La dialéctica de la civilización: barbarie y modernidad en el siglo XX

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Autor(es): Löwy, Michael

Löwy, MichaelLöwy, Michael. Nació en Brasil en 1938, hijo de inmigrantes judíos vieneses. Se graduó en Ciencias Sociales en la Universidad de San Pablo en 1960, y se doctoró en la Sorbona, bajo la dirección de Lucien Goldmann, en 1964. Vive en París desde 1969. Es director de investigación emérito en el Centre National de la Recherche Scientifique (Centro Nacional de Investigación Científica); fue profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales). Sus obras han sido publicadas en 24 idiomas. Entre sus libros más recientes se encuentran Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa central (1988); Rebelión y melancolía. El romanticismo como contracorriente de la modernidad (1992); Walter Benjamin: aviso de incendio (2001); Kafka, soñador insumiso (2004); Sociologías y religión. Aproximaciones insólitas (2009); Ediciones Herramienta y El Colectivo publicaron, en 2010, su libro La teoría de la revolución en el joven Marx. Es miembro del consejo editor de la Revista Herramienta, donde ha realizado numerosas contribuciones.


 La palabra "bárbaro" es de origen griego. En la antigüedad designaba a las naciones no griegas, a las que se consideraba primitivas, incultas, atrasadas y violentas. Así pues, la oposición entre civilización y barbarie es antigua. Encuentra una nueva legitimidad en la filosofía del siglo de las luces y será heredada por la izquierda. Según el diccionario francés Petit Robert, el término "barbarie" tiene dos significados diferentes, pero relacionados: "ausencia de civilización" y "crueldad del bárbaro". La historia del siglo xx nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto –aparentemente contradictorio, pero en realidad perfectamente coherente– de "barbarie civilizada".

¿En qué consiste el "proceso civilizador"? Como bien lo demostrara Norbert Elias, uno de sus aspectos más relevantes es que la violencia ya no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, sino que es monopolizada y centralizada por el Estado, específicamente por las fuerzas armadas y por la policía. Gracias al proceso civilizador, se controlan las emociones, la vida social es pacificada y la coerción física se concentra en manos del poder político.[1] De lo que Elias parece no haberse percatado es del reverso de esta brillante moneda: el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado. Inspirado en una filosofía optimista del progreso, llegaba a escribir todavía en 1939:

Comparada con el furor del combatiente abisinio [...] o con el de las tribus de la época de las grandes migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada [...]; sólo manifiesta su fuerza brutal y sin límites como ensoñación, y en algunos estallidos que nosotros calificamos como ‘patológicos’".[2]

Algunos meses después de que fueran escritas esas líneas, comenzaba una guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y desatada" es simplemente imposible de comparar –tamaña es la desproporción– con el pobre "furor" de los combatientes etíopes. El lado siniestro del "proceso civilizador" y del monopolio estatal de la violencia se manifestó con toda su terrible potencia.

Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" –actos crueles, inhumanos, producción deliberada de sufrimiento y de muerte premeditada de no combatientes (en particular de niños)–, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, masivas y sistemáticas como el siglo xx. Desde luego, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por naciones "civilizadas" como por tribus "salvajes". La historia moderna, desde la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese tipo: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie "civilizada", es decir, llevada a cabo por los imperios coloniales económicamente más avanzados.

Carlos Marx era uno de los críticos más feroces de este tipo de prácticas, que él asocia con las necesidades de acumulación del capital. En El capital, especialmente en el capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de conquista, el tráfico de negros. Estas "barbaries y atrocidades execrables –que, según Marx (citando de modo favorable a H.W. Howitt)– no tienen paralelo con ninguna otra era de la historia universal, con ninguna raza por más salvaje, grosera, despiadada y ruin que haya sido" no han quedado simplemente como pérdidas y ganancias del progreso histórico, sino que fueron debidamente denunciadas como una "infamia"[3]. Al considerar algunas de las manifestaciones más siniestras del capitalismo, tales como las leyes de pobres –esas "bastillas para los obreros"*–, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: "La barbarie reaparece, pero esta vez es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es la barbarie leprosa, la barbarie como lepra de la civilización".[4]

Pero con el siglo xx se traspone un umbral, se pasa a un nivel superior: la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie específicamente moderna desde el punto de vista de su ethos, de su ideología, de sus medios y de su estructura. Más adelante volveremos sobre ello.

La primera guerra mundial inauguró esta nueva fase de la barbarie civilizada. Los dos primeros autores en dar la señal de alarma, en 1914, fueron Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus claras diferencias, tienen en común el haber tenido la intuición –cada uno a su manera– de que en aquella guerra se estaba gestando algo sin precedentes.

En su folleto de 1915, La crisis de la socialdemocracia (firmado con el seudónimo de Junius), al plantear la consigna "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo rompe con el concepto –de origen burgués pero adoptado por la Segunda Internacional– de considerar la historia como progreso irresistible, inevitable, "garantizado" por leyes "objetivas" del desarrollo económico o de la evolución social. Este concepto está sugerido en ciertos textos de Marx o de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le otorga esa formulación explícita y resuelta, que implica una percepción de la historia como proceso abierto, como una serie de "bifurcaciones", donde el "factor subjetivo" –conciencia, organización, iniciativa– de los oprimidos se vuelve decisivo. No se trata ya de esperar que el fruto "madure", según las "leyes naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Porque la otra opción de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. En un primer momento, ella parece considerar la "recaída en la barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia análoga a la de la Roma antigua.[5] Pero luego se da cuenta de que no se trata de una imposible "regresión" a un pasado tribal, primitivo o "salvaje", sino más bien de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la primera guerra mundial brinda un ejemplo impresionante, mucho peor, en su asesina inhumanidad, que las prácticas guerreras de los conquistadores "bárbaros" hacia finales del Imperio Romano. Nunca en el pasado tecnologías tan modernas –tanques, gases tóxicos, aviación militar– habían sido puestas al servicio de una política imperialista de masacre y agresión en una escala tan vasta.

Las intuiciones de Kafka son de naturaleza totalmente diferente. Describe la nueva barbarie bajo una forma literaria e imaginaria. Se trata de una novela corta titulada La colonia penal: en una colonia francesa, un soldado "indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: "¡la culpabilidad no debe ser jamás puesta en duda!". Su ejecución se debe llevar a cabo con una máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo, con agujas que lo atraviesan, la frase "Honra a tus superiores".

El personaje central de la novela no es el viajero que observa los acontecimientos con muda hostilidad, ni el prisionero, que no reacciona, ni tampoco el oficial que preside la ejecución, ni menos el comandante de la colonia. Es la propia máquina.

Todo el relato gira en torno a ese siniestro aparato (Apparat), que aparece cada vez más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está ahí para ejecutar al hombre, sino que más bien éste está ahí para el aparato, para proporcionarle un cuerpo sobre el que pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada con "muchos florilegios y adornos". El oficial mismo no es más que un servidor de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a este insaciable Moloch.[6]

¿En qué "máquina de poder" bárbara, en qué "aparato de autoridad" sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka? La colonia penal fue escrita en octubre de 1914, tres meses después del estallido de la gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna en tanto que mecanismo impersonal.

Esos presentimientos parecen perderse en los años de posguerra. Walter Benjamin es uno de los raros pensadores marxistas que comprende que el progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin precedentes. De ahí su pesimismo, no fatalista, pero sí activo y revolucionario. En un artículo de 1929 definía la política revolucionaria como "la organización del pesimismo", un pesimismo en todas las líneas: desconfianza en el destino de la libertad, desconfianza en el destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: "confianza ilimitada solamente en la IG Farben* y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe"[7]. Ahora bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta qué punto esas dos entidades iban a demostrar, algunos años más tarde, la capacidad maléfica y destructiva de la modernidad.[8]

Podríamos definir como propiamente moderna la barbarie que presenta las siguientes características:

–   Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del asesinato. Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta.

–   Despernalización de la masacre. Son "eliminadas" poblaciones enteras –hombres y mujeres, niños y ancianos–, con el menor contacto personal posible entre quienes toman la decisión y las víctimas.

–   Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en términos instrumentales) de los actos bárbaros.

–   Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica", "científica" (y no religiosa o tradicionalista).

No todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo xx son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, el de los tutsis en Rwanda, etcétera, asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas.

Las cuatro masacres que encarnan de la forma más acabada la modernidad de la barbarie son: el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el gulag estalinista y la guerra norteamericana en Viet Nam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: las cámaras de gas nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes de la barbarie tecnoburocrática moderna.

Auschwitz representa la modernidad no sólo por su estructura de fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces. El genocidio de los judíos y de los gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de la gestión administrativa toda interferencia moral. Desde este punto de vista, es uno de los posibles resultados del proceso civilizador, en tanto racionalización y centralización de la violencia y como producto social de la indiferencia moral.

Como toda acción conducida de manera moderna –racional, planificada, científicamente informada, gestionada de forma eficaz y coordinada–, el holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, mostrándolos, en comparación, como primitivos, antieconómicos e ineficaces. [...] Se eleva muy por encima de los episodios de genocidio del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está muy por encima del taller artesanal.[9]

La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno, seudocientífico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización obsesiva de fórmulas seudomédicas es característica del discurso antisemita de los dirigentes nazis, incluso en sus conversaciones privadas. En un intercambio epistolar con Himmler en 1942, Adolfo Hitler insistía: "La batalla en la que hoy estamos comprometidos es del mismo tipo que la llevada a cabo en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuántas dolencias tienen su origen en el virus judío […] Sólo recobraremos nuestra salud eliminando al judío".[10]

En su notable ensayo sobre Auschwitz,[11] Enzo Traverso pone al descubierto, con palabras sobrias, precisas y lúcidas, lo que está en juego en el genocidio. No se trata ni de una simple "resistencia irracional a la modernización" ni de un residuo de barbarie arcaica, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal de la civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica, "racional" (desde el punto de vista instrumental). Tanto la motivación decisiva del genocidio –la biología racial– como sus formas de ejecución –las cámaras de gas– eran perfectamente modernas. Si la racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e indispensable. En los campos de exterminio nazis encontramos una combinación de diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión descrita por Foucault, la fábrica capitalista de la que hablaba Marx, "la organización científica del trabajo" de Taylor, la administración racional/burocrática según Max Weber.

Este último había intuido, como lo subraya Marcuse, la transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como máquina "deshumanizada", impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo lo que no es labor jerárquica, es esencial para comprender la lógica reificada de los campos de la muerte. Esto vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente tanto en Auschwitz, como en las oficinas de trabajo esclavo de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de muertos "en cadena". Pero la "solución final" es irreducible a toda lógica económica: la muerte no es ni una mercancía ni una fuente de lucro.

Traverso critica, de forma muy convincente, las interpretaciones del nazismo –inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso– y del genocidio como producto de la historia del irracionalismo alemán (Georges Lukács), de una "salida" de Alemania de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de "descivilización" (Entzivilisierung) inspirado por una ideología "preindustrial" (Norbert Elias). Si el proceso civilizador significa, ante todo, la monopolización estatal de la violencia –como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como Elias–, hay que reconocer que la violencia de Estado está en el origen de todos los genocidios del siglo xx. Auschwitz no representa una "regresión" al pasado, a una edad bárbara primigenia, sino claramente uno de los rostros posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista y universalista del siglo de las luces y un ejemplo aterrador de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra civilización.

Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros actos bárbaros, no por ello deja de ser un acontecimiento singular. Hay que rechazar las interpretaciones que suprimen las diferencias entre Auschwitz y los campos soviéticos, o las masacres coloniales, los pogromos, etcétera.[12] El crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en ambos casos nos topamos con una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y "racional". No por ello deja de haber diferencias fundamentales. En primer lugar, las autoridades americanas no tuvieron nunca como objetivo –como las del Tercer Reich– ejecutar el genocidio de toda una población: en el caso de las ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos políticos. El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin autónomo. Se trataba, más bien, de acelerar el fin de la guerra y de demostrar la supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee –el "Comité del Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman– observa con frialdad:

La muerte y la destrucción van a intimidar no sólo a los japoneses que sobrevivan a aceptar la capitulación, sino que además (como beneficio suplementario) asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, los Estados Unidos podrían terminar más rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a forjar el mundo de posguerra.[13]

Para obtener estos objetivos políticos, se utilizaron la ciencia y la tecnología más avanzadas, y fueron masacrados centenares de miles de civiles inocentes, hombres, mujeres y niños, por no hablar de la contaminación de las futuras generaciones a causa de la radiación nuclear.

Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, el número muy inferior de víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie burocrático-militar es muy pertinente. Los propios dirigentes norteamericanos eran conscientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con Truman del 6 de junio de 1945, el secretario de Estado Stimson describía sus sentimientos: "Le dije que estaba inquieto por este aspecto de la guerra […], porque yo no quería que los americanos se ganaran la reputación de superar a Hitler en atrocidades"[14].

En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más distante, impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: apretar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto limpio y aséptico de la muerte atómica expedida por vía aérea, quedaron lejos ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, sadismo y furia asesina de los oficiales de las SS. Esta modernidad la volvemos a encontrar en la cúpula norteamericana que toma la decisión –después de haber sopesado cuidadosa y "racionalmente" los pro y los contra– de exterminar a la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo, integrado por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraposición con la irracionalidad de los ataques de odio de Adolfo Hitler y sus secuaces.

Durante los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código militar, la concepción tradicional de la guerra, que rechazaba la masacre intencionada de los civiles. Fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más "moderno", fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica; un punto de vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y al que no le interesaba más que el cálculo de pérdidas y ganancias, es decir, criterios de eficacia político-militar.[15] Tendríamos que añadir que un cierto número de científicos que habían participado, por convicción antifascista, en los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de sus descubrimientos sobre la población civil de las ciudades japonesas.

Unas palabras sobre el gulag estalinista: si bien tiene mucho en común con Auschwitz –campos de concentración, régimen totalitario, millones de víctimas–, se distingue, sin embargo, por el hecho de que el objetivo de los campos soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras: pueden compararse Kolyma y Buchenwald, pero no Goulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra –como la fabricada por Stéphane Courtois y otros anticomunistas profesionales– puede borrar esta diferencia.

El gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que estaba administrado burocráticamente por un Estado totalitario y puesto al servicio de proyectos estalinistas faraónicos de "modernización" económica de la URSS. Pero se caracteriza también por rasgos más "primitivos": corrupción, ineficacia, arbitrariedad, "irracionalidad". Por esta razón, se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de los campos de concentración del Tercer Reich.[16]

Por último, la guerra estadounidense en Viet Nam, atroz por el número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una intervención extremadamente moderna: se basa en una planificación "racional" –con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas–, que moviliza un armamento muy sofisticado, utilizando la tecnología de punta de los años sesenta y setenta: los aviones bombarderos B-52, napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera.[17]

Esta guerra no fue un conflicto colonial como los otros: baste recordar que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre Viet Nam fue superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la segunda guerra mundial. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio político; y si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no encontramos en Viet Nam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, esa abstracción científica del homicidio que caracteriza a la muerte atómica.[18]

La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización" moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. En La dialéctica de la razón (1944), Adorno y Horkheimer constatan la tendencia de la racionalidad instrumental a transformarse en locura asesina: la "luz helada" de la razón calculadora "hace crecer la semilla de la barbarie". En una de las notas redactadas en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la expresión "progreso regresivo" para intentar dar cuenta de la naturaleza paradójica de la civilización moderna.[19]

Sin embargo, hasta estas expresiones son todavía tributarias, a pesar de todo, de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no son de ninguna manera una "regresión a la barbarie" o, sencillamente, una "regresión": no hay nada en el pasado comparable con la producción industrial, científica, anónima y racionalmente administrada del asesinato de nuestra época. Basta comparar Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo iv de nuestra era para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más "feroces" de los "salvajes" –muerte ritual del prisionero de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etc.– con una cámara de gas o una bomba atómica? Son fenómenos totalmente nuevos, que sólo serían posibles en el siglo xx.

Las atrocidades en masa, perfeccionadas tecnológicamente y organizadas burocráticamente, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no son "regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos.

Existe, sin embargo, un ámbito específico de la "barbarie civilizada" en el que se puede hablar efectivamente de regresión: se trata de la tortura. Como lo subraya Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, Barbarie: una guía para el usuario:

A partir de 1782 la tortura fue formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, ya no era tolerada en el aparato coercitivo del Estado. El prejuicio contra esta práctica era tan fuerte que no pudo reanudarse sino tras la derrota de la Revolución Francesa, que la había, por supuesto, abolido. [...] Se puede sospechar que en los reductos de la barbarie tradicional que se resistían al progreso moral –por ejemplo, en las prisiones militares o en instituciones análogas– no había desaparecido totalmente…[20]

Ahora bien, en el siglo xx, bajo el fascismo y el estalinismo, en las guerras coloniales –Argelia, Irlanda, etc.– y en las dictaduras latinoamericanas, la tortura se emplea de nuevo a gran escala. Los métodos son diferentes –la electricidad sustituye al fuego y a las tenazas–, pero, durante el siglo xx, la tortura de prisioneros políticos se convirtió en una práctica rutinaria –aunque no oficial– de regímenes totalitarios, dictatoriales e, incluso, en ciertos casos (las guerras coloniales), "democráticos". El término "regresión" es pertinente, en la medida en que la tortura era practicada en muchas sociedades premodernas, y también en Europa, desde la Edad Media hasta el siglo xviii. Una práctica bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido en el siglo xix reapareció en el xx bajo una forma más "moderna" –desde el punto de vista de las técnicas–, pero no menos inhumana.

En conclusión: valorar la barbarie moderna del siglo xx exige abandonar la ideología del progreso lineal. Esto no quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios, ni tampoco lo contrario. Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna, o de su copia "socialista" burocrática.

Tampoco se trata de reducir la historia del siglo xx a sus momentos de barbarie: esta historia conoció también la esperanza, los levantamientos de los oprimidos, la solidaridad internacional, los combates revolucionarios, las revueltas democráticas: México, en 1914; Petrogrado, en 1917; Budapest, en 1919; Barcelona, en 1936; París, en 1944; Budapest, en 1956; La Habana, en 1961; París, en 1968; Lisboa, en 1974; Managua, en 1979; Dánzig, en 1980; Berlín, en 1989; Chiapas, en 1994. Éstos fueron algunos de los momentos intensos, aunque efímeros, de esa dimensión emancipadora del siglo. Constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria.


Traducción para Herramienta revisada por Carlos Cuéllar.

* Sociólogo brasileño e investigador del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia. Autor, entre otros, de: Sublevación de melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad; El pensamiento del Che; La revolución en el Joven Marx; Dialéctica y Revolución; Marxismo y Teología de la Liberación.

[1] Norbert Elias, La dynamique de l’Occident, París, Calmann-Lévy, 1975, págs. 181-190.

[2] Norbert Elias: La civilisation des moeurs, París, Calmann-Levy, 1973, pág. 280. La referencia al combatiente abisinio suena extraña en momentos en que Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiano, portador de una pretendida misión "civilizadora".

[3] Carlos Marx: El capital, vol. I, págs. 557-558 y 563.

* Workhouses: según la ley sobre los pobres de Inglaterra, aprobada en 1834, se toleraba una sola forma de ayuda a los pobres: su alojamiento en casas de trabajo con régimen carcelario; los obreros ejecutaban en ellas labores improductivas, monótonas y extenuadoras; estas casas de trabajo fueron denominadas por el pueblo bastillas para los pobres. [NdT]

[4] Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlín, Dietz Verlag, 1955, pág. 245.

[5] Luxemburgo, La crise de la social-democratie, 1915, Bruselas, Éditions La Taupe, 1970, pág. 68.

[6] Kafka, "In der Strafkolonie", Erzählung und kleine Prosa , Nueva York, Schocken Books, 1946, págs. 181-113.

* IG Farben: abreviación de Interessengemeinschaft Farbenindustrie AG, empresa química alemana fundada en 1925, que en vísperas de la segunda guerra mundial ocupaba el primer puesto en Alemania y en el mundo, y empleaba a más de 200.000 personas; Luftwaffe: fuerza aérea alemana [N. del T.].

[7] Walter Benjamin, "Le surréalisme. Le dernier instantané de l’intelligence européenne", Mythe et violence, París, Lettres Nouvelles, 1971, pág. 312.

[8] Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó masivamente mano de obra esclava en Auschwitz, sino que también produjo el gas Zyklotron B, que servía para exterminar a las víctimas del sistema de los campos de concentración.

[9] Zygmunt Bauman, Modernity and the Holocaust, Londres, Polity Press, 1989, págs. 15 y 28.

[10] Citado por Zygmunt Bauman, op  cit., pág. 71.

[11] Traverso, L’histoire déchirée. Essai sur Auschwitz et les intellectuels, París, Cerf, 1997.

[12] Sobre ese tema, remito a la excelente puntualización de Enzo Traverso "La singularité d’Auschwitz. Hypothèses, problèmes et dérives de la recherche historique", Pour une critique de la barbarie moderne. Ecrits sur l’histoire des Juifs et de l’antisémitisme, Lausana, Page deux, 1997.

[13] Citado, siguiendo los archivos históricos recientemente abiertos al público, en Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign Affairs, febrero de 1995, pág. 143.

[14] Ibíd., pág. 146.

[15] Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, nota 13, pág. 143.

[16] Como escribiera recientemente el escritor Jorge Semprún –ex prisionero en Buchenwald, poco sospechoso de simpatías (en la actualidad) por el comunismo soviético–: "tal vez fueran el arcaísmo, la insuficiencia técnica quienes dieran más humanidad a los campos soviéticos" [en comparación con los campos nazis]. Jorge Semprún, "L’écriture ravive la mémoire", Le Monde des Débats, n.° 14, mayo de 2000, pág. 13.

[17] "En realidad, es completamente racional, si ‘razón’ significa racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y todo lo demás en Viet Nam ‘bajo dominación comunista’ (claramente un ‘objeto indeseable’), cual ‘operador’ para transformarlo en ‘objeto deseable’." Joseph Weizenbaum, Computer Power and Human Reason: From Judgement to Calculation, San Francisco, W.H. Freeman, 1976, pág. 252.

[18] Hubo otras guerras coloniales en el siglo xx –en Indochina, en Argelia, en el África colonial portuguesa–, pero ninguna alcanzó el grado de modernidad como la de Viet Nam. En comparación parecen arcaicas, primitivas.

[19] T.W. Adorno, M. Horkheimer, La dialectique de la raison, París, Gallimard, 1974, pág. 48, y T.W. Adorno, Minima Moralia, París, Payot, 1983, pág. 134.

[20] Eric Hobsbawm, "Barbarism: a user’s guide", On History, Londres, Weidenfelds and Nicholson, 1997, págs. 259-263.