de valorización satisfactorias.
Estas líneas presiden sus críticas. La central es haber defendido la hipótesis de que el ejército industrial de reserva que se ha reconstituido a gran escala en los países capitalistas situados en el corazón de las relaciones imperialistas mundiales podría tener una permanencia inédita en la historia del capitalismo, anunciando así el comienzo de un fase realmente nueva en la historia de la lucha de clases.
Como conclusión de su punto 1, C.S. piensa que es "excesivo negar" -como yo hiciera- "la hipótesis de que vuelva a ser rentable (para el capital) explotar a los trabajadores que ya no explota más, o que jamás ha explotado"
C.S. es escéptico frente a la hipótesis de que habríamos entrado en un período marcado por la reconstitución de un ejército industrial de reserva inmenso, algunos de cuyos componentes (especialmente la parte de los jóvenes que jamás han encontrado trabajo) serían reducidos por el capital al status de desocupados vitalicios y a la pauperización. Según su propia interpretación, la ausencia de "recuperación sostenida de la acumulación" se debería al hecho de que "los niveles (de plusvalía y de ganancia que podría sacar) son juzgados muy bajos por el capital, por varias razones: porque hasta el momento las resistencias obreras en los países capitalistas desarrollados han impedido que el capital volviera a imponer niveles de remuneración de la fuerza de trabajo suficientemente bajos; y por las inmensas extracciones de valor provocados por el tipo de acumulación del capitalismo contemporáneo". Su argumento reposa en el "costo excesivo" (para el capital) del precio de la fuerza de trabajo, y en el monto de las extracciones sobre el valor realizado en detrimento de la ganancia industrial que contribuyen a determinar su nivel insuficiente. Pero creo que no fuerzo la lectura considerando que para C.S. es el primer factor el que prima. Según él hay "ausencia de recuperación sostenida de la acumulación" principalmente porque "pese a las ofensivas sistemáticamente llevadas a cabo en todos los países capitalistas dominantes para hacer bajar drásticamente el costo de la fuerza de trabajo" estas "no fueron suficientes".
«"Recuperación sostenida de la acumulación" o agonía irreversible que arrastra a la humanidad a la barbarie?
El desacuerdo se concentra en la expresión "recuperación sostenida de la acumulación". El título del primer artículo (Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX, Herramienta N› 1), expresa la naturaleza de mis interrogantes. La expresión elegida por C.S. se ajusta a su hipótesis inicial, que estaríamos en una fase de depresión larga entendida como un período prolongado y penoso de recuperación de las condiciones de rentabilidad del capital, tras una crisis de primera magnitud. Una depresión, aun muy profunda y larga, es por definición transitoria, y debe terminar tarde o temprano en lo que los economistas universitarios denominan "salida de la crisis". La expresión "recuperación sostenida de la acumulación" tiene un sentido en cierto modo parecido. En cambio, lo que subyacía en mi artículo es justamente la idea de que después de más de 20 años de crisis -si se toma como punto de partida el año 1974- es obligatorio preguntarse si esta crisis no se ha transformado con los años en algo más -o en algo diferente- que una depresión de larga o muy larga duración.
Habríamos salido del período en que eran adecuados los términos de depresión o estanflación largos, para entrar en algo cada vez más parecido a una nueva fase "crónica" de la interminable agonía del capitalismo, portadora de múltiples formas de barbarie y de regresión económica, política, social y cultural, cuyas expresiones infinitas constituyen la esencia de la información que la prensa nos brinda cotidianamente. Como lo indica el artículo del Financial Times que se comenta en el Anexo 1, esta situación puede también desembocar prácticamente en cualquier momento en un gran crack financiero, preludio de una crisis de amplitud superior a todo lo conocido desde hace 20 años.
"Para la burguesía no hay crisis sin salida"
Volvamos al primer parágrafo del texto de C.S.: "la historia también muestra que ninguna crisis es 'fatal' para el capitalismo; éste necesita 'simplemente' encontrar los medios de hacer pagar la factura". La fórmula se parece a la de Lenin, pero de hecho es muy diferente. Sin haber buscado la cita exacta, creo recordar que Lenin decía que "para la burguesía no hay crisis sin salida". El tipo de crisis al que Lenin se refería es la crisis de dominación política de la burguesía (en la que la crisis económica puede ser un componente, pero que nunca puede reducirse a este aspecto). Lo que está en juego para la burguesía en tal caso no es relanzar la acumulación, sino salvaguardar su poder, único garante de su capacidad para defender la propiedad privada de los medios de producción y sus privilegios de clase.
Como lo mostró la política del New Deal en los años 30, este objetivo puede pasar por concesiones importantes a la clase obrera incluso cuando se trata de una burguesía con una trayectoria histórica como la de los EE.UU.
Todo indica que en varios países -empezando por Francia- nos encaminamos hacia ese tipo de crisis, conformada por enfrentamientos brutales de tipo "clásico" entre los asalariados y la juventud con el aparato policial del Estado, y desgarramientos profundos en el seno de las organizaciones empresariales, los partidos políticos, la Magistratura y la alta jerarquía de la función pública. Porque en el seno de estas instancias que organizan a la burguesía francesa como clase existen hoy sectores totalmente adheridos a las posiciones del capital financiero conducido por los anglosajones, pero hay asimismo otros sectores que tienen serias dudas no sólo en cuanto al resultado de los enfrentamientos con los asalariados y la juventud, sino también en lo que ellos podrían ganar aplicando todas las medidas de desregulación y privatización que se le exigen al capital francés y que el gobierno de Chirac-Juppé buscan imponer. Estos sectores piensan que se ha ido demasiado lejos en las concesiones y aún capitulaciones a las exigencias del imperialismo norteamericano, del capital financiero que se valoriza exclusivamente bajo la forma de dinero, y de sus diversas agencias europeas.
Opinan que hay que soltar lastre, incluso con aumentos de los salarios; evitar los enfrentamientos y establecer un espacio de reflexión sobre las opciones y lo que puedan ganar... o perder en caso de que elijan satisfacer el largo catálogo de exigencias sin precedentes presentado por la Comisión Europea de Bruselas, pero que realmente vienen de Wall Street, de los grandes fondos de pensión privados y de las sociedades colectivas de colocación financieras anglosajonas que hacen y son "los mercados" (ver sobre esto el gráfico 1).
Con la generalización de situaciones "a la francesa", los sectores de las burguesías nacionales más o menos encolumnados detrás de la burguesía financiera norteamericana (lo que se puede designar con el término difuso de "burguesía mundial"), sacarán a relucir toda la energía, la astucia y en el momento dado todo el salvajismo necesario para conservar cueste lo que cueste su poder, su privilegio y su modo de vida. No es posible predecir el desenlace de estos combates por venir, con epicentro en países capitalistas industriales centrales más que los de industrialización tardía, como Argentina y México. Pero de producirse la victoria de la "burguesía mundial", de ningún modo estaría garantizada la "recuperación sostenida de la acumulación". El nivel de parasitismo alcanzado por el modo de producción basado en la propiedad privada así como el grado de dominación financiera y política por sus componentes puramente rentistas, son tan elevados como para que el mantenimiento en el poder de la burguesía tenga como único resultado acelerar el curso de la humanidad hacia una regresión colosal de la civilización en todos los planos. La "factura" de la cual habla Claude incluiría por definición la multiplicación y la intensificación de los ataques contra el "costo excesivo" del trabajo. Pero estos ya no bastarían para garantizar "la recuperación sostenida de la acumulación".
Los rasgos de la crisis y el papel del Estado
Para examinar las dos series de factores que según C.S. hacen que los niveles (de plusvalía y de ganancias) sean "juzgados demasiado bajos por el capital" debemos referirnos a un contexto histórico más amplio que ambos caracterizamos de manera semejante, partiendo de un postulado común en relación a las crisis. En el caso del capitalismo, estamos ante un sistema en constante evolución, en el que esta evolución afecta la forma de los grandes acontecimientos -en primer lugar, las crisis- así como las categorías teóricas que permiten analizarlos. Hay que partir de esto para tratar de comprender los rasgos particulares de la crisis abierta hace más de 20 años. Paul Mattick ha citado un largo comentario insertado por Engels en su edición del Volumen III de El Capital, advirtiendo que una serie de factores habían modificado la periodicidad de las crisis, las condiciones de su desencadenamiento y ciertos aspectos de su desarrollo desde que Marx escribiera -vale decir, a mediados de los años 80 del siglo pasado-. Mattick comenta: "lo que viene a decirnos que también la periodicidad de las crisis tiene una historia y que depende de circunstancias históricas. Aunque la crisis encuentra su razón última en el capitalismo en si mismo, cada crisis particular se distingue de la precedente, precisamente a causa de las transformaciones permanentes que a escala mundial afectan las relaciones de mercado y la estructura del capital". Tanto para C.S. como para mí es evidente que cambia no solamente la periodicidad, sino también las formas (abiertas, o contenidas y larvadas) y la duración de las crisis. Además, estamos de acuerdo en que a los factores enumerados por Mattick, hay que agregar otros: en primer lugar el papel jugado desde la época de Roosvelt por el Estado Norteamericano y luego de 1945 por el Estado de otros países capitalistas, cundo nació "la intervención del Estado" en la economía, paralelamente con todas las instituciones que materializaron las relaciones políticas entre las clases de una fase en la que la revolución sólo pudo ser contenida con la ayuda del estalinismo.
El rol del estado (y en primer lugar en los países que más se vanaglorian de su "liberalismo") permite comprender porqué la economía mundial, a pesar de la curva descendente de fondo y haber atravesado desde 1974-75 por lo menos tres momentos en que estuvieron reunidas todos las condiciones necesarias para el desencadenamiento de un crack financiero y desmoronamiento de la producción y comercio a una escala comparable con la de 1929, sólo experimentó recesiones más o menos serias. Para comprender las características asumidas por la crisis nunca debe subestimarse el papel que juegan los gastos públicos. Incluso en los EE.UU. donde predominan los gastos militares, y el gasto público sigue siendo menor que en otros lugares, el 25% del Producto Bruto Interno es controlado por el Estado Federal mientras que en l929, el porcentaje sólo era del 3%. En particular, no se debe subestimar la capacidad de los estados capitalistas para inyectar masivamente liquides monetaria cada vez que es necesario salvar de la bancarrota una parte del sistema financiero. En el curso de los últimos 10 años, el Estado Norteamericano y en "Federal Reseve Bank" ("Fed") que se ocupa de la supervisión del sistema financiero, intervinieron varias veces a escala masiva, frenar una desvalorización masiva del capital ficticio (en el caso de la intervención en Wall Street en octubre de 1987), para salvar de la bancarrota a una institución financiera importante (las Cajas de ahorro privadas en 1989-91) o incluso otro Estado dependiente cuya inminente quiebra podía tener efectos en cadena sobre el sistema del conjunto financiero (México en 1982 y sobre todo en 1994-95). La crisis ha sido contenida, pese a que los elementos constitutivos de la misma están reunidos desde hace 25 años. Aunque tal vez pueda transformarse algún día en una crisis una gigantesca crisis abierta, por ahora toma la forma de un proceso rampante, larvado, constituido simultáneamente por despidos cada vez más masivos, precarización del trabajo y tasas de inversión muy bajas. Pero la crisis abierta fue contenida al precio de la consolidación estructural de numerosas formas de parasitismo que acompañan lo que C.S. llama "el tipo de acumulación del capitalismo contemporáneo" del que da importantes ejemplos. En particular, el crecimiento muy rápido de las formas de capital ficticio que permite al capital puramente rentista beneficiarse con extracciones gigantescas del valor creado, porque no se produce la desvalorización de los activos ficticios (y todo se prepara para que no se produzca).
Las extracciones parasitarias de valor
C.S. hace una lista impresionante de las extracciones de valor provocadas por diversos aspectos parasitarios del capitalismo. Hay que integrarla en el análisis. Cualquiera sea la importancia que se quiera atribuir al efecto de la reducción del costo de trabajo en un relanzamiento de la acumulación, estas extracciones contribuyen a dibujar el cuadro en el que cada una de las diferentes burguesías tratar de regular sus relaciones con la clase obrera y la juventud. La enumeración hecha da la medida de las tareas "hercúleas" que supone sanear la situación para que la "recuperación de la acumulación" se haga realidad (más allá de la hipótesis del desencadenamiento de una nueva guerra interimperialista mundial, que menciona pero para la cual no hay condiciones hoy). Señala en especial cuatro extracciones que son otros tantos problemas gigantescos que enfrentan diversas fracciones de la burguesía en cuanto a la manera de "reglamentar": 1) los gastos ligados de manera directa a las actividades parasitarias exigidas por la defensa de las relaciones de propiedad capitalista ("gastos militares y de la burocracia del Estado, cada vez más necesarios para la reproducción de las relaciones sociales en una fase imperialista, como orden, seguridad, represión, etc."). 2) Los "gastos de comercialización y de publicidad en el seno de los grandes grupos industriales", cuyo crecimiento es paralelo a la elevación de los costos burocráticos, que van mucho más allá de lo que Marx llamaba "despilfarro de las fuerzas productivas". 3) las consecuencias del "tipo de acumulación de las décadas de posguerra que ha degradado en proporciones inauditas el medio ambiente y ha pillado sin vergüenza los recursos naturales confirmando con un vigor inquietante que "el primer parásito de la naturaleza es el hombre" (Marx)". 4) Para finalizar y de manera particularmente pesada "la hipertrofia y la supremacía del capital financiero" junto con las muy fuertes "extracciones sobre el valor creado", que supone.
Si estas múltiples extracciones parasitarias son una de las agujas que empujan a las burguesías a multiplicar sus ofensivas contra la clase obrera y la juventud, su cantidad, así como el poderío los grupos económicos y políticos específicos (los lobbies) que se asocian con ellas son tales que su existencia pesa sobre las condiciones en las que estas burguesías deben tratar de llevar a buen puerto tales ofensivas. Los múltiples problemas a los que burgueses se deben abocar empeñosamente relativos a las relaciones entre distintas fracciones del capital -entre los diferentes componentes nacionales del imperialismo (USA, Japón, Alemania, y otros países europeos), entre el capital que produce el valor y el capital puramente rentista, entre fracciones representadas en el corazón del aparato del Estado en cada país- no les dejan las manos libres para golpear a la clase obrera y a la juventud como les haría falta. Ya esta es una gran razón cuestionar la corrección de aferrarse a la perspectiva de "recuperación de la acumulación", incluso lejana.
La naturaleza del capital portador a interés y sus pretensiones
Con C.S. hemos trabajado sobre el capital-dinero a interés así como sobre el capital financiero, en el sentido en que Hilferding utilizara el término originalmente. Partimos de las mismas premisas. Sin embargo, su texto trasluce cierta reserva sobre la importancia que atribuyo a las extracciones específicas con las que el capital de interés se beneficia. (Sería interesante que en otro artículo desarrolle más sus argumentos). Hace cuatro planteos metodológicos justos, pero no comprendo exactamente qué alcance que les da. Escribe: "la tendencia rentista del capital es pues inherente al sistema, ya que "el capitalista tiene una doble existencia: jurídica y económica" (Marx). Contra Proudhon, Marx explica que el reflujo del capital dinero hacia su punto de partida es una característica de todo capital que se valoriza (y en primer lugar del invertido en la producción) y no solamente una especificidad del capital-dinero de préstamo. Todo capitalista es por lo tanto un rentista "en potencia" ". Evidentemente, estoy de acuerdo. Una de las expresiones más importantes de los rasgos rentistas del capital en general es la existencia de los grandes grupos industriales con la multiplicidad de los modos de valorización que su gran tamaño y su internacionalización les abren. Este aspecto "clásico" ha recuperado plena actualidad y experimenta una expansión igual o superior a la de los anteriores períodos del imperialismo. Los rasgos rentistas aparecen en las formas de apropiación del valor a las que esos grupos se libran paralelamente a la apropiación de la plusvalía en sus propios sitios de producción. Se manifiestan también de manera cada vez más fuerte en la intensa actividad que desde hace 10 a 15 años desarrollan los grupos industriales en los mercados financieros. Pero me parece que sería erróneo minimizar las consecuencias económicas, sociales y políticas que tiene la dimensión alcanzada por la esa fracción precisa del capital mundial que se valoriza bajo la forma de capital a interés.
Creo que se está ante un cambio de cantidad en calidad. Ese capital otorga préstamos a las empresas y sobre todo a los Estados, que ya no son hoy solamente los de los países dependientes situados en el Tercer Mundo, sino y sobre todo los mismos Estados imperialistas. En el momento en que preparaba el Libro III de El Capital Marx anotaba lo siguiente:
La acumulación del capital de la deuda pública no significa otra cosa que el desarrollo de una clase de acreedores del Estado, que están autorizados a llevarse para ellos ciertas sumas sobre el monto de los impuestos. En estos hechos que muestran que aún una acumulación de deudas llega a presentarse como acumulación de capital, se mide qué grado de perfección alcanza la desnaturalización de las cosas que se produce en el sistema de crédito. Las deudas establecidas por el capital prestado al comienzo y gastado desde largo tiempo, estas copias en papel, imágenes de un capital destruido, ofician de capital para sus poseedores, en la medida en que son mercaderías vendibles, y pueden entonces ser reconvertidas en capital.
Hoy esta clase de "acreedores del Estado" se ha desarrollado a un punto que Marx de ninguna manera pudo imaginar. Y se diversificó muchísimo. Incluye desde los aportes a los fondos de pensión privados (la categoría más importante de los "pequeños ahorristas" contemporáneos) hasta los grandes grupos de bancos, así como a los grupos industriales que retienen liquidez, es decir, capital que no encuentran rentable invertir en la producción. En fin, como lo muestra el gráfico 1, la clase de "acreedores del Estado" está dominada y comandada sobre todo por los "recién llegados" a la escena del capitalismo mundial, que son los gestores de los grandes fondos de pensión y de las sociedades colectivas de colocaciones (los Mutual Funds).
Los asalariados soportan el peso esencial de la deuda pública
Esas diversas categorías de acreedores que algunos autores denuncian como "dictaduras" logran transferir a su favor una fracción elevada del valor y de la plusvalía. Es recolectada por la vía de impuestos directos, indirectos y contribuciones "especiales" y canalizada hacia el sector financiero por la fracción de los "déficit públicos" destinada al "servicio de la deuda" (Ver el gráfico 3, sobre la composición de los déficit de los Estados europeos). Esta fracción se calcula (como los gastos militares de otras épocas) en porcentaje del presupuesto -en este caso la transferencia en favor de los acreedores alcanza o pasa el 20% en la mayoría de los países con USA a la cabeza- o en porcentaje del Producto Bruto Interno, que es una aproximación del valor creado y realizado -y en este caso la transferencia se sitúa entre el 2% y el 5% del PBI, según el país. El poderío político y social de estos "acreedores del Estado", especialmente el de los grandes Fondos, así como la naturaleza de sus colocaciones preferidas (los títulos de la deuda pública están a la cabeza, seguidos por la especulación con acciones) se oponen, por supuesto, a la acumulación industrial. Pero esta gigantesca transferencia se opera a costas de los asalariados y lo que queda de los artesanos y agricultores independientes.
Los capitales que son transferidos hacia el sector financiero son el fundamento del proceso de formación de múltiples "derivativos" (además de las acciones). Pero las burbujas especulativas que se desarrollan sobre tal o cual producto o compartimiento del mercado suponen que previamente se produzcan extracciones y transferencias reales de valor y de plusvalía, y que continuarán efectuándose con tanta regularidad como sea posible. Esta es la preocupación principal de los "mercados", léase los grandes operadores financieros: La condición es la existencia de tasas de interés positivas reales, así como la capacidad y la voluntad de las entidades endeudadas -en primer lugar los Estados y las entidades públicas regionales o municipales- de "honrar sus compromisos". Garantizar la existencia de tasas reales positivas aplicando políticas colocadas bajo el signo de la lucha contra la inflación (decretada apenas el índice de precios gana medio punto dos meses seguidos) se ha transformado en el objetivo político prioritario de la mayoría de los gobiernos más importantes, de manera que aún en la situación de crisis contenida que vivimos la coyuntura mundial ha adquirido una tonalidad congénitamente deflacionista.
Aunque goce de operaciones derivadas del capital ficticio, el capital de interés vive con transferencias de valor y de plusvalía muy concretas. Cuando los capitalistas deben ceder al capital prestamista una fracción de sus ganancias, buscan hacerle soportar esta carga a sus asalariados bajo la forma de congelamiento o baja de salarios.
En el caso de la deuda pública, el proceso es más claro, todavía. Como los periodistas más honestos lo señalaron, la "quita" a las ganancias con impuestos directos anunciada por Juppé con mucha propaganda, cae sobre los salarios y las ganancias de los campesinos y artesanos, que soportan la fracción más fuerte de los impuestos directos e indirectos. Pasado un umbral que no es el de los pequeños ahorristas, las ganancias del capital-dinero escapan al impuesto casi completamente. Y los impuestos a la ganancia de las empresas y los grandes ingresos han bajado de año en año... ªPara "incentivar la inversión"!
Los fondos privados de pensión, un capital parasitario y opresor construido en base al aporte forzado de los asalariados
Finalmente, en los países anglosajones y Japón el capital montó desde hace 40 años, el instrumento de succión de los salarios que tanta envidia da a la burguesía financiera francesa. Me refiero, por supuesto, a las múltiples modalidades de los fondos privados de pensión .Los aportes para la vejez (y frecuentemente para la salud) que los obreros, empleados y funcionarios norteamericanos, ingleses y japoneses -por citar solamente los países más avanzados- son obligados por contrato a dejar en los fondos de pensión, nacen como una fracción de los salarios. Pero la naturaleza de este dinero se modifica desde que penetra en la esfera financiera. Centralizados en los grandes fondos, esos salarios pasan a ser los componentes centrales del capital financiero, a cuyo lado los más grandes bancos son apenas enanos. Bajo la conducción de gestores casi anónimos, no son más que masas de capital buscando la rentabilidad máxima de la manera más parasitaria y más opresiva. La adhesión obligatoria de los asalariados a los sistemas de jubilación privada los somete doblemente a este nuevo avatar del capital financiero. Aunque no haya fraude abierto, como en el caso de Maxwell, la capitalización de su ahorro forzado coloca el nivel y la existencia de sus jubilaciones bajo la dependencia de la "salud" de los mercados bursátiles (ver el Anexo 1). Pero los asalariados sufren el "talón de hierro" del capital financiero concentrado en los grandes fondos también como patronos. Como experimentaron los asalariados de tantos grupos industriales en los EE.UU. y ahora en Europa, la entrada de los fondos de pensión en el capital y el directorio de un grupo es inmediatamente seguida de carradas de despidos y de austeridad salarial. Así, desde lejos y de la manera más fetichista se "valoriza" este capital.
Es necesario distinguir grados en el nivel que el aspecto rentista del capital ha alcanzado. Aunque fuera constitutivo o "genérico" nunca había alcanzado los niveles actuales. Debemos tratar de comprender todas las consecuencias que puede tener la presencia en el corazón mismo del sistema capitalista y no solamente en las palancas del aparato del Estado cuyo carácter parasitario conocemos hace mucho, de estas capas financieras que dirigen la acumulación consagrándose a la "no-actividad" o la "lotería" de títulos.
Siempre en su punto 4, C.S. escribe que "el desarrollo autónomo e hipertrofiado del capital en forma de dinero, no es solamente "una causa de la débil acumulación del capital productivo", sino que es también un producto "de la debilidad de la acumulación que resulta de insuficientes condiciones insuficientes de rentabilidad del capital. Esto exigiría una ofensiva contra las condiciones de vida y de trabajo en los países en los que la mano de obra tiene un costo elevado (es decir, en los países capitalistas desarrollados) para la cual todavía no están maduras las condiciones políticas y sociales".
Esto merece dos observaciones. En el origen de la hipertrofia del capital prestamista no está solamente "la debilidad de la acumulación" sino también, y al menos en igual medida, todo lo que C.S. describe largamente en la segunda parte de su parágrafo anterior. El apoyo irrestricto a los mercados financieros aportado por el Estado norteamericano, "la Fed" y las instituciones especializadas de política financiera internas e internacionales (FMI) es la explicación esencial de que la hipertrofia financiera haya podido alcanzar desde hace 20 años dimensiones sin precedentes históricos, sin que se desembocara en un crack de primera magnitud. No tenemos interés en "condimentar" la explicación. Si el desarrollo autónomo e hipertrofiado del capital con forma de dinero hubiera sido simplemente la consecuencia de la debilidad de la acumulación, no hubiera tenido ni la amplitud ni la duración conocidos.
«Qué pasa con la tasa de ganancia?
La segunda observación es que con esto C.S. introduce el hilo de Ariadna de su propia tesis, vale decir, que el elevado costo de la fuerza de trabajo es aún "exorbitante para el capital" (punto 2). Pero la hipótesis que comencé a defender en mi artículo anterior y que voy ahora a formular más claramente, es que en el curso de los últimos quince o 20 años hubo un aumento considerable de la tasa de explotación, cuyos efectos se suman al proceso de desvalorización del precio de la fuerza de trabajo que viene desde antes. Si el aumento de la tasa de explotación no llevó a una recuperación de la acumulación, no es porque las ofensivas llevadas a cabo sistemáticamente en todos los países capitalistas "no fueron todavía suficientes". Se debe a razones completamente distintas. Unas, derivan de los efectos del aumento en la potencia del capital-dinero de interés sobre las opciones de los grupos industriales. Las otras, tienen que ver con un aforismo de Marx cuyo valor permanece intacto: "La verdadera barrera de la producción capitalista es el capital en sí mismo".
Para apreciar la tasa de ganancia de los grupos industriales sólo se dispone de estadísticas establecidas según categorías que no son las de teoría marxista. Pero como reflejo deformado de aquéllas y sobre todo como indicadores de tendencia, se las puede utilizar. Y estas cifras muestran que hubo un restablecimiento de la rentabilidad global de los grupos, que incluye los resultados de sus colocaciones financieras y operaciones especulativas en los mercados financieros. La masa de valor engendrada por el alza de la tasa de explotación (o tasa de plusvalía) no sirvió para la inversión, por la sencilla razón de que alimentó al capital rentista alojado en el sector financiero. El restablecimiento de los niveles de ganancia de los grandes grupos industriales de los seis países capitalistas principales, que comienza desde 1981 y prosigue más allá de la fecha en que se termina el gráfico 4 (comparación de las curvas de tasas de ganancia y tasas de crecimiento en los países del G5), reposa simultáneamente en el alza de las tasas de plusvalía cuyos mecanismos estudiamos más adelante y en el proceso llamado "financiarización".
Los grupos industriales son, en esencia, una forma de capital financiero (denominada "con predominio industrial"). Su grado de financiarización se ha acrecentado de manera cualitativa en el curso de los últimos 20 años, de manera que se han beneficiado plenamente con el ascenso del parasitismo financiero. Un grupo industrial tiene muchos e importantes motivos para no inmovilizar sus capitales en la producción bajo la forma de una acumulación de capital auténtico: pueden colocar sus capitales como títulos públicos, a tasas a menudo superiores y siempre menos riesgosas que las inversiones productivas; pueden especular en los mercados de cambio y de los "derivativos" evitando el riesgo de grandes pérdidas en caso de error, y alzándose a menudo con ganancias financieras colosales; y está compelido a mantener fondos líquidos para retomar los grandes paquetes de sus propias acciones, en caso de que necesiten combatir las O.P.A. "hostiles".
Los factores que determinan la tasa de plusvalía
Los argumentos de C.S. referidos a los "niveles de plusvalía y de ganancia" necesarios para que el capital se oriente hacia una recuperación sostenida de la acumulación reposan casi exclusivamente sobre el costo de la fuerza de trabajo, que incluye además de los costos ligados al salario directo, los costos sociales de formación, de salud y de jubilación. Sin embargo, el precio de compra y venta de la fuerza de trabajo no es el único factor que interviene en la determinación de la tasa de plusvalía. Esta también depende de la duración del uso de la fuerza de trabajo por el capitalista así como de la intensidad de este uso, es decir la organización del trabajo en el taller o la oficina, los métodos tayloristas o toyotistas, la vigilancia y la eliminación de los tiempos muertos. El valor de cambio de la fuerza de trabajo sufre, por otra parte, un proceso de desvalorización cuya amplitud compensa y probablemente supera las alzas en los precios de compra y de venta de la fuerza de trabajo (el costo del trabajo) traducido por el nivel de los salarios (directo e indirecto).
La duración del trabajo (por día, por semana o por año, la duración de las vacaciones pagas) así como los límites que circunscriben (o ya no circunscriben más, como en Gran Bretaña) la libertad de utilizar como se quiera la fuerza de trabajo (trabajo nocturno, condiciones de trabajo de las mujeres y los niños, continuidad o flexibilidad de esta utilización) ha tenido una doble incidencia sobre la tasa de plusvalía. La duración del trabajo y las condiciones de su "utilización" representan frenos para la apropiación de la plusvalía absoluta. Durante 30 años también tuvieron un efecto sobre los niveles de los salarios a través de la reducción del ejército industrial de reserva. Lo que puede decirse sobre el componente "moral e histórico" en la determinación de los salarios, vale también palabra por palabra para las condiciones en las que la fuerza de trabajo es explotada en los empleos. Se comprende el encarnizamiento con que la patronal se opone a la reducción de la duración de la jornada de trabajo (las treinta y cinco horas sin pérdida de los salarios) y procura el desmantelamiento de la legalización del trabajo: los patrones desean voltear lo que para ellos representan frenos a la apropiación de plusvalía absoluta.
El precio de compra y de venta de la fuerza de trabajo está determinado por el precio de las mercancías (como bienes o servicios) que son necesarias para la reconstitución -cotidiana, semanal o anual- de la fuerza de trabajo y su reproducción de generación en generación. Ni la definición de estas "necesidades elementales: alimento, vestimenta, calefacción, habitación, etc.", ni la composición del conjunto de mercaderías que las materializa son fijadas de una vez y para siempre (por esto Marx está en total desacuerdo con todas las versiones de "la ley de hierro" del salario). Estas condiciones varían de un período al otro, y en un mismo período, de un país a otro. "Los orígenes de la clase asalariada en cada país, el medio histórico donde se ha formado continúan mucho tiempo ejerciendo la más grande influencia sobre los hábitos, las exigencias, y, por supuesto, las necesidades. La fuerza de trabajo encierra, entonces, desde el punto de vista de su valor, un elemento histórico y moral, que la distingue de las otras mercaderías". La expresión "continúan largo tiempo" puede ser cambiada reforzando lo que Marx escribió. Se podría decir "más que nunca", porque en este elemento moral e histórico se cristalizan en los distintos países los efectos de las relaciones de fuerza entre las clases, tanto políticas, como económicas, cuando las mismas fueron momentáneamente favorables a la clase obrera y a los asalariados. Son los momentos en los que frente al ascenso revolucionario de la clase obrera (la huelga general de 1936, los "maquis" armados y los comités de fábrica que se forman en el momento de la Liberación, prestos a desbordar el Partido Comunista Francés) o a su radicalización, la patronal y el Estado se han visto obligados a retroceder y satisfacer las reivindicaciones, materializadas en instituciones. Es éste el elemento que ha acentuado, más que atenuado las diferencias en el nivel de los salarios y las condiciones de existencia de las clases obreras de los diferentes países.
De allí proviene, por ejemplo, el hecho de que en términos de protección contra la enfermedad, de jubilación, etc., el precio de venta de la fuerza de trabajo de los obreros norteamericanos haya caído, en particular desde los años 60, a niveles bastante inferiores que los de los países europeos. Lo mismo vale para la duración del trabajo: semana más larga y vacaciones pagas mucho más cortas.
Por estas razones el terreno de los salarios directos e indirectos continua siendo el lugar donde la clase obrera puede todavía defenderse mejor. El nivel de los salarios no resulta solamente del "estado del mercado de trabajo" en un momento dado de la coyuntura, aunque la dimensión del ejército industrial de reserva pesa cada día más. En cada país, es el resultado de la historia de las relaciones económicas y políticas entre la clase obrera y la burguesía en un largo período. Incorporan el resultado de las luchas de clases anteriores cristalizadas en conjuntos de leyes (por ejemplo, los códigos de trabajo) y de instituciones (como la Seguridad Social o los sistemas de jubilación) que contribuyen a dar a los costos del trabajo ese nivel y sobre todo esa rigidez, contra la que los gobiernos capitalistas han centrado sus ataques desde el comienzo de los 70, sin que todavía hayan alcanzado en la mayoría de los países los objetivos que se habían fijado.
Por el contrario, los asalariados tienen medios mucho menos eficaces de defenderse en otros planos que determinan el nivel de la tasa de plusvalía.
Tecnología, intensidad del trabajo y "desvalorizacion