El menemismo: el contexto internacional de la decada del 90.

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Autor(es): Petras, James

Petras, James. Sociólogo e intelectual norteamericano. Docente e investigador del departamento de Sociología de la Universidad del Estado de New York (Bighamton). Fue miembro del Tribunal Russel contra la represión en América Latina. Es autor de numerosas publicaciones editadas en castellano.


 

La década de los 90 fue el período más espectacular en todo el siglo XX en lo relacionado a la transferencia de riqueza de América Latina a los Estados Unidos y Europa. Fueron los años durante los cuales una importante cantidad de presidentes surgidos de elecciones sufrieron distintas suertes: algunos fueron juzgados y condenados por fraude y enriquecimiento ilícito (Collor de Mello en el Brasil, Pérez en Venezuela y Bucaram en el Ecuador); otros fueron públicamente identificados con asesinatos y narcotráfico (Salinas en Méjico), drogas y contrabando (Jaime Paz en Bolivia), y venta fraudulenta de empresas públicas (Cardoso en el Brasil). La presidencia de Menem tuvo la particularidad de combinar todos los vicios de sus colegas presidentes, con una diferencia: mantuvo el apoyo de Wall Street, la Comunidad Económica Europea y las más importancias instituciones financieras (FMI, Banco Mundial, BID).
Menem es parte de la corte de presidentes latinoamericanos responsable de haber vendido a precio vil los recursos públicos más lucrativos en la historia de la región. De esta manera, el menemismo es parte de un fenómeno más genérico, el “peonismo (servilismo) político”: la utilización de la presidencia al servicio de las demandas y el espíritu adquisitivo de las corporaciones multinacionales. Comprender al menemismo es enfocarlo como un fenómeno relacionado con un patrón general de comportamiento en América Latina. Los presidentes de Méjico, Brasil, Chile, Venezuela, Ecuador, etc. sirvieron de instrumentos para hacer que la década del 90 haya sido la más lucrativa para los bancos y multinacionales de los Estados Unidos y Europa: cerca de un trillón de dólares en ganancias, pagos de intereses de la deuda, excedentes comerciales y pagos en concepto de regalías, sumados a la venta de la mayor parte de los activos de las empresas más valiosas, y la transferencia del control del grueso de los mercados internos. El peonismo político presidencial ha enriquecido a las clases capitalistas de los Estados Unidos, Europa y el Japón hasta un grado sin precedentes, al tiempo que redujo de forma sistemática el estándar de vida de las tres cuartas partes de la población.
            La política de Menem al servicio de las multinacionales fue representativa de todo el período en la región, ya que éste, al igual que Fujimori y Cardoso, pudo obtener durante una década un poderoso apoyo externo a su personal mando autoritario. Dentro de este subgrupo de presidentes autoritarios, el dominio de Menem se basó en una mezcla de intimidación política a través de agencias de inteligencia policial, control del Estado a través del partido peronista y utilización del paternalismo estatal para controlar la pobreza urbana. Menem, como Cardoso en el Brasil y Salinas en Méjico, representa una ruptura radical con las instituciones “nacionalistas y populares” de su país: el completo desmantelamiento de los programas de bienestar social y la venta de empresas públicas. La personal idiosincrasia de Menem, su extravagante pillaje del tesoro público para sacar fondos para sus placeres personales, los nexos de su familia con el tráfico de drogas y el contrabando, y su imagen estrafalaria de playboy, no nos debería distraer de su más consecuente conducta en lo atinente a la transformación de la Argentina en una sociedad altamente polarizada y totalmente dependiente del capital financiero de los Estados Unidos. Menem, como sus pares en América Latina, fue responsable de la más impresionante era de depredación extranjera y ganancias hechas por inversores extranjeros en el siglo pasado; igualmente importante es el hecho de que fortaleció una corte poderosa de inversores argentinos, financistas y especuladores que establecieron los parámetros económico-políticos que todo futuro político capitalista se verá obligado a seguir. Su legado, es decir, la economía altamente dependiente y vulnerable, significa que cualquier desvío en política podría provocar un colapso del edificio financiero y la huida del capital especulativo. El menemismo hizo que cualquier reforma capitalista resulte inviable: este legado ha polarizado las opciones económicas entre el capitalismo neoliberal o el socialismo.
Si, como creemos, al “menemismo” se lo encuentra en la mayoría de los países latinoamericanos, la explicación no puede atribuirse a la idiosincrasia del presidente argentino, sino a una serie de factores generales que afectan a América Latina en su conjunto. El surgimiento del “menemismo continental” se explica por dos factores, uno externo y otro interno: el primero se relaciona con el resurgimiento del imperialismo de los Estados Unidos y Europa, después del retroceso temporal durante los años 70. Este retroceso se da a partir de su derrota en Indochina, el resurgimiento del radicalismo islámico en Irán, los movimientos de liberación nacional en el sur de África y el breve florecimiento de regímenes populares en el cono sur de América Latina. De cualquier manera, a finales de los ‘70 el imperialismo norteamericano y europeo lanzó una exitosa contraofensiva, que logró aislar los procesos revolucionarios de Indochina e Irán, acabar con los regímenes progresistas de América Latina y destruir la promesa de liberación en Angola, Mozambique, etc. Esta contraofensiva culminó en la restauración del capitalismo en la Unión Soviética, el este de Europa y China. Con el capitalismo en ascenso y el socialismo en retirada, el imperialismo norteamericano “radicalizó” su agenda política: se implementó una política coordinada para destruir los Estados capitalistas nacionales a través del uso combinado de instituciones financieras internacionales, dictaduras militares complacientes e intervenciones estatales imperialistas. De esta forma, uno de los factores clave que influenciaron en la aparición del “menemismo continental” es el resurgimiento de un imperialismo “radicalizado, sin el impedimento de una izquierda en retirada política y, en algunos casos, militarmente derrotada.
El segundo factor, interno, que influenció en el surgimiento del “menemismo continental” es la aparición en América Latina de una nueva clase capitalista transnacional (NCCT), que no mira más al mercado interno como su principal fuente de ganancias, ni tampoco busca protección del Estado: está ligada al capital exterior a través de joint ventures, invierte la mayor parte de su capital en el exterior y obtiene principalmente sus préstamos de bancos extranjeros. En pocas palabras, la NCCT opera en los mismos circuitos financieros del capital extranjero, moviendo sus fondos dentro y fuera de América Latina al igual que los especuladores extranjeros. Esta nueva clase capitalista transnacional de América Latina comparte los mismos intereses económicos y perspectivas políticas que el capital extranjero, con la única y principal diferencia que está enraizada en la estructura político-económica del subcontinente, es decir, tiene un pie en éste y otro en los Estados Unidos o Europa. Ocupando posiciones estratégicas en las finanzas, la industria y el comercio, la NCCT no es simplemente el “comprador” capitalista del pasado, ya que está en condiciones de influenciar los flujos de inversión y comercio dentro del subcontinente y, de esa manera, en posición como para precipitar una “crisis”–hiperinflación, salida de capitales, etc.–, para minar cualquier régimen capitalista que pretenda imponer el viejo modelo nacional-populista.
El “menemismo continental” es la expresión de la ascendente NCCT en América Latina y de la disolución de la vieja “burguesía nacional”. La ruptura de Menem, Cardoso y Salinas con el anterior modelo nacional-popular y su adaptación al modelo neoliberal corresponde al ascenso de la clase capitalista transnacional latinoamericana como nueva referencia sociopolítica, determinante de cualquier desarrollo capitalista.
En síntesis, la aparición del “menemismo continental” en década pasada, coincide con la transformación interna de la clase capitalista y la radicalización del resurgido imperialismo euro-norteamericano. La “coincidencia de intereses” entre estos dos fenómenos refuerza el ascenso del menemismo continental.
El argumento de que no hay alternativa al neoliberalismo se basa en el hecho de que no existe un poder capitalista viable capaz de sostener un modelo de desarrollo alternativo con el ascenso de la NCCT. Su corolario es que el resurgimiento del imperialismo internacional ha eliminado la alternativa socialista en dicho ámbito. En este caso, se identifica al “socialismo” con los regímenes de la ex Unión Soviética. El ascenso de la NCCT en América Latina es consonante con los intereses del capital multinacional y sirve de orientación a cualquier político capitalista que sea elegido para gobernar. La convergencia de estas fuerzas internas y externas explica por qué líderes políticos de distintos orígenes o adscripciones partidarias –ya sean socialcristianos, socialdemócratas, nacional-populares, etc.–, terminaron convergiendo en su totalidad en el neoliberalismo.
En el contexto de la Argentina posdictatorial, el régimen de Alfonsín fue una muestra palpable de las demandas de poder de la nueva configuración capitalista: allí se juntaron la falta de habilidad de expresidente argentino para acelerar las propuestas neoliberales, su breve flirteo vía Grinspun con una moderada dosis de políticas reformistas y su debilidad para acabar con la dirigencia sindical propulsora de huelgas que ocasionaban perjuicios económicos –la huida de capitales, las crisis y la “falta de confianza”. El eje de la “estabilización” de Menem apuntó a un objetivo político –romper la resistencia popular, con vistas a cumplir con todas las propuestas de la NCCT y las del capital imperialista: privatización, recorte social drástico, flexibilidad laboral, etc. El nombramiento de un gabinete ultraliberal, una vez alcanzada la primera victoria electoral menemista, fue la señal de que la NCCT era el único punto de referencia para su política económica.
Situaciones políticas similares a las Menem se dieron en el Perú con Fujimori y en el Brasil con Cardoso. El capital precipitó una crisis contra los débiles regímenes “nacionalistas” de Alan García en el Perú y de Itamar Franco, en el Brasil. Consiguientemente, los nuevos presidentes electos, que habían desarrollado su campaña en base a programas populistas, procedieron a implementar programas de estabilización orientados a crear el clima para la privatización drástica.
Menem fue el líder de la segunda ola de neoliberalismo: estableció la conexión explícita con el capital extranjero e introdujo las nuevas políticas autoritarias a fin de asegurar la implementación de sus políticas. En primer lugar, eludió al Congreso, privatizando por decreto; en segundo lugar, intervino en el ámbito judicial para asegurarse jueces complacientes; en tercero, impulsó la reforma constitucional para asegurar su reelección. Este patrón de ejercicio autoritario del poder fue seguido subsecuentemente en el Perú y el Brasil. De esta manera, al tiempo que las fuerzas imperialistas externas y la NCCT interna intervenían para darle forma a los parámetros de acción política de la segunda ola de neoliberalismo menemista, el régimen político de Menem conformaba una configuración institucional político-económica que permitía la implementación de las políticas neoliberales sin ninguna oposición popular o democrática. El neoliberalismo ha avanzado en dos olas en América Latina: la primera, llevada a cabo por Pinochet en Chile y más tarde retomada por Martínez de Hoz en la Argentina, estableció las bases para el surgimiento y la hegemonía de la NCCT latinoamericana, en alianza con las corporaciones multinacionales de los Estados Unidos y Europa. Esta primera ola creó una “cabeza de playa” o un nuevo punto de referencia en las postrimerías de los ‘70 para la ofensiva imperialista, que coincidió con el resurgimiento de los políticos electoralistas tradicionales.
El menemismo representa el arquetipo de la segunda ola de neoliberalismo: totalmente servil con los poderes de arriba –corporaciones multinacionales y NCCT–, y represivo frente a las fuerzas populares de abajo, un ejemplo de la clásica personalidad autoritaria analizada por Theodore Adorno. Menem fue pionero del peonismo presidencial en el supuesto de que su servilismo incondicional al imperialismo le aseguraría una posición “privilegiada”, como socio menor, en el imperio en expansión. La competencia entre los “peones presidentes” de América Latina en otorgar concesiones y “negocios especiales” socavó toda posibilidad de una política latinoamericana conjunta en la renegociación de la deuda externa, en la regulación del flujo especulativo de capitales, etc.
En este contexto, la constitución del Mercosur debería ser vista, no como una estrategia regional, sino como un marco institucional a través del cual las multinacionales extranjeras, ahora propietarias, podrán expandir sus mercados, reducir pagos de tarifas aduaneras e integrar procesos productivos más allá de las fronteras nacionales. Lejos de ser una alternativa “latinoamericana” a la dominación imperialista, el Mercosur es una herramienta importante para profundizar la expansión euro-norteamericana dentro de la región. El Mercosur se hizo posible a causa de la diseminación del menemismo desde la Argentina al Brasil, el Uruguay y el Paraguay. La convergencia de las políticas neoliberales entre Menem y Cardoso estableció las bases para una nueva ola de expansión entre las fronteras por parte de las industrias automotrices norteamericanas y europeas y el control extranjero de las empresas manufactureras en el Brasil y agropecuarias en la Argentina (de las que Soros es sólo un ejemplo).
En una retrospectiva histórica, el nuevo y más radical programa de privatización iniciado por Menem, como líder de la segunda ola de neoliberalismo, desempeñó la función de profundizar y extender la explotación y adquisición de riqueza por parte de los Estados Unidos y Europa. Lo que también es claro, de todos modos, es que el imperialismo euro-norteamericano no ha retribuido a sus sátrapas locales con ninguna prebenda económica. El servilismo de Menem garantizó, como máximo, la tolerancia política euro-norteamericana y el apoyo a su régimen hasta el momento en que su corrupción flagrante y su rufianería política se transformaaron en un estorbo... entonces, buscaron un sustituto que continuara sus políticas económicas sin los “excesos” de aquél: de esta forma se explica el apoyo a De la Rúa.
La internacionalización del menemismo, ya sea bajo la forma de peonismo presidencial o de electoralismo autoritario, ha provocado una serie de confrontaciones sociales importantes en varios países de América Latina, donde las fuerzas de la izquierda nacionalista son más fuertes que en la Argentina. Los regímenes políticos en Venezuela, el Brasil y el Ecuador, que intentaron seguir el modelo de Menem han sido derribados, derrotados o enfrentados severamente. Este modelo funciona mejor allí donde las masas puedan ser controladas por un partido de gobierno, donde la izquierda esté fragmentada y los movimientos sociales sean de alcance local, y donde la oposición esté ampliamente ligada a los mismos intereses euro-norteamericanos y de la NCCT.
En Venezuela, el menemismo bajo la forma de los regímenes de Pérez y de Caldera, colapsó y fue reemplazado por un régimen bastante parecido al nacional-populista, como el de Chávez. En el Ecuador el régimen de Bucaram fue desplazado del poder por medio de huelgas generales prolongadas que paralizaron el país. En el Brasil, el régimen de Cardoso está aislado y desacreditado ya que encuentra una resistencia nacional diseminada ampliamente a partir del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), los sindicatos (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT).
Sólo en el Perú, donde Fujimori se enfrenta a una izquierda débil y fragmentada y donde maneja un aparato estatal clientelista fuertemente represivo, encontramos un menemismo con una fuerza formidable.
Mientras el rasgo general del menemismo crea una profunda contradicción al nivel de las relaciones nacionales y de clase, las expresiones políticas de estas contradicciones se manifiestan de acuerdo a la estructura interna de las fuerzas sociales nacionales y populares. Los resultados políticos y sociales desiguales y diferenciados de la creciente polarización socioeconómica apunta a la centralidad de las políticas internas de clase y la lucha de clases como los determinantes principales que conforman una perspectiva de largo alcance en el desarrollo progresivo de alternativas al menemismo en América Latina.
 
Neoliberalismo y cleptocracia
 
            En la Argentina se generalizó el rechazo a la endémica corrupción del régimen menemista. Es necesario analizar la corrupción general que acompaña a los procesos de privatización en América Latina, y particularmente cómo la nueva configuración de poder, basada en el predominio del capital extranjero y la dominación imperial, induce a la corrupción. Una de las principales fuentes de corrupción es el proceso de privatización: cuánto más amplio y generalizado es el proceso de privatización, es más factible que se implemente mediante decretos ejecutivos, menos probable que se sujeten a un control contable público, y hay más oportunidades de que la elite política se involucre en prácticas corruptas. Hay varias formas a través de las que el proceso de privatización se presta, en sí mismo, a la corrupción. Primero, en el avalúo de la empresa pública: se asegura un bajo precio de venta y el favoritismo a un comprador mediante coimas a autoridades gubernamentales del entorno presidencial. La transferencia de propiedades públicas a manos privadas frecuentemente involucra el pago de sumas de dinero a miembros de la familia y “amigos” del presidente. Estos pagos pueden aparecer bajo la forma de “comisiones” a consultores u otros mecanismos. La falta de transparencia es resultado del estilo autoritario de toma de decisiones propio de la elite y de la naturaleza antipopular del proceso de privatización. De esta forma, los altos niveles de corrupción en el régimen de Menem son en gran parte una función de su papel de presidente peón del imperialismo euro-norteamericano, que incluye la privatización masiva y su consecuente corrupción.
            La corrupción masiva y endémica también es el resultado de la concentración de la propiedad. La ruta tradicional hacia la movilidad social para la clase media se daba, por ejemplo, a través de la apertura de un negocio, el incremento de la producción y las ventas, que le permitía acumular riqueza en forma gradual. Con la privatización y la concentración de la propiedad de la tierra, las finanzas y la industria, el “costo de ingreso” para involucrarse en negocios exceden de lejos la capacidad económica de cualquier persona de clase media en América Latina. Imposibilitados de ascender socialmente a través de la competencia en el mercado, los individuos de clase media con ambición de ascenso social, ingresan a la política y transforman su cargo político en un mecanismo para servir al capital extranjero a cambio de comisiones económicas (coimas, acciones bursátiles, etc.). Ya que los canales de ascenso social están cerrados, el cargo político se transforma en la única arena donde la clase media puede competir, obtener una oficina y subir la escalera económica a través de mecanismos ilegales.
            El presidente Menem es el arquetipo de clase media baja provinciana que fue capaz de convertir su retórica populista en cargo gubernamental y política económica en medio de una transferencia masiva de riqueza a los bancos extranjeros y a las multinacionales a cambio de beneficios económicos. En este sentido, la corrupción política es el principal vehículo de la movilidad social en la era de la monopolización imperial del mercado. No es simplemente una transgresión de la moral por parte de individuos imperfectos, sino una condición estructural endémica del modelo neoliberal.
            En el contexto internacional de los ‘90, la corrupción menemista es la norma de conducta de todos los políticos que promueven la dominación imperial de las economías.
 
Conclusión
 
            Este contexto internacional de la última década del siglo revela una realidad dual: la profundización de la crisis capitalista para las masas de América Latina, una mayor concentración de poder de la NCCT nativa y un período de prosperidad sin precedentes del imperialismo euro-norteamericano. Menem fue un pionero en la introducción y consolidación de las políticas económicas y las relaciones entre Estados que promovieron este modelo. Su modelo de peonismo presidencial estableció un punto de referencia importante a seguir por los otros presidentes latinoamericanos. Menem fue igualmente importante en establecer un modelo híbrido electoral y autoritario, en el que las formas electorales democráticas se saturaron de prácticas políticas autoritarias, permitiendo, de esta manera, a los presidentes electos imponer las preferencias imperiales antipopulares. En conclusión, mientras que la correlación internacional de fuerzas favorecían la expansión imperial y la extensión de la doctrina neoliberal, los desarrollos económicos internos (es decir, el ascenso de la NCCT) y los cambios políticos (surgimiento de figuras políticas innovadoras, serviles y autoritarias a la vez, al estilo de Menem), resultaban instrumentales a la imposición del modelo neoliberal.
 
Sin lugar a dudas, están apareciendo cambios significativos en la correlación interna de fuerzas de clase nacionales, que están confrontando al menemismo en América Latina... en el Brasil con el MST, en Colombia con las FARC y el ELN, en Venezuela con el movimiento de masas chavista, y en la Argentina con los sindicatos disidentes y los movimientos populares. De cualquier forma, queda claro que, dada la ausencia de una burguesía progresista, sólo un movimiento socialista basado en las clases populares puede crear un modelo económico alternativo y viable, y una base duradera con vistas a un nuevo orden internacional.
 
 


* Traducido por Mario E. Perrone y revisado por Carlos Cuéllar.
** James Petras es docente e investigados del Departamento de Sociología de la Universidad del Estado de New York (Binghamton). Es miembro del Consejo Asesor de Herramienta. Fue miembro del Tribunal Rusell contra la represión en América latina. Es autor de numerosas publicaciones, América Latina: ¿Reforma o Revolución?; Fuerzas políticas y sociales en el desarrollo de Chile; Capitalismo, Socialismo y crisis mundial; Clases, Estado y Poder en el Tercer Mundo; Democracias frágiles; América latina: Pobreza de la democracia y democracia de la pobreza; entre otras.