Ciclos económicos en la Argentina de los noventa.

Versión para impresoraEnviar a un amigo

Autor(es): Astarita, Rolando

Astarita, Rolando. Docente de la Carrera de Comercio Internacional en la Universidad Nacional de Quilmes, y de la Carrera de Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.


 

En un trabajo publicado en el Suplemento de Página 12 de Universidad de las Madres de Plaza de Mayo –y reproducido en el último número de Debate Marxista–, analizamos las características del modo de acumulación de la Argentina que se instaló a partir de los noventa. Sosteníamos allí que, por sobre las diferencias tácticas, existe una unidad fundamental en la clase dominante acerca de profundizar la orientación económica que se llevó bajo el menemismo. Más en general, afirmamos que esa estrategia enlaza con un modo de acumulación que se ha ido imponiendo a nivel mundial, cuya persistencia se puede advertir en la dirección que tomaron las resoluciones de las diversas crisis en los últimos años.
La crisis mexicana (1995), las asiáticas (1997-1998) o la brasileña (1997-1998) no marcaron un giro hacia una acumulación basada en la redistribución progresiva del ingreso y articulada en torno del Estado-nación. Por el contrario, todas ellas se resolvieron profundizando la forma en que el capital ha estado respondiendo a la caída de rentabilidad desde los setenta: combinación de extracción de plusvalía absoluta (intensificación de los ritmos de trabajo y baja salarial) con plusvalía relativa (aumento de la productividad basada en las tecnologías informáticas y la automatización); exacerbación de los mecanismos de mercado y disciplinamiento del trabajo por medio de la desocupación (en detrimento del control sindical burocrático o vía “Estado de bienestar”); ola de fusiones de grandes empresas internacionalizadas y presión sistemática de los capitales financieros líquidos sobre las políticas económicas, expresando de manera depurada los intereses del capital “en general”. La recuperación económica de la Argentina luego de la caída de 1995 también siguió estas pautas; y hoy la clase dominante intenta salir de la presente recesión profundizando las políticas de los noventa en lo esencial.
Sobre la base de estos elementos, queremos avanzar en la discusión de la dinámica del ciclo económico y en algunas características del capitalismo argentino de los noventa que apuntábamos en aquel trabajo. A este escrito debe otorgársele el carácter de hipótesis de trabajo, que debería ser corroborada a la luz de nuevos datos y estudios.
 
Ciclos y las explicaciones tradicionales
 
En los noventa y hasta el presente la economía argentina ha experimentado dos ciclos de expansión y crisis/recesión. Partiendo del estancamiento de 1990, el primero arranca con un crecimiento del PBI del 8,9% en 1991, continuando con el 8,7% en 1992, 5,7% en 1993 y 8% en 1994. En 1995 el ciclo se corta con un brusco descenso del PBI del 4%. Le sigue una recuperación del 4,8% en 1996, continuando con el 8,6% en 1997. La tendencia se prolonga hasta abril de 1998, en que se advierte una desaceleración del ritmo de crecimiento; el resultado fue una suba anual del 4,2%. En 1999 el PBI cae un 3,2%, y en 2000 lo hizo un 0,5%. Tenemos entonces dos fases alcistas pronunciadas y dos caídas; de la primera recesión se sale rápidamente, pero la segunda se prolonga, cumpliendo al momento de escribir este artículo unos tres años.
A la hora de explicar la mecánica de estos ciclos es conveniente hacer un breve repaso de las principales explicaciones teóricas sobre las crisis, para ver qué conexión pueden tener con lo sucedido en la Argentina. Comenzamos con la tesis marxista de la tendencia decreciente de la ganancia, por ser la teoría más general de la mecáncia contradictoria de la acumulación del capital.
 
a) La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia
 
La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia dice que a medida que avanza la acumulación capitalista aumenta la inversión de capital por obrero, disminuyendo a largo plazo la rentabilidad del capital; dado que la tasa de ganancia es el motor de la inversión, ésta se debilita, generando efectos recesivos, amplios y duraderos, sobre el conjunto de la economía.
Si bien esta ley puede dar cuenta de movimientos estructurales del capital, en principio no nos parece aplicable a la economía argentina. En primer lugar, porque la ley actúa a largo plazo –debido a las tendencias contrarrestantes a la caída de la tasa de ganancia–, de manera que no podría echar luz sobre la mecánica de ciclos cortos, como los que hubo en la Argentina en los noventa. En segundo término, porque la tendencia decreciente de la tasa de ganancia determina la evolución de economías que experimentan una fuerte inversión en capital fijo y están a la cabeza del desarrollo. En los países dependientes, en cambio, la ley se hace sentir a partir de efectos derivados; esto es, cuando sobreviene la crisis y se intensifican las presiones deflacionarias –exacerbación de la competencia oligopólica en el mercado mundial–, las economías menos productivas sufren de lleno el impacto, iniciándose entonces procesos de destrucción de fuerzas productivas y desvalorización de los capitales de larga duración (como los vividos por la economía argentina entre 1975 y 1990). En sí misma la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia no parece apropiada para explicar ciclos cortos, y menos aún en un país dependiente.
 
b) La crisis por la falta de demanda de los sectores populares
 
Una explicación que prevalece en la izquierda –que fue adelantada a comienzos de los noventa por estudiosos cercanos a la escuela de la Regulación– afirma que las crisis argentinas se debieron al escaso consumo de los sectores populares. Se señala a favor de esta explicación los índices terribles de miseria, desocupación, los bajos salarios, la caída en picada del poder adquisitivo de los hogares más pobres.
En términos generales, deberíamos observar en primer lugar que en el modo de producción capitalista la realización del plusvalor jamás puede depender del salario; esto se debe a que los asalariados no tienen posibilidad de adquirir más que la parte del valor agregado que corresponde a sus salarios. En segundo término, y específicamente en lo que atañe al ciclo económico de la Argentina, no se advierte que haya habido una caída de las ventas de los productos de consumo masivo (bienes no durables) previa al inicio de las dos recesiones (ver infra datos). Por supuesto, una vez iniciado el ciclo recesivo, el aumento de la desocupación y la caída de los salarios reactúan profundizando la recesión. Pero incluso no es el consumo de bienes no durables el que más se retrae en estas recesiones.
Como se ha señalado muchas veces[1], la explicación subconsumista de las crisis apunta a una visión de estancamiento a largo plazo de la economía, de manera que es muy difícil explicar la existencia de fases de expansión, a no ser que se acuda a la existencia de factores extra económicos. En este sentido se alude a las guerras, a las expansiones coloniales, etcétera. En el caso de la Argentina, muchos subconsumistas apuntan a la existencia de un “boom” de crédito artificialmente inflado; tesis que examinamos infra. 
 
c) La crisis por debilitamiento de la tasa de ganancia durante el ciclo corto
 
Aunque la ley de la tasa decreciente de ganancia no sea aplicable a los ciclos cortos, parece indudable que las tasas de ganancia juegan un rol importante en los ciclos económicos. En los países desarrollados se comprueba que la tasa de ganancia alcanza su pico máximo poco antes de que lo alcance la economía (se dice que la tasa de ganancia lidera el ciclo); y es a partir de su debilitamiento que bajan las expectativas empresarias, lo que empuja hacia abajo la inversión.[2] Los economistas han brindado varias explicaciones para este comportamiento: se lo ha atribuido a la presión de los salarios (teoría del profit sequeeze), a la presión alcista de los precios de las materias primas (en el propio Marx se puede encontrar esta hipótesis referida a los ciclos), incluso a las necesidades de renovación de los equipos (también en Marx; Mandel retomó esta hipótesis en sus trabajos sobre las ondas largas).
Con respecto a la Argentina, lo primero que debemos constatar es si efectivamente se observa que la tasa de ganancia haya liderado el ciclo[3]. Si bien tenemos que profundizar este estudio, los datos que podemos recoger hasta el momento nos indican que la cuestión es bastante diferente en los dos ciclos. Durante el primero no se advierte que la tasa de ganancia haya liderado el ciclo. Más aún, examinando los resultados de empresas –recogidos en las series de la revista Mercado y en los balances de las empresas que cotizan en la Bolsa de Comercio– se observan tasas de rentabilidad sobre patrimonio y ventas muy desiguales según los sectores, sin que se pueda determinar una relación clara entre debilitamiento de la tasa de rentabilidad e inicio de la recesión. Sectores que concentran inversiones importantes durante el período (como telecomunicaciones) continúan con altas tasas de rentabilidad; mientras que otros –como petroquímica y siderurgia– tienen tasas de rentabilidad muy bajas, y hasta negativas en plena expansión económica del 91 al 94; por otra parte, algunas empresas importantes de estos sectores incluso recuperan rentabilidad precisamente en el año de crisis. Sin embargo, en el segundo ciclo la relación aparece más compleja, producto de la combinación de inversiones más maduras y de las presiones internacionales. En este aspecto, la evolución de la rentabilidad parece haber tenido mayor influencia en la inflexión del crecimiento que se produce en 1998. Se advierte entonces una presión negativa sobre la rentabilidad de los capitales locales, que proviene de la tendencia deflacionaria mundial a partir de la crisis asiática. En particular, en el agro se registra un quiebre bastante pronunciado en la rentabilidad por hectárea desde mediados de 1998 (aunque en 1996 ya se había dado otra inflexión negativa); también hay caídas en los precios del petróleo, minería; fuertes presiones deflacionarias sobre los productos industriales de origen agropecuario y otros productos industriales, como automóvil (a partir de la devaluación del real, principal destino de las exportaciones). Dado el relativo crecimiento de las inversiones de la fase anterior, esta presión deflacionaria y cierre de mercados disminuyó la rentabilidad por unidad de capital invertido (o de ganancia por acción). Así, la caída de la tasa de ganancia, si bien no fue producto directo del aumento de la composición orgánica del capital de las empresas argentinas, inducirá a una recesión importante. De todas maneras, esta caída de la rentabilidad no alcanzaría a explicar totalmente la caída de actividad económica durante el segundo ciclo.
Con respecto a explicaciones tradicionales del debilitamiento de la tasa de ganancia, parece claro que la tesis del profit squeeze por suba de salarios es inaplicable a la economía argentina de los noventa. A diferencia de lo que sucede con el ciclo capitalista clásico, no hubo presión alcista de salarios, sino todo lo contrario. El crecimiento del PBI estuvo acompañado de un aumento persistente de la desocupación –pasa del 6,3% en 1990 al 12,2% en 1994 (tomamos datos de octubre)–, situación que posibilitó una presión permanente contra el salario. Según un estudio del grupo Techint, publicado a mediados de 1995, el costo salarial desde el lanzamiento de la Convertibilidad, corregido por los aumentos de productividad, había descendido un 15%. [4] En la recuperación económica posterior a la crisis de 1995, los salarios siguieron sin recuperarse, con lo cual tampoco este factor puede explicar la caída de la rentabilidad de 1998-1999. En lo que respecta a la presión de los precios de materias primas, por lo que se argumentó antes, ésta no existió, sino todo lo contrario.
 
d) La crisis por especulación financiera
 
Una explicación bastante común de los ciclos capitalistas sostiene que el crecimiento va acompañado de una inflación del crédito barato, con suba de las ventas y ganancias empresarias, induciendo entonces a un “boom” que puede tener mucho de artificial. Esta situación llega a un punto de creciente y peligroso endeudamiento de las empresas con los bancos. La sobrevaloración de los activos –que apuntalaba de manera ficticia el endeudamiento– comienza a cuestionarse, hasta que se llega a un nivel de intensa fiebre especulativa, sobreinversión y acumulación de deudas para financiar la sobreinversión (deudas que se toman caucionadas con los activos sobrevaluados). Sobreviene entonces el crack –que puede ser precipitado también por un shock externo–, arrastrando a la depresión a la economía. Este tipo de teoría sobre el ciclo económico, que tiene su origen en Wicksell, puede articularse con las explicaciones puramente monetarias, que hacen eje en la expansión del crédito destinado al consumo como causante de la expansión, y en su contracción brusca como factor desencadenante de la recesión.[5] 
Si bien en la Argentina los activos empresarios permanecieron relativamente subvaluados y el mercado de valores jamás terminó de “despegar”, algunos han visto en la entrada de capitales externos un factor que habría “inflado” artificialmente la economía, especialmente por el lado del consumo. De manera que las dos recesiones habrían sido estallidos (precipitados por los shocks externos) de burbujas que no tenían sustento en la acumulación productiva ni en el capital local. En síntesis, se sostiene que la entrada de capitales alimentó el ciclo, y que cuando ese flujo se detuvo, sobrevino la caída.
Veremos luego la cuestión de los fundamentos locales de las dos fases expansivas, pero por ahora señalemos que desde el punto de vista de los datos no aparece tan clara la relación entre los flujos de entrada de los capitales y las crisis. Por lo menos es necesario matizar bastante la cuestión y preguntarse si en muchos casos estamos ante causas o efectos concomitantes al estallido de la crisis. Téngase en cuenta que los flujos de inversiones pueden ser inversiones directas, inversiones de cartera (en títulos privados o públicos) y corrientes bancarias a corto plazo (los préstamos bancarios a largo plazo se redujeron, sustituidos por la colocación de títulos por parte del Estado). Comenzando con la inversión directa extranjera, no existe una correlación clara con el estallido de los dos ciclos económicos. En millones de dólares, fue de 2.439 (1991), 4.019 (1992), 3.262 (1993), 2.984 (1994), 4.628 (1995), 4.885 (1996), 6.647 (1997) y 5.800 (1998), datos de FIDE (1999).
Por otra parte, a juzgar por la evolución de la deuda externa pública (que no deja de crecer en las recesiones), las inversiones extranjeras en títulos públicos no parece haberse frenado durante los años recesivos, sino todo lo contrario. En cuanto a las corrientes bancarias de corto plazo, éstas sí experimentaron flujos negativos claros en las dos crisis, aunque no queda claro que hayan sido las disparadoras de la crisis; por lo menos, no de la segunda recesión. Durante el Tequila, los depósitos bajaron, desde fines de 1994 hasta comienzos de mayo de 1995 (piso), más de un 18%; las reservas también bajaron, aunque en menor medida. En la recesión de 1999 no se advirtió una salida de depósitos ni de divisas tan sincronizada con el ciclo. La fuga recién se produjo con fuerza en 2001, desde febrero a mediados de mayo (aparentemente un piso) cuando las reservas caen casi un 20% y también caen los depósitos. En lo que respecta a la entrada global de capitales, en 1999, año de recesión profunda, habrían ingresado 14.500 millones de dólares, y en 2000, año de menor recesión, 8.500 millones de dólares (según el Instituto de Finanzas Internacionales). Por lo tanto la evolución de los flujos de capitales es un elemento a tener en cuenta, pero no debemos absolutizarlo.
 
Las características de la inversión en los dos ciclos
 
Comencemos señalando que los ciclos capitalistas más sólidos son aquellos que están sustentados en inversiones, no sólo en equipos sino también en construcción de estructuras no residenciales –plantas industriales, obras de infraestructura– que son claves para potenciar la capacidad global de una economía. Este tipo de inversiones se deciden sobre la base de horizontes relativamente estables –o que por lo menos así son visualizados por los capitalistas–, en la conformación de los cuales confluyen factores económicos (tasa de rentabilidad, estructura bancaria y financiera) como políticos (entre estos últimos, situación de la lucha de clases, del Estado y otros). Fluctúan menos que las inversiones en equipos, ya que una vez iniciadas es costoso detenerlas; por eso actúan como amortiguadoras de las recesiones cíclicas. Es claro, por otra parte, que las inversiones en inventarios son las que oscilan más fuertemente en las economías capitalistas adelantadas; las inversiones en equipos oscilan menos que éstas, pero más que las destinadas a estructuras básicas no residenciales.[6] A esto hay que agregar la inversión en ciencia, decisiva incluso para la adaptación, incorporación y desarrollo de los avances tecnológicos que se suceden a nivel mundial.
El primer ciclo económico de los noventa en la Argentina no ha seguido estos parámetros. La expansión no tuvo una alimentación endógena originada en una inversión productiva y tecnológica consistente, principalmente en plantas industriales y generación de alta tecnología. Si bien la inversión se recuperó con respecto a la de 1990 –medida en términos del PBI, la inversión bruta pasa del 8% al 24% en 1997– el suministro de equipos y tecnología se satisfizo vía importación. Es significativo que en 1994, después de tres años continuados de crecimiento del PBI y de la inversión, las empresas argentinas productoras de máquinas y herramientas (“bienes de capital”) estuvieran operando con una utilización de la capacidad instalada de apenas el 61%. La contracara de esta situación era el rápido aumento de la importación de equipos, piezas y accesorios; sube el 115% en 1992, y luego se mantiene a niveles altos, lo que provocará una importante constricción externa.
Por otra parte, la debilidad de la inversión en otros rubros fue significativa durante el primer ciclo. En los primeros años posteriores a la Convertibilidad, sectores básicos como petroquímica, celulosa, acero, química, máquinas herramientas, siguieron trabajando con gran capacidad ociosa (en algunos casos superior al 50%). La distorsión que se produjo en el tipo de cambio real –el tipo de cambio nominal quedó anclado por la Convertibilidad, en tanto los precios internos conservaron una inercia alcista durante todo un período[7]– puso más presión a las empresas industriales ligadas a la exportación.
La recuperación alcista iniciada luego de 1995 conoce una mayor inversión en equipos y plantas. Entre el primer semestre de 1996 y el primero de 1997, la inversión crece a una tasa del 24,3%, contra el 5,8% del consumo. Si bien sigue estando destinada fundamentalmente a la renovación de equipos –la capacidad instalada sube sólo el 7,5%–, es indudable que empujó el crecimiento de la productividad general, que amenazaba estancarse luego de los primeros años de fáciles ganancias de comienzos de los noventa. En este segundo período se consolidan inversiones en petroquímica, aumenta significativamente la inversión en gas, petróleo y combustible, en producción eléctrica (desde 1995); se expanden inversiones en minería, forestación; en el agro la venta de tractores y equipos aumenta en 1996 casi un 80%. Continúan inversiones en algunos servicios básicos, como redes cloacales y de agua, parcialmente redes viales. Se produce además una fuerte entrada de capitales extranjeros, destinada en buena medida a la compra de empresas argentinas, pero también a la instalación de algunas plantas nuevas. Las PYMEs que sobreviven a la crisis también avanzan en la tecnificación.
En resumen, en la segunda parte de los noventa la inversión en equipos y plantas fue mayor.
Sin embargo no alcanzó niveles que dieran paso a un ciclo de crecimiento sostenido, ni tampoco permitió ubicar a la economía en una sólida posición de competitividad internacional. La debilidad de inversiones de largo plazo se advierte en la infraestructura. Por ejemplo, se han realizado inversiones relativamente fáciles en ferrocarriles, pero no en ampliación de ramales (por el contrario, la red ferroviaria se redujo drásticamente), renovación completa de equipos. Se han hecho mejoras viales, pero faltan las inversiones de largo aliento, en especial la ampliación de la red vial (sólo la terminación de la que debiera unir el litoral con el Mercosur demandaría varios cientos de millones de dólares). Incluso sectores que han recibido fuertes inversiones, y que aumentaron significativamente su producción, evidencian debilidades de largo plazo. En el agro, si tomamos el trigo, por caso, existió un crecimiento de la productividad en los últimos años de un 30%, aproximadamente; pero se está lejos de los países que invierten intensivamente en investigación y desarrollo de variedades genéticas de alto rinde y nuevos métodos. Por ejemplo, Francia puede producir 38 millones de toneladas de trigo en 5 millones de hectáreas, mientras la Argentina necesita más de 7 millones de hectáreas para producir 20 millones de toneladas. El problema de la aftosa –que afecta de pleno a la industria frigorífica y también a la lechería– es también, en última instancia, el producto de no haber continuado invirtiendo en la prevención y contención del mal.
Tomemos otros rubros que han sido “modelo” en los últimos años: en el sector energético hubo importantes inversiones por unos 5.000 millones de dólares, pero en un plazo mediato –2004 o 2005– podrían aparecer problemas debido a la falta de inversiones en transporte de electricidad y también en su producción. En minería, luego de algunos años de rápida expansión, hay proyectos de inversión estancados por unos 4.000 millones de dólares, debido a la baja mundial de precios y a la inseguridad del capital sobre la perspectiva del sector. En el sector petrolero hubo inversiones por casi 25.000 millones de dólares a lo largo de la década (aunque 15.000 corresponden a la compra de Repsol), y la producción creció, pero en estos momentos se ha llegado a una meseta debido a la madurez de los pozos y a la falta de infraestructura en exploración; de manera que las reservas son hoy de 18 años, cuando los promedios mundiales están en los 25 años.
En lo que hace a la renovación de equipos, si bien de cierta importancia, no logró llevar a la industria a niveles de competitividad internacional. A fines de 1997, según el Centro de Estudios para la Producción, de la Secretaría de Industria, en una escala de frontera tecnológica de cero a cien, la industria argentina estaba en 30 a principios de los noventa, y llegaba a 50. Por otra parte, el Instituto de Desarrollo Industrial de la UIA señalaba que mientras el 90% de las PYMIs que habían sobrevivido a la crisis habían efectuado inversiones productivas entre 1991 y 1996, más del 60% consideraba, en 1997, que aún tenía equipos menos avanzados tecnológicamente que sus competidores internacionales. Sólo en industrias particulares, o en algunos grupos muy concentrados –complejo aceitero, lácteo, producción de caños sin costura, las nuevas instalaciones para producción de fertilizantes, fabricación de golosinas– los niveles de productividad habilitan para sostener la competencia mundial. En términos de la balanza comercial, la economía argentina es deficitaria en máquinas y material eléctrico, material de transporte, productos químicos, materias plásticas, textiles, instrumentos de óptica y fotografía; en cambio, es superavitaria en grasas y aceites, alimentos, petróleo y derivados, gas y electricidad. Tomemos como ejemplo el caso de la industria indumentaria, un sector que agrupa unas 3.000 Pymes. En los últimos años prácticamente no ha habido inversión en equipos o procesos productivos, ni en nuevos productos y desarrollo de diseño. En el marco de una competencia mundial creciente, esta situación es insostenible. En el Brasil, por contrapartida, en los últimos 9 años las inversiones en el sector superaron los 8.000 millones de dólares, y se desarrolló una fuerte integración con el diseño; en países adelantados como Italia, la inversión en tecnología y diseño es aún mayor. Se explica entonces el déficit de la balanza comercial de la Argentina en este rubro.
La debilidad estructural de la acumulación en la Argentina se evidencia también en la inversión en investigación y desarrollo, una cuestión vital, como ya hemos señalado, para sostener un ciclo de sólida acumulación, en el marco de las fuertes presiones competitivas. En la Argentina se destina a la ciencia apenas el 0,4% del PBI; muy lejos del 3% de Japón, del 2,7% de Estados Unidos, del 2,4% de Corea del Sur o incluso del 0,76% del Brasil.
La debilidad de fondo de la economía argentina se evidencia entonces en la escasa participación de sus exportaciones en el total mundial y en la distinta dinámica de crecimiento de las exportaciones y de las importaciones a lo largo de la década. Por un lado, debe señalarse que mientras el PBI de la Argentina representa aproximadamente el 1% del PBI mundial, sus exportaciones a lo largo de la década representan entre el 0,4 y el 0,5% de las exportaciones mundiales; lo que representa un avance con respecto al 0,3% de 1985, pero aún muy lejos de las metas que se había planteado el menemismo y la mayoría de la clase dirigente cuando el lanzamiento de la Convertibilidad. En cuanto a la dinámica de las exportaciones e importaciones, mientras las primeras se multiplican por dos desde 1991 a 1997, las segundas crecen siete veces. Esto se debió a la necesidad de importar productos de mayor tecnología y de alto valor agregado (para satisfacer la demanda durante las expansiones) que los productos que se exportaban.   
 
Incidencia de las exportaciones e importancia del consumo de plusvalía
 
Es claro que el consumo de las masas populares no pudo ser motor del ciclo económico en la Argentina. Debido al aumento de la desocupación y la contención salarial, el consumo de los sectores populares siguió de manera amortiguada el ciclo económico. Aparte de la inversión, cuyo comportamiento ya analizamos, quedan entonces dos salidas para la demanda: la exportadora y el consumo de plusvalía de la burguesía, y de capas de asalariados con salarios relativamente altos, o de aquéllos insertados en rubros en expansión (aumento de horas extra).
Debido al fracaso relativo de la economía en insertarse de manera competitiva en la nueva división internacional del trabajo, las exportaciones no tienen la suficiente entidad (representan apenas el 9% del PBI) como para ser el factor único y determinante en el ciclo. Sin embargo, no puede negarse que tienen efectos expansivos o recesivos por su incidencia en el financiamiento externo, como por las presiones que por su intermedio transmite el mercado mundial. Además, dado que están compuestas en buena medida por productos primarios agrícolas y petróleo, que tienen fuertes variaciones de precios, o están atadas a determinados mercados –como sucede con la exportación de automóviles con destino al Brasil–, se acentúan las posibilidades de que ocurran oscilaciones bruscas.
La otra fuente importante de demanda es la generada en el gasto de plusvalía de la alta burguesía, la mediana burguesía acomodada, incluso sectores de la pequeña burguesía que pudieron ubicarse en “nichos” que abastecen el mercado interno; además, cuadros altos de la clase dominante, funcionarios, profesionales, etcétera. Hay que tener en cuenta que el 10% de la población (lo que representa aproximadamente unos 3,7 millones de personas) concentra casi el 37% del ingreso (datos de 1998), y el 10% que le sigue recibe otro 16%. Es decir, el 20% más rico embolsa el 53%, lo que hace, en términos redondos, unos 150.000 millones de dólares. Estos ingresos no son meros derivados de los flujos externos (como sostiene la tesis de que el crecimiento fue burbuja inflada desde afuera) sino esencialmente producto de la explotación de la clase obrera argentina. Además, a comienzos de los noventa existían abundantes fondos que correspondían a ahorros en dólares, realizados durante el período previo, que refluyeron al mercado interno a partir de la seguridad cambiaria que dio la Convertibilidad. Por otra parte, la franja más rica se amplía hasta llegar a un 35% de los hogares, aproximadamente, durante las fases expansivas del ciclo, con una cierta capacidad de ahorro.
En lo que respecta al gasto de estos ingresos, una parte se destina al consumo de bienes durables. Otra se coloca en bonos –en su mayoría nominados en dólares– que financian el déficit del Estado, generando así un interés concreto de estos sectores en que los gobiernos argentinos cumplan con sus compromisos.[8] Esto genera también un mecanismo de redistribución de plusvalía en el seno de la misma clase dominante, vía pago de la deuda estatal. Otra parte sigue fluyendo hacia las plazas financieras externas (aunque puede refluir bajo la forma de inversiones extranjeras hechas desde esas plazas).
La utilización de la plusvalía en manos de este sector será entonces decisiva para la evolución del primer ciclo económico. Señalemos que mientras el salario obrero es igual, en promedio, a la canasta de bienes que compra (con oscilaciones debidas al ciclo), la razón consumo/plusvalía de la burguesía y los sectores medios puede oscilar de manera muy fuerte, en función de los horizontes de estabilidad financiera, cambiaria y otros parámetros similares. Además, el consumo de bienes durables –en particular automóviles, electrodomésticos línea blanca y electrónica y construcciones residenciales– tiene hoy una importancia bastante mayor que en épocas de Keynes y, por supuesto, mucho mayor que en tiempos de Marx.
Dada la debilidad estructural del ciclo en la Argentina, hay que prestar entonces mucha atención a los factores que determinan las decisiones de consumir, en particular de aquellos rubros cuya salida esté vinculada a las condiciones del crédito y de la estabilidad monetaria.
 
Mecánica del primer ciclo
 
A partir de lo dicho, podemos comenzar a esbozar una explicación del ciclo. Se puede afirmar que el impulso inicial, en la primera expansión de los noventa, está dado por un cambio brusco en las condiciones económicas y sociales. La acumulación de liquideces en divisas por parte la burguesía y de amplios sectores de la mediana y pequeña burguesía acomodada, proporcionó una base de compra inicial para el primer “boom” de consumo (1991-1993). El retroceso de las fuerzas del trabajo, la confianza que generaban las privatizaciones, en el marco de cambios importantes a nivel internacional, permitieron que se activaran consumos que venían largamente postergados. Las inversiones aumentaron en los sectores que tenían ganancias seguras, producto de la forma en que se habían realizado las privatizaciones (cotos cerrados a la competencia, por lo menos por varios años); en el resto, ya lo hemos mencionado, la situación es muy distinta.
Así el inicio del ciclo no obedece sólo al factor entrada de capitales. Esta será importante, pero en cuanto apuntala una dinámica interna. El restablecimiento del crédito, y de un cierto horizonte de estabilidad financiera –por lo menos en el plazo mediato– con la firma del Brady y las privatizaciones, sumada a la ley de Convertibilidad, redujeron la incertidumbre para endeudarse en dólares –esencial para la compra de bienes durables y construcción de residencias– y apuntalaron el consumo. Así, el aumento de la producción de bienes durables es uno de los hechos más relevantes en la primera fase ascendente del ciclo iniciado en 1991. Si la actividad industrial de conjunto aumenta el 12% en 1991 y el 7,3% en 1992, la producción automotriz se triplica entre 1990 y principios de 1993, y la producción de electrodomésticos se duplica. La construcción también crece fuertemente, en especial la destinada a sectores acomodados y sector servicios. Como dato mencionemos que los permisos de construcción en Capital suben el 65% en 1991 y el 10% en 1992; se invierte en el reciclaje de zonas urbanas y suburbanas para los sectores de altos ingresos (countries en el Gran Buenos Aires, zona portuaria de Buenos Aires), en sanatorios y colegios privados, en hoteles y servicios varios; se expanden también los servicios de telefonía celular e informática, consumo de electrónica y diversos bienes para los sectores que gozan de alta rentabilidad. En términos generales, entre 1990 y 1994 la producción de bienes de consumo durables creció casi el 300%, contra el 37% que lo hizo la producción de bienes de consumo no durables. Se dinamizan también las producciones ligadas a servicios, aumentando el mercado interno para estos sectores, con pronunciados crecimientos de la productividad. También acceden a algunos de estos rubros sectores medios; e incluso asalariados (caso teléfonos, cuya expansión no se limita en absoluto a los sectores altos).
Pero la debilidad de la acumulación durante este primer ciclo se manifiesta de manera palpable en primer lugar en el déficit de cuenta corriente, que incluye una balanza comercial fuertemente negativa. La cuenta corriente es deficitaria en 1991 por 2.803 millones y en 1992 por 8.547 millones. La deuda externa comienza nuevamente a subir de manera acentuada desde mediados de 1992: en 1993 llegaba a los 72.200 millones, y en 1995 alcanzaba los 98.547 millones.
Si bien el déficit es financiado por entradas de capitales y endeudamiento, tarde o temprano se pondría en evidencia la necesidad de proveerse de reservas genuinas, esto es, provenientes de las exportaciones. No es de extrañar que la crisis mexicana golpeara con particular fuerza en la economía argentina, y que repercutiera casi inmediatamente en el consumo interno de bienes durables, debido al rápido desplazamiento de los sectores pudientes hacia la liquidez; y ésta, preferentemente en dólares. Este fenómeno se advierte en los índices de 1995. Ese año la producción de automóviles baja el 30%, la de heladeras el 15%, lavarropas el 33%, y cemento el 13,5%. La debilidad del sistema bancario (gran proporción de sus pasivos constituidos por depósitos a la vista) agravó la desconfianza y ahondó la crisis financiera, con repercusiones inmediatas sobre la demanda y la producción.
La recesión que siguió a la crisis del Tequila tuvo sin embargo dos paliativos importantes: por una parte, el sector externo fue favorable, en particular porque el Brasil absorbió exportaciones argentinas. Esto explica que siderurgia, procesamiento de petróleo, industria aceitera, tuvieran las exportaciones como salida; a su vez, iniciaban una suba los precios internacionales de los granos, lo que aliviaría coyunturalmente la situación del agro (comenzaría a revertirse de nuevo hacia la baja a mediados del año siguiente). En segundo lugar, durante la recesión continuó una corriente de inversiones directas extranjeras, que estaban en marcha desde antes del estallido, y que fue preámbulo de las inversiones de los tres años siguientes. De todas maneras, la economía argentina estuvo al borde de sufrir un desbarranque mucho más profundo, que amenazó de pleno al sistema bancario. Debe tenerse en cuenta que debido al régimen de Convertibilidad, el Estado no puede actuar como prestamista de último recurso para frenar una corrida. La crisis dejó como saldo la desaparición de unos 50 bancos en 1995.
 
La segunda recesión
 
La mejora del balance de cuenta corriente (durante la recesión se contrajeron fuertemente las importaciones), unida a la corriente de inversiones directas, permitió regenerar la confianza hacia fines del año, iniciándose el ciclo alcista de 1996. Esta expansión, a diferencia de la primera de los noventa, se corta bastante después del inicio de la crisis financiera internacional (caída del bath de Tailandia, en julio de 1997). El fortalecimiento del sector bancario argentino que se había producido luego del Tequila (altos encajes, fondo de intervención para caso de corrida) permitió sortear los primeros embates; posiblemente haya influido también la mayor consistencia de las inversiones que se habían producido en la fase previa.
Las presiones recesivas no vendrían entonces de manera tan directa vía crisis financiera/caída del consumo de bienes durables/caída de la inversión. Si bien esta secuencia tendrá importancia a medida que se profundiza la recesión, la reversión del ciclo comienza a partir de las tensiones deflacionarias mundiales, a las que nos referimos antes, dando lugar a una baja de la rentabilidad de los capitales. La pendiente hacia la recesión no es tan violenta como en 1995, pero una vez instalada será más consistente.
La reversión de las condiciones externas de 1997, que se agravan con la devaluación del real (iniciada en enero de 1998) y la posterior crisis rusa (agosto), tuvieron efectos recesivos importantes en el mercado interno. Desde la crisis asiática, los países de la OCDE aumentaron en casi un 10% lo subsidios agrícolas (en 1999 los subsidios llegaron a 362.000 millones de dólares), potenciando así la sobreoferta en un mercado de precios hundidos. A esto deben sumarse las barreras arancelarias y otras medidas proteccionistas de otros países con respecto a productos de exportación de la Argentina, como son aceite y harinas. De conjunto, todo esto redundó en una fuerte presión deflacionista y contractiva; a lo que se sumó la retracción brasileña, que absorbía una parte importante de productos de origen industrial. Es así que a partir de abril de 1998 el crecimiento económico se desacelera rápidamente. De enero de 1998 a octubre de 1999 la producción de automóviles cae casi el 42%; aunque debe señalarse que la venta en el mercado interno recién se contrae fuertemente en 1999. La construcción cae más lentamente, pero también de manera significativa: en el cuarto trimestre de 1998 ya no crecía en comparación a 1997, en el primero de 1999 caía un 4,5% con respecto al primero de 1998, y desde entonces continuó su ritmo descendente. Estas caídas son acompañadas rápidamente por la caída de la inversión en máquinas y equipos. Todavía en el segundo trimestre de 1998 esta inversión crecía casi un 13% con relación a 1997, pero en el tercero bajaba un 2,5% y en el cuarto más del 10%. Si bien el consumo de bienes no durables en los inicios de la crisis experimentó una caída moderada, con la prolongación de la crisis también se agudizó. Tomando datos del consumo de Capital Federal y Gran Buenos Aires (variación abril vs. abril), el consumo de alimentos perecederos subió 8,4% entre 1997 y 1998, bajó 9,8% entre 1998 y 1999, y un 12,9% entre 1999 y 2000. Alimentos básicos, lácteos, bebidas sin alcohol, cosmética y tocador, limpieza del hogar, experimentan descensos entre el 7 y 3%, aproximadamente, en el año de inicio de la recesión. A lo largo de la crisis, las presiones deflacionarias agudizaron el ataque del capital sobre los salarios; junto al aumento del desempleo, esto dio como resultado una mayor depresión del mercado de consumo masivo.
La menor incidencia directa de la crisis financiera internacional se evidenció en la relativa estabilidad de los depósitos y de las reservas durante los primeros meses de la recesión; pero la liquidez existente no se volcó al consumo ni al financiamiento de inversiones. En parte fue absorbida por la compra de títulos de deuda pública, en parte permaneció colocada en plazos fijos, altamente rentables –en comparación internacional– dada la depresión de precios, y en parte se colocó en el exterior.
Sin embargo, la prolongada recesión comenzó a agravar luego la situación fiscal interna, lo que repercutió en las tasas de interés y en el financiamiento de los stocks y del giro del capital, así como en las perspectivas del consumo de bienes durables e inversiones residenciales, que siguió en descenso, afectada no sólo por la desconfianza en las perspectivas generales de la economía, sino ahora también por la caída en la capacidad de ahorro de amplios sectores de las capas medias, profesionales, funcionarios, etcétera.
 Por otra parte, a lo largo de la recesión no mejoró de manera significativa la situación de la cuenta corriente, como había sucedido durante la recesión de 1995. De esta manera se combinaron todos los factores para que la economía ingresara en un círculo en el que los factores negativos se alimentan mutuamente, comenzando a sobrevolar el peligro de default. Esto explica que desde fines de 2000, y más agudamente en los primeros meses de 2001, comenzara a registrarse una fuerte salida de los depósitos en pesos y caída de las reservas (éstas bajaron 7.000 millones desde su pico luego del blindaje al piso en mayo). Esto a su vez aumentó la retracción del consumo de los sectores que disponen de plusvalía, y la caída de la inversión. Según el estudio mensual que hace la Fundación Mercado, los planes de compra de bienes de consumo durable en abril del 2001 alcanzaba apenas el 5,6% de los hogares encuestados, contra el 11% en 1999; el número de hogares con capacidad de ahorro había bajado del 30% del total en abril de 1999 a apenas el 10,6% en 1999.
Las decisiones de inversión no pueden a su vez abstraerse de estas pespectivas. La discusión sobre si la actual crisis se debe a un problema de oferta o de demanda, es en parte abstracta. Existe un problema por el lado de la demanda, en la medida en que se mantienen liquideces que no se vuelcan al mercado de consumo ni de inversión; pero también existe un grave problema por el lado de la oferta, dado el atraso relativo de la productividad de la economía. Por ahora, el capital busca recuperar posiciones profundizando en la flexibilización laboral y la baja nominal de salarios. El megacanje de los títulos de la deuda intenta ganar tiempo y bajar los niveles de desconfianza en la coyuntura, apostando al inicio de un nuevo ciclo alcista; éste debería de lograrse a partir de una postergación del horizonte de default, reactivando el consumo de los sectores pudientes y la inversión en los rubros más castigados por la recesión. No se puede descartar que después de tres años de recesión, en los próximos meses se inicie una cierta recuperación. De todas maneras, el megacanje no soluciona los problemas estructurales a los que hicimos referencia antes. Incluso desde el punto de vista financiero, soluciona un problema inmediato de liquidez del sector público, pero no el gravísimo problema de solvencia. De hecho, para lograr una extensión promedio de 3 años de los plazos de pago (2001 está financiado y en 2002 el gobierno necesitaría financiar unos 6.000 millones) se comprometen pagos con tasas de un promedio anual del 15%. Una hipoteca demasiado pesada, que tendrá repercusiones nuevamente en un futuro relativamente cercano.  
 
Algunas conclusiones
 
Como dijimos antes, lo que presentamos aquí debe ser tomado más como una hipótesis para futuras investigaciones que una tesis acabada. Pensamos que este enfoque lograría explicar algunas de las cuestiones que estuvieron en la discusión en los últimos meses. En particular, los fuertes efectos recesivos que tuvieron algunos impuestos al consumo, así como la importancia que ha adquirido a los ojos de buena parte de la población de altos ingresos la evolución de los indicadores económicos y principalmente financieros. Al respecto, habría que decir que el índice “riesgo país” no es un mero “invento de los mercados para dominarnos”, como lo ha interpretado buena parte del progresismo argentino, sino la reflexión de las constricciones financieras que existen sobre el gasto de la plusvalía. Los horizontes de la estabilidad cambiaria, la evolución futura de la tasa de interés, son cuestiones de candente importancia a la hora de decidir sobre el consumo o sobre las inversiones que van a los circuitos productivos que proveen los bienes para ese consumo.
En este punto, habría que decir que la polémica que se ha dado entre los “keynesianos” y los “neoliberales ortodoxos” sobre si primero reactivar con ayuda fiscal para luego bajar el endeudamiento, o si primero bajar el endeudamiento para luego reactivar, no tiene salida clara ni definitiva. Dada la debilidad de fondo de la acumulación de los noventa, y el mar de deudas en que se mueve la economía argentina luego de tres años de recesión, no es posible reactivar en tanto exista una profunda desconfianza en el futuro del peso y del sistema financiero; por otra parte, en la medida en que se repiten los “ajustes” fiscales, se profundizan las presiones contractivas sobre el consumo que puede posponerse, agravando el peligro de default. Así, el peso de la deuda externa, unido a la falla de los mecanismos recaudatorios –se calcula una evasión fiscal en el orden de los 20.000 millones de dólares– genera un peligro de bancarrota que se agudizará en las contracciones, profundizando al extremo las tendencias recesivas en caso de no encontrarse una salida rápida a la crisis.
La salida que está intentanto ahora el capital consiste en una mezcla de incentivos fiscales para algunas industrias, que podrían actuar como punta de lanza de una recuperación –automóvil, sectores del metal, textil– al tiempo que continúa el ajuste fiscal vía reducción de salarios y despidos, y se profundiza la ofensiva general del capital sobre el trabajo –caída de los salarios nominales bajo chantaje de cierre de empresas, mayor flexibilización–. La renegociación de los plazos del pago de la deuda busca cierto oxígeno, que permita restablecer mínimamente las condiciones para el crédito y la reactivación del consumo y la inversión. De todas maneras, en una perspectiva de mayor plazo, la estrategia pasa por intentar una inserción de la economía argentina en la nueva división internacional del trabajo vía una mayor precarización del trabajo. De esta manera, el ciclo económico pasaría a estar mucho más vinculado a las oscilaciones de la demanda mundial, como sucede en Chile o en los países “modelo” de Asia.


[1] Ver Michel Bleaney, Teorías de las crisis, México, Nuestro Tiempo, 1977, cap. 1; también Howard Sherman The Business Cycle, Princeton Univ. Press. 1991, cap. 9.
[2] Sherman, op, cit. pág. 121.
[3] Subrayemos que estamos hablando de la caída de la rentabilidad en cuanto líder del ciclo; una vez iniciada la recesión la rentabilidad capitalista se hunde rápidamente, producto de la caída de los mercados y la suba de los costos fijos por unidad de producto.
 
[4] “Evolución reciente y situación actual de la industria argentina” Boletín Informativo Techint N° 287, julio-septiembre 1995.
[5] Hawtrey fue un exponente típico de esta posición. Para una exposición sucinta de estas explicaciones sobre el ciclo, ver el clásico libro de Gottfried Harberler Prosperidad y depresión, México, FCE, 1942, caps. 2 y 3.
[6] Esto es lo que se observa –Sherman, op.cit.– en los siete ciclos económicos que atraviesa la economía de los Estados Unidos desde 1949 a 1982; a su vez se advierte que la inversión de conjunto es el rubro que sube más fuertemente durante las expansiones, y el que se contrae también de manera más acentuada cuando comienzan las recesiones.
[7] Más específicamente, de abril de 1991 a julio de 1993 los precios al consumidor subieron el 50%, mientras que los precios mayoristas lo hicieron el 8,2%. Los precios industriales con relación a los precios de los servicios contenidos en el índice de precios al consumidor descendieron en el mismo lapso un 12,5% (datos Cepal).
[8] Según datos difundidos con ocasión del reciente canje de deuda, el 58% de los tenedores de títulos a canjear eran inversores locales. Además, el 29% de los títulos estaban en manos de AFJP, el 9% en manos de compañías de seguros, el 36% en manos de bancos y el 26% en manos de particulares.