Propuestas para un trabajo colectivo de renovación programática.

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Chesnais, François

La finalidad del texto es presentar un boceto de lo que puede ser –reelaborado, enriquecido y desarrollado colectivamente– la base de un “proyecto de investigación y elaboración políticas, iluminado por el objetivo de transformación socialista de la sociedad”. Este proyecto sería llevado adelante conjuntamente con quienes, dentro y fuera de Carré Rouge, reconozcan su necesidad y compartan (en líneas generales, claro está) la problemática de partida. Las revistas que desearan colaborar en el proyecto podrían contribuir en el trabajo de publicación. El texto intenta dar elementos que también podrían estimular a que militantes sindicales no organizados políticamente se unan al trabajo.

Durante los últimos años, en diversos ámbitos se ha producido –y publicado en varias revistas­– bastante material teórico nuevo, que puede alimentar un “proyecto de investigación y elaboración políticas”. Pero con muy pocas excepciones, esta producción teórica no fue explícitamente “iluminada por el objetivo de transformación socialista de la sociedad”. Lo que puede distinguir a nuestra propuesta es la voluntad de seguir trabajando con esa perspectiva, a despecho del curso adoptado por la historia del siglo XX y el comienzo del siglo XXI. Esto multiplica la voluntad de colaborar con todos los que, en diversa medida, se identifiquen con el análisis de la segunda y tercera parte del texto.
 
Primera parte. Razón de ser de Carré Rouge
 
Publicar Carré Rouge no es un fin en sí mismo. Carré Rouge no tiene vocación de perpetuarse si su razón de ser no se consolida cualitativamente. Es cierto que la revista permite a unos pocos militantes aclarar y presentar regularmente su apreciación de la situación política francesa. También se publican artículos de reflexión teórica sobre cuestiones claves de la lucha de clases y del pensamiento revolucionario, principalmente referidos a la herencia marxista. Pero esto no es justificación suficiente para la existencia de Carré Rouge. No hay verdadera necesidad de otra revista política más.
En 1995, algunos antiguos militantes de la Organización Comunista Internacionalista-Partido Comunista Internacionalista[1] (más exactamente, éramos seis) nos encontramos y fundamos Carré Rouge. Deseábamos hacer un balance y recuperar el gusto por la acción y la discusión política. Rápidamente intentamos obtener la colaboración de militantes provenientes de otros horizontes. Así acogimos a camaradas de Voz De los Trabajadores, y militantes de la Liga Comunista Revolucionaria, de la Izquierda Comunista del Partido Comunista Francés, y más tarde de La Comuna y de la Izquierda Revolucionaria participaron en las reuniones y escribieron según el ritmo de las discusiones y acontecimientos de la vida política francesa. Con una claridad creciente sobre este enfoque, la redacción de Carré Rouge buscó hacer de la revista un instrumento para otros. Otros que son todos los que continúan considerando que “el socialismo es la única meta que una inteligencia contemporánea puede asignarse”. Esta es la cita de Siniavsky que figura en la tapa de la revista desde su lanzamiento.[2] Ahora, con relaciones a definir con otras corrientes, colectivos y militantes individuales, es posible que Carré Rouge encuentre una razón de ser para seguir reuniéndose y apareciendo, convirtiéndose, con otras revistas, en uno de los soportes de un trabajo colectivo, lo que llamo de manera torpe y pesada “proyecto de investigación y de elaboración políticas iluminado por el objetivo de transformación socialista de la sociedad”. El propósito sería superar las omisiones y la parálisis de balances incompletos y permitirnos en definitiva salir del empirismo total que, por ahora, caracteriza nuestro trabajo político.
 
Segunda parte. Un vacío programático y estratégico
 
¿Por qué este “proyecto de investigación”? Porque hoy estamos desprovistos de una orientación política digna de ese nombre (en otra época hubiéramos dicho directamente un programa), fundada en la lucha por la transformación socialista de la sociedad y al mismo tiempo enraizada en un análisis de los procesos sociales y políticos contemporáneos tal como son realmente (no ficticiamente)a principios del siglo XXI. Para decirlo claramente, los militantes que determinan su actividad política y/o sindical cotidiana en función del carácter irreductible del antagonismo entre el capital (los propietarios de los medios de producción y de comunicación, es decir, de los medios de vida de la sociedad) y quienes venden o intentan vender su fuerza de trabajo (el inmenso ejército industrial de reserva que el capital constituyó a escala mundial), “navegan políticamente sin brújula”. Esto es más grave aún porque la situación política contiene, me parece, muchos elementos de un “giro brusco”. Esta ha sido siempre una característica de la época imperialista, pero todo un período de la lucha de clases mundial terminó en 1989-91 sin que extrajéramos las consecuencias. El “giro brusco” que nos espera en un plazo más o menos largo no se apoyará en los datos y “parámetros” políticos de los años 1930, ni en los de 1960-70. Funcionamos con referencias programáticas que deben ser reconstruidas de pies a cabeza, lo que supone terminar con la fetichización de los escritos de nuestros antecesores.
Cada militante (o cada grupo de militantes con afinidades políticas) declinará esta afirmación con el lenguaje de su tradición política y en referencia a su propia experiencia. En esta sección, lo haré desde la experiencia y en el lenguaje del trotskismo. Los militantes de origen comunista “ortodoxo”, surgidos del molde caracterizado por nosotros como estalinismo[3], o los de la variante maoísta dirán, si quieren, cómo ven esta cuestión. Lo mismo vale para los militantes de la familia del anarquismo y del anarco-sindicalismo. Nadie puede hacerlo en su lugar.
En Carré Rouge compartimos la convicción común de que ninguna corriente política o sindical seria, que tenga la meta de luchar por terminar con el capitalismo codo a codo con millones de mujeres y de hombres cuya adhesión debe ser obtenida (y no la construcción de una secta o de una iglesia milenarista), puede seguir diciéndose “armada del programa”. Ninguna corriente política hoy utiliza una orientación que no repose o en un acto de fe (apoyado por documentos históricamente datados, osificados o, lo que es peor, fetichizados) o en un empirismo total. La falta de “programa”, en el sentido de una orientación estratégica (los objetivos, los medios) que responda a las cuestiones clave de la acción política con la perspectiva socialista es uno de los rasgos que conforman la actual situación política. En efecto, la extrema debilidad o el vacío teórico es una característica constitutiva de la situación política en Francia, en Europa y en todos los continentes.
Durante toda una época, los trabajadores influenciados por los PC sabían o presentían que la URSS no era el paraíso socialista, pero esperaban que una reforma democrática del sistema daría a la Revolución de Octubre una segunda oportunidad, una nueva juventud. Los trabajadores influenciados por la IV Internacional y los militantes de los distintos agrupamientos, más allá de las diferencias nacidas de múltiples escisiones, combatían por una revolución mundial de la que la revolución política antiestalinista era parte constitutiva.
La caída del muro de Berlín y la dislocación de la URSS cambiaron todo. Pero no en beneficio del socialismo, sino de la contrarrevolución burocrática e imperialista que se produjo. Millones de asalariados y de militantes se hundieron en el desconcierto. Tienen el sentimiento de que no hay futuro. La esperanza abierta en 1917 está muerta. A los asalariados de todo el mundo se les presenta el capitalismo como una realidad insuperable, sin que a esa pretensión pueda oponérsele una perspectiva estratégica. Evidentemente, este hecho pesa sobre el conjunto de la lucha de clases internacional. Ya no hay un proyecto de futuro emancipador afirmado teórica y políticamente. Es necesario reconstruirlo. Sin esperar un acontecimiento salvador, hay que comprometerse con modestia y ambición en un trabajo colectivo de investigación y debate sin tabúes. Es necesario dedicarse a la reconstrucción de un futuro socialista del que puedan apoderarse las fuerzas vivas de la sociedad.
 
¿A qué cuestiones respondían los programas?
 
Tratándose del pasaje de un modo de producción y de una forma de propiedad a otro modo de producción y formas de propiedad totalmente diferentes, el programa revolucionario, desde el Manifiesto del Partido Comunista (1847) hasta el Programa de Transición (1938), pasando por los documentos programáticos de la Internacional Comunista (1919-23), incluyó casi invariablemente, a nuestro entender, los siguientes puntos:
§         Las razones por las que las relaciones de propiedad y de producción capitalistas deben ser reemplazadas, es decir destruidas y no reformadas;
§         la designación de la o las clases poseedoras simultáneamente de la capacidad social, la fuerza organizativa y sobre todo las motivaciones suficientemente fuertes para comprometerse en la lucha conducente a esa transformación;
§         la definición de los procesos económicos fundamentales y los puntos políticos en que podían apoyarse el proyecto de transformación de las relaciones de propiedad y de producción y la acción para ello de esa o esas clases;
§         la definición de tipos de crisis políticas y sociales susceptibles de proveer las condiciones concretas que, sobredeterminando esos procesos fundamentales, abrían la posibilidad de emprender la “conquista del poder”, punto de partida de la transformación de las relaciones de propiedad y de producción;
§         la definición de las formas de organización y de los organismos a construir para desplazar a la clase dominante del poder;
§         finalmente, la definición de las formas de organización del poder que debían ser construidas para atravesar las primeras etapas de la transformación de las relaciones de propiedad y de todas las relaciones sociales.
 
Ninguna de las respuestas dadas a estos puntos desde el Manifiesto de 1847 puede ser considerada como inmutable, como si fueran definiciones dadas de una vez y para siempre, ni siquiera en sus “grandes líneas”. Todas son, en grados diversos pero siempre importantes, históricamente determinadas. El valor de las posiciones tomadas por los grandes teóricos y prácticos de la revolución radica sobre todo en su método, en los recorridos que siguieron. Pensar lo contrario no sólo sería salir del marco del marxismo, que ha insistido más que cualquier otro corpus teórico en la historicidad de la acción humana (y, por ello, del mundo “natural” también). Significaría salir, lisa y llanamente, de la racionalidad elemental. Y sin embargo, a eso hemos contribuido bastante durante gran parte de nuestra vida militante. Ya es tiempo de no hacerlo más. Es el momento, el gran momento de volver a ser marxistas.
 
La osificación programática desde el punto de vista trotskista
 
En nuestra tradición política, se consideró al Programa de Transición como fuente de la mayor parte de las respuestas a los puntos indicados. Complementado con las Resoluciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista y algunos escritos políticos claves de Trotsky, en particular las tesis sobre la Revolución permanente y La Revolución traicionada. Según la experiencia que hemos vivido, mucho tiempo después de que esas obras fueran escritas y en contextos políticos ya muy cambiados, recibieron el estatus de textos programáticos básicos, incuestionables o más bien intocables, como si fueran, diciéndolo más claramente, las “tablas de la Ley”. Ello a pesar de que, como está dicho explícitamente en el texto de 1938, el Programa de Transición fue redactado en relación con una serie de acontecimientos y experiencias políticas muy específicas y para un período histórico determinado. La experiencia nos indica que incluso en el período en que el Programa de Transición más o menos respondía a las cuestiones señaladas, hubieran sido necesarias reformulaciones que el asesinato de Trotsky cortó bruscamente.[4] Lo que en todo caso es seguro, es que el período para el que el Programa de Transición daba respuestas está cerrado, definitivamente cerrado.
Quienes lo niegan, caen grosso modo en tres categorías. La primera es la de los falsarios políticos que se protegen detrás de un programa declarado inalterable, al que sólo un pequeño círculo de iniciados (a veces, sólo uno) erigidos como una especie de “sumos sacerdotes” puede acceder para proponer las “lecturas” o “interpretaciones” de tipo talmúdico con relación a tal o cual situación concreta. El “respeto al programa” se convierte entonces no sólo en una celebración “para los días de fiesta”, sino en la fachada tras la cual esos dirigentes son libres de seguir una política cotidiana de adaptaciones y a veces traiciones. La segunda categoría es la de los creyentes aferrados a textos políticos que convierten en fetiches, en textos religiosos. Sobre esta base despliegan una acción militante devota, pero que nada tiene que ver con la política. A veces ambos tipos cohabitan en el seno de una misma organización, pero otros grupos reúnen de manera homogénea a militantes de la segunda categoría. Estos grupos se transforman en refugios frente a la realidad, en búnkers rodeados por un mundo hostil. No son, sin embargo, “remansos de paz”, pues su evolución los transforma en especies de manicomios donde se desgarran mutuamente en nombre de la ortodoxia que es necesario preservar o por la dirección del grupo que es preciso desplazar.[5] La tercera categoría está formada por militantes que son conscientes de actuar careciendo de un programa político en el verdadero sentido del término, pero se dicen que las tareas urgentes priman y que una refundación programática puede esperar. Carré Rouge corresponde en gran medida a esta definición,[6] aunque hayamos finalmente cobrado conciencia de que ha llegado el gran momento de ponerle remedio.
 
El carácter históricamente determinado del Programa de 1938 
 
El período para el que fue escrito el Programa de Transición está superado, al igual que aquel en que se redactaron los textos adoptados por los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. La lista de hechos que sustentan esta afirmación es larga, y el objeto de este escrito no es tanto establecerlos de manera exhaustiva, sino comenzar a enunciar al menos los “copetes” de los bloques temáticos que se deberían trabajar colectivamente en una perspectiva de reconstrucción. Para ir a lo esencial, nos limitaremos a los siguientes elementos.
Una de las piedras angulares, o la pieza maestra del Programa de Transición, es el conjunto de proposiciones postulando que algunas de las adquisiciones decisivas de la Revolución de Octubre (la propiedad estatal de los medios de producción, el monopolio del comercio exterior, etcétera) habían sido debilitadas pero no destruidas por la dictadura estalinista, que bajo la acción del proletariado una corriente progresista auténticamente proletaria podía todavía desprenderse de la burocracia (como la “tendencia Reiss”), de manera que una “revolución política” podía derrotar a la burocracia y transformar a la URSS, nuevamente, en la caldera de la revolución mundial. Estas cuestiones son la piedra angular del programa de 1938: junto a la caracterización de la crisis del capitalismo, son constitutivas de los procesos políticos fundamentales en los que podía apoyarse la clase obrera para la destrucción del capitalismo. Independientemente de las políticas de adaptación hacia los aparatos estalinistas que estas de propuestas suscitaron en todos los países donde existía un PC fuerte, con respecto a la URSS este conjunto de proposiciones se fue debilitando cada vez más a través de la segunda mitad del siglo XX. La revolución húngara de 1956, la “primavera de Praga” y las reiteradas luchas de la clase obrera polaca, tanto como las rupturas de los aparatos de los PC en los países expuestos a la irrupción de los obreros y la juventud, le dieron un principio de materialización, pero en un contexto de fuerte interconexión con la cuestión nacional y con la lucha por la independencia. En la URSS, en cambio, no hubo ninguna ruptura en el seno del aparato que abriera una vía a la clase obrera de los estados de la federación soviética, de manera que el puño de hierro de la dominación burocrática y la represión policial mataron en el huevo los comienzos de las movilizaciones obreras cada vez que un levantamiento se producía. Luego, la caída del muro y la dislocación de la URSS en beneficio de la restauración capitalista hicieron definitivamente caducas las proposiciones esenciales del programa de 1938.
No fueron afectadas sólamente las secciones sobre la “revolución política” sino todo el programa, pues fue construido sobre la idea fuerza de la Revolución de Octubre como “primer eslabón de la revolución mundial”. Los que inventan razones para mantener esta perspectiva viven fuera del mundo en que debemos luchar. Esto no vale sólo para los trotskistas, sino también para todas las variantes de “nostálgicos de la URSS”, miembros o antiguos miembros del PCF.
Pero hay otras razones más. La redacción del programa de 1938 está marcada por la formidable resonancia de la Revolución Española y de la huelga general francesa de junio de 1936. Estos hechos colorearon fuertemente las hipótesis del Programa de Transición sobre la disposición fundamentalmente revolucionaria del proletariado de los países capitalistas, y por tanto sobre la agudeza de su antagonismo potencial con los partidos y las direcciones sindicales socialdemócratas y/o estalinistas. Después de 1948, en el mejor de los casos esto apenas se verificó muy episódicamente. Tampoco se verificaron en los países capitalistas avanzados, sino circunstancialmente, las hipótesis referentes a la posibilidad de que los dirigentes socialdemócratas y/o estalinistas, en condiciones excepcionales, pudieran comprometerse en el camino de la ruptura con la burguesía. Incluso antes del giro “social-liberal” de los dirigentes socialdemócratas, Largo Caballero tuvo pocos émulos en sus filas.
La profunda crisis económica de los años 1930 afectó con fuerza, naturalmente, la apreciación del Programa de Transición sobre la capacidad del capitalismo para suministrar a los aparatos sindicales y políticos “grano para moler” (esclarecedora expresión del jefe sindical André Bergeron, de Fuerza Obrera) en cantidad suficiente para permitirles contener la acción de la clase obrera. En 1938, los mecanismos de acumulación capitalista estaban efectivamente quebrados. Los historiadores han documentado ampliamente que para retomar la acumulación la economía americana debió esperar hasta 1942, es decir hasta Pearl Harbour y el inicio del régimen de plena producción armamentista. En 1938 era correcto escribir que “la política del New Deal no abre ninguna salida al impasse económico”: pero esto no hace más que subrayar la existencia de elementos coyunturales en el Programa de Transición, aspecto del que nunca se sacaron lecciones metodológicas. A partir de los años 1960 era absurdo apegarse a estas fórmulas para caracterizar la situación de las economías capitalistas avanzadas. Complementariamente, era igualmente falso dejarse influenciar por las tesis del estalinismo modernista italiano a propósito del “neocapitalismo”.
Escrito en 1938, cuando era “medianoche en el siglo”, el Programa de Transición era un acto de resistencia al estalinismo y al imperialismo de importancia inestimable, que incluía una fuerte dosis de mesianismo político. La fórmula “las leyes de la historia son más poderosas que los aparatos burocráticos” es uno de los ejemplos más dramáticos, que en el caso de la OCI-PCI se convirtió en una especie de fórmula mágica para los días aciagos. De allí surge la sobreestimación del grado de radicalización de las situaciones políticas, que probablemente es uno de los rasgos más extendidos entre de los militantes formados en el trotskismo de nuestra línea.
A partir de la recuperación capitalista de los años 1950-60, la tendencia a la “sobreestimación” fue acompañada por una subestimación de la fuerza de los mecanismos de dominación capitalista derivados del poder inherente al fetichismo de la mercancía y a la fascinación que suscita, como espejismo de acceso a la propiedad individual. Esto ayuda a comprender por qué, aun cuando los aparatos estalinistas y socialdemócratas se fueron debilitando constantemente, la clase obrera nunca los hundiera totalmente ni destruyera. Incluso cuando los aparatos eran sólo la sombra de lo que habían sido, la clase obrera nunca se lanzó realmente a barrerlos. No hubo nunca en los países capitalistas avanzados un equivalente al furor contra los aparatos visto en Budapest o en Praga. Algunos sectores obreros, docentes y empleados, al contrario, continuaron durante largo tiempo proveyendo los puntos de apoyo necesarios para la prolongación de su existencia, y aún permitieron que organizaciones sindicales de esencia burguesa, como la CFDT, ganaran influencia. Esto no tiene nada que ver con la fuerza intrínseca de los aparatos, que son muy débiles en muchos países comenzando por Francia, donde dependen del financiamiento del Estado y de la patronal, pero sí tiene mucho que ver con algunos mecanismos de la dominación capitalista que operaban poco al momento de la redacción del Programa de 1938.
Pero también esta explicación es parcial e incompleta. En los países industrializados, a pesar de las tendencias al bonapartismo, el ejercicio de libertades democráticas, la democracia representativa y el sufragio universal también permitieron a los capitalistas (sostenidos por los aparatos contrarrevolucionarios) desviar y amortiguar permanentemente los choques de la lucha de clases. La utilización e instrumentalización de las elecciones por el PC y el PS, siempre permitió al sistema desviar a las masas de la política entendida como combate por el ejercicio efectivo del poder. Estos partidos siguieron y generalmente aplicaron de manera muy consciente un proceso de autonomización análogo al del Estado. Organizaron entre los trabajadores la delegación de la gestión de sus intereses a representantes casi inamovibles (la clase política, los profesionales de la política). La lucha revolucionaria implica integrar estos datos. Sin una reflexión estratégica sobre la relación entre la lucha de clases directa y la participación electoral, esta situación amenaza repetirse al infinito. La cuestión del mandato político, de su control, de su respeto, de la revocación de los electos, en síntesis, de la democracia representativa bajo el control permanente de los mandantes, recubre la de la autoorganización de las masas.
 
Sobre el gran ascenso de los años 1960-70
 
Entre 1968 y 1975-78 (el fin es más difícil de fechar con precisión que el principio), el Programa de Transición, o más exactamente algunas de sus partes, alcanzaron la mayor capacidad de orientar la acción política revolucionaria. Durante un período de aproximadamente diez años “masas de millones de hombres”, obreros, estudiantes, mujeres, se comprometieron en una acción radical en un conjunto de países y comenzaron a amenazar las bases del orden establecido. Hubo durante estos años, indiscutiblemente, una “crisis conjunta de dominación política de la burguesía y de la burocracia estalinista”, fundada en y entrelazada con la conjunción particular de muchos acontecimientos y procesos de gran amplitud.
Hubo en primer lugar, siguiendo a Berlín (1953) y a Hungría y a Polonia (1956), nuevas (y últimas) manifestaciones de un movimiento hacia la revolución política en los países bajo dominación estalinista de “democracia popular”. Al principio del período, en Checoslovaquia, la explosión del aparato satélite estalinista abrió el camino a un movimiento de obreros, intelectuales y estudiantes. Hacia el final del período, fue Polonia, con las grandes huelgas en los puertos del Báltico y la formación de Solidarnosc, primero influenciada pero luego controlada totalmente por la Iglesia. En 1968-69 también entraron en acción millones de obreros en Francia e Italia, seguros de sus reivindicaciones y tomando conciencia de la fuerza que les daba su concentración en las grandes fábricas. La capacidad para hacer caer al gobierno Heath de los obreros británicos fue otra expresión de la misma capacidad de arrancar reivindicaciones mayores a los gobiernos formados por partidos tradicionales de la burguesía o para hacerlos retroceder completamente. Estuvo Vietnam, es decir la interacción –con una muy especial fuerza en los Estados Unidos– del combate de los obreros y campesinos de un país semicolonial (dirigidos por el último aparato comunista que tuvo una conducta tal que pudo ser objeto de una fuerte mistificación) con el movimiento social de la clase obrera y sobre todo de la juventud (en los Estados Unidos, solamente ésta) en los países avanzados. Esta interacción alcanzó un grado de radicalización suficiente para crear las condiciones políticas internas que condujeron a los Estados Unidos a sufrir determinada forma de derrota política y militar. Finalmente, entre 1974 y 1978, de Portugal a Irán y luego Nicaragua, hubo crisis revolucionarias que tuvieron como origen (bajo diferentes configuraciones) la lucha por la liberación nacional en estados coloniales o semicoloniales. Con respecto a esto es importante precisar que fue “la revolución de los capitanes”, después de años de guerra colonial, la que abrió la brecha en la que la clase obrera portuguesa se lanzó. La revolución portuguesa no nació del interior de las relaciones capital-trabajo.
Esta conjunción particular de procesos y de acontecimientos permitió a la lucha de clases alcanzar una intensidad desconocida desde 1948. Es esta “sobredeterminación” la que dio a la situación su carácter excepcional. Pero a pesar de ello, la “crisis de las formas de dominación política de la burguesía y de la burocracia”,[7] real durante un corto lapso, no fue seguida en ningún país por eventos de carácter prominentemente revolucionario que barriesen todo a su paso. No hubo tentativas de construcción por la clase obrera de formas de organización[8] desde las cuales se presentara como una clase dispuesta a construir una forma nueva de poder, para crear junto con la juventud –que estaba lista, incluso con capas de origen burgués– el punto de partida para el desmantelamiento de las formas de propiedad capitalista.
Explicando a sus militantes que no debían “lanzarse a la aventura”, las direcciones del PCF y de la CGT en Francia, y del PCI y de la CGIL en Italia, lograron poner dique a un movimiento profundo y salvar la apuesta de la burguesía una vez más. También lograron, aunque “deplorando” la intervención de los tanques en Praga, hacer avalar la política de Brejnev y aislar el movimiento en Checoslovaquia. No fueron tapados por el movimiento de masas. Es forzoso constatar que la conducta de la clase obrera de Europa Occidental no fue dominada (aunque ciertamente hubo excepciones sectoriales) por el sentimiento de que fuera indispensable terminar con la explotación, y por lo tanto con la propiedad privada de los medios de producción, y que las condiciones políticas para hacerlo comenzaban a reunirse. ¿Cómo explicar esto? Las serias dudas, incluso no explicitadas, sobre el “modelo de socialismo” que en ese momento hubiera venido a sustituir al capitalismo, seguramente contribuyeron. Pero también las muy fuertes ilusiones sobre un futuro decoroso para ellos y sus hijos en el marco del capitalismo. Exceptuando casos muy circunscriptos, repitámoslo, la clase obrera no enfrentó a los aparatos de manera frontal. En Francia fueron aceptadas, sin revueltas masivas, las políticas de mejorar “la porción de la torta” con reclamos salariales.[9]
Se puede estimar que las organizaciones trotskistas fueron tributarias de este estado de cosas. Estábamos tan necesitados de la ayuda de la clase obrera como ella de nosotros.
Sin una acción muy fuerte de la clase obrera, era poco probable que, considerando su escaso nivel de experiencia, las organizaciones trotskistas dieran por sí mismas el paso político cualitativo hacia la formación de verdaderos partidos. En cambio, no era en absoluto inevitable que retomaran o acentuaran un curso de adaptación a los aparatos, cuyas consecuencias sólo se revelarán plenamente en los años de Mitterrand.
 
Un largo período histórico terminó definitivamente
 
Después de esa fase de intensa y diversificada lucha de clases y de crisis política de dominación en muchos países, el reflujo que siguió abrió camino a algo muy distinto que un reflujo clásico (como por ejemplo se había dado, luego de 1948, en Europa Occidental). Las derrotas –pues se trató de verdaderas derrotas, que en su momento nos negamos a admitir– no abrieron simplemente el camino a un retroceso, incluso muy profundo, de la lucha de clases: pusieron fin a un largo período de la lucha de clases.[10] Esta afirmación tiene un alcance general, que va más allá de la discusión del carácter históricamente determinado del Programa de Transición. No creo que nadie pueda discutirlo, aunque se niegue a sacar las conclusiones.
El cambio de período fue rápidamente evidente en Europa del Este. La victoria de la contrarrevolución burocrática en Checoslovaquia y en Polonia tradujo la falta de las condiciones constitutivas de la revolución política en la URSS. La tragedia de los tanques soviéticos en Praga fue de consecuencias irreversibles, sobre todo al ser seguida años después por el golpe de Estado de Jaruzelski, en Varsovia. La URSS se hundió en el “estancamiento” brejnevista, antes de lanzarse a una guerra sin salida en Afganistán, y finalmente dar cuerpo, aceleradamente, a una enérgica versión de la “tendencia Boutenko”, es decir de un ala (muy mayoritaria) de la burocracia bárbara y reaccionaria dispuesta a lanzarse a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción en su propio beneficio. Un proceso análogo se desató en Yugoslavia, de manera que su estallido en 1991 siguió muy rápidamente al de la URSS.
En los países capitalistas, el fin de todo un período de la lucha de clases tuvo que ver con la sumatoria de derrotas obreras –serias pero “clásicas”, es decir, con precedentes históricos–, con mutaciones técnicas como las que el capitalismo sólo experimenta con intervalos muy largos. Por eso, las derrotas sufridas por importantes sectores de la clase obrera de la Europa Occidental –en caliente como las de los mineros y portuarios de Gran Bretaña, o en frío como la de la siderurgia en Lorraine bajo la Unión de Izquierda–, tuvieron la particularidad de que dieron paso no a olas de despidos masivos clásicos, sino a la liquidación de industrias enteras, y por tanto de segmentos completos de la clase obrera. Incluso en las industrias que no sufrieron un destino tan radical, en los años 1980 se vio el comienzo de un proceso que todavía se mantiene de “desconcentración” y de fragmentación de la organización de la producción, así como del proletariado industrial concentrado que había marcado la lucha de clases a lo largo del siglo XX y espectacularmente en los años 1968-1975.
Es inadmisible no tener en cuenta la capacidad del capitalismo de hacer de la tecnología un arma y negarse (como muchos militantes lo hacen) a reconocer que, en tanto existan las relaciones capital / trabajo, éstas permitirán a la burguesía organizar el trabajo en función de las posibilidades que la técnica le ofrezca. Las técnicas surgidas en los años 1880-1900 exigían la concentración de grandes masas obreras; en cambio, las que han surgido y se han difundido rápidamente un siglo después permiten producir organizando la fragmentación y división del proletariado. No hay un “adiós al proletariado” pues, por el contrario, aprovechando una relación de fuerzas favorable, la burguesía ha recreado capas muy extensas de mujeres y de hombres obligados a vender su fuerza de trabajo en las peores condiciones, fuera de toda convención colectiva o derecho laboral efectivo.[11] No es “traicionar a la clase obrera” constatar, para poder intervenir mejor después, que una determinada configuración de la clase obrera, la que prevalecía en el momento de la redacción del Programa de Transición, pertenece al pasado.[12]
Hay otras dimensiones del final de este período de la lucha de clases que requerirán nuevos análisis. Uno de los más importantes es el ingreso de los estados antiguamente coloniales o semicoloniales en una fase histórica de la lucha de clases que ya no es la del combate por la independencia nacional, que fuera un elemento constitutivo importante del período que terminó. Esto exigirá pensar sobre nuevas bases las relaciones entre la lucha de clases en los países capitalistas avanzados, parte integrante del imperialismo, y los países con economía capitalista dominados.
 
Las “formas tradicionales de organización de la clase obrera”
 
En Carré Rouge continuamos utilizando la frase “formas de organización tradicionales” para designar a los sindicatos y los partidos que fueron construidos por la clase obrera entre 1880 y 1920. En particular, designamos al Partido Socialista y al Partido Comunista Francés con la expresión “partidos tradicionales” o “partidos obrero-burgueses”. Lo hacemos con creciente incomodidad, pues además de los cambios sociológicos que experimentaron y de su política activa conducente a someter la sociedad francesa al “capitalismo internacional de los fondos de pensión”, son retazos, vestigios legados por un período superado de la lucha de clases. Los dirigentes del PS, que son perfectamente consecuentes al querer evolucionar abiertamente hacia un partido de tipo “demócrata” a la manera norteamericana, expresan esta realidad. Sólo los frena el temor de que ello pudiera provocar la constitución de nuevos partidos que fueran una verdadera representación de los intereses de los asalariados y oprimidos.
En el PC, el grupo dirigente que rodea a Hue y Gayssot sólo detuvo su curso a la disolución hasta del mismo nombre del partido por miedo a que el vacío dejado por la desaparición de la sigla permitiese que otros construyeran más fácilmente un partido con un programa anticapitalista y antiimperialista. Pero las dificultades que tienen los opositores a Hue y Gayssot para analizar la situación actual, para reconocer la función que jugó el PCF en canalizar y desviar el movimiento de la clase obrera y la juventud y para formular una alternativa programática clara, contribuyen a mantener esta larga agonía que pesa fuertemente en la situación política.
En la Confederación General del Trabajo, en Fuerza Obrera y también en los Sindicatos Unitarios y Democráticos, de naturaleza y estabilidad imprecisas, la cuestión se plantea de modo distinto. Es necesario reescribir las condiciones del combate sindical. Esto supondría una reafirmación clara, sin ninguna ambigüedad, del antagonismo irreductible entre el capital, su Estado y los gobiernos que le sirven, por un lado, y del otro los hombres y mujeres que deben vender su fuerza de trabajo en condiciones impuestas por la propiedad de los medios de producción y la búsqueda del beneficio de la renta financiera. Esta tarea es más difícil que antes por los progresos logrados por el capitalismo en hacer competir a los asalariados y las nuevas divisiones que introdujo en su seno a nivel de la estabilidad del empleo y las formas de remuneración (incluyendo el “ahorro salarial” propuesto a ciertas categorías). Pero la reescritura de las condiciones del trabajo sindical no puede obviar el lugar que en él ocupa la lucha por el socialismo. Esta es la condición para resolver la crisis del sindicalismo.
No podemos, sin embargo, reprochar a los militantes sindicales no haber entablado solos un trabajo todavía en barbecho y para el cual no existe un marco... Pero manifiestamente, hay militantes sindicales que están buscando este marco. Lanzar un trabajo colectivo alrededor de un proyecto de este tipo podría alentarlos a sumarse.
 
El indispensable balance de nuestras experiencias de “centralismo democrático”
 
Para los militantes de filiación marxista, un trabajo teórico que evadiera la cuestión del balance de la experiencia del “partido leninista” lindaría con una superchería política mayúscula. Nosotros –y posiblemente sectores enteros de la clase obrera internacional– hemos pagado un precio político extraordinariamente alto por adoptar ese modelo y haber pretendido constituir el molde de sucesivos “centro dirigente mundial” de la Internacional, paralelos y/o rivales.
No es el único terreno en que el “programa básico del trotskismo”, es decir el Programa de Transición completado por los documentos de los cuatro primeros congresos de la I.C. y algunos escritos de Lenin y Trotsky, tuvo el sello de “la ejemplaridad” casi absoluta de la Revolución de Octubre. Lo mismo vale para nuestra perspectiva relativa a las formas de poder después de que la burguesía fuera expulsada del mismo, es decir, nuestra interpretación de la “dictadura del proletariado” y nuestra posición sobre la democracia en y después de la revolución. Pero en tanto que sobre estos puntos no tuvimos la ocasión de hacer una experiencia viva con nuestras posiciones teóricas, sobre la cuestión de los criterios de organización de el partido revolucionario (porque sólo podía haber uno auténtico) y el “centro dirigente mundial”, no fue igual. Bebimos el cáliz hasta las heces.
Para el trotskismo, la clave del fracaso se sitúa en estas cuestiones y no en otra. Aquí se verifica, en toda su amplitud, la observación de Marx sobre los ejemplos históricos que, al intentar repetirlos cuando las circunstancias han cambiado, lleva a una repetición grosera y patética. En nuestra opinión, se nos puede “perdonar” todo (“nos” incluye aquí a la IV Internacional de 1945 y todas las corrientes que nacieron de su ruptura), salvo haber adoptado y aplicado como obedientes alumnos del Comintern el “centralismo democrático”, el modelo del “centro dirigente mundial”, los “revolucionarios profesionales” y todo lo que siguió.
Eso es lo que transformó posiciones que podrían haber sido simplemente orientaciones políticas erróneas, cuyos baches hubieran sido puestos en evidencia por la experiencia, sugiriendo o imponiendo su corrección, en hechos políticos destructores de consecuencias irreversibles. No son las posiciones de Michel Pablo en sí mismas las que tuvieron ese carácter, sino la devastación a la que condujo el juego institucional pueril fundado en el mito del “centro dirigente mundial”, en la posición de “Secretario de la Internacional” y en el derecho de exclusión (reconocido para sí y para la mayoría que reuniera tras él) contra los que se opusieran a sus tesis en otros países, incluyendo países como Francia, donde los oponentes eran mayoría. Más cerca de nosotros y en la experiencia inmediata y personal en el seno del Comité Internacional de la IV Internacional, del Comité de Organización y Reconstrucción de la IV Internacional y de la efímera organización común con la corriente morenista (el Comité Paritario que organizó la “Conferencia abierta” de 1980), el “modelo de partido leninista” y la práctica del centralismo democrático tuvo dos consecuencias. En las organizaciones que los practicaron, fueron un collar para el pensamiento y la acción políticos libres y creativos de los militantes, transformándolos en ejecutantes, activistas políticos, mujeres y hombres paulatinamente desecados por el marco donde militaban. Por otra parte, y al mismo tiempo, constituían la base sobre la que se levantaban diversas variantes de poder político autocrático u oligárquico, “mini-aparatos” marcados por grados más o menos altos de corrupción financiera o moral. Se desarrollaron situaciones en las que la igualdad de derechos y de responsabilidad política desaparecieron: claramente, algunos eran “más iguales que otros”.[13]
 
La cuestión de la “dictadura del proletariado”
 
La ejemplaridad que asignamos a la Revolución de Octubre (acompañada por considerarnos obligados a aceptar la herencia de Trotsky “en bloque” y a defenderla frente a los estalinistas, pero también frente a los anarco-sindicalistas y a los “consejistas”) tuvo otra consecuencia: escamoteamos la cuestión de la democracia en las filas de la organización y en el combate por la revolución. Eramos completamente imprecisos sobre las formas de organización al día siguiente de la toma del poder. Citando a Marx y a Engels, generalmente en la lectura propuesta por El Estado y la Revolución, prometíamos una “dictadura del proletariado” liberada de las escorias policíacas del estalinismo, una dictadura “limpia” compatible con modalidades de democracia proletaria sobre las cuales teníamos grandes indefiniciones. Los que plantearon dudas fueron considerados “luxemburguistas”, caracterización casi tan grave en ciertas organizaciones trotskistas como en el PCF. La forma de tratar a los opositores, las declaraciones de que la democracia sólo es un “señuelo burgués”, son un mal presagio de lo que habría sido el contenido de esa “democracia proletaria”.
No existe una manera fácil y “no violenta” de enfrentar a la violencia del capital y a la que practicará más que nunca para defender su dictadura o reconquistarla. Pero está el hecho de que, en la derrota de la Revolución Rusa luego de 1925, su aplastamiento en 1936-38 y la toma del poder por un aparato dictatorial bárbaro, hubo una aceptación demasiado fácil del rechazo a toda forma de democracia representativa (pues incluso la “democracia proletaria” debía fundarse en elecciones, su carácter específico era ubicar a los mandatarios bajo el control permanente de los mandantes) y la constitución de una policía política con poderes muy extendidos. Esta cuestión fue ignorada por la mayor parte de las organizaciones trotskistas. Como si en esta materia, el balance del estalinismo –campos de internación, fusilamientos, procesos, asesinatos, terror, dictadura contra los asalariados, genocidio (Camboya)– no repercutiera sobre ellas. Como si la cuestión no exigiera un nuevo examen en vez de la promesa de un nuevo Octubre sin lo que vino después. En el nuevo proyecto político para la revolución socialista, y en los nuevos partidos y formas de organización que se deban construir, esto estará, por el contrario, en el centro de la elaboración.
 
III. “Copetes” para un proyecto de elaboración colectiva
 
Este esbozo de balance referido al marco programático del trotskismo sólo me compromete a mí, aunque sea resultado de la discusión que tuvimos en Carré Rouge a lo largo de meses. Primero, porque está matizado por una serie de experiencias organizativas precisas. Además, porque se desprende de nuestra valoración tanto de lo que implicó un compromiso con un programa tan profundamente como lo hicimos,[14] como del análisis del actual momento histórico actual (fin de un período de la lucha de clases y transición inacabada hacia un período de características indefinidas), y este trabajo es algo que cada uno debe hacer por sí mismo.
Sin embargo, las discusiones en Carré Rouge y con amigos o contactos políticos nuevos pero sólidos, nos incitan a creer que, aunque algunos griten escandalizados contra la herejía o la traición, muchos aceptan la necesidad de este enfoque. Enfoque que sólo se desarrollará si el diagnóstico se continúa con un trabajo colectivo, dirigido hacia la “reconstrucción” de un análisis que permita reducir tanto la adhesión a la perspectiva socialista basada en la fe como el empirismo de nuestra intervención política cotidiana.
A partir de la idea que están maduras las condiciones subjetivas para discutir el contenido de este tipo de trabajo, asumiré un nuevo riesgo, consistente en exponer bajo forma de “copetes” el tipo de “proyecto de investigación y de elaboración políticas comunes” que imaginamos.
La cosa no es tan simple como parece. No encontré otra manera de plantear estos “copetes” (o “bloques de cuestiones”) que partiendo de las cuestiones a las que debe responder un “programa” en un marco marxista. Es una opción peligrosa, pues expone a los sarcasmos: “elaboración programática de salón”, proyecto “universitario”, etcétera. Pero es una opción difícil de evitar si no se quiere volver las espaldas al enfoque que marcó el desarrollo de la elaboración programática del combate por el socialismo desde hace más de un siglo y medio.
Las cuestiones planteadas tienen una fuerte connotación de “país capitalista avanzado”, de un país que no ha sufrido directamente la dominación de la burocracia y en donde los militantes no fueron confrontados a los estragos de sesenta años de dictadura política y policial. Si los militantes de Rusia, Ucrania y demás estados de la ex URSS y las antiguas democracias populares pueden ser asociadas al trabajo colectivo que proponemos, nuestras discusiones no se verán solamente “enriquecidas”, sino seguramente orientadas de otra manera.
 
Primer bloque: razones por las que las relaciones de propiedad y producción capitalistas deben ser reemplazadas, y por tanto destruidas, y no reformadas
 
Estas razones tienen que ver, simultáneamente (y de manera tal que se clarifican mutuamente):
§         con las amenazas multiformes y acuciantes de la barbarie que la propiedad privada hace pesar sobre la civilización humana, hasta incluir la creación y la manipulación del ser humano;
§         con la superioridad que podrían tener las relaciones sociales y las formas de organización política y social fundadas, parafraseando a Marx, en que “los productores asociados se hagan cargo de la organización y el uso de las fuerzas productivas”.
Toda crítica del capitalismo plantea, como uno de sus momentos decisivos, la exigencia de aportar al menos elementos demostrativos de la viabilidad del socialismo y de su superioridad potencial.[15] Pero es evidente que el análisis debe mostrar también, y en primer lugar, que el curso del capitalismo se orienta (y ya avanzó bastante) por el sendero que conduce a la barbarie[16]: el capitalismo no es solamente el “neoliberalismo”.
Es primordial profundizar la crítica del neoliberalismo. En la base de esta noción que está en el corazón del reformismo contemporáneo, está la idea de que sería posible dejar de lado la cuestión de la propiedad privada de los medios de producción, de comunicación y de cambio (la moneda).[17] Hablar de neoliberalismo y no de capitalismo y propiedad privada de los medios de producción, de comunicación y de cambio, significa que aún hay en la configuración del imperialismo (la mundialización del capital) posibilidades para regular al capitalismo sin tocar la propiedad del capital e incluso privatizando y desnacionalizando todo lo que se había exigido fuese controlado por la propiedad pública.    
 
Segundo bloque: lao las clases fuerzas motrices del combate por la destrucción del capitalismo
 
Aquí planteamos la cuestión, o más exactamente el bloque de cuestiones, más sensibles y donde hay más interdicciones. Demos nuevamente algunos elementos para ilustrar la necesidad de abordarlos. Cuando se dice que el “sujeto de la revolución” ya no puede ser exactamente el mismo que cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto, o el de los años 1930 a 1950, se plantea un conjunto de problemas muy difíciles. En Carré Rouge lo hemos simultáneamente reconocido y esquivado, utilizando expresiones muy ambiguas que remitían a los “asalariados” o a la “clase de los asalariados”.[18] La cuestión es especialmente sensible porque toca a lo que bien puede llamarse la “vulgata marxista”, es decir, el equivalente “marxista” del catecismo de la Iglesia que sigue siendo la base del fondo de comercio político de Lucha Obrera... y otros más.
Esta vulgata nos dice que es la “clase obrera”, o los “trabajadores” (los “trabajadores productivos”), los únicos poseedores a la vez de la capacidad social, la fuerza organizacional, y sobre todo de las motivaciones suficientemente fuertes para entrar en el combate por la destrucción del capitalismo y la transformación socialista de la sociedad. La mayoría de los discursos implícita o explícitamente aluden a la clase obrera industrial (los trabajadores que producen la plusvalía de manera directa, que están sujetos más duramente a la explotación). Y generalmente, también, implícita o explícitamente se refieren a esta categoría social en los países capitalistas avanzados.
Nadie, exceptuando a un “creyente laico”, puede satisfacerse con semejante presentación. Ella debe replantearse nuevamente a la luz de la historia, de las transformaciones organizacionales del capitalismo (la modificación muy profunda de las fronteras entre “trabajo productivo” –reputado como creador de plusvalía– y “trabajo improductivo”, la muy fuerte desconcentración de la producción, la individualización extrema de las tareas que desplaza la conciencia del carácter marcadamente social del proceso productivo. Los lazos con el primer bloque de cuestiones son estrechos. Para aclarar nuestra proposición, diré sólo esto:
La capacidad social –técnica, política– de quienes forman lo que Marx llamó el “trabajador colectivo” en tanto estaban incluidos, directa o indirectamente, en la “producción”,[19] para construir y orientar otras relaciones sociales, está fuera de discusión. Incluso después del hundimiento de la URSS y del profundo retroceso de la idea del socialismo bajo el efecto del terrible resultado del estalinismo, la burguesía siente esta capacidad social potencial como una amenaza. En relación directa con el curso regresivo del capitalismo, una de las funciones (menos inconsciente de lo que se piensa) de las “reformas de la enseñanza” es mellar esta capacidad social, debilitarla. No es algo dado eternamente a los revolucionarios.
La cuestión de la capacidad organizacional de los asalariados remite a la cuestión de las relaciones entre la “clase en sí” y las organizaciones e instituciones que la hacen una “clase para sí”, una clase movilizada, un sujeto colectivo del cambio social. Lo retomaremos luego.
Debe considerarse la capacidad del capitalismo para ampliar su base social incluyendo segmentos de la clase obrera, así como los mecanismos de integración de los sindicatos al Estado. Lenin había abordado este aspecto hace ochenta y tantos años con sus análisis sobre la “aristocracia obrera” que la burguesía ayudaba a constituir en el seno de los países imperialistas simplemente con el funcionamiento de los mecanismos de dominación imperialista. El problema fue considerado tan serio que no fue profundizado. El PCF y los aparatos sindicales lo enterraron. En el marco de la polarización social de la riqueza y la pobreza (una polarización sin precedentes que sigue acelerándose), y de un imperialismo que renovó sus formas de dominación mundial, será preciso saber enfrentar políticamente la cuestión de los rasgos objetivos y en parte subjetivos (los reflejos racistas) de “aristocracia obrera” de los asalariados de los países desarrollados.
 
Tercer bloque: la democracia en la revolución y en el socialismo
 
El tema es de importancia estratégica. Se puede escribir sin temor a desmentidas que, sin responder a esta cuestión, no se hará nada esencial. El socialismo, el pasaje de una forma de propiedad a otra, de un tipo de Estado (capitalista) a otro (socialista), implica que la cuestión de las libertades, de la democracia representativa bajo el control permanente de los mandantes, de la autoorganización de las masas, esté en el centro de toda reflexión seria. Es necesario que podamos explicitar de manera convincente los lazos entre las libertades individuales y la organización colectiva de la sociedad en la revolución. Reconstruir un proyecto socialista es abordar esta cuestión.
Es también preparar las condiciones de un cambio inmediato de las relaciones de producción, no solamente en tanto relaciones de propiedad, sino también en tanto formas de relación en los lugares de trabajo. En el marco del capitalismo, es aquí, tanto como en la esfera política, donde se organiza la dominación y se ejerce la violencia de clase. Además, está el ejemplo de la URSS. La importación por el partido bolchevique 
de las formas de organización norteamericanas, fordistas y tayloristas, fue impuesta por las circunstancias, pero no se midieron y posiblemente ni siquiera se imaginaron las implicaciones que ello tenía para la emergencia y consolidación de una burocracia colocada por encima del proletariado.
La violencia que el capital ejerció, y ejercerá más que nunca intentando defender su dictadura o reconquistarla, es evidentemente un aspecto central del problema. Pero no contiene en sí todas las respuestas, porque de esa manera volveremos a recorrer la ruta que condujo a la dictadura estalinista. Los asalariados, los desempleados, la juventud, las y los que venden o quieren vender su fuerza de trabajo, los pequeños campesinos, son, en la mayor parte de los países, muy ampliamente mayoritarios. Esta mayoría social es la que se debe transformar en mayoría política, en torno a un proyecto, un proyecto socialista. Los asalariados no tienen posibilidad de agruparse como clase, y de organizar con las capas de la pequeña burguesía, las clases medias, una coalición, si no es a condición de que el proyecto socialista incluya en el centro de su dispositivo la garantía de la democracia y las libertades.
 
Cuarto bloque: los asuntos nacionales y el internacionalismo
 
En el curso de la larga fase de la lucha de clases que terminó, las guerras interimperialistas y las guerras por la independencia nacional de los países atrasados se combinaron continuamente con las crisis económicas. La “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” fue el centro de las condiciones concretas que sobredeterminaron los procesos objetivos (las fuerzas productivas) y subjetivos (el proletariado concentrado, organizado en sindicatos y partidos) fundamentales y abrieron las situaciones revolucionarias.
Independientemente de una gran crisis económica mundial, resultado del hundimiento del capital ficticio a consecuencia de un crack financiero de primera magnitud ¿cuáles son los mecanismos políticos que podrían abrir concretamente la posibilidad de emprender la “conquista del poder”, punto de partida inexorable para la transformación de las relaciones de propiedad y de producción? ¿Es suficiente la gran crisis económica?
¿Cómo responder a los muy numerosos y serios problemas planteados por el resurgimiento de la cuestión nacional luego de la caída del estalinismo y de la burocracia en la ex URSS, en Yugoslavia y otros, sabiendo que la estrategia del imperialismo es fomentar las luchas nacionales y pulverizar a los proletariados, haciendo fragmentar los estados?[20]
¿Cómo formular la unidad internacional de los asalariados y oprimidos? Para los redactores de Carré Rouge, la consigna de “Estados Unidos Socialistas y Democráticos de Europa” es una forma parcial y transitoria de responder a esta necesidad, respecto a las agresiones que los asalariados, desocupados y la juventud reciben del capital financiero, de la Comisión Europea y de los gobiernos europeos coligados en ella, como con respecto a la cuestión más que nunca central de las relaciones con los Estados Unidos (“Europa y América”). ¿Cómo formular esta consigna para proyectarla hacia los países de la ex URSS y las antiguas democracias populares? Estas posiciones, muy alejadas de la “nación” y de la “soberanía”, son una de las cuestiones que separan aún a los militantes de formación trotskista de aquéllos que vienen del PCF.[21]
¿Cuáles son las fuerzas de las clases y las formaciones políticas anticapitalistas y antiimperialistas hoy, en América Latina, en África y en Asia? ¿Cuál es su fisonomía política? ¿Cómo plantear con ellos la unidad internacional de asalariados y oprimidos?
 
Quinto bloque: los partidos y las formas “autónomas”; los sindicatos
 
Más arriba habíamos afirmado que ninguna de las respuestas aportadas a las cuestiones centrales de la lucha por el socialismo podían ser consideradas como ya definidas, ni aún en sus grandes líneas, de una vez por todas. La cuestión de la forma de organización “partido” posiblemente sea la más históricamente determinada de todas.
Antes expresé mi opinión sobre los resultados del “centralismo democrático”. Pero la cuestión de las “fronteras políticas” (combate contra el capitalismo o buscar mejorarlo) o de las “fronteras de clase”, no deja de ser muy real.
La cuestión de la forma de organización “partido” no es sólo históricamente determinada. Es eminentemente transitoria. Lo que vale para un momento no puede valer diez años después. En el contexto de un proceso de descomposición-recomposición política y de cambio del “período de la lucha de clases” ¿cómo adherirse al movimiento de reconstitución de una perspectiva política revolucionaria y ayudarlo a que tome forma?
En este marco es donde debe debatirse el fenómeno ATTAC y el movimiento de las corrientes que se reunieron en Millau. Anteriormente, una parte habría sido clasificada por nosotros como “izquierdismo descompuesto”, ¿cómo clasificarlos hoy?
Quienes están comprometidos directamente en la acción sindical explicarán, mejor que yo, de qué manera la refracción de las cuestiones precedentes en el movimiento sindical acentuó el conjunto de problemas identificados por Trotsky en su trabajo sobre la integración de los sindicatos en la época imperialista.[22] Sólo ellos pueden definir la fuerza y las debilidades de las tentativas de resistencia y de renovación sindical.
 
Concluyendo
 
Espero haber expuesto correctamente el sentido de la iniciativa de Carré Rouge. Parte del hecho de que se ha vuelto indispensable que “la necesidad” de una revista del “tipo” de Carré Rouge (es decir, ajustada a los objetivos que habíamos fijado sin lograr realizarlos) se verifique, se concrete. Pero también se basa en el sentimiento de que en muchas partes los militantes manifiestan una exigencia creciente a disponer nuevamente de lo que llamamos una “visión estratégica”, orientada por “el objetivo de la transformación socialista de la sociedad”. Con relaciones que se irán definiendo con las organizaciones, corrientes, colectivos y militantes individuales que acepten la economía general del proceso, la ambición de Carré Rouge es convertirse, con otras revistas, en uno de los soportes de este trabajo colectivo. 


[1] Una de las tres organizaciones más significativas del trotskismo en Francia (las otras son la Liga Comunista Revolucionaria y Lucha Obrera). (N. del E.). 
[2] Hemos omitido algunos párrafos referidos a actividades de interés limitado a los lectores franceses de Carré Rouge (N. del E.).
[3] Quede claro que no usamos el término como insulto, sino como una caracterización política a la cual la historia política del siglo XX ha dado un contenido preciso.
[4] Algunos puntos cruciales están analizados en el trabajo de Jean-Philippe Divès, “Elementos para un balance de la LIT y del morenismo” (en Construir otro futuro. Por el relanzamiento de la revolución y el socialismo, Editorial Antídoto, Colección Socialismo o Barbarie, 2000).
[5] El análisis de este proceso en el seno de la corriente morenista hecho por Jean-Philippe Divès merece ser considerado como modelo para la historia de otras corrientes de la IV Internacional.
[6] En el caso de una revista, esto se expresa principalmente en el eclecticismo de sus sumarios, así como en la extrema dificultad, si no incapacidad, de impulsar una discusión más allá de sus inicios.
[7] Esta es la expresión más adecuada que se halla en los documentos de la OCI de la época, entre otras mucho más discutibles.
[8] Salvo, tal vez, en Turín, pero sin proyección sobre Italia en su conjunto, sin servir de modelo o estimular la cuestión del Estado y del poder en Roma.
[9] En el film Reprise, hay solamente una obrera que se rebela, y no toda la fábrica. Aún si los otros obreros y obreras simpatizan con su rebeldía, no la respaldan, y los “permanentes” de la CGT no son removidos.
[10] Por “largo período de la lucha de clases” entendemos un período durante el cual los resortes de la lucha de clases son marcados por hechos políticos y sociales que, aunque variables, conservan cierta permanencia. Aquí se trataría de los siguientes hechos: la influencia política de la Revolución de Octubre (su “ejemplaridad”)’; la existencia de la URSS y de un “movimiento obrero internacional” controlado inicialmente por Stalin en persona, luego por la burocracia del Kremlin y sus prolongaciones; el peso de la industria manufacturera y de los grandes sectores de servicios de base y su organización altamente concentrada, que implicó una alta concentración de la clase obrera por ramas y lugares de producción; el lugar ocupado en la política internacional y también, por refracción, en la vida política interna de los países imperialistas, por la lucha de los pueblos coloniales por la independencia.
[11] Ello ha hecho reducir el área sobre la que se extiende el “asalariado”, en el sentido en que Bernard Friot utiliza el término, es decir, como conjunto de instituciones que encuadran la venta de la fuerza de trabajo y establecen los límites a la explotación.
[12] Dicho de manera implícita, con el estilo brillante y sin afectación que le es propio, tal es el sentido de la Introducción de Daniel Bensaid a uno de sus mejores libros, La discordance des temps (1995).
[13] Un análisis de procesos análogos en la corriente morenista ha sido hecho por Jean-Philippe Divès en el texto ya mencionado.
[14] Con cierta dosis de credulidad y religiosidad.
[15] Charles-André Udry arriesga una redefinición en un artículo publicado en Carré Rouge Nº 14.
[16] En la introducción, dije que cada uno de los “copetes” sería acompañado por un mínimo de elementos que los explicaran y justificaran. Digamos pues, y sólo con esa intención, que la tan desacreditada caracterización del capitalismo formulada en el Programa de Transición, como un sistema en el que las “fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer” merece ser reelaborada. Marcada en su redacción por los aspectos coyunturales de la crisis económica mundial de los años 30, me parece que actualmente esta caracterización fundamenta la necesidad del combate por destruir al capitalismo en un grado aún mayor que en 1938. Liberada de su connotación catastrofista (especie de versión trotskista de la “crisis final del capitalismo”), de situación donde la burguesía “ya no tiene salida”, adquiere plena actualidad. Me parece que caracteriza el curso de la evolución capitalista, la suerte que en voz baja le tiene reservada a dos tercios de la humanidad, y también las consecuencias del mantenimiento de la propiedad privada de los medios de producción en los países avanzados. Es el caso de la relación entre el capitalismo y la investigación científica. El Programa de Transición fue el único programa que, desde el marxismo, cuestionó el contenido “progresista” del “progreso técnico” bajo la dominación del imperialismo. Esta cuestión resurge hoy con una actualidad inigualada. Tengo la convicción de que no se puede decir nada serio sobre las amenazas del capitalismo y la “necesidad” del socialismo sin tratar esta cuestión.
Si las fuerzas productivas continúan creciendo, las razones para plegarse a la acción política revolucionaria contra el capitalismo son sumamente débiles, a pesar de las exhortaciones morales. Algunos responderán que la realidad de la explotación es una razón suficiente, pero esto no es totalmente cierto. Si el capitalismo es aún capaz de desarrollar las fuerzas productivas, entonces la explotación no es considerada más que el “costo del progreso” y sobre todo se hace aceptable. Es el fundamento de los nuevos montajes de reformismo que actualmente conocemos, a los que la más mínima mejoría de la coyuntura brinda gran vigor.
 
[17] En su polémica con Lucien Sève, teórico principal de la línea Hue y partidario declarado del “ahorro salarial”, Jaques Texier mostró el alcance del “olvido” de hablar de los “medios de cambio”, es decir de la moneda. Ver La Pensée págs.. 317/322, y también el reportaje a Texier en Carré Rouge Nº 15/16. 
[18] Cyril Soler y Pierre Gantou prepararon un artículo para el Nº 15, que critica severamente estas expresiones. Su trabajo, me parece, entra en el tipo de proyecto colectivo que proponemos aquí.
[19] Esto incluye seguramente a los investigadores, pero aquellos que dan a los futuros asalariados su formación escolar, ¿están “fuera de la producción”?
[20] Esta cuestión es, a la vez, una cuestión central, situada en el corazón del trabajo, y una cuestión que no puede más que aflorar, en el libro que Jean-Pierre Page, Tania Noctiummes y yo mismo hemos escrito el año pasado sobre la guerra de la OTAN en Yugoslavia.
[21] Pienso particularmente en Pierre Lévy, crítico claro y definido de Robert Hue.
[22] Los artículos y notas del trabajo de Trotsky sobre “los sindicatos en la época imperialista”, publicados por SELIO y La Brèche se han vuelto inhallables. Deberían ser reeditados.