Renegociación de la deuda externa. Un éxito demasiado caro

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Autor(es): Becerra, Luis, Méndez, Andrés

El presidente Kirchner y el ministro de Economìa Lavagna tuvieron su momento de gloria el jueves 3 de marzo, cuando anunciaron que la oferta de renegociación de la deuda externa argentina había alcanzado una aceptación del 76,07% del monto total, que fueron refinanciados por bonos a plazos de entre 30 y 42 años.

Los altos funcionarios tenían motivos para festejar. Nadie preveía un nivel de aceptación tan elevado cuando la oferta fue lanzada en junio de 2004, en medio de las quejas de los acreedores y de la mayoría de la prensa financiera internacional. A pocos días de abierto el período para que los bonistas presentaran la aceptación, la revista norteamericana Forbes todavía acusaba al gobierno argentino de "tramposo" y de comportarse como "un matón".

Para que la fiesta fuera completa, el ministro Lavagna maquilló algunas cifras, de modo que el resultado fuera más espectacular. Anunció que la deuda quedó en 125 mil millones de dólares, olvidando que los aproximadamente 24.500 millones que no se presentaron al canje de bonos no han dejado de existir.

Esa deuda podrá pagarse o no pagarse, sus titulares podrán hacer juicio o no hacerlo, pero el hecho es que esa deuda sigue pendiente y que el Fondo Monetario Internacional y el Grupo de los 7 (los principales países imperialistas) continuarán presionando para que se pague.

Maquilló también el producto interno bruto, para así llegar a la ilusoria relación: la deuda sería ahora igual al 72% del PIB. En realidad, si se considera la deuda refinanciada, la no refinanciada y la que se debe a los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial y BID), la auténtica relación puede llegar al 94% del PIB.

Además, cuando se indicaron los vencimientos a pagar en 2005, se soslayó que vencen aproximadamente 5.800 millones de dólares con los organismos internacionales. Que estos últimos refinancien esos vencimientos es una cuestión problemática y, en todo caso, no lo harán sin imponer condiciones, como la situación de la deuda no renegociada o el aumento de tarifas para las empresas privatizadas.

Por supuesto, el ministro evitó en su presentación referirse al descomunal crecimiento de la deuda en los últimos tres años, que hace que, con quita y todo, siga en los niveles de 2001, antes del default.

Y, cuando se ufana de haber elevado considerablemente la parte de deuda en pesos (del 3 al 37%), omite decir que esa deuda en pesos está indexada y crecerá con cada punto de inflación. Recordemos que la crisis brasileña de fines de 1998 se desató por el peso insostenible de la deuda en reales indexada, que sólo se pudo poner en caja mediante una violenta devaluación en enero de 1999.

En los cuadros 1 y 2 puede observarse que, contrariamente a los edulcorados números del ministro Lavagna, el endeudamiento argentino sigue siendo una carga descomunal, que obligará a un esfuerzo monstruoso durante muchos años. Por ejemplo, los pagos netos (intereses mas amortizaciones a los organismos internacionales) serán en el corriente año de 3.6% del PBI, cifra muy similar a la de predefault de 2001 y un 50% superior a la del último quinquenio de la década del 90 que se ubicó en 2.4%. Asimismo, esa carga de deuda representa un 16.1% de la recaudación impositiva. Este porcentaje es inferior al de 2001, que se ubicó en el 22% puesto que la recaudación en términos reales estuvo aumentando por los impuestos a las exportaciones, pero es superior al 13.7% de promedio para el período 1990/2000.

El éxito resulta muy caro: sobre las espaldas del pueblo argentino queda una hipoteca de más de cuarenta años, que sólo se podrá cubrir (y muy trabajosamente) con un enorme superávit fiscal, que significará bajos salarios, bajas jubilaciones y altos impuestos sobre el consumo.

Es de destacar que en el corriente año, y aún con un superávit primario del 3% del PBI, el gobierno deberá recurrir al mercado por préstamos entre 3500 y 4000 millones de dólares para hacer frente a todas las obligaciones comprometidas.

Por lo demás, el gigantesco cronograma de pagos en los años posteriores sólo podrá cubrirse si no hubiera ninguna recesión y además se mantuviera una importante liquidez internacional que le permitiera a la Argentina obtener la financiación externa para cumplir todos los pagos. Pero, dado el carácter cíclico de la economía capitalista, esto no es posible y, por lo tanto, en el horizonte (más cercano o más lejano) asoma la perspectiva de un nuevo default.

Elogios y protestas

Los apologistas del Gobierno (incluso, muchos conversos apresuradamente cuando se vislumbró que la aceptación sería alta) elogian la firmeza con que se encaró la reestructuración de la deuda. "La Argentina siguió su propio modelo", dicen. Con menor simpatía, también los detractores afirman que los acreedores fueron sometidos a una extorsión. En términos más diplomáticos, el ex subsecretario del Tesoro norteamericano, Edwin Truman, subraya que "lo que la Argentina demostró es que un país en default tiene más poder que sus acreedores". Y el diario inglés Financial Times se alarma por el precedente, que podrìa ser seguido por otros países fuertemente endeudados.

Conviene examinar con cuidado estas expresiones, porque tanto los elogios como las protestas tienen su cuota de razón. La salida del default argentino se destaca entre las de otros países en los últimos años porque es la más favorable, si se consideran en conjunto el porcentaje de quita, la longitud de los plazos y las tasas de interés. Efectivamente, el Gobierno, después de mejorar sustancialmente la primera propuesta en junio de 2004 (básicamente la multiplicó por 2,5), prescindió de las presiones, amenazas, quejas y rezongos de los financistas internacionales y de los pronósticos agoreros de los economistas neoliberales y mantuvo firme la segunda versión de la propuesta hasta el final.

La palabra firme se puede usar de dos maneras: por una parte, puede significar sólido, consistente, inconmovible; por otra, puede significar la posición que adopta un soldado ante la orden de un superior.

La firmeza del gobierno argentino admite las dos acepciones.

Es cierto, como ya queda dicho, que se mantuvo firme ante los acreedores. Pero también es cierto que se puso en posición de firme ante las vacas sagradas del capitalismo.

Dejó de lado la cuestión elemental de la legitimidad de la deuda. El endeudamiento argentino reúne todas las cualidades de lo que la jurisprudencia internacional llama "deuda odiosa", que puede y debe ser repudiada. Dejó de lado toda investigación sobre el carácter fraudulento de por lo menos una parte enorme de la deuda. Admitió sin reparos la totalidad de la carga financiera fabricada sobre los hombros del pueblo argentino por los sucesivos gobiernos, desde la dictadura militar hasta De la Rúa, pasando por los grandes fabricantes de deuda, Carlos Menem y su ministro Domingo Cavallo, ansiosos por mantener el modelo de convertibilidad y déficit fiscal.

Por otra parte, el Gobierno no dejó en ningún momento de pagar la deuda con los organismos internacionales: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Banco Interamericano de Desarrollo. Más de 10 mil millones de dólares se fueron sin retorno del país en los últimos tres años rumbo a las arcas de esos organismos, especialmente el FMI, a quien tanto Kirchner como Lavagna fustigan incansablemente, y con razón, como responsable principal del desastre nacional. Con buen motivo se quejaron los pequeños bonistas de que a ellos se les hiciera una quita, se les alargaran los plazos y se les redujeran los intereses, mientras que a los responsables del problema se les pagaba puntualmente. Dicho sea de paso, pocos días después de finalizado el canje de la deuda privada, el Fondo volvió a recibir 292 millones de dólares. Comparemos números: el Banco Central tiene algo más de 20.000 millones de dólares en reservas; lo que se le dio durante tres años a los organismos usureros equivale a la mitad de esa cifra.

La Argentina, junto con Brasil y Turquía, son los mayores deudores del FMI. Las autoridades del Fondo pretenden a toda costa reducir esa exposición. ¿Dónde quedó el "poder del país en default frente a sus acreedores" que preocupa al señor Truman y al Financial Times? Ausente sin aviso. El Gobierno no utilizó ese poder para imponer a la entidad dominada por EE.UU. y Europa mejores condiciones. Ni quita, ni alargamiento de los plazos, ni baja de intereses, ni nada de nada. Solamente hubo pagos puntuales y cuantiosos, soportados por el superávit fiscal (una vez más, léase bajos salarios, bajas jubilaciones, menos planes sociales, menos inversión en obras públicas, más impuestos sobre el consumo).

El Presidente y sus voceros han justificado estos pagos en más de una oportunidad como un paso hacia independizarnos del FMI y sus imposiciones. Ciertamente, si uno no debe nada, tiene las manos más libres. Pero la suposición de que podemos comprar nuestra independencia cancelando la deuda con el Fondo es pura ilusión, ya que es incompatible con el cumplimiento de la gruesa factura que significan los vencimientos de la deuda recién reprogramada.

La consigna que inspiró al Gobierno es que, si hay que romper algunos platos, sean los menos posibles y preferiblemente los de los bonistas más chicos, ninguno de los organismos internacionales.

Por su parte, los grandes bancos y fondos de inversión se cubrieron de mayores pérdidas con un simple mecanismo de mercado: vendieron bonos a los incautos a buen precio y se los volvieron a comprar a precio de saldo durante el default. Incluso con quita, cuando los presentaron para el canje, los grandes financistas ya tenían asegurada una ganancia a costa de sus clientes.

Un oscuro porvenir

La fanfarria oficial no puede ocultar que, más temprano o más tarde, el porvenir se presenta oscuro.

Los sueños de independizarse del Fondo mostraron su endeblez cuando, a horas del festejo triunfal, el ministro Lavagna se subió a un avión para "tomarse un café" con el director gerente del Fondo, Rodrigo Rato, y la plana mayor del Tesoro norteamericano. La expresión "tomarse un café" pertenece al presidente Kirchner, quien sin embargo no ha explicado si el café que se toma en Washington es tan bueno que justifica el costoso viaje del ministro y sus colaboradores.

El Fondo y las autoridades económicas del imperialismo yanqui ya han dejado saber, que pretenden que se reabra el canje para hacer lugar a los acreedores remisos que se quedaron afuera. También volverán a la carga con la exigencia de aumentos de tarifas para las privatizadas que, durante una década, tan prolijamente contribuyeron al desastre económico argentino con sus propio endeudamiento (mayoritariamente falso, ya que fueron "préstamos" de sus casas matrices) y las fabulosas remesas de ganancias al exterior. Exigirán una nueva vuelta de tuerca al superávit fiscal y al ajuste en las provincias, ya sancionado por el Congreso con la Ley de Responsabilidad Fiscal aprobada el año pasado. Reiterarán su reclamo de reestructurar a los bancos oficiales, para privar al país de cualquier herramienta financiera fuera del control de los grandes capitales. Y, por supuesto, reclamarán saldar la deuda de 24.500 millones de dólares que todavía se mantiene en default con acreedores internacionales.

Seguramente el Gobierno continuará firme, en el doble sentido que apuntamos más arriba: se resistirá a aceptar la totalidad de las exigencias, pero no sacará los pies del plato. De este modo, la presión constante producirá un efecto gradual: los organismos internacionales y los países ricos del Grupo de los 7 irán consiguiendo paso a paso que se cumplan sus exigencias.

A este resultado contribuirá la endeblez crónica de las finanzas del país. La carga de servicios de la deuda (la refinanciada, la posterior al default y la que pertenece a los organismos) exigirá, no sólo un esfuerzo descomunal por el superávit, sino también refinanciar la deuda con el FMI y contraer nueva, para poder cubrir los vencimientos.

La política de sostenimiento del dólar en torno a los tres pesos por unidad mediante la inyección de moneda local al mercado por parte del Banco Central alimenta la inflación, que ya se estima en un 12% anual para este 2005 y carcome el poder adquisitivo de los salarios, que son de por sí muy bajos. Esto objetivamente mejora la posición capitalista, en la medida que aún la lucha social por el salario no es generalizada.

El Gobierno podría dejar que baje el precio del dólar, hoy mantenido con grandes compras del Banco Central. De ese modo, con el mismo superavit primario en pesos podría comprar más dólares para afrontar los vencimientos. Pero esto le acarrearía dos peligros a su estrategia económica. Por una parte, pondría en riesgo el aumento de las exportaciones y, al estimular las importaciones, también se achicaría la protección de hecho que el dólar a tres pesos brindó a la producción industrial. La producción destinada al exterior (fundamentalmente la agraria, pero también la de manufacturas y combustibles) y la sustitución de importaciones fueron los motores fundamentales de la recuperación económica de los últimos dos años y medio. Si esos motores reducen su empuje, todo el edificio económico puede temblar. Y el propio superávit fiscal, hoy basado en una parte sustantiva en las retenciones a las exportaciones, también sufriría un sacudón.

Por otra parte, un dólar más barato, bajando las exportaciones y subiendo las importaciones, achicaría el superávit comercial, que es la fuente más abundante y segura de los dólares que puedan hacer frente a los vencimientos de la deuda.

Por donde se lo mire, el problema es complicado. Los nubarrones no parecen estar en el corto plazo. La salida del default, según todos los pronósticos, atraerá capitales y se mantendrá la marcha de la economía.

Pero si miramos más allá, la acumulación de vencimientos de deuda, la necesidad de refinanciaciones y de nuevos préstamos volverá a poner en marcha la tradicional bola de nieve del endeudamiento, preparando las condiciones para una renovada crisis.

En lo inmediato, entonces, los compromisos contraídos imposibilitarán una reducción drástica de los actuales y terribles niveles de pobreza y desocupación, y el apriete fiscal irá en esa misma dirección. En el futuro, la deuda eterna seguirá siendo la soga puesta en el cuello de los argentinos.