Imperialismo e "Imperio"

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Bellamy Foster, John

Hace sólo algo más de un mes, antes del 11 de septiembre, la revuelta masiva contra la globalización capitalista que comenzara en Seattle en noviembre de 1999 y que seguía fortaleciéndose todavía en julio de 2001 en Génova exponía las contradicciones del sistema de un modo que no se había visto en muchos años. Pero la naturaleza peculiar de esta revuelta hizo que el concepto de imperialismo quedara casi eclipsado, incluso en el seno de la izquierda, por el concepto de globalización, lo que sugería que una de las peores formas de explotación y de competencia había de algún modo retrocedido.

Ejemplo de una tendencia creciente dentro de la izquierda en el tratamiento de la globalización –igualmente atractiva para los círculos dominantes, a juzgar por la atención que le dan en los medios– es un nuevo libro de Michael Hardt y Antonio Negri, titulado Imperio. Publicado por Harvard University Press el año pasado, este libro ha recibido pródigos elogios en lugares tales como The New York Times, la revista Time y el London Observer, y llevó a la aparición de Hardt como invitado en el show de Charlie Rose y una pieza de Op-Ed en The New York Times.

Su tesis es que el mercado mundial, bajo la influencia de la revolución informática, se está globalizando más allá de la capacidad de las naciones-Estado para afectarlo. La soberanía de las naciones-Estado se desvanece y está siendo reemplazada por una emergente nueva soberanía global o “Imperio”, que surge de la fusión de “una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una única lógica de dominación”, sin ninguna jerarquía internacional clara (página xii de la edición americana). El espacio no me permite ocuparme aquí de todos los aspectos de esta discusión. Sólo me ocuparé de un tema: la supuesta desaparición del imperialismo.

El término “Imperio” en el análisis de Hardt y Negri no se refiere a la dominación imperialista  de la periferia por el centro, sino a una entidad que lo abarca todo y no reconoce territorios ni fronteras por fuera de sí misma. En su apogeo, dicen, “el imperialismo era en realidad una prolongación de la soberanía de las naciones-Estado europeas más allá de sus fronteras” (página xii). En este sentido, el imperialismo o colonialismo murió.

Pero Hardt y Negri también proclaman la muerte del nuevo colonialismo: la dominación económica y la explotación por las potencias industriales sin control político directo. Insisten en que todas las formas de imperialismo, en tanto representan limitaciones a la fuerza homogeneizadora del mercado mundial, están condenadas por ese mismo mercado. El imperio es, a la vez, “postcolonial y postimperialista” (página 9).

El imperialismo –nos dicen–  es una máquina para dividir, canalizar, codificar y territorializar los flujos de capital, que bloquea ciertos flujos y facilita otros. El mercado mundial, en cambio, requiere un espacio fluido de flujos no codificados ni territorializados... el imperialismo hubiera sido la muerte del capital de no haberse superado. La completa realización del mercado mundial implica necesariamente el fin del imperialismo (página 333).

Conceptos tales como centro y periferia, argumentan estos autores, ya son casi inútiles. “Mediante la descentralización de la producción y la consolidación del mercado mundial, las divisiones internacionales y los flujos del trabajo y del capital se han fracturado y multiplicado tanto que ya no es posible demarcar grandes zonas geográficas como centro y periferia, Norte y Sur”. Entre los Estados Unidos y Brasil, Gran Bretaña e India ya no hay “diferencia de naturaleza”, sino “solamente diferencias de grado” (página 335). [1]  

También desaparece la noción del imperialismo de los Estados Unidos como la fuerza central del mundo de hoy. “Los Estados Unidos –escriben– no constituyen, y claramente ningún otro Estado-nación puede serlo hoy, el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ya fue superado. Ninguna nación será líder mundial en el sentido en que lo fueron las modernas naciones europeas” (páginas xiii-xiv). “La Guerra de Vietnam –afirman Hardt y Negri– puede verse como el momento final de la tendencia imperialista y por tanto como el punto de pasaje a un nuevo régimen de la Constitución”(páginas 178-179). Este pasaje a un nuevo régimen global constitucional se ve en la Guerra del Golfo, durante la cual los Estados Unidos emergieron como el único poder capaz de manejar la justicia internacional, no en función de sus propios motivos nacionales sino en nombre del derecho global (…). La actuación como policía mundial de los Estados Unidos no se realizan en función de un interés imperialista sino de un interés imperial (es decir, en interés de un Imperio desterritorializado). En este sentido la Guerra del Golfo, como afirmara George Bush, anunció realmente el nacimiento de un nuevo orden mundial” (página 180).

El Imperio, nombre que dan a este nuevo orden global, es producto de la lucha por la soberanía y el constitucionalismo a nivel global, en una era en que un nuevo jeffersonismo –la expansión de la forma constitucional de los Estados Unidos en el ámbito global– se ha vuelto posible. Los autores se oponen a las luchas locales contra el Imperio, pues creen que ahora la lucha debe ser simplemente sobre la forma que tomará la globalización; y sobre hasta qué punto el Imperio cumplirá la promesa de hacer fructificar “la expansión global del proyecto constitucional interno de los Estados Unidos” (página 182). Argumentan respaldando los esfuerzos de la “multitud contra el Imperio” –es decir, la lucha de la multitud por convertirse en sujeto político autónomo–, pero esto sólo puede tener lugar, plantean, dentro de “las condiciones ontológicas que presenta el Imperio” (página 407). Sobre el punto de vista más de moda hoy en día, con esto basta. Me gustaría pasar ahora a lo decididamente fuera de moda.

La fase más mortífera del capitalismo

En contraste con Imperio, el nuevo libro de István Mészáros Socialismo o barbarie representa, en varios sentidos, el colmo de lo fuera de moda; aún dentro de la izquierda. [2] En vez de prometer un nuevo universalismo que potencialmente surgiría del proceso de globalización capitalista, en tanto éste tome la forma correcta, Mészáros postula que la perpetuación de un sistema dominado por el capital garantizaría precisamente lo opuesto: 

A pesar de su impuesta “globalización”, la incurable iniquidad del sistema capitalista es estructuralmente incompatible con la universalidad, en cualquier sentido significativo del término (...) no puede haber universalidad en el mundo social sin una igualdad sustantiva (páginas 10-11).

Para Mészáros, la dominación del capital se comprende mejor como un proceso de metabolismo social similar al de un organismo vivo. Por tanto hay que verlo como algo que abarca un conjunto complejo de relaciones. Cualquier logro del capitalismo en cuanto a liberación “horizontal” se ve negado por el ordenamiento “vertical” que constituye su tendencia decisiva. Este siempre dominante antagonismo significa que “el sistema capitalista está articulado como una red enmarañada de contradicciones que pueden manejarse con mayor o menor suceso por un tiempo pero nunca superarse definitivamente” (página 13). Entre las principales contradicciones que son insuperables dentro del capitalismo están las que existen entre: 1) la producción y su control; 2) producción y consumo;3) competencia y monopolio; 4) desarrollo y subdesarrollo (centro y periferia); 5) expansión económica mundial y rivalidad intercapitalista; 6) acumulación y crisis; 7) producción y destrucción; 8) dominación del trabajo y dependencia del trabajo; 9) empleo y desempleo y 10) crecimiento de las ganancias a cualquier costo y destrucción ambiental. [3]

Mészáros señala: “Resulta inconcebible superar siquiera una de esas contradicciones, y aún menos su combinación en una inextricable red, sin instituir una alternativa radical al modo de control metabólico social del capital” (página 13-14). De acuerdo con su análisis, el período de ascenso histórico del capitalismo ya ha terminado. El capitalismo se ha extendido a todo el globo, pero en la mayor parte del mundo ha producido solamente enclaves de capital. Ya no existe ninguna perspectiva de que el mundo subdesarrollado en su conjunto “alcance” económicamente a los países capitalistas, ni tan siquiera de un sostenido avance económico y social de la periferia. Las condiciones de vida de la vasta mayoría de los trabajadores está declinando globalmente. La larga crisis estructural del sistema, desde la década de 1970, impide al capital capear efectivamente sus contradicciones, incluso temporalmente. La ayuda externa brindada por el Estado ya no alcanza para reforzar el sistema. Por tanto, la “destructiva incontrolabilidad” del capital –su destrucción de relaciones sociales previas y su incapacidad para poner algo sustentable en su lugar– es cada vez más notoria (páginas 19, 61).

El meollo de la posición de Mészáros es la proposición de que estamos viviendo “la fase potencialmente más mortífera del imperialismo” (título del segundo capítulo de su libro). El imperialismo, dice, puede dividirse en tres fases históricas: 1) el temprano colonialismo moderno; 2) la fase clásica del imperialismo, que describiera Lenin, y 3) el imperialismo hegemónico global, con los Estados Unidos como su fuerza dominante. La tercera fase se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial, pero se “destacó fuertemente” con el surgimiento de la crisis estructural del capital de la década de 1970 (página 51).

A diferencia de la mayoría de los analistas, Mészáros plantea que la hegemonía de los Estados Unidos no terminó en los 70, aunque entonces sufriera una declinación en su posición económica relativa frente a otros estados capitalistas líderes en comparación con los 50. Más bien, a partir de que Nixon abandonara el estándar dólar-oro, los 70 marcan el comienzo de un esfuerzo mucho más decidido por parte de los Estados Unidos para establecer su preeminencia global en términos económicos, militares y políticos, por constituirse como un gobierno global sustituto. En la etapa actual del desarrollo global del capital, insiste Mészáros, ya no es posible evitar la confrontación con una fundamental contradicción y limitación estructural del sistema. Esa limitación es su grave incapacidad para constituir un Estado del sistema del capital en su conjunto, complementario de sus aspiraciones y su articulación transnacionales.

Es entonces cuando “los Estados Unidos se inclinan peligrosamente a asumir el rol de Estado del sistema del capital en su conjunto, subsumiendo por todos los medios a su disposición a cualquier poder rival,” apareciendo como lo más parecido a un “Estado del sistema del capital” (páginas 28-29).

Pero aunque los Estados Unidos pudieron detener la declinación de su posición económica relativa ante los otros estados capitalistas líderes, es incapaz de lograr suficiente dominio económico por sí mismo para gobernar el sistema mundial, el que, en todo caso, es ingobernable. Por tanto busca utilizar su inmenso poder militar para establecer su preeminencia global. [4]   Mészáros escribe:

Lo que está en juego hoy no es el control de una determinada parte del planeta –no importa su tamaño– que aunque ponga en desventaja a algunos rivales tolere aún su actuación independiente, sino el control de la totalidad por una superpotencia económica y militar hegemónica, con todos los medios –incluyendo los medios militares más autoritarios y, si fuera necesario, violentos– a su disposición. Esto es lo que requiere la racionalidad última del capital globalmente desarrollado, en el vano intento de poner bajo control sus irreconciliables antagonismos. El problema es, sin embargo, que semejante racionalidad –podemos escribirlo sin comillas, ya que corresponde genuinamente a la lógica del capital en la actual etapa histórica del desarrollo global– es al mismo tiempo la irracionalidad más extrema de la historia, incluida la concepción nazi de dominación mundial, en lo concerniente a las condiciones requeridas para la supervivencia de la humanidad (páginas 37-38).

La afirmación de que el imperialismo actual, representado sobre todo por los Estados Unidos, está de alguna manera aminorado por el hecho de que hay poco dominio político directo de territorios extranjeros, no sirve para comprender los problemas que enfrentamos. Como señala Mészáros, el colonialismo europeo en realidad ocupó sólo una pequeña parte del territorio de la periferia. Ahora, los medios son diferentes, pero el alcance global del imperialismo es mayor aún. Actualmente, los Estados Unidos ocupan territorios extranjeros en la forma de bases militares en sesenta y nueve países, y es un número que sigue aumentando. Más aún, la actual multiplicación del poder destructivo del arsenal militar –especialmente el potencial catastrófico del armamento aéreo– ha modificado hasta cierto punto las formas de imponer dictados imperialistas a un país para someterlo (el armamento terrestre y la ocupación son menos necesarios) pero no su esencia (página 40).

Con el colapso de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, al imperialismo se le hizo necesario un cambio de ropajes. La antigua justificación de las intervenciones mediante la Guerra Fría ya no funciona. Saddam Husseim, señala Mészáros, proveyó esa nueva justificación, pero sólo temporalmente. Todavía los Estados Unidos se vieron obligados a presentar esta guerra como una alianza universal en interés del derecho global, aunque con los Estados Unidos actuando tanto de juez como de ejecutor. La inquietante evolución que señala en Socialismo o barbarie incluye: el enorme tributo en víctimas civiles iraquíes durante la guerra en Iraq y la muerte de más de medio millón de niños como resultado de las sanciones posteriores a la guerra; la masacre militar en los Balcanes y su ocupación; la expansión de la OTAN hacia el Este; la nueva política de los Estados Unidos empleando a la OTAN como una fuerza militar ofensiva sustituta de las Naciones Unidas; los intentos de los Estados Unidos de burlar y minar aún más a las Naciones Unidas; el bombardeo de la embajada china en Belgrado; la evolución del tratado de seguridad Japón-Estados Unidos, que apunta a China, y el crecimiento de una postura militar agresiva de los EstadosUnidos respecto de China, a la que se ve cada vez más como la superpotencia rival emergente.

A largo plazo, incluso la actual aparente armonía entre los Estados Unidos y la Unión Europea no puede darse por sentada, ya que los Estados Unidos siguen en su campaña por la dominación global y tampoco hay respuesta a este problema dentro del sistema, en esta etapa de la evolución del capital. La globalización, plantea Mészáros, ha vuelto imperativo para el capital un Estado global, pero el carácter inherente del metabolismo social del capital, que requiere de una pluralidad de capitales, lo torna imposible. “La fase potencialmente más mortal del imperialismo” tiene así que ver con el círculo expansivo de barbarismo y destrucción que tales condiciones están destinadas a producir.

¿Cómo interpretar la guerra global contra el terrorismo?

¿Cómo lucen hoy estos dos puntos de vista sobre globalización/imperialismo  –el cada vez más de moda  que se centra en la emergencia de la soberanía global (llamada “Imperio”) y el decididamente fuera de moda que señala “la fase potencialmente más mortal del imperialismo”– tras los eventos del 11 de septiembre y el comienzo en Afganistán de una guerra global contra el terrorismo? 

Tal vez podría argumentarse que el análisis de Imperio se ve confirmado, ya que no fue una nación Estado la que desafió al joven sistema de soberanía global sino terroristas internacionales fuera del Imperio. Con este enfoque podría verse a los Estados Unidos como llevando a cabo una acción de “policía global” en Afganistán “no en función de sus propios motivos nacionales sino en nombre del derecho global”, como Hardt y Negri describieron las acciones de los Estados Unidos en la Guerra del Golfo. Esta es más o menos la forma en que Washington describe sus propios actos.

Socialismo o barbarie, en todo caso, parece sugerir una interpretación totalmente diferente, considerando al imperialismo de los Estados Unidos como central en la crisis del terror. Para este enfoque, los terroristas que atacaron el World Trade Center y el Pentágono no estaban atacando la soberanía global o la civilización (no fueron atacadas las Naciones Unidas en Nueva York), ni mucho menos los valores de libertad y democracia como pretendió el gobierno de los Estados Unidos, sino que los blancos fueron los símbolos del poder financiero y militar de los Estados Unidos, y por tanto el poder global de los Estados Unidos. Por injustificables que fueran estos actos terroristas en todo sentido, pertenecen sin embargo a la más amplia historia del imperialismo norteamericano y a su intento de establecer una hegemonía mundial, en particular a la historia de sus intervenciones en Medio Oriente.

Además, los Estados Unidos no respondieron mediante un proceso de constitucionalismo global, ni en la forma de una mera acción policial, sino de un modo imperialista al declarar unilateralmente la guerra al terrorismo internacional y desatando su maquinaria de guerra sobre el gobierno talibán de Afganistán. En Afganistán, los Estados Unidos están intentando destruir militarmente fuerzas terroristas que en otro momento ayudó a crear. Lejos de adherir a sus propios principios constitucionales en el dominio internacional, los Estados Unidos han apoyado ampliamente a grupos terroristas siempre que sirvieran a sus propios designios imperialistas, y ha llevado a cabo actos de terrorismo de Estado, matando poblaciones civiles. La nueva guerra al terrorismo, declaró Washington, puede requerir la intervención militar de los Estados Unidos en numerosos países además de Afganistán, con naciones como Iraq, Siria, Sudán, Libia, Indonesia, Malasia y Filipinas ya seleccionados como posibles sitios de intervenciones futuras.

Todo esto, unido a la declinación económica mundial y una represión creciente en los estados capitalistas líderes, parece sugerir que la “destructiva incontrolabilidad” del capital se hace notar cada vez más. El imperialismo, en el proceso de bloquear el desarrollo autónomo –es decir, de perpetuar el desarrollo del subdesarrollo– en la periferia, ha alimentado al terrorismo, que le devolvió su disparo al propio líder imperialista, creando una espiral de destrucción sin final visible.

Puesto que es imposible un gobierno global bajo el capitalismo, pero resulta necesario en la realidad más globalizada de hoy, el sistema, insiste Mészáros, se ve llevado cada vez más al “dominio extremadamente violento de todo el mundo por un país imperialista hegemónico en forma permanente: una (…) forma absurda e insostenible de regir el orden mundial” (página 73).

Hace diez años, tras la Guerra del Golfo, los editores de Monthly Review Harry Magdoff y Paul Sweezy señalaron:

Los Estados Unidos, aparentemente, se han metido en un camino que tiene las más graves implicaciones para todo el mundo. El cambio es la única ley segura del universo. No puede detenerse. Si a las sociedades (en la periferia del mundo capitalista) se les impide tratar de resolver sus problemas a su manera, por cierto no los resolverán del modo que otros les imponen. Y si no pueden avanzar, inevitablemente retrocederán. Esto es lo que está sucediendo en gran parte del mundo hoy, y los Estados Unidos, la nación más poderosa con medios ilimitados de coerción a su disposición, parece estarles diciendo a los otros que ese es su destino y que deben aceptarlo bajo pena de destrucción violenta. Alfred North Whitehead, uno de los más grandes pensadores del siglo pasado, dijo una vez: “Nunca dejé de considerar la idea de que la raza humana podría elevarse hasta cierto punto y después declinar y nunca superarse. Muchas otras formas de vida lo han hecho. La evolución puede ir tanto hacia arriba como hacia abajo”. Es un pensamiento inquietante pero de ningún modo inverosímil que la forma y el agente activo de esta declinación pueda estar cobrando forma ante nuestros ojos en estos años finales del siglo veinte. No puede sugerirse, por supuesto, que la declinación irreversible sea inevitable hasta que ocurra. Pero sí puede sugerirse que la forma en que vienen las cosas durante el último medio siglo, y especialmente durante el último año, tiene tal potencial. Y también puede reconocerse que nosotros, el pueblo (norte)americano, tenemos una responsabilidad especial en hacer algo acerca de eso, ya que es nuestro gobierno el que está amenazando con jugar a Sansón en el templo de la humanidad. (“Pax Americana”, Editorial, Monthly Review, julio-agosto de 1991.)

Los últimos diez años sólo han confirmado la validez general de este análisis. Medido objetivamente, los Estados Unidos son la nación más destructiva de la tierra. Ha matado y aterrorizado más poblaciones alrededor del mundo que cualquier otra nación desde la Segunda Guerra Mundial. Su poder de destrucción es aparentemente ilimitado, armada como está con todo armamento posible. Sus intereses imperiales, dirigidos a la hegemonía mundial, no tienen virtualmente límite. En respuesta a los ataques terroristas en Nueva York y Washington, el gobierno de los Estados Unidos ahora ha declarado la guerra a terroristas que dice que residen en más de sesenta países, así como ha amenazado con acciones militares a los gobiernos que los alberguen. En lo que presenta como sólo la primera etapa de una larga lucha, ha desatado su maquinaria de guerra sobre Afganistán, cobrando ya un terrible tributo humano, que incluye a los que están pereciendo por falta de comida. ¿De qué otro modo puede verse esto sino como el crecimiento del imperialismo, la barbarie y el terrorismo –realimentándose recíprocamente– en una era en que el capitalismo parece haber alcanzado los límites de su ascenso histórico? La esperanza que le queda a la humanidad, bajo estas circunstancias, reside en la reconstrucción del socialismo y, más inmediatamente, en el surgimiento de una lucha popular centrada en los Estados Unidos, para impedir que Washington continúe su mortal juego de Sansón en el templo de la humanidad.

Nunca tuvieron las palabras “socialismo o barbarie”, elocuentemente levantadas una vez por Rosa Luxemburgo, más urgencia global que en el presente.

* John Bellamy Foster es un editor del Monthly Review. Es autor de Marx’s Ecology: Materialism and Nature y The Vulnerable Planet, y co-editor de Hungry for Profit: The Agribusiness Threat to Farmers, Food, and the Environment, todos publicados por Monthly Review Press. El presente artículo se basa en una charla, pronunciada en el Foro Brecht en Nueva York, el 14 de octubre de 2001 y fue publicado en Monthly Review volumen 53, nº 7, diciembre de 2001. La traducción para Herramienta fue realizada por Susana Todaro.

 


[1] Hardt y Negri citan la obra de Samir Amin, especialmente su Empire of Chaos (Monthly Review Press, 1992), como la principal visión alternativa a la suya de imperialismo/imperio; una que difiere notablemente en el aspecto centro/periferia. Ver Hardt y Negri , Imperio (páginas 9, 14, 334, 467).

[2] Socialismo o barbarie (2001) y la mayor obra teórica de Mészáros, Más allá del Capital, fueron publicados por Monthly Review Press. Existe edición en castellano: Más allá del Capital, Vadell Hermanos Editores, Caracas, 2001.

[3] Esta es una versión abreviada y ligeramente modificada de la lista que Mészáros presenta en su libro de las principales contradicciones.

[4] La estrategia de los EE.UU. de establecer una hegemonía global mediante la proyección global de su poder militar se encuentra examinada en detalle en “Washington’s New Interventionism: U.S. Hegemony and Interimperialist Rivalries”, de David N. Gibbs, en Monthly Review 53:4 (septiembre 2001): 5-37.