Las causas de la Gran Depresión de la década del '30 y lecciones para hoy.

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Autor(es): Devine, James

Devine, James. Es Profesor de Economía en la Marymount Loyola University, L.A., USA.


 En vista del creciente estancamiento –colapso, en algunos lugares- de la economía mundial, resulta importante considerar la última ocasión en la que el planeta sufrió condiciones semejantes, esto es, la década de 1930. A partir del conocimiento histórico de dicho proceso es posible extraer lecciones para la actualidad.
 
El pasado
 
El colapso posterior a 1929 tanto en el próspero Estados Unidos como en el crecimiento inestable de Alemania, anunció la Gran Depresión a escala mundial de 1930, que llevó a la bancarrota a los productores de materias primas, provocó el estallido de guerras comerciales y la desintegración del sistema bancario. Esta serie de acontecimientos sacudió la confianza popular en la capacidad del capitalismo para garantizar el suministro de bienes y por ello los historiadores de la economía han destinado mucho tiempo a su comprensión. En esta investigación el énfasis fue puesto tanto sobre el colapso de la economía norteamericana (Romer, 1993) como en la inestabilidad de la economía mundial (Temin, 1989).

El punto de vista neoclásico dominante acerca de las causas del colapso de 1929-1933 privilegia la importancia de los accidentes –shocks externos- por que se asume que el sistema era esencialmente estable. Aunque algunos como Peter Temin (1976) y Christina Romer (1990) destacan la enorme y aún inexplicada caída del consumo o la crisis de la Bolsa durante 1929 como “shocks”, reciben mayor atención los errores en las políticas. Milton Friedman y Anna Schwartz (1965) por ejemplo, culpan a la Reserva Federal por el gran achicamiento del suministro de moneda en EE.UU. Otros (incluyendo a Romer) destacan los esfuerzos del gobierno federal para equilibrar el presupuesto fomentando el recorte en la demanda agregada durante una recesión. Aún los “keynesianos internacionales” que acentúan la inestabilidad estructural de la economía mundial a fines de los ´20, señalan la mala conducción política; mientras Charles Kindleberg (1986) sostiene que Estados Unidos debió actuar conforme con su responsabilidad como líder del capitalismo mundial estabilizando el sistema, Temin (1989) acusa a las tendencias deflacionarias inherentes a las políticas dominantes del régimen durante esos tiempos (incluyendo al patrón oro).
Los economista de izquierda –incluidos los marxistas- puesto que consideran a las economías de Estados Unidos y mundial como básicamente inestables hacia fines de la década de 1920, prestaron poca atención tanto a los accidentes como a las malas políticas. Hubo, por supuesto, debates en la izquierda centrados en las tres principales teorías sobre la crisis económica. Dado que existe poca evidencia en su favor, ha sido difícil que algunos enfatizaran en la caída de la tasa de ganancia o de la ganancia extraída a causa del pleno empleo. Paul Baran y Paul Sweezy (1966) ven a la depresión y a la caída de consumo inducida como el estado normal del capitalismo monopólico. Sólo a causa de la Primera Guerra Mundial y a la onda expansiva que la siguió gracias a los gastos de Estados Unidos en automóviles y otros rubros asociados durante los ’20 se habría retrasado el estancamiento. Por otra parte, la escuela regulacionista francesa (cf. Michel Aglietta, 1979) ve una brecha estructural entre la importancia creciente de la producción masiva y los límites del consumo masivo. La depresión era inevitable dada la ausencia de un “mecanismo de regulación monopólico”, conocido como “fordismo”. Un gran problema de las teorías sobre el subconsumo consumo es que chocan con el acento puesto por Marx en el expansionismo característico del capitalismo, que lleva a los capitalistas a acumular riqueza a cualquier precio. En mi investigación (1983, 1984) desarrollé otra solución: estoy de acuerdo con la visión de Marx sobre la acumulación capitalista, de que la competencia y al antagonismo entre clases conducen al sistema a expandirse más allá de sus posibilidades, a acumular en demasía ayudado e instigado por el sistema crediticio. En ciertas circunstancias, como por ejemplo, “el exceso de trabajo” que prevaleció hacia fines de 1920, esta sobre acumulación pudo revelarse como “exceso de inversión en relación al consumo”. Pero debe señalarse que existen otras formas de sobreacumulación con diferentes contextos institucionales. Por ejemplo, la penuria de trabajo que prevaleció hacia fines de 1960 en Estados Unidos: la sobreacumulación pudo implicar quitas salariales sobre las ganancias y subidas inflacionarias. Aquí consideramos sólo los ‘20.
 La sobreacumulación en relación al consumo opera del siguiente modo: el aumento de la productividad del trabajo combinado con el estancamiento salarial produce una baja en el consumo de los trabajadores y, al mismo tiempo, un aumento en las tasas de ganancia (en tanto la demanda agregada siga siendo suficiente) como se vio en los sectores corporativos a fines de los ’20. La demanda agregada sigue siendo suficiente mientras que las ganancias altas sigan estimulando la inversión (crecimiento orientado hacia la ganancia). Las tasas altas de ganancia son difíciles de sostener, por los bajos ingresos de los trabajadores, aunque tanto la inversión como a gastos suntuarios de los capitalistas (las otras fuentes internas de demanda) resultan aún más inestables que el consumo de los trabajadores. En estas condiciones, el gasto de los trabajadores va más allá de los límites impuestos por sus salarios porque se apoya en el crédito. Sumado a esto, las inversiones fijas crean nuevas capacidades que implican la necesidad a futuro de crecimiento de las inversiones, del consumo suntuario de los capitalistas y del consumo de los trabajadores basado en el crédito. Puesto que esos ítems son inestables, la economía norteamericana se tornó cada vez más frágil (tendiente al colapso) a medida que avanzaban los años 20. Esto significó que la prosperidad fue más vulnerable a sacudidas como el colapso de la Bolsa, que puede ser explicado por la política económica de fines de esa década. 
Fue después de producido el colapso que la capacidad ociosa, la deuda excesiva y los pronósticos pesimistas (basados en una economía deprimida) bloquearon la acumulación posterior. Entonces, la competencia entre capitalistas llevó a la caída salarial la cual, a su vez, produjo la caída del consumo y, posteriormente, la recesión. Esta “trampa de la caída del consumo” ayudó a la prolongación del estancamiento porque favoreció la persistencia de los factores que frenaban la acumulación. Sumado a esto, la caída de los precios acrecentó el valor real de las deudas produciendo una ola de bancarrotas y la depresión posterior (cf. Fisher, 1933).
La economía norteamericana, por supuesto, no constituye la economía mundial. En mi artículo de 1994, argumenté que la aparentemente excesiva atención prestada a la economía de los Estados Unidos en los años 20, se justifica por el estancamiento relativo de la mayoría del mundo industrializado y de casi todos los productores de materias primas (incluyendo a EE.UU.) luego de la Primera Guerra Mundial. Gran parte de la prosperidad que se vio en lugares como Alemania durante la década de 1920 era dependiente del crecimiento de la economía norteamericana. El lento ritmo de crecimiento de la economía mundial hizo difícil a EE.UU. mantener el aumento de las tasas de ganancia con un crecimiento de las exportaciones netas. En definitiva, significó que la crisis financiera fuera de Norteamérica pudo infectar la prosperidad de ese país y así fue que, cuando Estados Unidos colapsó, lo mismo ocurrió en el mercado mundial.
El estancamiento mundial en sí mismo puede ser explicado por la etapa del capitalismo predominante en el período entre las dos guerras mundiales, que involucró una competencia intensa entre los estados-naciones. La rivalidad interimperialista incentivada por la Primera Guerra Mundial también estimuló el fuerte proteccionismo de los años 20 que devino en guerras comerciales durante los ’30, en parte como resultado de la decisión de Estado Unidos de incrementar el proteccionismo en 1930 con la tarifa Hawley-Smoot.
Por lo tanto, observo a las descomunales fallas políticas del período entre guerras no sólo como resultado de la ignorancia en materia económica sino más bien como el resultado de la política económica mundial. Dado que EE.UU. no había alcanzado aún el status de superpotencia y que durante los años 20 todavía era en ese país muy grande el sector productor primario, no pudo asumir la responsabilidad (que Kindleberger le asigna) de estabilizar al mundo hasta después de la Segunda Guerra Mundial. La política deflacionaria consensuada que Temin describe puede ser explicada como parte de la ofensiva capitalista de la primera posguerra que se propuso reducir las ganancias de los trabajadores, frenar la incontrolable inflación y restaurar las tasas de ganancia en baja. Teniendo presente la influencia de este movimiento no resulta sorprendente que la élite política no se interesara en revertir el colapso de 1929-1933 hasta que fue demasiado tarde, tal como lo explican Epstein y Ferguson (1984).
 
El futuro
 
¿Hasta qué punto podemos utilizar este episodio histórico para entender la situación en 1999? Aunque muchas partes del mundo como Indonesia ya se encuentran en situaciones de depresión profunda y países como Brasil están dañados gravemente, no debemos asumir que la historia se repite de manera exacta,. Sin embargo, puesto que existen suficientes similitudes, una profunda depresión a escala mundial que incluye a EE.UU., parece plausible.
Comenzando por la economía internacional, las diferencias entre 1920 y 1990 parecen a primera vista enormes. A diferencia de la competencia agresiva entre las naciones capitalistas líderes del período de la primera posguerra, Estados Unidos ha sido la potencia hegemónica durante más de 50 años. La Unión Europea forma parte de una OTAN dominada por Norteamérica, mientras que Japón está fuertemente maniatado por una red de convenios internacionales. Además, las tendencias de las barreras tarifarias han descendido durante varias décadas. Pero la competencia internacional está sufriendo en la actualidad un impacto tan diferente como igualmente desastroso.
En lugar de la competencia proteccionista, vemos lo que podría denominarse una austeridad competitiva y la promoción del comercio. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos comenzó el proceso de unificación mundial bajo el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas (GATT), actualmente llamado Organización Mundial del Comercio. El viejo sistema de industrialización a través de la sustitución de importaciones que prevaleció en gran parte de América Latina, en Filipinas y en otras partes, en gran medida ha venido siendo minado o destruido por el GATT, especialmente porque fue impuesto bajo presión de Estados Unidos, El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Mucho más importante que el comercio ha sido la movilidad del capital a nivel internacional en busca de bajos salarios, una fuerza trabajadora obediente, exenciones impositivas y un tratamiento permisivo para con la contaminación ambiental. Las naciones del mundo, en particular el estrato que está por encima de los países africanos más pobres y los países subdesarrollados de Europa, se han visto involucrados en una creciente competencia para atraer las inversiones tratando de bajar sus estándares. Cada vez más, mayores porciones la clase obrera mundial se encuentran envueltas en la competencia internacional por favorecer al capital con un tipo de trabajo abundante a escala mundial.
El nuevo consenso deflacionario se basa más que en la debilidad global del capitalismo en la fortaleza de Estados Unidos, el Banco Mundial y el FMI. El poder de esa tríada se intensificó con las crisis de las deudas en los años 80 y   con el colapso de la Unión Soviética (su principal competidor) en los ‘90. Preocupándose sobre todo por promover la competitividad de los bancos y los negocios y la ideología neoliberal, ninguna de las élites políticas de estas instituciones fue consciente del potencial deflacionario de la generalización de la austeridad competitiva y de la promoción de las exportaciones. Es imposible que todos los países reduzcan la demanda y tengan un balanza comercial con superávit, sin que provoquen una depresión mundial.
El resultado se hizo evidente en 1997, cuando el “milagro económico” del Sudeste Asiático colapsó financiera y económicamente. Las devaluaciones competitivas que evocaban a las de comienzos de los ‘30 no ayudaron a la recuperación de esas economías, en tanto que se incrementaron los costos -con respecto a sus monedas- de la deuda externa, de los servicios de la deuda y del precio de importaciones cruciales. Esta crisis financiera se difundió hacia Rusia en 1998 y hacia Brasil en 1999. Al mismo tiempo, Japón se encontraba en recesión y la Unión Europea estancada. Cabe esperar que está última se mantenga estable puesto que el Banco Central Europeo demostró la solidez del nuevo Euro manteniendo altos los intereses.
En este contexto, los Estados Unidos son uno de los pocos focos de luz en la oscuridad de la economía mundial, ayudando a prevenir los colapsos mediante un déficit comercial récord (véase Evelyn Iritani, 1998). Aunque ha venido reduciendo los salarios reales o restringiendo y/o eliminando los programas gubernamentales y aunque es parte de la austeridad competitiva mundial, Norteamérica no toma aún parte en los esfuerzos internacionales tendientes a la reducción de las importaciones y la expansión de las exportaciones. Pero no está claro hasta cuando los Estados Unidos podrán seguir acumulando deuda externa, especialmente cuando la creación del Euro amenaza su facultad de imprimir dólares para cancelar las deudas externas.  
En mi artículo de 1994 ponía en duda la posibilidad de la repetición de un proceso de aumento de la ganancias como el de 1920 y la posibilidad de un colapso catastrófico. Sin embargo, desde que escribí ese artículo las tasas de ganancia, las inversiones y, quizá, la productividad laboral han aumentado vertiginosamente. Por lo tanto, he cambiado de opinión. El poder y la capacidad del capitalismo norteamericano para aumentar las tasas de ganancia está yendo muy lejos, igual que en los años 20. E igual que en aquel período, la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado por más de una década, las tasas de ganancia han aumentado abruptamente y las acciones pasan por una etapa de prosperidad. Igual que en 1920 la atmósfera se encuentra teñida por la arrogante y pretenciosa retórica económica del laissez-faire y de la “Nueva Era”, llamada también “La Economía Nueva”. Estados Unidos se ha beneficiado con la reciente caída en el precio del petróleo y otras importaciones. Pero, de la misma manera que en 1920, la caída de los precios es un síntoma del estancamiento global que está golpeando a los productores de materias primas de ese país. Y como en los ‘20 las inversiones norteamericanas parecen estar pasándose de la raya (véase Charles Clough, 1998)
 Vemos, igual que en 1920, que la demanda a nivel de consumo –incluida la construcción de viviendas- se ha mantenido (incluso incrementado). Pero se basa crecientemente en la acumulación de deuda, en la reducción de los ahorros y en la fe de que la Bolsa permanecerá en alza para siempre. A medida que esta situación se torne inviable, este tipo de demanda vacilará. No está claro por cuanto tiempo los consumidores norteamericanos podrán acumular deuda y cuanto podrá retrasarse el inicio de la caída de la Bolsa. Por lo tanto, es posible que la prosperidad se termine en Estados Unidos. Esto favorecerá la caída en una profunda recesión del resto del mundo, de manera tal que se alcance la peor pesadilla económica. Pero ¿qué política económica podría prevenir este futuro?
El gobierno federal norteamericano, alejado del keynesianismo, no se interesa en la estabilización de la economía. El énfasis está puesto en el equilibrio del presupuesto lo que le impedirá salvar a la economía cuando y si comienza la caída. (El entusiasmo actual del Presidente Clinton en gastar los excedentes presupuestarios se evaporará con esos mismos excedentes). De hecho, dado el estado de ánimo imperante especialmente en los gobiernos estatales, la recesión podría favorecer un aumento de los impuestos o recortes en programas que profundizarían esa recesión. Debido a las reformas en el asistencialismo y los cambios en el sistema tributario, los gobiernos no pueden incrementar sus gastos automáticamente, como solían hacer cuando la recesión golpeaba, y por lo tanto la intervención para moderar de los efectos recesivos es más débil de lo que era décadas atrás.
En definitiva todo depende de la Reserva Federal. En 1998, Alan Greenspan redujo las tasas de interés como modo de prevenir el desastre financiero y la recesión. Los principales bancos europeos también bajaron los intereses alarmados por la situación. Como resultado de esto, el mercado financiero se mantuvo más o menos bien. En teoría, la disponibilidad de moneda podría prevenir la recesión: las tasas bajas de interés favorecen el gasto especialmente en viviendas. Hasta el momento los bancos han tenido éxito en la contención de la marea, junto con algunos observadores que se muestran menos temerosos frente al futuro. El problema es que, si la Reserva Federal tiene éxito no sólo en el incremento de la inversión en bienes raíces sino también en la inversión en equipamiento e infraestructura, ésto crearía una capacidad que necesitaría de una expansión de la demanda que podría volverse rápidamente insostenible. En el mismo sentido, cuando las deudas de los consumidores se incrementen se volverá cada vez más difícil vender la creciente construcción de viviendas. Debe señalarse que cualquiera sea el éxito que obtenga la Reserva Federal, éste no podrá ser a expensas de la acumulación de deuda por parte de individuos y corporaciones. Dado que tanto la capacidad industrial como la deuda pueden representar barreras para el crecimiento en el futuro, cuanto más se prolongue la capacidad de la Reserva Federal para retrasar la recesión, se acumularán más desequilibrios que podrán sabotear la expansión y luego bloquear la recuperación.
Dicho de otra manera, para evitar la recesión, las tasas de interés deberán ser disminuidas constantemente hasta que se devalúe al dólar y haga que los rentistas protesten. A la larga se alcanzarán los límites y el boom norteamericano tambaleará. Luego, los principales bancos rescatarán a los especuladores financieros, alentándolos para que nuevamente pequen causando booms y sacudidas financieras que interrumpirán el frágil proceso de crecimiento. Dada la lenta recuperación del Sudeste Asiático (incluido Japón), Rusia y algunos otros países y, estando previsto un desaceleramiento de la economía en Europa Occidental, no parece plausible que el resto del mundo pueda recuperarse antes que el crecimiento en los Estados Unidos colapse. Por lo tanto, podría confirmarse la predicción de una depresión.
 
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