La política como estrategia

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Autor(es): Bensaïd, Daniel

Bensaïd, DanielBensaïd, Daniel. Nació en 1946 en Toulouse y falleció en París en 2010. Fue uno de los pensadores marxistas contemporáneos más innovadores y un consecuente militante “práctico”. Tuvo destacada participación en las luchas de mayo del ’68 y, a partir de entonces, como dirigente de la Liga Comunista Revolucionaria de Francia y del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, intervino activamente y durante décadas en las actividades y debates del movimiento trotskista y la izquierda revolucionaria en general. Como pocos supo combinar la intensa actividad política, la docencia, la producción teórica y literaria. Fue profesor de filosofía en la Universidad de París VIII Saint Denis, escribió numerosos artículos, fundó y dirigió la revista Contre-Temps y publicó muchos libros: Mai 68 : une répétition générale(1968) fue el primero de ellos; el último, La Politique comme art stratéguique (2011). Hay entre ambos unos cuarenta títulos, entre los que destacan La Discordance des temps. Essais sur les crises, les clases, l’histoire (1995) “contrapunto y complemento” de Marx l’intempestif. Grandeurs et misères d’un aventure critique (XIXe-XXe siècles) editado en francés el mismo año y en 2003 por Ediciones Herramienta.


A Hannah Arendt le preocupaba que la política pudiera desaparecer completamente del mundo.1 Ante los desastres del siglo, resultaba inevitable establecer si "en definitiva la política todavía sigue teniendo algún sentido". Lo que estaba en juego en esos temores era algo eminentemente práctico: "El sinsentido alcanzado por toda la política queda puesto de manifiesto por el callejón sin salida en que se precipitan las cuestiones políticas particulares"2.

Para Arendt, el totalitarismo era la forma que tomaba esa temida desaparición. Hoy día nos topamos con otra cara del peligro: el totalitarismo con rostro humano, propio del despotismo de mercado. En él, la política está comprimida entre el orden establecido de los mercados financieros y las prescripciones moralizantes del capital ventrílocuo.

El fin de la historia y el de la política coinciden, pues, en la infernal repetición de la eternidad mercantil donde resuenan las voces blancas de Fukuyama y de Furet: "La idea de otra sociedad se ha vuelto casi imposible de concebir y, por otra parte, hoy día nadie se adentra en el tema. Henos aquí condenados a vivir en el mundo en que vivimos"3. Más que melancólica es desesperada -podría haber dicho Blanqui- esta eternidad del hombre a causa del Dow Jones y del Cac 40.4 Así, el éxito popular del programa de televisión C’est mon choix5 representa un consuelo ilusorio ante la falta de alternativa y de libertad verdaderas. La elección puramente subjetiva que allí se otorga entronca con los caprichos (tan indiscutibles como los gustos y los colores) de un individuo cuyos deseos inconstantes rechazan las necesidades sociales, y cuya libertad está rigurosamente encuadrada por las necesidades económicas y sociales. La alternativa se circunscribe estrictamente a elegir entre lo peor y lo menos malo. La anónima consigna de Mayo del 68 que afirmaba que en política la única opción realista consistía en "pedir lo imposible", señalaba a su manera el peligro al que estaba expuesta la política desde entonces.

Hannah Arendt creía poder ponerle fecha al comienzo y el fin de la política: inaugurada por Platón y Aristóteles, habría encontrado "en las teorías de Marx su final definitivo". Mediante una astucia de la razón dialéctica, anunciando el fin de la filosofía habría pronunciado en realidad el de la política. Esto es desconocer la política de Marx como la única forma contemporánea de la política frente a la violencia capitalista y los fetichismos de la modernidad: "El Estado no vale por todo", escribe en sus notas de 1848 sobre la filosofía hegeliana del Estado. Se rebela claramente contra «la exageración presuntuosa del factor político» (o «la ilusión política») que hace del Estado burocrático la encarnación de lo universal abstracto. Pero no le contrapone una pasión unilateral por lo social. Su defensa de la política, opuesta a la ilusión libertaria por lo social -desde Proudhon hasta Bakunin- atestigua, por el contrario, la constancia de su pelea en ambos frentes. Consagra sus esfuerzos a la emergencia de una política del oprimido, anunciando la necesaria desaparición del Estado en tanto que cuerpo separado de la política profesional.

Para él, la cuestión urgente, vital, es la de la política desde abajo, la de quienes están excluidos de la política estatal de los dominadores, la de las víctimas de esta política confiscada. Se trata, entonces, de resolver el enigma de las revoluciones proletarias y de sus repetidas tragedias: ¿cómo lograr de la nada el todo? ¿Cómo puede una clase mutilada día a día, física y mentalmente, por la servidumbre involuntaria del trabajo obligatorio, transformarse en sujeto universal de la emancipación humana? En este aspecto, las respuestas de Marx son tributarias de una hipótesis sociológica: el desarrollo industrial trae consigo la masificación del proletariado; el crecimiento numérico y la concentración de las clases trabajadoras provocan un progreso en su organización y conciencia. La propia lógica del capital llevaría de esta forma a "la constitución de los proletarios en clase dominante". El prólogo de Engels a la edición de 1890 del Manifiesto comunista confirma este presupuesto: "Para la victoria definitiva de las propuestas enunciadas en el Manifiesto, Marx contaba con el desarrollo intelectual de la clase obrera, que surgiría de la acción y discusión comunes". De esta apuesta deriva la ilusión de que la conquista del sufragio universal permitiría al proletariado inglés, socialmente mayoritario, acoplar la representación política a la realidad social. En 1898, Antonio Labriola consideraba "que la deseada conjunción de los comunistas y de los proletarios es a partir de ahora una hecho consumado"6. La emancipación política del proletariado derivaría, necesariamente, de su desarrollo social.

La convulsiva historia del siglo pasado probó que no es tan fácil escaparse del mundo encantado de la mercancía, de sus dioses sanguinarios y de su «caja repetidora». La actualidad intempestiva de Lenin se desprende imperativamente de esta constatación. Si existe hoy una oportunidad para que la política pueda conjurar el doble peligro de convertir en natural la economía y en fatalidad la historia, esta oportunidad pasa por una nueva actitud leninista en el marco de las condiciones de la mundialización imperial, que cuestione la coherencia del orden liberal-capitalista mundial tal y como lo hiciera el cristianismo original atacando los fundamentos de la dominación imperial romana.7 El pensamiento político de Lenin es el de la política como estrategia, el de los momentos favorables y de los eslabones débiles.

El tiempo "homogéneo y vacío" del progreso mecánico, sin crisis ni rupturas, es un tiempo impolítico. La idea de una "acumulación pasiva de fuerzas" alimentada por Kautsky se inscribía en esta temporalidad sin acontecimiento. Versión primitiva de "la fuerza tranquila"8, este "socialismo fuera del tiempo" y "a paso de tortuga" disuelve la incertidumbre de la lucha política en las leyes proclamadas de la evolución histórica.

Lenin, por el contrario, piensa la política como un tiempo pleno, de lucha, de crisis y de bancarrotas. En él, la especificidad de la política se expresa en el concepto de crisis revolucionaria, que no es la prolongación lógica de un "movimiento social", sino una crisis general de las relaciones recíprocas entre todas las clases de la sociedad. La crisis se define entonces como una "crisis nacional". Momento de la verdad política, que actúa como revelador de las líneas de choque oscurecidas por las fantasmagorías místicas de la mercancía. Solo entonces, y no en virtud de una ineluctable maduración histórica, puede el proletariado transfigurarse y "convertirse en lo que es".

Crisis revolucionaria y lucha política están estrechamente ligadas: "El conocimiento que la clase obrera pueda tener de sí misma está indisolublemente ligado a un conocimiento preciso de las relaciones recíprocas de todas las clases de la sociedad contemporánea, conocimiento no solo teórico; digamos más bien, menos teórico que basado sobre la experiencia de la política"9. Es en la prueba de la práctica política donde se adquiere este conocimiento de las relaciones recíprocas entre todas las clases.

Este enfoque está en las antípodas del obrerismo vulgar, que reduce la política a lo social. En efecto, Lenin rechaza categóricamente "confundir el problema de las clases con el de los partidos". La lucha de clases no se reduce al antagonismo entre el obrero y su patrón. Confronta al proletariado con "la clase capitalista entera", en la "reproducción de conjunto" de la que es objeto el libro tercero de El capital. Por esta razón, el inacabado capítulo de Marx sobre las clases aparece lógicamente en este sitio y no en el libro primero, consagrado al proceso de producción, ni en el libro segundo, sobre el proceso de circulación. En tanto que partido político, la socialdemocracia revolucionaria representa pues a la clase trabajadora no en sus relaciones con un grupo de patronos, sino en sus relaciones con "todas las clases de la sociedad contemporánea y con el Estado en tanto que fuerza política organizada"10.

El tiempo roto de la estrategia leninista no es el de las Penélopes y Danaidas electorales cuya obra se deshace sin cesar, sino un tiempo acompasado por la lucha e interrumpido por la crisis. Es el del momento oportuno y de la coyuntura singular, donde se engarzan necesidad y contingencia, acto y proceso, historia y acontecimiento: "No podríamos representar la propia revolución como un acto único: la revolución será una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, que alternan con fases de calma más o menos profunda. Por ello, la actividad esencial de nuestro partido, el foco esencial de su actividad debe ser un trabajo posible y necesario tanto en los periodos más violentos de la explosión como en los de calma, es decir, un trabajo de agitación política unificada para toda Rusia".

Las revoluciones tienen su propio tempo, acompasado por aceleraciones y marchas lentas. También tienen su propia geometría, donde la línea recta se rompe en las bifurcaciones y giros bruscos de la historia. El partido se nos muestra así bajo un nuevo prisma. En Lenin ya no es el resultado de una experiencia acumulativa, ni el modesto pedagogo encargado de guiar a los proletarios desde la oscura ignorancia hasta las luces de la razón. Se convierte en un operador estratégico, una especie de cambista y señalero de la lucha de clases. Walter Benjamin lo percibió muy bien: el tiempo estratégico de la política no es el de la mecánica clásica, lineal, sino un tiempo discontinuo, enzarzado en nudos de acontecimientos.

En la formación del pensamiento de Lenin hay, sin duda, un juego de rupturas y de continuidades. Las principales rupturas se pueden descubrir en 1902, con el Qué hacer y Un paso adelante, o en 1914-1916, cuando a la luz crepuscular de la guerra debió examinar el imperialismo y el Estado, retomando el hilo de la lógica hegeliana. Pero Lenin, desde El desarrollo del capitalismo en Rusia, obra basal de juventud, estableció la problemática que le permitirá posteriormente correcciones teóricas y ajustes estratégicos.

Los enfrentamientos a través de los que se constituye el bolchevismo descifran este revolución en la revolución. De las polémicas de Qué hacer o de Un paso adelante, dos pasos atrás, la vulgata retiene esencialmente la idea de una vanguardia centralizada y militarmente disciplinada. Sin embargo, lo esencial está en otra parte. Lenin lucha contra la confusión "desorganizadora" entre partido y clase, entre la política y lo social. Esta confusión, que en realidad disuelve la política en la sustancia social, paradójicamente hunde raíces en el divorcio entre lo social y lo político que aparece desde el nacimiento del movimiento obrero. Después de la revolución de 1830, espantados por el espectro de la República social los nuevos republicanos se refugian en la ilusión política, mientras que la desconfianza popular a las soluciones estatales se transforma en "indiferentismo político" (indiferencia ante las formas de gobierno). Esta despolitización de lo social flirtea con la utopía tecnoburocrática saint-simoniana, que reemplaza las incertidumbres de la lucha política por la administración científica de las cosas.11

La distinción entre lo social y lo político restituida por Lenin -inscrita en las grandes controversias que agitan al movimiento socialista que aflora en Rusia- se opone a las corrientes populistas, economicistas y mencheviques, que coinciden a veces en negar la especificidad de lo político, creyendo defender así un "socialismo puro". La aparente intransigencia de esta ortodoxia formal hace de la revolución democrática una etapa necesaria en el camino de la evolución histórica. A la espera de conseguir la mayoría social y electoral, el emergente movimiento obrero debía dejar el papel dirigente a la burguesía y conformarse con ser fuerza de apoyo de la modernización capitalista. Esta confianza en la fusión de la historia y de lo social, según la cual todo llegaría en el momento preciso para quién supiera esperar acompañó a la ortodoxia reformista de la Segunda Internacional: hay que saber recorrer pacientemente los "caminos del poder" hasta que este caiga cual fruto maduro.

Para Lenin, por el contrario, el fin orienta el movimiento, la estrategia prima sobre la táctica, la política sobre la historia. Por eso es importante delimitarse antes de unirse, "utilizar todas las manifestaciones de descontento y elaborar hasta los más mínimos elementos de una protesta, aunque sea embrionaria". O dicho de otra manera: la lucha política es "mucho más amplia y compleja que la lucha de los obreros contra la patronal y el gobierno"12. Así, cuando Rabotcheie Dielo13 deduce los objetivos políticos directamente de la lucha económica, Lenin le reprocha "reducir el nivel de la actividad política multiforme del proletariado". Considera ilusorio imaginar que "el movimiento puramente obrero" sea por sí mismo capaz de elaborar una ideología independiente. Por el contrario, el desarrollo espontáneo del movimiento obrero termina "subordinándolo a la ideología burguesa". La ideología dominante no es una manipulación de las conciencias, sino el efecto objetivo del fetichismo de la mercancía. Solo se puede escapar del círculo de hierro de esa involuntaria servidumbre por medio de la crisis revolucionaria y de la lucha política de los partidos. Esta es la respuesta leninista al irresoluto enigma de Marx.

En Lenin, todo lleva a concebir la política como la irrupción de lo que está ausente: "En efecto, la división en clases es, a fin de cuentas, el cimiento más profundo del agrupamiento político", pero este a fin de cuentas es "la lucha política solamente quien lo establece.14 Así, "el comunismo surge literalmente de todos los puntos de la vida social; surge claramente por todos lados. Aunque se tape con sumo cuidado una de las salidas, el contagio encontrará otra, a veces la más imprevisible"15. Por eso no se puede saber nunca "qué chispa prenderá el incendio".

Según Tucholsky, la consigna que mejor resume la política leninista es: "¡Estad preparados!". ¡Preparados para lo improbable, para lo imprevisible, para el acontecimiento! Si Lenin pudo definir la política como "la expresión concentrada de la economía", esta concentración entraña un cambio cualitativo, a partir del cual la política no puede dejar "de tener primacía sobre la economía". "Al preconizar la fusión de los puntos de vista económico y político", Bujarin por el contrario "se desliza hacia el eclecticismo". Asimismo, en su polémica de 1921 con la Oposición Obrera, Lenin critica ese "feo nombre" que abate la política en lo social y atribuye la gestión de la economía nacional directamente a los "productores agrupados en sindicatos de productores", lo que reduce la lucha de clases a un enfrentamiento sin síntesis de intereses corporativos.

La política tiene su idioma, su gramática y su propia sintaxis. Sus estados latentes y lapsus. En el escenario político, la lucha de clases transfigurada encuentra "su expresión más rigurosa, más compleja, y mejor definida, en la lucha de los partidos"16. Respondiendo a un registro específico, irreductible a sus determinaciones inmediatas, el discurso político entronca más con el álgebra de la revolución que con la aritmética. Su necesidad es de otro orden, "mucho más complejo" que el de las reivindicaciones sociales directamente deducidas de la relación de explotación. Contrariamente a lo que imaginaban los "marxistas vulgares", la política no "sigue dócilmente a la economía". Y el ideal del militante revolucionario no es el sindicalista corporativo, sino el "tribuno popular", que atiza las brasas de la subversión en todos los dominios de la sociedad.

Se atribuye al "leninismo" erigido por Stalin en ortodoxia de Estado la responsabilidad del despotismo burocrático. Así, la noción de un partido de vanguardia distinto de la clase habría llevado el germen de la sustitución del movimiento social real por el aparato, y anunciado todos los Círculos del infierno burocrático. Aunque injusto, este cargo plantea una dificultad real. Si la política no se confunde con lo social, la representación de uno por el otro se vuelve problemática: ¿en qué se basa su legitimidad?

Es clara la tentación de resolver la contradicción postulando una adecuación tendencial entre representantes y representados, que culminaría con el languidecer del Estado político. Al no admitir ningún depositario exclusivo, las aporías de una representación constantemente ejercitada en la pluralidad de las formas constituyentes se encuentran a su vez eliminadas. Pero esta cuestión puede ocultar otra, no menos importante. Creyendo parafrasear un texto canónico de Kautsky, Lenin lo deforma de manera decisiva. Kautsky escribió que "la ciencia" les llega a los proletarios "desde el exterior de la lucha de clases", traída por "los intelectuales burgueses". Por un extraordinario deslizamiento de pluma, Lenin traduce que la "conciencia política" (y no ya la "ciencia") viene "del exterior de la lucha económica" (y ya no de la lucha de clases, que es tanto política como social), traída no por intelectuales como categoría sociológica, sino por el partido en tanto que actor específico del campo político. La diferencia es enorme.

Una insistencia tan constante en el lenguaje político, donde la realidad social se manifiesta a través de un juego permanente de desplazamientos y condensaciones, debería llevar lógicamente a conceptualizar la pluralidad y la representación. Si el partido no es la clase, una misma clase debería poder estar representada políticamente por varios partidos que expresaran sus diferencias y contradicciones internas. Así pues, la representación de lo social en la política debería ser objeto de una elaboración institucional y jurídica. Desde luego, Lenin no llega hasta ahí. Sin embargo, abre un espacio político original y explora sus pistas. Un estudio detallado de sus posiciones -que excedería nuestro propósito- sobre la cuestión nacional, la cuestión sindical en 1921 y sobre la democracia a lo largo del año 1917, permitiría verificarlo.

Así, somete la representación a reglas inspiradas en la Comuna de París que tratan de limitar la profesionalización de la política: un salario idéntico de los electos al del obrero cualificado, una vigilancia continua contra los favores y los privilegios de la función, la responsabilidad de los representantes ante los representados. Contrariamente a una tenaz leyenda, no preconiza el mandato imperativo. En el partido, "los poderes de los delegados no deben estar limitados por mandatos imperativos", en el ejercicio de sus funciones "son completamente libres e independientes", el congreso o la asamblea son soberanos. En los órganos del Estado "el derecho de revocación de los diputados" no se confunde con un mandato imperativo que reduciría la representación a la suma corporativa de intereses particulares y locales sin síntesis posible, vaciando así la deliberación democrática de toda sustancia y desafío.

En cuanto a la pluralidad, Lenin afirma con insistencia que "la lucha de matices" en el partido es inevitable y necesaria, dentro de límites "aprobados de común acuerdo". Afirma "la necesidad de garantizar los derechos de cualquier minoría en los estatutos del partido, con el fin de alejar las continuas e inagotables fuentes de descontento, irritación y conflicto del habitual curso filisteo de escándalos y mezquinas peleas, para reconducirlas por el todavía desacostumbrado conducto de una lucha regular y digna en defensa de sus convicciones. Entre estas garantías absolutas, incluimos otorgar a la minoría uno (o varios) grupos literarios, con derecho de representación en el congreso y total derecho de expresión"17.

Si la política es un asunto de elección y de decisión, naturalmente implica pluralidad organizada. Se trata en este momento de "principios de organización". El "sistema de organización" puede variar en función de situaciones concretas, sin perder el hilo conductor de los principios en el laberinto de las oportunidades. Incluso la famosa disciplina en la acción parece entonces menos intangible que lo que quisiera la dorada leyenda del leninismo burocrático. Es conocida la indisciplina de Zinoviev y Kamenev oponiéndose públicamente a la insurrección de octubre de 1917, sin ser por ello separados prolongadamente de sus responsabilidades. El propio Lenin, en circunstancias extremas, no duda en reivindicar el derecho personal a la desobediencia. Así, evalúa dimitir de sus responsabilidades para recobrar "su libertad de agitación" en las filas del partido. En el crítico momento de decidir sobre la insurrección, escribe claramente al comité central: "Me he ido allí donde no deseáis que vaya [al Smolny]. Adiós".

Así pues, la propia lógica de Lenin lo empuja a cavilar sobre la pluralidad y la representación, en un país desprovisto de tradiciones parlamentarias y democráticas. Sin embargo, no llega hasta ahí. Hay -al menos- dos razones para ello. La primera, es que hereda de la Revolución francesa la ilusión de que, una vez expulsado el opresor, la homogeneización del pueblo (o de la clase) solo es cuestión de tiempo: las "contradicciones dentro del pueblo" solo pueden llegar por el otro (el extranjero) o por la traición. La segunda, porque la distinción entre la política y lo social no inmuniza contra la inversión fatal: en vez de iniciar la socialización de lo político, la dictadura del proletariado puede significar en cambio la estatización burocrática de lo social. ¿No se aventuró el propio Lenin a pronosticar "la extinción de la lucha de los partidos dentro de los soviets"?18

En El Estado y la revolución, los partidos son llamados a perder enteramente su función en provecho de una democracia directa que ya no sería un Estado completamente separado. Contrariando las esperanzas iniciales, la estatización de la sociedad prevaleció sin embargo sobre la socialización de las funciones estatales. Por el peligro principal -de cerco militar y de restauración capitalista-, los revolucionarios no vieron crecer sobre sus talones (o lo vieron demasiado tarde) el peligro secundario de la contrarrevolución burocrática. Paradójicamente, las debilidades de Lenin en este aspecto se deben tanto o más a sus inclinaciones libertarias que a sus tentaciones autoritarias. Como si, paradójicamente, un lazo secreto uniera las unas a las otras o, en términos de Marx, "la ilusión política" (estatal) a "la ilusión social" (libertaria).

La crisis revolucionaria se manifiesta como el momento crítico en el que la teoría se vuelve estrategia: "La historia en general y la de la revoluciones en particular es más rica en contenidos, más variada, más multiforme, más viva, más ingeniosa que lo que piensan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más avanzadas. Y esto se comprende, puesto que las mejores vanguardias expresan la conciencia y la voluntad, la pasión de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución es uno de los momentos de exaltación y de tensión particulares de todas las facultades humanas, la obra de la conciencia, de la voluntad, de la imaginación, de la pasión de cientos de miles de hombres espoleados por la más áspera lucha de clases. De aquí se desprenden dos conclusiones prácticas de gran importancia: la primera, que la clase revolucionaria para cumplir con su tarea debe saber tomar posesión de todas las formas y de todos los flancos de la actividad social, sin la menor excepción; la segunda, que la clase revolucionaria debe estar preparada para remplazar rápida y bruscamente una forma por otra"19.

Contra los hábitos de la rutina y de la costumbre, Lenin deduce la necesidad de estar prestos para lo imprevisto del acontecimiento que revela, repentinamente, la verdad oculta de las relaciones sociales: "No sabemos, no podemos saber, qué chispa prenderá el incendio en el sentido de un despertar particular de las masas. También debemos poner en movimiento nuestros principios comunistas para preparar el terreno, todos los terrenos, incluso los más viejos, los más amorfos y los, en apariencia, más estériles. Si no, no estaremos a la altura de nuestra tarea, seremos excluidos, no empuñaremos todas las armas".

¡Cultivar todos los terrenos!

¡Estar al acecho de las salidas más imprevisibles!

¡Estar preparado para el cambio brusco de las formas!

¡Saber tomar todas las armas!

Tales son las máximas de una política concebida como el arte de los contratiempos y posibilidades en una coyuntura determinada.

Esta revolución en la política nos hace volver a la noción de crisis revolucionaria, anticipada en 1915 en La quiebra de la Segunda Internacional. Se define como una interacción entre diversas variables de una situación: cuando los de arriba ya no pueden gobernar como antes y los de abajo ya no soportan ser oprimidos como antes; y cuando esta doble imposibilidad se traduce en una repentina efervescencia de las masas. Retomando estos criterios, Trotski subraya en su Historia de la Revolución Rusa "su reciprocidad condicional: cuanto con más resolución y seguridad actúe el proletariado, y cuanto mayor sea la posibilidad de arrastrar a las capas intermedias, mayor será el aislamiento de la clase dominante y se acentuará su desmoralización; y, en cambio, la disgregación de las capas dirigentes lleva agua al molino de la clase revolucionaria". La crisis abre el campo de posibilidades, pero no garantiza las condiciones de su propio desenlace. Por eso la intervención de una fuerza revolucionaria se convierte en el factor decisivo de una situación crítica: "La revolución no surge de toda situación revolucionaria, sino solo en el caso de que se sume, a todos los cambios objetivos enumerados, un cambio subjetivo, a saber, la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones suficientemente vigorosas como para hacer completamente añicos al viejo gobierno, que nunca caerá, incluso en época revolucionaria, si no se lo hace caer". La crisis solo puede ser resuelta por la derrota a favor de una reacción a menudo mortífera, o por la enérgica intervención de un actor decidido.

Esta es precisamente la interpretación del "leninismo" para Lukács en Historia y conciencia de clase. Lo que le valió los anatemas luego del quinto congreso de la Internacional Comunista (1925) de los "bolchevizadores termidorianos". Él insiste en que "solo la conciencia del proletariado puede enseñar cómo salir de la crisis del capitalismo; mientras no se dé esta conciencia, la crisis se hace permanente, vuelve al punto de partida y repite la situación":"La diferencia entre la ‘última crisis’ del capitalismo, su crisis decisiva, y las crisis anteriores no reside, pues, en una metamorfosis de su extensión y profundidad; en resumen, de su cantidad en calidad. O más bien esta metamorfosis se manifiesta en esto: el proletariado deja de ser simple objeto de la crisis y se despliega abiertamente el antagonismo inherente a la producción capitalista"20. A esto hace eco la fórmula de Trotski en los años treinta cuando frente al nazismo y a la reacción estalinista, reduce la crisis de la humanidad a su "crisis de dirección revolucionaria".

Chateaubriand define la estrategia como "un cálculo de masa, velocidad y tiempo". Para Sun Tzu, el arte de la guerra es el arte del cambio y de la rapidez. Este arte exige adquirir "la velocidad de la liebre" y "tomar partido de repente", porque está demostrado que la más ilustre victoria hubiera podido trastocarse en derrota "si la batalla se hubiera librado un día antes o algunas horas después". El código de conducta que se desprende vale tanto para los políticos como para los militares: "No dejéis escapar ninguna ocasión cuando os sea favorable. Los cinco elementos no están en todas partes ni con igual pureza; las cuatro estaciones no se suceden de la misma forma todos los años; el amanecer y el ocaso del sol no están siempre en el mismo punto del horizonte. Entre los días, algunos son lentos; otros, cortos. La luna crece y decrece y no brilla siempre por igual. Un ejército bien dirigido y disciplinado imita todas estas variaciones".

La noción de crisis revolucionaria retoma, politizándola, esta lección de estrategia. En ciertas circunstancias excepcionales, el equilibrio de fuerzas alcanza un punto crítico: "Cualquier desbarajuste de los ritmos provoca efectos conflictivos. Perturba y confunde. También puede producir un vacío en el tiempo que se debe llenar con inventiva, con creación. Lo que, individual y socialmente, solamente sucede al pasar por una crisis"21.

¿Un vacío en el tiempo? ¿Un momento de excepción?

¿Por dónde puede surgir el hecho no consumado que contradice la fatalidad del hecho consumado?

Durante la revolución de 1905, Lenin recupera el elogio de la prontitud conforme a Sun Tzu. Es necesario, dice, "comenzar al instante", actuar "sobre la marcha": "Formad en el acto, en todos sitios, grupos de combate. En efecto, hay que saber atrapar al vuelo esos "momentos que desaparecen" de los que habla Hegel y que constituyen "una definición excelente de la dialéctica"22. Porque la revolución en Rusia no es el resultado orgánico de una revolución burguesa que se prolonga en revolución proletaria, sino "un enmarañamiento" de dos revoluciones. Que se pueda conjurar la catástrofe probable o inminente depende del agudizado sentido de la coyuntura. El arte de la consigna es el arte del momento propicio. Una consigna, válida ayer, puede ya no serlo hoy y volver a serlo mañana: "Hasta el 4 de julio [de 1917], la consigna de entregar la totalidad del poder a los soviets era justa". Después, ya no. "En ese momento, y solo en ese momento, durante quizás algunas días todo lo más, o durante una semana o dos, tal gobierno podría..."23.

¡Unos días! ¡Una semana!

El instante crítico del clinamen (de la declinación del átomo).

La oportunidad a aprovechar. El momento de la verdad.

El 29 de septiembre de 1917, Lenin escribe al comité central que vacilaba: "La crisis está madura". Esperar se convierte en un crimen. El primero de octubre, lo acucia a "tomar el poder al instante", a "pasar en el acto a la insurrección". Algunos días después, vuelve a la carga: "Escribo estas líneas el 8 de octubre. El éxito de la revolución rusa depende de dos o tres días de lucha". E insiste: "Escribo estas líneas en la noche del 24. La situación es extremadamente crítica. Ahora es claro que retrasar la insurrección es la muerte. Todo pende de un hilo". Hay, pues, que actuar "esta tarde, esta noche".

"Ruptura de la gradualidad", escribía Lenin al comienzo de la guerra en los márgenes de su ejemplar de la gran Lógica de Hegel. Y subrayaba: "La gradualidad no explica nada sin los saltos. ¡Los saltos! ¡Los saltos! ¡Los saltos!"24.

El pensamiento estratégico de Lenin otorga un lugar extraordinario al acontecimiento que se pueda presentar. Pero este acontecimiento no es un acontecimiento absoluto, procedente de ninguna parte o surgido de la nada. Se inscribe en condiciones de posibilidad históricamente determinadas. Esto lo distingue del milagro religioso. La crisis revolucionaria de 1917 y su desenlace insurreccional resultan comprensibles estratégicamente dentro del horizonte trazado por El desarrollo del capitalismo en Rusia. Esta relación dialéctica entre necesidad y contingencia, estructura y ruptura, historia y acontecimiento, crea la posibilidad de una política que se despliegue duraderamente, en tanto que la apuesta voluntarista y arbitraria a la irrupción de un acontecimiento libre de condiciones, aun si permite resistir a lo que se impone desemboca más en una postura de resistencia estetizante que en un compromiso militante para modificar el curso de las cosas.

Para Lenin -como para Trotsky-, la crisis revolucionaria se urde y se inicia en la arena nacional, que constituye a la sazón el marco de la lucha por la hegemonía, pero se inscribe en la dinámica de la revolución mundial. Así pues, la crisis de la que emerge una situación de doble poder no se reduce a una crisis económica o a un conflicto inmediato entre trabajo asalariado y capital en el proceso de producción. La pregunta leninista -"¿Quién se impondrá?"- es la de la hegemonía política: qué clase será capaz de resolver las contradicciones que asfixian al conjunto de la sociedad, de imponer una lógica alternativa a la de la acumulación del capital, de superar las relaciones de producción existentes para abrir un nuevo campo se posibilidades. La crisis revolucionaria no es, pues, una simple crisis social, sino también nacional (o internacional) o, dicho de otra forma, una crisis política: tanto en Rusia como en Alemania, en España como en China.

Hoy día la cuestión es más compleja, en la medida en que la globalización capitalista refuerza la imbricación de los espacios nacionales, continentales y mundiales. Una crisis revolucionaria en un país importante alcanzaría inmediatamente una dimensión internacional y exigiría respuestas en términos nacionales, continentales, e incluso directamente mundiales, sobre cuestiones como la energía, la ecología, la política de armamento, los flujos migratorios, etcétera No por ello deja de ser ilusorio pretender escapar a esta dificultad eliminando la cuestión de la conquista del poder político (con el pretexto de que hoy estaría desterritorializado y diseminado, "en todas y en ninguna parte") en provecho de una retórica de "contrapoder". El poder económico y militar parece más disperso que nunca, pero también (lo que no es contradictorio) más concentrado que nunca. Es posible fingir que se ignora el poder, pero él no nos olvidará. Es posible hacerse el bravucón aparentando que no se lo quiere tomar, pero hasta el día de hoy la experiencia demuestra que él no duda en tomarnos de la manera más brutal. En pocas palabras: una estrategia de contrapoder solo tiene sentido en la perspectiva de un doble poder y de su desenlace: ¿quién se impondrá?

El "leninismo" y el propio Lenin son identificados por sus detractores con una forma histórica de partido político que habría muerto con el derrumbe de los partidos-Estado burocráticos. Si bien este juicio sumario se explica en cierta medida por el traumatismo de las prácticas estalinistas, trasmite sin embargo mucha ignorancia histórica y frivolidad política. Más allá de la cuestión del partido de vanguardia, la experiencia del pasado siglo plantea el problema de la burocratización como fenómeno social generalizado. Las organizaciones sindicales y asociativas no están menos burocratizadas que los partidos, de ninguna manera; tampoco los partidos de masas son menos burocráticos que los minoritarios: los ejemplos en Francia de la CFDT, del Partido Socialista, del Partido Comunista "renovado" o de los Verdes son elocuentes al respecto. En la distinción leninista entre partido y clase hay, por el contrario, una invitación a pensar de otro modo las relaciones entre movimientos sociales y representación política. Asimismo, aunque los detractores de los criticados principios del centralismo democrático se detienen ante todo en el hipercentralismo burocrático siniestramente ilustrado por los partidos estalinistas, sin embargo cierta forma de centralización lejos de oponerse a la democracia, es una condición previa.

Por una parte, porque la delimitación del partido es un medio de resistir en cierta medida a los efectos disolventes de la ideología dominante, y de tender a cierta igualdad entre miembros en sentido inverso a las desigualdades generadas inevitablemente por las relaciones sociales dominantes y por la división del trabajo. Hoy podemos ver cómo el debilitamiento de estos principios lejos de favorecer una democracia superior conducen a la cooptación mediática y a la legitimación plebiscitaria de los dirigentes, aún menos controlados por la colectividad voluntaria de los militantes.

Por otra parte, la democracia de un partido toma decisiones colectivas que tratan de actuar sobre relaciones de fuerza para modificarlas. Cuando los apresurados detractores de la "forma partido" pretenden liberarse de una disciplina asfixiante, en realidad vacían cualquier discusión de lo que está en juego reduciéndola a un foro de opiniones que no compromete a nadie: después de un intercambio de palabras sin decisión compartida, cada uno puede volver a irse tal como vino, sin que ninguna práctica común permita comprobar la validez de las posiciones en presencia.

Por último, poner el acento en la crisis de la forma-partido sirve a menudo -principalmente entre los burócratas reciclados de los antiguos partidos comunistas- para no hablar de la crisis de contenidos y para justificar el grado cero de su pensamiento estratégico.

Una política sin partidos (sea cual sea el nombre que se les dé: movimiento, organización, liga, partido) desemboca pues en una política sin política: una veces en un seguidismo sin proyecto para con la espontaneidad de los movimientos sociales; otras veces en la peor forma de vanguardismo individualista y elitista; otras, por último, en una renuncia a la política en provecho de una postura estética o ética.


El presente escrito fue enviado por su autor especialmente para su publicación en nuestra revista. Es un capítulo de un libro suyo actualmente en preparación. Traducción del francés: José Marín.

Notas:

1. Este capítulo retoma una intervención realizada en el marco del coloquio sobre Lenin organizado, en enero de 2001, por Slavoj Zizek en Essen. Se publicó una primera versión en inglés en la revista International Socialism, n.° 95, julio 2002, bajo el título Saltos! Saltos! Saltos!

2. Hannah Arendt: Qu’est-ce que la politique, París, Seuil.

3. François Furet: Le passé d’une illusion, París: Robert Laffont-Calmann-Lévy, 1995, pág. 572.

4. El Dow Jones y el Cac 40 son los principales índices de cotización de valores en las bolsas de Nueva York y de París, respectivamente (N. del T.).

5. Programa de la televisión francesa dedicado al relato de vivencias y experiencias de "gente corriente", desconocida por la audiencia (N. del T.).

6. Antonio Labriola, "En Mémoire du Manifeste du parti communiste" (1898), en Essais sur la conception matérialiste de l’histoire, París: Giard et Brière, 1902.

7. Véase Slavoj Zizek: "Lenin’s Choice", postfacio a Revolution at the Gates, Londres: Verso, 2002.

8. El autor hace referencia al eslogan de Mitterrand para propiciar el cambio político en Francia en el decenio de los setenta: la force tranquille (N. del T.).

9. Lenin: Obras completas, tomo 9, pág. 15, y tomo 15, pág.298.

10. Lenin: Obras completas, tomo 5, pág. 408.

11. Al analizar esta secuencia fundadora del movimiento socialista -partiendo principalmente de "la invención de lo social" en la obra de Moses Hess-, Eustache Kouvélakis señala que "lo social" se vuelve entonces "el nuevo nombre del fundamento ontológico", al que la sociología, tomando el relevo de una filosofía extenuada, está destinada a suministrar ciencia (Kouvélakis: Philosophie et Révolution, París: PUF, Actuel Marx, 2003, pág.175).12. Lenin: Obras completas, tomo 5, págs. 440-463.

13. Órgano de la "Unión de los socialdemócratas rusos en el extranjero". Apareció en Ginebra entre abril de 1899 y febrero de 1902 (N. del T.).

14. Lenin: Obras completas, tomo 7, pág. 41. Así, en el debate de 1915 sobre el ultraimperialismo, Lenin percibe el peligro de un nuevo economicismo, para el que la madurez de las relaciones de producción capitalistas a escala mundial sería el preludio del desmoronamiento final del sistema. Volvemos a encontrar también esta preocupación por evitar reducir lo político a lo social o a lo económico en los debates de los años veinte sobre la caracterización del Estado de los soviets. A los que hablan de Estado obrero, Lenin les responde que "este Estado no es del todo obrero, ahí está el quid" (tomo 32, pág. 16). Su fórmula es entonces más descriptiva y compleja que una caracterización sociológica: será un Estado obrero y campesino con "deformaciones burocráticas"; he ahí "toda la transición en su realidad". Por último, en el debate sobre los sindicatos, Lenin defiende también una posición original: puesto que no son un órgano de poder político, los sindicatos no pueden transformarse en "organizaciones de Estado coercitivas".

15. Lenin: Obras completas, tomo 31.

16. Lenin: Obras completas, tomo 10, pág. 15.

17. Lenin: Obras completas, tomo 7, pág. 470.

19. Lenin: La enfermedad infantil del comunismo.

20. G. Lukacs: Histoire et conscience de classe, París: Minuit, 1967.

21. Henri Lefebvre: Eléments de rythmanalyse, París: Syllepses, 1996.

22. Lenin: Cahiers Philosophiques, París: Éditions sociales, 1973, pág. 257.

23. Lenin: Obras completas, tomo 25, págs. 17 y 277.

24. Lenin: Cahiers Philosophiques, o. cit., págs. 118-119.