Presentación.

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Herramienta no es una publicación de carácter coyuntural y pretende que sus temas vayan más allá de las fronteras nacionales. Pero la coyuntura existe y se impone, sobre todo cuando se compone de las acciones de lucha contra la explotación y la exclusión social del capitalismo. Esta edición N° 16 de nuestra revista aparece cuando aún no se ha extinguido el eco de los disparos que en General Mosconi acabaron con la vida de dos trabajadores. Esa localidad de la provincia de Salta es una muestra cabal de la terrible realidad de nuestros días. El petróleo y el gas la hicieron fuerte y próspera. Pero la reestructuración, y luego privatización, de la empresa estatal YPF terminaron con los puestos de trabajo. La riqueza petrolera y gasífera sigue presente, pero los pobladores de General Mosconi la ven pasar desde el abismo de la desocupación, la miseria y la falta de futuro. Tanto el gobierno anterior, de Carlos Menem, como el actual de la Alianza han dejado a las empresas obrar a su antojo, dejando a miles de trabajadores al costado del camino y ni siquiera se han preocupado por promover nuevas actividades productivas que repongan los puestos de trabajo perdidos. Esa es la explicación de los cortes de rutas con los que las víctimas de la voracidad capitalista pretenden obtener alguna solución a sus problemas, y no la acción de “infiltrados y agitadores” que el gobierno del presidente De la Rúa denuncia para ocultar su propia responsabilidad y justificar la represión.

Esa represión tiene muchos aspectos y un solo objetivo. Los primeros son el ataque de la Gendarmería contra los piqueteros de Mosconi, que provocó las dos muertes, las órdenes de captura libradas contra los dirigentes del corte de ruta, la detención, en Salta, de militantes políticos y sindicales acusados de apoyar a los piqueteros, y la condena a cinco años y seis meses que mantiene en prisión a Emilio Alí, dirigente de los desocupados de Mar del Plata, por haber encabezado una manifestación q            ue reclamó comida en la puerta de un supermercado. El objetivo es intimidar a los millones que tienen una protesta, un reclamo, un motivo para alzarse contra la explotación.
No son sólo los “pobres” o los habitantes de lugares alejados. A las puertas de la Casa Rosada se desarrolla el conflicto de los trabajadores de Aerolíneas Argentinas, que libran una lucha desesperada para evitar que los capitalistas españoles cierren definitivamente la empresa, dejándolos a ellos sin trabajo y al país sin línea aérea.
El equipo que realiza esta revista se solidariza con las víctimas de la represión, reclama la inmediata libertad de Alí y de los detenidos de Salta, exige el levantamiento de las órdenes de captura contra los dirigentes de Mosconi y la investigación de la represión en esa localidad y castigo de los responsables de las dos muertes. No sólo de los autores materiales de los disparos, sino también de los autores intelectuales: quienes dieron las órdenes de desalojar violentamente a los piqueteros. También se solidariza con los trabajadores de Aerolíneas en su defensa de la continuidad de los vuelos contra el vaciamiento empresario operado por el capital transnacional.
Uno de los artículos incluidos en esta edición tiene estrecha afinidad con los hechos a los que nos referimos más arriba. Eliel Ribeiro Machado analiza los “desórdenes” que en Latinoamérica vienen expresando durante la última década la resistencia a las consecuencias de la transnacionalización del capital. Aún cuando el vínculo no es tan directo, la nota de Gilbert Achcar sobre la nueva Intifada palestina toca otro aspecto de las luchas de masas en el mundo. Sobre temas económicos, Robert Brenner analiza las perspectivas de recesión en Estados Unidos y Rolando Astarita sobre los ciclos en la economía argentina. Dos problemas clave del socialismo actual son examinados en artículos de Francois Chesnais, acerca de la renovación programática, y de Francisco Sobrino, que reflexiona, a propósito de Cuba, sobre la relación de socialismo y democracia. También tienen cabida en estas páginas la situación de la mujer, tratada por Heleith Saffiotti, y la ecología, que desarrolla Guillermo Foladori.
Una vez más, ponemos en manos de los lectores un material que consideramos valioso para la comprensión del mundo capitalista y la lucha contra él. En esta oportunidad, hemos querido que la edición tenga el sentido de un homenaje a los trabajadores que sufren la represión, la cárcel y la muerte por levantarse contra un orden profundamente injusto. 
 
Robert Brenner*
 
El autor realiza un implacable análisis del “aterrizaje suave” de la economía norteamericana, eufemismo que los funcionarios y los medios usan para evitar la palabra “recesión”. Aventura incluso un escenario tipo “espectro de Japón”, la crisis asiática de los años 1997-1998, como combinación de una caída de la Bolsa y el dólar. De confirmarse este pronóstico, sus efectos económicos, sociales y políticos serían de una magnitud incomparable y no habría regiones-refugio que pudieran quedar a salvo.
 
La cuestión esencial, por supuesto, es hasta cuándo durará el boom económico. ¿Estallará la burbuja sobreinflada de la Bolsa, principal motor del boom económico de los Estados Unidos, precipitándola en un proceso de sobre-corrección a la baja, como ocurrió en el Japón a comienzos de los 90?
Conscientes de este peligro, las autoridades norteamericanas confían que la frenética expansión del consumo privado de estos años sea capaz de sostener la economía en un proceso de transición desde la crisis internacional de 1997-1998 hasta una nueva recuperación mundial.
Al animar una expansión internacional basada en las exportaciones, que al mismo tiempo implica un aumento de la demanda mundial para los productos norteamericanos, el crecimiento del consumo en los Estados Unidos podría, en el mejor de los escenarios, permitir que los fabricantes norteamericanos recuperaran los niveles de crecimiento de sus exportaciones de 1997 y, por lo tanto, su tasa de beneficios. Al mismo tiempo, se espera que las inversiones en los sectores no manufactureros sigan aumentando con la suficiente fuerza como para que la productividad siga creciendo como en los últimos cuatro o cinco años, elevando la tasa de beneficios en el sector servicios aún más.
La economía podría entonces dejar de depender de un consumo sostenido en el crédito y el endeudamiento y mantener el boom gracias a nuevas inversiones y a las exportaciones, creando bases más sólidas para sostener el elevado precio de las acciones en la Bolsa (que, mientras tanto, habrán sufrido una “corrección” pero evitado su hundimiento).
A mediados del año 2000, la economía de los Estados Unidos parecía evolucionar en gran medida como esperaban sus autoridades. Crecía de forma extraordinaria, acelerando su ritmo de manera pocas veces vista al final del ciclo. En los últimos doce meses, el PNB ha crecido el 6,1%. En el mismo período, la productividad del trabajo no agrícola creció un asombroso 7% (después de un respetable 4,1% en 1998). Ello se debe al crecimiento de las inversiones (el 14,2% en 1999 y el 18% en la primera mitad del año 2000). A pesar de ello, los salarios reales crecieron sólo el 1,4% en la segunda mitad de 1999 y la primera de 2000, la mitad que un año antes. Las empresas aumentaron significativamente sus precios a un ritmo anual del 2,7% en la primera mitad de 2000. Las cosas no podían irle mejor al capital, cuyos beneficios empresariales crecieron, después de impuestos, el 14% anual en el mismo período.
Mientras tanto, la expansión económica de los Estados Unidos estimuló también un crecimiento económico más rápido en el resto del mundo, especialmente en Asia y Europa Occidental, beneficiándose al mismo tiempo con un aumento de sus exportaciones. Corea, por ejemplo, parece haber salido de su crisis. Sus exportaciones a los Estados Unidos crecieron entre 20% y 25% en 1999-2000 y el PNB ha aumentado en el mismo período el 11% anual. A Taiwán, Hong Kong y Singapur no les iba peor.
En Eurolandia, cuyas exportaciones a los Estados Unidos crecieron a una media anual del 11% en 1999-2000, el PNB creció el 3,5% y el paro descendió.
En este contexto internacional cíclico de crecimiento, las exportaciones norteamericanas también crecieron el 13,3% (comparado con el 4% en 1999 y el 2,2% en 1998). La visión de Greenspan-Summers-Clinton parecía hacerse realidad y la perspectiva de una nueva onda larga de crecimiento abrirse en el horizonte. Para empujar en esa dirección, desde junio de 1999 Greenspan cambió su política de 1998 de rebajar la tasa de interés para impulsar la Bolsa, y comenzó a subir la tasa de interés a corto hasta un 1,75%. El ajuste fue muy suave.
En el verano de 2000, las primeras señales de inflación significaban que la tasa de interés real todavía no había superado el nivel de los precios en el momento en el que empezó el ajuste. El presidente de la Reserva Federal parecía creer que, de la misma manera que había ocurrido en el otoño de 1998 cuando unas meras declaraciones habían bastado para que la Bolsa subiera como quería, la expresión de sus deseos sería suficiente para frenar las cotizaciones en la Bolsa y alentar una “modesta corrección” sin tener que tomar medidas más drásticas. El objetivo explícito era reducir el consumo privado, y por lo tanto las importaciones, enfriando la Bolsa. Habría que esperar hasta el otoño, cuando el índice Nasdaq, y con él la “nueva economía”, perdió el 40% de su valor.
La cuestión que sigue abierta es si es posible reducir el consumo privado en los Estados Unidos sin poner en peligro la expansión de su economía, y la del resto del planeta. La orientación que la economía de los Estados Unidos tiene que negociar es una vuelta a un crecimiento ligado a las exportaciones, como tuvo hasta 1997, pero esta vez acompañada por un crecimiento de las exportaciones de sus principales socios y rivales. Una nueva división de trabajo expansiva a escala mundial debe permitir, de acuerdo con los libros de texto, que la tarta a repartir crezca lo suficiente como para que todos salgan ganando y coordinen sus políticas.
Y para acabar de rematar las condiciones de esta política, el sector servicios en los Estados Unidos tiene que mantener un crecimiento de su tasa de beneficios lo suficientemente alta como para alentar nuevas inversiones y crecimiento de su productividad y, como consecuencia, un crecimiento de los salarios y del mercado norteamericano.
 
¿Sobreproducción a escala internacional?
 
Pero ni la vuelta a un escenario de complementariedad en vez de competencia internacional, ni el mantenimiento del crecimiento de las inversiones en el sector servicios norteamericano están garantizados. Hay que recordar que hasta 1998 las principales economías manufactureras (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón o Asia del Este) no han sabido cómo, o han encontrado imposible crecer y expandirse coordinadamente dada la sobrecapacidad y sobreproducción industrial internacional. Desde 1995, el alza del dólar y el crecimiento de la economía de los Estados Unidos ha permitido un crecimiento rápido de las importaciones, que ha sido el motor de un nuevo ciclo ascendente en gran parte del mundo (como ocurrió a mediados de los 70 y comienzos de los 80, pero no en la primera mitad de los 90, por la caída del dólar y del crecimiento de la economía de los Estados Unidos). De hecho, en 1997, el crecimiento del PNB para las economías del G7 y la OCDE alcanzó su punto más alto en la década de los 90. Pero las altas tasas de cambio en los Estados Unidos, y en las economías asiáticas ligadas al dólar, esenciales para revitalizar las exportaciones del Japón y Europa Occidental, condujeron rápidamente a una reducción de la competitividad y los beneficios de la industria en los Estados Unidos y a una crisis en toda regla en Asia del Este que, a finales de 1998, amenazaba con hundir a toda la economía mundial en la recesión.
La sobrecapacidad y sobreproducción internacional, puesta de manifiesto en la reducción progresiva de la tasa de ganancias industrial a nivel mundial, volvía a enseñar su fea cara. Según un estudio de The Economist del 22 de febrero de 1999: “Debido a la enorme sobre-inversión, especialmente en Asia, el mundo está saturado de sobrecapacidad productiva de chips para computadoras, acero, coches, textiles y productos químicos (...). La industria automovilística, por ejemplo, tiene ya una capacidad no utilizada del 30%, pero se siguen construyendo nuevas fabricas en Asia”.
The Economist llegaba a afirmar que: “No parece que este exceso de capacidad vaya a desaparecer rápidamente, porque las empresas con problemas financieros siguen teniendo incentivos para mantenerse en funcionamiento, incluso con pérdidas. El exceso de oferta a escala mundial está empujando a la baja los precios. La devaluación no puede hacer desaparecer la sobreproducción, simplemente traslada el problema a otros”. Su conclusión es que se estaban alcanzando niveles sólo comparables a los de los años 30.
Desde 1998, el crecimiento del consumo interno a partir del crédito sustituyó al aumento de la competitividad industrial y las exportaciones como principal motor de la economía de los Estados Unidos, permitiendo contener temporalmente el problema de la sobreproducción a nivel general. Pero la pregunta es si ahora las autoridades de los Estados Unidos serán capaces de revertir el proceso cuando sus competidores impulsan sus propias políticas de expansión exportadora. La recuperación internacional que ha cobrado fuerza desde 1999 ofrece pocos indicios de que las principales economías industriales del mundo puedan crecer coordinadamente, al menos sin el beneficio de un déficit exterior norteamericano que alcance nuevos récords año tras año o, con otras palabras, sin que continúe el boom del consumo interno en los Estados Unidos.
De hecho, el crecimiento de las exportaciones de los Estados Unidos ha crujido ante la emergente expansión económica internacional, que ha sido posible en buena parte gracias al aumento de las importaciones norteamericanas. Pero su nivel de crecimiento a mediados del año 2000 es un 30% superior al de las exportaciones, lo que quiere decir que éstas tendrían que crecer tres veces más deprisa que las importaciones para evitar que siga creciendo el déficit comercial (que ya alcanza los 30.000 millones de dólares), es decir, un imposible 28,5% anual. Y el déficit comercial alcanzará el 4,5% o 5% del PNB a finales de 2000, rompiendo su propio récord actual.
En la actual expansión internacional, como en 1996-1997 (y como en anteriores recuperaciones a comienzos de los 80 y mediados de los 70), los principales competidores y socios de los Estados Unidos en Europa y Asia han dependido para su crecimiento de una tasa de cambio muy favorable (con un euro muy bajo) y un mercado interno norteamericano en ebullición. Si el crecimiento del PNB y el mercado interno de los Estados Unidos se frenasen significativamente, es difícil ver cómo se mantendría el estímulo necesario para las exportaciones norteamericanas. Por el contrario, para que el mercado mundial crezca lo suficiente para poder absorber las exportaciones de los Estados Unidos a su rápida tasa de crecimiento actual, todo apunta a que sería necesario que las importaciones y el déficit comercial de los Estados Unidos crecieran de manera desproporcionada. Por la misma razón, parece difícil que las industrias de los Estados Unidos puedan, con la tasa de cambio actual del dólar, escapar a la presión descendente de la tasa de beneficios y ritmo de acumulación de capital de 1998 y 1999, como consecuencia de la recesión internacional.
A mediados de 2000, los beneficios del sector industrial, antes de impuestos, no han conseguido recuperar sus niveles de 1997, a pesar de un crecimiento de las exportaciones de un 13%. Y ello a pesar de una explosión de consumo personal en 1999 de un insostenible 5,35% anual. No ayudó, desde luego, el hundimiento del euro, que sin embargo fue el eje de la recuperación europea, que a su vez sostuvo el crecimiento de las exportaciones de los Estados Unidos.
En última instancia, la principal fuerza de la economía no financiera de los Estados Unidos desde 1995, y especialmente desde 1997, ha sido su capacidad para mantener e incluso aumentar su tasa de beneficios agregada, a pesar de la fuerte presión negativa de la tasa de beneficios industrial. Y ello gracias a los extraordinarios resultados de los sectores no industriales, cuya tasa de beneficios creció notablemente entre 1995 y 1997 y se mantuvo lo suficiente como para compensar la caída de la tasa de beneficios del sector industrial en 1998 y 1999, permitiendo un probable incremento global para 2000. Sobre la base de estos resultados, la inversión en los sectores no industriales creció mucho más deprisa que en los industriales, especialmente a partir de 1998. Y como consecuencia, el crecimiento de la productividad de los sectores no industriales, casi inexistente antes, salió de su estupor y se disparó en los últimos dos años. Con un crecimiento de los salarios reales muy inferior, el aumento de las inversiones y de la productividad produjo aún mayores beneficios en estos sectores.
 
¿El espectro de Japón?
 
La pregunta es hasta cuándo se puede mantener esta situación. El enfebrecido crecimiento del consumo personal supuso un enorme incentivo para nuevas inversiones en los sectores no industriales, pero es también imprescindible para mantener sus beneficios. Y también permitió limitar las pérdidas del sector industrial en 1997-1998.
A pesar del colapso del crecimiento de las exportaciones (del 10% anual entre 1985 y 1997 a 0% en 1998-1999) y la caída paralela en la competitividad industrial, el declive en la tasa de beneficios industrial fue de un 10%-12%. Gracias, en buena parte, a la explosión de consumo en bienes duraderos (el 11% anual entre 1997 y 2000 frente al 6,5% entre 1991 y 1997).
El problema, por supuesto, es que esta explosión de consumo, que permitió el crecimiento de las inversiones no industriales y frenó la caída del sector industrial durante la mitad de los 90, depende del gasto de los ahorros domésticos y un impresionante aumento de la deuda privada. Es difícil imaginar que la deuda pueda seguir aumentando lo suficiente como para mantener el crecimiento del consumo y éste a su vez el crecimiento de la economía. Y ello especialmente cuando disminuirá, si no desaparecerá, el “síndrome de riqueza” producido por la burbuja de las cotizaciones en la Bolsa. Si el valor de las acciones deja de crecer durante un tiempo se producirá no un estancamiento sino una caída importante (desde los 90, las acciones se han comprado con criterios especulativos, previendo el crecimiento de su valor de cotización y no tanto sus rentas).
La economía de los Estados Unidos puede encontrarse en una situación no muy diferente de la del Japón cuando estalló su burbuja bursátil. Es decir, con una tasa de cambio tan alta que le impida reorientarse a un modelo de crecimiento por exportaciones y un sector industrial incapaz, por lo tanto, de dinamizar la economía. Con una Bolsa por los suelos, arrastrando al consumo, los sectores no industriales se encontrarán sin el mercado interno que necesitan para rentabilizar sus enormes inversiones. Con unos costes en dólares demasiado altos como para aprovechar el crecimiento de la demanda internacional, mientras su demanda interna cae, el horizonte es el estancamiento. Las empresas, sin el apoyo colateral de su alto valor en Bolsa, encontrarán condiciones de crédito más duras e intereses más altos para las deudas ya existentes.
Si finalmente la economía de los Estados Unidos se viera obligada a aceptar una recesión importante para ajustarse al fin de la burbuja, no está claro que pueda hacerlo suavemente. Si el crecimiento de los Estados Unidos se estancase lo suficiente como para frenar las importaciones, el resto del mundo también se vería afectado, con consecuencias impredecibles sobre todo en Asia, cuya recuperación en los últimos dos años ha dependido del rápido crecimiento del mercado norteamericano. Lo que a su vez limitaría la propia expansión del sector exportador de los Estados Unidos.
Y la cosa puede no acabar ahí. Porque si el crecimiento del PNB de los Estados Unidos se frenase y su Bolsa cayera de verdad, las acciones de las empresas norteamericanas perderían parte de su atractivo para los inversores extranjeros. La compra especulativa de acciones y bonos en los Estados Unidos por inversores extranjeros ha crecido de manera insostenible en el último período.
Cualquier intento de reventa haría caer la cotización del dólar y la Reserva Federal se vería en un callejón sin salida. Por un lado, necesitaría reducir la tasa de interés para aumentar la liquidez y sostener el crecimiento y, por otro, necesitaría aún más elevar los intereses para sostener el dólar, atraer inversiones extranjeras y financiar un déficit comercial sin precedentes. Pero, ¿cuánto tendrían que subir los intereses para contrapesar las presiones a la baja sobre el dólar si los inversores extranjeros comienzan a deshacerse de sus acciones y bonos?
Un escenario así implicaría el peligro de una interacción entre la caída de la Bolsa y del dólar, provocando una retirada llena de pánico del capital, con consecuencias desastrosas para la economía real. Como sabemos, eso fue precisamente lo que ocurrió en Asia del este en 1997-1998. Pero, claro, esas cosas no le pueden pasar ni a los Estados Unidos, ni a Bush.

*Catedrático de Historia Social en la UCLA, miembro del consejo de redacción de la prestigiosa New Left Review, y militante de la izquierda socialista de los Estados Unidos. Su más reciente libro es The Economics of Global Turbulence. El presente artículo fue publicado en Viento Sur, Revista de la Izquierda Alternativa, N° 55, marzo de 2001, España. Traducción de G. Buster.