Sobre Cambiar el mundo... de John Holloway. El significado de la revolución hoy

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Autor(es): Romero, Aldo Andrés

Romero, Aldo Andrés. Pseudónimo de Aldo Casas. Antropólogo, miembro de la Asociación Gramsci en Argentina. Integrante del Consejo de Redacción de Herramienta.


Sobre Cambiar el mundo sin tomar el poder, de John Holloway, Colección Herramienta, Buenos Aires, 2002. 320 págs.

Provocativo libro el de Holloway, que nos enfrenta teóricamente con “la urgente imposibilidad de la revolución”, precisamente cuando el movimiento antiglobalización y en términos aún más dramáticos los luchadores latinoamericanos, debemos resolver prácticamente cómo “cambiar el mundo”. Y oportuno, porque si no nos conformamos con el extremismo verbal que se agota anunciando la inminencia de la lucha final, debemos asumir hasta el final que la revolución no es cosa sencilla.

Texto útil, en definitiva... Siempre y cuando se lea sin perder de vista los concretos desafíos históricos del momento y los imperativos prácticos del combate en que estamos empeñados. Admitamos la provocación socrática del autor, que elige terminar la obra reivindicando el valor de la incertidumbre. Pero no olvidemos que, terminada la desmitificación crítica, lo que sigue se decide en la lucha: allí donde las armas de la crítica no pueden reemplazar la crítica de las armas, donde la teoría se hace práctica y el pensamiento, estrategia.

Holloway, retomando (con beneficio de inventario) aportes de Lukács, Adorno, Bloch y los autonomistas italianos,  desarrolla una crítica radical que arranca de “la negatividad” y de la reivindicación del “poder-hacer” de los hombres. Advierte que en el capitalismo, desafiando al Poder (o “poder-sobre”) que fragmenta el flujo de las actividades sociales, tal fuerza formidable existe siempre en la forma de “ser negado” y constituye el antagonismo insuperable a partir de la cual esboza una teoría de la vulnerabilidad del capital.

El open marxism de este fraternal irlandés que eligió vivir en Puebla, insiste en la importancia mayúscula de la teoría del fetichismo y, entre otras cosas, quiere “abrir” las categorías marxianas (Mercancía, Capital, Estado...) para recordar lo que otros marxistas suelen olvidar: que tales “cosas” en realidad no lo son, pues constituyen diversas formas de relaciones sociales procesales. Y que en definitiva son formas que implican la continua y antagónica formación de tales relaciones sociales reificadas.

Buena parte del libro se destina a denunciar la deformación positivista del marxismo y a sostener (sin evitar simplificaciones, afirmaciones abusivas y aún amalgamas) que no sólo los “revisionistas” y Kautsky, sino también Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Pannekoek, Korsch o Gramsci apuntalaron un “marxismo científico” mas o menos monolítico, contra el cual quiebra lanzas en favor de una dialéctica negativa.

El libro tiene aportes sólidos y sugerencias estimulantes. Pero adolece de una recurrente tendencia a mezclar distintos niveles de abstracción, formular generalizaciones arbitrarias y proponer conclusiones imprecisas y carentes del necesario respaldo argumental. Para dar sólo un ejemplo, tras varias páginas dedicadas a presentar su concepción de la lucha de clases y rechazar la posibilidad misma de cualquier definición de la clase obrera, Holloway afirma que “El sujeto crítico-revolucionario no es un quién definido sino un qué indefinido, indefinible y anti-definicional”... Holloway cree seguir a Marx porque rechaza las definiciones, pero olvida que el autor de El Capital no escatimaba esfuerzos para determinar las categorías y conceptos que utilizaba, y que preparó un paciente cuadro de la determinación de las clases mediante la reproducción del capital, poniendo a la relación de explotación (en cuanto relación social, no individual) en el centro de la relación (y la lucha) de clases: la determinación recíproca de los individuos y de las clases se establece mediante la totalidad dinámica de relaciones sociales.

Arrastrando estos contrastes, los últimos capítulos abordan la cuestión de la subjetividad revolucionaria, la materialidad del “anti-poder” y una teoría de la crisis. Nos llevan hasta el umbral mismo del problema y al mismo tiempo nos alejan del mismo: “El cambio revolucionario es más desesperadamente urgente que nunca, pero ya no sabemos qué significa. […] Hemos perdido toda certeza, pero la apertura de la incertidumbre es central para la revolución”. El autor nos dice que su libro es en definitiva “una pregunta, una invitación a discutir” y, simbólicamente, omite ponerle un punto final. Aceptamos con gusto la invitación a discutir, aunque no será en el breve espacio de este comentario donde podremos hacerlo. Quiero sí dejar sentado que parte importante del debate serán las preguntas mismas (“¿Más allá del Estado?”, “¿Más allá del poder?”, “¿Revolución?”, etcétera), los términos en que se presentan y el deficiente encuadramiento histórico-social que se les da. Desde una perspectiva marxista no es admisible sostener “lo que ha fallado es la idea de que la revolución significa tomar el poder para abolir el poder […] La única manera en la que hoy puede imaginarse la revolución es como la disolución del poder”. Las experiencias y vicisitudes del movimiento obrero y revolucionario internacional deben ser considerados no sólo como hechos objetivos, sino como experiencias estratégicas, para asimilar teórica y prácticamente los éxitos, las oportunidades perdidas, las derrotas, los fracasos (y las traiciones, y los crímenes, que también existieron) sufridas por los trabajadores del mundo. Esta perspectiva permite reconocer en el movimiento real y en sus confrontaciones político-ideológicas “las dos almas del socialismo”: porque si es verdad que existe y existió un “socialismo desde arriba”, existió y existe también un “socialismo desde abajo”. Desde esta perspectiva consideramos también que si una nueva sociedad debe surgir de la revolución, sólo podrá constituirse a escala “supranacional” (continental o al menos regional) quebrando el viejo poder y apoyándose en el poder de organismos autónomos de la población, que operen en todas las esferas de la actividad: en la “política”, pero también en la producción y la economía, y en la vida cotidiana. Vale decir: autoorganización y autogobierno capaces de poner en cuestión todas las esferas de la vida social. Más que esperar que de la noche a la mañana se logre la “disolución” del Estado, la propiedad privada, el dinero o el trabajo asalariado, se trata de impulsar el proceso revolucionario asumiendo la solidaridad de los elementos de la vida social, razón por la cual nada deberá quedar por fuera de la actividad instituyente de la nueva sociedad.  


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