Palestina-Israel: algunas referencias para comprender la situación actual

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Autor(es): Achcar, Gilbert

La tesis predominante sobre el enfrentamiento militar -extremadamente desigual y cuyo escenario es desde hace varias semanas Jerusalén y los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania- afirma que los "extremistas de ambos bandos" pudieron más que los "acuerdos" de Oslo y de Washington de 1993 y remataron el "proceso de paz" que resueltos y sabios dirigentes palestinos e israelíes habrían intentado llevar valientemente a buen término bajo los benévolos auspicios del presidente Clinton. La verdad es muy distinta. La provocación calculada del general Sharon forma parte de una división del trabajo bien sincronizada entre halcones y palomas, cuyo fin ha sido atenazar con más fuerza a las masas palestinas. Es la continuación de múltiples nuevas colonias y de la anexión progresiva de Jerusalén Este. A principios de octubre se levantaron los palestinos de Gaza y Cisjordania, y también los palestinos que son ciudadanos, de segunda fila, del Estado de Israel. Este levantamiento no estaba en el programa y terminó por destruir definitivamente esta inicua "paz de los gobernantes", con la que concluye el artículo de Gilbert Achcar que ofrecemos a continuación.

La contribución de Gilbert Achcar aporta elementos indispensables sobre los orígenes y la naturaleza del Estado de Israel, sobre los orígenes y los objetivos del "plan de paz" y el papel atribuido a Yasir Arafat y a la OLP como fuerza mercenaria llegada del exterior para intentar imponer esta "paz" contra los palestinos del interior, tanto los de Gaza y Cisjordania como los de Israel. El artículo que se publica aquí es una versión abreviada de otro artículo mucho más largo que, bajo el título de "El sionismo y la paz, del plan Allon a los acuerdos de Washington", apareció en el número 114 de la revista L’Homme et la Société en octubre-diciembre de 1994. El título y los subtítulos de esta versión abreviada fueron escogidos por la redacción de Carré Rouge, que agradece a L’Homme et la Société la autorización dada al autor para dar a conocer lo esencial de su contenido a una nueva generación de lectores.

De vuelta sobre los orígenes: un Estado confesional y una ocupación colonial

Durante la declaración de Independencia de Israel, el 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión proclamó que el nuevo Estado "garantizará la más completa igualdad social y política a todos sus habitantes, sin distinción de religión, de raza o de sexo". Sin embargo, la declaración de Independencia estaba situada bajo el estigma del "Estado judío", objetivo central del movimiento sionista mundial. No era simplemente el Estado de Israel el que se proclamaba, sino "un Estado judío en tierra de Israel que llevará el nombre de Estado de Israel", y que "estará abierto a la inmigración judía y a los judíos que vengan de todos los países por los que estén dispersos".

La contradicción entre el igualitarismo esgrimido y la discriminación implícita era inherente al proyecto sionista de colonización, al establecerse sobre un territorio ya habitado por una población no judía.[1] Tal y como lo ha dicho Maxime Rodinson, "querer crear, en el siglo xx, un Estado puramente judío o con dominio judío en la Palestina árabe, sólo podía llevar a una situación de tipo colonial con el desarrollo (totalmente normal, sociológicamente hablando) de un estado de espíritu racista y, al final, a un enfrentamiento militar de las dos etnias". A partir de entonces era inevitable que "los colonos de la Jewish Company" (la expresión es de Théodoro Herzl)[2] establecieran su propio Estado desalojando a los autóctonos, antes de poder mostrarse generosos con sus eventuales huéspedes: "Si se encontraran entre nosotros fieles pertenecientes a otras religiones o a otras nacionalidades, les garantizaríamos una protección honorable y la igualdad de derechos. Europa nos ha enseñado la tolerancia".[3] Esta tensión entre la profesión de fe democrática y el proyecto real colonialista caracterizaría el pensamiento de Ben Gurión, discípulo de Herzl y realizador de su proyecto. Así, el fundador del Estado de Israel podía afirmar, en 1937, que "los habitantes árabes de Palestina deberán gozar de todos los derechos cívicos y políticos, no sólo como individuos, sino también como grupo nacional, igual que los judíos"; para hacer a continuación esta confesión: "Si fuera árabe… me rebelaría aún más vigorosa, amarga y desesperadamente contra la inmigración que un día ubicará a Palestina y todos sus residentes árabes bajo el poder judío".[4]

Sabemos que, incluso dentro las fronteras delimitadas por el plan de partición adoptado por la ONU en 1947, el Estado "judío",[5] en el plano demográfico, no lo era más que en un 55 %. Lo habría sido todavía menos con las fronteras posteriores a la guerra de 1948 (650 000 judíos y 877 000 árabes), a pesar del éxodo masivo de los palestinos (710 000), que huían del terror y de los combates. Se han discutido mucho las razones de este éxodo.[6] Pero, tal y como lo ha dicho Paul Chagnollaud, "en cierta manera, hoy esta cuestión ya casi no tiene interés, porque, en definitiva, el problema ya no es saber por qué se fueron, puesto que sabemos perfectamente por qué no han podido volver".[7]

Por medio de un implacable "efecto trinquete", el nuevo Estado impidió a los refugiados palestinos regresar a sus tierras y a sus viviendas (que serán masivamente destruidas, y algunos pueblos enteramente arrasados), impedidos de volver (la noción de vuelta es, en este caso, indiscutible) a su territorio secular, territorio "abierto a la inmigración judía". Por el contrario, la ley del Retorno de 1950 acordaba automáticamente la nacionalidad israelí a cualquier nuevo inmigrante, con la condición de que fuese "judío", siguiendo una definición que inexorablemente debía reducirse al criterio religioso más obtuso.[8] Así, por una cruel ironía de la historia, el movimiento sionista -al huir de un horroroso antisemitismo europeo que erigió la filiación religiosa confesional en factor de discriminación "racial"- acabó por establecer un Estado fundado sobre una discriminación que toma como referencia el mismo criterio confesional, con una interpretación religiosa más restrictiva. Y por esta misma lógica inexorable los sionistas "socialistas" del partido de Ben Gurión acabaron por convertir en obligatorios los cursos de religión en las escuelas.[9]

A menudo se ha ironizado sobre el sorprendente contraste entre la realidad del Estado de Israel y la firme voluntad proclamada por Herzl, en su manifiesto sionista, de impedir al clero (¡y al ejército!) "inmiscuirse en los asuntos del Estado".[10] Ahora bien, el mismo Herzl, en el mismo escrito, traicionaba la lógica confesional de su posición cuando describía la organización de la inmigración: "Cada grupo tendrá su rabino, que vendrá con su comunidad […]. Los grupos locales se formarán alrededor de los rabinos: tantos rabinos, tantos grupos […]. No hay ninguna necesidad de convocar reuniones especiales que se perderían en palabrerías. Los rabinos tomarán la palabra durante los servicios religiosos. Es necesario que sea así. "Nosotros sólo reconocemos nuestra pertenencia histórica a la comunidad a través de la fe de nuestros padres, porque hemos adoptado desde hace mucho tiempo, y de forma indeleble, las lenguas de las diferentes naciones que nos acogieron".[11]

Alain Dieckhoff, en una obra brillante, que no está exenta de ambigüedades y de contradicciones en su intento de subrayar la "modernidad política" del sionismo,[12] tropieza al explicar la patente carencia de éste en materia de laicidad. Atribuye esta carencia principalmente a la persistencia, dentro del sionismo, de una "ardiente aspiración a la vida comunitaria" (pp. 121-122), explicación cuasi tautológica. Con todo, el autor muestra cómo esta carencia es inherente a la doctrina sionista de la "nación judía", a cuya "invención" consagra su libro sin por ello cuestionar el postulado. Ahora bien, sólo el postulado panjudaico explica por qué "el criterio religioso era, finalmente, el único que podía trazar de manera precisa los contornos de la nación judía, al ser demasiado vagos los demás parámetros (culturales, subjetivos…)" (p. 158). La insuficiencia de este criterio para cimentar un nacionalismo es lo que llevó al sionismo a "inventar" una verdadera nueva nación, la nación israelí (que Dieckhoff ni siquiera menciona), fundada sobre una lengua nueva-antigua -el hebreo moderno- y sobre la destrucción, por asimilación, de las peculiaridades nacionales originales de los inmigrantes, la lengua yídish en primer lugar.

A la convergencia entre el sionismo político y el sionismo religioso más tradicionalista[13] se sumó otra tan ineluctable. Al releer la obra de Herzl en 1946, Hannah Arendt subrayaba hasta qué punto "el estado de espíritu" del fundador del movimiento sionista estaba cercano al de su entorno antisemita y se inspiraba en la tradición del nacionalismo alemán.[14] Este estado de espíritu común a las corrientes dominantes del sionismo político llevaría a una convergencia, en el ámbito del expansionismo armado, entre el sionismo "socialista" de Ben Gurión y las posiciones de Jabotinsky, a quien el primero no dudaba en comparar, a principios de los años treinta, con el fascismo y el hitlerismo.[15] La política de potencia, la Machtpolitik, estaba inscrita incluso en la lógica del proyecto de "Estado judío", desde el momento en que se trataba de establecer en Palestina: sólo podía realizarse por medio de la fuerza.

En 1946, Judah Magnes, partidario, junto con Marti Buber, de la coexistencia pacífica entre árabes y judíos en una Palestina binacional, constataba con amargura que el movimiento sionista había adoptado, en los hechos, el punto de vista de Jabotinsky.[16] Cuarenta años después, Simha Flapan, antiguo dirigente del Mapam, partido de la extrema izquierda sionista, al atacar la leyenda tejida por el partido laborista en torno a la figura histórica de Ben Gurión, escribía a este propósito en su obra póstuma: "[…] en lo que concierne a los árabes, adoptó los principios fundamentales del revisionismo: la expansión de las fronteras, la conquista de las zonas árabes, y la evacuación de la población árabe".[17]

Sobre el Estado sionista, calificación mucho más rigurosa que la de Estado "judío", uno de los veredictos más severos fue el que expresara, en 1959, un notable de la comunidad judía americana, James P. Warburg: "Nada podía ser más comprensible que el deseo de los judíos europeos, engendrado por siglos de persecución y atizado por las inhumanas atrocidades nazis, de escapar para siempre de la condición de minoría… Pero nada podía ser más trágico que ver la creación de un Estado judío en el que las minorías no judías son tratadas como ciudadanos de segunda clase, en el que ni la esposa cristiana de un judío, ni sus hijos, pueden ser enterrados en el mismo cementerio que su padre.[18] Una cosa es crear un refugio, muy necesario, para los perseguidos y los oprimidos. Otra muy distinta es crear un nuevo nacionalismo chovinista y un Estado fundado, en parte, sobre santurronería teocrática medieval y, en parte, sobre el mito, explotado por los nazis, de la existencia de una raza judía".[19]

Este Estado sionista semirreligioso, fundado sobre una discriminación confesional, es indiscutiblemente democrático para sus habitantes de ascendencia judía. Por añadidura, los árabes palestinos poseedores de la ciudadanía israelí, aunque ciudadanos de segunda categoría en muchos aspectos, gozan también, indiscutiblemente, de más derechos políticos que los habitantes de los estados árabes. Lo que ofrece un ejemplo más de que no existe una antinomia entre la democracia política formal y la existencia de una discriminación fundadora del demos.[20] De ahí la posibilidad de una ideología sionista del "Estado judío y democrático", desarrollada por Ben Gurión.

En cuanto a la plausibilidad de esta ideología respecto al universalismo igualitario proclamado en 1948, se ve condicionada precisamente por la existencia de una mayoría judía asegurada en el seno del demos, que oculta el hecho de que ha sido establecida por denegación discriminatoria a los autóctonos de un derecho elemental al regreso. El mantenimiento de una minoría de ciudadanos no judíos dentro del demos israelí se muestra, entonces, como la prenda indispensable, por no decir la coartada, de la democracia sionista y de su ostentado universalismo, con la condición expresa de que esta minoría permanezca muy minoritaria y no pueda cuestionar la "judeidad" del Estado.

Tal es el sentido de la oposición de Ben Gurión y de sus discípulos al programa de la derecha sionista, que preconiza la extensión de las fronteras del Estado "judío" por anexión pura y simple del conjunto de la Palestina bajo mandato británico, si no de las dos orillas del río Jordán, aunque tuviera que englobar a una gran masa de árabes y acomodarse a una discriminación política intra muros, desdeñando el mito[21] del Estado democrático. "El partido laborista -escribía Simha Flapan- presenta las ideas y estrategias de Ben Gurión como el otro término de la alternativa ante la concepción propia del Likud del Gran Israel, cuando afirma que rechaza totalmente la dominación sobre otro pueblo y que se sujeta incondicionalmente a la preservación del carácter judío y democrático del Estado".[22]

El dirigente del Mapam añadía a este comentario: "Efectivamente, se podría concebir la idea de una sociedad judía democrática que pudiera ofrecer tal alternativa si estuviera libre del impulso de expansión territorial, por la razón que sea: histórica, religiosa, política o estratégica. Pero lo cierto es que Ben Gurión ha edificado su filosofía política precisamente sobre estos dos elementos contradictorios: una sociedad judía democrática sobre el conjunto, o la mayor parte, de Palestina".[23]

Ben Gurión no ocultó, efectivamente, que sólo aceptaba la partición como medida táctica, a título provisional, y que su objetivo era "toda Palestina".[24] La motivación de su expansionismo era conseguir el espacio necesario para el proyecto sionista original de reagrupar en Palestina a la mayor parte de los judíos del mundo, proyecto que colocó siempre por encima de toda consideración. Además, el desacuerdo entre los herederos de Jabotinsky y los de Ben Gurión no se manifestó nunca sobre el trazado deseable de la frontera oriental del Estado sionista: todos estaban de acuerdo en querer que llegara hasta el Jordán y el mar Muerto, aunque sólo fuera por razones de "seguridad".[25]

El desacuerdo apunta sobre todo sobre la manera de arreglar en este marco el problema demográfico, de manera tal que se preservara la "judeidad" del Estado (la preocupación de los laboristas será preservar al mismo tiempo su reputación democrática, cuestión vital para un Estado tan dependiente de la ayuda exterior). Así pues, es asaz significativo que el primer gobierno de coalición que reagrupa al conjunto de los tradicionalistas y religiosos (representados por Manahem Begin) y los socialistas se formara en vísperas de la guerra de junio de 1967 y en previsión de ésta. A continuación, cuando el Estado de Israel se apoderó del resto de la Palestina bajo mandato británico, las divergencias entre fracciones sionistas volvieron a recobrar toda su agudeza.

El dilema de las conquistas territoriales de 1967 y el plan Allon

Contrariamente a lo que sucediera en 1948, en 1967 la gran mayoría de la población palestina de Cisjordania y Gaza se aferró a su territorio a pesar de la ocupación militar. Los dirigentes sionistas se vieron enfrentados a un verdadero dilema: habiendo alcanzado su objetivo de desplazar la frontera oriental de su Estado hasta el Jordán, se encontraban con una vasta población árabe-palestina bajo su control. En estas condiciones, la anexión pura y simple del conjunto de los territorios palestinos nuevamente ocupados se volvía impracticable: si otorgaba la ciudadanía israelí a sus habitantes, ponía en peligro el carácter judío del Estado sionista; si rechazaba esta ciudadanía, hipotecaba su carácter democrático.[26] Las preocupaciones del establishment laborista askenazi fueron resumidas con gran franqueza por Saul Friedländer: "Ante la presencia de una vasta población árabe dentro de Israel, se puede concebir el fortalecimiento de las tendencias extremistas judías, que sugerirían tanto motivos económicos como religiosos o nacionales para exigir la expulsión de todos los árabes o la aplicación de un régimen de apartheid. Si se impusieran estos elementos, el Estado judío se escindiría del mundo y de los mismos judíos de la diáspora. En fin, si bien es probable que, con el contacto con una vasta población árabe, los judíos "orientales" tendrían tendencia a integrarse más rápidamente en el seno de la población "occidental" para distinguirse de los árabes, tampoco se puede excluir que los elementos más pobres de entre ellos se vieran atraídos por el proletariado árabe en el ámbito cultural y social. La población árabe podría entonces convertirse en un elemento activo de desintegración de la sociedad judía".

Lógicamente, la única solución que permitía a la vez permanecer sobre la orilla oriental del Jordán y preservar el "Estado judío", así como la reputación democrática, era adjudicar a las zonas de alta densidad demográfica palestina (excepción hecha de Jerusalén Este, anexionada de entrada por razones ideológicas) el régimen de enclaves dentro de las nuevas fronteras del Estado de Israel.[27] Fue Yigal Allon, mascarón de proa del establishment político-militar y de la izquierda laborista, quien elaboró este proyecto de arreglo conocido con el nombre de plan Allon. [28] Lo expuso en el gobierno de Levi Eshkol, del que era viceprimer ministro, a principios de julio de 1967. Es útil citar al autor mismo del plan para esclarecer las consideraciones:

"La solución territorial debe responder a tres imperativos fundamentales: a) los derechos históricos del pueblo israelí sobre la tierra de Israel; b) un Estado con mayoría judía preponderante sobre el plano nacional, y democrático, sobre el plano político, social y cultural; c) fronteras defendibles".[29] Más lejos escribe todavía: "por consiguiente, si hay que elegir entre un Estado binacional de facto con más territorio y un Estado judío con menos territorio, yo opto por la segunda eventualidad, con la condición de tener fronteras defendibles. Esta alternativa es implacablemente clara. Si incorporáramos a Israel todos los territorios con fuerte densidad árabe, dando a sus habitantes todos los derechos cívicos, ya no tendríamos un Estado judío. Si los anexionamos, rechazando estos derechos a sus habitantes, dejaríamos de ser una sociedad democrática. Pero nosotros queremos a la vez un Estado judío -con una minoría árabe que goce de igualdad de derechos- y una sociedad democrática en el sentido pleno del término".[30]

A la luz de estos imperativos, Allon preconiza la adquisición definitiva, por parte de Israel, de una franja fronteriza de unos quince kilómetros de ancho a lo largo del río Jordán, que se extienda al oeste del mar Muerto hasta las inmediaciones de Hebrón, así como la adquisición, además de la vieja ciudad de Jerusalén, de su flanco oriental hasta el río, de tal suerte que se redujeran los territorios palestinos de Cisjordania a dos enclaves separados al norte y sur de la "ciudad santa", conectados por un estrecho pasillo.[31]

En cuanto al sector de Gaza, Allon defendía no restituirlo a Egipto y vincularlo a los enclaves cisjordanos, como acceso al mar "con derechos de circulación, pero sin crear un corredor", a la vez que se mantenía el control del sur del sector como forma de filtrar el acceso al Sinaí egipcio.

Al preconizar la rápida restitución de ciertos territorios, a Yigal Allon no le movía, en manera alguna, algún tipo de generosidad internacionalista o pacifista. Cuando formuló su plan, es decir, inmediatamente después de la guerra de 1967, los territorios concernidos acababan apenas de ser conquistados. Los pacifistas israelíes, las verdaderas "palomas", proponían la devolución cuasi íntegra a cambio de tratados de paz con los estados árabes.[32] El plan Allon preveía, por el contrario, una ocupación prolongada y un proceso de anexión por medio de requisición de tierras y creación de implantaciones, para ocupar físicamente el territorio que él trataba de adquirir definitivamente.

Fundamentalmente, el plan Allon era, pues, un plan de colonización y de anexión parcial, concebido en nombre del "compromiso territorial", a diferencia de la anexión íntegra, defendida por la derecha sionista. La diferencia entre ésta y los laboristas partidarios del plan Allon no era entre halcones y palomas, sino "más bien entre buitres y halcones", a ojos del internacionalista radical Eli Lobel.[33] El plan Allon era, sin embargo, más coherente y realista que las intenciones del Likud. Habiendo accedido al poder en 1977, este partido no se atrevió entonces a ir hasta el final de su programa, y se enredó en las sutilezas de un proyecto de autonomía palestina extraterritorial, que nunca convenció a nadie. Así pues, el plan de los laboristas se impuso de hecho como línea de conducta fundamental del Estado sionista en los territorios de 1967, incluso bajo el Likud, quien, a pesar de haberlo enmendado a su manera, no por ello dejó de reforzar sus disposiciones esenciales.[34]

En cuanto a la suerte última de los enclaves palestinos, Yigal Allon casi no se pronunciaba por razones de prudencia táctica elemental. En la medida en que su plan era precisamente un proyecto de largo aliento, era necesario dejar que el tiempo hiciera su trabajo y conseguir al final un interlocutor árabe dispuesto a colaborar en el arreglo dictado por Israel[35] con, no obstante, la autoridad requerida para ser creíble. La creación de un Estado palestino, es decir, de una entidad que goce de los atributos de la soberanía político-militar, al haber sido siempre categóricamente rechazada por el conjunto del establishment sionista, las tres posibilidades contempladas para los enclaves eran, o restituirlos a la Jordania del rey Hussein, o federarlos con ésta, o constituirlos como "entidad autónoma".

La importancia del factor palestino, que percibieron bien, para cualquier arreglo creíble, empujó a los sucesivos gobiernos israelíes a buscar interlocutores palestinos. En 1977, Yigal Allon no excluía, con relación a esto, ninguna hipótesis, incluso la de tratar con la OLP si ésta pedía perdón. Estas intenciones adquieren hoy un valor premonitorio: "Por supuesto, si la OLP dejara de ser la OLP, podríamos dejar de considerarla como tal. O si el tigre se transformara en caballo, podríamos montarlo. En ese caso, tendríamos derecho a titulares de primera página a nuestro favor".[36]

Los acuerdos de Oslo y de Washington de 1993

Los titulares de primera página efectivamente se daban cita el 13 de septiembre de 1993. Los medios de comunicación fingieron la sorpresa total, como si un nuevo milagro hubiera ocurrido en una tierra que, es verdad, había visto tantos otros. Sólo las voces discordantes de algunos críticos del acuerdo y buenos conocedores de la materia, a la manera de Edward Said, Noam Chomsky o Meron Benvenisti,[37] se permitieron recordar que los acuerdos firmados sobre el césped de la Casa Blanca sacaban a flote una versión, puesta al día, del plan Allon. ¿De qué se trataba exactamente?

No hay duda de que los textos que se hicieron públicos, es decir, las cartas, la declaración de principios y sus cuatro anexos, así como el memorando,[38] concuerdan perfectamente con las líneas maestras del plan formulado en 1967. Ninguna de las disposiciones de los acuerdos de Washington contradice, de la manera que sea, lo que ha sido desde hace más de un cuarto de siglo el programa practicado por los laboristas israelíes en Cisjordania y Gaza. Se constatará holgadamente al examinar algunos puntos clave de estos documentos (sin entrar en todos los aspectos de la cuestión, especialmente en los aspectos económicos).[39]

Empecemos por el que ha sido percibido como el acontecimiento más espectacular, a saber, el "reconocimiento mutuo". La carta de Yasir Arafat se dirige al primer ministro israelí: "La OLP reconoce el derecho del Estado de Israel a vivir en paz y en seguridad" y "acepta las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU".

La principal de estas resoluciones, la 242 (de noviembre de 1967), que el Estado de Israel suscribió desde el principio, había sido rechazada durante mucho tiempo por la OLP porque no hacía ninguna mención del derecho de los palestinos al regreso y a la autodeterminación, y ratifica el principio de "fronteras seguras", interpretado por Israel como que justifica su partición y sus reivindicaciones territoriales.[40] A cambio de esta concesión, la OLP no obtuvo, sin embargo, ninguna mención del derecho de los palestinos a la autodeterminación o al regreso (en los acuerdos sólo se encuentra la muy vaga fórmula de los "derechos legítimos".

La carta de Arafat afirma que "la OLP renuncia a recurrir al terrorismo y a cualquier otro acto de violencia y asumirá su responsabilidad sobre todos los miembros y personal de la OLP con el fin de garantizar su aceptación, prevenir las violaciones y sancionar a los infractores". Como se aplicaba únicamente al personal de la OLP, este repudio de la violencia, y el compromiso de reprimirla frente a una ocupación que, sin embargo, se mantenía, no le bastó al gobierno israelí. En una segunda carta dirigida al ministro noruego Holst y adjuntada a la primera, "la OLP anima y llama al pueblo palestino de Cisjordania y de la franja de Gaza a formar parte de las medidas que conduzcan a la normalización, rechazando la violencia y el terrorismo…".

Con la primera afirmación de su carta a Itzhak Rabin, Arafat repudiaba el programa fundamental de la OLP (la liberación de Palestina). Lógicamente, él deducía que "los artículos y los puntos de la Carta palestina que niegan el derecho de Israel a existir, así como las cláusulas de la Carta que están en contradicción con los compromisos de esta carta son desde ahora inoperantes y no válidos". O lo que es decir, en realidad, que la misma Carta ya no era válida. El tigre se transformó completamente en caballo con relación a los criterios israelíes; a partir de entonces podía ser montado a horcajadas. La carta de Rabin se dirige, ella, al ministro noruego y no a Arafat: "a la luz de los compromisos de la OLP […] el gobierno de Israel ha decidido reconocer a la OLP como el representante del pueblo palestino […]"; sin ninguna mención de derechos.

La declaración de principios preveía "establecer una autoridad palestina interina autónoma, el consejo elegido por los palestinos de Cisjordania y de la franja de Gaza, por un periodo transitorio que no exceda los cinco años, de cara a un arreglo permanente fundado sobre las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad" (art. 1). La autoridad palestina "autónoma" ejercerá sus prerrogativas en los territorios que el ejército israelí tendrá a bien evacuar. El acuerdo especifica que serán determinados en función del principio de retirada de los territorios con fuerte densidad árabe, lo que estaba en el centro del plan Allon:

"[…] se efectuará un despliegue de fuerzas militares israelíes en Cisjordania y en la franja de Gaza […]. Durante el despliegue de sus fuerzas militares, Israel se guiará por el principio según el cual las fuerzas en cuestión deben desplegarse por fuera de las zonas pobladas" (art. 13).

Por supuesto, Jerusalén Este, oficialmente anexionada por Israel después de 1967, no se encontraba concernida.[41] Además, no sólo el acuerdo no preveía ningún desmantelamiento de colonias, sino que garantizaba a los colonos y otros israelíes un verdadero "régimen de capitulaciones", por medio del cual ellos no dependían de la jurisdicción de la autoridad palestina sobre su propio territorio. Ésta es responsable solamente del control de los palestinos, y ello por medio de su policía. No dispondrá de ejército, siendo garantizada su defensa exterior por Israel (sic), cuyo ejército podrá circular libremente por territorio "autónomo".[42]

"Con el fin de garantizar el orden público y la seguridad interna de los palestinos de Cisjordania y de la franja de Gaza, el Consejo establecerá una potente fuerza de policía mientras que Israel conservará la responsabilidad de la defensa contra las amenazas del exterior, así como la responsabilidad de la seguridad global de los israelíes, para salvaguardar su seguridad interna y el orden público" (art. 8).

Al tratar la primera fase de la aplicación de los acuerdos sobre la franja de Gaza y la región de Jericó, se precisa en el memorando "que, después de la retirada israelí, Israel permanecerá como responsable de la seguridad externa, así como de la seguridad interna y del orden público de los israelíes y en los asentamientos. Las fuerzas militares y los civiles israelíes podrán continuar utilizando libremente las carreteras de la franja de Gaza y de la región de Jericó".

Así, el marco general previsto por los acuerdos de Washington es claramente el del plan Allon: retirada israelí de las zonas árabes pobladas, con excepción de Jerusalén Este, y despliegue en el resto de los territorios palestinos ocupados en 1967, con mantenimiento de los asentamientos; constitución de los enclaves evacuados en entidad palestina autónoma infraestatal, sin otros medios militares que los de la represión interna; control israelí de los accesos a estos enclaves, y especialmente de los puntos de paso hacia Egipto y Jordania (confirmado posteriormente por los acuerdos de El Cairo).

Claro es que, en 1993, se trataba de arreglos interinos, a la espera de un estatuto permanente, que debería ser definido, a más tardar, en los cinco años siguientes. Pero realmente era creer en los milagros imaginar que, al cabo de cinco años de montaje de la configuración prevista por el plan Allon, el Estado sionista, como conmovido por el favor, decidiría evacuar el resto de Gaza y de Cisjordania, incluso Jerusalén, para dejar sitio a un Estado palestino "independiente y soberano". Sin embargo, era lo que prometía Arafat a quien quería creerle. En realidad, si la OLP obtenía aunque sólo fuera el desmantelamiento de algunas colonias consideradas superfluas desde el punto de vista "estratégico" por el gobierno de Israel (es decir, las que se salían del marco del plan Allon), debía considerarse satisfecha.

Meron Benvenisti, especialista geopolítico israelí muy conocido, afirma que, en 1993, los negociadores de la OLP admitieron de hecho dos principios: "ningún asentamiento israelí será evacuado" y "los bloques de asentamientos, al constituir una continuidad geográfica, quedarán bajo autoridad israelí".[43] Según Bevenisti "estos bloques de asentamientos, que comprenden a la mayoría de los asentamientos existentes, serán incorporados a Israel por medio de una red de carreteras, sobre la que Israel tendrá el poder de desplegar actividades de seguridad autónomas". Dividirán Cisjordania en "tres cantones conectados entre sí por estrechos corredores". Además, "la red de carreteras que comunica estos bloques de asentamientos transformará los cantones palestinos en un puzzle que no dejará a la Administración [palestina] ninguna autoridad". Los palestinos no podrán impugnar estos principios que ya admitieron, concluye el autor.

Así pues, en 1993 el plan Allon iba por buen camino para conseguir la consagración con la que contaba: el reconocimiento internacional y árabe del hecho consumado israelí en Cisjordania y Gaza; la paz a cambio de un "compromiso territorial" que permitiera a Israel ejercer su soberanía directa o semidirecta sobre el conjunto de la Palestina del mandato británico; la solución -algunos dirán la liquidación- del problema palestino, con bajos costes, y la preservación del "Estado judío y democrático", con el añadido de los titulares de primera página a su favor de todos los medios de comunicación occidentales.

El papel reservado a la OLP de Yasir Arafat

Sin embargo, hasta el contexto histórico en que se ultimaron estos acuerdos da una significación específica al papel reservado a la OLP de Yasir Arafat, una significación que era, a lo sumo, una consideración de segundo orden para Yigal Allon. Para éste, el argumento capital era demográfico, conforme a la composición de la población israelí. Desde luego, no escapaba a la clarividencia del estratega sionista que incluso el control de la población árabe de los territorios de 1967 podía al final plantear un problema.[44] Pero el hecho es que hasta 1987, es decir, hasta el desencadenamiento de la Intifada palestina, las tensiones dentro de estos territorios habían podido mantenerse dentro de un margen aceptable para el ocupante israelí.[45]

Durante la elaboración del plan Allon, el problema principal era el de los palestinos del exilio, organizados en la OLP, así como el "rechazo árabe",[46] todavía ferviente al calor de la "guerra de los seis días". El tiempo jugaba a favor de Israel, que desplegaba su estrategia territorial a golpe de requisiciones y asentamientos ante la impotente exigencia árabe de que restituyera totalmente las tierras ocupadas en 1967. Cuando el rey Hussein aplastó el movimiento armado palestino en Transjordania, en 1970-1971, se convirtió en un interlocutor potencialmente válido para el proyecto laborista, al haber dado prueba ampliamente de sus aptitudes en materia de control de sus súbditos. Fue entonces cuando formuló su proyecto de "reino árabe unido", al presentarse como candidato a la recuperación de Cisjordania como provincia federada. Sin embargo, el contexto árabe casi no le permitía lanzarse a una paz por separado con el Estado sionista con las condiciones de éste, que fueron las únicas ofrecidas por Israel a sus vecinos.

El asunto se complicó cuando el monarca jordano se encontró aún más aislado inmediatamente después de la guerra de 1973, en la que se abstuvo de participar. La OLP había conseguido reconstituir su cuasi Estado en el Líbano y sustituía su maximalismo nacionalista inicial por el programa del Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza.[47] En 1974, la cumbre de Rabat con los jefes de Estado árabes aprobó este nuevo programa de la central palestina y la consagró como "único representante legítimo del pueblo palestino". Las negociaciones árabe-israelíes (conferencia internacional de Ginebra, negociaciones militares bilaterales), al darse a continuación de la guerra del Kippur-Ramadán, habían relanzado la perspectiva del "arreglo negociado", pero después se estancaron. El segundo intento de aplastar a la OLP degeneraría en una guerra de quince años en el Líbano.

En 1977, la llegada del Likud al poder en Israel anuló toda perspectiva de arreglo global: se daba por excluido que la derecha sionista considerara cualquier tipo de compromiso sobre el Golán o los territorios palestinos. Sólo el Sinaí escapaba a su mística política; la neutralización del frente egipcio con la garantía norteamericana podría reforzar, por otra parte, las ambiciones anexionistas del Likud. La desbandada de Sadat desembocó en la paz por separado y la restitución a Egipto de la vasta extensión desértica, con excepción de la franja de Gaza. Las condiciones israelíes -desmilitarización y dispositivo de alerta bajo control americano- garantizaban una perfecta seguridad para esta enorme "zona tapón". El Likud se permitió entonces anexionar oficialmente el Golán, vaciado desde 1967 el grueso de la población árabe; las consideraciones demográficas le impidieron hacer otro tanto en Judea-Samaria y en Gaza.

La derecha sionista, sin embargo, bregaba por la anexión: intensificación y extensión del proceso de asentamientos; presiones de todo tipo para una expulsión progresiva de los autóctonos; proyecto de autonomía palestina extraterritorial e intento de poner en pie una red de colaboradores con este fin; esfuerzos para aumentar el flujo de inmigración judía a Israel, como forma de consolidar la mayoría demográfica judía sobre el conjunto de Palestina. Sin embargo, la invasión del Líbano, en 1982, desacreditó al Likud y puso en entredicho las relaciones entre Israel y el padrino norteamericano. No obstante, había debilitado considerablemente a la OLP, lo mismo que la paz con Egipto había abierto el camino para un arreglo árabe-israelí.

Expulsado del Líbano, Yasir Arafat había hecho elogios de la política de Ronald Reagan, se había reconciliado con el rey Hussein y se había apresurado a reñir con Siria. En su segunda salida del Líbano por mar (1983), se dirigió a El Cairo, rompiendo así el boicot árabe oficial de Egipto. Después, en 1985, concertó un acuerdo con el monarca jordano para participar en común en negociaciones con Israel, lo que suscitó la disidencia de fracciones de izquierda de la OLP. Las condiciones de un arreglo sobre el frente jordano-palestino parecían madurar rápidamente por el lado árabe.

Todos contra los palestinos del interior

Los laboristas israelíes, cuando regresaron a los asuntos públicos en el marco de un gobierno de coalición con el Likud, bajo la dirección de Simón Peres, tendieron la mano al rey Hussein. Éste acentuó la presión sobre la OLP para acelerar el proceso, y se creyó lo bastante fuerte como para proseguir sin ella. En la cumbre árabe de Bagdag en 1987, la OLP estaba más marginada que nunca. Al final de este mismo año explotaba la Intifada en Gaza y Cisjordania, trastocando las claves de la situación. Por primera vez desde hacía veinte años, los palestinos del interior se volvían incontrolables y ponían a Israel en una situación extremadamente embarazosa. El rey Hussein, confesándose vencido, anunciaba oficialmente su desistimiento con relación a Cisjordania. La OLP se volvía a encontrar en posición de fuerza.

Simón Peres situaba su campaña electoral bajo el lema del "compromiso territorial", con una declarada invitación a la OLP a negociar con Israel.[48] Sin embargo fue derrotado, mientras que la central palestina se plegaba, por su parte, a las exigencias de la negociación con Estados Unidos, a falta de poder negociar con un gobierno israelí dominado por el Likud. La situación se estancaba otra vez a pesar de los esfuerzos norteamericanos, cuando sobrevino la crisis del golfo. Al reforzar considerablemente el peso de Estados Unidos en la política regional, la guerra de 1991 despejó el camino a la conferencia de paz inaugurada en Madrid, al incluir por vez primera negociaciones directas entre el gobierno israelí y una delegación amparada oficialmente por la OLP.

Para el Likud, dirigido por Itzhak Shamir, sólo se trataba de temporizar para obtener el beneplácito norteamericano que permitiera conseguir un préstamo de 10.000 millones de dólares. Israel necesitaba esta suma para poder absorber al millón de inmigrantes previstos como consecuencia del derrumbamiento de la URSS. Para Shamir esta providencial inmigración debía permitir la anexión de los territorios de 1967 sin preocupación demográfica. Pero la Administración de Bush no se dejaba engañar. Se guardó en sus manos el medio de presión financiero, que fue un argumento clave de la campaña electoral victoriosa de los laboristas israelíes en 1992, dirigidos por Itzhak Rabin.

Mientras tanto, las formas tradicionales de lucha de la Intifada se habían apagado, cediendo el paso a una radicalización palestina marcada por el irresistible ascenso del movimiento integrista Hamas y la multiplicación de los actos de violencia que pregonaba. Estos atentados lograron perturbar seriamente el sentimiento de seguridad israelí en ambos lados de la frontera de 1967. Rabin intentó primero reprimir a los integristas palestinos, al expulsar a varios centenares de ellos hacia el Líbano en diciembre de 1992. La operación tuvo un efecto bumerán, al reforzar considerablemente el prestigio de Hamas.

Por otra parte, Rabin estaba convencido, y con razón, de que los palestinos del interior, los de la delegación palestina en la conferencia de paz, al estar bajo la presión de una población en proceso de radicalización, no estaban dispuestos a plegarse a las exigencias del plan Allon y, aún menos, a comprometerse a reprimir la lucha de los integristas. Sólo la burocracia palestina de la OLP en el exilio podía consentir estas condiciones, tanto más porque estaba al borde de la bancarrota, al haber cesado de financiarla las monarquías petroleras por su actitud favorable a Irak en la crisis del golfo. Fue la razón por la que Rabin y Peres decidieron entonces emprender negociaciones secretas y directas con un Yasir Arafat que no pedía otra cosa. Estas negociaciones desembocarán rápidamente en los acuerdos de Washington.

El recuerdo del contexto histórico permite esclarecer el papel específico reservado a la OLP en la aplicación actual de la fase final del plan Allon. La Intifada, y la expansión de Hamas y de su lucha violenta en el interior -cuando las organizaciones armadas del exilio palestino habían dejado de ser, desde hacía mucho tiempo, una amenaza seria para la seguridad israelí-, le dieron una importancia capital a una función que, a lo largo de los veinte primeros años de ocupación israelí de Cisjordania y Gaza, podía parecer relativamente benigna: el mantenimiento del orden en estos territorios y la represión de la lucha armada antisionista. La apuesta de los laboristas israelíes fue que Arafat y sus hombres eran los más aptos para cumplir con esta tarea.

Lo que explica, particularmente, la excepción inédita hecha por el gobierno de Rabin a lo que se podría llamar ley sionista del no regreso de los palestinos del exilio. Más que negociar con los palestinos del interior lo que supuestamente era su self-government,[49] el poder sionista decidió el destino de los territorios de 1967 con un pequeño núcleo de dirigentes con base en Túnez, a espaldas de los delegados del interior. Aceptó que una parte de la burocracia de la OLP, ese pequeño aparato de Estado en el exilio, viniera a instalarse en Cisjordania y Gaza para reunir bajo su mando a la población local. Aún más, aceptó que miles de palestinos del exilio, soldados de unidades del muy reglamentado ELP (Ejército de Liberación de Palestina) acompañaran a la burocracia de la OLP para constituir el armazón de la fuerza de policía palestina.[50] En resumidas cuentas, como lo observó Elias Sanbar: "Israel, Estado democrático para sus propios ciudadanos, apuesta por un autogobierno palestino autoritario que amordace a su propia oposición y evite cualquier efecto sorpresa que pueda resultar de un cambio brusco, siempre posible, de su opinión pública".[51] La masacre perpetrada en Gaza por los servicios de seguridad de la OLP el 18 de noviembre de 1994.

¿Paz de los valientes o paz de los gobernantes?

Bajo la doble aureola de la estrategia sionista definida por el plan Allon y de la misión represora de la lucha antisionista atribuida a la OLP, la paz árabe-israelí tomó un cariz muy distinto al de la idílica presentación que se hace habitualmente. Más que parecerse a una "paz de los valientes" y a una reconciliación entre los pueblos, se asemejaba a una paz entre gobernantes, concertada, esencialmente, con las condiciones del vencedor israelí (una pax sionista, por decirlo así). Vista por poblaciones árabes receptivas al discurso nacionalista desde hacía decenios (hoy explotado por los integristas musulmanes), esta paz tiene todas las posibilidades de ser percibida como una rendición,[52] que remata el aplastamiento norteamericano de Irak.

¿No es esto acaso? ¿Cabe la menor duda sobre la dependencia directa entre la guerra del golfo y el proceso de solución del conflicto árabe-israelí, inaugurado por George Bush en Madrid y sellado por Bill Clinton en Washington? ¿Cómo no ver en los actuales arreglos la puesta en marcha de un "nuevo orden árabe", anunciado tras la estela del "nuevo orden mundial? El ciclo articulado en 1947 por el rechazo árabe a atribuir al "Estado judío" la mitad del territorio palestino, se acaba hoy con el reconocimiento árabe de este mismo Estado, que tiene bajo su control la totalidad de este territorio, sin esperanza de retorno para la mayoría de sus habitantes originarios.

Es lo que Yigal Allon llamaba "la aceptación de la realidad".[53] Cuando la aceptación sobreviene después de cuarenta y cinco años de rechazo de esta misma realidad por su injusticia, se parece a una capitulación. Lúcido hasta el final, Allon sabía perfectamente que esto no equivalía a una "revolución de los corazones". Ésta no se encuentra aún en el lugar de cita, ni mucho menos. Israel y Estados Unidos, sin embargo, habrán logrado desplazar la tensión de la confrontación entre el Estado sionista y sus vecinos árabes al enfrentamiento interno de los países árabes entre estados y movimientos populares de protesta. Sin embargo, hasta que este último no sea definitivamente resuelto hipotecará la "paz de los gobernantes".


Este trabajo fue publicado en la revista Carré Rouge; la traducción del francés corresponde a Pepe Martín.

[1] Maxime Rodinson: "Israël, fait colonial ?", Les Temps modernes, París, 253 bis, 1967, p.68 (artículo reproducido en Rodinson: Peuple juif ou problème juif?, París: Maspero, 1981).

[2] L'État des Juifs, París: La découverte, 1989, p.69.

[3] Ib., pp.103-104: "Para Europa, nosotros formaríamos allí abajo [en Palestina] un dique de contención contra Asia, así como la avanzadilla de la civilización contra la barbarie" (p.47).

[4] Shabtai Teveth: Ben-Gurion : The Burning Ground, 1886-1948, Boston: Houghton Mifflin, 1987, pp.542 y 544.

[5] Cerca del 55 % del territorio de la Palestina bajo mandato británico fue atribuido al "Estado judío", cuando los residentes judíos de este territorio solamente constituían la tercera parte de la población total. Incluso aceptando que el conjunto de los residentes -tanto los inmigrantes recientes como los autóctonos- tuvieran los mismos derechos de soberanía sobre el territorio, el plan de partición era claramente inicuo. De hecho, la ONU hacía suya la tesis sionista del derecho de los judíos de la diáspora a la soberanía en Palestina. "Los autores de esta partición veían esta relación demográfica desde una perspectiva dinámica: la inmigración esperada debería permitir muy rápidamente que se constituyera una mayoría judía." Jean-Paul Chagnollaud: "Palestine: l'enjeu démographique", Revue d'études palestiniennes, 7, París, primavera de 1983, pp.27-29.

[6] Hoy destaca en este debate la obra del historiador israelí Benny Morris: The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949, Cambridge: Universidad de Cambridge, 1987.

[7] O. cit., p.31.

[8] Sobre los chuscos debates en Israel relativos a la definición de la identidad judía, véase Akiva Orr: The UnJewish State : The Politics of Jewish Identity in Israel, Londres: Ithaca, 1981. Con relación a este tema, véase también: Nathan Weinstock: Le Sionisme contre Israël, París: Maspero, 1969, pp.310-319.

[9] Hasta el punto de que la enseñanza de la religión judía será impuesta incluso a los árabes: "Al final de sus estudios, el alumno árabe de un instituto de segunda enseñanza sabe más sobre la historia del pueblo judío que sobre la de los árabes. El Corán se estudia menos que la Torá". (Doris Bensimon y Eglal Errera: Israéliens : Des Juifs et des Arabes, Bruselas: Complexe, 1989, p.443).

[10] Ib., p.103.

[11] Ib., p.80. La frase que subrayamos oculta, y con razón, la especificidad del yídish, cuando la aplastante mayoría de los judíos de Europa central y oriental practicaban esta lengua.

[12] Alain Dieckhoff: L'invention d'une nation: Israël et la modernité politique, París: Gallimard, 1993.

[13] Convergencia que se tradujo, desde Herzl, por medio de la alianza entre las dos corrientes dentro de la organización sionista mundial.

[14] "The Jewish State : Fifty Years After-Where Have Herzl's Politics Led ?", en Gary Smith (ed.): Zionism-The Dream and the Reality: a Jewish Critique, Nueva York: Barnes & Noble, 1974, pp. 67-80 (traducción francesa en Hannah Arendt: Penser l'événement, París: Belin, 1989).

[15] Véase Shabtai Teveth, o. cit., en particular el cap. 26. Los encuentros entre Ben Gurión y Jabotinsky y su acuerdo de 1934 (que abortó la oposición de la izquierda sionista) fueron ocasión de que los dos hombres constataran su "común estado de espíritu" (like-mindedness, Teveth: cap. 29, p.482). Fue la fracción Rafi de Ben Gurión quien impuso, en 1967, la integración del Gahal de Menahem Begin en el gobierno de unión nacional. Sobre la convergencia entre Ben Gurión y Jabotinsky-Begin, véase Mitchell Cohen: Zion & State : Nation, Class and the Shaping of Modern Israel, Nueva York: Basil Blackwell, 1987 (traducción francesa: Du rêve sioniste à la réalité israélienne, París: La Découverte, 1990).

[16] "A Solution through Force ?", en Gary Smith (ed.): o. cit., pp. 109-118.

[17] The Birth of Israel : Myths and Realities, Nueva York: Pantheon, 1987, p.37.

[18] Alusión al caso del entierro de Joseph Steinberg, hijo de padre judío y de madre cristiana, que saltó a las primeras páginas de los periódicos en 1958.

[19] Citado en Gary Smith, ib., p.131.

[20] Conjunto de individuos que forman una unidad política (N. del T.).

[21] En el sentido en que lo describe Élise Marientras en Les mythes fondateurs de la nation américaine [Los mitos fundadores de la nación americana] (Bruselas: Éditions Complexe, 1992). Se sabe, por otra parte, que los mitos fundadores de la nación israelí imitan a estos últimos, hasta el punto de que puede descubrirse una dimensión narcisista en la admiración mutua entre las dos naciones.

[22] O. cit., p.234.

[23] Ib., p.236. Es el autor el que subraya.

[24] Véase Shabtai Theveth: o. cit., caps.34 y 35, así como la página853. Haïm Weizmann compartía el mismo criterio (véase Norman Rose: Chaim Weizmann, a Biography, Nueva York: Viking, 1986, pp.320-330): se trataba, decía él, "de obtener un punto de apoyo sobre el que colocar una palanca […] dejando los problemas de la expansión y de la extensión a futuras generaciones" (p.323).

[25] Al argumento del espacio vital y a las remisiones a la Biblia se añadirá, después de 1949, la motivación por la seguridad, o motivación "estratégica", que será la que predomine para el establishment político-militar israelí, y cuyo argumento clave será la estrechez de la franja de territorio que, entre el Mediterráneo y la ex frontera cisjordana (la "línea verde"), reagrupa a la mayoría de los israelíes.

[26] Saul Friedländer: Réflexions sur l'avenir d'Israël, París: Seuil, 1969, p.146.

[27] Al estar este artículo dedicado a la solución que al final se impuso, no es éste el lugar de describir los diferentes puntos de vista que, en Israel, se enfrentaron en el debate sobre la suerte de los territorios de 1967. Con relación a lo más inmediatamente posterior a 1967, véase Éli Lobel: Les Juifs et la Palestine (publicado junto con Sabri Geries: Les Arabes en Israël), París: Maspero, 1969, pp.36-54; y Peretz Merhav: La Gauche israélienne, París: Anthropos, 1973, caps. 24 y 25. Para el estado más reciente de este mismo debate, véase Louis-Jean Duclos: "La question des frontières orientales d'Israël", en Revue d'Études Palestiniennes, 9, otoño 1983, pp.17-31.

Por añadidura, al tratar el artículo sobre la solución israelo-palestina, hemos desatendido los debates que tienen que ver con los territorios árabes ocupados no palestinos.

[28] Véase Yigal Allon: Israël: la lutte pour l'espoir, París: Stock, 1977. El plan Allon contó con la aprobación de Estados Unidos y, particularmente, de François Mitterrand (véanse los extractos de la obra en hebreo de Yerouham Cohen sobre Le Plan Allon, reproducidos como anexo del libro anterior, pp.243-247). Allon falleció en 1978.

[29] Yigal Allon, o. cit., p.180. Subrayado por el autor.

[30] Ib., p.184.

[31] Para una descripción detallada del plan Allon, véase Jean-Paul Chagnollaud: o. cit., y Alain Dieckhoff: Les Espaces d'Israël, París, FNSP, 1989, pp.28-33. El Likud seccionará, a su vez, el enclave norte (Samaria) en dos partes. Es lo que Alain Dieckhoff llama una "estrategia de segmentación del territorio y de demarcación entre grupos humanos" (p.79).

[32] Véase Peretz Merhav, o. cit. En el debate que causó estragos dentro del partido laborista en 1969, la fracción de Yigal Allon y Ahdout Haavodad, se alió con la fracción de derecha Rafi, dirigida por Moshé Dayán y Simón Peres contra las "palomas" del partido (Abba Eban y Pinhas Sapir, aliados con el Mapam).

[33] O. cit., p.85. Posteriormente, el corrimiento a la derecha de la sociedad israelí, que puso de manifiesto la victoria electoral del Likud, hará parecer a Allon como una "paloma". Simha Flapan, antiguo dirigente del Mapam, no podía ser víctima de esta ilusión óptica. En su obra póstuma, recuerda que "los primeros asentamientos en Cisjordania fueron construidos por instigación de Yigal Allon", y que "también fue Allon quien diera su aprobación a los intentos del rabino integrista Moshé Levinger de establecer una comunidad judía en el corazón del Hebrón árabe" (o. cit., p.239; uno de los colonos de Hebrón fue el autor de la masacre de la Tumba de los Patriarcas-Mezquita de Ibrahim en febrero de 1994).

[34] Alain Dieckhoff ha analizado excelentemente este proceso de anexión parcial, y las estrategias en que se apoya, en su ya citada obra Les Espaces d'Israël. Véase también Michel Foucher: "L'intersection jordanienne", en Maghreb-Machrek, 108, París, abril de 1985.

[35] "La paz no será el resultado de una "revolución de los corazones" de ellos [los árabes], sino el corolario de las relaciones de fuerza y de un realismo político frío. La lucidez y la aceptación de la realidad son los que llevarán a la reconciliación, a la negociación y a la paz." Yigal Allon, o. cit., p.179.

[36] Ib., p.204.

[37] Véase Edward Said: "Comment conjurer le risque d'une perpétuelle soumission à l'État d'Israël", en Le Monde diplomatique, París, noviembre de 1993; Noam Chomsky: "L'accord d'Oslo, vicié au départ", en Courrier international, París, 3 de marzo de 1994; así como el artículo de Meron Benvenisti en el diario israelí Haaretz del 19 de mayo de 1994.

[38] Textos publicados en Maghreb-Machrek, 142, octubre de 1993.

[39] A este propósito véanse los artículos de Sara Roy: "La prospérité ou l'affrontement", y de Mahmoud Abdel-Fadil: "Une coopération économique déséquilibrée en faveur d'Israël", en Le Monde diplomatique, agosto de 1994.

[40] Véase Louis-Jean Duclos: o. cit., p.21.

[41] El anexo 1 (punto 1) estipula, no obstante, que "los palestinos de Jerusalén que viven en esta ciudad tendrán derecho de participar en el proceso electoral" (las elecciones al "consejo" palestino). Es decir, que los habitantes árabes de la vieja ciudad -que rechazaron la ciudadanía israelí- tendrán, de alguna manera, una condición de residentes extranjeros en su propia ciudad, al detentar la ciudadanía de territorios que no habitan. En lo que concierne a los santos lugares, recordemos que Herzl había previsto "una fórmula de extraterritorialidad que compete al derecho internacional" (o. cit., p.47).

[42] Nathan Weinstock, en 1969, comentaba de esta manera este tipo de régimen: "Los proyectos israelíes de constituir una entidad palestina prevén expresamente que la soberanía reducida del Estado árabe no se extenderá a las cuestiones esenciales. Como lo escribe el gobierno de Pretoria a propósito del Transkei: "en lo que concierne a la defensa, los asuntos extranjeros y ciertas cuestiones judiciales, la República tutora del nuevo Estado debe permanecer como responsable por el momento […]". En otras palabras, se trata de crear un protectorado indígena bajo la autoridad de la nación dominante: un bantustán…". O. cit., p.520.

[43] Artículo ya citado; citas sacadas del boletín mensual News from Within, Jerusalén: Alternative Information Center, junio de 1994.

[44] "He comprendido que no era ni política ni moralmente necesario controlar a los árabes de este territorio. Por otra parte, incluso si lo quisiésemos, sólo podríamos hacerlo con la punta de las bayonetas, y eso sólo dura un tiempo, estamos bien situados para saberlo." Yigal Allon, o. cit., p.174.

[45] Véase Alain Dieckhoff: Les espaces d'Israël, o. cit., pp.195-197.

[46] Maxime Rodinson: Israël et le refus arabe: 75 ans d'histoire, París: Seuil, 1968.

[47] La obra de Alain Gresh, OLP, histoire et stratégies: vers l'État palestinien, París: SPAG, 1983, está dedicada a esta evolución programática. Véase también Nadine Picaudou: Le Mouvement national palestinien: genèse et structures, París: L'Harmattan, 1989.

[48] Véase su artículo, publicado en Le Monde del 23 septiembre de 1988: "La OLP deberá, a fin de cuentas, escoger entre dos opciones: el apoyo de Siria… o el diálogo con Jordania. Si tenemos en cuenta las divisiones dentro de la OLP, solamente con este país puede la organización poner a punto una política de negociaciones con Israel".

[49] En inglés en el original: self-government, autonomía o autogobierno (N. del T.).

[50] La fuerza de policía palestina "estará compuesta por oficiales de policía reclutados localmente y en el extranjero (poseedores de pasaportes jordanos y de documentos palestinos expedidos por Egipto). Los palestinos llegados del extranjero que se conviertan en miembros de la fuerza de policía palestina deberán recibir una formación de policía y de oficial de policía". Anexo 2 de la declaración de principios, punto 3c.

[51] "L'autogouvernement palestinien: premiers défis", p.107; en Ghassan Salamé (dir.): Proche-Orient: les exigences de la paix, Bruselas: Complexe, 1994, pp.101-110. Véase también el artículo de Alain Gresh "Israéliens et Palestiniens sur un terrain miné", en Le Monde diplomatique de enero de 1994.

[52] En un artículo de título revelador ("Un accord de reddition" [Un acuerdo de rendición], en Haaretz del 12 de mayo de 1994), Meron Benvenisti afirma: "Se puede reconocer claramente que la victoria israelí fue absoluta y la derrota palestina abyecta"; y añadía: "Es fácil comprender la profunda decepción de estos dirigentes palestinos de los territorios, que han juzgado vergonzoso el acuerdo, hasta el punto de desacreditar a su pueblo en su conjunto".

[53] Véase la nota 42, anteriormente.